Usted sabe quién es. Y no se atreve, no se atreve a sostener que ha

mentido, porque su conciencia, Lucrecia, se sobrepone a su cinismo;

y antes dudará usted de la luz que de la veracidad de ese hombre,

venerado de todo el mundo, gloria de la magistratura...

LUCRECIA, ~agarrándose a un clavo ardiendo~.

El hombre más recto puede equivocarse... sobre todo si respira un

ambiente malsano de hablillas y embustes...

EL CONDE

Sigo. Me refirió todo, todo... es decir, todo no. Falta algo, tan

secreto, que solo usted lo sabe... y usted me lo va a decir.

LUCRECIA, ~con angustias de muerte~.

¡Qué suplicio, Dios mío!

EL CONDE

¡Suplicio! No se acuerda usted del de su esposo, fugitivo, solo,

muriendo de melancolía, sin que ningún cariño le consolara... porque

yo estaba ausente, y usted, que no le amaba, no hacía más que rebuscar

pretextos para apartarse de su lado... Claro que al recibir la carta

y al oír los informes de mi amigo, me faltó tiempo para correr al

lado de Rafael. Tomé el tren, y sin parar en ninguna parte, me fui a

Valencia...

LUCRECIA

¡Ay de mí!

EL CONDE, ~con voz lúgubre~.

Dos horas antes de llegar yo, mi adorado hijo había muerto. Agravose su

enfermedad en aquellos días. Él no hacía caso... Un tremendo acceso de

disnea, el espasmo... la muerte. Todo en unas cuantas horas... ~(Llora.

Pausa.)~ Murió en el cuarto de una fonda... vestido sobre la cama...

mal asistido de gente mercenaria... ¡Jesús... qué dolor...!

LUCRECIA, ~muy conmovida, sollozando~.

¡Oh! Señor Conde, aunque usted no lo crea, yo le amaba...

EL CONDE, ~iracundo, limpiándose las lágrimas~.

¡Mentira! Si le amaba usted, ¿por qué no corrió a su lado al saber que

estaba enfermo?

LUCRECIA, ~sin saber qué decir~.

Porque... no sé... Complicaciones de la vida que no puedo explicar en

breves palabras. Yo...

EL CONDE

Déjeme concluir... Fácilmente comprenderá mi desesperación al

encontrarle muerto. ¡No escuchar de sus labios explicaciones que solo

él podría darme! Terrible cosa era perderle; pero más terrible aún

verle yerto, frío, mudo para siempre, como le vi yo... y no poder

consolarle, no poder decirle: «cuéntame tus martirios, y tu padre te

contará los suyos.» ~(Cruza las manos, sollozando.)~ ¡Oh, pena inmensa,

agonía lenta de mi vejez, más espantosa que cuantos males en todo

tiempo sufrí! Verle cadáver, hablarle sin obtener respuesta, sin que

a mis caricias respondiese con un gesto, con una mirada, con una voz.

¡Y sabiendo yo el infinito dolor que amargó sus últimos días, ver que

todo se lo llevaba, todo, al abismo del silencio, la muerte, sin darme

una parte, un poco del dolor suyo, que era su alma!... ~(La Condesa,

agitada y poseída de profunda emoción, llora, apretándose el pañuelo

contra los ojos.)~ ¡Horrible, pavoroso!... Usted no tiene corazón y no

sabe lo que es esto. ~(La ve llorar. Pausa.)~ ¡Qué hermoso sería que en

este instante pudiéramos llorar usted y yo por aquel ser querido!...

~(La Condesa da algunos pasos hacia él; están a punto de abrazarse...

vacilan... El Conde la rechaza secamente.)~ No... Tú, no... usted, no.

LUCRECIA

Sinceras son mis lágrimas.

EL CONDE

Naturalmente... Viendo mi pena... No es usted de bronce, no es usted

una fiera... Pero no, no sostenga que amaba a su esposo; al hombre

que se ama no se le engaña solapadamente, pisoteando su honra, y

arrojando al escándalo y a la befa del público su nombre sin tacha.

~(La Condesa inclina la cabeza, y fijos los ojos en el suelo, no dice

nada.)~ Al fin calla usted. Ahora, ahora veo a la desdichada Lucrecia

en el único terreno en que debe ponerse, que es el de la resignación

sumisa, esperando un fallo de justicia. ~(Pausa.)~ ¿Declara usted que

su conducta con mi hijo, al menos en determinadas épocas de su vida, no

fue buena?

