dedos.
EL CONDE, ~sonriendo benévolo~.
Bien, bien... Vaya, posees el genio de dos artes muy difíciles: la
pintura y la culinaria.
DOLLY, ~haciendo una graciosa reverencia~.
Para servir a usía, señor Conde.
NELL
Mientras nosotras estemos aquí, no te faltará nada, papaíto.
EL CONDE, ~a Dolly~.
Pues aplícate, hija, aplícate, y serás una excelente cocinera. Quizás
te conviene más de lo que tú crees. ¿Y Nell, no guisa?
NELL
¡Ay! yo no sirvo para eso. Me da repugnancia... Además, no sé; vamos,
que no me gusta.
EL CONDE
Cada cual según su temperamento.
DOLLY, ~riendo~.
Esta es tan _finústica_, que para fregar un plato, es preciso que el
plato esté limpio.
NELL, ~riendo~.
Esta es tan a la pata la llana, que no lava las cosas sino cuando están
muy sucias.
DOLLY
Claro.
EL CONDE
Cada cual, chiquillas, es como es, y no puede ser de otra manera. ¡Y
yo que no veía diferencia entre vosotras! Ahora, no solo os distingo,
sino que os considero con absoluta desigualdad. Ya separo vuestros
caracteres, separo vuestras voces, separo vuestras almas... Sois el día
y la noche, el alfa y la omega... la... No, no os digo lo que pienso,
pobrecitas; no me entenderíais.
ESCENA V
~EL CONDE, NELL y DOLLY, EL CURA; después D. PÍO~
EL CURA
La paz sea en esta casa.
EL CONDE
_Curiambro_, buenos días... Yo bien, ¿y tú?
EL CURA
Pasando... Ya me enteré... Venancio y Gregoria se han llevado un
mediano réspice. No se repetirá el disgusto; yo se lo aseguro al noble
_león de Albrit_.
EL CONDE
_El león de Albrit_, que no teme las fieras, pero siente repugnancia de
las alimañas inferiores, tendrá que buscar otra cueva.
EL CURA
A propósito de cuevas, el Prior de Zaratán, que, entre paréntesis,
quedó ayer encantadísimo de la exquisita cordialidad con que usted le
recibió, nos invita hoy a tomar un bocadillo en su Monasterio.
EL CONDE
¿A mí también?
EL CURA
A usted principalmente. Iremos Monedero, Angulo y yo, en calidad de
séquito, de cortesanos o chambelanes de Vuestra Señoría, por no decir
Majestad.
EL CONDE
Gracias... Pues no me opongo. A cortesía nadie me gana. Visitaré
gustoso el Monasterio.
EL CURA, ~a Nell, que le hace señas~.
No, si vosotras no vais. No queremos estorbos. Además, Vicenta
Monedero, por mi conducto, os invita a comer en su casa, y a pasar allá
la tarde.
EL CONDE
¿La Alcaldesa?
EL CURA
Celebra su fiesta onomástica... Allí tendréis a toda la juventud
florida de Jerusa.
DOLLY
Lo siento... Mejor me estaba yo todo el día en mi cocinita.
NELL
¡Tonta, si el abuelo no ha de comer aquí!
EL CONDE
¿Cómo no?
EL CURA
Seguramente, los señores frailes no nos soltarán a dos tirones. Me
figuro el convitazo que habrán dispuesto, algo así como las bodas de
Camacho, o los festines de Lúculo. Ea, chiquillas; hoy secuestro al
león. Yo cuidaré de que no se aburra lejos de vosotras.
DOLLY
Malditas ganas tengo yo de festejo.
NELL, ~gozosa~.
Sí que iremos. Nos divertiremos mucho.
EL CURA
Nell es más sociable que Dolly... ~(A Dolly.)~ Pero, tonta, ¿no te
avergüenzas de que te vean tiznada?... ¡Uy! ¡cómo apestas a cebolla!
DOLLY
Mejor. Pues a usted bien le gusta que le den comiditas buenas... y bien
se regodea y se relame.
EL CURA
Veremos lo que te dura esa ventolera de los afanes domésticos... ~(Mira
al Conde como pidiéndole su parecer; pero D. Rodrigo, profundamente
abstraído, no atiende a la conversación.)~
EL CONDE, ~con una idea fija~.
