Lo que queremos ver es las sortijas que llevas tú en el dedo meñique.

DOLLY

Son preciosas. Ya podías regalárnoslas.

SENÉN

Están a su disposición.

DOLLY

¡Truhan! Ya sabes que no las tomaríamos.

SENÉN

¿Por qué no? Hagan la prueba.

NELL

Te morirías de rabia.

CONSUELITO

Las necesita para deslumbrar a las chicas del pueblo.

DOLLY

¿Cuántas novias tienes? Dinos la verdad.

NELL

Lo menos dos docenas.

CONSUELITO

Que yo conozca, tres... A mí no me lo negarás, pillo, engañador. Te he

visto de telégrafos con Delfina, la del confitero; sé que te carteas

con Amalia Ruiz, y es de dominio público que le mandas versitos a ese

retaco de Hilaria Sevillano, y que ella te envía, con la mujer del peón

caminero, peras de su huerta. Todo se sabe, amiguito.

SENÉN

Sí, y lo primero que sabemos es que se deja usted tamañita a _La

Correspondencia_. Todo lo averigua y todo lo trabuca. Para que se

entere, no han sido peras, sino abridores.

CONSUELITO

Y ahora te está preparando una calabaza de cabello de ángel. Es rica la

niña, aunque cargadita de espaldas; pero los padres, que son plateros y

conocen el oro falso, no te pasan... Tienes liga...

~(No se oye lo que contesta Senén, porque Nell y Dolly, viendo pasar

a un sujeto al través de la verja que da a la calle de Potestad, se

abalanzan gozosas a llamarle.)~

DOLLY

¡D. Pío, Pío, Piito, venga, ven acá!... entra.

CONSUELITO, ~dejando a Senén con la palabra en la boca~.

¿Es Coronado, vuestro maestro?

NELL, ~gritando~.

Maestro, maestrillo, entra. Mamá quiere verte.

DOLLY

No seas vergonzoso... ven.

SENÉN

No entrará ni a tiros. Es muy corto de genio. ~(Se asoman los cuatro, y

ven a un anciano que se aleja calle adelante, y risueño saluda con la

mano.)~

NELL

¡Pobrecillo!... ¡Le queremos más...!

~Los dos niños del Alcalde se dedican, con perseverancia digna de mejor

causa, a untarse las manos de tierra mojada. La _Solitaria_, viendo

salir a los frailes, y a las señoras, que en la verja de la plaza les

despiden, corre a gulusmear. Fórmanse nuevos grupos: en un lado están

el Cura, la Alcaldesa y Consuelito; en otro, el Alcalde, la Condesa,

Senén y las niñas.~

CONSUELITO, ~a la Alcaldesa~.

¿Se puede saber a qué han venido los padricos de Zaratán?

LA ALCALDESA

Visita de parabién, y nada más. ~(Al Cura.)~ La verdad, D. Carmelo,

aquí que nadie nos oye: ¿D. Rodrigo le dijo o no le dijo a usted los

horrores que supone Lucrecia?

EL CURA, ~escurriendo el bulto~.

Psch... Exageraciones, monomanías... chocheces.

CONSUELITO

A esta buena señora no le vendría mal mirar un poquito por su

reputación... Ella será buena; pero no puede hacerlo creer a nadie.

LA ALCALDESA

Chitón, Consuelo. Lucrecia está en mi casa.

EL CURA

De todas las historias que por ahí corren, descontemos lo que añaden la

malicia, la envidia, el afán de los chistes, y...

CONSUELITO

Quite usted todo el _jierro_ que quiera, y siempre quedará lo que es

público y notorio.

LA ALCALDESA

¿Y quién te asegura que no sea invención?

CONSUELITO

No creo en las invenciones, ni siquiera en la de la pólvora... Esta

Vicenta, cuando se pone a no querer entender las cosas...

LA ALCALDESA

Indicábamos que podría ser invención...

CONSUELITO

¿He inventado yo que esta buena señora no tenía ni pizca de amor a su

marido... y que le dejó morir como un perro en una fonda de Valencia?

LA ALCALDESA

¡Consuelo, por Dios...!

CONSUELITO

Hija, en Madrid lo oí... Los chicos de la calle no sabían otra cosa.

