~EL CONDE, EL CURA; EL MÉDICO, joven, pequeñito, de conjunto simpático

y mirar inteligente. Viene de levita y sombrero de copa, el cual revela

en su forma ser prenda de respeto, usada tan solo de año en año, en

ocasiones muy solemnes.~

EL CURA

¡Oh, mediquillo, ven!... ~(Presentándole.)~ Salvador Angulo, nuestro

médico titular.

EL CONDE, ~estrechándole la mano~.

Muy señor mío.

EL MÉDICO

Vengo a ofrecer mis respetos al Señor de Jerusa y de Polan...

EL CONDE, ~recordando~.

Angulo, Angulo... espérese usted...

EL CURA

Es hijo de Bonifacio Angulo, aquel que llamaban aquí por mal nombre

_Cachorro_, guarda de los montes de Laín.

EL CONDE

¡Oh, sí!... _Cachorro_, hombre sencillo y un tanto rudo... servidor

fiel... Le recuerdo perfectamente. ~(Le da otra vez la mano, que el

médico le besa.)~

EL CURA

Y no habrá olvidado el Sr. D. Rodrigo que a este chico le costeó la

carrera en Valladolid.

EL MÉDICO

Por lo cual, debo al señor Conde lo poco que soy, y lo poco que valgo.

EL CONDE

De eso no me acordaba... mi palabra que no me acordaba.

EL CURA

Pues ha de saber usted... no es porque esté delante... que este chico

es una notabilidad... pero una notabilidad, en la ciencia médica.

EL MÉDICO

Por Dios, D. Carmelo...

EL CONDE, ~muy cariñoso~.

Bien, hijo mío; dame un abrazo. ~(Le abraza.)~ Me permitirás que te

tutee. No puedo corregir este hábito de familiaridad, desde que entro

en Jerusa. ~(El médico asiente con mudas demostraciones de respeto.)~

EL CURA

Y ya, ya sé por qué vienes tan pitre, cañamoncito de Jerusa.

EL MÉDICO

Me han nombrado de la comisión que ha de recibir a la señora Condesa de

Laín... Dispénseme, señor Conde, si después de saludarle con el debido

respeto, me retiro...

EL CURA

Hijo, no hay prisa todavía.

EL CONDE

Sí, sí: ve, anda.

EL CURA

Oye, Salvador. En cuanto se acabe la función, una vez que el pueblo

desfogue su entusiasmo con un poco de pólvora y cuatro berridos, y

suene en los aires la última simpleza del discurso que ha de pronunciar

D. José Monedero, te vienes corriendito a casa, y tendrás el honor de

comer con el señor Conde y conmigo.

EL MÉDICO

Bien, bien. ¡Qué honra tan grande!

EL CONDE, ~con alegría~.

¡Qué feliz coyuntura para consultarle con toda calma...!

EL MÉDICO

¿Un padecimiento?

EL CONDE

No es eso. Tú conoces a mis nietecillas; las habrás asistido en alguna

dolencia.

EL MÉDICO

Nell y Dolly disfrutan de una salud enteramente campesina y plebeya.

Las he visitado para indisposiciones sin importancia.

EL CONDE

Pero que a ti, como perspicaz observador, te habrán bastado para

conocer sus temperamentos, qué afecciones prevalecen en cada una, qué

predisposiciones patológicas se marcan en una y otra naturaleza...

porque de seguro habrá diferencia grande en la complexión, en la

constitución anatómica y fisiológica de las dos chiquillas. No sé si me

explico.

EL MÉDICO

Perfectamente. Pero hasta hoy no he tenido ocasión de determinar entre

una y otra notorias diferencias.

EL CURA

En fin, ya tendrán ustedes ocasión de hablar largo y tendido. ~(Suena

un cohete.)~

EL CONDE, ~estremeciéndose~.

Ya está aquí.

EL MÉDICO, ~con mucha prisa~.

Ya llega...

EL CONDE

Anda, hijo, anda.

EL MÉDICO

Con su permiso... No necesito decirle... Humildísimo, incondicional

servidor... ~(Suenan más cohetes.)~

EL CONDE, al Cura.

¿Y tú, no vas, Carmelo?

EL CURA

Indefectiblemente tengo que asomar las narices por allí. No diga la

Condesa que soy descortés...