Cada cual, según es...
D. PÍO, ~con timidez, desde la puerta~.
¿Dan permiso?
EL CURA
Adelante, gran Coronado.
DOLLY
Hoy no hay lección, Piito. Tengo mucho que hacer.
NELL
¡Qué gracia! El juego de las comiditas. ~(Al Cura.)~ Pues hoy me da a
mí por estudiar de firme, ea.
EL CURA
¡Bravísimo!
NELL, ~con estímulo de amor propio~.
Quiero aprender, quiero instruirme. La ignorancia me avergüenza, y
empieza a estorbarme. Hoy estudiaré por las dos. ¿Te gusta, abuelito?
EL CONDE, ~divagando~.
Cada una, según su natural...
D. PÍO, ~a Nell~.
¿Vamos?
DOLLY
Yo, a mis cacerolas.
NELL
Y yo, a darle la jaqueca a D. Pío.
EL CURA
Y yo, a ponerme de acuerdo con el Alcalde sobre la hora a que hemos de
salir. ~(Dando su mano al Conde.)~ Vendremos por usted.
EL CONDE
Hasta luego, hijo.
EL CURA, ~a las niñas~.
Cuando terminen, la una sus lecciones, la otra su trajín, prepárense
para la fiesta de Vicenta. Que os pongáis bien guapas, ¿eh?... Cuidado,
chiquillas, que representáis en el mundo la gloria, la nobleza, la
tradicional elegancia de Albrit.
DOLLY
Bueno, bueno. Estamos enteradas. ~(Se detiene, esperando que el abuelo
le diga algo.)~
EL CONDE
Dolly...
DOLLY, ~presentando su mejilla~.
Abuelito...
EL CONDE, ~besándola~.
No estoy enfadado contigo. ¿Y tú conmigo?
DOLLY
Lo estuve... pero ya pasó... ~(Vase gozosa.)~
EL CONDE, ~tomando el brazo de Nell~.
Nell, aguarda... Quiero asistir a tu lección. Llévame, hija mía.
~(Entran en la casa, seguidos de D. Pío.)~
ESCENA VI
~Dormitorio del Conde.~
EL CONDE, ~que entra~; DOLLY, ~barriendo~.
EL CONDE
¿Qué haces, chiquilla?
DOLLY
Ya lo ves: arreglándote la leonera. ¿No has reparado que esa bribona de
Gregoria, ni limpia aquí, ni barre?... Toda la casa la tiene como una
tacita de plata, menos esta alcoba tuya, que debiera ser el sagrario...
EL CONDE
Hija mía, como no veo bien...
DOLLY
Te digo que la maldad de esta gente me subleva... Entérate de lo que
he dispuesto. Entre la Pacorrita y yo hemos traído el lavabo bueno,
que esos indinos quitaron de aquí para ponerlo en nuestro cuarto. Luego
te mudaremos la cama, poniéndola en aquel rincón, para que estés más
resguardadito del aire que entra por las rendijas de la ventana.
EL CONDE, ~embelesado~.
¡Admirable! ¿Y a ti se te ha ocurrido todo eso?
DOLLY
Todito ha salido de esta cabeza.
EL CONDE, ~besándola~.
¿Y has acabado ya tus guisotes?
DOLLY
Como te vas a comer con los frailes, he suspendido lo que tenía
preparado para hoy. Pero mañana te haré una cosa muy rica, que a ti te
gusta mucho.
EL CONDE. ~(Se sienta; la abraza.)~
Eres un ángel... Lo uno no quita lo otro. Cabe en lo humano que seas
lo que eres... y al propio tiempo criatura inocente, buena... quizás
rematadamente buena. ¿Verdad que sí?
DOLLY
Pero tú no me quieres.
EL CONDE, ~confuso~.
Sí te quiero. Es que...
DOLLY
No vayas a creerte que hago yo estas cosas porque me quieras. Pégame, y
haré lo mismo. Las hago porque es mi deber, porque soy tu nieta, y no
puedo ver con calma que a un caballero como tú, poderoso en otro tiempo
y dueño de toda esta comarca, le desatiendan gentes groseras, que no
valen lo que el polvo que llevas en la suela de tus zapatos.
