Sus propósitos no podían, sin embargo, ser aquella mañana mejores, ni

sus intenciones más rectas: celebrábase al día siguiente el santo del

padre rector con una jira de campo famosísima, allá en la playa de

Biarritz, y el mísero Tapón, condenado por tres o cuatro sentencias a

recluimiento perpetuo, proponíase, con un día entero de observancia

completa, alcanzar el indulto general de sus condenas y el

sobreseimiento de las diez o doce causas que, por diversos atentados,

conatos e infracciones de la ley, se le seguían ante el tribunal del

padre prefecto.

Levantóse, pues, de un salto al primer toque de la campana, lavóse sin

derramar una gota de agua, y sin otro percance que el meter un pie en el

orinal y hacerlo añicos, sin intención deliberada, por supuesto, púsose

en formación muy derechito, entró en la capilla y oyó misa lo mismo que

un san Luis Gonzaga.

Bueno iba aquello; mas al salir del sagrado recinto, diole un brinco el

diablo en el cuerpo, y sin poderlo remediar tiró al compañero que

marchaba delante en las ordenadas filas del pañal de la camisa, que

impúdicamente le asomaba por debajo de la blusa. En la sala de estudio

rezó el _Actiones nostras_ con devoción suma, sacudió un papirotazo a su

vecino de la derecha, arrastrado por la fuerza de la costumbre, tiró al

suelo los libros del de la izquierda, por una necesidad casi de su

temperamento, y abrió la tapa de su cajón con mucha formalidad.

Iba a ponerse a estudiar, y no de cualquier manera ni cualquier cosa;

sus estudios de retórica habían ya terminado el año último, y acababa de

asistir a la toma de Troya y a la fundación de Roma; había bebido con

Horacio en las cascadas del Tíber, admirado a las abejas con Virgilio,

salvado a la República con Cicerón y alborotado en las plazas de Grecia

con Demóstenes. Tocábale aquel año dedicarse a la sublime ciencia del

cálculo, y había obtenido ya, por orden de su profesor, la medida del

campanario del pueblo, con un error aproximado de dos kilómetros; aquel

día proponíase nada menos que determinar el radio de una esfera, y sacó

con toda diligencia el libro de texto, la caja de compases y el blanco

papel inmaculado en que había de desarrollarse el importante cálculo.

El padre Bonnet, inspector en el estudio, mirábale desde lo alto de la

tribuna, asombrado de tanta laboriosidad, creyendo tener ante los ojos

la conversión de san Agustín o el trueque de Saulo en Pablo.

Con un rápido movimiento del compás trazó Tapón una esfera limpia y

correcta, con la luna en su plenilunio. ¡Magnífico!... Redonda era como

el mundo... Parecía una carita... ¡Justo!..., una carita... Igual,

idéntica a la de madame Dous, la tendera que vendía pelotas en los

portales de Bayona. ¡Qué casualidad!... Tapón marcó con mucha habilidad

dos puntos para tomar los radios con que había de trazar dos arcos que

se cortasen, y se afirmó en su creencia... Aquellos dos puntitos

parecían, sin duda alguna, los ojos de madame Dous, redondos, pequeños,

abiertos como con un punzón... El parecido era exacto: tan sólo le

faltaba el moñito en lo alto de la cabeza, y para que nada le faltase,

pintó Tapón a la esfera un moñito en la parte superior; dibujóle luego

unas narices en el punto en que debieron encontrarse los dos malogrados

arcos, púsole por debajo una boca bigotuda, añadióle después dos orejas

con pendientes, y en menos de un cuarto de hora encontró la cara de

madame Dous, en vez de encontrar el radio de la esfera.

Satisfecho de su hallazgo, mostrólo a sus dos vecinos; una mano aleve

avanzó entonces por detrás y arrancóle de las suyas la obra maestra.

¡Santo Dios!... Volvióse Tapón asustado y encontróse frente a frente con

el padre Bonnet. ¡Bonita ocasión para presentarle su petición de

indulto!...

--¿Así prepara usted la clase, señor de... Tapón?--dijo el ministro de

la justicia con voz formidable.

Y el señor de Tapón, sobrecogido, pero con mucha dignidad, aseguró,

puesta la mano sobre el pecho, que había sido una distracción, que lo

había hecho sin poderlo remediar...

--Pues sin poderlo remediar se quedará usted hoy sin postres..., y

mañana, por supuesto, sin campo...