EL CONDE

No eche de menos la población figura tan culminante en esta clase de

ceremonias.

EL CURA

Si, sí... Me voy. Cuidado, señor Conde. A la una y media en punto.

EL CONDE

No faltaré. De las pocas cosas que me quedan, una es el respeto, la

religión de la puntualidad. ~(Óyese música lejana.)~

EL MÉDICO

Hasta luego.

EL CONDE

Divertirse...

~(Vanse el Cura y el Médico.)~

EL CONDE, ~solo, meditabundo~.

¿Me ayudarán estos en mis investigaciones?... ¿Se penetrarán del

espíritu de rectitud, del sentimiento de justicia con que procedo?...

~(Con desaliento.)~ Lo dudo... Viven en ambiente formado por las

conveniencias, el egoísmo y la hipocresía, y cuando se les habla de la

suprema ley de honor, ponen cara de asombro estúpido, como si oyeran

referir cuentos de brujas. Si no me auxilian, trabajaré yo solo. El

viejo Albrit se basta y se sobra. ~(Suenan más cerca la música y el

rumor popular.)~ ¡Ah! Ya llega, ya entra en Jerusa Lucrecia Richmond...

¡Ya estás aquí, bestia engalanada, estatua viva, deshonesta! ¡Cuánto

deseaba yo esta ocasión!... ¡Tú y yo solos, frente a frente! ~(Se asoma

a una ventana.)~ No sé quién es peor: si tú que paseas impune por el

mundo tu desvergüenza, o un pueblo servil y degradado que te festeja

y te adula. ~(Óyense campanas.)~ Repican por ti... y luego tocarán a

la oración. ~(Furioso, gritando en la ventana, hacia afuera.)~ ¡Pueblo

imbécil, esa que a ti llega es un monstruo de liviandad, una infame

falsaria! No la victorees, no la agasajes. Apedréala, escúpela.

FIN DE LA JORNADA PRIMERA

JORNADA SEGUNDA

ESCENA PRIMERA

~Sala baja en la casa del señor Alcalde de Jerusa, D. José María

Monedero, decorada con lujo barato, en toda la plenitud de la

cursilería con dinero. Cubren las paredes paisajes al óleo, de los

que en parejas, con marco y todo, se venden al aire libre en calles

céntricas de Madrid, obra de artistas desdichados. _Hacen juego_ con

estos mamarrachos, cromos de cacerías o de revistas navales, figuras

de bazar, fruslerías bordadas, mil laborcillas fáciles de mujer, de

esas cuya explicación y dibujo traen en su sección de recreos útiles

los periódicos de modas. Flores de trapo, en tiestos de cartón, exhalan

en los ángulos su fragancia de cola y tintes descompuestos. Piano

desafinado, musiquero, retratos prendidos en esterillas japonesas,

redoma de peces.~

~NELL y DOLLY; LUCRECIA, CONDESA VIUDA DE LAÍN. Es mujer hermosa, de

treinta y cuatro años, del tipo que comunmente llamamos _interesante_,

mezcla feliz de belleza, dulzura y melancolía; castaño el cabello, el

rostro alabastrino, de un perfil elegante, precioso modelo de raza

anglo-sajona, recriada en América. Sus ojos son grandes, obscuros, con

ráfagas de oro, y el mirar sereno y triste, como de tigre enjaulado que

dormita sin acordarse de que es fiera. En su talle esbelto se inicia

la gordura, fácil de corregir todavía con la ortopedia escultórica

del corsé. Viste con elegancia traje de luto. En su habla, apenas se

percibe el acento extranjero.~

LUCRECIA, ~abrazando y besando a las niñas~.

Hijas mías, no me harto de besaros. ¿Teníais ganitas de verme?

NELL

Figúrate...

DOLLY

Hemos venido a la carrera... ¡Cuánta gente! Creí que no podíamos

entrar, y que nos atropellaban los coches.

LUCRECIA

¡Qué fastidio! Vengo a Jerusa solo por ver a mis niñas, y me encuentro

con este horrible entorpecimiento del entusiasmo público.

NELL

Mamá, la gratitud del pueblo...

LUCRECIA

Creed que he pasado un sofoco y una vergüenza...