EL CONDE, ~con viva emoción~.
Deja que te bese una y mil veces, criatura. ¿Conque tú...?
DOLLY
Y a esos indecentes, que no se acuerdan de la miseria que tú les
remediaste, ni de que crecieron, yerbecitas chuponas, en el tronco de
Albrit; a esos puercos, arrastrados, canallas, les estaría yo dando en
la cabeza con el palo de esta escoba, hasta que aprendieran a respetar
al que honra su casa solo con pisar en ella.
EL CONDE, ~empañada la voz por la emoción~.
¡Y tú... tú piensas eso!
DOLLY
Y lo digo... y lo hago... Esta noche, cuando vuelva del convite, te
arreglaré toda la ropa, que la tienes bien destrozadita. Esa pánfila de
Gregoria no da una puntada en tu ropa. Fíjate en la de Venancio, que
parece un Duque.
EL CONDE. ~(Cruza las manos y la contempla extático, tratando de
estimular la visión en sus ojos enfermos.)~
¡Y lo haces por mí, por mí!
DOLLY. ~(Se sienta a su lado, la escoba entre las manos.)~
Sabiendo que me quieres menos que a Nell. Reconozco que Nell lo merece
más que yo, porque es más fina... y además tan buena...
EL CONDE, ~algo turbado~.
Pero a ti... a ti te quiero también. Dime la verdad: ¿te incomodaste
porque no te dejé subir conmigo?
DOLLY
¡Vaya con el desprecio que me has hecho... dos noches seguidas! La
primera vez, D. Carmelo y el Médico, que cenaron aquí, me consolaban...
Pero anoche... ¡ay! me entró tal tristeza, que no pude dormir, y los
ratos que dormí tuve sueños muy malos.
EL CONDE
¿Qué soñaste? A ver si lo recuerdas.
DOLLY, ~con emoción un tanto picaresca~.
Pues soñé... Primero soñé que tú eras malo... ¡Ya ves qué desatino!
Después soñé que entraba en nuestro cuarto mi papá... con una cara tan
triste, tan triste... y se llegaba a mi cama, y me daba muchos besos...
EL CONDE
Antes iría a la cama de Nell...
DOLLY
Ni antes ni después... Yo soñaba que Nell no dormía en mi cuarto. Ya
ves. Otro desatino.
EL CONDE
¿Y no te dijo nada tu papá?
DOLLY
Sí: algo me dijo, juntando su cara con la mía; pero no puedo acordarme:
de esto sí que no me acuerdo... ¡Luego hablaba tan bajito, tan
bajito...!
EL CONDE
Es lástima...
DOLLY, ~con donaire~.
No hagas caso. Lo que soñamos es todo mentira, ilusión.
EL CONDE
No aseguro yo tanto. Mi vejez resulta más candorosa que tu infancia. Yo
creo en los sueños.
DOLLY
¡Pues cuando tú lo dices...! ~(El anciano cae en profunda meditación.
Dolly le observa cariñosa, esperando que reanude la conversación.)~
¿Qué tienes, papaíto? ¿Por qué estás triste?
EL CONDE
Hija mía, tu charla inocente, tu ingenuidad, tu alma, que sale con
tu voz, y aletea en tus resoluciones, hacen en mí el efecto de
un tremendo huracán... ¿no entiendes?... sí, de un huracán que me
envuelve, me arrebata, me arroja en medio de la mar...
DOLLY
¡Abuelo...!
EL CONDE, ~levantándose, consternado~.
Sí: aquí me tienes forcejeando en medio de este oleaje de la duda. Una
onda me trae y otra me lleva... y yo... ahogándome sin morir en esta
inmensidad negra y fría... ¡Oh, no puedo vivir, no quiero vivir!...
Señor, o la verdad o la muerte... No te asustes, niña querida. Son
arrebatos que me dan. Tras esta duda quizás venga la certidumbre que
deseo, que pido a Dios con toda mi alma; certidumbre que no será la
que perdí: será otra, qué sé yo... ~(Con intensa ternura.)~ Dolly,
¿dónde estás? Ven a mí; suelta la escobita y abrázame. ~(La abraza
estrechamente y la besa llorando.)~ Si eres tú, porque lo eres... si
no, porque... no sé por qué... porque sí... no lo sé.