LUCRECIA, ~tímidamente~.

Lo declaro... Pero algo debo decir en descargo mío...

EL CONDE

Ya escucho.

LUCRECIA

Mis desavenencias con Rafael son antiguas.

EL CONDE

Lo sé... Datan de los primeros años del matrimonio, porque usted,

penoso es decirlo, no hubo de esperar mucho tiempo para lanzarse por

mal camino. ¿Lo niega usted?

LUCRECIA, ~cohibida, abrumada, queriendo y no queriendo decirlo~.

Acusada con tanta fiereza, no acierto a buscar razones, que algunas hay

siempre en estos casos, para disculparme.

EL CONDE

Búsquelas usted... pero antes, ¿reconoce sus faltas?

LUCRECIA, ~con gran esfuerzo~.

Las reconozco. Sería una hipocresía indigna de mí negarlas en absoluto.

Pero...

EL CONDE

¿Pero qué...?

LUCRECIA

Digo que Rafael, llevándome desde el principio, contra mi gusto, a la

esfera social más favorable a la relajación del vínculo matrimonial,

contribuyó a perderme. Me vi rodeada de gente frívola, de aduladores,

de personas sin conciencia...

EL CONDE

¡Sin conciencia! Tuviérala usted, ¿y qué le importaban los demás?

LUCRECIA, ~premiosa~.

En aquel ambiente no supe o no pude combatir el mal. A mi lado no tenía

un censor severo de mi propia debilidad, un guardián vigilante...

EL CONDE

Difícil es guardar a la que guardarse no quiere.

LUCRECIA, ~batiéndose desesperadamente~.

¡Oh, señor Conde: si hubiera usted encontrado vivo a su hijo, si

hubiera podido escuchar de sus labios la confidencia o confesión que

deseaba... estoy segura de ello, Rafael, que era sincero y justo,

habría tenido la generosidad, la rectitud de decirle: «no solo es ella

culpable; yo también...»!

EL CONDE

No lo habría dicho, no.

LUCRECIA, ~con firmeza~.

Creo, como esta es luz, que Rafael, al juzgarme, no habría sido

extremadamente duro.

EL CONDE

Fue, más que duro, implacable.

LUCRECIA

¿En sus últimos momentos?

EL CONDE

En sus últimos momentos: fíjese usted en lo que afirmo.

LUCRECIA, ~con estupor~.

Pero si acaba usted de decirme...

EL CONDE

Que le encontré muerto... sí.

LUCRECIA

Entonces... ~(Pausa. Ambos se miran.)~

EL CONDE

Los muertos hablan.

LUCRECIA, ~con terror~.

¡Y Rafael...! ~(Vacilante entre la incredulidad y un miedo

supersticioso.)~

EL CONDE

Desesperado, loco, permanecí... no sé cuántas horas... ante el cadáver

de mi pobre hijo, sin darme cuenta de nada que no fuera él y el

misterio inmenso de la muerte. Pasado algún tiempo, empecé a fijar

mi atención en lo que me rodeaba, en sus ropas, en los objetos que

le pertenecieron, en los muebles que había usado, en la estancia...

~(Pausa. La Condesa le escucha con ansiosa expectación.)~ En la

estancia había una mesa con varios libros y papeles, y entre ellos una

carta...

LUCRECIA, ~temblando~.

¡Una carta...!

EL CONDE

Sí. Rafael estaba escribiéndola a las tres de la madrugada, cuando se

sintió mal. Vino bruscamente la muerte, le atacó con furia, ¡ay!...

El infeliz llamó; acudieron... Se le prestaron los auxilios más

perentorios... Todo inútil... La carta allí quedó medio escrita... Allí

estaba ¡hablando... y viva! hablando... ¡era él!... La leí sin cogerla,

sin tocarla, inclinado sobre la mesa, como me habría inclinado sobre su

lecho si le hubiera encontrado vivo... La carta dice...

LUCRECIA, ~casi sin aliento, la boca seca~.

¿Era para mí?

EL CONDE

Sí.

LUCRECIA

Démela usted. ~(El Conde deniega con la cabeza.)~ ¿Pues cómo he de

enterarme...?

