Llegó la madre Larín muy alarmada, temiéndose alguna trapisonda, y

Currita, con patético ademán, se arrojó llorando en sus brazos... Era

aquel día el más grande de su vida; por fin le concedía Dios lo que con

tanto ahínco le había pedido siempre: ¡tener una hija religiosa!...

Cierto que le pasaba aquello el alma de parte a parte, que quizá le

costaría la vida separarse de aquel pobre angelito; pero lo que sentía

ella era no tener siete hijos como santa María Magdalena de Pazzis, para

ofrecérselos a Dios uno a uno. ¡Estaba el mundo tan malo!...

La madre Larín, muy escandalizada al ver a santa María Magdalena de

Pazzis hecha de repente madre de tan dilatada familia, se apresuró a

protestar con mucho respeto:

--Santa Sinforosa querrá decir, sin duda, la señora condesa.

--¿Fue santa Sinforosa?... ¡Pues yo creí que había sido la otra! ¡Como

leo todos los días el Año Cristiano, armo a veces unos galimatías!... Y

dígame, madre Larín, ¿cree usted que perseverará mi hija, que su

vocación será verdadera?

La madre enarcó las cejas, y con mucha humildad, dijo:

--La niña es formalita, y a lo que yo pueda colegir, así lo espero...

Pero siempre será mejor que el padre espiritual informe a usted de todo

esto.

--¿Y quién es?

--El padre Cifuentes.

--¿El padre Cifuentes?... ¿De veras?... ¡Cuánto me alegro!... Si es un

santo, un hombre de tanto saber y prudencia...

--¡Ya lo creo!... Consúltelo usted y verá...

--Pero si no lo conozco... ¡Ay, madre Larín!... ¿Quisiera usted

escribirle una cartita... _deux mots_, recomendándome?... Dígale usted

cuáles son mis deseos, lo que yo quiero a mis hijos, la sencillez con

que procedo siempre... Así me escuchará con benevolencia... Usted me

conoce bien, madre Larín... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Se tiene de mí un

concepto tan falso!...

Y Currita, persuadida ella misma de lo que decía, cual suele suceder a

los embusteros de oficio, extendía las manos y abría mucho los claros

ojitos, como para que la madre Larín la estudiase por dentro,

concluyendo por echarse a llorar amargamente, cubriéndose el rostro con

el pañuelo. La madre, muy compadecida, y creyendo que aquella oveja

extraviada llamaba de nuevo al aprisco, procuraba consolarla y

prometíale escribir aquella misma noche al padre Cifuentes, anunciándole

su visita.

--¡Se lo agradecería a usted en el alma, madre Larín; no lo olvidaré en

toda mi vida!--gimió Currita--. Porque no crea usted que en el asunto de

mi pobre Lilí faltarán dificultades... Fernandito es muy bueno; pero al

cabo, como hombre que es, no tiene la piedad de nosotras las mujeres, y

verá la cosa de manera muy distinta.

Y ya en la puerta, despidiéndose cariñosamente de la buena madre, volvió

a repetirle:

--¡Que no se olvide usted de lo esencial!... Que comprenda el padre la

buena fe con que procedo en todo, lo rectas que son mis intenciones...

Y de pronto, volviéndose atrás desde la puerta, como si de repente

recordase algo...

--¡Ay, madre Larín, se me olvidaba!... No sé si lo encargué a Lilí,

porque con este notición se me fue el santo al cielo... Me han dicho que

están ustedes haciendo un monumento nuevo para el Jueves Santo, y quiero

que sea a mi costa... Deseo mucho dejar a ustedes ese recuerdo; que Lilí

haga ese pequeño obsequio al colegio...

--Gracias, gracias, señora condesa...

--¿Gracias?... ¡Ay, madre Larín, qué mundo, qué mundo!... ¡Ojalá y sólo

se gastara el dinero en cosas semejantes!...

Entró en la berlina... Verdaderamente que aquella idea debía de venir

del cielo, porque era Lilí, un ángel del Señor, quien se le había

inspirado. Lo raro era que no se le hubiera ocurrido a ella antes,

porque en aquella carta de Loyola, en aquella famosa carta de Pedro

Fernández, que se sabía ella de memoria, estaba perfectamente encerrada

en su primera parte... «Si la señora condesa de Albornoz viene a Loyola

a confesar sus pecados y pedir a Dios perdón de sus extravíos, no tiene

que fijar hora ni tiempo, porque todos son igualmente oportunos...»

