Picas alto. Digan lo que quieran, chico, tú tienes mucho mér

NOTA DE TRANSCRIPCIÓN

* Las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas se han

convertido a MAYÚSCULAS. Las acotaciones escénicas aparecen entre

~virgulillas~.

* Los errores de imprenta han sido corregidos.

* La ortografía del texto original ha sido actualizada de acuerdo con

las normas publicadas en 2010 por la Real Academia Española.

* Las páginas en blanco han sido eliminadas.

* Se ha añadido un Índice al final del libro pese a que el original

impreso no lo incluye.

EL ABUELO

Es propiedad. Queda hecho

el depósito que marca la ley.

Serán furtivos los ejemplares

que no lleven el sello del

autor.

NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS

POR

B. PÉREZ GALDÓS

EL ABUELO

(NOVELA EN CINCO JORNADAS)

[Ilustración]

MADRID

EST. TIP. DE LA VIUDA E HIJOS DE TELLO

IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.

C. de San Francisco, 4

1897

A los lectores que con tanta indulgencia como constancia me favorecen,

debo manifestarles que en la composición de EL ABUELO he querido

halagar mi gusto y el de ellos, dando el mayor desarrollo posible,

por esta vez, al procedimiento dialogal, y contrayendo a proporciones

mínimas las formas descriptiva y narrativa. Creerán, sin duda, como

yo, que en esto de las formas artísticas o literarias _todo el monte

es orégano_, y que solo debemos poner mal ceño a lo que resultare

necio, inútil o fastidioso. Claro es que si de los pecados de

tontería o vulgaridad fuese yo, en esta o en otra ocasión, culpable,

sufriría resignado el desdén de los que me leen; pero al maldecir mi

inhabilidad, no creería que el camino es malo, sino que yo no sé andar

por él.

El sistema dialogal, adoptado ya en _Realidad_, nos da la forja

expedita y concreta de los caracteres. Estos se hacen, se componen,

imitan más fácilmente, digámoslo así, a los seres vivos, cuando

manifiestan su contextura moral con su propia palabra, y con ella,

como en la vida, nos dan el relieve más o menos hondo y firme de sus

acciones. La palabra del autor, narrando y describiendo, no tiene,

en términos generales, tanta eficacia, ni da tan directamente la

impresión de la verdad espiritual. Siempre es una referencia, algo

como la _Historia_, que nos cuenta los acontecimientos y nos traza

retratos y escenas. Con la virtud misteriosa del diálogo parece

que vemos y oímos sin mediación extraña el suceso y sus actores, y

nos olvidamos más fácilmente del artista oculto que nos ofrece una

ingeniosa imitación de la naturaleza. Por más que se diga, el artista

podrá estar más o menos oculto; pero no desaparece nunca, ni acaban de

esconderle los bastidores del retablo, por bien construidos que estén.

La impersonalidad del autor, preconizada hoy por algunos como sistema

artístico, no es más que un vano emblema de banderas literarias, que si

ondean triunfantes, es por la vigorosa personalidad de los capitanes

que en su mano las llevan.

El que compone un asunto y le da vida poética, así en la Novela como

en el Teatro, está presente siempre: presente en los arrebatos de la

lírica, presente en el relato de pasión o de análisis, presente en

el Teatro mismo. Su espíritu es el fundente indispensable para que

puedan entrar en el molde artístico los seres imaginados que remedan el

palpitar de la vida.

Aunque por su estructura y por la división en jornadas y escenas parece

EL ABUELO obra teatral, no he vacilado en llamarla novela, sin dar a

las denominaciones un valor absoluto, que en esto, como en todo lo

que pertenece al reino infinito del arte, lo más prudente es huir de

los encasillados, y de las clasificaciones catalogales de géneros y

formas. En toda novela en que los personajes hablan, late una obra

dramática. El Teatro no es más que la condensación y acopladura de todo

aquello que en la Novela moderna constituye acciones y caracteres.

El arte escénico, propiamente dicho, ha venido a encerrarse en nuestra

época (por extravíos o cansancios del público, y aun por razones

sociales y económicas que darían materia para un largo estudio)

dentro de un módulo tan estrecho y pobre, que las obras capitales de

los grandes dramáticos nos parecen _novelas habladas_. Saltando de

nuestras pequeñeces a los grandes ejemplos, pregunto: el _Ricardo III_

de Shakespeare, colosal cuadro de la vida y las pasiones humanas,

¿puede ser hoy considerado como obra teatral _práctica_? Hace un siglo

lo representaba Garrick íntegramente, y existía un público capaz de

entenderlo, de sentirlo, y de asimilarse su intensísima savia poética.

Hoy aquella y otras obras inmortales pertenecen al teatro ideal,

leído, sin _ejecución_; arte que por la muchedumbre y variedad de sus

inflexiones, por su intensidad pasional, en un grado que no resiste lo

que llamamos público (mil señoras y mil caballeros sentaditos en una

sala), difícilmente admite intermediario entre el ingenio creador y el

ingenio leyente, que ambos creo han de ser ingenios para que resulte la

emoción y el gusto fino de la belleza.

Que me diga también el que lo sepa si la _Celestina_ es novela o drama.

_Tragicomedia_ la llamó su autor; _drama de lectura_ es realmente, y,

sin duda, la más grande y bella de las novelas habladas. Resulta que

los nombres existentes nada significan, y en literatura la variedad

de formas se sobrepondrá siempre a las nomenclaturas que hacen a su

capricho los retóricos. Solo tengo que decir ya a mis buenos amigos,

que sin cuidarse de _cómo se llama_ esta obra, humilde ensayo de

una forma que creo muy apropiada a nuestra época, tan gustosa de lo

sintético y ejecutivo, la acojan con benevolencia.

B. P. G.

EL ABUELO

DRAMATIS PERSONÆ

D. RODRIGO DE ARISTA-POTESTAD, CONDE DE ALBRIT, SEÑOR DE JERUSA Y DE

POLAN, etc., abuelo de

LEONOR (NELL), y

DOROTEA (DOLLY).

LUCRECIA, CONDESA DE LAÍN, madre de Nell y Dolly, y nuera del Conde.

SENÉN, criado que fue de la casa de Laín; después, empleado.

VENANCIO, antiguo colono de la Pardina; actualmente propietario.

GREGORIA, su mujer.

EL CURA DE JERUSA (D. Carmelo).

EL MÉDICO (D. Salvador Angulo).

EL ALCALDE (D. José M. Monedero).

LA ALCALDESA (Vicenta).

D. PÍO CORONADO, preceptor de las niñas Nell y Dolly.

CONSUELO, viuda rica, chismosa.

LA MARQUEZA, viuda campesina, pobre.

EL PRIOR DE LOS JERÓNIMOS (Padre Maroto).

~La acción se supone en la villa de _Jerusa_ y sus alrededores; las

principales escenas en la _Pardina_, granja que perteneció a los

Estados de Laín. Careciendo esta obra de colorido local, no tienen

determinación geográfica el país ni el mar que lo baña. Todos los

nombres de pueblos y lugares son imaginarios. Época contemporánea.~

JORNADA PRIMERA

ESCENA PRIMERA

~Terraza en la _Pardina_. A la derecha, la casa; al fondo, frondosa

arboleda de frutales; a lo lejos, el mar.~

~GREGORIA, junto a una mesa de piedra, desgranando judías en la falda;

VENANCIO, que viene por la huerta y se entretiene con un criado,

observando los frutales. En la mesa una cesta de hortalizas.~

GREGORIA

¡Eh... Venancio!... Que estoy aquí.