EL CONDE

Basta que yo repita su contenido. La sé de memoria.

LUCRECIA

No basta... Si me acusa, necesito leerla, reconocer su letra...

EL CONDE

No es preciso. Yo no miento. Bien lo sabe usted... Principia con un

párrafo de amargas quejas que pintan la discordia matrimonial, lo

inconciliable de los caracteres. Siguen estos gravísimos conceptos

~(repitiéndolos palabra por palabra)~: «Te anuncio que si no me envías

pronto a mi hija, la reclamaré. Quiero tenerla a mi lado. La otra...

la que, según declaración tuya en la desdichada carta que escribiste a

Eraul, y que pusieron en mi mano sus enemigos... no es hija mía... te

la dejo, te la entrego, te la arrojo a la cara...» ~(Pausa silenciosa.)~

LUCRECIA, ~con estupor, que casi es embrutecimiento~.

¿Eso decía... eso dice...?

EL CONDE

Esto dice... ~(Repitiendo con pausa.)~ «La otra... la que no es mi

hija, te la dejo, te la entrego, te la arrojo a la cara.» Y luego

añade: «Ya sabes que lo sé. No puedes negármelo... Tengo pruebas.»

LUCRECIA, ~buscando una salida~.

¡Pruebas!... ¡Quiero ver la carta!

EL CONDE

¿Duda usted de lo que digo...?

LUCRECIA

No lo dudo... no sé... Pero la carta puede ser falsa. La escribiría

algún enemigo mío para vilipendiarme.

EL CONDE, ~con ademán de sacar la carta~.

La escribió mi hijo.

LUCRECIA, ~espantada~.

No, no quiero verla... ¡Qué abominación!

EL CONDE

Luego, usted niega...

LUCRECIA, ~maquinalmente~.

Lo niego.

EL CONDE

Y yo ¡necio de mí! esperaba encontrar en usted la suficiente grandeza

de alma para revelarme toda la verdad, sin ocultar nada, única manera

de obtener el perdón. Llevado de este noble anhelo, solicité la

entrevista, y aspiraba y aspiro a que la infeliz Lucrecia complete su

revelación diciéndome...

LUCRECIA, ~en el colmo del terror~.

¿Qué... qué más...?

EL CONDE, ~con austera frialdad~.

Diciéndome... cuál de sus dos hijas es la que usurpa mi nombre, la que

simboliza y personifica mi deshonor.

LUCRECIA

¡Infame idea!... No, no es verdad.

EL CONDE, ~repitiendo las graves palabras~.

«Ya sabes que lo sé... No puedes negármelo.»

LUCRECIA, ~decidida a la negativa, y negando con ahinco~.

Lo niego... Es falso...

EL CONDE

¿Niega usted que hizo... a Carlos Eraul, pintor, muerto hace un año...

la grave revelación que ahora le pido?

LUCRECIA, ~vivamente, sin poder contenerse~.

¿La tiene usted?

EL CONDE

Luego existe...

LUCRECIA, ~volviendo sobre sí~.

Quiero decir que si la tiene usted, si posee algún papel que me

comprometa, será falso... habrán imitado mi letra.

EL CONDE

Como no puedo mentir, diré que no poseo ese precioso documento. Lo he

buscado inútilmente entre los papeles de mi hijo.

LUCRECIA, ~respirando~.

Todo esto es una farsa, una impostura, de la cual no culpo a nadie...

solo acuso a mi destino.

EL CONDE

Ya que no satisface usted mi anhelo de la verdad, conteste al menos a

esta otra pregunta: ¿Ama usted lo mismo a las dos niñas?...

LUCRECIA, ~rabiosa, paseándose muy agitada~.

No, lo mismo no... digo, sí... a las dos igual... Deseche usted esa

torpe idea.

EL CONDE

Antes hará usted del día noche y de la noche día, que conseguir

arrancarme de la mente la idea de que lo escrito por mi hijo es la pura

verdad. ~(Con autoridad severa.)~ Dígame usted pronto, pronto, cuál

de esas dos adorables niñas es la falsa... o cuál la verdadera: es lo

mismo. Necesito saberlo, tengo derecho a saberlo, como jefe de la casa

de Albrit, en la cual jamás hubo hijos espúreos, traídos por el vicio.