Bueno: que es mentira. ¿Queréis que diga y sostenga que miente todo

el mundo? Pues lo digo: a benevolencia nadie me gana. Pero también os

aseguro una cosa: en mi fuero interno creo que el Conde de Albrit tiene

razón en odiar a su nuera, y lo pruebo, como diría Senén.

EL CURA, ~riendo~.

Recomiéndele usted a su fuero interno que no sea tan malicioso.

CONSUELITO

Pero no puedo recomendar a mis ojos que no vean lo que ven; y han visto

que la cara de la Condesa se queda como el mármol cuando le nombran a

su suegro.

EL CURA

De mármol blanco. Es que tiene una tez que ya la quisiera usted para

los días de fiesta.

CONSUELITO

Yo no presumo.

EL CURA

Podía...

LA ALCALDESA, ~cortando la cuestión~.

Basta. Mientras esta señora esté en mi casa, yo no tolero...

CONSUELITO

Claro... pero conste que ella viene a honrarse a tu casa... no eres tú

quien se honra con recibirla y agasajarla. ¡Pues no le han dado hoy

poquita ovación!... Y dice que no le gustan los vivas... A poco más

revienta de orgullo.

EL CURA

Señora Doña Consuelito, no abre usted la boca sin decir algo en ofensa

del prójimo. Haga caso de mí, que la quiero bien: ponga mesura en sus

palabras, y enfrene un poco su curiosidad de las vidas ajenas.

CONSUELITO

¿Qué mal hay en saber lo que pasa, siendo verdad? La curiosidad es hija

de Dios, y de la curiosidad nace la historia que usted cultiva, y nace

la ciencia que descubre tantas cosas.

EL CURA

La curiosidad perdió a Eva.

CONSUELITO

Hay opiniones...

EL CURA, ~riendo~.

Es dogma.

CONSUELITO

Bueno... lo creo por ser dogma, que si no, no lo creía. Una cosa

siento, acordándome de lo del Paraíso... Sí, señor, siento no haberlo

visto yo, para que nadie me lo contara.

LA ALCALDESA, ~viendo llegar a la Condesa~.

Silencio... Aquí viene.

LUCRECIA

¡Pobre Senén! Las chiquillas le traen loco.

~La inopinada presencia del periodista en la verja de entrada exige

nueva intervención de la muleta del señor Alcalde. Preséntase también

el director del orfeón. La Alcaldesa se ve precisada a poner coto a los

juegos inocentes de sus hijuelos, y acude al estanque, donde se lavan

las manos, mojándose la ropita nueva. Nell y Dolly llaman a Consuelito

y al Cura. Senén y la Condesa se encuentran un rato solos.~

LUCRECIA, ~sentada a la sombra de una magnolia frondosísima~.

Ya sé que has visto a ese hombre, que le has hablado.

SENÉN, ~en pie, respetuoso~.

Viene de malas.

LUCRECIA, ~disimulando su miedo~.

¿Y qué me importa? Forzoso es darle algo para que viva... Me dejará en

paz.

SENÉN

Lo dudo... Como soberbio que es, no querrá limosna; como quisquilloso y

camorrista, querrá escándalo.

LUCRECIA, ~trémula~.

¡Escándalo!... ¿Qué?... ¿te ha dicho algo?

SENÉN, ~haciéndose el misterioso~.

A mí, no... En Madrid, un amigo mío que vivió en Valencia con el señor

Conde, me dijo que este, desde la muerte de su hijo (Dios le tenga

en su gloria), no vive más que para un fin: revolver lo pasado, los

desechos del pasado...

LUCRECIA

Como los traperos en los montones de basura.

SENÉN

Revolver para sacar... lo que encuentre.

LUCRECIA, ~muy inquieta~.

Y a ti te haría mil preguntas... Sabe que fuiste mi criado... y los

criados siempre poseen algún secreto... digo mal, algún dato de las

intimidades de sus amos.

SENÉN, ~enfáticamente~.

En mí tuvo y tendrá siempre la señora Condesa un servidor leal...

LUCRECIA

Lo sé... Confío en ti.

SENÉN

Y aunque no me obligaran a la lealtad los motivos de agradecimiento

que me hacen esclavo de la señora, seré fiel y seguro porque tengo la

honradez metida en las entrañas...

