EL CURA

Parece que se aletarga.

EL MÉDICO, ~sacudiéndole suavemente el brazo~.

Sr. D. Rodrigo...

NELL

Está fatigado. ~(Llamándole.)~ ¡Abuelito!

EL CONDE, ~volviendo en sí, y pasándose la mano por los ojos~.

Lo he soñado.

DOLLY

¡Pero si no has tenido tiempo de soñar nada! Ha sido un instante.

EL MÉDICO

Medio minuto.

EL CONDE, ~mirando detenidamente a todos~.

Lo he soñado... ¡Qué imitación tan perfecta de la realidad!

DOLLY, ~asustada~.

¿Qué dices?

EL CONDE

Le he visto... como ahora te veo a ti.

NELL

¿A quién?

EL CONDE

A tu padre... Entró por aquella puerta. No le veíais, yo sí... Acercose

a la mesa, y se sentó junto a Dolly... sin decir nada... A mí solo

miraba.

~(Vuelve a pasarse la mano por los ojos. Dolly, medrosa, no acierta a

pronunciar palabra alguna. Venancio y Gregoria espían desde la puerta.)~

NELL, ~abrazándole~.

Papaíto, debes retirarte... Estás rendido.

EL CURA

Sí, sí: a la cama.

EL MÉDICO

Vamos. ~(Dispuesto a llevársele, le coge del brazo.)~ Sr. D. Rodrigo, a

dormir.

EL CONDE, ~levantándose con dificultad, ayudado de Nell y de Angulo~.

No tengo sueño ya... Pero, pues tú lo quieres, Nell, vamos... Tú

mandas, hija mía...

NELL

Señores, mi abuelito les pide permiso para retirarse.

EL CURA

Sin cumplidos... ¡No faltaba más!

EL MÉDICO, ~viendo que el Conde suelta su brazo~.

¿No quiere que le acompañe a su dormitorio?

EL CONDE

No es preciso. Gracias, querido Salvador. Estoy bien... muy bien.

Carmelo, buenas noches.

DOLLY, ~despidiéndose del Cura y del Médico~.

Buenas noches. ~(Va tras de su abuelo, que, apoyado en Nell, avanza

lentamente hacia la puerta.)~

EL CONDE, ~volviéndose hacia ella bruscamente~.

No vengas. ~(Con displicencia.)~ Acompaña a estos señores. Aprende a

ser cortés. ~(Pausa.)~

~(Retíranse despacio el Conde y Nell. Dolly vuelve al centro de la

estancia, se sienta, apoya en la mesa los codos, la cara en las palmas

de las manos.)~

EL CURA

¿Qué tienes, chiquilla?

EL MÉDICO

También la marea el ron.

DOLLY, ~sollozando~.

El... abuelo... no me quiere.

ESCENA XII

~Dormitorio del Conde. Es de noche. Una lamparilla de aceite, puesta

en una rinconera, alumbra la estancia; la luz es chiquita, tímida,

llorona, un punto de claridad que vagamente dibuja y pinta de tristeza

los muebles viejos, las luengas y lúgubres cortinas del lecho y del

balcón. Profundo silencio, que permite oír el mugido lejano del mar

como los fabordones de un órgano. El viento, a ratos, gime, rascándose

en los ángulos robustos de la casa.~

EL CONDE, ~solo. (Después de un sueño breve y profundo, se viste

precipitadamente, y se sienta en el borde de la cama.)~

Bien despierto estoy, no puedo dudarlo... En vela, paréceme que duermo;

dormido, veo y toco la realidad. ¿Qué es esto? Tan cierto como esa es

luz, yo vi a Rafael entrar en el comedor, acercarse a la pequeña y...

La primera vez no hizo más que mirarme... movimiento, ninguno: no tenía

brazos. La segunda vez, Rafael tenía brazo derecho y mano... nada más

que un brazo y una mano. No sé qué arma era la que llevaba. Solo sé

que así, así... de un golpe, mató a Dolly. La pobre niña no dijo ¡ay!

Murió calladita y risueña... como un ángel, cumpliendo la ley del

destino, que ordena que las hijas paguen las culpas de las madres...

~(Tratando de despejarse, da algunos pasos.)~ Sueño ha sido; mas no

debemos despreciar los sueños como obra caprichosa de los sentidos,

ni creer que estos, al dormirnos, se sueltan, se embriagan, se dan a

la imitación burlesca y desenfrenada de los actos normales dictados

por el juicio... No, no son los sueños un Carnaval en nuestro cerebro.