Y glosando allá en su imaginación el parrafejo, discurría de este

modo... Si la señora condesa de Albornoz va a Loyola, es decir, al padre

Cifuentes, y confiesa sus pecados y pide a Dios perdón de sus extravíos,

o lo que es lo mismo, embauca a aquel varón respetable, diciéndole lo

que le parezca y callándose lo que juzgue conveniente para ponerle de su

parte... a la sombra de su respetabilidad, agarrada a su manteo, entrará

en el gremio de las beatas aristocráticas y se abrirá paso, rosario en

mano, por el atajo de la piedad, hasta el alto puesto de que la calumnia

y la ingratitud la han arrojado.

Porque no era necesario para ello llegar hasta el sacrilegio, que tanto

la había aterrado siempre y la seguía aterrando; dispuesta estaba ella a

lo que creía únicamente necesario para confesarse bien: acusarse de

todos sus pecados y enumerar todos sus extravíos... ¿Qué le importaba a

ella que el padre Cifuentes supiese lo que hasta en los mismos

periódicos se había publicado y había leído ella sin sonrojarse?... ¡Si

hubiera algún sacrificio que hacer, si hubiera algo que cortar, sería

entonces otra cosa; pero la muerte, el puñal de un asesino, se había

encargado de sacrificar, se había encargado de romper; y ya no le

quedaba a ella nada, nada, sino aquella herida en el corazón y aquel

despecho en el alma!... Y ante aquellas dos ideas que la exasperaban,

Jacobo muerto y ella caída de su pedestal, sentía hervir su sangre de

dolor y de ira, y parecíale lo primero el crimen más nefando que se

había cometido en el universo, y juzgaba lo segundo el acto de tiranía

más atroz que pudiera atribuirse a Nerón, a Tiberio o a Busiris.

Con cierto miedecillo, muy natural y fundado, fue a ver al padre

Cifuentes, porque tenía el padre fama de marrullero; mas su voluntad,

repentina como el capricho de una mujer, era robusta como la resolución

de un hombre, y tranquilizábala en parte la íntima conciencia que tenía

ella de que pocos la aventajaban en astucias y marrullería. Con

habilidad suma dio principio al desarrollo de su plan, comenzando por

exponer la vocación de Lilí, anhelo de su corazón, esperanza dulcísima

de su alma, que estaba ella dispuesta a apoyar con todas sus fuerzas,

aunque hubiera que luchar con las serias dificultades que había de poner

Fernandito; hábil estaquita esta última que plantaba desde luego la

taimada, para agarrarse a ella más tarde y destruir, cuando hubiera

logrado su objeto, los santos planes de la niña. Escuchábala el jesuita

impasible con las manos metidas en las mangas, clavando en ella de

cuando en cuando la mirada de sus ojos, aguda como la punta de una

lanceta, que hacía a Currita ladear los suyos, ora bajándolos, ora

paseándolos por las paredes del cuarto. Cuando la dama dejó de hablar,

sacó el padre Cifuentes a relucir la tabaquera de cuerno, con su heraldo

obligado, el pañuelo a cuadros azules y verdes, y con la mayor

naturalidad del mundo dijo resueltamente:

--Su hija de usted no tiene vocación, señora condesa.

Quedóse Currita estupefacta y desconcertada, y tartamudeó moviendo la

cabecita:

--Pues ella me había dicho... Yo creía...

--Creyó usted mal, señora condesa... Esa niña es un ángel, de

entendimiento muy claro, de corazón muy grande y muy recto, y está

aterrada por las cartas de su hermano, que... ¡pasan el alma, señora

condesa, pasan el alma!

Y las dos lancetas que tenía en los ojos el padre Cifuentes pasaban de

parte a parte la frente de Currita, cual si fueran a clavarse en el

fondo de su pensamiento.

--Por eso--prosiguió lentamente el jesuita--quería esa pobre niña

ofrecer el sacrificio de sí misma, para asegurar la salvación de los

demás, para expiar culpas ajenas por las cuales se aflige, como se

afligen los ángeles del cielo: llorándolas, pero sin ponérselas a nadie

en cuenta... Y note usted lo que digo, señora condesa: _sin ponérselas

a nadie en cuenta_.

