~(El Prior contesta con cabeceos, por no creer que es ocasión de

largas conversaciones, y continúa rezando. Pasa tiempo. La placidez

del sitio, la suave temperatura, el monótono canto, determinan en el

viejo Albrit una sedación dulcísima, y recostándose sobre la derecha

en el amplio sitial, se adormece. A ratos se despabila, y perdida la

noción de la realidad, olvidado de donde está, dirige al Prior palabras

que este estima de una incongruencia absoluta. En aquel sopor, cuyas

intercadencias no es posible apreciar, ve y oye el desdichado prócer

extrañísimas cosas. Si al despertar tiene algunas por disparates, otras

quedan en su mente como verdades incontrovertibles. No puede dudar que

su hijo Rafael se aparece en el coro, viniendo de la iglesia, vestido

de monje, y avanzando lentamente se llega a su padre, y le habla...

Bien seguro está de que le dice algo, y más le dijera si su imagen no

desapareciese súbitamente como una luz que el viento apaga.)~

EL PRIOR

¿Qué dice el señor D. Rodrigo?

EL CONDE

Me parece que hablo claro... La falsa es Nell. Me lo dice quien lo

sabe... ~(Enteramente despabilado.)~ ¡Ah!... perdone usted... No he

dicho nada. Estas cosas no deben decirse. ~(Mira en torno suyo, y nada

ve. Pero advierte que han cesado los cánticos, y que el oficio ha

concluido. La Comunidad se retira.)~

EL PRIOR, ~levantándose~.

_Eccellenza_... hemos terminado nuestro rezo. Tome usted mi brazo, y

saldremos.

EL CONDE, ~apoyado en el brazo del Prior~.

Es hermoso poseer la verdad...

EL PRIOR

Cuando se posee.

EL CONDE

Yo la tengo.

EL PRIOR

Verdades hay, amigo mío, que no merecen que las poseamos. Vale más la

duda que ciertas verdades. Lo que hay que tener es fe.

EL CONDE

También la tengo. A ella me acojo, y de ella tomo mi energía para esta

batalla con la espantosa duda... ~(Con grande extrañeza.)~ Pero dígame,

¿dónde se meten Carmelo y el Alcalde y el Médico de Jerusa? No les

siento. ¿Es que están todavía examinando carneros y vacas?

EL PRIOR, ~retardando la contestación, que supone ha de ser penosa para

el anciano~.

Pues D. Carmelo...

EL CONDE

¿Es que duerme aún la siesta para empalmar mejor la comida con la

merienda? Me asombra que el Alcalde, que es tan beato... por dar

ejemplo a las _masas_, como él dice... no haya venido a las vísperas.

EL PRIOR, ~arrancándose, por aquello de «el mal camino andarlo pronto.»~

Señor Conde de Albrit, esos señores se han vuelto a Jerusa.

EL CONDE, ~parándose en firme, erguido. El estupor contiene aún el

estallido de su ira~.

¡Se han vuelto a Jerusa...!

EL PRIOR, ~resuelto~.

Esos caballeros piensan, como yo, que el señor Conde debe permanecer

aquí.

EL CONDE, ~airado~.

Me han traído con engaño, me dejan con perfidia... se van... Me

encierran como a una bestia dañina... ¡Me ponen en manos del carcelero,

que es usted, la Comunidad... Zaratán maldito!

ESCENA X

~Atrio de la iglesia. Alameda. Portalón.~

EL CONDE, EL PRIOR; algunos monjes, que a distancia se mantienen

observando la escena, prontos a intervenir en ella, si lo ordena el

Superior con seña o simple mirada.

EL PRIOR

Yo ruego al ilustre Albrit que se sosiegue, y que vea en esto un acto

sencillísimo, dictado por la amistad, por el afecto que todos le

profesamos.

EL CONDE

¡Encerrarme traidoramente, como a un loco, como a un criminal!

EL PRIOR, ~empleando la persuasión y buenos modos, que estima más

eficaces~.

_Eccellenza_, considere que está en su casa... ¿No dice nada a

su espíritu la paz de este santo instituto? Cuantos aquí vivimos

consagrados al servicio de Dios y al trabajo de la tierra, somos sus

amigos, no sus carceleros.