Es que... bien claro lo veo ahora... es que el mundo espiritual,

invisible, que en derredor nuestro vive y se extiende, posee la razón

y la verdad, y por medio de imágenes, por medio de proyecciones de

lo de allá sobre lo de acá, nos enseña, nos advierte lo que debemos

hacer... ~(Se pasea vacilante, sin guardar la línea recta en sus idas

y venidas.)~ ¡Cómo suena esta noche la mar! ¡Y yo, durmiendo, creía

que ese _bum-bum_ eran mis ronquidos!... ¡Y es el mar el que ronca!

~(Detiénese a escuchar.)~ ¡Qué silencio en la casa! Todos duermen: las

niñas también, ignorantes de que urge expulsar a la intrusa. Ley de

justicia es. No he inventado yo el honor, no he inventado la verdad. De

Dios viene todo eso; de Dios viene también la muerte, fácil solución

de los conflictos graves. Tiene razón Laín: el que usurpa, debe morir,

debe ser separado... Rafael y yo separamos, apartamos lo que por

fraude se ha introducido en el santuario de nuestra familia. ~(Coge

maquinalmente su palo, por costumbre de andar con él.)~ Esto es más

claro que la luz. Siempre lo has dicho, Albrit; siempre lo has dicho.

La causa de que las sociedades estén tan podridas, la causa de que

todo se desmorone es la bastardía infame... el injerto de la mentira

en la verdad, de la villanía en la nobleza... Tú lo has dicho, Albrit;

tú debes sostenerlo, Albrit...

~(Sale de su cuarto cautelosamente, y tentando las paredes avanza

por un largo pasillo. La claridad de la luna le permite llegar sin

tropiezos insuperables basta una puerta, por cuyos resquicios se filtra

luz. Es el cuarto donde duermen Nell y Dolly. Aproxímase, procurando

evitar todo ruido, y aplica el oído a la cerradura.)~

No duermen... Parece que rezan. Oigo confusas sus dos voces, que no son

más que una. ~(Con súbita emoción afectiva.)~ ¡Oh, Dios! ¡Si me parece

que las amo a las dos; que no puedo separarlas en mi amor; que la

falsa se agarra a la verdadera y se hace con ella una sola persona...!

Esto no puede ser; esto es una cobardía... Albrit, mira quién eres:

la justicia, la verdad están en tu mano... ¡Oh! ahora distingo mejor

las voces... ~(Poniendo toda su alma en el oído.)~ No, no hay cántico

de ángeles que iguale a sus vocecitas... No rezan; ahora hablan. Nell

parece que quiere consolar a Dolly... Oigo mi nombre... «el abuelo...»

Dolly solloza... sin duda se aflige porque la reñí, porque le manifesté

despego, diciéndole que no viniera conmigo, como de costumbre. ~(Con

desesperación muda.)~ ¡Señor, Señor, haz que las dos sean legítimas!...

Pero ni Dios, con todo su poder, puede impedir que Dolly sea falsa...

La denuncia su carácter villano... es el contrabando infame introducido

en mi casa por esa ladrona de mi honor... ~(Asaltado de una idea

terrible, se clava en el cráneo las uñas de la mano derecha.)~ ¡Y si

las dos son falsas, si las dos son...! ~(Pone la mano en la puerta, con

intención de abrirla suavemente. Espantado de sí mismo, se aleja.)~

No, no, Albrit; tú no puedes, no sabes... no sirves para la ejecución

de estas obras crueles, por más que sean justas... ~(Volviendo a la

puerta.)~ ¿Y de qué modo se amputa y arroja la maleza, si una ley

torpe, inicua, ampara el fraude? ~(Nueva indecisión. Su voluntad,

turbada, gira rápidamente a impulsos de un huracán.)~ ¡Pobrecitas, se

asustarán si entro tan a deshora!... Y Nell me dirá... de seguro me lo

dirá... «Abuelo, no mates a Dolly.» Tú lo has dicho también, Albrit;

tú lo has dicho: «Todo ser humano que tiene vida debe vivir.» Dios se

la dio... nosotros no debemos quitársela... ~(Se aleja pausadamente.)~

Hasta podría ser... sí... podría suceder que la espúrea, que es Dolly,

fuera buena... buena y espúrea, ¡qué sarcasmo!... ¡Así anda el mundo,

así anda la justicia!... Pero de eso no tenemos culpa los pobres

mortales: es el de arriba quien tiene la culpa, el que permite la

rareza extravagante de que salga buena la falsa... ~(Avanza. En mitad

del pasillo es sorprendido por Venancio.)~

ESCENA XIII

~EL CONDE, VENANCIO; después GREGORIA y CRIADOS~

VENANCIO, ~con malos modos~.