ESCENA VII
EL CONDE, DOLLY, EL CURA
EL CURA, ~en la puerta~.
Pero, señor _león de Albrit_, ¿se olvida de que abajo estamos
esperándole?
EL CONDE, ~limpiándose las lágrimas~.
Voy... Perdona... me entretuvo esta chiquilla.
EL CURA, ~dando prisa~.
No nos sobrará el tiempo.
DOLLY
Adiós, abuelito. Toma tu palo y el gabán. ~(Le da ambas cosas.)~ El día
está bueno. Te divertirás mucho.
EL CONDE, ~resignado, dejándose llevar~.
Adiós, hija mía. Quieren que vaya a Zaratán... Pues a Zaratán. Hasta la
noche.
ESCENA VIII
~Monasterio de Zaratán (Jerónimos).~
~Hállase situado en un fértil llano, con ligera inclinación y
corriente de aguas hacia el Mediodía. Lo resguardan de los vientos
septentrionales el verde muro de una selva espesísima, y la fortaleza
de un monte, estribación de la sierra que por el Este se extiende en
escalones hasta la mar. Rodéanlo frondosas arboledas de sombra, adorno
y fruto, y tierras de cultivo y pasto, cerradas por tapia o setos
vivos, en extensión considerable.~
~La construcción románica de la iglesia y de parte del convento aparece
bastardeada, y en algunos puntos ridículamente sustituida por horribles
superfetaciones del pasado siglo, de una imbecilidad que causa enojo y
tristeza. En el frontis de la iglesia, en distintas puertas y ventanas,
campea el escudo de Albrit, león rampante con banderola en la garra, y
el lema: _Potestas Virtus_.~
~No lejos de la fachada de la iglesia, separado de ella por anchurosa
calle de chopos viejos, podados, llenos de jorobas y arrugas, está el
portalón de ingreso. En una plazoleta mal pavimentada de losetones
verdinegros y resbaladizos, que fuera de él se extiende, se para el
coche que conduce al Conde de Albrit y su acompañamiento. Sale toda la
Comunidad a recibirle, con el Prior a la cabeza.~
EL CONDE DE ALBRIT, EL CURA, EL MÉDICO, EL ALCALDE, EL PRIOR y MONJES.
~Es el Padre Maroto varón tosco y agradabilísimo, con sesenta años
que parecen cincuenta; ni bajo, ni flaco, ni gordo, admirablemente
construido por dentro y por fuera, con equilibrio perfecto de músculos,
hueso y cualidades espirituales. La ingeniosa Naturaleza supo armonizar
en él, como en ninguno, la potente estructura corporal con la agudeza
del entendimiento. Su índole nativa de organizador y gobernante en todo
se revela; pero reviste tan hábilmente de dulzura y gracia el báculo de
su autoridad, que ni siquiera duelen los estacazos que suele aplicar a
los díscolos de su corto rebaño. Sin su energía, actividad y metimiento
prodigioso, el fénix de Zaratán no habría renacido de sus cenizas.~
EL CONDE, ~muy afectuoso, contestando con exquisita urbanidad al saludo
de bienvenida que en el portalón le dirige el Prior~.
Me anonada usted, señor Prior, saliendo a recibirme con la dignísima
Comunidad... Vamos, que esto es hacer de mí un Emperador Carlos V.
EL PRIOR
Para nosotros, imperio ha sido la casa de Albrit, y las glorias de
Zaratán se confunden en la historia con la grandeza de los Potestades.
~(Entran en la calle de chopos jorobados; detrás, respetuosamente, el
séquito civil y frailuno.)~
EL CONDE, ~con tristeza~.
¡Oh, grandezas desplomadas!... Albrit y Laín no son ya más que polvo
y ruinas. ~(Pausa solemne.)~ Y agradezco más los honores que en esta
ocasión se me tributan, porque veo en ellos un absoluto desinterés.