La señora condesa bajó los ojos muy modestita, como haciéndose la

desentendida de si era a ella o no a quien le tocaba pagar aquella

cuenta, y el padre continuó:

--Pero como usted comprenderá, este sacrificio de precio incalculable,

cuya idea le fomentaré yo por lo que en sí tiene de útil y meritorio y

porque bastará quizá el ofrecerlo para alcanzar de Dios lo que el pobre

ángel pide, no es una vocación religiosa: es sólo un ofrecimiento que en

su aflicción y en su generosidad hace la niña, y mientras Dios no lo

acepte, no existe la verdadera vocación, y yo, por mi parte, ni puedo

aconsejarla ni autorizarla tampoco hasta entonces.

«Pues estamos en el principio de la conversación»--pensó Currita, sin

comprender del todo aquellas místicas sutilezas; y dando vueltas entre

sus manos a un precioso devocionario que había traído de intento para

demostrar su piedad al padre, dijo modestamente:

--¿Y qué cree usted entonces que debe de hacerse?...

--Dejar obrar a la gracia de Dios, que quizá le conceda como premio la

vocación que aún no tiene, y mientras tanto, no sacarla del colegio.

--¿No cree usted entonces que le convenga volver a su casa?...

El padre Cifuentes abrió la tabaquera, y con la impasibilidad del hombre

que golpea en los oídos de un sordo, con la sencillez con que hubiera

dicho que hacía calor o estaba lloviendo, dijo tranquilamente:

--No, señora... Los ejemplos que vería en ella no conseguirían quizá

corromperla, pero de seguro lograrían matarla...

Currita no protestó contra aquel reproche tremendo; no se avergonzó ni

se indignó tampoco. Asióse, por el contrario, para llegar a su objeto, a

la punta de aquella maza que la aplastaba, y dijo lastimeramente:

--¡Ay, sí, sí, padre, es verdad!... ¡Si usted supiera lo que pasa en mi

casa! ¡Si usted conociera la situación en que me encuentro!

Y adoptando el cálculo más hábil del disimulo, el de apropiarse de la

ingenuidad y disfrazarse con la sencillez y la franqueza, refirió con

toda verdad al padre Cifuentes el escándalo de su vida, la trágica

muerte de Jacobo, la calumnia difundida por aquellos enemigos

invisibles, la imposibilidad en que estaba de acusarlos a ellos y

defenderse ella misma ante los tribunales, y la necesidad que tenía de

_alguien respetable_, de alguna _persona autorizada_ por su santidad y

su prestigio que sacase la cara por ella, perdonándole las faltas

verdaderas y defendiéndola de los _falsos crímenes_, concediéndole su

protección y su amistad, y rehabilitándola por este solo hecho a los

ojos del mundo... Y no pedía esto por ella misma, que nada merecía y así

lo confesaba; pedíalo por caridad de Dios, por lástima, por compasión

hacia sus propios hijos...

Calló Currita, y con la cabeza baja y las manos cruzadas y entornados

ojitos, esperó muy devotica el sermón formidable, la peluca tremenda que

creía ella iba a venir tras de aquello, seguida de alguna violenta

exhortación a la confesión y la penitencia, con algunos toquecitos de

llamas del infierno; y luego, más tarde de lo que ella deseaba y con

tanto anhelo iba buscando, un generoso ofrecimiento, noble, sincero y

amplio... Mas el padre Cifuentes, que había escuchado sin pestañear todo

aquel cúmulo de vergüenzas y de horrores, que no había hecho el menor

gesto de asombro, de disgusto, de compasión ni de protesta, sacó la

tabaquera de cuerno, tomó un polvo y dijo lacónicamente:

--Haga usted los Ejercicios...

--¿Los Ejercicios?--preguntó ella muy sorprendida.

--Sí, los Ejercicios de san Ignacio digo... Ayer los han empezado en el

Sagrado Corazón, en la calle del Caballero de Gracia... Todavía tiene

usted tiempo; empiece esta misma tarde.

--Yo..., bueno..., desde luego...--dijo Currita titubeando--. Pero según

tengo entendido, sólo se entra allí con papeleta y yo no la tengo.

--Pues yo la recomendaré a usted a la superiora y le hablaré a la

marquesa de Villasis, que es presidenta del consejo...

Currita sintió tal movimiento de gozo, que estuvo a pique de venderse...

