pañuelo~.
Es una idea excelente. Por mi parte, no me opongo... Al contrario... Lo
único que temo es que la muerte no sea muy rápida...
EL CONDE
¿Pero qué estás diciendo? Morirás en menos de cinco segundos. No,
no encontrarás muerte mejor, ya emplees arma, veneno, o el ácido
carbónico. Muerte instantánea, súbita entrada en la felicidad, en el
Paraíso, del que nunca debiste salir. Si no me engaño, estamos en una
parte del cantil que ni de encargo. Aquí la cortadura es vertical, la
altura vertiginosa... Conque...
D. PÍO, ~algo alelado~.
Sí, sí... Pero ahora caigo en otro inconveniente, y este sí que es
grave, gravísimo, señor Conde. Como alguien nos habrá visto venir
hacia acá, fácil es que acusen a usía de mi muerte; y le metan en la
cárcel... y causa criminal al canto, por homicidio, con nocturnidad,
alevosía... No, no, señor Conde. ¡Cómo había yo de consentirlo!
EL CONDE
Nadie nos ha visto, ni es lógico que sospechen de mí... Decídete: ya
ves qué fácil, ahora... ¿Oyes la mar que brama, como pidiendo que le
arrojen algo con que entretenerse?... Pero hay más, carísimo Pío:
figúrate tú el chasco que se llevarán tus hijas cuando vean que ya no
tienen a quien martirizar, que se les ha escapado la víctima... ¡ja!
¡ja!... Se revolverán unas contra otras, y furiosas, tirándose de los
pelos, se enzarzarán con uñas y dientes...
D. PÍO, ~riendo~.
Sí, sí... y a ver quién les mantiene el pico... ¡Y que van a rabiar
poco esas bribonas cuando yo me vaya! ¡Y con qué júbilo les diré yo
desde allá: «Fastidiaos ahora, grandísimas puercas...!» Por supuesto,
créame el Sr. D. Rodrigo, al recibir la noticia de que me ha tragado la
mar, llorarán... porque, en medio de todo, me quieren... a su modo.
EL CONDE
Y tú a ellas también. Remachas tu bondad con el tremendo deshonor de
amarlas. Para poner fin a tanta ignominia, es preciso... ~(Le agarra
fuertemente por la cintura.)~
D. PÍO, ~riendo, para disimular su temor~.
Otro día, señor Conde, otro día... Esta noche me encuentro algo
destemplado.
EL CONDE, ~soltándole~.
Como tú quieras.
D. PÍO, ~alejándose del cantil~.
No podemos, no podemos tomar esa determinación sin que yo escriba un
papel en que diga que sucumbo de _motu proprio_.
EL CONDE
Bien. No está de más hacer las cosas con la preparación y formalidad
debidas.
D. PÍO, ~gravemente~.
Otra noche, después de disponerlo todo muy bien, nos reuniremos aquí.
EL CONDE
Pues mira, ahora me alegro de que se quede la función para otra noche,
porque así podrás darme algunas informaciones acerca de mis nietas...
Dime: ¿en dónde estamos ya?
D. PÍO
Cerca del Calvario, en el lindero del bosque.
EL CONDE
Pues al pie de la cruz echaremos otra sentada... Me harás el favor de
decirme...
D. PÍO
Todo lo que el señor Conde quiera.
~(Despéjase un poco el cielo, y a la claridad de la luna andan los dos
ancianos con menos lentitud. Llegan al Calvario, y se sientan en la
meseta de granito que sustenta las cruces.)~
EL CONDE
Muy bien estamos aquí... Hablemos de Nell y Dolly. Dime, ante todo: ¿tú
te sientes con el saber, con la suficiencia necesaria para instruir a
mis nietas? ¿Te reconoces verdadero maestro de lo que ellas ignoran?
D. PÍO
Señor Conde, yo...
EL CONDE
Nada, nada: deja a un lado el amor propio, y respóndeme. Olvídate de
quien soy y de quien eres. Somos dos amigos.