DOLLY

Te quieren.

LUCRECIA

Demostraciones tan molestas como ridículas. ¿Y a mí, por qué me

aclaman?... En fin, ya hemos pasado el mal rato de la entrada

triunfal... ~(Mirándolas cariñosamente.)~ Estáis muy bien... las caras

tostaditas. Eso quiero: que se os ponga la tez como de manzanas pardas,

señal de salud y buena sangre...

NELL

Mamá, tú sí que estás guapísima.

LUCRECIA, ~besándolas otra vez~.

Vosotras, mis ángeles salvajitos, sí que sois bellas y buenas, y...

~(La interrumpe la Alcaldesa entrando de improviso.)~

ESCENA II

~DICHAS; LA ALCALDESA, señora enjuta y menudita, que no tiene en aquel

momento más preocupación que parecer fina, y este singular estado de su

espíritu, con la tirantez consiguiente, se revela en todos sus actos,

en sus palabras melosas, y hasta en los mohines estudiados de su boca

y nariz. Viste bata azul, elegante, que le han enviado de Madrid. Poco

después de ella entra EL ALCALDE, señorón macizo, sanote y jovial que,

al contrario de su mujer, pone todo su esmero en parecer muy bruto,

dejando al descubierto, desnudo de toda gala retórica, su natural llano

y la tosca armazón de su ser moral. Entiende que los hombres deben

ser _claros_, cada cual mostrándose como Dios le ha hecho. De origen

humildísimo, empezó a sacar el pie del lodo con la carretería; trabajó

honradamente después en distintas industrias, hasta que halló su suerte

en la fabricación de pastas para sopa. Su laboriosidad le hizo rico,

y la herencia de un tío de América le ascendió a millonario. Viste

levita, y su chistera, que usa con frecuencia por razón de su cargo,

es sin disputa la mejor del pueblo. Su esposa cuida de renovar esta

prenda con la precisa oportunidad para que no sea ridícula.~

LA ALCALDESA, ~finísima~.

Dispense usted, Condesa. Mi esposo y yo hemos tenido que convencer

a los notables del pueblo de que usted, por razón de su luto y del

cansancio del viaje, no puede recibir a nadie...

NELL, ~asomándose a la ventana~.

Mamá, mamá, si está la plaza llena de gente.

DOLLY

Quieren que te asomes para darte vivas.

LUCRECIA

Por Dios, Vicenta, líbreme usted de este compromiso... ¡Vivas a mí! Yo

no salgo; no sirvo para eso... Por Dios, que se vayan, que me dejen. Yo

lo agradezco en el alma...

LA ALCALDESA

Las ovaciones populares, por más que sean merecidas, molestan y

fastidian... Jerusa no puede mostrarse ingrata, ni olvidar los

beneficios que usted le prodigó....

LUCRECIA, ~aterrada del rumor popular~.

¿Qué beneficios ni qué niño muerto? Yo no he hecho nada, absolutamente

nada. ¿Pero están locos aquí? Créalo usted, Vicenta, me da miedo _la

voz pública_.

NELL

Mamá, que te asomes... Quieren despedirse de ti.

DOLLY

Hay pueblo y señores... y hasta curas... Mamita, ¿qué te importa que te

victoreen? Mira que si no sales, nos darán los vivas a nosotras.

LUCRECIA

Que no salgo, vamos. Vicenta, por Dios, que su marido de usted me haga

el favor de echarles una arenga, diciéndoles... que estoy enferma, y

que les agradezco infinito sus manifestaciones... que no las merezco...

En fin, él sabrá.

EL ALCALDE, ~limpiándose el sudor de la frente, la levita desabrochada,

el chaleco abotonado a medias~.

Ya, ya se van... ¿Pero qué le costaba a usted, Condesa, asomarse un

poquito? Con una inclinación de cabeza cumplía usted. Pero, en fin,

respeto su repugnancia de las apoteosis. Lo mismo me pasa a mí. Siempre

que me ovacionan me echo a llorar, y se me descompone el vientre.

LUCRECIA

¿Pero qué he hecho yo, Sr. D. José de mi alma, para estos obsequios,

este entusiasmo?

LA ALCALDESA

Hija, la carretera de Forbes, la estación telegráfica... la

condonación...