EL CONDE

Estimo la buena intención, señor mío; pero a mí no se me enjaula,

atentando inicuamente a mi libertad.

EL PRIOR

¿Y para qué quiere usted esa libertad más que para calentarse los

sesos, acometiendo empresas ideológicas en busca de una luz que no ha

de encontrar? ~(Queriendo acariciarle.)~ Créame a mí, que soy su amigo.

Esos señores dejan a mi cuidado al _león de Albrit_, y yo respondo

de que, pasada esta efervescencia de amor propio, _monseñor_ nos lo

agradecerá. Mi orden me manda acoger al desvalido, y practicar en todo

caso las Obras de Misericordia.

EL CONDE, ~decidido a partir~.

Muy bien. La novena dice: «No encerrar al prójimo contra su

voluntad...» Dígame usted por dónde se sale.

EL PRIOR, ~dominándose, y persistiendo en los procedimientos de

dulzura~.

Por segunda vez, Sr. D. Rodrigo, le invito a considerar que es locura

oponerse a esta santa reclusión, dispuesta por la familia, patrocinada

por los amigos, aconsejada por la Facultad... En ninguna parte tendrá

_monseñor_ la paz, la tranquilidad y los bienes materiales que aquí le

prodigaremos sin tasa.

EL CONDE, ~cada vez más colérico~.

Maldigo a la familia, maldigo a los amigos, a la Facultad y a este

endiablado laberinto de Zaratán, donde quieren que yo me vuelva loco...

Pronto, señor Prior, mande usted que me franqueen la salida. ~(Avanza

con paso resuelto por la alameda de chopos jorobados.)~

EL PRIOR, ~tras él, suplicante~.

Reflexione usía, señor Conde; considere que ofende a Dios renegando de

este santo recogimiento, en que la Religión y la Naturaleza le ofrecen

descanso y paz...

EL CONDE, ~revolviéndose furioso~.

No me hable usted de religión... Aquí no la quiero... ¡aquí, donde

tendría que oír las misas que dice usted con ese cáliz!... ~(Con ligera

inflexión humorística, que chisporrotea en medio de su indignación.)~

Del cáliz nada tengo que decir, porque está consagrado... ¡Qué culpa

tiene el pobre cáliz!... ¡Pero la misa... usted... esa _tal_!... No,

no quiero vivir en Zaratán, no quiero estar preso... ¿Ni quién es esa

_cual_ para encerrarme a mí?... Me encierra porque no haga públicas

sus ignominias... ¡Y el Prior de Zaratán es su cómplice; el Prior de

Zaratán dice misa en su cáliz; el Prior de Zaratán se presta a ser

mi carcelero para que no hable, para que no investigue, para que no

descubra la verdad odiosa!... Pero no les vale, no, porque ahora mismo,

señor D. Maroto o señor don Diablo, va usted a mandar que me abran

aquella puerta, que jamás, jamás ha de volver a abrirse para el Conde

de Albrit.

EL PRIOR, ~ya cargado, con fuertes ganas de meter mano al viejo prócer,

y hacerle entrar en razón por el procedimiento más expedito~.

Señor Conde, que ya me va faltando la paciencia.

EL CONDE

¡La salida... pronto, la salida!

EL PRIOR, ~apretando los puños~.

Le digo a usted que conmigo no se juega. Albrit es un niño, y como a

tal habrá que tratarle. A los niños mañosos se les sujeta y se les...

~(Acércanse varios frailes, a quienes el Prior ha hecho seña. El Conde,

que en sus tiempos ha sido un excelente boxeador, se prepara de puños y

brazos, dando a entender su propósito de romper cráneo o clavícula, si

hay alguien tan osado que ponga la mano en su ancianidad venerable.)~

EL CONDE, ~con bravura caballeresca~.

Abusas tú, Prior, de la desigualdad de nuestras fuerzas, y porque me

ves solo pretendes acoquinarme. Pero yo te aseguro que si me vence el

número, no será sin que caiga al suelo alguno de estos bigardones, y

bien podría suceder que el que caiga no se levante más.

