calurosa discusión. Aceptada en principio por los cuatro vocales la
conveniencia de alojar al anciano Albrit en los Jerónimos de Zaratán,
surgen criterios distintos acerca de la forma y manera de realizar
lo que creen benéfica y santa obra. Mientras Venancio opina que debe
conducírsele al Monasterio con toda la derechura y sencillez con que
se traslada un buey de este al otro prado, Gregoria, más delicada y
benigna, propone que los propios monjes vengan por él, y le conviden
a una fiesta, y le hagan muchas carantoñas hasta llevársele; y una
vez allí, que le trinquen bien y le pongan ronzal de seda. El Médico,
por el contrario, niégase a autorizar nada que transcienda a forzado
encierro, y sostiene que D. Rodrigo debe entrar en Zaratán voluntaria
y libremente, y quedarse allí sin ninguna violencia, única manera de
precaver un desorden mental verdaderamente grave. Y el Cura, hombre
conciliador, que todo lo pesa y mide, se ofrece a buscar una fórmula
que sea como resultante mecánica de las diversas opiniones expuestas,
y a proponer un procedimiento que a unos y otros satisfaga. Nómbranle
por unanimidad _Comisión ejecutiva_, y como él se pirra por todo lo
que sea dirección y mangoneo, promete desplegar en el asunto toda su
diplomacia, y el hábil manejo con que sabe acometer las empresas más
arriesgadas y dificultosas.~
~Despídese Angulo para continuar sus visitas, y Don Carmelo, con los
dueños de la casa, se dirige al espacioso y bien poblado gallinero de
la Pardina. Examinando huevos, pollos y echaduras, se pasa parte de
la mañana, y, por último, se convida a comer. Gregoria le aconseja
que prefiera la cena, y propone invitar también al Médico. Aprobación
unánime.)~
ESCENA VI
~Bosque.~
EL CONDE, ~solo, paseando lentamente~.
¡Qué hermoso día!... aire manso y tibio, cielo claro, las nubes
replegadas sobre el horizonte, el mar azul, tendido, adormilado...
el bosque en silencio. ¡Qué solemne tranquilidad! El paso del hombre
no ensucia este cuadro grandioso y puro... ~(Mira hacia el sendero
que corta el bosque en dirección a Jerusa, y detiénese, creyendo
sentir voces.)~ ¿Vendrán las nenas de paseo? Pareciome oír sus voces
lejanas... El corazón me ha saltado en el pecho... No son ellas, no.
Es que el bosque tiene ruidos extraños, modulaciones misteriosas
que a veces semejan llanto de niños, a veces risotadas de muchachas
que anduvieran volando entre el ramaje. ~(Óyense, en efecto, voces,
risas.)~ ¡Ah! ¿Serán ellas? No... son insectos o no sé qué animaluchos,
que remedan la voz humana. ~(Aparecen mujeres del campo, charlando y
riendo.)~ Por allí vienen... Pero no son ellas. Esas voces ordinarias
no son las de las graciosas niñas de Albrit. ~(Pasan las aldeanas y le
saludan respetuosas; el Conde contesta con afecto paternal al saludo.)~
Adiós, hijas; que os divirtáis mucho... ~(Sigue andando.)~ Ya estoy
solo otra vez... No sé qué voz del alma me dice que no vendrán por
aquí mis chiquillas. ¡Cómo han de venir las pobres, si toda la mañana
las tienen encerradas con el preceptor, un simple, a quien se paga para
embrutecerlas! Pero no conseguirán haceros idiotas, ¿verdad, hijas
mías?... ~(Suspirando.)~ ¡Nell, Dolly! ¿cuál de vosotras es mi nieta,
heredera de mi sangre y de mi nombre? ~(Deteniéndose y cruzando las
manos, dolorido.)~ Señor, ¿las amo o las aborrezco? En mi corazón hay
plétora de amor a mi descendencia. Pero la certidumbre de que una de
las dos, una... no es de ley, me vuelve loco... No, no es esto locura,
no puede serlo; esto es razón, derecho, justicia, el sentimiento
del honor en toda su grandeza... ~(Desesperado.)~ Daría mi vida por
ellas... las mataría... no sé. ~(Continúa andando, agitadísimo.)~
No puedo, no debo consentir intrusos en mi linaje... Al fuego la
hierba mala, traída a mi hogar con engaño, contrabando del vicio...