VENANCIO

Voy... Más de cincuenta _duquesas_ se han caído con el ventoleo de

anoche.

GREGORIA

¡Anda con Dios!... Deja las peras, y ven a contarme... ¿Es verdad

que...?

~(Entra _Venancio_, respirando fuerte, y limpiándose el sudor de la

cabeza, trasquilada al rape. Gregoria espera impaciente la respuesta.~

~Son marido y mujer, de más de cincuenta años, ambos regordetes y

de talla corta, de cariz saludable, coloración sanguínea y mirar

inexpresivo. Pertenecen a la clase ordinaria, que ha sabido ganar

con paciencia, sordidez y astucia una holgada posición, y descansa

en la indiferencia pasional, y en la santa ignorancia de los grandes

problemas de la vida. El rostro de ella es como una manzana, y el de

él como pera, de las de piel empañada y pecosa. No tienen hijos, y

cansados de desearlos principian a alegrarse de que no hayan querido

nacer. Se aman por rutina, y apenas se dan cuenta de su felicidad,

que es un bienestar amasado en la sosería metódica y sin accidentes.

Gruñen a veces, y rezongan por contrariedades menudas que alteran la

normalidad de reloj de sus plácidas existencias. En edad madura viven

donde han nacido, y son propietarios donde fueron colonos. Su única

ambición es vivir, seguir viviendo, sin que ninguna piedrecilla estorbe

el manso correr de la onda vital. El hoy es para ellos la serie de

actos que tiene por objeto producir un mañana enteramente igual al

ayer. Visten el traje corriente y general, así en pueblos como en

ciudades, muy apañaditos, limpios, modestos. Gregoria es hacendosa,

guisandera excelente, tocada del fanatismo económico, lo mismo que su

marido. Este entiende de labranza y horticultura, de caza y pesca,

de algunas industrias agrícolas, y no es lerdo en jurisprudencia

hipotecaria, ni en todo lo tocante a propiedad, arrendamientos,

servidumbres, etc. Para entrambos la Naturaleza es una contratista

puntual, y una despensera honrada, como ellos prosaica, avarienta,

guardadora.)~

VENANCIO

¡Brrr...!

GREGORIA

Pero, hombre, sácame de dudas. ¿Es cierto lo que han dicho? ¿Tendremos

tarasca?

VENANCIO

Sí. ¿Has visto tú alguna vez que falle una mala noticia?

GREGORIA, ~suspensa~.

¿Y cuándo llega la señora Condesa?

VENANCIO

Hoy... Pero no te apures: se alojará en casa del señor Alcalde.

GREGORIA

Menos mal. ~(Volviendo a desgranar.)~ Pues otra... Si llega también el

señor Conde, se juntarán aquí el agua y el fuego.

VENANCIO

Se pelearán, hoy como ayer... Suegro y nuera rabian de verse juntos.

Si no quedaran de uno y otro más que los rabos, ¡qué alegría!... Por

supuesto, al señor Conde habremos de alojarle.

GREGORIA

¿Qué duda tiene? No faltaba más... Yo digo: ¿vienen y se topan aquí

por casualidad... o es que se dan cita para tratar de asuntos de la

casa?... porque de resultas de la muerte del Condesito habrá enredos...

VENANCIO

¿Yo que sé? La Condesa Lucrecia vendrá, como siempre, a dar un vistazo

a sus hijas.

GREGORIA

Y a pagarnos la anualidad vencida por el cuidado, manutención y

servicio de las dos señoritas que puso a nuestro cargo... ¡Ah,

ruin pécora...! Las tiene en este destierro para poder zancajear y

divertirse sola por esos Parises y esas Ingalaterras de Dios... o del

diablo... ¡Tunanta! Lo que yo te digo, Venancio: comprendo que su

suegro, el señor Conde de Albrit, que es el primer caballero de España,

¡y que lo digan! le tenga tan mala voluntad a esa condenada extranjera,

de quien se enamoró como un tontaina su hijo (que esté en gloria)... Lo

que no me cabe en la cabeza es que parezca por aquí, si sabe que ha de

hocicar con ella... O será que lo ignora... ¿Qué piensas, hombre?

VENANCIO, ~revolviendo en la cesta de hortalizas~.

Pronto hemos de ver si vienen a posta los dos, o si la casualidad les

hace empalmar en Jerusa... ¡Y que no traerán ella y él las uñas bien

afiladas!... Créetelo... hemos de ver por tierra mechones de barbas

blancas o de pelos rubios, y tiras de pellejo... porque si el Conde D.

Rodrigo quiere a su hija política como a un dolor de muelas, ella en la

misma moneda le paga.

GREGORIA

Yo digo lo que tú: el pobre D. Rodrigo viene a que le demos de comer.

VENANCIO

Así lo pensé cuando supe su viaje.

GREGORIA

Es cosa averiguada que no ha traído de América el polvo amarillo que

fue a buscar.

VENANCIO

Ha traído el día y la noche. Cuando embarcó para allá, había

desperdigado toda su fortuna... Esperaba recoger otra, que le ofreció

el Gobierno del Perú por las minas de oro que allá tuvo su abuelo, el

que fue Virrey... Pero no le dieron más que sofoquinas, y ha vuelto

pobre como las ratas, enfermo y casi ciego, sin más cargamento que el

de los años, que ya pasan de los setenta... Luego, se le muere el hijo,

en quien adoraba...

GREGORIA

¡Infeliz señor!... Venancio, tenemos que ampararle.

VENANCIO

Sí, sí, no salgan diciendo que no es uno cristiano. ¡Quién lo había

de pensar!... ¡Nosotros, Gregoria, dando de comer al Conde de Albrit,

el grande, el poderoso, con una cáfila de reyes y príncipes en su

parentela, el que no hace veinte años todavía era dueño de los términos

de Laín, Jerusa y Polan!... Díganme luego que no da vueltas el mundo...

GREGORIA, ~acentuando con un manojo de judías~.

¿Oyes lo que te digo? Que tenemos que ampararle. Es nuestro deber.

VENANCIO, ~filosofando con un tomate que coge de la cesta~.

¡Qué caídas y tropezones, Gregoria; qué caer los de arriba, y qué

empinarse los de abajo!... Claro, le ampararemos, le socorreremos.

Ha sido nuestro señor, nuestro amo; en su casa hemos comido, hemos

trabajado... Con las migajas de su mesa hemos ido amasando nuestro

pasar. ~(Levántase con aire de protección.)~ Pues, sí: hay aquí

cristianismo, delicadeza... ~(Coge otro tomate y admira su belleza

y tamaño.)~ Estos son tomates, Gregoria... Que venga el Cura

refregándonos los suyos por las narices... Pues, sí, mujer: me da

lástima del buen D. Rodrigo.

GREGORIA, ~contestando a la apología del tomate~.

Pero las judías no granaron bien. ~(Mostrándolas.)~ Mira esto...

