EL CONDE

Séneca, digo, Senén, tú pitarás. Y ahora, ¿estás aquí con licencia?

SENÉN

He venido de Durante para tener el honor de saludar al señor Conde de

Albrit y a la señora Condesa de Laín, que también debe de llegar hoy.

NELL

¡Que viene mamá! ~(Despréndense las dos de los brazos de su abuelo, y

saltan gozosas.)~

DOLLY

¡Jesús, qué alegría!

NELL

Pues no sabíamos nada. ¿Lo sabías tú, abuelito?

EL CONDE, ~pensativo~.

Sí.

DOLLY, ~volviendo a coger el brazo de Albrit~.

Vamos, a prisita.

NELL, ~inquieta~.

Tenemos que arreglarnos.

SENÉN

Las señoritas han de ir al _hotel_ del señor Alcalde, a esperar a su

mamá.

NELL

¿Pero va mamá a casa del Alcalde?

DOLLY

¿Por qué no viene a la Pardina con nosotros, con Abuelito? ~(Senén se

encoge de hombros.)~

EL CONDE

La Pardina no le parecerá a tu mamá bastante cómoda... En fin, no

quiero que os detengáis por mí... Vamos, hijas mías.

NELL

¡Ah! Se me olvidaba... Amigo Senén, ¿querrías hacernos un favor?

SENÉN

Todo lo que las señoritas quieran. ¿Qué es?

NELL

Subirse a aquel árbol a coger la Historia.

EL CONDE

¡A coger la Historia!

DOLLY

El pícaro libro, que se echó a volar.

NELL

Jugando, lo tiramos al aire.

EL CONDE, ~gozoso~.

Comprendo, sí... Estudiáis mirando al cielo... Senén, intrépido Senén,

sube pronto, hijo... Anda, que cuando eras muchacho ya treparías más de

una vez para coger nidos.

SENÉN ~(disimulando su disgusto, se quita la americana)~.

Allá voy.

NELL

Ten cuidado no se te rompa el traje.

SENÉN

Que es nuevo... ya lo ven.

DOLLY

¡Vaya un alfiler de corbata que te traes!... Por Dios, no te caigas.

EL CONDE

No temáis: este sabe subir y agarrarse bien. Si cae, será porque le

tiene cuenta.

SENÉN

Por ahora, señor Conde, me tiene más cuenta apoyarme bien en las ramas

fuertes... Ajajá... Ya te cojo, Historia maldita.

DOLLY

Bájate pronto... ~(Desciende Senén a las ramas bajas, y se tira de un

salto.)~

NELL, ~cogiendo el libro~.

Dios te lo pague. Vaya, sigamos.

DOLLY

¿No quiere el abuelito entrar por el pueblo?

EL CONDE

No, no: vamos por el atajo, que nos lleva directamente a la Pardina sin

pisar las calles de Jerusa. No quiero ver gente, y menos jerusanos.

SENÉN, ~poniéndose la americana~.

¡Lástima no haber sabido antes que venía el señor Conde! El pueblo le

habría preparado un buen recibimiento.

EL CONDE, ~con desdén~.

¿A mí?... ¿A mí Jerusa?... Brrr...

SENÉN

Habría salido la música, el orfeón... No faltaría el arquito de ramaje;

y luego _lunch_ en la Casa Consistorial.

EL CONDE

Veo que eres un cursi tremendo. Conozco esos homenajes, que en otro

tiempo, cuando los merecía y estaba en disposición de recibirlos, me

halagaban, sí. Hoy me harían el efecto de una burla cruel. Antes de

verme tan viejo y tan pobre como ahora, tuve ocasión de apreciar la

villana ingratitud de mis compatriotas, los habitantes del Señorío de

Jerusa. ~(Se detiene y suspira.)~ Veinte años ha, la última vez que

aquí estuve, los colonos que habían llegado a ser ¡Dios sabe cómo!

propietarios de mis tierras, los señoritingos nacidos de mis cocineras,

o engendrados por mis mozos de cuadra, me recibieron con frío desdén,

que me llenó de tristeza y amargura. Dijéronme que la villa se había

civilizado. Era una civilización improvisada y postiza, como la levita

que compra el patán en un bazar de ropas hechas.

NELL

Papaíto, no olvida tu pueblo los beneficios que de ti ha recibido.