LUCRECIA

Lo sé... ~(Apuradísima por librar su olfato del insoportable perfume de

heliotropo que Senén despide de su ropa, saca el pañuelo, y se acaricia

con él la nariz, fingiendo constipación.)~

SENÉN

Sirvo a la Condesa de Laín desinteresadamente en todo aquello que guste

mandarme, sea lo que fuere... Pero no olvide la señora que su humilde

protegido, el pobre Senén, no merece quedarse a mitad del camino en su

carrera.

LUCRECIA, ~con hastío y desdén~.

¿Pero qué... quieres más? ¿Solicitas otro ascenso? Ahora es imposible.

SENÉN, ~quejumbroso~.

No es eso. Por la administración a secas no se va a ninguna parte.

LUCRECIA

¿Pues qué pretendes?... Dilo pronto y acaba de una vez. ¿Quieres el

arzobispado de Toledo, o la cruz laureada de San Fernando?

SENÉN

Aspiro a una posición obscura y de mucho trabajo, con lo cual podré

asegurar mi subsistencia en lo que me quede de vida.

LUCRECIA, ~impaciente, deseando que se vaya~.

Bueno: la tendrás. ¿Es cosa que puedo hacer yo?

SENÉN

Facilísimamente, no dejando pasar la ocasión. Es cosa muy sencilla. Que

me nombren agente ejecutivo para la cobranza de Derechos Reales.

LUCRECIA

¿Y eso da dinero?

SENÉN

¡Que si da!...

LUCRECIA

¿De modo que pidiéndolo al Ministro...?

SENÉN

Como tenerlo en la mano.

LUCRECIA, ~levantándose, por huir del perfume y del perfumado~.

Si es así, cuenta con ello.

SENÉN

Permítame la señora un momentito...

LUCRECIA

¡Insufrible pedigüeño! ¿Todavía más?

SENÉN

Se me olvidó decir a la señora que para desempeñar ese cargo necesito

fianza.

LUCRECIA, ~muy displicente~.

¿También eso?

SENÉN

Una fuerte fianza.

LUCRECIA, ~sofocando su ira~.

Yo no puedo ponértela...

SENÉN, ~dando un paso hacia ella~.

Pero el señor Marqués de Pescara me la facilitará solo con que la

señora se lo diga... o se lo mande.

LUCRECIA

¡Oh!... Esto ya es absurdo... Pides cosas difíciles, enfadosas.

SENÉN, ~dando otro paso en seguimiento de la Condesa, que se aleja~.

Si la señora no quiere molestarse para que yo salga de pobre, no he

dicho nada... Se me olvidaba manifestarle que el dinero estará seguro,

y el señor Marqués cobrará intereses de la Caja de Depósitos.

LUCRECIA, ~deseando concluir~.

Está bien... Pero es dudoso que yo pueda ver a Ricardo...

SENÉN, ~con seguridad~.

Le verá mañana o pasado.

LUCRECIA, ~con súbito interés, aproximándose a él, sin temor a la

fragancia heliotrópica~.

¿Dónde?... ¿Qué dices?... ¿Dónde?

SENÉN

En Verola, a donde la señora va desde aquí.

LUCRECIA

¿Y cómo lo sabes?

SENÉN

Cuando lo digo, es porque lo sé... y lo pruebo.

LUCRECIA

¡Él también en Verola!... ¡Ah! lo sabes por su ayuda de cámara, que es

tu primo. ¿Estás seguro?

SENÉN

Prométame la señora que si encuentra allí al señor Marqués le pedirá la

fianza. Con eso me basta.

LUCRECIA, ~rehaciéndose, avergonzada de sostener coloquio familiar con

un inferior~.

Yo veré... Ignoro en qué disposición encontraré a Ricardo.

SENÉN, ~muy animado~.

Prométame hablarle de mi fianza si le encuentra en buena disposición.

Me conformo.

LUCRECIA

Te prometo no olvidar el asunto, mirarlo con interés... siempre que tú

me asegures una lealtad a toda prueba...

SENÉN, ~con aspavientos de adhesión~.

¡Señora!...

LUCRECIA, ~tapándose la nariz~.

Retírate...

SENÉN

¿Qué... está la señora constipada?

LUCRECIA, ~burlona~.

No, hombre... Es que usas unos perfumes tan fuertes, que no se puede

estar a tu lado... Vete ya.