Esa diabólica mujer no ha querido decirme cuál es la falsa; pero no
importa... Verás, verás, infame, cómo yo lo averiguo sin ajeno auxilio,
sin interrogar a los que seguramente conocen tus secretos... Dios me
dé una intensa penetración para desentrañar la verdad; sabré leer la
historia de mi deshonra en esas preciosas caras; y si por mi ceguera
no acierto a descifrar los rostros, leeré la invisible cifra de los
pensamientos, penetraré en la hondura de los caracteres, y no necesito
más, pues los caracteres son el temperamento, la sangre, el organismo,
la casta... Adelante, Rodrigo de Albrit... Voy a sentarme en aquel
altozano del bosque que parece suspendido sobre el mar, y que está
siempre seco y bien bañado del sol. ~(Apresura el paso.)~ No se qué
tengo hoy, que no me canso nada, pero nada. Andaría mis dos leguas como
un hombre...
~Otra parte del bosque.~
~Terreno quebrado, donde escasean los árboles, y abundan los chaparros
y arbustería silvestre entre rocas musgosas. Al Norte, el cantil que
desciende con rápido declive hasta la playa, la cual se extiende limpia
y arenosa en toda la profundidad del paisaje. En una peña que le
ofrece cómodo asiento se recuesta el anciano, meditabundo, y contempla
abstraído la costa, y el oleaje manso y rumoroso.~
¡Cómo pica el sol! Turbonada esta tarde... Allá lejos, en la playa,
distingo unos bultitos blancos que se mueven... Dios mío, ¿serán ellas?
~(Haciendo anteojo con su puño para ver mejor.)~ Sí, sí... juraría que
son ellas... Aquel vagar rápido, aquel vuelo de mariposas... ~(Con
súbita alegría.)~ Ellas son. Hasta me parece que oigo sus chillidos
alegres. ~(Bajando un poco, entre las peñas.)~ Y distingo también un
bulto negro, una especie de cigarrón que las persigue... Es el maestro,
el pobre Coronado... ¿Qué haré? ¿Las llamo, les hago una seña con el
pañuelo, voy a buscarlas? ~(Vuelve a sentarse, indeciso.)~ ¡Dios mío,
estas lindas criaturas serían mi encanto, mi gloria, mi consuelo,
si no me amargara la vida el convencimiento de que una de ellas es
intrusa, fraudulenta, usurpadora! Quiero idolatrarlas; pero antes,
urge separar la verdad de la mentira, para poder amar exclusivamente
a la que lo merezca... ¿Cuál es, cuál de las dos, Señor? ~(Se golpea
el cráneo con el puño cerrado.)~ Misterio terrible, ¿será posible que
yo no pueda penetrar en ti?... ~(Pausa.)~ ¿Qué atracción es esta que
hacia ellas me llama?... Fuerza superior a mi voluntad. No quiero ir,
y voy... Atracción del enigma, el ansia inmensa del _¡qué será!_...
~(Se levanta.)~ ¡Ah, parece que me han visto! Creo notar una agitación
de cosas blancas, como si me saludaran con los pañuelos. Sí, sí: ya
percibo sus vocecitas, más dulces, más musicales que cuantos sones hay
en la Naturaleza... ~(Gritando.)~ Sí, sí, Nell, Dolly; aquí estoy...
Ya os había visto... os veo en medio de la inmensidad... ¿Queréis que
baje, o subís vosotras?... ~(Gozoso.)~ Ya, ya vienen. No corren, vuelan.
ESCENA VII
~EL CONDE, NELL, DOLLY, D. PÍO~
NELL, ~cuya voz suena lejos~.
¡Abuelo, abuelo!
EL CONDE
No corráis, hijas, que podéis caeros.