También a mí me aflige ver tan caidito al señor Conde... Parece

castigo... y si no castigo, enseñanza.

VENANCIO

Castigo, has dicho bien. Todo ello por no ser económico, y no pensar

más que en darse la gran vida, sin mirar al día de mañana. Ahí tienes

el caso, Gregoria, y pónselo delante a los que le critican a uno por

la economía. En fiestas y viajes, en caballos y trenes, en convitazos

y otras mil vanidades, se le escurrieron al señor los bienes de la

casa de Albrit, y parte de los de Laín, que eran de su madre. La casa

venía empeñada de atrás, pues dicen las historias que ningún Conde de

Albrit supo arreglarse. Mira por dónde las culpas de todos las paga

este desdichado. Ya ves, después que le dejan en cueros los acreedores,

le falla el negocio de América; luego le quita Dios el hijo, y se

encuentra mi hombre al fin de la vida, miserable, enfermo, sin ningún

cariño... Es triste, ¿verdad?

GREGORIA

Ahora caigo en que viene a ver a sus nietas: sí, Venancio, anda en

busca de un querer que dé consuelo a su alma solitaria...

VENANCIO, ~cogiendo de la cesta una berenjena~.

Puede ser... ¿Y qué tienes que decir de estas berenjenas?

GREGORIA

No son malas... Lo que digo es que al señor Conde le atrae el

calorcillo de la familia.

VENANCIO

Pero ya verás: mi D. Rodrigo, buscando el agasajo, mete la mano en el

nidal, y toca una cosa fría que resbala... ¡Ay! Es el culebrón de la

madre, es la extranjera, la mala sombra de la familia, pues desde que

el Conde D. Rafael casó con esa berganta, la casa empezó a hundirse...

~(Poniendo en el cesto la berenjena con que acciona.)~ En fin, que

en tomates y berenjenas no hay quien nos tosa... pero no sabemos qué

vientos echan para acá al señor Conde de Albrit.

GREGORIA

Él nos lo dirá. Y si se lo calla, no callarán sus hechos. ~(Dando por

terminada su tarea, y pasando de la falda a un cesto las judías.)~

No te descuides, Gregoria; que venga por lo que venga, tienes que

prepararle una buena mesa... Ya es un respiro que la extranjera no se

nos meta en casa.

VENANCIO

Y aunque viniera... Nunca está más de dos días o tres. Jerusa es muy

chica; y esa necesita tierra ancha para zancajear a gusto.

GREGORIA, ~asaltada de una idea~.

¡Ay, Venancio de mi alma, lo que se me ocurre! ¡No haber caído en ello

ni tú ni yo! ¿Apostamos a que Doña Lucrecia viene a llevarse sus niñas?

VENANCIO, ~permaneciendo largo rato con la boca abierta~.

Puede que aciertes... Ya son grandecitas... mujercitas ya. Pues, mira,

nos fastidia...

GREGORIA

¡Hijo de mi alma, cuándo nos caerá otra breva como esta!

VENANCIO, ~paseándose meditabundo~.

No es mucho lo que nos pasa cada trimestre por cuidarlas y mantenerlas;

pero algo es algo: rentita puntual, saneada... No, no: verás como no se

las lleva.

GREGORIA

Ea, no nos devanemos los sesos por adivinar hoy lo que sabremos mañana.

~(Dispónese a pasar a la casa.)~

VENANCIO

¿Sabes tú quién nos lo va a decir? Pues Senén. Desde ayer está aquí.

GREGORIA

¿Senén?... ¿El de la Coscoja?... Sí: las niñas me dijeron que le habían

visto, y que está hecho un caballero.

VENANCIO

Empleado público, funcionario, como quien dice, nada menos que en las

oficinas de Hacienda de Durante[1]. Fue criado de la Condesa, que en

premio de sus buenos servicios le ha dado credenciales, ascensos; en

fin, que de un gaznápiro ha hecho un hombre.

[1] La capital de la provincia.

GREGORIA

Le protege, según dicen, porque le servía de correveidile y de

tapa-enredos en sus...

VENANCIO

Chist... Cuidado... puede llegar... Le espero. Ha quedado en traerme

noticias.

GREGORIA, ~bajando la voz~.

De tapadera en sus trapisondas amorosas... Ello es que siempre que nos

visita la señora, recala Senén, y no la deja vivir con su pordioseo

impertinente: que si la recomendación; que si la tarjeta al Jefe; que

si la carta al Ministro, o al demonio coronado... Y como la tal Condesa

es persona de grandes influencias, y trae a los personajes de allá

cogidos por el morro...

VENANCIO

Senén es listo, se cuela por el ojo de una aguja. Pues me ha contado

que doña Lucrecia salió de Madrid el 12, y que de aquí irá a visitar a

los señores de Donesteve en sus posesiones de Verola. Todo lo sabe el

indino. Él es quien ha dicho al Alcalde que la señora llega hoy, y...

¡Ah, pues se me olvidaba lo mejor! Le harán un gran recibimiento, por

los grandes beneficios y mejoras que Jerusa le debe.

GREGORIA

¡Festejos! ¡Y aquí no sabíamos nada!... Y de esta visita del Conde,

¿tenía Senén conocimiento?

VENANCIO

¡Pues no! Como que se le han respingado las narices de tanto olfatear,

de tanto meterlas en todos los secreticos de la casa en que sirvió

antes de andar en oficinas. Se cartea con marmitones y cocheros de la

casa de Laín, y allí no vuela una mosca sin que él lo sepa.

GREGORIA, ~alegre~.

Pues ese, ese pachón de vidas ajenas nos ha de sacar de dudas.

VENANCIO

Ya tarda... Me dijo que a las diez. Ha ido a telegrafiar al jefe de la

estación de Laín, y al Alcalde de Polan...

GREGORIA, ~mirando a la huerta~.

Me parece que está ahí... Alguien anda por la huerta llamándote.

VENANCIO

Él es... ~(Llama.)~ ¡Senén, Senén, chicooo...!

ESCENA II

~GREGORIA, VENANCIO; SENÉN, de veintiocho años, más bien más que menos,

vestido a la moda, con afectada elegancia de plebeyo que ha querido

cambiar rápidamente y sin estudio la grosería por las buenas formas.

Su estatura es corta; sus facciones aniñadas, bonitas en detalle, pero

formando un conjunto ferozmente antipático. Pelito rizado; chapas

carminosas en las mejillas; bigote rubio retorcido en sortijilla. Lucha

por su existencia en el terreno de la intriga, olfateando las ocasiones

ventajosas, y utilizando la protección y gratitud de las personas a

quienes ha prestado servicios de ínfima calidad, sobre los cuales

guarda cuidadoso secreto. Ya no se acuerda de cuando andaba descalzo

y harapiento por las mal empedradas calles de Jerusa. Nacido de la

_Coscoja_, viuda pobre, que adormecía sus penas emborrachándose, Senén

vivió de la caridad pública hasta que fue recogido por los Condes de

Laín, que lo pusieron a la escuela, y después le tomaron a su servicio.