SENÉN, ~turbado~.

Pues yo creía... No molesto más... ~(Saludando a distancia.)~ Señora...

LUCRECIA, ~agitando con su pañuelo el aire, para alejar los miasmas

olorosos~.

¡Qué desgraciada soy, Dios mío! ¡Tener que soportar a ese animalejo, y

oírle, y olerle... solo porque le temo!...

LA ALCALDESA, ~que vuelve de meter en cintura a sus niños~.

¿Qué hace usted, Lucrecia?

LUCRECIA

Limpiar la atmósfera de los perfumes que usa este imbécil.

LA ALCALDESA, ~riendo~.

Sí, sí: tiene infestada... toda la población.

~(Entra en el jardín _Capitán_, el perrito de la Pardina, y corre hacia

las niñas, brincando de alegría, y meneando el plumacho que tiene por

cola.)~

DOLLY, ~bajándose para cogerle de las patas delanteras~.

Hola, pillo, ¿vienes a ver a tus niñas?

NELL

¿Qué trae por aquí el chiquitín de la casa? Tú no has venido solo,

_Capitán_.

DOLLY

¿Con quién has venido?

EL ALCALDE, ~a Lucrecia~.

Ahí tiene usted a Venancio, con un recado del _León de Albrit_...

Cuidado que no le llamo flaco ni gordo, ni hablo de sus pulgas.

LUCRECIA, ~demudada~.

Voy... ¿Qué será? ~(Entra en la casa, acompañada de la Alcaldesa.)~

EL ALCALDE, ~a Consuelito, que ávida de noticias se le aproxima~.

Esta tarde no podremos librarnos del orfeón. Ya le he dicho a Fandiño

que con un par de cantatas nos daremos por bien servidos.

CONSUELITO

Y echarán, aplicándolo a tu amiga, el coro dedicado a Isabel la

Católica, que dice: «Salve, matrona excelsa...» ~(Cantando.)~

EL ALCALDE

El tábano de Cea debiera celebrar su _interbú_ contigo. Pero como estás

sorda, le encargaré que se traiga una trompetilla.

CONSUELITO, ~amenazándole con su abanico~.

¡Sorda yo!

EL ALCALDE

Quiero decir que debieras serlo... y muda.

CONSUELITO

Eso quisieras tú, para hacer mangas y capirotes en el Ayuntamiento.

LUCRECIA, ~que vuelve de la casa, con la Alcaldesa y el Cura~.

Mi noble suegro me pide hora y sitio para nuestra entrevista. He dicho

a Venancio que le contestaré esta tarde.

EL CURA

Me parece bien que no se demore el careo. Sea usted humilde si él es

orgulloso. Tiene usted la juventud, la fuerza, no sé si la razón... Él

es anciano, infeliz... Merece indulgencia.

LUCRECIA, ~mirando más al suelo que a los que la rodean~.

No sé qué pretenderá... Lo sabremos mañana.

EL ALCALDE

Citémosle aquí. Verá usted cómo conmigo no se desmanda. ¡Leoncitos a

mí!

LUCRECIA, ~vacilando~.

No sé... no sé...

CONSUELITO

Si quiere usted celebrar la entrevista en mi casa, pongo a su

disposición una sala hermosísima... Con franqueza. Estarán ustedes

solitos... Se cierran bien las puertas...

LUCRECIA

No, gracias... Iré a la Pardina.

EL CURA

Fije usted la hora, y yo le llevaré el recado.

LUCRECIA

Mañana, a las diez.

LA ALCALDESA, ~desconsolada~.

¡Mañana que pensaba yo llevármela a visitar a las monjitas!

EL ALCALDE

Y el colegio, y la fábrica, y el matadero, y los casinos de la _masa

obrera_, y el hospital, y el instituto, y las escuelas... Condesa, que

espere el león un día más.

LUCRECIA

No puede ser, mi querido D. José María, porque me voy mañana.

LA ALCALDESA, ~con asombro y cierta indignación, de que participa su

esposo~.

¿Cómo es eso? ¡Lucrecia, por Dios...!

EL ALCALDE, ~dando resoplidos~.

¡Trómpolis! Eso no es lo tratado.

LA ALCALDESA

No, hija mía; no lo consentimos. Dijo usted que cuatro días.

