Currita, con patético ademán, se arrojó llorando en sus brazos... Era
aquel día el más grande de su vida; por fin le concedía Dios lo que con
tanto ahínco le había pedido siempre: ¡tener una hija religiosa!...
Cierto que le pasaba aquello el alma de parte a parte, que quizá le
costaría la vida separarse de aquel pobre angelito; pero lo que sentía
ella era no tener siete hijos como santa María Magdalena de Pazzis, para
ofrecérselos a Dios uno a uno. ¡Estaba el mundo tan malo!...
La madre Larín, muy escandalizada al ver a santa María Magdalena de
Pazzis hecha de repente madre de tan dilatada familia, se apresuró a
protestar con mucho respeto:
--Santa Sinforosa querrá decir, sin duda, la señora condesa.
--¿Fue santa Sinforosa?... ¡Pues yo creí que había sido la otra! ¡Como
leo todos los días el Año Cristiano, armo a veces unos galimatías!... Y
dígame, madre Larín, ¿cree usted que perseverará mi hija, que su
vocación será verdadera?
La madre enarcó las cejas, y con mucha humildad, dijo:
--La niña es formalita, y a lo que yo pueda colegir, así lo espero...
Pero siempre será mejor que el padre espiritual informe a usted de todo
esto.
--¿Y quién es?
--El padre Cifuentes.
--¿El padre Cifuentes?... ¿De veras?... ¡Cuánto me alegro!... Si es un
santo, un hombre de tanto saber y prudencia...
--¡Ya lo creo!... Consúltelo usted y verá...
--Pero si no lo conozco... ¡Ay, madre Larín!... ¿Quisiera usted
escribirle una cartita... _deux mots_, recomendándome?... Dígale usted
cuáles son mis deseos, lo que yo quiero a mis hijos, la sencillez con
que procedo siempre... Así me escuchará con benevolencia... Usted me
conoce bien, madre Larín... ¡Soy tan desgraciada!... ¡Se tiene de mí un
concepto tan falso!...
Y Currita, persuadida ella misma de lo que decía, cual suele suceder a
los embusteros de oficio, extendía las manos y abría mucho los claros
ojitos, como para que la madre Larín la estudiase por dentro,
concluyendo por echarse a llorar amargamente, cubriéndose el rostro con
el pañuelo. La madre, muy compadecida, y creyendo que aquella oveja
extraviada llamaba de nuevo al aprisco, procuraba consolarla y
prometíale escribir aquella misma noche al padre Cifuentes, anunciándole
su visita.
--¡Se lo agradecería a usted en el alma, madre Larín; no lo olvidaré en
toda mi vida!--gimió Currita--. Porque no crea usted que en el asunto de
mi pobre Lilí faltarán dificultades... Fernandito es muy bueno; pero al
cabo, como hombre que es, no tiene la piedad de nosotras las mujeres, y
verá la cosa de manera muy distinta.
Y ya en la puerta, despidiéndose cariñosamente de la buena madre, volvió
a repetirle:
--¡Que no se olvide usted de lo esencial!... Que comprenda el padre la
buena fe con que procedo en todo, lo rectas que son mis intenciones...
Y de pronto, volviéndose atrás desde la puerta, como si de repente
recordase algo...
--¡Ay, madre Larín, se me olvidaba!... No sé si lo encargué a Lilí,
porque con este notición se me fue el santo al cielo... Me han dicho que
están ustedes haciendo un monumento nuevo para el Jueves Santo, y quiero
que sea a mi costa... Deseo mucho dejar a ustedes ese recuerdo; que Lilí
haga ese pequeño obsequio al colegio...
--Gracias, gracias, señora condesa...
--¿Gracias?... ¡Ay, madre Larín, qué mundo, qué mundo!... ¡Ojalá y sólo
se gastara el dinero en cosas semejantes!...
Entró en la berlina... Verdaderamente que aquella idea debía de venir
del cielo, porque era Lilí, un ángel del Señor, quien se le había
inspirado. Lo raro era que no se le hubiera ocurrido a ella antes,
porque en aquella carta de Loyola, en aquella famosa carta de Pedro
Fernández, que se sabía ella de memoria, estaba perfectamente encerrada
en su primera parte... «Si la señora condesa de Albornoz viene a Loyola
a confesar sus pecados y pedir a Dios perdón de sus extravíos, no tiene
que fijar hora ni tiempo, porque todos son igualmente oportunos...»