LUCRECIA

Me bastó pedírselo al Ministro...

EL ALCALDE

Más que todo eso vale el Instituto de segunda enseñanza, que nos

disputaban los de Durante. Nada agradecen tanto los pueblos, señora

mía, como el que les den algo que se le quita al vecino. Cuestión de

amor propio: la entidad pueblo es lo mismo que la entidad persona.

Fastidiar al vecino, y caiga el que caiga. Jerusa verá siempre en la

ilustre Condesa de Laín una individualidad digna de todos nuestros

respetos. Y yo, que llevo el corazón en la mano, que digo siempre

la verdad llana y monda... soy así, muy bruto, muy francote... le

aseguro a usted que la queremos aquí... como sabe querer Jerusa; y si

lográramos que nos concedieran la Escuela de Comercio que pretenden los

de Durante, no le quiero decir a usted... La apoteosis que le haríamos

retumbaría en la China.

LUCRECIA, ~sonriente~.

Yo sí que no vuelvo de mi apoteosis.

DOLLY, ~desde la ventana~.

Ya, ya se retiran.

NELL

Parece que van descontentos. ¡Y cómo nos miran!

LA ALCALDESA

No extrañe usted, Condesa, las vehemencias de mi marido. Desde que es

_edil_ ~(marcando bien la palabra)~, no vive. La fiebre de la cosa

pública altera su genio pacífico. Verdad que no hay otro que mejor

cumpla, ni que sepa consagrarse tan de lleno a los deberes de un cargo

espinoso.

LUCRECIA, ~por decir algo~.

Estos son los hombres, estos son los grandes ciudadanos...

UNA CRIADA, ~entrando con una bandeja de huevos moles~.

Esto mandan a la señora Condesa las monjas Dominicas.

NELL, ~corriendo a verlo~.

¡Huevos moles! ¡Qué ricos!

DOLLY

¡Vaya un regalo, mamá!

EL ALCALDE

Para que diga usted que no se portan bien las monjitas de mi tierra.

LUCRECIA

¡Pobrecillas! Tendré que visitarlas.

LA ALCALDESA

Iremos. Son finísimas.

OTRA CRIADA, ~entrando con un descomunal ramo de flores~.

De parte de los capataces de la Granja modelo...

LUCRECIA

También tendré que hacerles una visita.

EL ALCALDE

Iremos; sí, señora. Verá usted los carneros moruecos, que han traído

ahora para padres.

LA ALCALDESA, ~que ha salido un momento, vuelve trayendo una labor de

tapicería y mostacilla~.

Mire usted, Lucrecia, lo que le manda la maestra del colegio de niñas.

NELL

¡Ay, qué precioso!

DOLLY

Mira, mamá. ¿Es un gorro?

LUCRECIA

No, hija: es un _cosy_ para cubrir las teteras...

LA ALCALDESA, ~pesarosa de no haber acertado antes el uso de aquel

chisme~.

Es un adminículo extranjero. Aquí no lo usamos.

EL ALCALDE

Tiene usted que visitar el colegio.

LA ALCALDESA

¡Pobre Condesa! Ya le cayó quehacer.

EL ALCALDE

Y podrá decir que en ninguna parte del mundo ha visto usted labores

tan primorosas como las que hacen las alumnas del colegio de Doña

Severiana.

LA ALCALDESA

Bordan a maravilla... Ya lo ve usted... Y allí tiene usted a las

chicuelas todo el santo día sobre los bastidores...

EL ALCALDE, ~mirando su reloj, descomunal pieza de oro~.

Y a todas estas, Vicenta, son las tantas y no comemos. Mi señora Doña

Lucrecia tiene apetito... las niñas están desfallecidas. ¿Verdad,

_Nelita_ y _Dolita_, que deseáis sentaros a la mesa?... y yo... ¿por

qué no he de decirlo? estoy ladrando de hambre. Conque...

LUCRECIA

Me arreglaré en un momento.

LA ALCALDESA

Subamos a mi tocador. Mientras usted se arregla, dispondré que nos

sirvan la comida.

EL ALCALDE

Y yo, si la señora Condesa me lo permite, voy a librarla de otra _lata_

horrorosa.

LUCRECIA

¿Qué?

