Sí, sí: lindas borriquitas seréis. Pues yo me planto, señoras mías; ya

sabéis que soy atroz cuando me planto: tengo mal genio.

NELL

¡Terrible!

DOLLY

¡Ay, qué miedo!

NELL, ~que, apoyada en la mesa con indolencia, le mira burlona~.

¿Sabes, Piillo, que estoy observando una cosa? Tienes los ojos muy

bonitos.

DOLLY

Parecen dos soles... pillines.

D. PÍO, ~cruzándose de brazos~.

Ea, burlaos de mí todo lo que queráis.

NELL

No es burla, es confianza.

DOLLY

Es que te queremos, maestrillo, porque eres muy bueno y no tienes

malicia.

NELL, ~acariciándole la barba~.

¡Es un buenazo este D. Pío! Por eso te hacen rabiar las niñas de

Albrit, que son y serán siempre tus amiguitas...

D. PÍO, ~embobado~.

¡Zalameras, melosas, carantoñeras!

DOLLY

Dí una cosa: ¿es verdad que tienes muchas hijas?

D. PÍO, ~lanzando un suspiro muy hondo y fuerte. (Diríase que lo saca

de los talones~.)

Muchas, sí...

NELL

¿Son guapas?

D. PÍO

No tanto como lo presente.

DOLLY

¿Te quieren?

D. PÍO, ~intentando sacar otro suspiro hondo, que se le queda

atravesado en el pecho, cortándole la respiración~.

¡Quererme... ellas!

NELL

Me han dicho que no. Si es así, no te importe, que bien te queremos

nosotras.

DOLLY

¿Y tú, nos quieres? ~(D. Pío hace signos afirmativos.)~

NELL

Nos idolatra... Estudiamos cuando se nos antoja, y cuando no, jugamos.

DOLLY

Y eso haremos hoy: jugar, irnos a la playa.

D. PÍO, ~vencido~.

¡A la playa!

NELL

Está un día espléndido. ~(Mira por la ventana.)~

DOLLY, ~tocando las castañuelas~.

Y el cielo y la mar nos dicen: venid, volad, y traed a vuestro adorado

preceptor.

D. PÍO, ~deseando ir, pero no queriendo manifestarlo~.

¿Yo... también yo?... ¡Viva la indisciplina!

NELL

Vendrás con nosotras, porque si no, Venancio no nos dejará salir ahora.

Tú tienes que decirle: «hoy han estudiado tanto, que en premio de su

aplicación las saco a dar una vuelta.»

D. PÍO

¡Anda, morena! ¡Vaya, que si la señora Condesa se enterara de cómo

cumplo mis deberes profesionales!...

DOLLY

Lo que quiere mamá es que estemos siempre a la intemperie, y nos

hagamos robustas como unas aldeanotas.

D. PÍO

¡Y qué diría vuestro abuelo!

NELL

El abuelito nos quiere lo mismo en bruto que pulimentadas.

D. PÍO

Os adora, sí. Como que sois sus nietas. Acompañadle, dadle palique,

hacedle mimos: también él es niño. Y cuando le oigáis un disparate muy

gordo, se lo contáis al señor Cura y al Médico.

DOLLY, ~enojada~.

No dice disparates el abuelo.

D. PÍO

Ayer me decía que vosotras dos no sois más que una para él...

NELL

Y eso, ¿por qué ha de ser disparate, maestrillo?

DOLLY

Quiere decir...

NELL

Que el grande amor que nos tiene nos iguala, y hace de las dos una sola.

D. PÍO

Esta chica es un portento.

DOLLY

Hola, hola; ¿y para mí no hay piropo?

D. PÍO

¿Te enfadas, ángel?

DOLLY, ~riendo~.

Está eso bueno. Mi hermana es un portento... y yo nada.

D. PÍO

Tú, otro portento... ¡Vivan las nenas de Albrit!

NELL, ~alborotando~.

¡Viva el más sabio profesor y catedrático de la antigüedad pagana,

mitológica... y cosmopolita! En fin, ¿nos vamos o qué?

D. PÍO, ~deteniéndolas~.

Esperad. Parece que viene alguien.

DOLLY

Siento el vocerrón de D. Carmelo.