¿Por qué está levantado el señor Conde?

EL CONDE, ~arrogante~.

Porque quiero... ¿Quién eres tú para interrogarme en esa forma

descortés?

VENANCIO

Nada tiene que hacer usía a estas horas en los pasillos obscuros,

rondando como alma en pena.

EL CONDE

Si tengo o no tengo que hacer, eso no es cuenta tuya.

VENANCIO, ~con autoridad~.

Entre usía en su alcoba.

EL CONDE

¡Lacayo!... ¿te atreves a mandarme?

VENANCIO

Me atrevo a guardar el orden en mi casa, y a no permitir...

EL CONDE, ~furioso~.

Vil... vete de mi presencia.

VENANCIO

Estoy en mi casa.

EL CONDE, ~que devora su ira, apretando los dientes y los puños~.

¡En tu casa, sí!... Pero eso no es razón para que te insolentes con tu

señor.

VENANCIO

No hay señor que valga. A mí solo me manda una persona, la señora

Condesa de Laín.

EL CONDE, ~con intenso coraje reconcentrado~.

Es cierto... Eres un villano que dice la verdad... y yo estoy aquí de

limosna... Pues bien: quiero mandar un recado a tu ama, dignísima reina

de tal vasallo.

VENANCIO

¿Qué?

EL CONDE

Un mensaje de gratitud... ~(Con rápida acción enarbola el palo, y con

la fuerza que le imprime su insensata cólera, lo descarga sobre la

cabeza de Venancio, sin darle tiempo a esquivar el golpe. Es palo de

ciego, palo nocturno. Formidable acierto.)~ Toma... De mi parte.

VENANCIO

¡Ay!... ¡Maldito viejo!

GREGORIA, ~que acude en paños menores; tras ella, dos criados con un

farol~.

¡Sujetarle!... Ese hombre está loco.

EL CONDE, ~cuadrándose fiero~.

¡Villanos, al que se atreva a poner la mano en _el león de Albrit_, al

que manche estas canas, al que toque estos huesos, le mato, le tiendo a

mis pies, le despedazo!

~(Inmóviles y mudos, no se atreven a llegar a él. Dirígese Albrit

impávido a su estancia, y penetra en ella sin mirarles.)~

VENANCIO, ~mientras se restaña con un pañuelo la herida, de que brota

sangre~.

¡Encerrarle, encerrarle!

~(Un criado da vuelta a la llave y la quita.)~

FIN DE LA JORNADA TERCERA

JORNADA CUARTA

ESCENA PRIMERA

~Terraza en la Pardina.~

~GREGORIA, disponiendo la mesa para servir al Conde su desayuno;

VENANCIO, con la cabeza vendada; SENÉN, que entra por el fondo con una

maletita de mano.~

SENÉN

Aquí me tenéis otra vez.

VENANCIO, ~abrazándole~.

Senén de todos los demonios, te juro que me alegro de verte.

GREGORIA

Muy pronto has vuelto de Verola.

VENANCIO

¿Qué?... ¿traes instrucciones de la Condesa?

SENÉN

Sí... lo primero, que me alojéis aquí... Descuidad: os molestaré muy

poco.

GREGORIA

Te pondremos en el cuartito de arriba.

VENANCIO

Próximo al del Conde. Sin duda la señora quiere que nos ayudes a

quitarle las pulgas al león.

GREGORIA

¡Y qué pulgas, Senén!

SENÉN, ~fijándose en la venda de Venancio~.

Ya, ya llegó a Verola la noticia de tu descalabradura. Una caricia de

la fiera.

VENANCIO, ~renegando~.

¡Que uno aguante esto!