DOLLY ~(Suena la voz menos lejana.)~
Abuelo, te vimos, te vimos.
NELL, ~cerca~.
Yo fui la que primero te vi.
DOLLY, ~más cerca~.
No, que fui yo.
EL CONDE
Yo bajaría; pero este camino, lleno de zarzas, es tan quebrado que temo
caerme.
NELL, ~próxima~.
No te muevas, que allá vamos.
DOLLY, ~más próxima~.
Por esta veredita, Nell.
NELL
Por aquí. ~(Llegan a un tiempo las dos, sofocadas, sin aliento, junto
al anciano, que las abraza y las besa.)~
EL CONDE
¿Por qué habéis venido tan a prisa? Claro, como sois ángeles, nada os
cuesta volar.
NELL
D. Pío no quería que viniésemos.
DOLLY, ~sujetándose el cabello, que el viento le ha soltado~.
Allá sube como una tortuga el pobre viejo... ¡Qué trabajo le cuesta
seguirnos!
EL CONDE
Sentaos ya, y descansad aquí conmigo.
DOLLY
¿Estás ya contento?
EL CONDE
¿No lo ves? ¿Por qué me lo preguntas?
NELL
¡Como esta mañana estabas de tan mal humor!... ~(Sorpresa del
anciano.)~ Sí, sí... y cuando entramos a darte los buenos días, nos
asustaste.
DOLLY
Nos dijiste: «¡Idos; dejadme solo!»
EL CONDE
No hagáis caso. ¡Es que Gregoria me había servido tan mal...!
DOLLY, ~con mimo~.
De veras, ¿no estás enfadado con nosotras?
EL CONDE
Nunca. Os quiero, os idolatro.
NELL, ~cariñosa~.
Y como Gregoria y Venancio te sirvan mal, ya les ajustaremos las
cuentas. ¡Vaya...!
EL CONDE
Niñas mías, la gente pequeña, cuando se hincha de vanidad y coge debajo
a los que fueron grandes, es terrible, es peor que las fieras.
D. PÍO, ~que llega jadeante, medio muerto de fatiga, y se arroja en el
suelo~.
Señor Conde, saludo a usía. Como soy viejo, no puedo seguir a estas
criaturas, que tienen alas de mariposa.
EL CONDE
¡Pobre Coronado, cuánto le marean a usted! ¿Y qué tal? ¿Se han sabido
la lección?
D. PÍO, ~con suprema honradez~.
Señor, ni palotada. Me lo puede creer.
EL CONDE
¡Habrá picaruelas...!
D. PÍO
Como usía es tan tolerante, puedo decírselo: hacen burla de la ciencia
y de mí.
EL CONDE, ~jovial~.
¡Qué monas! ¡Ángeles divinos! Besadme otra vez, Nell y Dolly, amables
borriquitas. Vuestro D. Pío, que os consiente todas las travesuras,
y juega con vosotras cultivándoos en la ignorancia, demuestra ser un
verdadero sabio.
NELL, ~irónica~.
Dí que queremos sorprenderle, y aprendemos sin que él lo note.
DOLLY, ~maleante~.
Le hacemos rabiar un poquito para amansarle el genio, porque este D.
Pío, aquí donde le ves, tan suavecito, es un tigre.
EL CONDE
No, hijas mías, es un cordero, un santo cordero... ¿No le veis esa
cara?... Dios le hizo santo, y su familia le ha hecho mártir. Yo le
quiero. Seremos amigos.
D. PÍO, ~con emoción~.
Señor, usía me honra demasiado.
NELL, ~con lástima~.
¿Y por qué es mártir D. Pío?
DOLLY
¿No tiene muchas hijas?
EL CONDE
Pero no son buenas, como vosotras.
NELL
¡Ay, pobrecito, cuánto padecerá!
DOLLY, ~compadecida~.
Ya no volveremos a hacerle rabiar.
EL CONDE, ~notando, por los hondos suspiros que exhala Coronado, su
disgusto de aquella conversación~.