DOLLY

No los olvida, no. La calle principal de Jerusa se llama _de Potestad_.

NELL

La fuente de los cinco caños, junto a la iglesia, se llama _del Buen

Conde_.

EL CONDE

Sí, sí, mi abuelo paterno. Historia, cosas pasadas que solo dejan tras

sí un letrero, una inscripción... Todo se borra, ¡ay! aun las piedras

escritas. Cuando la roña y el musgo las empuercan, y se han criado en

ellas cien generaciones de arañas y lagartijas, viene el progreso,

y las manda picar para escribir otra cosa... o aprovecharlas en una

alcantarilla. No me quejo, no. Ese es el mundo. Rodamos todos hacia lo

infinito.

SENÉN, ~enfáticamente~.

Jerusa, por más que digan, no puede olvidar que debe su existencia a

los Albrit de la Edad Media.

EL CONDE, ~meditabundo~.

Y a mis abuelos y a mí todo lo que en ella es de algún valor. La casa

Ayuntamiento, que era el primitivo palacio de los Condes de Laín, fue

donada por D. Martín de Potestad, capitán de las galeras de Nápoles. La

calzada de Verola y el puente sobre el río Caudo, obra fue de mi madre.

Mi abuelo materno hizo el hospital y la casa-cuna; y yo traje las aguas

riquísimas de Santaorra; levanté el muro de contención que defiende

al pueblo de las avenidas del Caudo; fundé y doté la hermandad de

Pescadores, haciéndoles además una dársena para abrigo de sus lanchas;

repoblé el monte comunal... sin contar otras mejoras de que ya no me

acuerdo. ¿Y cómo pagaron mis paisanos tantos beneficios? Pues cuando me

vieron mal de intereses, recargaban horrorosamente mis propiedades en

todos los repartos de contribución, para obligarme a vendérselas... Y

lo conseguían... En sus manos rapaces está todo.

NELL

Abuelito, no pienses cosas tristes.

DOLLY

¿No estás alegre de vernos y de tenernos a tu lado?

EL CONDE, ~deteniéndose para abrazarlas y besarlas con efusión~.

Sí, sí, ángeles inocentes. Soy feliz con vosotras, y lo demás nada me

importa.

SENÉN, ~con malicia indiscreta, que resulta más antipática por lo

pedantesco de la expresión~.

Y de que no seríamos justos achacando a Jerusa el pecado de la

ingratitud, tenemos hoy una prueba elocuente, señor Conde, porque,

sabida con antelación la llegada de la señora Condesa de Laín, se le

prepara un recibimiento entusiasta, cual corresponde a quien tan grande

fomento ha dado a los intereses materiales y morales de esta villa.

Saldrá el Alcalde a la estación...

EL CONDE

Y se dispararán cohetes. Todo eso está muy en carácter.

NELL, ~impaciente~.

¡Cohetes, música...! Vamos, vamos pronto.

DOLLY

Abuelito, por aquí, si quieres que vayamos derechos a la Pardina.

EL CONDE

¿Estamos ya en la loma que llaman la _Asomada_?

SENÉN

Sí, señor: de aquí se ve toda la villa; y si Vuecencia quiere dar un

vistazo a la población, en dos minutos estamos en la plaza.

EL CONDE

No, no. Gracias. Por esta otra calleja bajamos a la Pardina.

~(Deteniéndose y mirando al pueblo, que en aquel punto se ve

totalmente, rodeado de arboledas y verdes lomas.)~ Sí, sí... te

conozco, Jerusa; distingo un montón de tejados rojos y de ventanales

blancos... más allá manchas de verde lozano. Eres Jerusa; te siento

bajo mis pies, te huelo al pisarte... Tu ingratitud me da en el olfato.

Hiciste escarnio del que fue tu señor, aplicándole un mote burlesco...

Pues ahora, el _león flaco de Albrit_, que nada te pide, que para nada

te necesita, te manifiesta su desprecio con toda la efusión de su alma,

no queriendo de ti ni un pedazo de tierra para sepultar sus pobres

huesos. ~(Volviéndose hacia las niñas.)~ Si me muero aquí, que me

lleven a enterrar a Polan, o que me tiren al mar.

DOLLY

Papaíto, no es hoy día de cosas tristes.

NELL

¡Si estamos muy contentas!