D. PÍO, ~olvidando las categorías~.
Pues amigo Albrit, diré a usted... digo, a usía que, tan cierto como
ese astro es luna, yo no sé una palabra de nada. Sabía, sí, sabía
mucho, aunque me esté mal el decirlo; pero las desgracias me han
desconcertado horriblemente el magín. Mi memoria es un desván lleno
de telarañas. Subo a él en busca de mi sabiduría, y solo encuentro
retazos deshechos, trastos inútiles... Y como soy hombre de conciencia,
más de una vez le he dicho a D. Carmelo que busque otro preceptor
para las niñas... Una sola ciencia, o arte más bien, conservo en mi
caletre. Es lo único que me queda, en esta dispersión tristísima de mis
conocimientos.
EL CONDE
¿Qué es?
D. PÍO
Pues la Mitología. Todo lo he olvidado, menos el admirable y poético
simbolismo de los griegos... Es raro, ¿verdad? ¿Y a qué debo atribuir
que se agarre a mi entendimiento la dichosa Mitología? Pues lo atribuyo
a que en ella todo es falso. En conciencia, señor Conde, yo declaro que
no puedo enseñar a las niñas más que dos cosas: la reforma de letra,
por Torío, y la fábula mitológica.
EL CONDE
Ya no tendrás que enseñarles nada, bendito Coronado... Y ahora, vamos
a mi asunto: tú que las has tratado íntimamente; tú que has vivido
en contacto con sus inteligencias en capullo, con sus corazones
virginales, dime: ¿cuál de las dos te parece más noble, más moralmente
bella, más digna de ser amada?
D. PÍO, ~meditabundo~.
No es tan fácil determinar...
EL CONDE
Porque iguales no han de ser. En la Naturaleza no hay dos seres
enteramente iguales.
D. PÍO
Igualdad, en efecto, no hay. Los caracteres son distintos. Vaya usted a
saber si salen al padre, a la madre, o a los abuelos...
EL CONDE
Yo quiero que designes la mejor. Figúrate que una ley ineludible
te obliga a tomar una y a sacrificar la otra. ~(D. Pío se muestra
sorprendido y confuso.)~ Hazte cuenta de que no hay más remedio, de que
no puedes evadir el dilema terrible.
D. PÍO, ~rascándose la cabeza~.
¡Vaya un compromiso! Pues si la cosa es tan por la tremenda, si
no hay más solución que escoger una... ~(Decidiéndose, tras larga
vacilación.)~ Pues... con todas sus travesurillas, con toda su
inquietud diablesca, y, si se quiere, desvergonzada, la preferida es
Dolly.
EL CONDE
¿Y en qué te fundas para tu preferencia?
D. PÍO, ~lleno de confusiones~.
No sé... Hay algo en Dolly que me parece superior a cuanto vemos en
el mundo. O mucho me equivoco, señor de Albrit, o la engendraron los
ángeles.
EL CONDE, ~gozoso de encontrar una afirmación~.
Mi Rafael era un ángel. Soy de tu opinión con respecto a Dolly,
agudísimo Coronado. Veo que tu inteligencia sabe penetrar en la razón
y fundamento de las cosas. Y me figuro que tu juicio se funda en
observaciones...
D. PÍO, ~con inocencia angelical~.
Sí, señor... también. Cuando estuvo aquí toda la familia dos años ha,
observé en el señor Conde de Laín la misma preferencia.
EL CONDE, ~excitado~.
¿De veras?... ¿Qué me dices?
D. PÍO
Cuando paseaban, que era las más de las tardes, Dolly iba colgadita del
brazo de su papá.
EL CONDE
¡Oh, Coronado ilustre, qué consuelo me das!
D. PÍO, ~apoyándose en la rodilla de Albrit~.
Y Nell del de su madre. D. Rafael idolatraba a Dolly.
EL CONDE
¿Dices que hace dos años?
D. PÍO
Y antes lo mismo. Después no volvió por aquí.
EL CONDE, ~animadísimo~.
Pío, gran Pío, abrázame. La concordancia de tus ideas con las mías, me
llena de júbilo.
D. PÍO, ~con desaliento~.
El señor Conde es feliz. Sus nietas le adoran y le dan mil consuelos.
Yo, en cambio, tengo el infierno en mi casa.
EL CONDE, ~gozoso~.
Respira, hijo. Tus infortunios concluirán pronto, gracias a mí, y te
hartarás de bienaventuranza, y tu bondad podrá explayarse, ser eficaz,
y servir de ejemplo en el cielo mismo.
D. PÍO, ~sorprendido de la animación de su amigo~.
Parece que está contento el señor Conde.