No se hable más de eso. Y ahora que nos hemos encontrado y no necesita
usted estar al cuidado de las señoritas, puede irse a descansar, Sr.
Coronado.
D. PÍO, ~tímidamente~.
Señor Conde, yo no puedo dejar a las señoritas, porque el Sr. Venancio
me encargó mucho que no les consintiera separarse de mí; que con ellas
salía y con ellas tenía que volver a casa.
EL CONDE, ~picado~.
Ya que no es usted su maestro, porque ellas no aprenden, le mandan a
usted que sea su pastor. Pues para pastorear este rebaño, me basto y me
sobro, Sr. Coronado.
D. PÍO
No se incomode, señor. Yo no hago más que cumplir las órdenes de
Venancio.
EL CONDE, ~dominando su ira por hallarse frente a un ser débil e
inofensivo~.
¿Y mis órdenes no significan nada para usted? Ese bestia mandará en su
casa, pero no en mi familia.
NELL, ~asustada~.
Abuelito, por amor de Dios, no te incomodes.
DOLLY
¡Si D. Pío se va!... ¿Qué tiene que hacer más que lo que tú le mandes?
EL CONDE
Ya ves cómo no lo hace, y me obligará a decirlo segunda vez, cuando
estoy acostumbrado a que a la primera se me obedezca.
NELL
Váyase, D. Pío... Piito, lárgate.
D. PÍO, ~levantándose perezoso~.
Señor Conde, yo creí...
EL CONDE, ~impaciente, sin poder contenerse~.
Pronto... Retírese usted.
D. PÍO, ~tocando las castañuelas~.
Me retiro, puesto que lo manda usía con tanto imperio... Y si me riñen
allá, que me riñan... Lo que yo digo: es malo ser bueno.
~(Saluda y se aleja.)~
ESCENA VIII
EL CONDE, NELL, DOLLY
NELL
Ya estamos solitos los tres.
DOLLY
¡Qué gusto!
EL CONDE
Los dos, digo, los tres, porque vosotras, ¡ay! sois dos, aunque a mí me
parezcáis una.
NELL
¡Que parecemos una!
EL CONDE
Lo he dicho al revés: sois una, aunque parezcáis dos... No está bien
hoy mi cabeza... Quiero decir que en vosotras hay algo que sobra.
DOLLY
¿Algo que sobra? Ahora lo entiendo menos.
NELL, ~con agudeza~.
Quiere decir el abuelo que en nosotras, en las dos, no en una sola, hay
lo malo y lo bueno.
DOLLY
Y lo malo es lo que sobra.
EL CONDE
Y debe quitarse, arrojarse fuera.
NELL
O será que una de nosotras es mala, y la otra buena. ~(Míranle atentas
al rostro.)~
EL CONDE
Quizás...
NELL, ~generosa~.
En ese caso, la mala soy yo y la buena Dolly.
DOLLY, ~correspondiendo~.
No, no: la mala soy yo, que siempre estoy haciendo diabluras.
EL CONDE, ~atormentado de una idea~.
Chiquillas, acercaos más a mi; aproximad vuestros rostros para que os
vea bien. ~(Se ponen una a cada lado, y él las abraza. Las tres cabezas
resultan casi juntas.)~ Así, así... ~(Mirándolas fijamente y con
profunda atención.)~ No veo, no veo bien... ~(Con desaliento.)~ Esta
condenada vista se me va, se me escapa cuando más la necesito... Y por
más que os miro, no hallo diferencia en vuestros semblantes.
NELL
Dicen que nos parecemos. Pero Dolly es un poquito más morena que yo,
menos blanca.
EL CONDE, ~con gran interés~.
¿Y el cabello, lo tenéis negro las dos, muy negro, muy negro?
DOLLY
Sí, _estrepitosamente_ negro. El pelo castaño de mamá es más bonito.
EL CONDE
¡Qué ha de ser!
DOLLY
Otra diferencia tenemos. Mi nariz es un poquitín más gruesa.
NELL
Y mi boca más chica que la tuya.
EL CONDE
¿Y los dientes?