EL CONDE, ~limpiándose una lágrima~.

Sí, sí... Vamos, para que lleguéis a tiempo de presenciar los homenajes

a vuestra mamá.

SENÉN

Por esta calleja llegamos en un instante a la Pardina.

EL CONDE

Conozco bien el camino... En este sitio, torciendo a la izquierda,

dejamos de ver el mar. ~(Parándose a contemplar el Océano.)~ ¡Oh, qué

hermosura! Es el amigo de mi infancia.

NELL

¡Y qué espléndido, qué azul! Hoy se viste de gala para recibirte.

EL CONDE

¿Sabéis por qué gozo tanto en mirarle? Porque le veo... es lo único que

distingo bien, por razón de su magnitud. Desde que voy perdiendo la

vista, hijas mías, mis pobres ojos no aprecian bien más que las cosas

grandes... ¡Cuanto mayores son, mejor las veo! Quisiera que en el mundo

fuera todo colosal, inmenso... Lo pequeño, creedlo, me entristece, me

enfada...

~(Se internan en la calleja.)~

ESCENA VI

~Sala baja en la Pardina. En paredes, techo y muebles, aspecto de

venerable antigüedad, bien conservada.~

GREGORIA, VENANCIO

GREGORIA, ~asomándose a una ventana~.

Ya está aquí _Capitán_... ¡Oh!... allí vienen. ~(Asustada.)~ ¡Jesús, lo

que veo!

VENANCIO

¿Qué?

GREGORIA

¡El Conde con ellas, el señor Conde!

VENANCIO

Sin duda ha venido a pie por el atajo del bosque. Es gran andarín.

GREGORIA

¡Pero qué viejo está! Mira, mira.

VENANCIO, ~mirando~.

¡Y qué mal trajeado! Da pena verle... ¡Quien fue siempre la misma

elegancia...!

GREGORIA

¿Sales a recibirle?

VENANCIO, ~con prisa~.

A escape... Prepárale café, que de fijo lo pide al entrar...

GREGORIA

Sí, sí...

VENANCIO, ~desde la puerta~.

Y manda un recado al señor Cura, que nos dijo que le avisáramos en

cuanto el Conde llegase...

GREGORIA, ~aturdida, sin saber a qué atender primero~.

El café... recado al Cura... ¿Y la comida? Voy. ¡Pero si ya están aquí!

¡Jesús me valga!...

ESCENA VII

GREGORIA, EL CONDE, LAS DOS NIÑAS, SENÉN, VENANCIO

GREGORIA, ~besando la mano al Conde~.

Bien venido sea mi señor...

VENANCIO

Y que entre en su casa con bendición.

EL CONDE, ~con señoril bondad~.

Gracias, gracias, mis buenos amigos Venancio y Gregoria. Me alegro

de veros contentos y saludables... digo, como veros... ~(Mirándoles

fijamente.)~ No, no veo bien más que las cosas grandes.

VENANCIO

¿Se sienta el señor aquí? ~(Conduciéndole a un sillón de vaqueta, junto

a la mesa de nogal.)~

EL CONDE

Donde quieras.

NELL

Y ahora nosotras, abuelito, hemos de vestirnos a escape...

EL CONDE

Sí, sí; no os detengáis.

DOLLY

Pronto volveremos, papaíto... Vendrá mamá con nosotras... supongo.

EL CONDE

Sí, sí... ~(Las besa.)~ Hasta luego...

GREGORIA, ~dándoles prisa~.

Vivo, vivo... Vais a llegar tarde.

~(Vase Gregoria con las niñas.)~

SENÉN

Yo también, con permiso del señor Conde, me retiro.

EL CONDE

Sí, sí... Ve a disparar cohetes...

SENÉN

Si el señor me necesita...

EL CONDE

No... muchas gracias... Y me alegro de que te ausentes... No, no es por

nada ofensivo para ti, Séneca... o Senén. ¿Te lo digo?

SENÉN

Nada que usía me diga puede ofenderme.

EL CONDE

Pues deseo que te marches, porque... Hijo, gastas un perfume que

marea. Los aromas demasiado fuertes me dan vahídos... Dispénsame

~(dándole la mano, y acariciando la de Senén)~, perdóname que te

despida con una impertinencia.

SENÉN, ~desconcertado~.

Señor... unas gotitas de heliotropo...