Tapón se echó a llorar acongojado, empujó por la izquierda el libro de

texto, alejó de sí por la derecha la caja de compases, y apoyando la

cabeza en ambas manos, quedóse absorto, a través de sus lágrimas, en la

contemplación del tintero de peltre que tenía delante. Una mosca paseaba

por sus bordes, alargando de cuando en cuando la sutil trompilla,

haciendo vibrar, al cruzarlas con las patas traseras, las pardas y

transparentes alas. Parecía la mosca meditabunda, y ocurriósele a Tapón

cazarla, para alivio de sus penas; mojóse con saliva los extremos del

pulgar y el índice, y alargó la mano suavemente: la incauta mosca saltó

del tintero a la mano traicionera, dio una carrerita y acercóse al fatal

lazo. Tapón apretó entonces los dedos y pillóla por las patas... La

mosca protestaba muy indignada, batiendo las alas con cierto zumbido

lastimoso.

Presa en estrecho lazo

La codorniz sencilla

Daba quejas al viento,

Ya tarde arrepentida.

Tapón, inexorable, resolvió convertirla en ministro de sus venganzas;

cogió un fino papel de seda, escribió en él: «¡Muera el padre Bonnet!»,

y retorciéndole muy bien una puntita, clavólo por detrás a la

prisionera. Abrió luego la mano y la mosca echó a volar, arrastrando la

larga cola, a modo de ave del paraíso.

El gozo de Tapón fue imponderable: había realizado la teoría de las

_palomas mensajeras_. Puso manos a la obra, y en menos de diez minutos

revoloteaban por el estudio más de una docena de moscas, llevando de una

a otra parte el grito subversivo de «¡Muera el padre Bonnet!». La

sedición prendió al punto por el amplio recinto, encontrando por todas

partes imitadores y aun reformistas; uno puso en rojos papelitos «¡Viva

la libertad!», otro se adelantó a poner «¡Abajo los jesuitas!», y un

tercero, hijo de un emigrado, destrozó una caja de bombones para

estampar en ligero papel azul el grito retrógrado de «¡Viva Carlos

VII!»...

Aquello fue una manifestación general de simpatías personales e ideales

políticos, y no hubo uno solo entre aquellos hombres de estado, capaces

de regir el país de Liliput, que no manifestase sus opiniones por medio

de las nuevas palomas mensajeras. Tan sólo Paco Luján, inclinado sobre

su pupitre, aunque sin ocuparse mucho del libro que tenía delante,

limitábase a seguir a veces con la vista el vuelo de las palomas

mensajeras, sonriendo benévolamente, pero sin tomar parte en el

clandestino entretenimiento. A su espalda, un muchacho mayorcito, de

frente estrecha, tipo malayo y rastrera expresión de envidia, que había

tenido con él varias reyertas y sufrido más de una vez el empuje de sus

poderosos puños, escribía con mucho disimulo en un trozo de papel de

fumar un largo letrero; púsolo después, según el sistema Tapón, a una

mosca muy gorda, y mirando antes a todas partes con recelo, arrojóla a

hurtadillas por encima de la cabeza de Paco; mantúvose la mosca un

momento en el aire, y arrastrada por el peso del espurio rabo, posóse al

fin en la espalda del chico que tenía Luján delante. Rióse este al

verla, y extendiendo la mano prontamente, cogióla por el papel; la mosca

echó a volar dejando su molesto apéndice en manos del niño, y la pobre

criatura, alborozada con la presa, púsose a leer el contenido de la

misiva... Mas su gozo desapareció de repente, tornándose lívido al

descifrarla, dando una media vuelta en el asiento cual si le hubiesen

aplicado un hierro candente, fijando una mirada de odio feroz, de rabia

pronta a desbordarse en el inofensivo Tapón, que muy alborozado, lanzaba

al aire en aquel momento su decimosexto clamor de «¡Muera el padre

Bonnet!». A espaldas de ambos seguía el malayo con maligna curiosidad

aquella muda escena, que tenía a la vez mucho de infantil y de terrible.

Paco Luján volvió lentamente la cabeza hasta esconderla entre ambas

manos como anonadado; clavóse en ella los agarrotados dedos temblando de

rabia, y dos lágrimas, dos lágrimas de esas que rara vez se derraman a

los quince años, brotaron de sus ojos y surcaron sus mejillas; la ira

las secó al punto, como seca una gota de agua el simúm del desierto...