EL ALCALDE

Me opongo. Saco la vara.

EL CURA

Y yo saco el Cristo.

CONSUELITO

¡Ingrata! ¡Dejarnos tan pronto!

LUCRECIA, ~remilgada, suspirando~.

Lo siento en el alma...

EL CURA

¿Pero tan mal la tratamos?

CONSUELITO, ~poniendo morros~.

Sin duda la tratan mejor en Verola, en el castillo de sus amigos los

Donesteve.

LUCRECIA

Compromiso ineludible. Me esperan mañana. Pero no hay que apurarse...

volveré.

EL ALCALDE, ~con grosería~.

¿De veras? ¡Cómo nos está tomando el pelo!

LA ALCALDESA

No, no nos engaña. Volverá.

LUCRECIA

Como que es muy probable que allí determine llevarme a las

chiquillas... Francamente, me inquieta un poco dejarlas en Jerusa.

EL CURA, ~frunciendo el ceño~.

Tal vez...

NELL, ~corriendo hacia su madre~.

¡Mamá, el orfeón!

DOLLY

¡El orfeón! Ahí están.

NELL, ~batiendo palmas~.

¡Qué gusto!

DOLLY

¡Qué alegría!

CONSUELITO, ~cantando bajito~.

«Salve, matrona excelsa...»

ESCENA V

~Sala baja en la Pardina.~

LUCRECIA, ~sentada, melancólica, mirando al suelo~; EL CONDE, ~que

entra por el foro~.

EL CONDE

Señora Condesa... ~(Se inclina respetuosamente. Saluda ella con fría

reverencia.)~ Agradezco a usted que haya tenido la bondad de concederme

esta entrevista, aunque para merecer yo favor tan grande haya tenido

que venir a Jerusa. ~(Toma una silla, y se sienta cerca de ella.)~

LUCRECIA

Es obligación sagrada para mí acceder a su ruego... aquí o en cualquier

parte. Obligación digo: durante algún tiempo me ha llamado usted su

hija.

EL CONDE

Pero ya no... Esos tiempos pasaron. Fue usted, como si dijéramos, una

hija eventual... transitoria, una hija de paso...

LUCRECIA, ~esforzándose en sonreír para engañar su miedo~.

Y a las hijas de paso... cañazo.

EL CONDE

Extranjera por la nacionalidad, y más aún por los sentimientos, jamás

se identificó usted con mi familia, ni con el carácter español.

Contra mi voluntad, mi adorado Rafael eligió por esposa a la hija de

un irlandés establecido en los Estados Unidos, el cual vino aquí a

negocios de petróleo... ~(Suspirando.)~ ¡Funestísima ha sido para mí la

América!... Pues bien: como todo el mundo sabe, me opuse al matrimonio

del Conde de Laín; luché con su obstinación y ceguera... fui vencido.

Me han dado la razón el tiempo y usted; usted, sí, haciendo infeliz a

mi hijo, y acelerando su muerte.

LUCRECIA, ~airada, y todavía medrosa~.

Señor Conde... eso no es verdad.

EL CONDE, ~fríamente autoritario~.

Señora Condesa, es verdad lo que digo. Mi pobre hijo ha muerto de

tristeza, de dolor, de vergüenza.

LUCRECIA, ~sacando fuerzas de flaqueza~.

No puedo tolerar...

EL CONDE

Calma, calma. No se acalore usted tan pronto... cuando apenas he

comenzado...

LUCRECIA

Es monstruoso que se me pida una entrevista para mortificarme, para

ultrajarme. ~(Afligida.)~ Señor Conde, usted nunca me ha querido.

EL CONDE

Nunca... Ya ve usted si soy sincero. Mi penetración, mi conocimiento

del mundo no me engañaban. Desde que vi a Lucrecia Richmond la tuve

por mala, y si en algo han fallado mis augurios ha sido en que... en

que salió usted peor de lo que yo pensaba y temía.

LUCRECIA, ~levantándose altanera~.

Si esta conferencia, que yo no he solicitado, es para insultarme, me

retiro.

EL CONDE, ~sin alterarse~.