Fue pinche de cocina, escribiente, ayuda de cámara, hasta que su

agudeza, reforzada por ardiente ambición de dinero, le emancipó de la

servidumbre. En diversos trabajos y granjerías, hubo de probar fortuna:

viajante de comercio, corredor de vinos, administrador de periódicos, y

por fin la Condesa le abrió los espacios de la Administración pública

con un destinillo de Hacienda, al que siguieron ascensos, comisiones y

otras gangas. Compensa la cortedad de su inteligencia con su constancia

y sagacidad en la adulación, su olfato de las oportunidades, y su arte

para el pordioseo de recomendaciones. Su egoísmo toma más bien formas

solapadas que brutales, y para disimularlo, el instinto, más que la

voluntad, le sugiere la economía, y todo el ahorro compatible con el

lucimiento y afeite de su persona. Guarda su dinero, y se apropia

todo lo que sin peligro puede apropiarse. En lo que no es ostensible,

o sea en el comer, gasta lo indispensable, reservando casi todo su

peculio para el _coram vobis_. Su vicio es la buena ropa, y su pasión

las alhajas; lleva constantemente tres sortijas de piedras finas en el

meñique de la mano izquierda, y al llegar a Jerusa ha sacado a relucir

un alfiler de corbata, que es ¡ay! la desazón de sus compatriotas de

ambos sexos.~

SENÉN

Allá voy. Estaba mirando las peras... ~(Entra en la terraza.)~ Hola,

Gregoria; usted siempre tan famosa.

GREGORIA

¡Y tú qué guapo... y qué bien hueles, condenado! Estás hecho un

príncipe.

SENÉN

Hay que pintarla un poquillo, Gregoria. Es uno esclavo de la posición.

VENANCIO, ~impaciente~.

Vengan pronto esas noticias.

SENÉN

La Condesa llegará a Laín en el tren de las doce y cinco. He tenido

un parte. ~(Mostrándolo.)~ Se lo he llevado al Alcalde, que no estaba

seguro de la hora de llegada.

GREGORIA

Y D. José irá a esperarla en su coche.

VENANCIO

Claro.

SENÉN, ~sentándose con indolencia. (Se cuida mucho de emplear un

lenguaje muy fino.)~

Y el Municipio ¡oh! le prepara un gran recibimiento, una ovación

entusiasta.

GREGORIA

¡A tu ama!

SENÉN

A la que fue mi ama. ¡Estaría bueno que no se hicieran los honores

debidos a la ilustre señora, por cuya influencia ha obtenido Jerusa

la estación telegráfica, la carretera de Forbes, amén de las dos

condonaciones!

GREGORIA

Puede que, si hay festejos, tengamos aquí a Doña Lucrecia más tiempo

del que acostumbra.

SENÉN

Creo que no; está invitada a pasar unos días en Verola con los señores

de Donesteve.

VENANCIO

¿Y del Conde qué me dices?

SENÉN

Que Su Excelencia debió llegar a Laín anoche, o esta mañana en el

primer tren. De modo que no me explico... digo que no me explico, mi

querido Venancio, que no le tengas ya en tu casa.

GREGORIA

De fijo habrá ido a Polan a visitar el sepulcro de su esposa, la

Condesa Adelaida.

VENANCIO

Bueno, Senén. Tú que todo lo sabes... naturalmente, has vivido en la

intimidad de la familia, conoces sus costumbres, la manera de pensar de

cada uno, sus discordias y zaragatas, dinos... ¿D. Rodrigo y su nuera

se encontrarán aquí por casualidad, o es que...?

SENÉN, ~seguro, dándose importancia.~

No: se han dado cita en Jerusa.

GREGORIA

¿Cómo es eso? ¿Y para qué se citan los que se aborrecen? ¿Qué hacen?

SENÉN

Lo contrario de lo que hacen los que se aman. Los amantes se acarician;

estos se muerden.

VENANCIO

Vamos, es al modo de un desafío... Dicen: «en tal parte, a tal hora,

nos juntamos para rompernos el bautismo.»

GREGORIA

Será que el señor Conde, que no ha visto a su nuera desde que él

embarcó para el Perú, querrá ajustar con ella alguna cuenta...

VENANCIO

De interés, o de cosas tocantes al honor de la familia, pues para nadie

es un secreto... no te enfades, Senenillo... que tu protectora la

señora Condesa... En fin, no está bien que yo repita...

SENÉN

Sí, que el repetir es cosa fea. ¿Qué les importa a ustedes, ni qué me

importa a mí, que el señor Conde de Albrit y su nuera la Condesa viuda

de Laín se peleen, se arañen y se tiren de los pelos por un pedacito

así de honra, o por un pedazo grande...? pongamos que es un pedazo de

honra tan grande como esta casa.

VENANCIO

Tiene razón Senén. _Haiga_ virtud o no la _haiga_, nada nos dan ni nada

nos quitan.

SENÉN

Yo no sé sino que el viejo Albrit, que hasta ahora, desde la muerte de

su hijo, no se ha movido de Valencia, escribió a la Condesa...

VENANCIO, ~riendo~.

Pidiéndole dinero.

SENÉN

Hombre, no: le proponía una entrevista para tratar de asuntos graves...

GREGORIA

De asuntos de familia. Y como la Condesa no quiere altercados en

Madrid, porque allí puede haber escándalo, y se entera todo el mundo,

y hasta lo sacan los papeles, le ha citado en este rincón de Jerusa,

donde solo vivimos cuatro papanatas, y si hay zipizape aquí se queda, y

la ropa sucia, en casita se lava. ¿Qué tal, señor cortesano, entiendo

yo a mi gente?

VENANCIO

Dí que no es lista mi mujer.

SENÉN, ~risueño y galante.~

Sabe griego y latín. ¡Vaya un talento! Y para acabar de granjearse mi

estimación, me va a traer un vasito de cerveza. Estoy abrasado.

GREGORIA

Ahora mismo: hubiéraslo dicho antes. ~(Entra en la casa, llevándose las

hortalizas.)~

VENANCIO

Y tú, rey de las hormigas, ¿qué pretendes ahora de tu ama? ¿Otro

ascenso, una plaza mejor?

SENÉN

Quiero adelantar, salir de esta miseria de la nómina, del triste jornal

que el Gobierno nos da por aburrirnos, y aburrir al país que paga.

VENANCIO

Picas alto. Digan lo que quieran, chico, tú tienes mucho mérito. Yo te

vi salir del lodo.

SENÉN

Y me verás subir, subir... El lodo, créeme, es un gran trampolín para

dar el salto.

~GREGORIA, que vuelve con la cerveza y copas, y les sirve.~

Dime, Senenillo, ¿y para tus medros, no te agarras también a los

faldones del señor Conde?

SENÉN

Albrit no tiene una peseta, y nadie le hace caso ya.

VENANCIO

Ese roble ya no da sombra, y solo sirve para leña.

~GREGORIA, que sentándose entre los dos bebedores de cerveza, acaricia

a Senén.~

Vamos a ver, hijo, ¿por qué no nos cuentas el por qué y el cómo de que

tan mal se quieran la Condesa viuda y el abuelo? Tú lo sabes todo.

VENANCIO

Vaya si lo sabe; pero no muerde el gozque a quien le da de comer.

~(Senén paladea la cerveza, dándose aires de madrileño, y calla.)~

GREGORIA

Ya lo ves: callado como un besugo. Dinos otra cosa. Será cuento todo

eso que se dice de tu señora... Es cuento, ¿verdad?