Y glosando allá en su imaginación el parrafejo, discurría de este
modo... Si la señora condesa de Albornoz va a Loyola, es decir, al padre
Cifuentes, y confiesa sus pecados y pide a Dios perdón de sus extravíos,
o lo que es lo mismo, embauca a aquel varón respetable, diciéndole lo
que le parezca y callándose lo que juzgue conveniente para ponerle de su
parte... a la sombra de su respetabilidad, agarrada a su manteo, entrará
en el gremio de las beatas aristocráticas y se abrirá paso, rosario en
mano, por el atajo de la piedad, hasta el alto puesto de que la calumnia
y la ingratitud la han arrojado.
Porque no era necesario para ello llegar hasta el sacrilegio, que tanto
la había aterrado siempre y la seguía aterrando; dispuesta estaba ella a
lo que creía únicamente necesario para confesarse bien: acusarse de
todos sus pecados y enumerar todos sus extravíos... ¿Qué le importaba a
ella que el padre Cifuentes supiese lo que hasta en los mismos
periódicos se había publicado y había leído ella sin sonrojarse?... ¡Si
hubiera algún sacrificio que hacer, si hubiera algo que cortar, sería
entonces otra cosa; pero la muerte, el puñal de un asesino, se había
encargado de sacrificar, se había encargado de romper; y ya no le
quedaba a ella nada, nada, sino aquella herida en el corazón y aquel
despecho en el alma!... Y ante aquellas dos ideas que la exasperaban,
Jacobo muerto y ella caída de su pedestal, sentía hervir su sangre de
dolor y de ira, y parecíale lo primero el crimen más nefando que se
había cometido en el universo, y juzgaba lo segundo el acto de tiranía
más atroz que pudiera atribuirse a Nerón, a Tiberio o a Busiris.
Con cierto miedecillo, muy natural y fundado, fue a ver al padre
Cifuentes, porque tenía el padre fama de marrullero; mas su voluntad,
repentina como el capricho de una mujer, era robusta como la resolución
de un hombre, y tranquilizábala en parte la íntima conciencia que tenía
ella de que pocos la aventajaban en astucias y marrullería. Con
habilidad suma dio principio al desarrollo de su plan, comenzando por
exponer la vocación de Lilí, anhelo de su corazón, esperanza dulcísima
de su alma, que estaba ella dispuesta a apoyar con todas sus fuerzas,
aunque hubiera que luchar con las serias dificultades que había de poner
Fernandito; hábil estaquita esta última que plantaba desde luego la
taimada, para agarrarse a ella más tarde y destruir, cuando hubiera
logrado su objeto, los santos planes de la niña. Escuchábala el jesuita
impasible con las manos metidas en las mangas, clavando en ella de
cuando en cuando la mirada de sus ojos, aguda como la punta de una
lanceta, que hacía a Currita ladear los suyos, ora bajándolos, ora
paseándolos por las paredes del cuarto. Cuando la dama dejó de hablar,
sacó el padre Cifuentes a relucir la tabaquera de cuerno, con su heraldo
obligado, el pañuelo a cuadros azules y verdes, y con la mayor
naturalidad del mundo dijo resueltamente:
--Su hija de usted no tiene vocación, señora condesa.
Quedóse Currita estupefacta y desconcertada, y tartamudeó moviendo la
cabecita:
--Pues ella me había dicho... Yo creía...
--Creyó usted mal, señora condesa... Esa niña es un ángel, de
entendimiento muy claro, de corazón muy grande y muy recto, y está
aterrada por las cartas de su hermano, que... ¡pasan el alma, señora
condesa, pasan el alma!
Y las dos lancetas que tenía en los ojos el padre Cifuentes pasaban de
parte a parte la frente de Currita, cual si fueran a clavarse en el
fondo de su pensamiento.
--Por eso--prosiguió lentamente el jesuita--quería esa pobre niña
ofrecer el sacrificio de sí misma, para asegurar la salvación de los
demás, para expiar culpas ajenas por las cuales se aflige, como se
afligen los ángeles del cielo: llorándolas, pero sin ponérselas a nadie
en cuenta... Y note usted lo que digo, señora condesa: _sin ponérselas
a nadie en cuenta_.