EL PRIOR.

Ahora lo veremos. ¡Leoncitos a mí!...

~(Aunque no ha boxeado nunca, es hombre de empuje; sus puños cerrados

igualan a la maza de Fraga, y los músculos de su brazo compiten en

elasticidad y fuerza con el acero. La actitud guerrera del anciano le

saca de quicio, y su primer impulso es dar cuenta de él, sin ayuda de

sus cofrades.)~

EL CONDE, ~ciego de ira, poniéndose en guardia~.

¡Aquí te espero!

~(Rodean los frailes al Prior, haciéndole ver con gestos y palabras

expresivas la inconveniencia de emplear la fuerza. Basta un momento de

reflexión para que así lo comprenda Maroto; se domina: encuéntrase en

la posesión plena de sus facultades perfectamente equilibradas; se ríe

de sí mismo, se ríe del Conde con más lástima que menosprecio, y manda

que se le abra la puerta.)~

EL CONDE

¡Ah! Se me obedece al fin... Abierta la jaula, el león recobra su

libertad... ¡Ay del que quiera sujetarle!

~(Sale presuroso, y se aleja con tal viveza, sacando bríos de sus

piernas cansadas, que su rápido andar parece milagroso.)~

EL PRIOR, ~rodeado de los frailes, viéndole partir~.

¡Pobre demente! Te ofrecemos el descanso y lo rehúsas; te damos el

olvido de lo pasado, y prefieres revolver las escorias inmundas de tu

deshonrada familia. Rechazas nuestra dulce compañía por correr tras un

enigma, cuya solución no has de encontrar... no, no la encontrarás,

porque Dios no lo quiere... ~(Hablando para sí.)~ No, no lo quiere; yo,

único mortal que sabe la verdad, no puedo decírtela, y aunque pudiera,

menguado y díscolo viejo, no te la diría... ~(Alto.)~ Mirad, mirad cómo

corre. Ni una sola vez ha mirado para atrás. La inseguridad de su paso

denuncia el tumulto de sus ideas...

UN FRAILE

Toma la dirección del Páramo.

EL PRIOR

Quiere ir como hacia la mar.

OTRO FRAILE

Hacia el cantil de Santorojo.

EL PRIOR

Dios ataje sus pasos si van en busca de la muerte. Recémosle un

Padrenuestro. ~(Rezan.)~ Ya no se le ve... Cae la tarde, hermanos:

vámonos a cenar en paz y en gracia de Dios.

ESCENA XI

~Meseta árida, en la cual no crecen más que cardos y aliagas. A

trechos, rocas de singulares formas que parecen cuerpos a medio salir

del suelo arenoso. Termina la planicie por el Norte bruscamente, como

si la tajaran de un golpe con arma formidable. Allí está el filo del

cantil, colosal muralla que del mar se eleva, en algunos sitios con

declive de peñas escalonadas, en otros con una verticalidad espantable,

terrorífica. La altura varía, por la desigualdad de la rasante en la

meseta; pero en ninguna parte deja de ser tal, que difícilmente la

soporta sin vértigo la mirada. Sube de lo profundo el murmullo hondo

y persistente de la mar, dando testarazos en la base del cantil.

Anochece. El cielo es tempestuoso.~

EL CONDE, ~solo, andando lenta y descompasadamente, fatigado ya de la

carrera que emprendió en su fuga de Zaratán~.

Ya me lo decía el corazón... Carmelo, el Mediquillo, y ese Alcalde que

envenena a media humanidad con sus fideos falsificados, han vendido sus

conciencias a la infame. ¡Hechuras mías habían de ser! Yo les favorecí,

ellos me crucifican, me escarnecen, quieren enjaularme. ¡Dios mío, las

veces que le he matado el hambre a ese Pepillo Monedero, cuando venían

inviernos crudos y no podía trajinar con sus caballerías!... Con el

vino que me ha robado, cuando me traía las tercerolas de Villarán, se

podría emborrachar Carmelo, cuyo vientre es una bodega... Al padre de

ese mediquejo le libré de presidio, cuando las talas de Laín. Era un

hombre que siempre que Rafael o yo pasábamos por su lado, se ponía

de rodillas, y teníamos que darle de palos para que se levantara...