Esta casa histórica, grande en su pasado, madre de reyes y príncipes en

su origen, fecunda después en magnates y guerreros, en santas mujeres,

ha mantenido incólume el honor de su nombre. Sin tacha lo he conservado

yo en mi esplendor y en mi miseria... No puedo impedir hoy, ¡triste de

mí! este caso vergonzoso de bastardía legal; no puedo impedir que la

ley transmita mi nombre a mis dos herederas, esas niñas inocentes. Pero

quiero hacer en favor de la auténtica, de la que es mi sangre, una

exclusiva transmisión moral. Esa será la verdadera sucesora, esa será

mi honor y mi alcurnia en la posteridad... La otra, no. Falsa rama de

Albrit, la repudio, la maldigo... maldigo su extracción villana y su

existencia usurpadora.

LUCRECIA

Por piedad... No puedo más. ~(Cae en el sillón consternada, sollozando.

Pausa larga.)~

EL CONDE

Lucrecia, ¿reconoce usted al fin la razón que me asiste?... Llora

usted... ~(Creyendo que los procedimientos de suavidad serán más

eficaces.)~ Sin duda expongo mis quejas con demasiada severidad;

sin duda interrogo con altanería... No puedo vencer la fiereza de

mi carácter. Perdóneme usted. ~(Con dulzura.)~ Ahora no mando...

no acuso... no soy el juez... soy el amigo... el padre, y como tal

suplico a usted que me saque de esta horrible duda. ~(La Condesa calla,

mordiendo su pañuelo.)~ Valor... Una palabra me basta... Después de

oírla no he de decir nada desagradable... La verdad, Lucrecia, la

verdad es lo que salva.

LUCRECIA, ~que después de horrible lucha, se levanta bruscamente, y

desesperada y como loca recorre la estancia~.

¡Oh, no puedo más!... ¡Un balcón abierto para arrojarme!.. Huir, volar,

esconderme... Este hombre me mata... ¡Favor!

EL CONDE

Bueno, bueno... Veo que no quiere usted entrar en razón... ¿No me

contesta?...

LUCRECIA, ~con fiereza, con resolución inquebrantable, parándose ante

él~.

¡Nunca!

EL CONDE

¿De veras?

LUCRECIA, ~con más energía~.

¡Nunca!... ¡Antes morir!

EL CONDE

Bien. ~(Se sienta, calmoso.)~ Pues lo que usted no quiere decirme, yo

lo averiguaré.

LUCRECIA

¿Cómo?

EL CONDE

¡Ah!... yo me entiendo.

LUCRECIA

Está usted loco... Su demencia me inspira compasión.

EL CONDE

La de usted, a mí no me inspira lástima. No se compadece a los seres

corrompidos, encenagados en el mal.

LUCRECIA, ~iracunda~.

Continúa injuriándome, ¡a mí, a la viuda de su hijo!

EL CONDE, ~levantándose altanero~.

La que me habla no es la viuda de mi hijo, pues aunque la ley, una ley

imperfecta, así lo dispone, por encima de esa ley está la autoridad

moral del jefe de la familia de Albrit, que la coge a usted, y la

arranca, como cosa extraña y pegadiza, y la arroja a la podredumbre en

que quiere vivir.

LUCRECIA, ~furiosa, descompuesta~.

¡Albrit!... raza de locos... caballería burlesca... honor de bambolla

para encubrir la mendicidad. ¡Qué sería del viejo león si yo no le

amparase! Soy generosa, le perdono sus injurias, y cuidaré de que no

muera en un hospital, o arrastrando su melena gloriosa por los caminos.

EL CONDE, ~con supremo desdén~.

Lucrecia Richmond, quizás Dios te perdone. Yo... también te

perdonaría... si pudieran ir juntos el perdón y el desprecio.

LUCRECIA, ~dirigiéndose a la puerta~.

Basta ya. ~(A las niñas, que entreabren la puerta, sin atreverse a

entrar.)~ Podéis pasar.

ESCENA VI

~NELL y DOLLY, que corren a abrazar a su madre; tras ellas GREGORIA y

VENANCIO. Poco después EL CURA y EL MÉDICO.~

LUCRECIA

Prendas queridas, dadme mil besos. ~(Se besan.)~

NELL, ~observándole el rostro~.

Mamita, tú has llorado.

DOLLY

Estás sofocadísima...