EL CONDE
Sí... ¡Siento en mí una alegría...! Me río de pensar en la cara que
pondrán Gregoria y Venancio cuando me vean entrar. Esta noche cenarás
conmigo.
D. PÍO, ~suspirando~.
Bueno: así entraré más tarde en casa. Cuando llegue a las tantas, y
cenado, será ella.
EL CONDE
Te acompaño, ¿quieres? y armados los dos con buenas estacas, daremos un
recorrido a las bribonas de tus hijas.
D. PÍO, ~contagiado del humor festivo del Conde~.
Por Saturno, padre de los dioses, señor, que eso sería un lindo paso.
Pero, ¡ay, cómo se vengarían después las muy perras!
EL CONDE, ~en vena de hilaridad~.
¡Y ese _bon vivant_ de Carmelo, y el Médico, que creen haberme dejado
preso en los Jerónimos, figúrate la cara que pondrán...!
D. PÍO, ~tocando las castañuelas~.
Sí, sí: estará bueno el sainete.
EL CONDE, ~impaciente~.
Vamos, vamos, que ya es hora de que nos riamos tú y yo, para
desenmohecer nuestros espíritus, quitándonos las murrias de esta noche
lúgubre... Bendito Coronado, padre general de los pelmazos, compendio
de todos los males que acarrea la bondad, ya mereces la alegría... Ven
a mi casa.
~(Se agarran del brazo, y apoyándose el uno en el otro, se dirigen con
incierto paso a la Pardina.)~
ESCENA XIII
~Comedor en la Pardina.~
~VENANCIO, GREGORIA, SENÉN, disponiéndose a cenar; después EL CONDE y
D. PÍO. Gregoria pone la mesa.~
VENANCIO
Me parece mentira que estemos libres de ese estafermo insoportable.
GREGORIA
¡Ay qué descanso! Ya vivimos otra vez en la gloria. Cenaremos
tranquilos, y nos acostaremos dando gracias a Dios.
SENÉN
¿Y estáis bien seguros de que se conformará con el encierro?
GREGORIA
Y si no se conforma, que llame a Cachán.
VENANCIO
Dice D. Carmelo que se quedó dormidito en el coro. Pues como se
desmande y quiera escabullirse, no faltará quien le sujete; que el
Prior de Zaratán no es hombre de mieles como nosotros, y las gasta
pesadas. ~(Óyese la campana de la puerta.)~
GREGORIA, ~temblando~.
¡Jesús me valga!
VENANCIO
Ha sonado la campana... Alguien entra... ~(Se asoma a la ventana.)~
Será José María...
SENÉN, ~que también se asoma~.
¡Qué chasco, si fuera Albrit!...
GREGORIA, ~trémula~.
Si me parece que he oído su voz diciendo: «¡Ah de casa!»
VENANCIO
No puede ser... ~(Mirando afuera.)~ ¡Rayos y jinojos, él es!
GREGORIA
Será un alma del otro mundo...
SENÉN
Se ha escapado el león...
EL CONDE, ~entrando; tras él D. Pío, que, distraído, conserva su
pañuelo a la cabeza~.
Sí, aquí está la fiera... Soy yo, mis queridísimos Gregoria y Venancio;
el propio Albrit, vuestro señor que fue, después vuestro huésped.
~(Dirígese con calma al sillón que suele ocupar.)~ Y me acompaña mi
buen amigo D. Pío Coronado, a quien veis en esa extraña facha porque el
aire le privó de su sombrero.
D. PÍO, ~con timidez, quitándose el pañuelo~.
Perdón les pido... Me retiraré si estorbo.
EL CONDE
Aquí no estorba nadie... ~(A Venancio y Gregoria.)~ Ya comprenderéis
que no vengo a pediros nuevamente hospitalidad. Con vuestras groserías
me arrojásteis de la Pardina. No veáis en mí al pobre importuno que,
despedido cien veces, cien veces vuelve. No; no entro en vuestra casa;
entro en la casa de mis nietas, a quienes necesito ver esta noche.
VENANCIO
Señor... yo no he arrojado a usía... Es que se creyó que estaría mejor
en los Jerónimos.
EL CONDE
¡Al diablo tú y los Jerónimos!
GREGORIA
La santa Virgen nos ampare.