D. PÍO, ~tomando el tonillo profesional~.

¡Orden, formalidad! Pues hemos dado un repasito a la Gramática, venga

ahora un buen jabón a la Historia. Niñas, el Papado y el Imperio... A

ver...

ESCENA II

NELL y DOLLY, D. PÍO, EL SEÑOR CURA, VENANCIO

EL CURA, ~riendo, en la puerta~.

Presentes, mi general. Yo soy el Papado, y el Imperio es este.

~(Entran.)~

VENANCIO

¿Cómo vamos de lección?

EL CURA

¿Saben, saben mucho estas picaruelas?

D. PÍO

Regular... Hoy, vamos, hoy, no lo han hecho del todo mal.

EL CURA

No me fío. Este Coronado es la pura manteca. ~(Saludando a las niñas y

acariciando sus manos.)~ ¡Qué monada de criaturas!

VENANCIO

Muy monas, pero desaplicaditas... No quieren más que corretear por el

campo.

EL CURA

Mejor... ¡Aire, aire!

VENANCIO

Y su abuelito, en vez de reprenderlas para que se apliquen, les

dice que la señora Gramática y la señora Aritmética son unas viejas

charlatanas, histéricas y mocosas, con las cuales no se debe tener

ningún trato.

EL CURA

¡Qué bueno!... Si digo que el Conde...

VENANCIO, ~a D. Pío~.

¿Y anoche, cuál fue la tecla que nos tocó?

D. PÍO

Que no debo introducir más paja en la cabeza de las señoritas, pues lo

que les conviene es educar la voluntad.

EL CURA

No está mal...

DOLLY

Por eso a mí no me gusta saber nada de libros, sino de cosas.

EL CURA

¡Brava!

VENANCIO

¿Y qué son cosas, señorita?

NELL

Pues cosas.

DOLLY

Cosas.

EL CURA, ~comprendiendo~.

Ya... Pero el arte de la vida ya lo iréis aprendiendo en la vida misma.

VENANCIO

Y eso no quita que estudien lo de los libros, ¿verdad, D. Pío? ~(El

maestro hace signos afirmativos.)~ Tan distraídas están con el

corretear continuo, que ya Dolly ni siquiera dibuja.

EL CURA

¡Qué lástima!... ~(A Dolly.)~ Y aquellos monigotitos, y aquellas

vaquitas, y aquellos... ~(Dolly se encoge de hombros.)~

NELL

Ya no dibuja. Le gusta más cocinar.

EL CURA

¿De veras?... ¡Oh, serafín de los cielos!

VENANCIO

A lo mejor se nos mete en la cocina, se pone su delantal de arpillera,

y allí la tiene usted entre cacerolas, tiznada, hecha una visión...

EL CURA

¡Divino!

VENANCIO

¡Miren que una señorita de la aristocracia, con las manos ásperas y

llenas de pringue!

EL CURA

Eso es juego... Pero no está de más saber de todo... por lo que pueda

tronar. ¿Y Nell, no cocina?

DOLLY

A mi hermana le gusta más lavar cristales... mojarse, fregotear, pegar

cosas rotas, limpiar las jaulas de los pájaros, y echarles la comidita.

EL CURA

También es útil. Bien, bien, niñas saladísimas; seguid estudiando...

NELL

Es que...

DOLLY

D. Pío había dicho que... pues hoy hemos trabajado bárbaramente...

podíamos pasear.

D. PÍO

¡Ah!... permítanme... dije que si acabábamos la Aritmética, saldríamos,

y en el bosque les explicaría algo de Geografía.

EL CURA

Paseen, sí.

VENANCIO

Pero por el bosque no.

DOLLY

A la playa. ~(Las dos se quitan los delantales.)~

VENANCIO, ~aparte a D. Pío~.

El Conde suele pasear por el bosque. Llévelas usted a la playa... No se

separe de ellas... ¿Se entera de lo que le digo?...

D. PÍO

Sí, hombre. A la playa...

NELL, ~a Venancio~.

¿Ha salido ya el abuelito?

VENANCIO

No; ni creo que salga. Vayan las señoritas con el maestro.

NELL

¿Y usted se queda, D. Carmelo?

EL CURA

Sí, hija mía: espero al amigo Angulo, con quien tengo que hablar.