Había leído en aquel papel una grosera chocarrería en que se mezclaban

el nombre de su madre y encubiertamente el de Jacobo, firmada por el

hijo de aquel hombre odiado, el mismo Alfonsito Téllez, el inofensivo

Tapón, el _diablillo de olor de rosa_ como le llamaba el rector del

colegio, para expresar al mismo tiempo su sencillez de ángel y su

travesura de diablo. ¡Qué golpe aquel tan inesperado y tan horrendo!

El niño, avezado a callar por el largo y silencioso sufrir de su corta

vida, calló una vez más devorando su rencor y sus lágrimas, y una hora

después, cuando la campana llamaba a los alumnos a clase, Paco Luján no

dio señales de haberla oído y siguió clavado en el banco, con la cabeza

entre las manos, sin más muestras de vida que los frecuentes

estremecimientos nerviosos que recorrían todo su cuerpo. Creyóle dormido

el padre Bonnet y separóle las manos del rostro: vio entonces su frente

arrebatada, sus ojos brillantes extraviados, y palpó sus manos

ardorosas.

--¿Qué es eso, hijo?... ¿Estás malo?... ¿Tienes calentura?...

--No..., no..., no tengo nada--replicó el niño con forzada sonrisa.

Y arrancándose bruscamente de las manos del padre, echó a correr hacia

la clase.

Jamás hubo despertar tan alegre como el que tuvieron al otro día los

colegiales de Guichon; tenía aquello algo del despertar de los pájaros

cuando en una mañana de mayo se lanzan del nido, al primer rayo de la

aurora, y estalla su alegría, ruidosa, alborotada, comunicativa,

derramándose por entre el follaje de los árboles como una cascada de

alegres trinos, que llega hasta el fondo del alma y la conmueve, la

arrastra y despierta en ella paz, gozo, consuelo y plácida gratitud

hacia Dios. La alegre charanga del colegio sustituyó aquel día a las

severas campanadas que arrancaban de ordinario a los alumnos de la

profunda quietud del sueño de la infancia, para arrojarlos en los

pequeños azares, inmensos para ellos, de la vida de estudiantes; cien

vivas atronadores al padre rector se unieron al punto a los acordes de

la música, y la alegría desbordada, la vida bulliciosa que rebosaba en

aquellos cuerpecitos, inundó de repente dormitorios, pasillos y el

colegio entero, yendo a estrellarse a las puertas de la capilla por una

de esas rápidas mutaciones, increíbles en los niños, que prueban el

poder inmenso de la disciplina y la fuerza irresistible que en toda

multitud ejerce la autoridad que sabe hacerse amar y respetar. Reinó

allí un silencio profundo, oyóse misa con devota compostura y tomóse

luego un pareo desayuno; hubo entonces un momento de expectación

general, de angustiosa perplejidad...

Apareció el padre prefecto, el temido ejecutor de las solemnes

justicias, y mandó salir de las filas a Tapón y a otros seis

sentenciados. Pintóse la consternación en todas las caritas, y mientras

pálidos y constrictos se alineaban los reos a la izquierda, notóse en la

multitud ese desasosiego que precede siempre en ellas a las resoluciones

heroicas o desesperadas. Un chiquillo regordete salió al cabo de las

filas, colorado como un tomate, y acercándose al padre rector, que en

aquel momento llegaba, díjole con heroica magnanimidad:

--Que vayan al campo esos... Yo me quedo; sí, señor, yo me quedo por

ellos.

Una exclamación de entusiasmo acogió la abnegación del héroe, y el

rector, extendiendo la mano con ademán imponente, dijo muy grave:

--Usted, señor abogado de causas perdidas, se irá al campo ahora

mismo... y esos siete señores se quitarán al momento de mi vista...

Aquí tornó el rector a alzar la mano, como si fuese a descargar el rayo

vengador de la justicia, y concluyó con tremenda severidad:

--...yéndose al campo también.

La severidad del rector se deshizo entonces en una alegre carcajada, y

una gritería inmensa acogió la proclamación del indulto, mientras las

gorras subían por lo alto en alas del entusiasmo, y los reos perdonados

y el intercesor generoso eran llevados en triunfo con cariñosa

fraternidad.