NELL
Las dos los tenemos preciosos; no es por alabarnos.
DOLLY
Pero yo tengo este colmillo un poquito encaramado... así, como
retorcido. Toca, abuelito. ~(Llevándose a la boca el dedo del Conde.)~
EL CONDE
Es verdad... colmillo retorcido.
NELL
Otra diferencia tengo yo: un lunar en este hombro.
DOLLY
Yo tengo dos más abajo, así de grandes.
EL CONDE, ~preocupado~.
¿Dos?
DOLLY
Sí, señor: dos que parecen tres.
EL CONDE, ~soltándolas de sus brazos.~
Vuestros ojos, cuando los examino con mi corta vista, me parecen
igualmente bellos. Nell, hazme el favor de mirar bien el color de los
ojos de tu hermana... Y tú, Dolly, fíjate bien en los de Nell. Decidme
el color... justo.
NELL
Los ojos de Dolly son negros.
DOLLY
Los de Nell son negros: pero los míos son más.
EL CONDE, ~con interés ansioso.~
¿Más? ¿Los tuyos, Dolly, tienen acaso un viso verde?
NELL
Me parece que sí... entre verde y azul.
DOLLY, ~mirando de cerca los ojos de su hermana.~
Lo que tienen los tuyos es rayitas doradas... Sí, sí, y también algo de
verde.
EL CONDE
Pero son negros. Los de vuestro papá, mi querido hijo, negros eran como
el ala del cuervo.
NELL
Era guapísimo papá.
EL CONDE, ~suspirando~.
¿Os acordáis de él?
DOLLY
¡Pues no hemos de acordarnos!
NELL
¡Pobrecito, cuánto nos quería!
DOLLY
Nos adoraba.
EL CONDE
¿Cuándo le visteis por última vez?
NELL
Hace... creo que dos años, cuando se fue a París. Entonces nos sacaron
del colegio.
EL CONDE, ~vivamente~.
¿Se despidió de vosotras?
DOLLY
Sí, sí. Dijo que volvía pronto, y no volvió más. Después fue a Valencia.
NELL
Mamá salió también para París, pero se quedó en Barcelona. No nos llevó.
DOLLY
Al volver a Madrid estaba muy disgustada, sin duda por la ausencia de
papá.
EL CONDE
¿Y en qué le conocíais su disgusto?
NELL
En que se aburría, y estaba siempre en la calle. Nosotras comíamos
solas.
EL CONDE
¿Y en esa época os trajeron aquí?
DOLLY
Sí, señor.
EL CONDE, ~con dulzura~.
Decidme otra cosa. ¿Queríais mucho a vuestro papá?
NELL
Muchísimo.
EL CONDE
Me figuro que una de vosotras le quería menos que la otra.
LAS DOS, ~protestando~.
No, no, no... Las dos igual.
EL CONDE, ~después de una pausa, clavando en ellas sus ojos, que poco
ven~.
¿Y creéis que él quería lo mismo a entrambas?
DOLLY
A las dos lo mismo.
EL CONDE
¿Estáis bien seguras?
NELL
Segurísimas. Desde París nos escribía cartitas.
EL CONDE
¿A cada una por separado?
DOLLY
No; a las dos en un solo papel, y nos decía: «Florecitas de mi alma,
únicas estrellas de mi cielo...» Pero de Valencia no nos escribió
nunca.
NELL
Ninguna carta recibimos de Valencia. Nosotras le escribíamos, y él no
nos contestaba.
~(Larga pausa. El Conde apoya la frente en sus manos, con las cuales
empuña el palo, y permanece un rato en profunda meditación.)~
DOLLY
Abuelito, ¿te has dormido?
EL CONDE. ~(Suspirando, alza la cabeza y se frota los ojos.)~
¿Queréis que andemos un poquito?
NELL
Sí.
~(Se ponen las dos en pie, le dan la mano, y le ayudan a levantarse.)~
DOLLY
¿A dónde quieres que vayamos?
EL CONDE, ~indiferente~.
Guiad vosotras.
DOLLY
Iremos hacia el Calvario y la gruta de Santorojo.