Señor Prior de Zaratán, el último Albrit no puede corresponder a tan
noble agasajo con ninguna clase de beneficios. Es pobre.
EL PRIOR
Nosotros también. En los tiempos que corren, no hay más riquezas que la
virtud y el trabajo, y más vale así.
EL CONDE, ~parándose con intento de admirar las hermosas campiñas que a
un lado y otro de la chopera se ven~.
Admirable cultivo. Esta santidad agricultora es un encanto... y un gran
progreso, el único progreso verdad.
EL PRIOR
Trabajamos porque Dios lo manda. Dios quiere que no cultivemos solo el
cielo, sino la tierra; la tierra, que es el complemento de la fe.
EL CONDE
Y, como la fe, la tierra no engaña. Ella nos alimenta vivos; muertos
nos acoge...
~(Entran en el convento, y pasan a una sala cuadrilonga, en cuyas
paredes se ven rastros de un fresco decorativo, que borroso asoma por
entre los remiendos de yeso. La sillería es moderna y ordinaria, porque
los monjes no tienen para más. El Prior hace al Conde la presentación
de los Padres más ancianos, o más significados por sus talentos. El uno
es notable por su facultad oratoria; el otro despunta en la agronomía;
aquel es teólogo insigne; estotro, arquitecto. No falta el organista
ni el veterinario, que al propio tiempo es algo canonista, y muy buen
castrador de colmenas. Terminadas las presentaciones, el Prior quiere
obsequiar al Conde y acompañamiento con un Málaga superior, que le han
enviado de su tierra para celebrar. Acéptalo el Conde con galantería,
y D. Carmelo con júbilo. Sirve un lego, y catan todos del finísimo
licor.)~
EL ALCALDE, ~repantigado en un sillón~.
¡Compadres, vaya una vida que se dan ustedes!
EL CURA, ~repitiendo~.
¡Bendita sea la cepa que da este caldo! Debe de ser la que plantó Noé.
EL MÉDICO, ~en voz baja a un fraile, con quien platica~.
Conviene que vea y aprecie las excelencias de Zaratán bajo el punto
de vista de la vida orgánica y de las comodidades, porque, como buen
aristócrata, se inclina al sibaritismo.
EL ALCALDE, ~a un monje que despunta en la agronomía~.
Dígame, compañero, ¿de dónde demonios han sacado ustedes la simiente de
esa remolacha forrajera que he visto en algunos tablares?
EL FRAILE, ~con acento italiano~.
Es de Lombardía, y también el _grano turco_.
EL ALCALDE
¿Qué es eso?... ¡Ah!... el maíz... Buenas cañas. Me han de dar ustedes
unas mazorcas. Pues ¿y la alfalfa? Dan ganas de comerla... También
quiero simiente... Yo no ando con repulgos; soy muy francote... barro
para adentro... Verdad que también doy cuanto tengo... el corazón
inclusive... ~(Pasando junto al Conde.)~ Señor D. Rodrigo, yo que usía,
francamente, me dejaría ya de hacer el caballero andante, y me vendría
a vivir con estos compadres, que me parece... vamos... que no lo pasan
mal.
EL PRIOR, ~que, descuidándose a veces, emplea los tratamientos
italianos~.
¡Oh!... si _monseñor_ viviera con nosotros, nos honraría
extraordinariamente.
EL CURA, ~repitiendo~.
Yo... se lo he dicho... ¡las veces que se lo he dicho!... Pero no
quiere hacerme caso... Él se lo pierde.
EL PRIOR
_Eccellenza_, otra copita.
EL CONDE
No... muchísimas gracias.
EL MÉDICO
No puede desechar el recelo de que en Zaratán carecería de libertad.
¿Verdad, señores, que aquí estaría tan libre como en su casa?
EL PRIOR
Viviría en la más hermosa y abrigada celda que tenemos; comería lo
que más fuese de su agrado; se pasearía de largo a largo por nuestros
plantíos y praderas, y estaría dispensado de asistir a los oficios, y
de ayunos y penitencias. Si esto no es buena vida, que me traigan al
que descubra otra mejor.
EL CURA, _repitiendo_.
Su edad exige cuidados exquisitos, que aquí tendría como en ninguna
parte.