LUCRECIA

El abuelo y yo hemos evocado recuerdos tristes.

NELL, ~mirando al Conde, que permanece sentado, inmóvil~.

También el abuelito ha llorado. ~(Se acerca.)~

EL CONDE

Venid... abrazadme... ¡Os quiero tanto!

~(Las dos acuden a él, y le abrazan y besan, cada una por un lado.)~

LUCRECIA, ~hablando aparte con Gregoria y Venancio~.

Le atenderéis, le cuidaréis como a mí misma. Pero no dejéis de

vigilarle siempre, siempre...

DOLLY, ~al Conde~.

Esta tarde pasearemos.

EL CONDE

Sí, sí: no me separaré de vosotras... Charlaremos, estudiaremos.

NELL

Nos enseñarás la Aritmética, la Historia...

EL CONDE

La Historia... No, esa vosotras me la enseñaréis a mí.

~(Entran por el foro el Cura y el Médico; ambos se dirigen a la

Condesa.)~

EL CURA

¿Qué tal? ¿Tenemos reconciliación?

LUCRECIA, ~en voz baja~.

Calle usted... Encargo mucha vigilancia... ~(Al Médico.)~ Y a usted,

Sr. Angulo, no me cansaré de recomendarle que le observe bien. ~(Dando

a entender que padece desvarío mental.)~

EL CURA

Señor Conde... ~(Le saluda y sigue a su lado. A bastante distancia se

agrupan la Condesa, el Médico, Gregoria y Venancio.)~

EL MÉDICO

Descuide usted... Le observaremos...

LUCRECIA

Y a mi regreso dispondré...

EL MÉDICO

¿Pero insiste usted en dejarnos hoy?

LUCRECIA

Volveré pronto... ~(El Médico pasa a saludar al Conde, y el Cura vuelve

al lado de Lucrecia.)~

EL CURA, ~en voz baja a la Condesa~.

No se vaya usted.

LUCRECIA

Tengo que estar en Verola hoy mismo. Es para mí... no se cómo

decirlo... cuestión de vida o muerte. Adiós.

NELL

Mamita, ¿te acompañamos a tu casa, o nos quedamos un rato con el abuelo?

LUCRECIA

Como queráis.

DOLLY

No, no: decídelo.

LUCRECIA

Lo que el abuelo disponga.

EL CONDE

Me parece natural que si vuestra mamá se va esta tarde, estéis a su

lado hasta la hora de partir. ~(Besa a las niñas.)~ ¡Oh! no os veo

bien, no os distingo; me parecéis una sola...

EL MÉDICO

¿Qué? ¿La vista no anda bien?

EL CONDE. ~(Se levanta.)~

Mal estamos hoy... Toda la mañana he notado una obscuridad, una

vaguedad en los objetos... ~(Mirando en derredor, con ojos que se

esfuerzan en ver.)~ No veo nada... apenas distingo... ~(Fijándose en

la Condesa que, altanera, le clava la mirada.)~ No veo bien más que a

Lucrecia... a esa, sí... la veo... allí está... Mi ceguera creciente

no me permite ver más que las cosas grandes... el mar, la inmensidad...

y ella es grande... enorme... la veo... como el mar... Es otro mar, un

mar de... de... de... ~(Su voz se extingue. Queda inmóvil y rígido.

Profundo silencio. Todos se miran.)~

FIN DE LA JORNADA SEGUNDA

JORNADA TERCERA

ESCENA PRIMERA

~NELL, DOLLY, D. PÍO CORONADO, sentados los tres alrededor de una mesa

de estudio, donde se ven papeles, tintero, libros de texto.~

~Es el maestro de las niñas de Albrit un anciano de estatura menguada,

muy tieso de busto y cuello, y algo dobladito de cintura, las piernas

muy cortas. La expresión bonachona de su rostro no lograron borrarla

los años con todo su poder, ni los pesares domésticos con toda su

gravedad. Guiña los ojuelos, y al mirar de cerca sin anteojos, los

entorna, tomando un cariz de agudeza socarrona, puramente superficial,

pues hombre más candoroso, puro y sin hiel no ha nacido de madre.