Y ahora ¡ay!... ¡Generación ingrata, generación descreída y que nada

respetas, generación parricida, pues devoras el pasado, y menosprecias

las grandezas que fueron! El honor, la pureza de los nombres, ¿qué

son para estos menguados, que se pasan la vida hociqueando en el

suelo, para recoger el pedazo de pan que la suerte les arroja? Son de

vista baja, y no ven el cielo, ni el sol que nos alumbra... Y ahora,

recobrada mi libertad, voy detrás de mi idea, como los Reyes Magos

tras de la estrella que les guió al pesebre, en que acababa de nacer la

verdad.

~(Detiénese, un tanto sobrecogido del espantoso estruendo de la mar

en aquel sitio. Retumba el suelo. Las olas, en pleamar, penetran en

tortuosas cavernas, y se revuelven con furia en las profundidades

tenebrosas.)~

¡Cómo brama! Mal vino trae esta noche el agua... Y allá, el reventar de

la ola suena como cañonazos... Desde este borde distingo el tremendo

salivazo de espuma cuando lo escupe para arriba... ¡Hermoso, sublime!

~(Continúa andando, no sin dificultad, porque va de cara al viento, que

sopla del Oeste en rachas violentísimas.)~ Vaya con el aire... hay que

ponerle la proa sin miramientos, y cortarlo con la cabeza, después de

bien asegurado el sombrero. De nada me sirve el palo... ¡Qué soledad!

O yo no veo absolutamente nada, o no pasa alma viviente por estos

sitios... ¿Quién demonios, quién que no sea el estrafalario Albrit,

este loco enjaulable, se ha de arriesgar por el horrible páramo en

noche tempestuosa? ~(El viento le hace girar sobre sí mismo; tiene que

acudir con ambas manos al sombrero; el palo se le cae.)~ Hola, hola,

¿esas tenemos, señor vientecito? Pues ahora nos veremos las caras.

Primero se cansará usted que yo. Recojo mi palo, y adelante. _Potestad_

me llamo; no hay quien me rinda.

~(Es ya noche cerrada, noche lúgubre, de cielo revuelto, invadido de

negras nubes veloces, que corren hacia el Este, montando unas sobre

otras, acometiéndose... Por entre sus vellones deshilachados, se deja

ver, a ratos, la luna creciente, despavorida, que con su lividez

ilumina el Páramo, y da siniestro relieve a los peñascos esparcidos,

los cuales semejan aquí gatos en acecho, allí esfinges egipcias, más

adentro esqueletos de ballenas.)~

Vaya... parece que afloja la racha. No podía ser menos. ¡Vientecitos a

mí...! Adelante... ~(Sorprendido de oír una voz, que parece humana.)~

¿Qué voz es esa? Si no es que el viento se da a la imitación del

graznido de los hombres, ha sonado una voz. ~(Parándose, para oír

mejor.)~ Sí, hasta parece que oigo mi nombre... No, no: es el viento,

que sabe pronunciar la última sílaba... _brit... brit..._

~(En dirección contraria a la que lleva el Conde, avanza un hombre;

pero como anda a favor del viento, más bien parece que vuela. Lo que en

tan extraño sujeto aparenta alas, son faldones de un largo abrigo. Pasa

veloz junto al Conde. Se para no sin gran esfuerzo, le llama... vuelve

a llamarle.)~

ESCENA XII

~EL CONDE; D. PÍO, sin sombrero, que le ha sustraído el huracán; lleva

bufanda al cuello, que se enrosca y desenrosca a cada instante; levitón

largo, que se le pone por montera; los pantalones arremangados.~

EL CONDE, ~con voz firme~.

¿Quién es... quién me llama? Si es el viento... perdone, hermano, no

llevo suelto.

D. PÍO, ~que se ve obligado a agarrarse al Conde para no caer~.

Soy yo, señor. ¿No me ha conocido? Soy Pío, el profesor de las niñas.

EL CONDE

¡Ah! Coronado... Acabáramos. ¿Y qué traes por estos sitios tan amenos,

en noche tan deliciosa?