EL CONDE

No he dicho nada... Abur.

SENÉN, ~aparte, retirándose~.

Malas pulgas trae el _león flaco de Albrit_.

ESCENA VIII

EL CONDE, VENANCIO

~Larga pausa. El Conde inclina la cabeza sobre el pecho, y se cubre

los ojos con la mano. Venancio permanece en pie, a bastante distancia,

contemplándole.~

EL CONDE, ~alzando la cabeza y llevándose la mano al pecho, en que

siente opresión~.

¡Ay, Venancio! La emoción que he sentido al entrar aquí, no me deja

respirar... ~(Venancio suspira y calla.)~ No creí volver a verte, casa

mía, casa bendita de mis mayores, de mi madre... No esperaba recibir en

mi alma esta ola de vida, formada por los recuerdos, embate de calor y

de salud, que al pronto reanima al ser caduco; pero después... mata,

sí, mata. La memoria me abruma, el sentimiento me ahoga... ~(Vuelve a

pasarse la mano por los ojos.)~ No debí venir, no, no.

VENANCIO

Señor, los recuerdos de la Pardina serán gratos para Vuecencia.

EL CONDE, ~señalando a la derecha~.

En esa alcoba nací yo... En ella nació también mi madre, y en la de

arriba murió... No sé si es que me engaña mi poca vista; paréceme que

nada ha variado, que los muebles son los mismos... ¡Qué ilusión!

VENANCIO

Poco hemos cambiado. Se conserva todo a fuerza de cuidado y aseo.

EL CONDE, ~con profunda tristeza~.

Aquí pasé mi infancia, al lado de mi madre, que enviudó a los pocos

días de mi nacimiento... Heredero de los Condados de Albrit y de

Laín, ¡cuántas veces, joven, en la plenitud de la vida, y con todo

el verdor de las ilusiones fomentadas por la grandeza de mi linaje;

cuántas veces, solo, con mi esposa, o con mis amigos, vine a pasar

alegres temporadas en la Pardina! En aquel tiempo tú eras un niño. Tus

padres, y otros padres de gentes ingratas que andan por esos mundos

en diferentes oficios, eran entonces mis servidores. En mi veíais al

señor, al rey de la Pardina, y hasta cierto punto, al amo de toda

Jerusa... Pasó tiempo; creció mi hijo Rafael. Correspondiéronle por

muerte de su madre, y según el fuero de Laín, este Condado y esta

casa... Yo volví a la Pardina: ya no era el señor; mas era el padre

del señor, y tú, ya grandecito, y los demás servidores de esta antigua

casa, me mirábais con respeto, con cariño, con veneración. El Conde de

Albrit, poderoso todavía, os remuneraba vuestros servicios con la noble

largueza que era en él habitual.

VENANCIO

Siempre fue Vuecencia el primer caballero de España.

EL CONDE, ~con melancólica dignidad, levantándose~.

Pues hoy, el primer caballero de España, el generoso y grande, viene

a pedirte hospitalidad. Vicisitudes y trastornos que no quisiera

recordar, esta revolución crónica que hace y deshace los Estados y las

familias, y todo lo trueca y baraja, te han dado a ti la propiedad de

la Pardina. En ella entro yo a pedirte albergue, no como señor, sino

como desvalido sin hogar, abandonado de todo el mundo. Si me la das,

ya sabes que has de hacerlo por pura caridad, no por remuneración ni

recompensa. Soy pobre; todo lo he perdido.

VENANCIO

El señor Conde viene siempre a su casa, y nosotros, hoy como ayer,

somos sus criados.

EL CONDE, ~se sienta~.

Gracias... Te lo digo tranquilo y sin ninguna afectación, pues con la

realidad no caben juegos de retórica. He llegado a los escalones más

bajos de la pobreza; pero por mucho que descienda, no he llegado ni

llegaré nunca al deshonor. Fuera de la decadencia material, soy y seré

hasta el último día lo que fui.

VENANCIO

Y yo igualmente, hoy como ayer, servidor humilde del señor D. Rodrigo.

EL CONDE

Te lo agradezco, créeme que te lo agradezco en el alma... Pero... bien

mirado, es tu obligación, y cumples como cristiano. Todo lo que eres y

todo lo que tienes, me lo debes a mí.

VENANCIO

Sin duda.