SENÉN, ~enfático.~

Me permitiréis, queridos amigos, que no hable mal de mi bienhechora.

Os diré tan solo que es un corazón tierno, y una voluntad generosa y

franca hasta dejárselo de sobra. No le pidáis gazmoñerías, eso no. Es

mujer de muchísimo desahogo... Compadece a los desgraciados y consuela

a los afligidos. Y como persona de instrucción, no hay otra: habla

cuatro lenguas, y en todas ellas sabe decir cosas que encantan y

enamoran.

VENANCIO

Todas esas lenguas, y más que supiera, no bastan para contar los

horrores que acerca de ella corren en castellano neto.

SENÉN, ~endilgando sabidurías que aprendió en los cafés.~

¡Horrores!... No hagáis caso. La honradez y la no honradez, señores

míos, son cosas tan elásticas, que cada país y cada civilización...

cada civilización, digo, las aprecia de distinto modo. Pretendéis

que la moralidad sea la misma en los pueblos patriarcales, digamos

primitivos, como esta pobre Jerusa, y en los _grandes centros_...

¿Habéis vivido vosotros en los _grandes centros_?

VENANCIO

Ni falta.

SENÉN

Pues en los _grandes centros_ veríais otro mundo, otras ideas, otra

moralidad. La Condesa Lucrecia no es una mujer; es una dama, una gran

señora. ¿Qué? ¿Que le gusta divertirse? Cierto que sí; se divierte por

la noche, por la mañana y por la tarde... No, no me saquéis el Cristo

de la moralidad. Yo os digo, y lo pruebo, que es cosa esencial en las

sociedades que las damas se diviertan, porque del divertirse damas y

galanes viene el lujo, que es cosa muy buena... ~(Riendo del asombro de

sus interlocutores.)~ Ya... papanatas; creéis que es malo el lujo...

Vivís en Babia. Pues os digo, y lo pruebo, que el lujo es lo que

sostiene la industria... la industria de los _grandes centros_, por la

cual y con la cual, lo pruebo, come todo el mundo. _Reasumiendo_: que

si hubiera moralidad, tal y como vosotros la entendéis, la gente no se

divertiría, y sin diversiones, no tendríamos lujo, y _por ende_, no

habría industrias: la mitad de los que hoy comen se morirían de hambre,

y la otra mitad mascarían tronchos de berzas.

VENANCIO

Vaya que eres parlanchín, y entiendes la aguja de marear.

GREGORIA, ~imitando, sin saberlo, a las brujas de Macbeth.~

¡Senén, tú serás ministro!

SENÉN

¿Ministro yo? No, no: mi ambición, como nacida del lodo, no quiere

viento, sino barro, barro substancioso que amasar. _Mis tendencias_ son

a lo positivo; _tiendo_ a ganar dinero, mucho dinero. No me conformo

con un sueldo más o menos cuantioso; ambiciono más, ambiciono el

trabajo libre...

GREGORIA

Manos libres, quieres decir.

VENANCIO. ~(Da un cigarro a Senén, y fuman los dos.)~

Lo que tú buscas, tunante, es una dote; andas a la husma de una rica

heredera.

GREGORIA

Por eso vistes tan elegantito, y te quitas el pan de la boca para

comprarte trapos... Por eso gastas anillos, y te echas esencia en el

pañuelo. Vaya, que hueles bien. ~(Oliéndole.)~ ¿Qué es eso? ¿Heliotropo?

SENÉN, ~reventando de fatuidad~.

Es mi perfume favorito... Pues no he pensado en casarme, y lo pruebo.

Claro, si se me presentase una buena ganga matrimonial, no la

desperdiciaría. Estamos a la que salta.

GREGORIA

Por un camino o por otro, has de ser rico.

VENANCIO

A trabajar, se ha dicho. En la corte hay mil maneras de afanar el

garbanzo.

GREGORIA

Allí donde hay bambolla, derroche, y donde los ricos por su casa

gastan, según dicen, más de lo que tienen, el pobre allegador,

económico y despabilado como tú, sabe encontrar piltrafa. Ahí tienes el

caso del señor Conde. Toda su riqueza se ha repartido entre muchos que

andaban quizás con los codos al aire.

VENANCIO

Prestamistas, curiales, cuervos y buitres, y todos los golosos de carne

muerta.

SENÉN, ~desdeñoso~.

Mal fin ha tenido el prócer. Vaya usted preparando, Gregoria, las

buenas calderadas de patatas, las sopitas de leche, para que se

acostumbre a la frugalidad, y olvide sus hábitos gastronómicos.

GREGORIA

No, no: lo que es hoy, al menos, si viene, tengo que prepararle una

buena comida.

VENANCIO

Como se entretenga en Polan y no coja el coche que ha salido de allí a

las diez, no vendrá hasta mañana.

SENÉN

_Me inclino a creer_ que le veremos venir en carreta, porque el buen

señor padece tal _tronitis_, que no tendrá para el coche.

GREGORIA

No exageres... Esos nobles arrumbados siempre guardan algo para sus

últimas, y también te digo que suelen encontrar algún tonto que les

alimente los vicios.

SENÉN

Albrit no tiene más vicios que la rabia de verse pobre, y el orgullo de

casta, que se le ha recrudecido con la pobreza.

GREGORIA, ~intranquila~.

Dime, Senén, ¿y al señor Conde no le dará la ventolera de quitarnos a

las niñas?

SENÉN

¿Para qué?... ¿Y a dónde las lleva?

VENANCIO

A un colegio de Francia.

SENÉN

No temáis perder esta ganga. El Conde no tiene con qué pagarles un buen

colegio, y la mamá no está por esos gastos, que _dejarían indotado_ su

presupuesto. Todo es poco para ella. Además, la presencia de las niñas

en sociedad junto a ella, la envejece. _Su obsesión_ es ser joven, o

parecerlo.

VENANCIO

Su... ¿qué has dicho? ¡Vaya unas palabras finas que te traes!

GREGORIA, ~incomodándose~.

Pero ya son creciditas, jinojo... Algún día tiene que presentarlas en

la corte, casarlas...

SENÉN

¿Casarlas? Dificilillo es... y lo pruebo.

GREGORIA

¿Cómo no, si son tan monas?

SENÉN

Les concedo el buen palmito. Pero cualquiera carga con ellas, educadas

en la ñoñería, con hábitos y maneras de pueblo, y, por añadidura,

pobres... porque la Condesa está dando aire a la fortuna, y cuando

toquen a liquidar, no habrá más que pagarés vencidos, cuentas no

liquidadas, y el diluvio... Ya lo dijo Luis XV ~(estropeando el

francés)~: _Apré muá, le diluch._

GREGORIA, ~incomodándose más~.

La madre será lo que quieran: una feróstica, una púa extranjera; pero

Dorotea y Leonor a ella no salen, digo que no salen... y lo pruebo

también.

VENANCIO

Son buenísimas, aunque algo traviesas; almas puras, ángeles de Dios,

como dice D. Carmelo.

GREGORIA

Créelo, Senén; las quiero como si fueran mis hijas, y el día que se las

lleven me ha de costar algunas lágrimas.

SENÉN, ~con impertinencia~.

¿Y de instrucción, qué tal?