D. PÍO

En el momento de encontrar a usía buscaba mi sombrero, que me arrebató

el viento.

EL CONDE

Pues no es fácil que te lo devuelva. Si temes constiparte sin sombrero,

ponte el mío. En verdad, no me sirve más que de estorbo...

D. PÍO

Gracias, señor Conde. Estamos en el peor sitio. Agarrémonos bien el uno

al otro, y vámonos a lugar más abrigado y seguro... Por aquí, señor...

~(Se agarran y se internan, alejándose del cantil.)~

EL CONDE

Por lo visto, las revueltas del Páramo te son familiares.

D. PÍO

Sí, es mi paseo favorito. Esta soledad, esta aridez, este ruido de la

mar me enamoran. Llega para mí un momento, al terminar el día, en que

me hastían de tal modo las personas, que me arrimo a los animales;

pero me hastían también los domésticos, y busco la compañía de los

lagartos, de los saltamontes, de los cangrejos, y de todo lo que más se

diferencia de nosotros.

EL CONDE

Comprendo tu odio al género humano, infeliz Pío. Dícenme que eres muy

desgraciado en tu casa.

D. PÍO, ~llevándole a un sitio resguardado del viento~.

Sí, señor. Más de una vez he venido a estos cantiles con el propósito

de arrojarme por el más empinado. Pero...

EL CONDE

Te ha faltado valor.

D. PÍO, ~candoroso~.

Sí, señor... Me faltan ánimos. Esta noche misma llegué decidido, tan

decidido, que ya me estaba viendo cenado por los peces; pero en el

momento crítico...

EL CONDE

¡Matarse, qué locura! Hay que luchar, luchar sin desmayo para aniquilar

el mal.

D. PÍO, ~con tristeza~.

¡Ah! eso no es para mí. Luche quien pueda. Yo no sirvo; nací para dejar

que todo el mundo haga de mí lo que quiera. Soy un niño, señor Conde, y

no un niño de la raza humana, sino de la raza ovejuna; soy un cordero,

aunque me esté mal el decirlo. Nací sin carácter, y sin carácter he

llegado a viejo. Permítame que me alabe. Soy el hombre más bueno del

mundo; tan bueno, tan bueno, que casi he llegado a despreciarme a mí

mismo, y a _futrarme_, con perdón, en mi propia bondad.

EL CONDE

Y tuya es una frase que corre como proverbial en Jerusa: «¡Qué malo es

ser bueno!»

D. PÍO

Porque de la bondad me vienen todas mis desgracias... parece mentira.

En mí no encuentro fuerza para hacer daño a ningún ser, llámese

mosquito, llámese mujer u hombre. Donde yo estoy, está el bien, la

verdad, el perdón, la dulzura... y llueven sobre mí las desdichas como

si mi bondad fuera un espigón de metal que atrae el rayo... Señor, he

llegado a un extremo tal de sufrimiento, que ya no puedo más; quiero

arrojar por ese cantil el fardo de mi bondad, que es mi vida. Mi vida,

o sea mi bondad, ya me enfada, me apesta, me revuelve el estómago...

¡Váyase a los profundos abismos, bendita de Dios!

EL CONDE

Ten paciencia, Pío. Si eres tan bueno, Dios te dará tu merecido... Pero

si hemos de charlar, desahogando en la confianza y amistad recíprocas

las penas de uno y otro, no será malo, bendito Coronado, que me lleves

a un sitio cómodo donde pueda sentarme. Por mi nombre te juro que estoy

cansado.

D. PÍO, ~guiándole~.

Precisamente llegamos a un recodo donde estaremos a cubierto del

vendaval. Entre estas peñas enormes, que parecen dos formidables

canónigos con sus sombreros de teja, he descabezado yo mis sueñecitos

algunas noches que he dormido fuera de casa. Aquí podemos sentarnos,

sobre esta limpia arena llena de caracolitos, y hablar todo lo que nos

dé la gana. ~(Se sientan.)~

EL CONDE

Dime, Pío: ¿al fin se murió tu mujer?

D. PÍO, ~tocando las castañuelas~.

¡Al fin! sí, señor. Dos años hace ya que el infierno la quiso para sí.