EL CONDE

No haces nada de más en ampararme... en ver en mí a tu señor, y en

respetar, no solo mi nombre y mi historia, sino mi ancianidad, mis

achaques... Las desgracias, hijo mío, me han hecho algo quejumbroso,

algo impertinente. Mi genio altivo se exacerba cada día más con la

pérdida de la vista... No puedo sofocar mis ímpetus de absolutismo, de

persona acostumbrada a mandar.

VENANCIO

Bien, señor.

EL CONDE

Y a ser obedecida.

VENANCIO

También tengo el hábito de la obediencia... Y ante todo, señor, ¿en qué

aposento quiere vuecencia dormir?

EL CONDE

Arriba, en la alcoba que fue de mi madre.

VENANCIO, ~contrariado~.

¿La que da al pasillo grande? La tenemos llena de trastos.

EL CONDE

Pues sacas los trastos y me metes a mí.

VENANCIO

Señor, es un trastorno...

EL CONDE, ~sulfurándose ligeramente~.

¿Ya empezamos?

VENANCIO

La hemos convertido en secadero: allí colgamos las judías...

EL CONDE, ~sulfurándose más~.

Pon las judías en otra parte. ¿Vale tan poco mi persona que no

merece... una molestia insignificante de las señoras hortalizas?

VENANCIO, ~sin acabar de resignarse~.

Bien, señor... Ello es que...

EL CONDE

¿Todavía refunfuñas? Debiste, desde que te lo dije, asentir con

delicadeza obsequiosa. ¿Será preciso que te lo mande?... Por poco me

apuras ~(golpeando el brazo del sillón.)~ ¡Oh, triste cosa es para mí

ser huésped de mis inferiores! Venancio, quiero someterme al destino,

quiero olvidarme de mí mismo, y no puedo, no puedo. La autoridad es

esencial en mí. Por Cristo, súfreme o arrójame de mi casa, quiero

decir, de la tuya.

VENANCIO

Eso no... ~(viendo venir al Cura.)~ Ya tiene vuecencia aquí a su amigo

D. Carmelo.

ESCENA IX

~EL CONDE, VENANCIO; EL CURA, hombrachón de buen año; de aventajadas

dimensiones, enormemente barrigudo, sin carecer por eso de cierta

agilidad y soltura de miembros. Su cara es arrebolada, su boca risueña,

su nariz como pico de garbanzo, sus ojos pillines. Usa gafas de un azul

muy claro, que se le corren sobre el caballete. Viene a palo seco, es

decir, sin balandrán, por ser buen tiempo. Es limpio, y la sarga de su

sotana, pulcra y reluciente, ciñe y modela sin arrugas la redondez del

abdomen, bien atacados todos los botoncitos que corren desde el cuello

hasta la panza. Usa gorro negro alto, con caída de fleco, y paraguas de

reglamento, que así le sirve para el sol como para la lluvia. Entra

en la casa y en la habitación presuroso metiendo bulla, y se dirige al

Conde con los brazos abiertos.~

EL CURA

¡Carísimo amigo y dueño, D. Rodrigo de mi alma!...

EL CONDE, ~abrazándole~.

¡_Pastor Curiambro_, ven a mis brazos!... Pero, hijo, ¡qué gordísimo

estás!... No me cabes... ¿ves? no me cabes... Me cuesta trabajo poner

en tu espalda las palmas de mis manos.

EL CURA

¡Qué sorpresa tan grata, qué alegría!

EL CONDE, ~tocándole~.

Pero, chico, ¿es tuyo todo esto? ¿Es esta tu barriga, o te has traído

por delante el púlpito de tu iglesia?

EL CURA, ~riendo~.

Es que en esta tierra, Sr. D. Rodrigo, de nada le sirve a uno hacer

penitencia.

EL CONDE

¿Penitencia tú? ¡Hombre, qué cosa tan rara!... En fin, siempre que des

gusto a tus feligreses...

VENANCIO, ~lisonjero~.

Tenemos un párroco que vale más que pesa.

EL CONDE

¿Y de salud, bravamente? Tu cara... ~(Observándole.)~ Pues, mira, te

veo, te veo bien. ¡Como eres tan grandón! ¡Ah!... me permitirás que te

tutee, a pesar del tiempo transcurrido.

EL CURA, ~con modestia suma~.