EL CONDE, _con afabilidad_.
Señores míos, yo agradezco infinito su solicitud, y me siento orgulloso
del afecto que me muestran, deseando tenerme en su compañía. Lo
agradezco en el alma; pero no puedo acceder a sus nobles deseos, no y
no. Y rechazo la oferta, no por mí, sino por la Comunidad, por lo mucho
que la quiero, la respeto y la admiro.
EL MÉDICO, _aparte a un fraile_.
¡Viejo más marrullero!...
EL ALCALDE
Veremos por dónde sale.
EL CONDE
Estoy bien seguro de que los señores monjes, a los pocos días de
alojarme aquí, no me podrían aguantar, y renegarían de haberme traído.
Créanlo: tengo un genio imposible.
EL PRIOR
¡_Eccellenza_... por Dios...!
EL ALCALDE, ~volviendo al grupo distante~.
¡Zorro de Albrit, remolón, pamplinero, si acabarás por venir aquí y
tomar lo que te den, aunque sean sopas!
EL CONDE
Sí, soy inaguantable. Cuando no ha podido domarme el infortunio, ¿quién
me domará?
EL PRIOR, ~echándose a reír y palmeteándole en el hombro~.
Yo... sí, _monseñor_, yo... ¡También suelo gastar un geniecillo!...
EL CURA, ~repitiendo~.
La dulzura, el tacto, el don de gentes del Padre Maroto, son una
garantía de concordia... Vivirán en santa paz.
EL CONDE
Además, hay otro inconveniente. En mi vejez triste no puedo vivir
sin afectos; me moriría de pena si no pudiera tener a mi lado a mis
nietecillas, una de ellas por lo menos, la que escogiera yo para mi
compañía.
EL ALCALDE, ~en alta voz~.
Pues que las traigan. Es lo único que falta en Zaratán para que esto
sea completo: un par de niñas...
EL PRIOR
¡Ah! eso no. Aquí no pueden vivir mujeres. Las señoritas le escribirían
con frecuencia.
EL CURA, ~repitiendo, sin beber, y aplicándose, con finura, la palma de
la mano a la boca~.
Ya se iría _jaciendo_. Y alguna vez podrían las niñas venir a visitarle.
EL CONDE, ~un poco molesto~.
Que no me conformo. ¿Cuántas veces he de decirlo?
EL PRIOR
Sí, sí... No se hable más.
EL CONDE, ~con fina marrullería~.
No desconozco la fuerza de las razones expuestas para convencerme.
Ni quiero que vean ustedes en mí un hombre terco, atrabiliario y
desagradecido... No, Prior; no, amigos míos. Mal genio tengo; pero de
las tempestades de mis nervios suele surgir el juicio sereno y claro.
Hermoso es Zaratán, simpáticos y agradabilísimos el Prior y sus dignos
cofrades. ¿Quieren tenerme por compañero y amigo? No digo que sí; no
digo que no... No debo aparecer ingrato, ni tampoco ansioso de un bien
que no merezco.
EL PRIOR, ~repitiendo los palmetazos afectuosos~.
¡Si al fin, _monseñor_, hemos de comer juntos muchos potajitos... y nos
hemos de pelear aquí... como buenos hermanos!
EL ALCALDE, ~dando resoplidos~.
¡Si digo que...!
~El Médico y el Cura cambian una mirada de satisfacción. Propone el
Prior enseñar la sacristía, y dar un paseo por la huerta antes de
comer, y a todos les parece idea felicísima. Aunque el buen Albrit ve
poco, se presta con galana urbanidad a que le muestren prolijamente
las imágenes, los ornamentos, los vasos sagrados. El pobre señor, en
obsequio a los bondadosos frailes, hace como que lo ve todo, y con
discreta lisonja de buena sociedad, todo lo admira y alaba, hasta que
el Prior, abriendo un estuche, saca de él un cáliz y se lo enseña,
diciéndole: «Esta hermosa pieza es donación de la Condesa de Laín.»