SENÉN, ~queriendo meter su cucharada~.
Lo que quiere decir el señor Conde es que...
EL CONDE, ~impaciente~.
Lo que quiero decir es que necesito ver a mis nietas pronto. ¿Dónde
están? ¿Por qué no han salido a recibirme?
GREGORIA
Ha olvidado el señor que las convidó la señora del Alcalde.
EL CONDE, ~severo~.
Que vayan a buscarlas inmediatamente. ~(Gregoria y Senén se ofrecen a
traer a las niñas.)~ No, de ti no me fío... Tampoco tú eres de fiar...
D. Pío, hágame el favor de traerme a Nell y Dolly.
SENÉN, ~lisonjero~.
Iré yo también, para que vea usía con qué solicitud ejecuto sus
órdenes. ~(Vanse Senén y D. Pío.)~
VENANCIO, ~haciendo de tripas corazón~.
El señor querrá tomar algo.
GREGORIA
Como no contábamos con usía, nada hay preparado.
EL CONDE
Os lo agradezco. Cuando vengan mis nietas decidiré. Tú, Venancio, me
harás el favor de ir a la Rectoral, y decir a Carmelo que deseo verle
esta noche.
VENANCIO
El señor Cura estará cenando...
EL CONDE
Eso no es cuenta tuya. Haz lo que te digo.
VENANCIO
Bien, señor.
GREGORIA
¿Y a mi qué me manda usía?
EL CONDE
Que puedes irte a tus quehaceres. Deseo estar solo. ~(Apoyando en la
mano su cabeza, quédase meditabundo.)~
GREGORIA, ~a su marido, que, al retirarse, amenaza con un gesto
furtivamente al Conde~.
¡Por Dios, Venancio...!
VENANCIO
¡Otra vez en mi casa...! Yo te juro que mañana no habrá en la Pardina
más que un león... el de piedra, que está en el escudo. ~(Se van.)~
ESCENA XIV
~Jardín y casa del Alcalde. Al llegar Senén y D. Pío, ven y admiran el
jardín, iluminado con farolitos de colores colgados de los árboles.
En la sala baja, cuyas ventanas están abiertas, suena el cascabeleo
del piano. Óyense desde la calle alegres risotadas, cantos juveniles y
pataditas de baile.~
~LA ALCALDESA, SENÉN; después NELL; mucha y diversa gente, pollas y
chicarrones de la localidad.~
SENÉN, ~hablando con la Alcaldesa en la puerta de la sala baja, que
está de bote en bote~.
Sí, señora, que vayan al momento. Nos ha mandado a D. Pío y a mí con
esta comisión. Al maestro le he dejado en el jardín como un palomino
atontado. Esta y no otra es la razón de que vengamos a turbar el
regocijo de su fiesta _monocrástica_.
LA ALCALDESA, ~sofocando la risa~.
Onomástica, Senén.
SENÉN, ~sin dar su brazo a torcer~.
En Madrid lo decimos de varios modos. Decimos también _fiesta
morganática_.
LA ALCALDESA
Bien, hombre, no riñamos por una palabra... Pero no acabo de creer que
el león se haya escapado de la espléndida jaula de Zaratán. Cuando lo
sepa José María, ¡bueno se pondrá! ¡Y D. Carmelo tan confiado en que
el Prior se daría sus mañas para retenerle!
SENÉN
_Me inclino a creer_ que no hay quien pueda con Albrit. Para su
soberbia no se han inventado jaulas ni barrotes bastante fuertes.
LA ALCALDESA
Te advierto que las chicas no saben nada de esta conspiración para
enjaular a su abuelo.
SENÉN
Conviene que lo ignoren.
LA ALCALDESA
Es un dolor que ese viejo extravagante las llame en lo mejor de la
fiesta. ¡Están tan divertidas las pobres! Lo que han gozado esta
tarde no puedes figurártelo. Entra, y tomarás un dulce y una copa.
~(Senén da las gracias, y trata de ganar terreno dentro de la sala;
pero el apretado gentío se lo impide.)~ Está esto imposible... Pues
sí; ahora se ve que a estas infelices niñas de Albrit les gusta la
sociedad, y que para la sociedad han nacido. Da pena verlas hechas unos
saltamontes, del bosque a la playa y de la playa al bosque, cuando su
centro, su atmósfera, como quien dice, es la buena sociedad, el dar
broma con decoro, y el divertirse lícitamente. Esta tarde lo hemos
visto. ¡Virgen, lo que han picoteado con Manolo y Serafín, los de la
confitera! Ellos son saladísimos, llenos de picardía, eso sí; pero
elegantitos. Estudian en Madrid.