Como usted guste. Si prefiere que lo que tengo que decirle lo diga

a todo el mundo, retírese en buen hora. Por la cuenta que le tiene,

preferirá sin duda oírlo sola, por mucho que le desagraden mi voz y

mis acusaciones. ¿No es eso? El oprobio de que pienso hablarle quedará

entre los dos. Nos lo repartiremos por igual, sin dejar nada para los

extraños. ¿No es esto mejor que arrojarlo fuera, a puñados, sobre

la multitud? ~(La Condesa, que vacila entre salir y quedarse, da un

paso hacia su asiento.)~ ¿Ve usted cómo no le conviene dejarme con la

palabra en la boca?... Así es mejor.

LUCRECIA, ~angustiada, pasándose la mano por los ojos y la frente~.

Sí, sí... Le suplico la brevedad... Lo que se propone decirme, dígalo

pronto, pronto...

EL CONDE

Es un poquito largo... ~(Le señala el asiento.)~ ¿A qué tanta prisa?

¡Cuánto mejor está usted aquí conmigo, oyendo las terribles verdades

que salen de mi boca, que entre gentes aduladoras y embusteras,

que públicamente la festejan, y en privado la denigran! ¿Acaso es

usted tan candorosa que se paga de esa estúpida farsa de la ovación

callejera, y los vivas y los cohetes? Todos los que se han quedado

roncos aclamando a la Condesa de Laín, se aclaran la voz contando

aventuras galantes, anécdotas maliciosas. Y también digo que, con ser

usted mala, no lo es tanto como creen y afirman los imbéciles que ayer

la vitorearon.

LUCRECIA, ~queriendo serenarse~.

Más vale así... Siempre es un consuelo ser mejor de lo que nos creen

los amigos.

EL CONDE

Siéntese usted. Después de oír tantos embustes y lisonjas, no le viene

mal oír la voz de la justicia, de la verdad... y oírla con paciencia

cristiana.

LUCRECIA

¡Paciencia! Ya ve usted que la tengo, aunque no sea tanta como su

malicia. Pero no hay que abusar, señor mío; no vea usted cobardía en lo

que es respeto a la ancianidad, a los lazos que nos unen y que usted no

puede desconocer, a sus terribles infortunios...

EL CONDE, ~con gran abatimiento~.

Sí, sí: soy muy desgraciado.

LUCRECIA, ~envalentonándose al ver desmayar a su enemigo~.

Pero usted, Sr. D. Rodrigo, no aprende nunca. Las desgracias, que

son lecciones y avisos de la Providencia, doman al más soberbio, y

suavizan al más atrabiliario. Esta ley, sin duda, no reza con usted.

Francamente, yo creí que la pérdida total de su fortuna y el horrible

desengaño de América, amansarían su orgullo... Veo que no. El león,

caduco y pobre, vuelve a España más fiero.

EL CONDE

¿Qué quiere usted?... Dios me ha hecho fiero, y fiero he de morir.

LUCRECIA, ~intentando tomar una posición ofensiva~.

Es usted, según creo, el hombre de las equivocaciones, y bien puede

decirse que todo aquello en que pone la mano le sale mal. Le hacen

creer que el Gobierno peruano está dispuesto a reconocerle la propiedad

de las minas de Hualgayoc, y se embarca, la cabeza llena de viento,

discurriendo cómo traerá la enorme carga de millones que allá le tenían

muy guardaditos... Pero la realidad le deparó tan solo desprecios,

cansancio inútil, humillaciones... Y no teniendo sobre quién descargar

su despecho, se revuelve contra una pobre mujer, y la injuria y la

maldice.

EL CONDE

Si al regresar de aquella excursión que consumó mi ruina hubiera yo

encontrado a mi hijo vivo, su cariño me habría hecho olvidar mi triste

situación. Pero la muerte de Rafael, acaecida hace cuatro meses, avivó

en mí la irascibilidad, despecho si usted quiere, el sabor amargo que

en mi alma dejaron las desdichas... y avivó también el odio a la

persona que creo responsable de la infelicidad y de la muerte de aquel

hombre tan bueno y leal.

LUCRECIA, ~altanera~.

¡Responsable yo de su muerte! Eso es una infamia, señor Conde.

EL CONDE, ~con gran entereza~.

Mi hijo ha muerto... del abatimiento, del bochorno a que le llevaron

los escándalos de su esposa. Eso lo sabe todo el mundo.

LUCRECIA, ~airada, levantándose~.