Inmútase el anciano, y después de preguntar a Maroto si celebra en la
_hermosa pieza_, y de responderle el fraile que sí, suelta un terno...
y tras el terno una denominación que es escándalo y azoramiento de
todos los que cerca están. Hace el Prior como que no ha oído nada, y
siguen.~
~Se sirve la suculentísima y abundante comida en una salita próxima al
refectorio, mientras come la Comunidad, y solo asisten a ella, a más
de los forasteros, el Prior y un monje anciano, el más calificado de
la casa. Muéstrase, desde la sopa al café, decidor y jovial el buen
Prior, arrancándose a contar salados chascarrillos andaluces de buena
ley; y el Conde, aunque con pocas ganas de conversación, y como atacado
de tristeza o nostalgia, se esfuerza en cumplir la tiránica ley de
cortesía, riendo todos los chistes, incluso los del Alcalde, el cual,
después de un impertinente disputar sobre cosas triviales, barre para
su casa, sosteniendo la supremacía de las pastas españolas para sopa
entre todas las del mundo, incluso las italianas. Termina despotricando
contra el Gobierno, porque no protege la industria nacional recargando
fuertemente en el Arancel... ¡el _fideo extranjero_!~
~De sobremesa, propone el Prior un agradable plan para la tarde:
siesta, el que quisiera dormirla; después, paseo hasta la casa de labor
de abajo, que es la más interesante; visita a los corrales, establos y
cabañas, y, por fin, solemnes vísperas con órgano, Salve, etc.~
ESCENA IX
~Coro de la iglesia conventual de Zaratán.~
~EL PADRE MAROTO, en la silla prioral. A su lado EL CONDE DE ALBRIT.
Siguen a derecha e izquierda los monjes, ocupando con sus venerables
cuerpos más de la mitad de la sillería. En el centro, frente al
facistol, los cantores. No hay verja que separe el coro de la iglesia,
que es tenebrosa, sepulcral, cavidad cuyos límites y contornos se
deslíen en un misterioso ambiente, tachonado por las luces de los
cirios. En el fondo lejano se adivina, más que se ve, el altar mayor,
disforme carpintería barroca y estofada. A la derecha un órgano
pequeño, nuevecito, de excelente son. Toca con maestría el mismo fraile
italiano que antes hablaba de la simiente de alfalfa y remolacha
forrajera.~
EL CONDE, ~que sin darse cuenta de ello, entrelaza y confunde su rezo
con sus meditaciones~.
Señor de los cielos y la tierra, ilumíname, dame la verdad que
busco... No muera yo sin conocerla... Que acabe mi vida con mis dudas
horribles... _Padre nuestro que estás_... Creí que la falsa es Dolly,
y la legítima Nell... y ahora creo lo contrario: Dolly es la buena,
Nell la mala, la intrusa... Señor, que no prevalezca en mi familia la
usurpación infame... _El pan nuestro..._
EL CORO
_Recordare Domine quid acciderit nobis... Intuere et respice opprobrium
nostrum._
EL CONDE
No me tengas, Señor, sobre esta zarza de las dudas... Me revuelvo en
ella, y mi cuerpo es todo una llaga... Dame la verdad, y que la verdad
sea puerta para entrar en la muerte... Líbrame del oprobio de mi
nombre, y aparta de mi descendencia el deshonor.
EL CORO
_Hæreditas nostra versa est ad alienos, domus nostræ ad extraneos..._
~Suena con dulcísimos acordes el órgano. Encantado de oírle, el Conde
se inclina hacia el Prior para elogiar el instrumento y las hábiles
manos que lo tocan.~
EL PRIOR
¡Excelente organito!... Regalo de su hijo de usted, el señor Conde de
Laín, que nos lo mandó de París. La carta en que me anunciaba este
obsequio fue la última que de él recibí.
EL CONDE, ~que desvaría un poco, afectado de la solemnidad del lugar y
ocasión, y de la lúgubre poesía que allí emana de todas las cosas~.
Pues me lo había figurado... Como apenas veo, mi oído tiene una
sutileza extremada, y en esos dulces acentos escuché la propia
voz de mi pobre Rafael resonando en la iglesia... ¡Desdichado hijo
mío! ¿Verdad, P. Maroto, que mi hijo merecía mejor suerte? Pero la
felicidad no es para los buenos.