¡Por fin triunfaba, y a pesar de su impasibilidad y no obstante sus

marrullerías, hacía tragar al bendito padre todo el anzuelo!... Entre la

marquesa de Villasis, la dama de mejor nombre de la corte, y el padre

Cifuentes, el sacerdote de más prestigio, haría ella su entrada triunfal

en el gremio de beatas aristocráticas, y una vez dentro, no bien tomase

ella terreno, ya sabría reconquistar, palmo a palmo, los aplausos y las

adulaciones, y colocarse de nuevo en el antiguo puesto perdido.

Vistióse sencillamente, siempre con aquel prolijo cuidado de los

detalles pequeños que desprecian los talentos vulgares y tienen en mucho

los privilegiados y prácticos: una modesta falda de seda negra, un

abriguito de terciopelo con pieles y la mantilla recogida por completo

sobre los hombros, chiffonné, con mucha gracia, cubriendo las blondas

del velo parte del rostro, pero dejando ver perfectamente los rojos

pelitos, contraseña suya característica, que cuidó muy bien de dejar a

la vista con cálculo prudentísimo, para que en caso de oscuridad o de

duda pudieran todos reconocerla.

A las cinco comenzaba el santo Ejercicio, y a las cinco y siete minutos

calculó ella muy bien su entrada, para que fuese de todos vista. Apeóse

del coche y entró en el zaguán, creyendo encontrar allí alguna religiosa

o algún portero a quien preguntar por la marquesa de Villasis o por el

padre Cifuentes; mas sólo vio delante una empinada escalera dividida

por en medio con un barandal de hierro que hacía veces de pasamanos. En

lo alto, dos señoras cuchicheaban entre sí muy quedito, e

interrumpiéndose bruscamente al ver subir a Currita, desaparecieron al

punto, sin que la dama pudiera reconocerlas. Encontróse entonces frente

a la puerta de la capilla, que estaba de par en par abierta; era esta

entrelarga, ancha y extensa, con una gran puerta en el fondo que daba al

interior del colegio y otra lateral para el servicio de la gente. En el

testero hallábase el altar, parcamente adornado, con algunas luces que

ardían a derecha e izquierda del tabernáculo.

Arriba, en la parte más alta, había una hermosa efigie del Sagrado

Corazón, y caía desde sus pies hasta abajo un gran paño de brocado

recamado de terciopelo rojo, con estas palabras bordadas: _Venite ad me

omnes_. A uno y otro lado de la gran puerta del fondo estaban las sillas

de coro de las religiosas, y sentadas en ellas las señoras del consejo:

la marquesa de Villasis ocupaba la esquina derecha, teniendo a su lado a

la duquesa de Astorga.

Currita vio desde la puerta el extremo de un banco desocupado y ante él

se arrodilló, haciendo uno de esos garabatitos con que creen ciertas

damas santiguarse, cruzando las manitas sobre el respaldo, inclinando la

cabeza con mucha devoción y poniéndose a registrar con el rabillo del

ojo todo cuanto había y pasaba dentro de la capilla... ¡Prodigio

maravilloso de la perspicacia y fuerza comunicativa de la grey

femenina!... Cuatro minutos después, no quedaba en el extenso recinto

una sola alma más o menos pía que no hubiera atisbado la entrada de

Currita, sin que fuese necesario para ello más que alguno que otro suave

cuchicheo, alguna que otra disimulada seña, alguno que otro libro devoto

o rosario bendito que rodaba por el suelo, para dar ocasión a la dama

que lo recogía de lanzar una rápida mirada con el mayor disimulo. Allí

estaba ella, con mucha devoción, aguantando a pie quieto las miradas y

suponiendo los comentarios internos que acompañaban a estas; la condesa

de Murguía, señora muy severa, que había comido muchos viernes en casa

de Currita y disfrutado no pocas veces de su palco en el teatro,

hallábase a su lado... Alarmóla esta proximidad, volvió la cara

angustiada, y apretando cuanto pudo a las otras señoras que ocupaban el

banco, apresuróse a dejar entre ella y la escandalosa un gran espacio

vacío. Currita, sin perder su devoción, sintió ganas de tirarle del

pelo.