Mire usted lo que dice. Se hace usted eco de viles calumnias. Tengo

enemigos.

EL CONDE

Más que los enemigos, difaman a Lucrecia Richmond... sus amigos.

LUCRECIA, ~desconcertada~.

Repito que es calumnia.

EL CONDE, ~levantándose también~.

Ahora lo veremos... ~(Con cierta dulzura.)~ Lucrecia... aún podría

suceder que yo me equivocara, que fuese usted mejor de lo que

supongo... Este error mío lo confirmaría usted, dándome con ello una

dura lección, si tuviera el arranque de confesarme la verdad...

LUCRECIA, ~aturdida~.

¿La verdad?...

EL CONDE

Sí... sobre un punto delicadísimo sobre el cual la interrogaré.

LUCRECIA, ~medrosa~.

¿Cuándo?

EL CONDE

Ahora mismo... sí, y contestándome sin pérdida de tiempo, me

proporcionará el placer inefable de perdonarla. Crea usted que al fin

de mi vida, quebrantado, triste, moribundo casi, el perdonar es gran

consuelo para mí.

LUCRECIA, ~con terror~.

¡Interrogarme! ¿Soy acaso criminal?

EL CONDE

Sí.

LUCRECIA, ~luchando con su conciencia, que anhela manifestarse~.

Todos somos imperfectos... No me tengo por impecable... ¿Pero a

usted... quién le ha hecho confesor... y juez?

EL CONDE

Me hago yo mismo... Quiero y debo serlo, como jefe de la familia de

Albrit, y guardador de mi decoro.

LUCRECIA, ~con pánico, queriendo huir~.

Esto es insoportable... No puedo más...

EL CONDE, ~deteniéndola por un brazo~.

No, no. No puede usted negarse a responderme... al menos para

demostrarme que no tengo razón, si en efecto no la tuviera y usted

pudiese probarlo. Lo que voy a preguntar es grave, y el acto de

preguntarlo yo, de contestarme usted, ha de revestir cierta solemnidad.

Ahora no soy yo quien habla: es el marido de la que me escucha, es mi

hijo, que resucita en mí... ~(Pausa.)~ Siéntese usted. ~(La lleva al

sillón.)~

LUCRECIA, ~cayendo desfallecida en el sillón~.

Por piedad, señor... Me está usted martirizando.

EL CONDE

Perdóneme usted... Es preciso... Hay que sufrir algo, Lucrecia. No

todo ha de ser gozar y divertirse. ~(Pausa. La Condesa, ansiosa,

no se atreve a mirarle.)~ Al llegar a Cádiz de mi frustrado viaje,

entregáronme una carta de Rafael, en la cual me manifestaba su dolor,

su amargura hondísima. La vida había perdido para él todo interés.

Hallábase enfermo, y en su desesperación no anhelaba curarse. Le

consumía el desaliento, la pérdida de toda ilusión, la vergüenza de ver

ultrajado su nombre...

LUCRECIA, ~revolviéndose~.

¡Señor Conde, por Dios...!

EL CONDE

Mi hijo vivía separado de su esposa desde el año anterior.

LUCRECIA

¿Y quién asegura que fue por culpa mía?

EL CONDE

Yo lo aseguro: por culpa de usted.

LUCRECIA

No es cierto.

EL CONDE, ~colérico~.

No me desmienta usted. Calle ahora y escuche. ~(Recobrando el tono

narrativo.)~ Rafael no me decía nada concreto. Expresaba tan solo el

estado de su espíritu, sin exponer las causas...

LUCRECIA, ~con viveza~.

No decía nada concreto. Luego...

EL CONDE

Pero, a poco de recibir la carta, me dio cuenta detallada de las

aventuras de la Condesa de Laín un amigo mío queridísimo, persona de

intachable veracidad, que no solo refería lo que era público y notorio,

sino algo que por circunstancias excepcionales tuvo ocasión de conocer

y comprobar; hombre que no ha mentido nunca, tan bueno y noble, que

al hacerme la triste historia de aquellos escándalos, casi, casi los

atenuaba... No necesito nombrarle. Usted le conoce.

LUCRECIA, ~aterrada, casi sin voz~.

Yo... no.

EL CONDE

El abuelo (Novela en cinco jornadas) · 第 4 / 16 段