SENÉN

Es un viejo de cuidado. A los setenta años conserva los músculos de

acero de sus buenos tiempos, y la voluntad de bronce. No hay quien le

amanse. Te digo que más quiero verme ante un tigre hambriento que ante

el Conde de Albrit irritado.

VENANCIO, ~dando patadas~.

Pues yo le juro que de mí no se ríe. Un hombre libre, que vive de

su trabajo y paga contribución, no está en el caso de sufrir esas

arrogancias de figurón de comedia.

SENÉN

Poco a poco, Venancio. La señora Condesa me encarga te diga que...

tengas paciencia.

VENANCIO

¿Más paciencia, jinojo?

SENÉN

Y que sigáis guardándole las consideraciones que se le deben por su

rango, por sus desgracias, sin perjuicio de vigilarle...

GREGORIA

Y si nos mata, que nos mate.

VENANCIO

Por si acaso, desde ayer le vigilo... con un revólver.

SENÉN

Calma... ~(Receloso, mirando.)~ ¿Vendrá por aquí?

GREGORIA

Me ha mandado que le sirva el desayuno en la terraza.

SENÉN

Pues le espero.

VENANCIO

¿También traes instrucciones para él?

SENÉN

No; pero necesito... sondearle. Ya sabéis: soy muy largo; me pierdo de

vista. Conque... me tenéis de huésped.

GREGORIA, ~cogiendo la maleta~.

¿Vienes a tu cuarto?

SENÉN

Luego. Me atrevo a suplicar a mi simpática patrona que en el cuidado de

esta maleta ponga sus cinco sentidos. La quiero como a las niñas de mis

ojos.

VENANCIO

¿Qué traes ahí?

GREGORIA

Pues pesa, pesa...

SENÉN

Es mi relicario. Recuerdos, cositas que solo para mí tienen interés.

Y juro por mi honor, que no la estimaría más si la trajera llena de

brillantes del tamaño de almendras. En fin, Gregoria, usted me responde

de ese tesoro.

VENANCIO, ~mirando por la derecha~.

El _león_ viene.

GREGORIA

Voy por el café.

ESCENA II

~VENANCIO, SENÉN, EL CONDE, GREGORIA~

EL CONDE

Buenos días... Hola, Senén, ¿qué traes por aquí?

SENÉN

¿Qué ha de traer el pobre más que las ganas de dejar de serlo?

EL CONDE

Y con las ganas, la decidida voluntad de enriquecerte. Eres joven;

tienes estómago de buitre, epidermis de cocodrilo, tentáculos de pulpo:

llegarás, llegarás... ¿Y tú, Venancio?... ¿Cómo va esa herida? Vamos,

hombre, no es para tanto. Poco mal y bien quejado. Ya estarás bien.

VENANCIO

Todavía, todavía... El señor tiene un genio imposible.

EL CONDE

Sí, sí... Y tú crees que la miseria debe ser mordaza y grillete para

este genio maldito que me ha dado Dios. No sé, no sé: gran domadora es

la pobreza; pero soy yo muy bravo. Me propongo contenerme dentro de la

humildad y sumisión; pero llega un momento de prueba... un insensato

que con frase agresiva me ofende, echándome al rostro mi humillante

miseria, y entonces... ¡ay! no soy dueño de mí, pierdo la cabeza...

GREGORIA, ~poniendo en la mesa el servicio de café, que se compone de

piezas de latón y loza ordinaria~.

Aquí tiene, señor.

EL CONDE, ~sentándose~.

Pero no tardo en recobrar mi serenidad de persona bien nacida y bien

educada; vuelvo a sentir la hidalga benevolencia con que he tratado

siempre a los inferiores, y... ya tienes al león aplacado, y pesaroso

de su fiereza...

VENANCIO

Pensara el señor esas cosas antes de levantar el palo...

EL CONDE

Es mi manera de aleccionar a los que quiero bien... En fin, Venancio,

hoy, como ayer, te pido que me perdones. Yo no te faltaré... pero has

de guardarme, fíjate bien en esto, la consideración que me debes... ~(A

Senén.)~ ¿Quieres café?

SENÉN

Mil gracias, señor Conde. Me desayuné con aguardiente y buñuelos en el

parador.

EL CONDE, ~examinando el servicio con repugnancia~.

¿Pero qué servicio es este?

GREGORIA, ~para sí~.

Fastídiate, viejo regañón.