Entró a poco una señora con dos niñas, al parecer sus hijas, y una de

estas, la más pequeña, fuese a arrodillar junto a Currita en el hueco

vacío; mas la madre, advertida sin duda por otra señora que le habló por

lo bajo, levantóse prontamente, tocó en el hombro a la niña y apártola

de allí. Currita no sintió esta vez ira, sintió una sensación penosa,

amarga, desconocida para ella, que se le figuró semejante al desconsuelo

de verse sola y desamparada por un ser querido; aquella niña le había

recordado a Lilí.

Entraban nuevas señoras, llenábase la capilla de bote en bote y

apiñábanse las rezagadas contra las que habían llegado antes, sin que

ninguna quisiera ocupar el sitio vacío al lado de Currita. Ella sintió

crecer aquel desconsuelo que la oprimía y la angustiaba y le producía

una irritación sorda, una amarga iracundia, que la llevaba a escarbar

llena de saña en el basurero de su vida, buscando y enumerando las

vergüenzas públicas, las inmundicias de todos conocidas, que le había

tolerado, consentido y hasta aplaudido como amables _pequeñeces_ aquel

mismo Madrid que ahora le volvía la espalda, para arrojárselas a la

cara, gritándole con muy buena lógica: «¿Acaso soy ahora peor que lo fui

antes?... ¿Por ventura hace más fuerza en ti una calumnia anónima,

levantada por pérfidos asesinos, que ese montón de lodo con que a todas

horas te he salpicado el rostro?...».

¡Oh!, ¡qué mundo, qué mundo aquel tan injusto y tan asqueroso! ¡Con

cuánta razón se resistía a entrar en él Lilí, aquel ángel del Señor tan

puro y tan bello!... Y a este recuerdo, con la rapidez con que se muda

la decoración en una comedia de magia, sustituyó en su mente la imagen

de la niña al Madrid injusto y asqueroso que provocaba sus iras, y

quedaron frente a frente, embargando todo su entendimiento, la

celestial figura de Lilí, derramando luz vivísima del cielo, y el montón

de lodo repugnante y hediondo, la charca sucia y cenagosa que acababa de

formar ella con tanta saña, haciendo examen general de toda su vida...

Currita creyó ver una cloaca a la pura y rosada luz del alba, creyó ver

el infierno a la luz del paraíso y se sintió confundida y se juzgó

condenada; porque aquel montón de lodo era ella misma y aquel resplandor

de Lilí era la luz de Dios, único criterio de moral, independiente de

míseras condescendencias sociales, a que deben de ajustarse los actos

humanos. Un último movimiento de soberbia la agitó, sin embargo.

--¡Soy una infame, es cierto!... Pero que no me condenen los hombres,

¡que me condene Dios!...

Y al levantar la vista rabiosa y desesperada, como para lanzar en torno

una mirada de orgulloso desafío, divisó al frente la imagen de

Jesucristo, del Juez único que su soberbia vencida aceptaba, mostrándole

su corazón herido, diciéndole en aquel letrero que tenía por debajo:

Venite ad me omnes. Un crujido misterioso lastimó entonces su pecho, y

repitió muy quedo:

--_Omnes_!... ¡Todos, todos!...

Habíase mientras tanto rezado el rosario, y un jesuita subía en aquel

momento al púlpito, para exponer la meditación que correspondía, según

el orden establecido en los Ejercicios de san Ignacio. Era sobre el

Juicio Final, y dividióla en tres partes: la confusión de los hipócritas

al ver patentes sus pecados ocultos; la suprema vergüenza de los

escandalosos al ver objeto de la execración universal los pecados

públicos de que habían hecho gala, y la justificación de la Providencia,

la manifestación clara de los misteriosos caminos ordenados por Dios

para bien siempre del hombre; la sapientísima urdimbre, puesta al

descubierto, de grandes hechos y pequeños acontecimientos, de penas y

alegrías, derrotas y triunfos, llamamientos y amenazas, premios y

castigos, que han de probar en la vida de cada criatura, mirada de

frente a la luz de aquel tremendo día, la paternal providencia de Dios

para cada hombre, la conjunción perfecta sobre cada uno de ellos de sus

dos atributos, el más temible y el más deseable: la misericordia y la

justicia.