Pusiéronse todos en marcha, a través de aquellos campos floridos,

aquellas verdes praderas, bosques espesos y preciosas casitas rodeadas

de jardines, que adornan todo el camino desde Guichon hasta el mar.

Extendíase este por detrás de Biarritz, estrellándose contra las rocas

con furor inmenso, amenazador e imponente, bajo aquel límpido azul y con

aquel sosegado tiempo, como un gesto de terrible cólera en el rostro de

una serena divinidad.

Más allá de la playa de los vascos, en una alta y escondida explanada

que forman las rocas no lejos de cierta _villa_ deliciosa, hizo alto la

alegre turba, dispuesta a sentar allí sus reales para comer y sestear.

La comida era sustanciosa y el apetito excelente, y sentados en el suelo

en grupos de diez o doce, comenzaron los chicos aquel festín delicioso,

a que las brisas del mar prestaban su frescura, los rayos del sol sus

resplandores y la alegría de la infancia su graciosa locuacidad. Los

inspectores les vigilaban yendo de un lado a otro, tomando parte en sus

conversaciones, fomentando sus bromas y sus risas, y evitando con su

presencia los excesos, sin disminuir con ella la alegría y la expansión.

En una de sus rondas tropezóse el padre Bonnet con Paco Luján, sentado a

la turca en uno de los grupos más numerosos; parecióle el niño

preocupado y taciturno, y observó ante él su plato vacío, y puesta sobre

la servilleta su parte de pan intacta. Uno de sus compañeros denunciólo

al punto, gritando:

--Padre... Luján no come...

Volvióse él rápidamente, y con forzada jovialidad contestó:

--¿Que no como?... ¡Vaya si como!... ¡Mira!...

Y bebióse de un trago, sin resollar siquiera, un vaso lleno de vino

hasta los bordes; mostróse desde entonces alegre, hablador y chancero, y

levantándose de repente, comenzó a dar vueltas de un lado a otro, como

si buscase algo. Había ya terminado la comida, llegaba a lo sumo la

alegría, y los chiquillos, dispersos por todos los lados, comenzaban a

organizar diversas partidas de juego; en lo alto de una roca, montado a

caballo sobre uno de sus salientes, hallábase Tapón muy afanado, en

mangas de camisa, armando con una caña abandonada y un largo bramante un

aparato de pesca. Acercósele Luján por detrás, y poniéndole una mano

sobre el hombro, díjole con voz extraña:

--¡Tapón... ven acá!...

Levantó este los ojos, y a la vista de aquel pálido rostro y aquel torvo

ceño, inmutóse mucho; soltó al punto la caña, tercióse al hombro en

silencio la chaqueta y levantóse dócilmente:

--Anda delante--dijo Paco.

Arrancaba de allí un senderito abierto en la misma roca, que entre picos

y grandes peñascos llegaba hasta la playa baja que azotaban las olas, y

por allí comenzaron a bajar los niños, silenciosos ambos, sorprendido y

azorado Alfonso, pálido el otro y torva la mirada, arrastrados los dos,

sin saberlo, por la desventura más digna de lástima que existe en la

tierra: la que acarrean al inocente los delitos del culpado.

Cuando llegaron a lo más hondo de la playa, donde los peñascos se

erguían solitarios, y el ruido del mar ensordecía y espantaba, y ya no

se escuchaba la algazara de los niños ni se descubría rastro alguno de

hombres, volvióse Tapón lleno de zozobra y miró a su compañero

tímidamente; mas este, empujándole hacia adelante, le dijo:

--¡Anda!... ¿Tienes miedo?...

Terminaba el senderito que seguían en una reducida explanada, rodeada

por todas partes de rocas, que la pleamar cubría por completo y

salpicaban entonces las olas con blancos espumarajos, dejando al

retirarse, en el declive, una pequeña hondonada, una especie de pozo

lleno de agua que cubriría a ambos niños hasta la cintura. Pegóse Tapón

a la roca más lejana, que le cortaba la salida, volviéndose de nuevo muy

pálido y asustado, y con el ansia mortal de la zozobra, con la

desfallecida voz del miedo, dijo muy bajo:

--¿Qué quieres?

Y el otro, dando entonces rienda suelta a la rabia que le ahogaba, al

rencor contra el padre de aquel inocente, fuera ya de su alcance, que

por tantos años había fomentado en el fondo del pecho, con la paciencia

con que se afila la hoja de un cuchillo, gritó con voz terrible,

sacudiéndole con una mano por un brazo, poniéndole el puño cerrado de la

otra junto al rostro mismo:

--¿Qué quiero?... ¡Matarte es lo que quiero!... Romperte el alma...