EL CONDE

¿Qué habéis hecho de la cafetera y del jarrito de plata en que me

servísteis estos días?

VENANCIO

Mandamos que los limpiaran, y...

GREGORIA

Y para no hacer esperar al señor...

EL CONDE

¿Y aquellas tacitas de porcelana fina...? En fin, con tal que el café

esté bueno... ~(Se sirve.)~ ¿Lo has hecho tú?

GREGORIA

Con muchísimo cuidado... Veremos si hoy está a su gusto.

EL CONDE, probándolo.

¿Qué es esto? ~(Con asco.)~ ¡Agua indecente de achicoria... y

recalentada... y fría!... Vamos, las sobras del café de anoche, que ya

era malo adrede... ~(Cogiendo el pan y tratando de partirlo.)~ ¿Y de

dónde habéis sacado esta piedra que me dais por pan?... Con ser tan

duro, no lo es tanto como vuestros corazones.

VENANCIO

Culpa del panadero, señor...

EL CONDE

Culpa de vuestra sordidez villana. ~(Les arroja el pan.)~ Echad esto a

vuestros perros, y dadme a mí lo que para ellos tenéis, pues de fijo

les dais trato mejor que a mí. Guardad esta preciosa vajilla, no se os

deteriore, no se os desgaste en mi servicio. ~(Arroja al suelo todas

las piezas de loza y latón.)~ ¡Queréis aburrirme, queréis hacerme

imposible la vida! Al último pastor de cabras, al último mendigo

que llegara con hambre a vuestra puerta, le haríais la limosna sin

humillarle. ¿Por qué, ingratos, me humilláis a mí?

VENANCIO, ~que aterrado, lo mismo que Gregoria, no sabe por dónde

salir~.

Se servirá otra vez... Nosotros...

EL CONDE, ~con arrogancia~.

No quiero. Me quedaré en ayunas.

SENÉN

Eso no. Mandaré traerlo del café...

EL CONDE

No te molestes... ~(A Venancio y Gregoria, con majestuosa

indignación.)~ No tenéis ni un destello de generosidad en vuestras

almas ennegrecidas por la avaricia; no sois cristianos; no sois nobles,

que también los de origen humilde saben serlo; no sois delicados,

porque en vez de dar un consuelo a mi grandeza caída, la pisoteáis,

vosotros que en el calor, en el abrigo de mi casa, pasásteis de

animales a personas. Sois ricos... pero no sabéis serlo. Yo sabré ser

pobre, y puesto que con vuestras groserías me arrojáis, me iré de esta

casa, en que no hay piedra que no llore las desgracias de Albrit.

SENÉN, ~con afectada gravedad y adulación~.

Los deseos de la Condesa son que se prodiguen al señor todas las

atenciones que merece por su categoría...

EL CONDE

Ya lo veis: esa mujer liviana y sin pudor es más cristiana que

vosotros, y más generosa y delicada.

VENANCIO, ~turbadísimo, tragándose la ira~.

La Condesa no puede mandarme... yo... digo, la Condesa es mi señora...

dueña de todo...

GREGORIA, ~vivamente~.

De la Pardina no.

VENANCIO

La Pardina es mía.

EL CONDE, ~arrogante~.

Sea de quien fuere, y en tanto que decido si me quedo o me voy, no

quiero veros. Idos de mi presencia.

VENANCIO, ~dudando~.

Decídalo pronto, porque...

EL CONDE, ~despidiéndoles con gesto de autoridad~.

Pronto.

VENANCIO, ~saliendo con Gregoria~.

Sufrámosle un día más, un solo día.

GREGORIA

Y es mucho... ¡jinojo!

ESCENA III

~EL CONDE, SENÉN~

EL CONDE, ~serenándose~.

Siéntate aquí, Senén... Tengo que hablar contigo.

SENÉN, ~con fatuidad, sentándose~.

Nada más temible que esta plebe hinchada, señor; estos patanes hartos

de bazofia, que porque han logrado reunir cuatro cuartos se atreven a

medirse con las personas _comilfot_...

EL CONDE

La villanía es perdonable; la ingratitud, no... En mi cuarto había un

lavabo bastante bueno, muy cómodo para mí. Ayer me lo han quitado esos

viles, poniendo una palangana de latón de este tamaño, como las que hay

en los asilos...

SENÉN, ~afectando indignación~.

¡Qué atrocidad!