VENANCIO

Poca cosa les enseña D. Pío, el maestro jubilado del pueblo. Sobre

que él sabe poco, no tiene carácter, y las chicas le han tomado por

monigote para divertirse.

GREGORIA

Todo el día se lo pasan enredando. Ya se ve: no están en su esfera,

como dice Angulo, nuestro médico.

VENANCIO, ~repitiendo una frase del Doctor~.

Su institutriz es la Naturaleza, su elegancia la libertad, su salón el

bosque. Bailan al compás de la mar con la orquesta del viento.

SENÉN, ~que se levanta, recordando con inquietud algo que había

olvidado~.

¡Buena la hemos hecho!

VENANCIO

¿Qué te pasa?

SENÉN

Que con tanto charlar se me olvidó el encargo del señor Alcalde.

GREGORIA

¿Para nosotros?

SENÉN

Sí... ¡qué cabeza! Pues que inmediatamente le llevéis las niñas, para

que la Condesa las vea en cuanto llegue.

VENANCIO

Es natural. Y comerán allí.

SENÉN

¿Están en casa?

GREGORIA

De paseo andan por el bosque. ~(Mirando hacia la izquierda.)~ No las

veo.

VENANCIO

Correteando, y de juego en juego, se habrán ido a media legua de

Jerusa.

SENÉN

¿Y las dejáis andar solas por el bosque?

GREGORIA

Solitas van. Todo el mundo las respeta.

VENANCIO

Hay que ir corriendo a buscarlas.

SENÉN

Si queréis, iré yo... ¿No saben todavía que hoy viene su mamá?

GREGORIA

No lo saben... ¡pobres hijas!

SENÉN

Pues yo se lo diré, y las traeré por delante, como un pavero de Navidad.

VENANCIO

Las encontrarás, de fijo, bosque arriba, en el sendero de Polan... Pero

mira, chico, no les hagas la corte. Verdad que sería inútil.

SENÉN, ~con ganas de irse pronto~.

¿La corte yo?... ¿Yo, _este cura_? ¡Señoritas que no viven en _su

elemento_ y reúnen todo lo malo, orgullo y pobreza...!

GREGORIA

Están verdes.

SENÉN

Que las madure quien quiera. ¿Decís que bosque adentro?...

VENANCIO

Vete, y tráelas pronto.

GREGORIA

Vivo... ~(Viéndole partir.)~ ¡Vaya un pájaro!

VENANCIO

¡Vaya un peje!

ESCENA III

~Bosque en las inmediaciones de Jerusa, formado de corpulentos robles,

hayas y encinas. Lo atraviesa un tortuoso sendero, donde se ven los

surcos trazados por los carros del país. Por el Norte, formidable

cantil de roca y conglomerado, en cuyos cimientos baten las olas del

mar; al Sur cierra el paisaje la espesura de la vegetación; hacia el

Oeste serpentea y se subdivide el sendero, atravesando algunas calvas y

espesos matorrales.~

~LEONOR y DOROTEA, niñas de quince y catorce años respectivamente,

lindas, graciosas, de tipo aristocrático, la tez bronceada por el

aire marino y el sol. Son negros sus ojos, rasgados, melancólicos;

negro también su cabello, peinado al descuido en moño alto. Se lo

adornan con flores silvestres, que van clavando en él como se clavan

los alfileres en un acerico. La diferencia de edad, un año y meses,

apenas en ellas se distingue, y por gemelas las tienen muchos, viendo

la semejanza de sus rostros, y la igualdad del talle y estatura. Son

ágiles, correntonas, traviesas; dos diablillos encantadores. Visten,

con sencillez graciosa y elegancia no aprendida, trajecitos claros,

cortados y cosidos en Jerusa. La modestia da más realce a su gentileza

vivaracha, y les imprime cierta gravedad dulce cuando están quietas.

Desde la niñez, su madre, irlandesa, las nombraba con los diminutivos

ingleses NELL y DOLLY, y estos nombres exóticos prevalecieron en Madrid

como en Jerusa. Las acompaña y juega y brinca con ellas un perrito

canelo, de pelo largo y fino, hocico muy inteligente, rabo que parece

un abanico. Atiende por _Capitán_.~

DOLLY

Estoy cansada; yo me siento. ~(Se recuesta en el tronco de un roble.)~

NELL

Estoy entumecida; yo quiero correr. ~(Disparándose en carrera circular,

vuelve al punto de partida.)~

DOLLY, ~mirando a la copa del árbol~.

¡Qué gusto poder subir, y posarse en una rama!... ¡Nell!

NELL

¿Qué quieres?

DOLLY

Decirte una cosa. ¿Qué te apuestas a que me subo a este árbol?

NELL

Te desgarrarás el vestido...

DOLLY

Lo coseré... sé coser tan bien como tú... ¿A que me subo?

NELL

No está bien. Nos tomarían por chiquillas de pueblo.

DOLLY, ~que suspendiéndose de una rama, se balancea~.

Pues ser chiquilla de pueblo o parecerlo, ¿crees tú que me importa

algo? Dime, Nell, ¿andarías tú descalza?

NELL

Yo no.

DOLLY

Yo sí... Y me reiría de los zapateros. ~(Viendo que Nell se sienta y

saca un librito.)~ ¿Qué haces?

NELL

Quiero repasar mi lección de Historia. Ya hemos corrido bastante;

estudiemos ahora un poquito. Acuérdate, Dolly: ayer, D. Pío te dijo que

no sabes jota de Historia antigua ni moderna, y en buenas formas te

llamó burra.

DOLLY

Burro él... Yo sé una cosa mejor que él: sé que no sé nada, y D. Pío no

sabe que no sabe ni pizca.

NELL

Eso es verdad... Pero debemos estudiar algo, aunque no sea más que por

ver la cara que pone el maestrillo cuando le respondemos bien. Es un

alma de Dios.

DOLLY

Mejor la pone cuando le damos alguna golosina, de las que guardamos

para _Capitán_.

NELL

Anda, ven; estudiemos un poquito. ¿Sabes que es un lío tremendo esto de

los Reyes godos?

DOLLY

El demonio cargue con ellos. Son ciento y la madre... y con unos

nombres que pican como las zarzas, cuando una quiere metérselos en la

memoria.

NELL

Ninguno tan antipático y majadero como este señor de Mauregato.

DOLLY

¡Valiente bruto!

NELL

Nada: que tenían que echarle cien doncellas por año para desenfadarle.

DOLLY

Para desengrasar, como dice D. Carmelo.

NELL

La verdad es que la Historia nos trae acá mil chismes y enredos que no

nos importan nada.

DOLLY. ~(Siéntase junto a su hermana. El perro se echa entre las dos.)~

Figúrate qué tendremos que ver nosotras con que hubiera un señor que se

llamaba Julio César, muy vivo de genio... Ni qué nos va ni nos viene

con que le matara otro caballero, cuyo nombre de pila era Bruto... ¿A

mí qué me cuenta usted, señora Historia?

NELL

Pero, hija, la ilustración... ¿A ti no te gustaría ser ilustrada?

DOLLY, ~acariciando al perrito~.

Ilústrate tú también, _Capitán_. La verdad: me carga la ilustración

desde que he visto que también se ha hecho ilustrado Senén. ¿Te

acuerdas de cuando estuvo aquí hace dos meses, creyendo que venía mamá?