EL CONDE

¡Cuánto habrás padecido, pobre Coronado! De veras te digo que no hay en

la sociedad vicio más desorganizador ni de peores consecuencias que la

infidelidad conyugal; y cuando ese atroz delito trae el falseamiento

de la ley del matrimonio y el fraude de la sucesión, no hay palabra

bastante dura para anatematizarlo. Pues bien: aquí donde me ves, yo

estoy en el mundo para combatir y anular las usurpaciones de estado

civil, producidas por el desacuerdo entre la Ley y la Naturaleza.

Nuestros legisladores no han tenido valor para abordar este problema.

Yo lo tengo. He declarado la guerra a la impureza de los nombres, y a

todas las ilegitimidades producidas por el infame adulterio.

D. PÍO, ~embobado~.

Ya... ¿Y qué hace el señor Conde para...?

EL CONDE

Por de pronto, descubrir la usurpación... sacarla a la vergüenza

pública... ¿Te parece poco? ~(D. Pío, ensimismado, no dice nada.)~ Pero

no hablemos ahora de mis cuitas, sino de las tuyas. Tu mujer, según

creo, te dejó un mediano surtido de hijas.

D. PÍO, ~secamente, mirando al suelo~.

Seis...

EL CONDE

Que son seis arpías, según se cuenta.

D. PÍO, ~con aflicción~.

Llámelas usía demonios o fieras infernales, pues arpías es poco. No me

tienen ningún respeto, ni viven más que para martirizarme.

EL CONDE

¡Y lo aguantas! Tu bondad, pobre Coronado, raya en lo inverosímil,

porque si no miente el vulgo... permíteme que te hable con una

franqueza que resulta tan extremada como tu bondad... tus hijas... no

son tus hijas.

D. PÍO, ~después de una pausa~.

Señor, por duro que sea declararlo, yo... En efecto, tan cierto como

esta es noche, esas hijas... no me pertenecen.

EL CONDE

Y si de ello estás tan seguro, ¿cómo las tienes contigo?

D. PÍO

Por ley de la costumbre, que es la gran encubridora de las perrerías

que hace la bondad. Desde que nacieron las tengo a mi lado. Me quito el

pan de la boca para dárselo a ellas... Las he visto crecer, crecer...

Lo peor es que de niñas me querían, y yo... ¿para qué negarlo?...

las he querido, casi las quiero, no lo puedo remediar... ~(Albrit

suspira.)~ No tengo vergüenza, ¿verdad, señor Conde? No soy digno de

hablar con un caballero como usía.

EL CONDE

Eres un desgraciado, y yo quiero que seamos amigos. Dime otra cosa:

esas tarascas, ¿permanecen solteras?

D. PÍO

Dos casaron con los primeros ladrones del pueblo. A una la abandonó

el marido, y está otra vez en mi casa: empina el codo, y me dice las

cosas más indecentes que se le pueden decir a un hombre. María y

Rosario tienen por novios a dos perdidos: el uno barbero, el otro muy

dado al matute. Esperanza es loca por los hombres, y se va tras ellos

por calles y caminos, sin reparar que sean soldados, amoladores o

titiriteros, y Prudencia, la más chica, me ha salido un poquito bruja.

Echa las cartas, cura por salutaciones... y roba todo lo que puede.

EL CONDE, ~con piadosa lástima~.

No conozco otro ser más dejado de la mano de Dios. Sobre tu bondad caen

todas las maldiciones del cielo. ¿Cómo en tantos años no has tenido un

día, una hora de entereza de carácter, para echar de tu lado a esas

hembras espúreas que te consumen la vida?

D. PÍO

No me pida el señor Conde que tenga carácter, que es como pedir a estas

peñas que den uvas y manzanas. Soy bueno; me reconozco el mejor de los

hombres. En un punto está que uno sea un santo o un mandria. Mi mujer,

que de Satanás goce, me dominaba; me hacía temblar con solo mirarme. Yo

hubiera tenido valor delante de una docena de tigres; delante de aquel

monstruo no lo tenía. Tan grande como mi paciencia era su liviandad. Me

traía los hijos; nacían en casa. Yo le decía verdades como puños; pero

no me escuchaba. ¿Qué había de hacer yo con las pobres criaturas, ni

qué culpa tenían ellas? ¡No las había de tirar en medio de la calle!