VENANCIO, ~mirando por la ventana~.

Ya está aquí.

EL CURA

Pues bajemos todos. Las niñas por delante.

DOLLY, ~que sale la primera, gozosa~.

En marcha. ~(Llamando al perrito.)~ _¡Capitán!_

NELL, ~detrás de su hermana~.

_¡Capitán!_

~(Salen los demás.)~

ESCENA III

~Sala baja en la Pardina.~

~GREGORIA, EL MÉDICO; después VENANCIO, EL CURA~

EL MÉDICO

¿Cómo es que no ha salido aún a dar su paseo de la mañana?

GREGORIA

¿Yo qué sé?... Todavía le tiene usted en su cuarto. He mirado por el

agujero de la llave, y está dando paseos arriba y abajo, con las manos

en los bolsillos.

EL MÉDICO

¿Come bien?

GREGORIA

Regular.

EL MÉDICO

¿Sabe usted si duerme?

GREGORIA

Esta mañana, cuando le entré el desayuno, le dije... con todo el

respeto del mundo, claro: «¿Qué tal ha pasado la noche el señor Conde?»

y me contesto: «Bien;» pero en seco, y con un tonillo que, a mi

parecer, era lo mismo que decir: «Mal.»

EL CURA

¿Qué? ¿Hay algo de nuevo?

EL MÉDICO

Nada. Hoy no le he visto aún. En la conversación que anoche tuvimos,

pude, observar que a la exaltación del orgullo aristocrático, añade

nuestro D. Rodrigo otra monomanía: la sutileza del honor y de la moral

rígida, en un grado de rigidez casi imposible, y sin casi, en las

sociedades modernas.

EL CURA

Lo mismo observé yo en nuestro paseo de ayer tarde. Por cierto que...

me hizo pasar un mal rato.

EL MÉDICO

¿Qué ocurrió?

EL CURA

Nada... Es que por lo visto gusta de pasear solo... Desde que salimos,

hube de comprender que le desagradaba mi compañía. Claro que no me

despidió de mala manera: su buena educación no se desmiente nunca.

Pero con perífrasis ingeniosas, me decía: «Mejor voy solo que mal

acompañado.» Francamente, creía yo hacerle un favor dándole el brazo,

entreteniéndole con una conversación grata...

EL MÉDICO

Pues mire usted, D. Carmelo: en esto no conviene contrariarle. ¿Quiere

andar solo? Pues solo. No, no se cae. En mi opinión, ve bastante más

de lo que dice. ~(A Venancio.)~ Lo que puede usted hacer es mandar un

criado que le vigile a distancia...

GREGORIA, ~de mal temple~.

En esta época, Sr. de Angulo, no tenemos a nuestra gente tan

desocupada...

VENANCIO, ~arrancándose~.

D. Carmelo, D. Salvador, yo que ustedes, diría a la Condesa que su

señor suegro estará mejor en otra parte. Y esto no significa que

queramos echarle. Es nuestro deber tenerle aquí; hemos sido... fuimos,

como quien dice, sus criados...

GREGORIA

El cuento es que el Sr. D. Rodrigo, por haber venido tan a menos, no

encaja en nuestras costumbres de gente pobre, ni se acomoda al trato

modestito que le damos. Y es natural: yo me pongo en su caso.

VENANCIO, ~rascándose la cabeza~.

Hay que mirarlo todo, señores. Con la consignación que nos ha señalado

la señora no podemos hacer milagros. A un grande de España, por más

que ahora sea _chico_, no hemos de tenerle aquí como un estudiantón,

hartándole de puchero, y... vamos, que con tanto extraordinario y tanta

finura de cocina, se nos van nuestros ahorros que es un gusto.

EL CURA

En efecto...

GREGORIA

Y, por añadidura, vivimos siempre sobresaltados... Que si sale, que

si tarda, que si le habrá pasado algo... Se necesita un regimiento de

criados para servirle y atenderle.

VENANCIO

Tenemos aquí muchos trajines. Vivimos de nuestro trabajo.

GREGORIA

Atendemos a la tierra, a las plantas, al fruto. Hay que mirar a todo.

VENANCIO

Al ganado de pelo y de pluma.