NELL

Sí: a cada instante sacaba la Edad Media, y qué sé yo qué.

DOLLY

¡Qué tendremos nosotras que ver con las edades medias o partidas!... Y

el mejor día nos salen con que a Cleopatra le dolían las muelas.

NELL

O que a Doña Urraca le salieron sabañones.

DOLLY

Pero, en fin, nos ilustraremos algo, puesto que mamá, en todas sus

cartas, nos manda que aprendamos, que seamos aplicaditas.

NELL

Mamá nos idolatra; pero no nos lleva consigo. ~(Con tristeza.)~ ¿Por

qué será esto?

DOLLY

Porque, porque... Ya nos lo ha dicho. Como nos criamos tan raquíticas,

quiere que engordemos con los aires del campo. Ya sabe mamá lo que hace.

NELL

Mamá es muy buena. Pero que venga al campo con nosotras a robustecerse

también.

DOLLY

Tonta, ¿no le oíste decir que se espanta de engordar, y que lo que

quiere ahora es enflaquecer?

NELL

Gorda o flaca, mamá es guapísima.

DOLLY

Sí que lo es... Ya nos llevará consigo cuando seamos mayores. Yo no

tengo prisa.

NELL, ~rayando la tierra con su dedito~.

Como prisa, yo tampoco.

DOLLY

Me gusta el campo.

NELL

Y la soledad, ¡que me gusta!

DOLLY

En la soledad piensa una mejor que entre personas.

NELL

¡Y esta libertad...!

DOLLY, ~poniendo en dos patas al perrito~.

Yo te digo una cosa: creo que cuanto más salvajes, más felices somos.

NELL

Eso no: la civilización, Dolly...

DOLLY

Me carga la civilización desde que oigo hablar tanto de ella a nuestro

amigo el Alcalde, que se ha hecho rico y personaje fabricando fideos.

NELL, ~mordiendo el palo de una florecita~.

Salvaje no quiero yo ser... ni civilizada a estilo de D. José Monedero.

También te digo que dentro de la civilización puede existir la soledad

que tanto me agrada. ¿A ti no se te ha ocurrido alguna vez ser monjita?

DOLLY

¡Ay, no! Nunca he pensado en eso.

NELL

Yo sí, sobre todo cuando nos llevan a misa a las Dominicas. ¡Qué

iglesita más mona y más sosegada! Me figuro yo que de aquellas rejas

para dentro hay una paz, una tranquilidad...

DOLLY, ~recogiendo piedrecitas~.

La religión es cosa bonita... lo mejor entre lo bueno. El rezar

consuela... Pero eso de estar siempre rezando, siempre, siempre...

francamente, hija... Y metida entre rejas, como están las monjas, ni

ves árboles, ni ves flores...

NELL

Tonta, si tienen huertas y jardines...

DOLLY

Pero no ves el mar.

NELL

¡Bah!... Veo a Dios, que es más grande.

DOLLY

¡Si Dios está en todas partes! ¿Crees que no está también aquí, oyendo

todo lo que decimos?

NELL

Pero no le vemos ni le oímos nosotras.

DOLLY

Hay que mirar bien, Nell, y escuchar callandito.

~(Pausa. Las dos, silenciosas y un tanto sobrecogidas, exploran con

lento mirar el horizonte, mar y cielo, y la sombría espesura del

bosque.)~

NELL

¿Qué oyes?

DOLLY

Como un aliento muy grande. ¿Y tú, qué ves?

NELL

Como una mirada grandísima. ~(Otra pausa larga. Bruscamente, como quien

vuelve sobre sí, se incorpora.)~ Pero se nos va el tiempo charlando, y

no hemos estudiado ni una letra.

DOLLY

¡Está el día tan hermoso!

NELL

Salimos con ganas de leer. Tú dijiste que estudiaríamos en el campo

mejor que en casa.

DOLLY

Porque allí nos molestaban los berridos de Venancio.

NELL, ~repitiendo una frase de su maestro~.

¡Sus, valientes, y a los libros! ~(Dando a su hermana el manualito de

Historia.)~ Mira, lees en alta voz, y así nos enteramos las dos a un

tiempo.

DOLLY. ~(Toma el libro y levántase de un brinco.)~

Dame acá. ¿Sabes lo que se me ocurre? Que conviene que se instruyan

también los pájaros... Toda la ciencia no ha de ser para nosotras.

~(Lanzando el libro a los aires con fuerte impulso.)~

NELL

¿Qué haces, tonta? ~(El libro, abierto en el aire y dando al viento sus

hojas, describe una curva, y se detiene al fin en una rama de encina,

como pájaro que se posa.)~

DOLLY

Ya lo ves. ~(El perro se entrega al trajín inocente de cazar moscas.)~

NELL

¡Buena la has hecho! ¿Y cómo lo cogemos ahora?

DOLLY

De ninguna manera. Los pájaros se enterarán ahora de lo que hicieron D.

Alejandro Magno, el señor de Atila y el moro Muza.

NELL, ~riendo~.

¡Si a los pajaritos todo eso les tiene sin cuidado!

DOLLY

Como a mí.

NELL

¡Vaya un compromiso! ¡Si pasara por ahí un chiquillo que se subiera a

cogerlo!

DOLLY

Me subiré yo. ~(Disponiéndose a encaramarse en la encina.)~

NELL, ~tirándole de la falda~.

No, no, que te desnucas.

DOLLY

Espérate; le tiraré piedras a ver si se atonta y cae. ~(Hace lo que

dice.)~

NELL

Hay viento... Puede que vuele el libro.

DOLLY

¡Ay, no, que es muy pesado! ~(Tirando piedras.)~ A mí, bribón; baja,

ven acá... ~(El perro cree de su obligación ladrar fuertemente al libro

para que baje.)~

NELL, ~sintiendo pasos~.

Basta, Dolly. Viene gente... ¡Qué vergüenza! Te tomarán por una

desarrapada del pueblo.

DOLLY

¿Y qué me importa?

NELL

Que te estés quieta. ~(Mirando a lo largo del sendero.)~ Aquí viene un

señor, un hombre... por el camino que baja de Polan, ¿ves?... Mira.

~(Aparece por entre los robles el Conde de Albrit, con lento paso.)~

DOLLY

No le veo.

NELL

Mírale... Se ha parado al vernos, y allí le tienes como una estatua. No

nos quita los ojos...

ESCENA IV

~NELL y DOLLY.--D. RODRIGO DE ARISTA-POTESTAD, CONDE DE ALBRIT, MARQUÉS

DE LOS BAZTANES, SEÑOR DE JERUSA Y DE POLAN, GRANDE DE ESPAÑA, etc...

Es un hermoso y noble anciano, de luenga barba blanca y corpulenta

figura, ligeramente encorvado. Viste buena ropa de viaje, muy usada;

calza gruesos zapatones, y se apoya en garrote nudoso. Revela en su

empaque la desdichada ruina y acabamiento de una personalidad ilustre.~

NELL, ~observándole medrosa~.

Es un pobre viejo... ¿Por qué nos mira así? ¿Nos hará daño?

DOLLY

Parece el Santa Closs de los cuentos ingleses. Pero no trae saco a la

espalda.

NELL

¿Sabes que tengo miedo, Dolly?