EL ALCALDE

El orfeón del pueblo quiere venir a cantar durante la comida.

LUCRECIA

¡No, por Dios!

EL ALCALDE

Ahí está el director. Voy a quitárselo de la cabeza...

LUCRECIA

Sí, sí; que lo agradezco, que siento mucho...

LA ALCALDESA

Que está muy fatigadita. Crea usted que no perdemos nada. Desafinan

como perros.

EL ALCALDE

Y que, motivado al luto, no está usted para músicas... Ya, ya sabré

despacharles... Y sobre todo, que lo mando yo, ea...

~(Vase presuroso.)~

ESCENA III

~Tocador de la Alcaldesa.~

~LUCRECIA, DOLLY y NELL; una criada extranjera que ayuda a vestir a su

ama y no habla; después LA ALCALDESA.~

LUCRECIA

¡Qué descanso! Solas un momento. Prefiero una enfermedad a los

entusiasmos de Jerusa.

NELL

Mamá, es que te quieren.

LUCRECIA

Sí, sí: cariños que reclaman la fuga inmediata, como quien escapa de

una epidemia. Es violentísimo tener que mostrar gratitud ante estas

mojigangas.

DOLLY

Mamá, ten paciencia.

LUCRECIA, ~bajando la voz~.

Lo mismo que soportar las amabilidades de estos pobres cursis... Son

muy buenos, lo reconozco... y les aprecio verdaderamente. Pero en

Jerusa no quiero ver a nadie más que a vosotras.

NELL

Mamá, ¿cuándo nos llevas contigo?

LUCRECIA, ~meditabunda~.

No sé... Tal vez muy pronto. Depende de circunstancias eventuales...

DOLLY, ~vivamente~.

Mamá, ¿no sabes? Ha llegado el abuelito.

LUCRECIA, ~disimulando su disgusto, que solo se trasluce en rápidos

destellos de sus pupilas rasgueadas de oro~.

Ya, ya lo sé... Llegó esta mañana. ¿Y qué? Tan gruñón y desabrido como

siempre.

NELL

A nosotras nos quiere mucho.

DOLLY

Irás a verle...

LUCRECIA

Sin duda. Ya sé que hoy come con D. Carmelo... ¿Y con vosotras ha

estado muy expansivo? ¿Qué hacíais cuando llegó?

DOLLY

Le encontramos en el bosque. Primero tuvimos mucho miedo, porque no le

conocíamos.

LUCRECIA

Y después de conocerle, más.

NELL

No, no: el pobrecito no acababa de hacernos cariños. Nos da mucha

lástima de verle tan agobiado, viejecito, casi ciego.

LUCRECIA

Y en el camino del bosque a la Pardina, ¿no habló con nadie? ¿No le

salió al encuentro alguna persona conocida?

DOLLY

Sí, mamá: Senén.

LUCRECIA, ~disgustada~.

Ya me han dicho que está aquí ese tábano. El tal marea... y pica. Os

recomiendo el menor trato posible con él.

LA ALCALDESA, ~entrando~.

Cuando usted quiera.

LUCRECIA

Ya estoy.

LA ALCALDESA, ~llevándola a la ventana, y mostrándole al Alcalde, que

en la calle habla con un joven~.

Vea usted, Lucrecia, los apuros que pasa mi esposo por defenderla

a usted de impertinencias. Ese con quien habla es Pepito Cea, el

periodista de Jerusa, que quiere colarse aquí para celebrar con usted

una _interview_.

LUCRECIA

¡Una _interview_!... ¿Pero está loco ese hombre?

LA ALCALDESA

Mire usted... mire usted a José María, más colorado que un pavo...

Parece que quiere romperle el bastón en la cabeza... Ahora le coge de

las solapas... Al fin parece que le convence.

LUCRECIA

¿Pero qué quiere preguntarme ese tipo, ni qué tengo yo que decirle?

LA ALCALDESA

Pues nada: a qué hora entró en el tren; si le gustó el paisaje; si le

prueba bien Jerusa; si quedó contenta de la ovación o le ha parecido

poca, y, por fin, cuál es su actitud en el asunto de la Cámara de

Comercio, es decir, si apoyará a raja-tabla en Madrid las pretensiones

de esta villa.