GREGORIA

Ahora me tienen ustedes todo el santo día en la cocina; y que no

trabajo menos con la cabeza que con las manos: ¡Señor, qué pondré

hoy!... ¡Si le gustarán las manos de ternera!... ¡Si acertaré a freír

el filete!... ¡Ay, Jesús!... Y a todas estas, mis judías sin coger, mis

tomates pudriéndose en las ramas... y mis gallinitas olvidadas...

VENANCIO

Olvidadas, no, que aquí estoy yo para retorcerles el pescuezo... A este

paso, señores míos, pronto liquidará la Pardina.

EL CURA

Vamos... siempre habéis de ser lo mismo... aldeanos que se ahogan,

aunque naden en la abundancia.

EL MÉDICO

Siempre llorando... y escondiendo a la espalda las llaves del granero.

EL CURA

¡Avarientos, mezquinos!

VENANCIO, ~achicándose~.

Sr. D. Carmelo, no hemos dicho nada.

GREGORIA, ~suspirando~.

Sr. D. Salvador... ustedes mandan.

EL CURA

Por lo demás, yo creo también que el pobre león de Albrit estará mejor

en otra leonera.

EL MÉDICO

A ver si ha pensado usted lo mismo que yo.

EL CURA, ~enfatuado~.

Tengo una idea...

VENANCIO, ~adivinando~.

Yo tengo también una idea...

EL MÉDICO

Llevarle a Zaratán.

EL CURA

Al convento de Jerónimos.

VENANCIO, ~asintiendo con viveza, lo mismo que Gregoria~.

Eso, eso.

EL CURA

Solución que debe ser la mejor, pues se aprueba por unanimidad.

EL MÉDICO

Allí estará como un príncipe. Falta que los reverendos quieran.

EL CURA

Deseándolo, querido Salvador, deseándolo. Locos de contento en cuanto

les propuse...

VENANCIO

¿Pero habló usted con el Prior?...

EL CURA

¡Toma! ¿Creen que soy de los que cuando dan con una feliz idea, la

están rumiando siete meses?... Y no solo he hablado con el Prior, sino

que he escrito a la Condesa...

GREGORIA, ~viendo llegar al Conde~.

Cuidadito, que aquí viene.

ESCENA IV

~EL MÉDICO, EL CURA, VENANCIO, GREGORIA; EL CONDE, a paso lento,

apoyado en su palo. Nótase más deterioro y descuido en su ropa. Avanza

muy abstraído, sin parar mientes en las personas que están en la

habitación.~

EL CURA

¿Señor Conde, cómo va ese valor?

EL CONDE

¡Ah! _pastor Curiambro_, ¿estás aquí? No te había visto... ~(Examinando

las personas.)~ ¿Y este bulto...?

EL CURA

No es bulto, es nuestro gran médico...

EL MÉDICO, ~saludándole~.

Señor Conde...

EL CONDE, ~muy afectuoso~.

Perdona, hijo... ¡Veo tan poco!... Y aquel es Venancio... a ese le

conozco sin verle... Y Gregoria... Ya está aquí todo el cónclave...

Bien, bien... Antes de que me lo preguntes, médico ilustre, te digo

que, fuera de este achaque de la vista, me encuentro muy bien... ¡Y

qué contento vivo en la Pardina! Venancio, Gregoria, sabed que estoy

contentísimo, y que tendréis la satisfacción de alojarme por mucho

tiempo...

VENANCIO

Es lo que deseamos...

EL MÉDICO

¿Va el señor Conde a dar su paseo?...

EL CONDE

Si ustedes no disponen otra cosa... Pero me quedaré un poquito por

hacer los honores debidos a las dignas personas que honran mi casa.

~(Se sienta en el sillón.)~

EL CURA

Mil gracias, señor Conde. Veníamos...

EL CONDE

Ya me lo figuro: a pasar revista a la huerta y examinar los tomates, y

armar las grandes peloteras con Gregoria sobre si son mejores los de

allá o los de acá... ~(Todos ríen.)~

EL CURA

Los míos son así de gordos.

GREGORIA

Ya quisiera...

EL CONDE

Basta de polémicas, y si arrojáis en esta placentera reunión el tomate

de la discordia, yo, deferente con el bello sexo, adjudico el premio a

mi patrona... Gregoria, Venancio, Dios os colme de prosperidades... a

ver si salís de pobres... ~(Con ironía sutil.)~ En ello voy ganando,

porque de lo que tengáis, hijos míos, algo ha de participar siempre

este pobre viejo... ¿Verdad que sí?...