Crecían, eran graciosas, se dejaban querer. El tiempo me alargaba la

bondad, y yo era más bueno cada día... y me dejaba ir, me dejaba ir...

Nunca tuve resolución... Mañana será otro día, decía yo, y, en efecto,

señor, todos los días, en vez de ser otros, eran los mismos... El

tiempo es muy malo, es como la bondad... Entre uno y otro hacen estas

maldades que no tienen remedio.

EL CONDE, ~meditabundo~.

Buen Pío, tu filosofía resulta dañina; tu bondad siembra de males toda

la tierra.

D. PÍO

Déjeme que siga contándole, para que acabe de despreciarme. Lo que

sufro con esas culebronas a quienes llamo hijas, no hay palabras

para decirlo. Ellas me pegan, ellas me insultan, ellas me matan de

hambre; ellas gozan con mis dolores, con mi vergüenza... ¡Qué malas,

qué malas son! Cada una es un demonio, y juntas el infierno. Y que

no me vale huir de mi casa y abandonarlas, porque salen desaforadas a

buscarme, y me cogen, y me llevan por fuerza, y me besuquean y hacen

mil carantoñas. Tengo el corazón tan blando, que cuando veo llorar a

alguien soy un río de lágrimas. Pues cuando alguna se pone mala, ¡si

viera usía lo inquieto y apenado que estoy! Nada, que me falta tiempo

para correr a casa del médico, a la botica...

EL CONDE

Eres cosa perdida. Vas al abismo, buen Coronado.

D. PÍO, ~agitadísimo~.

Lo sé, señor Conde... Por eso pido a Dios que me lleve pronto al cielo,

porque allí, lo que es allí... supongo que podrá uno ser tierno de

corazón y de voluntad sin perjudicarse... allí puede uno ser todo amor,

sin que le descalabren, le pellizquen y le aporreen.

EL CONDE

El cielo, sí. Para ti no hay otro sitio. Aquel es tu mundo, y no

debiste, no, Coronado, no debiste venir a este.

D. PÍO, ~con desesperación~.

¿Pero acaso yo me he traído?

EL CONDE

Si no te has traído, puedes volverte cuando quieras. Ahora comprendo la

razón y excelente lógica de tus propósitos de suicidio.

D. PÍO, ~con efusión~.

Me suicido porque soy un ángel, y nada tengo que hacer en este mundo.

EL CONDE, ~indicando la dirección del cantil~.

Es verdad... Vete pronto al tuyo, al cielo. Por hacerme compañía no te

entretengas.

D. PÍO, ~que, sintiendo frío en la cabeza, se la cubre con el pañuelo,

y anuda las puntas bajo la barba~.

Si quisiera el señor Conde prestarme su pañuelo para sonarme, pues el

mío me lo he puesto por la cabeza...

EL CONDE

Hijo, sí; tómalo y suénate todo lo que quieras... Me parece que debemos

continuar andando, porque nos enfriamos. Yo estoy aterido.

D. PÍO

Como el señor Conde guste. ~(Levántase y le da la mano.)~ El viento

afloja; ahora se descubre la luna.

EL CONDE, ~andando los dos del brazo~.

Pues en este momento, mi buen Coronado, se me ocurre una idea que puede

ser tu salvación. Tú te librarás de todo el mal a que tu bondad te ha

traído, y yo tendré el gusto de producir en ti el único bien que has

disfrutado en tu vida.

D. PÍO, ~algo inquieto~.

¿Qué idea es esa, Sr. D. Rodrigo?

EL CONDE

Pues muy sencillo. Tú no tienes valor para lanzarte de este mundo al

otro. El valor que a ti te falta, a mí me sobra. Te agarro, te arrojo

por el cantil, y al llegar abajo ya eres cadáver y se han acabado tus

sufrimientos. ~(Pausa.)~

El abuelo (Novela en cinco jornadas) · 第 11 / 16 段