Tirarte al agua; que uno de los dos no vuelva al colegio...

Y sacando el bolsillo el funesto papel arrancado a la mosca el día

antes, púsolo ante los ojos de Tapón, dilatados por el espanto, y tornó

a gritarle lívido de ira:

--¿Conoces esto?...

El niño fijó un momento los ojos en aquel papel desconocido a que la

mano que lo sostenía comunicaba temblores de rabia, y el pudor de su

alma inocente tuvo fuerzas para colorear en sus mejillas por un momento

la azulada palidez del espanto. Movió la cabecita y cerró los ojos,

apartándolos.

--Eso es malo--dijo--, es pecado...

--¿Pecado y tú lo has escrito?--bramó el otro en el paroxismo de la

rabia.

Y de una terrible bofetada arrojóle al suelo cuan largo era y lanzóse

luego sobre él, dando roncos gritos de furor, vomitando contra el padre

y la madre y el niño mismo horrendos insultos, que parecían hincharle la

garganta como si no hubiera en ella espacio bastante para arrojarlos,

dándole puñadas, pateándole todo el cuerpo, mesándole los cabellos y

sacudiéndole la cabeza contra las rocas, hasta que, rendido y jadeante,

viose de improviso las manos manchadas de sangre... Entonces dio un paso

atrás, pálido y descompuesto, y sucedióle al punto, en un segundo, lo

que sucede a todos los corazones generosos cuando pasa en ellos el

vértigo horrible de la venganza y ven ya a su víctima indefensa y

aniquilada, tendida a sus pies: una gran piedad hacia aquel pobre niño,

en quien había querido él, sin conseguirlo del todo, acumular el odio

inmenso que profesaba a su padre, invadió su pecho y despertó su razón,

y con voz queda, enternecida casi, alargóle su propio pañuelo, diciendo:

--Tapón..., tienes sangre...

El niño procuraba incorporarse exhalando ayes lastimeros, repitiendo

siempre con acento de verdad profunda. «¡Yo no he sido!... ¡Yo no he

sido!» Y con desgarradora expresión de pena, como si le dolieran más en

el alma que sus heridas le dolían en el cuerpo los insultos que había

oído contra su padre y su madre, repetía lastimeramente:

--Mi padre ha muerto... Yo no lo conocí... Pero mi mamá es una santa,

santa... ¿Sabes tú?... ¡Santa!...

Paco Luján sintió que el corazón entero se le derretía en lágrimas, y

acudió a sostener al niño, que parecía próximo a desfallecer; tenía una

herida en la frente y manaba de ella sangre en abundancia, que corría

por su rostro y teñía ya su camisa. Ayudóle a levantar, sosteniéndole

por debajo de los brazos, y arrastróle suavemente, para lavarle la

herida, hacia el pozo que la marea baja dejaba al descubierto, colocado

al pie de una roca, en la orilla misma del mar. El niño se dejaba

conducir con entera confianza, apoyando la lívida cabecita, blanca cual

un jazmín cortado a la mañana, en el hombro de Paco. Notó entonces este

que había olvidado el pañuelo allá arriba, en el sitio del combate, y

volvió corriendo en su busca; el niño, mientras tanto, desasosegado y

sin tino, sintiendo tras aquella conmoción tan ruda la natural congoja

del vómito, inclinóse demasiado sobre la roca y cayó rodando hasta el

mar... Una ola inmensa que reventaba en aquel momento en la playa asióle

con sus mil garras de espuma, y en su tremenda resaca arrebatólo hacia

dentro.

Luján lanzó un alarido horrible, incomprensible en el aparato eufónico

de un niño, y se quedó con el pelo erizado y los brazos rígidos y

extendidos hacia aquella ola inmensa que barría del mundo a un inocente,

cumpliendo una tremenda justicia de Dios.

Su estupor horrendo duró sólo un minuto... Sabía él nadar... y lo

sacaría, sí, lo sacaría, aunque tuviera que bajar a lo profundo, aunque

tuviera que hacerse trizas la cabeza contra los escollos del fondo, y

luchar allí a brazo partido con el terror y la muerte... Y se arrancaba

las ropas, y las tiraba a su paso, y trepaba por las peñas lanzando

gritos, dejando en ellas, sin sentirlo, pedazos de la piel de sus

piernas desnudas, de su pecho jadeante y comprimido por la espantosa

presión del horror...