VENANCIO, ~secamente~.

Sí, señor.

EL MÉDICO, ~que, sentado a su lado, le pone la mano en el hombro~.

¿Conque bien...?

EL CONDE

Pero no de la vista. Cada día se nublan más mis ojos.

GREGORIA, ~con un alarde de osadía~.

El señor se pondría bueno de la vista... y de la cabeza... ¿lo digo? si

no tuviera tan mal genio.

EL CONDE

¡Mal genio yo! Si con la voluntad siempre en guardia he logrado

dominarme, y ya no riño, ya no me oiréis gruñir...

VENANCIO

Nos dice palabras blandas, pero con intención dura... Entre flores

esconde el látigo con que...

EL CONDE

¿Yo? No, hijo mío. Precisamente quería aprovechar esta ocasión para

decirte que admiro y alabo tus hábitos de arreglo, y tus grandes dotes

de administrador.

VENANCIO, ~sobresaltado~.

¿Qué quiere decir Vuecencia?

EL CONDE

Que eres un ejemplo digno de ser imitado por cuantos manejan intereses

propios o ajenos. Así prosperan las casas. Si no eres ya rico,

Venancio, yo te auguro que lo que posees en tomates y berenjenas, lo

tendrás pronto en peluconas. Carmelo, Salvador, oigan este golpe:

cuando llegué a la Pardina, este buen amigo mío y antiguo servidor puso

a mis órdenes a un muchacho llamado Rogelio, inteligente, listo, para

que fuese mi ayuda de cámara. Toda mi vida he tenido un servidor de

esta clase. Mentira me parecía que pudiera pasarme sin él... Pero me

paso, sí, señor, me paso... porque ayer me quitaron el criadito, y ya

ven... estoy perfectamente.

VENANCIO, ~mascando las palabras~.

Señor, es que... Rogelio...

GREGORIA

Fue preciso mandarle a traer yerba... ~(El Médico y el Cura se miran,

hablan con los ojos.)~

EL CONDE, ~con ironía finísima~.

Pero, tontos, si no os riño; si me parece bien lo que habéis hecho...

si os lo agradezco, porque así me vais educando en la pobreza, y

enseñándome a ser como vosotros, económico, administrativo... No quiero

ser gravoso; quiero que prosperéis; y con medidas como esta claro es

que habéis de llegar a ser riquísimos.

VENANCIO

Señor, díganos las cosas claras.

EL CONDE

Digo lo que siento. Y otra: tienes una mujer que no te la mereces. Esta

Gregoria vale más que pesa, y con su instinto de gobernante de casa te

ayudará, te empujará para que subas pronto a la cima de la opulencia.

GREGORIA, ~asustada~.

Señor, ¿por qué lo dice?

EL CONDE

Porque es verdad. ¡Cuánto siento no estar ya en edad de tomaros por

modelo!

EL CURA

¿Pero qué...?

EL CONDE

Que esta Gregoria, con su arte sublime de mujer casera, me ha suprimido

mi bebida favorita: el buen café.

GREGORIA

Señor, si se lo llevé esta mañana.

EL CONDE

Me serviste un cocimiento de achicoria, recalentado y frío, que...

Pero no te riño, no. Si está muy bien. Siempre me dais mucho más de lo

que merece este pobre viejo inútil, enfadoso... Prosperad, prosperad

vosotros, y que os vea yo llenos de bienestar, desde el fondo de esta

miseria en que he caído.

VENANCIO

No somos ricos, ni aspiramos a serlo.

EL MÉDICO, ~con severidad~.

Conviene que se sirva al señor Conde un café muy bueno. Yo lo mando.

EL CURA

Y yo... Y si no se le da como es debido, lo haré yo en casa, y se lo

enviaré.

EL CONDE

Gracias... Pero ya veis que no me enfado... Soy pobre, y como a pobre

quiero que me traten. Este Venancio, esta Gregoria, que tanto me

quieren y no pueden olvidar los beneficios que de mí han recibido,

desean hacerme a su imagen y semejanza, y que como ellos viva, y como

ellos coma, para de este modo sujetarme y tenerme siempre a su lado.