NELL
No nos alejaremos mucho.
EL CONDE
Nos alejaremos todo lo que queramos, y volveremos cuando nos dé la
gana... Parece que sopla viento de turbonada... ¿Qué? ¿Se ha nublado el
sol?
DOLLY
Sí, y de aquel lado vienen nubes gruesas. Lloverá.
EL CONDE
Si llueve, que llueva, y si nos mojamos, que nos mojemos.
DOLLY
¿Quieres que te demos el brazo?
EL CONDE
No, chiquillas, no quiero aprisionaros. Corred solas y con libertad...
Ya estamos en sendero franco, y pisamos la finísima alfombra del bosque
sombrío.
NELL, ~a Dolly~.
¿A que no me coges?
~(Se alejan corriendo.)~
EL CONDE, hablando solo, ~desalentado~.
Las facciones nada me dicen... ~(Animándose.)~ Hablarán los
caracteres... Ya se clarean, ya. Nell paréceme más grave, más reposada;
Dolly más frívola y traviesa... Pero noto que cambian, permutan las
cualidades de una y otra, de modo que aquella parece esta, y esta,
aquella. Observemos mejor. ~(Las niñas juegan a cuál corre más.)~
DOLLY, ~que vuelve triunfante, casi sin respiración~.
No me has cogido, no.
NELL, ~jadeante también~.
Que sí... Corro yo más que tú.
DOLLY
Nunca.
NELL
Ayer te gané.
DOLLY
Mentira.
NELL
Yo digo la verdad.
DOLLY. ~(Picadas las dos.)~
Ahora no... Es que eres tú muy orgullosa.
NELL
Abuelo, me ha dicho que miento.
EL CONDE
Y tú no mientes nunca; no está en tu natural la mentira.
DOLLY
Ella me dijo ayer a mí... embustera.
EL CONDE
¿Y qué hiciste?
DOLLY
Echarme a reír.
NELL
Pues yo no consiento que me digan que miento. ~(Lloriquea.)~
EL CONDE
¿Lloras, Nell?
DOLLY, ~riendo~.
Tonterías, abuelo.
NELL
Soy muy delicada. Mi dignidad por la menor cosa se ofende.
EL CONDE
¡Tu dignidad!
DOLLY
Lo que tiene es envidia.
EL CONDE
¿De qué?
DOLLY, ~con travesura jovial~.
De que todos me quieren más a mí.
NELL
Yo no soy envidiosa.
EL CONDE
Vaya, Nell, no llores, pues no hay motivo para tanto. Y tú, Dolly, no
te rías. ¿No ves que la has ofendido?
NELL
Siempre es así. Todo lo toma a risa.
EL CONDE, ~para sí~.
Nell tiene dignidad. Esta es la buena. ~(A Dolly, con un poquito de
severidad.)~ Dolly, te he mandado que no te rías.
DOLLY
Es que me hace gracia.
EL CONDE, ~a Nell, acariciándola~.
Tú eres noble, Nell. En ti se revela la sangre, la raza... Vaya, haced
las paces.
NELL
No quiero.
DOLLY
Ni yo...
EL CONDE
Esa risita, Dolly, es un poquito ordinaria.
DOLLY, ~poniéndose seria~.
Bueno.
~(Súbitamente se lanza a la carrera.)~
EL CONDE, a Nell.
Estoy algo cansado. Dame el brazo.
NELL
Dolly está sentida... Le has dicho ordinaria, y esto le llega al alma.
¡Pobrecilla!
EL CONDE
Dime, hija mía, ¿has notado otra vez en Dolly estos arranques...?
NELL
¿De qué?
EL CONDE
De naturaleza ordinaria.
NELL
No, papá... ¡Qué cosas tienes! Dolly no es ordinaria. Creo que se lo
has dicho en broma. Dolly es muy buena.
EL CONDE
¿La quieres?
NELL
Muchísimo.
EL CONDE
¿Y no estás incomodada con ella porque te dijo que mentías?
NELL
Yo no... Cosas de nosotras. Reñimos, y en seguida hacemos las paces.