¡Señor Conde, por amor de Dios!...

EL CONDE, ~muy cariñoso~.

Bien, Carmelo; bien, _Pastor Curiambro_. Siéntate a mi lado. ¡Cómo

corren, ¡ay! cómo se escabullen los pícaros años! Tú... a ver si

acierto... andarás en los cincuenta.

EL CURA

Andaba en ellos... dos años ha.

VENANCIO

Como yo. Somos del mismo tiempo.

EL CONDE

No podía ser menos. Tenías veintiséis cuando...

EL CURA

Cuando murió mi padre. A la generosidad del señor Conde debí el poder

terminar mi carrera de Teología y Derecho.

EL CONDE, ~con natural delicadeza~.

Pues, mira tú, de eso no me acordaba.

EL CURA

¡Ah, yo sí!

EL CONDE

¿Te acuerdas de aquellas merendonas del Soto de Aguillón? Desde

entonces, te profeticé que serías _la première fourchette de l’Espagne_.

EL CURA, ~riendo~.

Era un tenedor tremendo, sí, sí...

EL CONDE

¿Y sigues con la higiénica costumbre de comer copiosamente, y de

digerir clavos?

EL CURA

Ya no soy ni sombra de lo que fui; pero todavía...

VENANCIO

Todavía... si el caso llega, no deja mal puesto el pabellón.

EL CONDE

¿Te acuerdas de cuando apostabas con Valentín, el escribano de Verola,

a quién comía más?

EL CURA, ~riendo a carcajadas~.

Y siempre le gané, siempre.

EL CONDE

Un día de vigilia... Venancio, no lo creerás, pero es verdad... le vi

comerse una langosta de este tamaño, entera y verdadera, detrás de un

arroz con pescado y marisco... y delante de docena y media de torrijas.

EL CURA

Esos tiempos pasaron.

VENANCIO

Pero hasta hace poco... yo recuerdo el día de la jira en Novoa... su

postre era un queso de bola, enterito.

EL CONDE

¡Lo que yo gozaba viéndole comer!

EL CURA

Me tranquiliza sobre ese punto la opinión de San Francisco de Sales,

que dice: «Lo que entra por la boca no daña al alma.»

EL CONDE

Y tenía razón.

ESCENA X

~DICHOS; GREGORIA, vestida para salir. Trae servicio de café.~

GREGORIA

Aunque el señor no lo ha pedido, como sé que le gusta tanto el café...

~(Lo pone en la mesa.)~

EL CONDE

¡Oh, qué bien!... Tu previsión, hija mía, es muy de alabar. Carmelo, te

sirvo...

GREGORIA

Las señoritas están concluyendo de arreglarse. En seguida nos iremos.

EL CONDE

Que no se entretengan; ya será hora. ~(Al Cura, sirviéndole azúcar.)~ A

ti te gusta dulzón, si no recuerdo mal.

EL CURA

¡Qué memoria tiene usted!

EL CONDE

No siendo para los favores que me hacen, también la pierdo, como la

vista.

GREGORIA

¿Se le ofrece algo más al señor?

EL CONDE

No... Gracias. ~(Vase Gregoria.)~

EL CURA, ~paladeando el café~.

¿Y qué?... Señor Conde, ¿qué le parecen a usted sus nietecitas? ¿No las

había visto después de su regreso de América?

EL CONDE

No.

EL CURA

Son angelicales... ¡Y qué lindas, qué graciosas! Se le meten a uno en

el corazón... Verlas, tratarlas y no quererlas, es imposible. ~(El

Conde, ensimismado, calla. Durante la pausa, D. Carmelo le observa.)~

Dios ha hecho en ellas una parejita encantadora, para regocijo y

orgullo de su madre... y de usted.

EL CONDE, ~como volviendo en sí~.

¿Decías?... ¡Ah! Sí, son hechiceras las chiquillas.

EL CURA, ~queriendo sonsacarle el motivo de su estancia en Jerusa~.

Comprendo la impaciencia de usted por verlas. Al santo anhelo de

conocer a sus nietas y abrazarlas, debemos el honor de tenerle en

Jerusa...

EL CONDE

Yo he venido a Jerusa, principalmente, por... ~(A Venancio, con

autoridad, pero sin altanería.)~ Tú...

VENANCIO

¿Señor?...

EL CONDE

Haz el favor de dejarnos solos.