SENÉN, ~introduciéndose más~.
Les conozco.
LA ALCALDESA
Van a los estrenos, frecuentan las reuniones, saben de memoria todas
las tonadillas del género chico, montan en bicicleta...
SENÉN
Son chicos muy simpáticos... Allá veo a Dolly de conversación tirada
con el tontaina de Tomasín, el del Registrador. Como hay Dios, que le
está tomando el pelo.
LA ALCALDESA
¿Esa? Es capaz de tomárselo al lucero del alba.
SENÉN
Procure usted, Doña Vicenta, echármelas para acá, y si no puede usted
a las dos, cójame a la que pueda... que ya es tarde, y el león debe de
estar impaciente, sacudiendo las melenas.
~(Intérnase Vicenta. Nell, rompiendo por entre el gentío, sofocada,
fulgurantes los ojos de la batahola del baile y de la excitación de
tanto charloteo, va en busca del antiguo criado de su casa.)~
SENÉN
Señorita Nell, aquí estoy.
NELL
¡Vaya un fastidio, Senén! ¡Qué poco nos dura el contento! ¿Por qué
no nos deja el abuelito cenar aquí? ¿Se ha puesto malo? ~(Senén
deniega.)~ Pues nos iremos. Espérate un poquito... A ver dónde está
Dolly.
SENÉN, ~en tono de protección~.
¡Es lástima que las señoritas no disfruten de la sociedad!... Pero,
según mis _informes autorizados_, pronto se les acabará el aburrimiento
y la sosería de este destierro de Jerusa.
NELL, ~con vivo interés~.
«Según tus noticias,» has dicho... Ah, Senén, tú has estado en Verola.
¿Hablaste con mamá?
SENÉN, ~haciéndose el discreto~.
Vine esta mañana de Verola. Los vientos que allí corren son que la
señora Condesa, cuando regrese a Madrid, no dejará a sus hijas en esta
_villa provinciana_.
LA ALCALDESA, ~en alta voz, en medio de la sala, dando palmadas~.
Aquí no se cabe, señoritas y caballeros. Al jardín, a mi jardín, que
para eso os lo he iluminado a la veneciana.
~(Salida impetuosa de la muchedumbre juvenil de ambos sexos, y de las
personas mayores. La juventud se precipita, toma la delantera a los
viejos, y se desborda fuera del recinto, ávida de mayor y más fresco
espacio en que producir su actividad bulliciosa: la oleada pasa junto a
Senén, pero no le arrastra.)~
NELL, ~que permanece en la sala, conteniendo su afán de correr también
hacia el jardín~.
Dime pronto. ¿Te habló mamá? ¿Nos llevará consigo? ~(Senén afirma.)~
¿Pero es verdad, o suposiciones tuyas? ¿Vuelve mamá por aquí?
SENÉN
Seguramente. Dentro de unos días... Hay allí mucha grandeza, marqueses
y duques.
NELL
¿Y eso qué...?
SENÉN, ~como quien recela decir lo que sabe~.
La señora no podrá... En fin, no sé. Eso depende...
NELL, ~inquieta~.
Habla pronto; dime lo que sepas, o me voy.
SENÉN
No podré _comunicar_ nada a la señorita si no tiene un poquitín de
paciencia. ~(Nell quiere conducirle al jardín.)~ Mejor hablamos aquí.
Ya ve la señorita que nos hemos quedado solos.
NELL, ~en quien por el momento puede más la curiosidad que el anhelo de
divertirse~.
Bueno: pues aquí me estoy.
SENÉN
Por esta noche, me limito a _consignar_... y esta es noticia adquirida
en los centros oficiales... que la señora Condesa ha decidido
presentar a sus niñas en sociedad.
NELL
Tú me engañas, Senén maldito. ¡Oh! Pues si eso fuera verdad, y
acertaras... vamos, te regalaría yo muy pronto un alfiler de corbata
mejor que ese que llevas... ¿Hablas en broma?