Dolly es un ángel: le falta sentar un poquito la cabeza. Yo la quiero;
nos queremos... ¡Ya tengo unas ganas de abrazarla y decirle que me
perdone!
EL CONDE, ~con júbilo~.
¡Otro rasgo de nobleza! Nell, tú eres noble. Ven a mí... ~(La abraza.)~
Y esa loca, ¿dónde está?
NELL
Ya viene.
DOLLY, ~volviendo como una exhalación~.
Abuelito, llueve. Me ha caído una gota de agua en la nariz.
NELL, ~deseando coyuntura para hacer las paces~.
Y a mí dos.
DOLLY
Papá, ¿quieres que nos metamos en la gruta de Santorojo? Has hecho mal
en no traer paraguas.
EL CONDE
Es un chisme que no he usado nunca.
DOLLY
¡Ya... acostumbrado a andar siempre en coche! Pero ahora no tienes más
remedio que andar a patita, como nosotras.
EL CONDE, ~para sí~.
Se burla de mí... ¡Qué innoble!
NELL
¡Ay, qué gotas tan gordas!
DOLLY
¡Menudo chaparrón nos viene encima!... Abuelito, ¿quieres que vaya a
casa en cuatro brincos, y te traiga un capote de agua?
EL CONDE
No. ~(Para sí.)~ Ahora quiere desenojarme con sus zalamerías.
NELL
Nos meteremos en la gruta. Oiremos el eco. ~(Dirígense por un sendero
áspero, entre peñas y zarzales.)~
DOLLY
Por aquí. Yo iré delante, apartando las zarzas para que el abuelo no se
pinche... ¡Ay, ay, qué pinchazo me he dado! ~(Chupándose la herida.)~
EL CONDE
¿Te has hecho sangre?... Ya ves: por traviesa, por correntona.
DOLLY
Si ha sido por abrirte camino, para que no te hicieras daño. ¡Así me lo
agradeces!
EL CONDE
Sí que te lo agradezco, tontuela.
NELL, ~que soltando el brazo del anciano, y recogiéndose el vestido
para no engancharse, se adelanta~.
Dolly, da el brazo a papaíto, y tráele con cuidado.
EL CONDE, ~dejándose guiar por Dolly, que continúa chupándose el dedito
lastimado~.
Chiquilla, ¿de veras te has hecho sangre?
DOLLY
Poca cosa. La he derramado por ti. Derramaría más: toda la que tengo.
EL CONDE, ~parándose~.
¿De veras?
DOLLY
¡Oh, sí!... Pruébalo... ¡Si pudiera probarse...!
EL CONDE
¿Tanto me amas?
DOLLY
Más de lo que crees.
EL CONDE
¿Me querrás más que tu hermana?
DOLLY
No, más no. Ofendería a Nell si dijera que ella te quiere menos que yo.
Las dos somos tus nietas, y te queremos lo mismo.
EL CONDE, ~para sí~.
Pues esto es nobleza... y de la fina. ¿Resultará esta la legítima y la
otra la falsa?... ¡Dios mío, luz, luz! ~(Alto.)~ ¿Dónde está Nell?
DOLLY
Ha dado un rodeo para no engancharse el vestido. Sabe sortear las púas.
EL CONDE
¿Y tú?
DOLLY
¿Yo? Tengo la piel mechada y endurecida de tanto aguijonazo, y una
encarnadura que no me la merezco. Mi hermana es más delicada que yo.
Por eso, cuando me has llamado ordinaria, dije para mí que tenías razón.
EL CONDE, ~para sí, aturdido, sin saber qué pensar~.
Razón... verdad... duda... problema.
NELL, ~desde lejos, mirando hacia atrás~.
Dolly, ¿por qué nos has traído por esta vereda? Es la peor.
DOLLY
¿Qué sabes tú...? Sigue, sigue, que a la vuelta tienes la entrada de la
gruta.
EL CONDE
Llueve... Vamos a prisa.
NELL, ~encontrando el paso fácil hacia la gruta~.