EL CONDE

Parece que escogen las servilletas y manteles más sucios para ponerlos

en mi mesa. Saben que me gusta la mantelería limpia...

SENÉN

Pues, como he dicho, traigo instrucciones precisas de la Condesa...

¡Oh! crea usía que si se entera de estas infamias, se pondrá furiosa.

EL CONDE

Sí. Me odia, como yo a ella; pero no desconoce que mi persona exige

atenciones, respetos...

SENÉN

¡Qué duda tiene...!

EL CONDE

Y aunque obra suya es seguramente la intriga que se traen Carmelo y el

Doctor para arreglarme una jaula en los Jerónimos...

SENÉN, ~haciéndose de nuevas~.

¡Oh! no sé... no tengo noticia...

EL CONDE

Pues sí: desde ayer andan de mucho trasteo conmigo. Yo les calo la

intención... y me hago el tonto... Pero dejemos esto, Senén, que de

cosa más grave y de mayor transcendencia para mí quiero hablarte.

SENÉN

Ya escucho.

EL CONDE, ~receloso~.

¿Nos oye alguien?

SENÉN

Nadie, señor. Estamos solos.

EL CONDE

Estos miserables se ponen en acecho tras de las puertas, oyendo lo que

se habla.

SENÉN, ~examinando las puertas~.

Nadie nos oye. Puede hablar el Excelentísimo Sr. D. Rodrigo de

Arista-Potestad.

EL CONDE

Dudo mucho que seas bastante afecto a mi persona para responder a todo

lo que te pregunte.

SENÉN

Usía debe contar siempre con mi adhesión incondicional... ~(dándose

importancia)~ como cuento yo con que el señor Conde no ha de pedirme

nada contrario a mi dignidad.

EL CONDE, ~asombrado~.

¡Tu dignidad!... Dispénsame: creí que no la habías adquirido aún... Ya

sé que estás en camino de adquirirla... vas muy bien... llegarás..

SENÉN

Señor Conde de Albrit, aunque humilde, yo... me parece.

EL CONDE

Nada, nada. Ya no te hago las preguntas.

SENÉN

¡Ah! puede usía interrogarme con toda confianza. ~(Queriendo

familiarizarse.)~ Señor Conde... de usía para mí... ~(Se atreve a

ponerle la mano en el hombro.)~ Entre amigos...

EL CONDE

No, no, porque si salimos ahora con que hay dignidad, o esta dignidad

es incorruptible o es venal... En el primer caso, Senén, no me dirás

nada... en el segundo... Soy pobre y no podré cotizarla en lo que vale.

SENÉN, ~afectando seriedad~.

Creo que nos hallaríamos en el primer caso.

EL CONDE

Pues, hijo... ~(despidiéndole)~. Adiós.

SENÉN, ~queriendo provocarle a la interrogación, para conocer su

pensamiento~.

Si el señor Conde me lo permite, diré una palabra. Usía quiere

preguntarme... algo referente a su hija política, en el tiempo en que

tuve el honor de servirla.

EL CONDE

Y cuando aún no habías echado dignidad.

SENÉN

La eché después... Y ahora, sin faltar al respeto que debo a usía,

tengo el sentimiento de manifestarle que por gratitud, por estimación

de mí mismo, por mil razones, no puedo en manera alguna revelar

secretos que no me pertenecen.

EL CONDE, ~con vivo interés~.

No se trata de secretos... que quizás no lo sean para mí. Quiero tan

solo informaciones exactas acerca de una persona...

SENÉN

Ya...

EL CONDE

Íntimamente relacionada...

SENÉN

Comprendido.

EL CONDE

El pintor Carlos Eraul. Tú estuviste a su servicio algún tiempo,

al dejar el de mi hijo; tú... ~(Con ardor.)~ Senén, por lo que más

quieras, por la memoria de tu madre, revélame cuanto sepas.

SENÉN, ~con pujos de delicadeza~.

Sr. D. Rodrigo, por todos los gloriosos antepasados de usía, le ruego

que nada me pregunte, pues antes perdería la vida que responderle.

EL CONDE, ~con intenso afán~.

Dame al menos alguna luz... sin ofender a nadie, sin faltar a los

respetos que debes a tu ama. Dime: ese hombre era de baja extracción.

SENÉN, ~secamente~.

Sí.