SENÉN, ~radiante de fatuidad~.
Hablo con toda la seriedad propia de mi carácter. Y si la señorita me
promete guardar secreto, le diré otra cosa. Pero ha de asegurarme que
esto no saldrá de entre los dos... ¿Palabra?
NELL
Palabra... y el alfiler si resulta que no me engañas. ~(Senén remusga,
haciéndose de rogar.)~ Maldito, habla de una vez... Vamos, no sé qué te
haría.
SENÉN
Queda entre los dos... No fastidiar... Pues... quieren casar a la
señorita...
NELL, ~vivamente, poniéndose muy encarnada~.
¡A mí!
SENÉN
A usted... con el primogénito de los Duques de Utrech... Ya sabe:
Paquito Utrech, Marqués de Breda... lleva ese título hace seis meses.
¡Vaya un partido! ¡Rico él, elegante él, guapo él!...
NELL, ~afectando incredulidad y conteniendo la risa, para que no le
salga al rostro el contento, que, no obstante, sale a borbotones~.
¡Vaya unos embustes que te traes! Quita allá... ¿tú crees que yo soy
tonta?... No me digas esas cosas si no quieres que te...
LA ALCALDESA, ~llamando desde el jardín~.
¡Nell, Nell!
NELL
Aquí estamos... Voy. ~(Corre al jardín, y Senén tras ella.)~
LA ALCALDESA
Hija, no sé dónde se ha metido tu hermana. Hace un momento estaba
aquí...
NELL, ~llamando~.
¡Dolly!
SENÉN
Vámonos pronto.
~(Preguntando en los corros, se averigua que Dolly hablaba momentos
antes con D. Pío, y... no se sabía más.)~
NELL
Se habrá ido con él.
SENÉN
Sin duda. En la Pardina la encontraremos. ~(Despídese Nell, y sale con
Senén, a punto que entra el señor Alcalde, bufando. Viene de la sesión
del Ayuntamiento, que ha sido borrascosa. Sus colegas le han hecho el
desaire de rechazar la moción, por él presentada, para que a la calle
de _Potestad_ se le cambie el nombre, llamándola _Calle del Siglo
XIX_.)~
ESCENA XV
~Comedor en la Pardina.~
~EL CONDE, en la propia actitud en que quedó al final de la escena
XIII. Llegan sucesivamente DOLLY con DON PÍO, NELL con SENÉN; VENANCIO
y GREGORIA, EL CURA, EL ALCALDE.~
EL CONDE, ~oyendo ruido~.
Ya vienen.
DOLLY, ~entrando presurosa~.
¡Abuelito de mi alma... aquí, tan solito, y nosotras de fiesta!
EL CONDE, ~besándola~.
Alma mía, paréceme que hace un siglo que no te veo.
D. PÍO, ~sofocadísimo~.
En cuanto le dije que usía la llamaba, le faltó tiempo para echar a
correr.
EL CONDE
¡Hija querida!
D. PÍO
Ni siquiera se despidió de Doña Vicenta. Me ha traído ¡ay! como si
viniéramos a apagar un fuego.
EL CONDE
¿Y Nell?
DOLLY
Por no detenerme no me cuidé de buscarla entre el tumulto.
D. PÍO
Ya me parece que llega.
NELL, ~entrando, seguida de Senén~.
Albrit... ¿qué ocurre? ¿Qué le pasa al primer caballero de España, mi
ilustre abuelo?
~(Gregoria y Venancio aparecen por el fondo.)~
EL CONDE, ~sorprendido del lenguaje ceremonioso que usa Nell~.
Chiquilla, desde que no nos vemos has estudiado más de lo que creí...
has adelantado prodigiosamente en la ciencia del mundo.
NELL
¿Has paseado mucho...?
DOLLY, ~acariciando al abuelo~.
Demasiado... ¡Pobrecito! ¡Cómo habíamos de permitir tal infamia si la
hubiéramos sabido!
NELL, ~sorprendida~.
¿Pues qué ocurre?
~(Entra el Cura, un tanto cohibido. No sabe a quién dirigirse primero,
si a las niñas o al Conde.)~
DOLLY
D. Carmelo te lo dirá.
EL CURA
Niñas mías, podéis creer que al llevarle a Zaratán nos guiaba el deseo
de aposentarle dignamente. Creía y sigo creyendo...