Que os mojáis... Yo estoy en salvo ya.
EL CONDE, ~para sí~.
Paréceme Nell un poco egoísta... ¡Qué horrible duda, Señor! ¡Si
resultará que Dolly es la buena! (Alto.) ¿Llegamos por fin?
DOLLY
Abuelo, por aquí... cuidado... Otro escaloncito, otro... ~(Llueve
copiosamente.)~
NELL, ~guarecida en la boca de la cueva~.
Os habéis mojado; yo no.
~Gruta de Santorojo.~
~Cavidad ancha y profunda en la fragorosa peña. Festonean su boca
parietarias viciosas, raíces de árboles cercanos, helechos y plantas
mil de variado follaje. El interior se compone de masas cretáceas
de variado color, con formas de una arquitectura de pesadilla. Las
concreciones de la bóveda son como un sueño de bizarras magnificencias,
labradas en cristal, azúcar y estearina.~
EL CONDE, ~sentándose en una piedra~.
¡Cuántas veces, niño, me he refugiado, como ahora, en esta soberbia
estancia natural de Santorojo!
NELL
¿Y es cierto que aquí vivió y murió un ermitaño llamado Toronjillo, que
hacía milagros?
EL CONDE
Es tradición que viene labrando en la mente popular desde el siglo
XIII. Ejecutorias de la casa de Laín mencionan al santo Toronjillo, que
desde este balcón amansaba las olas furibundas con un gesto... Aquí
abajo, al pie de la pendiente llena de malezas, bate la mar.
DOLLY, ~asomándose~.
Ya se ven de aquí los espumarajos.
EL CONDE
¿Y esto no te da miedo? ¡Si te cayeras...!
DOLLY
Llegaría al mar en pedacitos así.
NELL, ~cariñosa~.
Por Dios, hermana, no te acerques al abismo.
EL CONDE
Dolly, no hagas tonterías... Una tarde, siendo Rafael niño, quiso
descender por esta escarpa... Al primer salto que dio, ya no podía
bajar ni subir. ¡Qué susto pasó su madre! ¡Nos costó un trabajo subirle!
DOLLY
¡Qué trance!...
NELL
De pensarlo, me da escalofríos.
DOLLY
Dicen que nuestra abuelita era muy hermosa... ~(Se sientan las dos
junto al Conde.)~
EL CONDE
Sí: la figura más arrogante y noble que podríais imaginar.
DOLLY
Y que Nell se le parece mucho.
EL CONDE, ~mirando a Nell~.
No sé... no veo bien las facciones de tu hermana.
NELL
Por el retrato que hay en casa, más se parece a Dolly que a mí.
DOLLY
¡Si fuera verdad! ¡Qué gusto parecerse a una señora tan santa y tan...
bonita! Abuelo, mírame bien, y haz memoria.
EL CONDE
Dime que haga vista.
DOLLY
¿Me parezco?
EL CONDE, ~confuso, mirándola de cerca~.
No sé... No veo...
NELL, ~que se ha levantado para sentarse en mejor sitio, junto a la
roca~.
Eso no puede decirlo más que el abuelo.
DOLLY
Eso no puede decirlo más que el abuelo.
EL CONDE, ~sobrecogido por la igualdad del timbre de las voces~.
¿Quién habla?
LAS DOS
Yo.
EL ECO, ~repitiendo la voz de Nell~.
Yo.
EL CONDE
Ese _yo_ me ha sonado como si lo pronunciara mi pobre Adelaida, vuestra
abuela.
NELL, ~riendo~.
Es el eco, papá. ~(Gritando.)~ Conde de Albrit, soy yo.
DOLLY, ~que corre junto a su hermana y grita~.
Soy yo... yo... ~(El eco repite la voz de entrambas.)~
EL CONDE, ~tembloroso, profundamente excitado~.
Venid aquí... No os apartéis de mi lado... No hagáis hablar al eco...
Me asusta.
DOLLY
¿De veras?
NELL
No creas, a mí también me asusta un poquitín.
EL CONDE, ~para sí~.