~(Vase Venancio.)~

ESCENA XI

EL CONDE, EL CURA

EL CURA

Ya me dijo Senén que la Condesa y usted se habían citado aquí... ~(Su

solapada curiosidad quiere apoderarse del pensamiento del Conde,

tomándole las vueltas.)~ Aquí pueden ventilar con toda calma las

cuestiones de intereses... ~(Pausa. El Conde no dice nada.)~ O las

cuestiones de otra índole, cualesquiera que sean.

EL CONDE

Volviendo a las niñas, te diré, querido Carmelo, que han producido en

mi alma una impresión hondísima.

EL CURA

¿De alegría?...

EL CONDE

Sí... Estas alegrías pronto las convierto yo en intensísima tristeza,

agobiado como me veo por crueles desgracias, perseguido de pensamientos

revoltosos, obra de esta fiebre de análisis que traen consigo la

experiencia del mal, el excesivo tesón de mi carácter, los años, la

ceguera misma... Figúrome que no me entiendes, mi buen Carmelo, y has

de permitirme que por ahora no te diga más.

EL CURA

Francamente, me he quedado en ayunas.

EL CONDE, ~con humorismo~.

¿En ayunas tú?... No lo creo.

EL CURA

¿Tienen algo que ver esas tristezas, que sin duda son nerviosas, con el

porvenir de las señoritas?

EL CONDE, ~rehuyendo entrar en el asunto~.

No sé... Déjame que te diga otra cosa. Mi primera impresión al verlas

y oírlas, fue... claro que fue excelente, de gran regocijo y orgullo,

como has dicho. Creí notar una perfecta consonancia, igualdad más

bien, en el timbre de sus voces. Como no veo bien, sus rostros me han

parecido como dos reproducciones exactas de un mismo tipo. ¿Serán, por

ventura, iguales también sus caracteres, sus almas?

EL CURA, ~después de un ratito de perplejidad~.

¡Oh, no, Sr. D. Rodrigo! Ni son iguales sus voces, ni sus caras, ni

menos sus caracteres.

EL CONDE, ~con gran interés~.

Pues siendo distintas, la una será forzosamente mejor que la otra.

Dime, tú que las has tratado y visto bien, ¿cuál de las dos es la más

inteligente; cuál la de corazón más puro, recto y generoso?...

EL CURA

Difícil es, a fe mía, la respuesta. Ambas son buenas, dóciles,

inteligentes, de corazón hermoso y nobilísimo... algo traviesas, eso

sí; pero observantes de la ley del pudor, muy firmes en los principios

elementales, temerosas de Dios...

EL CONDE

Todo eso es lo que hay en ellas de común: comprendido. ¿Y qué las

diferencia?

EL CURA

Pues discrepan... Verá usted... Dolly toma la iniciativa en las

travesuras; Nell parece más inclinadita a las cosas graves, más

previsora... Dolly es una imaginación viva, una voluntad impetuosa;

Nell, una naturaleza reflexiva, más fija y constante que la otra en

sus aficiones; Dolly, divagando, muestra pasmosas aptitudes para la

vida práctica; Nell, haciendo diabluras, nos deslumbra con destellos

de asombrosa inteligencia... ¿Pero qué he de decirle yo al señor D.

Rodrigo, si en cuanto las trate familiar y diariamente, usted ha de

conocerlas y diferenciarlas mejor que nadie?

EL CONDE, ~dejándose llevar de su sinceridad~.

De eso trato; a eso he venido.

EL CURA

¿Ha venido a...?

EL CONDE

A estudiarlas, a intentar un análisis detenido de sus caracteres...

Las razones de esto no está bien que las sepas por ahora... ~(Variando

de tono.)~ Oye, Carmelo, ¿por qué no te quedas hoy a comer conmigo?

Gregoria no te tratará mal.

EL CURA

La conozco... y sé lo que vale. Pero sin perjuicio de tributar a

Gregoria en otra ocasión los honores debidos, hoy, lo que es hoy, señor

Conde de Albrit, se viene usted a mi casa, a hacer penitencia con _este

cura_.

EL CONDE

Acepto; sí, señor, acepto... ¿A qué hora?

EL CURA

A la una y media en punto.

ESCENA XII

El abuelo (Novela en cinco jornadas) · 第 2 / 16 段