EL CONDE, ~que sale generosamente a la defensa del Cura~.
No te apures, Carmelo, por sincerarte. Estas tontuelas no están bien
enteradas. Todo se reduce a que me llevásteis a dar un paseo en coche,
y yo tuve la humorada de volverme a pie en compañía del buen Coronado.
EL ALCALDE, ~que entra presuroso, dando resoplidos~.
Me lo temía, sí... me lo temía. El señor Conde se nos ha vuelto un
chiquillo...
EL CURA, ~animándose con el refuerzo del Alcalde~.
Y desconoce el grandísimo bien que hemos querido hacerle.
EL ALCALDE, ~con petulancia~.
¡Vamos, que fugarse del Monasterio! No he visto otra... ¡Desmentir así
su respetabilidad!
EL CONDE, ~con jovialidad desdeñosa~.
Amigo Monedero, no es lo mismo hacer fideos que encerrar leones.
EL ALCALDE, ~quemado~.
En una y otra cosa, Sr. de Albrit, me tengo por hombre que sabe su
obligación.
EL CONDE
No la sabe muy bien cuando tan mal le ha salido esta tentativa.
EL CURA, ~interviniendo pacíficamente~.
Permítame, señor Alcalde...
EL ALCALDE, ~echando roncas~.
Digo y repito que sé mi obligación, y que no necesito que nadie me
enseñe a sujetar a los que no deben estar sueltos.
EL CONDE, ~con desprecio~.
No te conozco... No puedo ver en esas arrogancias al buen Pepe
Monedero, servidor que fue de mi casa, cuando aquí, siguiendo las
tradiciones de mi santa madre, consagrábamos parte de nuestra hacienda
al socorro de los desvalidos.
EL ALCALDE, ~desconcertado~.
Pues si usted me desconoce, le diré...
EL CONDE
No te empeñes en ello. No te conozco. Sobre que no veo bien, la
ingratitud desfigura los rostros...
DOLLY
No sea usted ingrato, D. José María.
EL ALCALDE, ~reventando de vanidad~.
Haga usted entender a su señor abuelo que soy el Alcalde de Jerusa.
DOLLY, ~estallando en ira, con gallarda fiereza~.
Pues al Alcalde de Jerusa, y al Cura de Jerusa, y a todos los alcaldes
y a todos los curas habidos y por haber en el mundo, les digo yo que es
una oficiosidad inicua lo que han querido hacer con mi abuelo...
EL CURA
¿Pero tú...?
EL ALCALDE
¡Esta mocosa...! Usted...
DOLLY, ~creciéndose a cada palabra~.
Sí, señor, yo... yo misma. Han faltado al respeto que merece el noble
desvalido, el anciano, el padre de Jerusa, el que no debiera entrar en
estos valles y en este pueblo sin que antes las piedras se levantaran
para bendecirle, y hasta los árboles se arrodillaran para adorarle...
¿Por qué queréis privarle de libertad? No padece más locura que el
cariño que nos tiene; y si los que se han criado a su sombra le
menosprecian o le ultrajan, aquí estamos nosotras, sus nietas, para
enseñar a todo el mundo la veneración que se le debe.
EL CONDE, ~en pie, cruzando las manos~. ~(La emoción le ahoga.)~
¡Señor, Señor, ella es... es la mía...! Su noble fiereza lo declara...
~(Vuélvese a Coronado, que está junto a él.)~ Esta, esta... la mía.
EL CURA, ~que ha permanecido junto a Nell~.
Cálmate, hija mía: tratábamos de mejorar su situación...
EL MÉDICO
¡Vaya un geniecillo!
NELL, ~corriendo al lado del Conde~.
Abuelito querido, sosiégate. Creyeron que en Zaratán tendrías mejor
albergue que aquí... Y no me parece mala idea, francamente, porque si
nosotras nos vamos con mamá...
EL CONDE, ~con dulzura un poco seca, sin rechazar sus caricias~.
Sí: tú, tú puedes marchar cuando quieras.
NELL, ~sin comprender~.
Se acabó la cuestión... Ahora descansas... Antes se te dispondrá la
cena. Dolly, démosle de cenar.
EL CURA
Podría venir a mi casa...
DOLLY
¡Pero si está en la nuestra!
EL CURA