El jesuita hablaba llanamente, expresando con sencilla claridad aquellas

tremendas verdades y trazando a veces pavorosos cuadros que herían la

imaginación, estremecían los corazones y preparaban los ánimos para el

eco futuro de aquellas temerosas palabras: _Ossa arida, audite verbum

Domini_!... Reinaba un hondo silencio, muy semejante al silencio del

pavor; y el jesuita, torciendo un poco el rumbo a sus palabras, dejó ver

de repente la bondad infinita de Dios, la más consoladora de todas sus

grandezas, su inmensa misericordia, brindando siempre al pecador con su

perdón tan sin límites y tan amplio, que desaparecen en él, cual si

fueran átomos, los más enormes pecados.

--Imaginaos--dijo--un hombre llegado al último extremo del crimen;

cargadle a vuestro pensamiento con todas las acciones afrentosas que

fuera posible imaginar; vedle dormir tranquilo en medio de su vergüenza,

como si se viera al abrigo de la muerte, como si no tuviera ya

remordimientos ni tuviera conciencia... Mas un día, lo mismo que en el

sueño de Nabucodonosor una piedra desprendida de la montaña hizo pedazos

al coloso con pies de barro, así también un átomo arrancado a la

misericordia de Dios por los ruegos de algún justo derribará sin causa

alguna aparente ese coloso del mal y formará en sus entrañas

desesperadas una lágrima, que subirá hasta el corazón y pasará por los

caminos que Dios ha hecho para llegar a sus ojos marchitos, y brotará

por ellos, y rodará al fin por sus mejillas... ¡Esa lágrima le ha

revelado la verdad y conquistado el perdón y devuelto la paz!...

Y como si aquella lágrima bendita, alcanzada por la oración de un justo,

se formase en aquel momento en algunas entrañas y subiese hasta un

corazón y brotase por unos ojos, con explosión de dolor formidable,

rompió el hondo silencio un sollozo que resonó por todos los ámbitos de

la capilla, haciendo al jesuita enmudecer un instante, y mirarse

pálidas y sobrecogidas a cuantas vieron a la condesa de Albornoz

desplomarse sobre el reclinatorio, aniquilada como el grano de mijo que

machaca la piedra de molino, mordiéndose las manos para contener, como

con esfuerzo sobrehumano contuvo, los gritos, los sollozos, los alaridos

de dolor que parecían hervirle en el pecho, sin llegar a reventarle por

los labios.

Terminó el sermón, y siguióse luego, y terminó también aquel canto

suavísimo, patético grito del pecador arrepentido: _¡Perdón, oh Dios

mío!_ Y la numerosa concurrencia desfiló por delante de Currita, sin que

levantase ella la cabeza ni hiciera un movimiento, como si la vergüenza

de su vida entera la tuviese allí sujeta, clavada, ante las miradas

curiosas, compasivas y aun burlonas de sus antiguas rivales.

Quedó la capilla solitaria, y una religiosa lega, que se deslizaba como

una sombra, apagó las luces una a una, sin que la condesa de Albornoz se

moviese de su sitio ni diese muestras de vida. Unos brazos la rodearon

al fin en aquella soledad de que sólo Dios era testigo, y una voz muy

conmovida le dijo muy bajo:

--Curra, hija mía... Abajo tengo mi coche... ¿Quieres que te lleve?...

Ella levantó la cabeza y fijó en la que así hablaba una mirada hosca,

medrosa, que no parecía tener conciencia de la realidad y reflejaba como

en dos vidrios profundos todos los asombros y todas las agonías...

Reconoció al fin a la marquesa de Villasis, y el rostro de la pecadora,

rojo de vergüenza por primera vez en su vida, ocultóse en el casto pecho

de la mujer fuerte, balbuceando entre sollozos:

--¡Sí, sí!... Adonde no me vea nadie... A Chamartín con mi hija...

La niña no se sorprendió al verla... Había ofrecido aquella tarde, por

aviso del padre Cifuentes, el sacrificio de su vida, y esperaba confiada

y serena, como esperan las lágrimas del pecador los ángeles de la

guarda...

--IX--

Se ha dicho que más cavila un pobre que cien abogados, y hay quien

cavila más que cien pobres y cien abogados juntos: cualquier muchacho

haragán que se ve con un libro delante, clavado en un banco. En este

caso se hallaba aquel día, en el estudio del colegio de Guichon,

Alfonsito Téllez-Ponce, alias _Tapón_, piel del diablo, corazón de

ángel, enredador como él solo, ídolo y tentación perpetua de sus

compañeros, encanto y purgatorio eterno de sus maestros.

Pequeñeces · 第 33 / 35 段