Un rastrojo de bigote de varios colores, recortado como un cepillo,

cubre su labio superior. Viste con pobreza limpia anticuadas ropas,

recompuestas y vueltas del revés, atento siempre al decoro de la

presencia en público.~

~Maestro de escuela jubilado, desempeñó con eficacia su ministerio

durante treinta años, distinguiéndose además como profesor privado de

materias de la primera y segunda enseñanza. Su defecto era la flojedad

del carácter, y la tolerancia excesiva con la niñez escolar. Sabía el

hombre todo lo que saber necesita un maestro, y algo más; pero con la

edad y las inauditas adversidades que le agobiaban, fue perdiendo los

papeles, y hasta la afición. Su cabeza llegó a pertenecer al reino de

los pájaros; su memoria era una casa ruinosa y desalojada, en la cual

ninguna idea podía encontrar aposento; todo lo que perdía en ciencia

lo ganaba en debilidad y relajación del carácter. En esta situación le

designó D. Carmelo para maestro de las niñas de Albrit, teniendo en

cuenta tres razones: que si no sabía mucho, no había en Jerusa quien le

aventajara; que era honrado, honesto, absolutamente incapaz de enseñar

a sus discípulos ninguna cosa contraria a la moral, y, por último, que

al aceptarle para aquel cargo realizaba la Condesa un acto caritativo.

Su bondad, la excesiva blandura de corazón, eran ya en Coronado un

defecto, casi un vicio, por lo cual, lamentándose de sus acerbas

desdichas, solía decir, elevando al cielo los ojos y las palmas de las

manos: «¡Señor, qué malo es ser bueno!»~

~Al comenzar la escena llevaba ya el maestro una hora de inútiles

tentativas para introducir en las molleras de sus alumnas los

conocimientos históricos, aritméticos y gramaticales.~

DOLLY, ~dando un golpe en la mesa~.

¿Que no sé una palabra? Mejor... Ni falta que me hace.

D. PÍO, ~apelando a la emulación~.

No dirá lo mismo Nell, que desea aprender.

NELL

Sí, señor, digo lo mismo: ni falta que me hace.

D. PÍO, ~con severidad fingida, que no convence~.

Está bien, muy bien. He aquí dos niñas finas, criadas para la alta

sociedad, y que se empeñan en ser unas palurdas.

DOLLY

Sí, señor: queremos ser palurdas.

NELL

Salvajes, como quien dice.

D. PÍO

¡Anda, salero! ¡Salvajes las herederas de los condados de Albrit y Laín!

DOLLY, ~tirándole suavemente de una oreja~.

Sí, sí, maestrillo salado. ¿No eres tú muy ilustradito?

NELL

¿Y de qué te sirve?

DOLLY

¡Vaya un pelo que has echado con tu ilustración!

D. PÍO, ~suspirando~.

Puede que estéis en lo cierto, niñas de mi alma... Bueno, sigamos.

Dolly, otra miajita de Historia... ¡Vamos allá!

DOLLY ~(Apoyando los codos en la mesa y la cara en las manos, le

contempla risueña.)~

¡Piito, qué guapo eres!

D. PÍO, ~tocando las castañuelas con los dedos~.

Señorita Dolly, juicio.

NELL

Tu cara parece una rosa. Si no fueras viejo y no te conociéramos,

diríamos que te pintabas.

D. PÍO

Juicio, Nell... ¡Pintarme yo!

DOLLY

Dime otra cosa: ¿es verdad que cuando eras pollo hacías muchas

conquistas?

D. PÍO, ~tocando con más rápido movimiento las castañuelas, que es su

manera especial de llamar al orden~.

Juicio, niñas. Sigamos la lección.

NELL

Nos han dicho que las matabas callando.

DOLLY

Y que tenías las novias por docenas.

D. PÍO

¿Novias...? Oh, no: quítenme allá eso... Son muy malas las mujeres.

NELL, ~pegándole suavemente en el cuello~.

Peores son los hombres. No hables mal de nosotras.

D. PÍO

Vaya, que estáis hoy juguetonas y desatinadas. ~(Queriendo enfadarse.)~

¡Por vida de...! Si no dais la lección, os lo digo con toda mi alma, os

lo juro...

NELL

¿Qué?

D. PÍO, ~deseando enfadarse~.

Que me enfado.

DOLLY

Ya lo había conocido. Estamos temblando.

NELL

Toca, toca las castañuelas.

D. PÍO, ~decidido a tomar la lección~.

Orden, juicio. A ver: decidme algo de Temístocles.