DOLLY

Yo también. ¿Será un mendigo?

NELL

Si tuviéramos cuartos, se los daríamos... ¡Ay, no se mueve!...

DOLLY

Y ahora, en nosotras clava los ojos...

NELL, ~palideciendo~.

Parece que habla solo... ¡Qué miedo!

DOLLY, ~trémula~.

Y no pasa un alma. Si llamamos, nadie nos oirá.

NELL

No nos hará nada, creo yo.

DOLLY

Lo mejor es hablarle.

NELL

Háblale tú... Dile: «Señor mendigo...»

DOLLY

Mendigo no es. Parece más bien una persona decente mal trajeada.

~(Lánzase el perrillo con furiosos ladridos hacia el Conde.)~

NELL

_Capitán_, ven acá...

DOLLY

¡Ay, Nell, yo conozco esa cara!...

NELL

Y yo también. Yo le he visto en alguna parte... ¡Ay, ay! ~(Se juntan

las dos, como para protegerse mutuamente.)~ Ahora se adelanta... Nos

hace señas...

DOLLY

Parece que llora. ¡Pobre señor!...

EL CONDE, ~con voz grave, avanzando~.

Preciosas niñas, no me tengáis miedo. ¿Sois Leonor y Dorotea?

NELL

Sí, señor: así nos llamamos.

EL CONDE, ~llegándose a ellas~.

Pues abrazadme. Soy vuestro abuelo. ¿No me conocéis? ¡Ay! Han pasado

algunos años desde que me visteis por última vez. Erais entonces

chiquitinas, y tan monas... Me volvíais loco con vuestra gracia, con

vuestra donosura angelical... ~(Las abraza, las besa en la frente.)~

DOLLY

¡Abuelito!

NELL

Yo decía: le conozco.

DOLLY

Por el retrato te conocemos.

EL CONDE

Y yo a vosotras por la voz. No sé qué hay en el timbre de vuestras

vocecitas, que me remueve toda el alma. ¿Y como es que los dos sonidos

me parecen uno solo? Dejadme que os mire bien: ¿serán iguales vuestras

caritas como lo son vuestras voces?... No, no puedo veros bien, hijas

de mi alma. Estoy casi ciego. Vamos, sigamos hacia Jerusa. ~(_Capitán_

abre la marcha.)~

NELL

¡Qué sorpresa tan agradable, abuelito! Pues, mira, te tuvimos miedo.

EL CONDE

¿Miedo a mí, que os adoro?

DOLLY

Senén nos dijo anoche que venías; pero no creímos que llegaras tan

pronto.

NELL

¿Y cómo no has venido en el coche?

EL CONDE

Me molesta horriblemente el traqueteo de ese armatoste... y el venir

prensado entre personas groseras y estúpidas... No, no... He preferido

venirme a pie, sin más compañía que la de este palo, que me ha regalado

un pastor de mis tiempos, a quien encontré en Polan. ¡Figuraos si será

viejo el hombre! Era yo un niño, y él un mocetón como un castillo que

me llevaba a la pela por estos montes...

NELL

¿Pero vienes de Polan?

EL CONDE

Allí pasé la noche, en la cabaña de Martín Paz... Luego me he venido

pasito a paso por el filo del cantil, recordando mis tiempos. ¡Ah!

Todos los caminos y veredas de este país me conocen; conócenme las

breñas, las rocas, los árboles... Hasta los pájaros creo que son los

mismos de mi niñez... Esta hermosa Naturaleza fue mi nodriza. No

podréis comprender, niñas inocentes que empezáis a vivir, cuán grato,

y cuán triste al mismo tiempo, es para mí recorrer estos sitios, ni

cuánto padezco y gozo haciendo revivir a mi paso cosas y personas. Todo

lo que me rodea paréceme a mí que me ve y me reconoce... y que desde el

mar grande al insecto casi invisible, todo cuanto aquí vive, se queda

en suspenso... no sé cómo decirlo... se para y mira... para ver pasar

al desdichado Conde de Albrit. ~(Las dos niñas suspiran.)~

DOLLY

Apóyate en mi brazo, abuelito.

NELL

En el mío.

EL CONDE

En los dos... Una por cada lado. Así... Me lleváis como en volandas.

ESCENA V

~NELL y DOLLY; EL CONDE; SENÉN, que ha presenciado de lejos, oculto

tras un árbol, el encuentro del abuelo y sus nietas.~

SENÉN

¡Qué estropeado y qué caído está el viejo león de Albrit!... Hoy

por hoy, no me conviene malquistarme con él. Nunca se sabe de qué

cuadrante sopla la suerte. ~(Viendo avanzar el grupo, se adelanta

sombrero en mano.)~ Señor Conde, bien venido sea, mil veces bien

venido, a la tierra de sus mayores. ¡Qué hermosa figura hace Vuecencia

en medio de estos dos ángeles!

EL CONDE, ~parándose~.

¿Quién me habla?

NELL

Es Senén, papá.

DOLLY

¿No te acuerdas?

SENÉN

Senén Corchado, señor, el que fue... no me avergüenzo de decirlo...

criado del señor Conde de Laín.

EL CONDE

¡Ah, lacayo! ~(Con súbita cólera, requiriendo el garrote.)~ ¿Vienes a

que te dé dos palos?

SENÉN, ~retirándose~.

¡Señor...!

NELL

Abuelito, ¿qué haces?

DOLLY

¡Si es de casa, si es nuestro amigo!

EL CONDE, ~reportándose~.

Perdonadme, niñas queridas... he confundido sin duda... Y tú, Séneca,

Cenón, o como quiera que te llames, perdóname también... te he tomado

por otro. Pensé que eras tú el infame que se permitió decirme... Ven

acá, dame la mano. Tengo el genio poco sufrido...

SENÉN, ~dándole la mano~.

Siempre fue lo mismo Vuecencia.

EL CONDE

Luego, esta continua disminución de mi vista no me permite distinguir a

los bribones de las personas honradas. La ceguera me hace irascible...

¿Y qué tal? Ya recuerdo que me hablaron de ti: sé que estás hecho un

hombre.

SENÉN, ~con falsa humildad~.

Aunque me iba muy bien en casa del señor Conde de Laín, me dio por

abandonar la servidumbre y trabajar en cualquiera industria o negocio...

EL CONDE

Muy bien pensado. Así se hacen los hombres. ¿Y qué eres ahora?

¿Zapatero?

SENÉN

Señor, no.

NELL

Papá, si es empleado.

DOLLY

Empleado de Hacienda con tantos miles de sueldo.

EL CONDE

Vamos, que tú querías ganar dinero a todo trance... El dinero lo ganan,

Senén, todos aquellos que con paciencia y fina observación van detrás

de los que lo pierden: fíjate en esto.

SENÉN, ~inflándose~.

La señora Condesa me consiguió un destinito...

NELL

Mamá le ha protegido y le protege, porque es buen muchacho...

EL CONDE

La Condesa es una gran potencia. Nadie le niega nada. Ya sabes tú,

picaruelo, a qué aldabones te agarras.

DOLLY

Aquí donde le ves, papá, es la economía andando, y mira por su ropa

como una mujer.

El abuelo (Novela en cinco jornadas) · 第 1 / 16 段