LUCRECIA

¡Dios me ampare!

LA ALCALDESA, ~mirando~.

Ya, ya le ha despachado. Allá va el pobre Cea con viento fresco.

Pondrá esta noche las paparruchas que le habrá encajado José María...

Que usted adora al pueblo; que ha venido muy cansada y con dolores de

reúma, y que se desvivirá por conseguirnos lo de la Cámara de Comercio,

apabullando a los de Durante... Ya entra mi marido. Bajemos al comedor.

LUCRECIA. ~(Salen las dos señoras, enlazadas del brazo; las niñas

delante.)~

Es delicioso. Pero no me hace ninguna gracia que ponga ese majadero la

noticia falsa de mi reumatismo. Es una enfermedad que me desagrada más

que otras, porque, no siendo grave, hace engordar.

LA ALCALDESA, ~bajando la escalera~.

Es muchacho fino, y dirá que está usted nerviosa.

LUCRECIA

Menos mal.

~En la puerta del comedor encuentran al señor Alcalde, que ofrece su

brazo a la Condesa. Sofocado, aunque de buen humor, da cuenta del

gracioso _quite_ con que logró evitar la formidable tabarra con que

les amenazaba el audaz foliculario. Debe decirse, tributando a la

verdad los honores debidos, que fue excelente y copiosa la comida,

feliz combinación del _estilo de fonda_ y del arte casero en casa

rica; el servicio atropellado y lento, pues las pobrecitas criadas

no acertaban a desenvolverse en aquel mete-y-saca y quita-y-pon de

platos, fuentes y salseras. Sentáronse a la mesa, a más de la Condesa

y sus hijas y los dueños de la casa, los dos niños de estos, escolares

encogidos que se hallaban en plena _edad del pavo_, y eran de lo más

desaborido que en tan lastimosa edad comunmente se ve. De personas

extrañas solo había una, la que toda Jerusa conocía por CONSUELITO, de

apodo la _Solitaria_, prima del Alcalde, viuda rica sin hijos, que en

investigar vidas ajenas se pasaba mansamente la suya, y era, por tanto,

un viviente archivo de historias, enredos y chismes. Amenizó el señor

Alcalde la comida con un jaquecoso disertar sobre las mejoras pasadas,

presentes y venideras de Jerusa, y a nadie dejaba meter baza. Pugnaba

su esposa por intercalar observaciones finas en medio de la gárrula

oratoria del buen Monedero: pero rara vez vio coronado por el éxito

su laudable propósito. Cuando servían el café (que, entre paréntesis,

llegó a la mesa mal hecho, recalentado y frío), entraron a saludar a la

Condesa EL SEÑOR CURA, que ya la había visto, y SENÉN, que aún no había

tenido el honor de besarle la mano.~

ESCENA IV

~Jardín que no necesita descripción, pues ya se comprende que es un

afectado y ridículo plagio en pequeño del estilo inglés en grande;

trazado en curvas, con praderas, macizos, bosquecillos y plantaciones

ornamentales de variada coloración.~

~LUCRECIA, NELL y DOLLY; EL ALCALDE, LA ALCALDESA, sus DOS HIJOS, que

no hablan, y peor sería que hablaran; CONSUELITO, EL CURA, SENÉN.~

~Fórmanse grupos distintos que cambian de figuras.~

EL CURA, ~sentándose con la Condesa y la Alcaldesa en un banco

_rústico_, de los muchos que hay en el jardín, alternando con los

_civilizados_~.

Ya comprenderá la señora Condesa que no he venido esta tarde solo por

el gusto de verla, que siempre es grande, sino...

LUCRECIA

Ya, ya... Ha comido usted con _él_... y me trae algún mensaje; recadito

por lo menos.

EL CURA

Dispénseme si le digo que se equivoca. El señor Conde no me ha dado

ninguna comisión ni recado para la Condesa de Laín.

LUCRECIA

Entonces...

EL CURA

Lo que yo diga será por cuenta mía, por inspiración propia y consejo de

amigo.

LUCRECIA, ~a la Alcaldesa, que se aparta discretamente~.

No, no se retire usted, Vicenta. No hablamos nada reservado. Puede

usted oírlo... Siga, Don Carmelo. Mi ilustre papá político, como si lo

viera, habrá dicho de mí... qué sé yo... horrores espeluznantes.