EL CONDE

Hijo de un pobre vaquero de la ganadería de Eraul, en Navarra. ~(Senén

responde afirmativamente con la cabeza.)~ El cual, despedido por mala

conducta, se metió a contrabandista. ~(Con triste humorismo.)~ Carlos,

el hijo, también despuntó por el contrabando...

SENÉN

¡Oh, no...!

EL CONDE

Sé lo que digo... Su genio pictórico le abrió camino. Fuera de la

educación artística, que se debió a sí mismo y al estudio del natural,

era un ignorante, un bruto...

SENÉN

Poco menos.

EL CONDE

Ni alto ni bajo, moreno, de ojos negros... vigoroso... voluntad

potente... ~(Senén afirma.)~ Su apellido era Vicente, pero él firmaba

con el nombre de la ganadería: Eraul.

SENÉN

Exacto.

EL CONDE

Le conoció Lucrecia en una de esas rifas o _kermessas_ que organizan

las señoras para...

SENÉN, ~interrumpiéndole~.

Basta, señor Conde. No sé nada más.

EL CONDE, ~imperioso~.

Responde.

SENÉN, ~inflado como un sapo~.

No sé nada. Usía no me conoce.

EL CONDE, ~rabioso~.

Te conozco, sí. Tu discreción no es virtud; es... cobardía, servilismo,

complicidad. No eres el hombre digno que calla la culpa ajena; eres el

esclavo, obediente a los halagos o al látigo del amo que le compró.

~(Apostrofándole con solemne acento.)~ ¡Maldígate Dios, villano! Que la

luz que me niegas, a ti te falte. ¡Que enmudezca tu voz para siempre,

que cieguen tus ojos! ¡Que vivas sin poseer la verdad, rodeado de

tinieblas, en eterna y terrible duda, palpando en el vacío, tropezando

en la realidad!... ¡Que busques la justicia, el honor, y encuentres

mentira, infamia, dentro de un vacío tan grande como tu imbecilidad!...

~(Con desprecio.)~ Vete, vete; no te acerques a mí.

SENÉN, ~a distancia~.

¡Demonio!... Saca las uñas el león... ¡Hola, hola!... ~(Vuelve el Conde

a su asiento. Entra Nell con un servicio de café, elegante, en bandeja

de plata.)~ ¡Ah!... señorita Nell... ~(Ofreciéndose a tomar de su mano

la bandeja.)~ Deme acá.

NELL

No, no... ya puedo.

SENÉN, ~aparte a la niña~.

Cuidadito con él... Está de malas. ~(Vase.)~

ESCENA IV

~EL CONDE, NELL; después DOLLY.~

EL CONDE

¡Ah! Nell... ¿qué traes ahí?

NELL

¿Cómo habíamos de consentir que no te desayunaras? Hemos reñido a

Gregoria.

EL CONDE

¡Oh! ¡qué ángel!... A ver... ¡Oh, esto sí que es bueno!... recién

hecho... ¡qué aroma!... Dios te bendiga.

NELL

No merezco yo las bendiciones, sino Dolly, que es quien te lo ha hecho.

EL CONDE

Pero la idea habrá sido tuya. ~(Se sirve.)~

NELL

No quiero engalanarme con plumas ajenas. La idea fue de ella... Se ha

puesto furiosa... Y a Venancio, le ha echado una buena peluca.

EL CONDE

¡Atrevidilla!

NELL

Le gusta cocinar... y sabe... ¿Qué tal está?

EL CONDE

Riquísimo... ¿Dices que Dolly sabe cocinar?

NELL

Le gusta. Quiere aprender. Pues ahora está preparando un guisote, y

luego te hará fruta de sartén. Verás qué bueno.

EL CONDE

¡Qué criatura! Dile que venga.

NELL

Cree que estás enfadado con ella, y no se atreve a venir.

EL CONDE, ~imperioso~.

Que venga, digo.

NELL, ~en la puerta de la casa, llamando~.

A Dolly, que venga. Dolly, ven... Dice que no está enfadado.

DOLLY, ~con mandil de arpillera, remangados los brazos~.

Abuelito, con esta facha no quería presentarme a ti.

EL CONDE

Ven... no seas tonta... Gracias, chiquilla, por el excelente café que

me has hecho.

DOLLY

El abuelo (Novela en cinco jornadas) · 第 9 / 16 段