¿Verdad que es esto lo que anheláis? Pues me tendréis. De aquí no me

muevo. Estad tranquilos, que vuestro huésped seré... tendréis Conde de

Albrit para un rato.

EL MÉDICO

Seguramente. Estos aires le prueban bien.

EL CONDE, ~con gravedad~.

No me cuido yo de los aires, sino de la misión que tengo que cumplir.

EL CURA, ~receloso~.

¿Aquí precisamente?

EL CONDE

Aquí... al menos por ahora. ~(El Médico y el Cura se sientan junto al

Conde, uno por cada lado. Venancio y Gregoria se retiran y vuelven de

puntillas, poniéndose tras el sillón a escuchar lo que hablan.)~

EL MÉDICO

Pues si el señor Conde quiere oír un consejo de amigo y de médico...

de médico más que de amigo, me permitiré decirle que la misión más

adecuada a su edad y a sus achaquillos es darse buena vida.

EL CURA

Y no cuidarse de nada ni de nadie.

EL CONDE

La ancianidad da derecho al egoísmo; pero a mí, pásmense ustedes, me

han rejuvenecido las desgracias, y tras las desgracias han venido las

ideas a darme vigor. Por unas y otras, yo tengo aún que hacer algo en

el mundo. ~(El Médico y el Cura se miran, comunicándose con los ojos

sus impresiones.)~

EL MÉDICO

¿Sería tan amable el Sr. D. Rodrigo que nos dijera qué misión es esa?

EL CONDE

Misión que, en cierto modo, tiene cierto paralelismo con la tuya,

Salvador, y con la tuya, Carmelo.

EL CURA

Tres misiones paralelas.

EL CONDE

Tú, _pastor Curiambro_, luchas en el terreno de la moral, disputando

almas al pecado; tú, Salvador, te bates con la muerte en el terreno

físico, tratando de arrancarle los pobres cuerpos humanos; yo combato

en la esfera moral contra el deshonor ~(Pausa; D. Carmelo y Angulo

se hacen guiños)~, que es lo mismo que decir: por el derecho, por la

justicia... ~(Pausa. Sonríe benévolamente.)~ Veo poco, amigos míos;

pero lo bastante para hacerme cargo de que os reís de mí.

EL CURA

¡Oh! no, Sr. D. Rodrigo...

EL CONDE

Si no me enfado, no. ¡Ay! El quijotismo inspira siempre más lástima

que respeto. Si compadecéis el mío, yo compadeceré el vuestro: el

religioso y el científico... ¡Cómo ha de ser! En la relajación a que

hemos llegado, el honor ha venido a ser un sentimiento casi burlesco.

EL CURA

Reconozcamos, mi señor D. Rodrigo, que lo han desacreditado los

duelistas...

EL CONDE

Sí, sí, y los nobles presumidos. Aparte de eso, ¿no alcanzáis a ver

la relación íntima del honor con la justicia, con el derecho público

y privado? No, no la veis... Sin duda sois más ciegos que yo... Y

decidme ahora, tontainas: ¿también os parecen cosa baladí la pureza de

las razas, el lustre y grandeza de los nombres, bienes que no existen,

que no pueden existir sin la virtud acrisolada de las personas que...?

~(Sus interlocutores callan, observándole.)~ No, no me entendéis. Tú,

clérigo, y tú, doctorcillo, vivís envenenados por los miasmas de la

despreocupación actual, de ese asqueroso _lo mismo da_, de ese inmundo

¿_y qué_?

EL CURA

Comprendemos la idea; pero...

EL MÉDICO

Es una idea feliz; pero...

EL CONDE, ~irritándose~.

¡Pero qué!... ~(Se calma y sonríe con desdén.)~ Si tuviera tiempo y

ganas de entretenerme, os explicaría... ~(Sintiendo ruido detrás

del sillón.)~ ¿Quién anda ahí? ~(Descubre a Venancio y su mujer.)~

Venancio, Gregoria, ¿por qué andáis por ahí acechando como espías?