EL CURA

No, señora. Ni una sola vez la ha nombrado a usted durante la comida.

LUCRECIA

Permítame el Sr. D. Carmelo que no le crea, con todo el respeto debido.

Es usted un santo, que en este instante no dice la verdad... por exceso

de virtud. Se dan casos.

EL CURA

Habló mucho de su hijo muerto, dignísimo esposo de usted; ponderó sus

virtudes, su mérito no común, lloró...

LUCRECIA, ~que palidece, e intenta desviar la conversación~.

También hablaría de su desdichado viaje a América. Lo emprendió atraído

por la ilusión, por el espejismo de un caudal que allí dejó su abuelo

el Virrey, y después de mil fatigas y trabajos, sufriendo desaires y

persecuciones, ha vuelto descorazonado y sin una peseta. Al diantre

se le ocurre plantarse en el Perú a reclamar las famosas minas de

Hualgayoc, olvidadas durante un siglo.

EL CURA

También nos habló de eso... y de otras cosas. Demuestra un cariño

ardiente a sus nietas. Oyéndole hablar de ellas, hemos observado

Angulo y yo cierta exaltación del afecto paternal, y una tenacidad

monomaníaca en el propósito de estudiar y desentrañar los caracteres de

una y otra... Por la incoherencia con que se expresa, no hemos podido

apoderarnos de su pensamiento, si es que alguno tiene. Angulo cree más

bien que en aquella cabeza hay un desconcierto lastimoso, ideas de

grandeza, ideas de venganza, el orgullo y la miseria, que rabian de

verse juntos.

LUCRECIA

No será extraño que las desdichas, amargando su alma, toda soberbia y

altanería, lleven al buen D. Rodrigo a la locura...

EL CURA

No diré yo tanto. Solo apunto la idea de que el señor Conde, por su

ancianidad, por su pobreza, por el estado de amargura e irritación

de su espíritu, merece y reclama exquisitos cuidados, y de esto

precisamente quería que hablásemos usted y yo.

LUCRECIA

Por mí no ha de quedar. Pienso decir a Venancio que si el Conde

permanece en la Pardina tenga con él toda clase de miramientos, le

cuide, le agasaje, atienda con delicadeza a sus necesidades. Pero yo

dudo que acepte estos beneficios dispuestos por mí. Usted le conoce...

EL CURA

Sí, y sé que es atrabiliario, descontentadizo, y que la exaltación de

la dignidad le impulsará a rechazar el bien que usted le ofrezca.

LUCRECIA, ~cruzándose de brazos~.

Entonces, ¿qué debo hacer? Vicenta, dé usted su opinión.

LA ALCALDESA, ~con finura~.

Yo... ¿Qué quiere usted que le diga? Paréceme que no será difícil

encontrar un medio de darle amparo decoroso, digno de su alcurnia, sin

que la vidriosa dignidad de D. Rodrigo se sintiera ofendida.

EL CURA, ~aprobando enfáticamente~.

Mucho, mucho... Vicenta, con su talento admirable, nos indica el mejor

camino. Pues bien: yo tengo una idea, que quiero someter al buen

criterio de usted...

EL ALCALDE, ~presuroso, hacia la Condesa~.

Lucrecia, ahí tiene usted una visita. El Prior y dos Padres Jerónimos

del convento de Zaratán vienen a ofrecer a usted sus respetos.

LUCRECIA

¡Ah!... Zaratán... Ya me acuerdo. Dí una cantidad para la

restauración... y Rafael consiguió del Gobierno un dineral para que

estos benditos pudieran instalarse.

LA ALCALDESA

¿Están en la sala? Vamos un momento. No tema usted que la fastidien.

Son finísimos.

EL CURA

Vamos allá... ¡Qué oportunidad, qué feliz coincidencia!

~(Entran en la casa Lucrecia, el Cura, el Alcalde y su señora.)~

SENÉN, ~en otro grupo, con Nell y Dolly, Consuelito y los niños del

Alcalde, que no hablan ni a tiros~.

¿Quieren ver la pajarera?

NELL

El abuelo (Novela en cinco jornadas) · 第 3 / 16 段