Llegó a la roca más alta, la más saliente e inclinada hacia el abismo, y

agarrado a la punta, rasgándose el pecho contra las asperezas de la

peña, tendió los ojos fuera de las órbitas por aquella extensión

inmensa, buscando una señal, un punto negro, un ligero estremecimiento

en la superficie del agua... ¡Nada!... ¡Nada más que aquellas olas tan

azules y tan bellas a pesar de catástrofe tan horrenda, aquel cielo tan

puro y tan radiante a pesar de horror tan profundo!

--¡Jesucristo!... ¡Virgen Santísima!... ¡Que salga, que aparezca!...

¡Madre de los afligidos..., te doy mi vida en cambio!... ¡Si yo no le

odio, si le quiero, si le amo..., si amo a su padre mismo!... ¡Señor mío

Jesucristo, perdón.., me pesa!... Si él era bueno..., la mala era mi

madre..., ella..., ella...

Se levantó rígido, tieso como un muerto, pareciendo que se alargaba su

estatura hasta crecer la mitad... Allí..., allí..., allá lejos, a veinte

brazas de aquella roca se agitaba el agua un poco, se formaba un

remolino, aparecía un punto negro... Sí, sí, no había duda...

¡Jesucristo!... ¡Una manita crispada que se alza pidiendo socorro!...

Y como una exhalación describió un arco en el aire y se hundió en el

mar la otra víctima, lanzando un grito de piedad que halló su memoria en

lo más profundo de los recuerdos de su infancia y puso la Reina de los

ángeles en sus labios, como una prenda de perdón, en aquella hora

suprema:

¡Virgen del Recuerdo dolorida!

¿Te acordarás de mí?

Viósele nadar veinte brazas con la enérgica desesperación de la agonía,

hundirse una vez, aparecer otra, tornar otra vez a hundirse; salir a

flote de nuevo, no una, sino dos cabecitas, pegadas, juntas, rubia la

una, negra la otra, y sumergirse otra vez las dos formando un ligero

vórtice, unas suaves espumas, borrosas, imperceptibles, en aquel mar

inmenso, ¡limitado, roto tan sólo en el lejano horizonte por una velita

blanca que se divisaba a lo lejos...

Al día siguiente, unos pescadores de Guetary encontraron atravesados en

una roca los cadáveres de los niños, abrazados estrechamente aun después

de la muerte... En las ansias y rudo combate de aquella agonía tremenda,

el escapulario de uno había pasado también al cuello del otro, y

descansaba, como una contraseña del cielo, sobre los pechos de ambos.

Jamás se supo a cuál había pertenecido en vida la santa enseña: era el

escapulario de la Virgen del Recuerdo...

Fin del libro cuarto

Epílogo

La campana del santuario de Loyola había tocado ya el último toque de

misa y el hermano portero luchaba a brazo partido, en la misma puerta,

con una de esas beatas pegajosas, ávidas siempre de santa curiosidad,

propaladoras incansables de nuevas místicas, que creen asegurar el

triunfo de la Iglesia y la extirpación de las herejías propagando entre

fieles e infieles que el padre _A_ estornudó dos veces seguidas, o que

al padre _B_ se le descosió la borlita del solideo.

Una señora enlutada salió entonces de la vecina hospedería, atravesó

lentamente el prado y subió las escaleras que llevan al santuario. Era

una mujer alta, joven aún, que parecía agobiada por el peso de una de

esas inmensas desventuras que inclinan el cuerpo a la tierra, como

buscando en ella el consuelo y la paz. El negro crespón que sombreaba su

frente, sin ocultarla del todo, dejaba ver unos ojos rojos en que ya no

había lágrimas y un rostro marchito, óvalo perfecto en que se veía, por

decirlo así, incrustada una conmovedora expresión de dolor eterno.

Al pasar ante el hermano, saludóla este con muestras de gran respeto, y

la beata, ansiosa siempre de noticias, preguntóle su nombre.

--La marquesa de Sabadell--contestó el hermano.

La beata dejó escapar una exclamación de asombro, y con cierta compasiva

admiración siguió a la dama con la vista, hasta verla desaparecer por la

gótica puerta del antiguo solar de Loyola.

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