DOLLY

Sí: el que le cortó la cabeza a una mala mujer, que llamaban la Medusa.

D. PÍO, ~llevándose las manos al cráneo~.

¡Por Dios, por todos los santos de la corte celestial, no me confundáis

la Historia con la Mitología!

NELL

Tan mentira es una como otra.

DOLLY

Y nos importan lo mismo.

D. PÍO

¡Ay, ay, cómo estáis hoy!... ¡Silencio, formalidad! Pronto, referidme

los principales hechos de la vida de Temístocles.

DOLLY

No nos gusta meternos en vidas ajenas.

D. PÍO

Temístocles, grande hombre de la Grecia, natural de Tebas, vencedor

de los lacedemonios. ~(Corrigiéndose.)~ ¡Ah! no... le confundo con

Epaminondas... ¡Cómo tengo la cabeza!...

NELL

¡Ay, que no lo sabe, que no lo sabe!...

DOLLY

¡Vaya con el preceptor de pega!

D. PÍO, ~afligido~.

Es que me volvéis loco con vuestros juegos, con vuestras tonterías.

~(Con gravedad.)~ Así no podemos seguir.

NELL

Digo lo mismo.

DOLLY

Queremos ser burras, y salir a los prados a comer yerba.

D. PÍO

Pero mi conciencia no me permite engañar a la Condesa, que sin duda

cree que os enseño algo, y que vosotras lo aprendéis...

DOLLY, ~poniéndose las antiparras de Coronado, que están sobre la mesa~.

Piito, estamos aburridísimas.

D. PÍO, ~queriendo recobrar sus anteojos~.

¡Que me los rompes, hija!

NELL

Piito salado ¿no sería mejor que nos fuéramos los tres a dar un paseo

por la playa?

D. PÍO

Está bien, muy bien. ¡Magnífico! ¡De pingo todo el santo día, aun las

horas dedicadas a la educación! Muy bonito; sí, señoras, muy bonito...

Y heme aquí de figurón, de monigote irrisorio; yo, que soy la ciencia;

yo, yo, que estoy aquí para inculcaros...

DOLLY

Piito, no nos inculques nada, y vámonos.

NELL

En la playa seguiremos dando lección. Frente al mar, la del viaje de

Colón a América.

DOLLY

Y el paso del Mar Rojo.

D. PÍO, ~suspirando, desalentado~.

¡Ay, qué niñas! ¡No hay quien pueda con ellas! Bueno, pues transijo...

Pero antes pasemos un poco de Gramática.

NELL, ~tocando las castañuelas~.

¡Viva Coronado!

DOLLY, ~de carrerilla~.

La Gramática es el arte de hablar correctamente el castellano...

D. PÍO

Vamos más adelante. Dolly, dígame usted qué es participio.

DOLLY, ~flemática~.

No me da la gana.

NELL

Participio... Una cosa que se parte por el principio.

D. PÍO, ~poniendo el paño al púlpito~.

¡Tontas, casquivanas, que no tenéis aquel punto de amor propio que veo

yo en otras niñas, ¡Señor!, en otras niñas aplicaditas y formales, que

aprenden para lucirse en los exámenes, y para que a sus padres se les

caiga la baba oyéndolas!

DOLLY

No queremos lucirnos, ni a mamá se le cae ninguna baba... ¡Vaya con el

maestrillo este!

NELL

Coronadito, si no tienes juicio, te pondremos de rodillas.

D. PÍO

¡Anda, salero!... ¿Pero qué trabajo os cuesta retener en la memoria

cosas tan fáciles? Luego seréis mujercitas aristocráticas, y cuando

vuestra ilustre mamá os lleve a los salones, os vais a lucir, como hay

Dios... Figuraos que en los saraos se habla del participio, y vosotras

no sabéis lo que es. ¡Bonito papel harán mis niñas! Dirá la gente:

«¿pero de qué monte ha traído la Condesa este par de mulas?» Eso dirán,

y se reirán de vosotras, y no os querrán vuestros novios.

DOLLY

Los novios nos querrán aunque no sepamos el participio, ni la

conjunción, ni nada.

NELL

Que seamos bonitas, que seamos elegantes, y verás tú si nos quieren.

D. PÍO

El abuelo (Novela en cinco jornadas) · 第 5 / 16 段