Venid a mi lado, que lo que digo, decirlo puedo y quiero también

delante de vosotros. Ya todos somos iguales. Venid. ~(Se acercan

tímidamente.)~ Pues decía: a ti y a ti ~(por el Cura y el Médico)~,

según veo, os importa un ardite que las familias honradas... y no me

refiero solo a las aristocráticas, sino a toda familia pundonorosa

y decente... conserven la limpieza del nombre y de la sangre... ~(A

Venancio y Gregoria.)~ ¿Y vosotros, qué pensáis, papanatas? También

a vosotros os tienen sin cuidado las usurpaciones ignominiosas de

estado civil, nombre, riqueza... ~(Callan los cuatro, observándole

compadecidos.)~ ¡Ah, todos lo mismo: el sabio, el ignorante, igualmente

ciegos ante el sol de la moral pura, de la verdad!... ~(Bruscamente,

levantándose.)~ Me voy... no quiero más conversación, no quiero...

EL CURA, ~queriendo detenerle~.

Pero, señor Conde...

EL MÉDICO

Señor, aguarde...

EL CONDE, ~nervioso, rechazándoles~.

No quiero, no... Me voy... Abur, abur.

~(Sale.)~

ESCENA V

~EL CURA, EL MÉDICO, VENANCIO, GREGORIA~

VENANCIO, ~viéndole alejarse~.

Allá va: habla solo, golpea el suelo con su palo.

GREGORIA

¿Qué les parece a ustedes?

EL CURA

A mí, cosa perdida.

VENANCIO

A mí... peligroso.

EL MÉDICO, ~más reflexivo que los otros~.

No precipitarse a juzgar. Le tengo por uno de tantos. El hombre piensa;

su idea le invade el espíritu; su voluntad aspira a la realización

de la idea. Uno de tantos, digo, como usted y como yo, mi querido D.

Carmelo.

EL CURA

¿No ves la demencia en ese pobre anciano?

EL MÉDICO

Veo la exaltación de un sentimiento, una inteligencia que trabaja

sin desmayar nunca, una voluntad agitándose en el vacío, con fuerza

hercúlea que no puede aplicarse...

VENANCIO, ~desdeñoso~.

Estos médicos siempre han de dar a las cosas nombres raros.

GREGORIA

Para que no entendamos.

VENANCIO

¿Es eso locura, o qué es?

EL MÉDICO

¿Queréis que os hable con toda sinceridad, como médico honrado? Pues no

lo sé.

EL CURA, ~confuso~.

¿Es o no clara la monomanía?

EL MÉDICO

En toda monomanía hay una razón.

EL CURA, ~mirando al techo en busca de una idea que se le escapa~.

Bueno: yo veo...

VENANCIO, ~rascándose el cráneo~.

Sí: yo veo también...

GREGORIA, ~más sincera que los demás~.

Todos vemos que... Lo diré claro: las barrabasadas de la señora Condesa

han influido en que nuestro D. Rodrigo esté tan perdido del caletre...

EL CURA

Exactamente... De ahí le viene la tos al gato.

EL MÉDICO

Porque... aquí que nadie nos oye, señores... la Condesa...

EL CURA, ~limpiando sus gafas~.

Todo lo que digas es poco.

VENANCIO

No siga usted, D. Salvador... La señora...

GREGORIA

Callamos por respeto; pero ello es que la tal Doña Lucrecia...

EL CURA, ~sonriente~.

Chitón...

VENANCIO

No chistamos...

EL CURA, ~poniéndose las gafas~.

Nos sale al encuentro un caso delicadísimo de la vida privada, y ante

él cerramos nuestros picos, y nos lavamos nuestras manos. La misión de

los que ahora estamos aquí reunidos no es enmendar los yerros de la

Condesa de Laín, ni tampoco sacarla a la vergüenza pública. Nuestra

misión... ~(Tosiendo, para tomar luego un tonillo oratorio.)~ nuestra

misión, digo, es tan solo aliviar, en lo que de nosotros dependa, la

triste situación física y moral de ese anciano desvalido, de ese

prócer ilustre, verdadero mártir de la sociedad, amigos míos. Y

recordando que en la época de su poderío y grandeza él nos tendió la

mano y fue nuestro sostén, correspondámosle ahora con nuestra filial

solicitud y cariñoso amparo.

El abuelo (Novela en cinco jornadas) · 第 6 / 16 段