La señora condesa bajó los ojos muy modestita, como haciéndose la
desentendida de si era a ella o no a quien le tocaba pagar aquella
cuenta, y el padre continuó:
--Pero como usted comprenderá, este sacrificio de precio incalculable,
cuya idea le fomentaré yo por lo que en sí tiene de útil y meritorio y
porque bastará quizá el ofrecerlo para alcanzar de Dios lo que el pobre
ángel pide, no es una vocación religiosa: es sólo un ofrecimiento que en
su aflicción y en su generosidad hace la niña, y mientras Dios no lo
acepte, no existe la verdadera vocación, y yo, por mi parte, ni puedo
aconsejarla ni autorizarla tampoco hasta entonces.
«Pues estamos en el principio de la conversación»--pensó Currita, sin
comprender del todo aquellas místicas sutilezas; y dando vueltas entre
sus manos a un precioso devocionario que había traído de intento para
demostrar su piedad al padre, dijo modestamente:
--¿Y qué cree usted entonces que debe de hacerse?...
--Dejar obrar a la gracia de Dios, que quizá le conceda como premio la
vocación que aún no tiene, y mientras tanto, no sacarla del colegio.
--¿No cree usted entonces que le convenga volver a su casa?...
El padre Cifuentes abrió la tabaquera, y con la impasibilidad del hombre
que golpea en los oídos de un sordo, con la sencillez con que hubiera
dicho que hacía calor o estaba lloviendo, dijo tranquilamente:
--No, señora... Los ejemplos que vería en ella no conseguirían quizá
corromperla, pero de seguro lograrían matarla...
Currita no protestó contra aquel reproche tremendo; no se avergonzó ni
se indignó tampoco. Asióse, por el contrario, para llegar a su objeto, a
la punta de aquella maza que la aplastaba, y dijo lastimeramente:
--¡Ay, sí, sí, padre, es verdad!... ¡Si usted supiera lo que pasa en mi
casa! ¡Si usted conociera la situación en que me encuentro!
Y adoptando el cálculo más hábil del disimulo, el de apropiarse de la
ingenuidad y disfrazarse con la sencillez y la franqueza, refirió con
toda verdad al padre Cifuentes el escándalo de su vida, la trágica
muerte de Jacobo, la calumnia difundida por aquellos enemigos
invisibles, la imposibilidad en que estaba de acusarlos a ellos y
defenderse ella misma ante los tribunales, y la necesidad que tenía de
_alguien respetable_, de alguna _persona autorizada_ por su santidad y
su prestigio que sacase la cara por ella, perdonándole las faltas
verdaderas y defendiéndola de los _falsos crímenes_, concediéndole su
protección y su amistad, y rehabilitándola por este solo hecho a los
ojos del mundo... Y no pedía esto por ella misma, que nada merecía y así
lo confesaba; pedíalo por caridad de Dios, por lástima, por compasión
hacia sus propios hijos...
Calló Currita, y con la cabeza baja y las manos cruzadas y entornados
ojitos, esperó muy devotica el sermón formidable, la peluca tremenda que
creía ella iba a venir tras de aquello, seguida de alguna violenta
exhortación a la confesión y la penitencia, con algunos toquecitos de
llamas del infierno; y luego, más tarde de lo que ella deseaba y con
tanto anhelo iba buscando, un generoso ofrecimiento, noble, sincero y
amplio... Mas el padre Cifuentes, que había escuchado sin pestañear todo
aquel cúmulo de vergüenzas y de horrores, que no había hecho el menor
gesto de asombro, de disgusto, de compasión ni de protesta, sacó la
tabaquera de cuerno, tomó un polvo y dijo lacónicamente:
--Haga usted los Ejercicios...
--¿Los Ejercicios?--preguntó ella muy sorprendida.
--Sí, los Ejercicios de san Ignacio digo... Ayer los han empezado en el
Sagrado Corazón, en la calle del Caballero de Gracia... Todavía tiene
usted tiempo; empiece esta misma tarde.
--Yo..., bueno..., desde luego...--dijo Currita titubeando--. Pero según
tengo entendido, sólo se entra allí con papeleta y yo no la tengo.
--Pues yo la recomendaré a usted a la superiora y le hablaré a la
marquesa de Villasis, que es presidenta del consejo...
Currita sintió tal movimiento de gozo, que estuvo a pique de venderse...
¡Por fin triunfaba, y a pesar de su impasibilidad y no obstante sus
marrullerías, hacía tragar al bendito padre todo el anzuelo!... Entre la
marquesa de Villasis, la dama de mejor nombre de la corte, y el padre
Cifuentes, el sacerdote de más prestigio, haría ella su entrada triunfal
en el gremio de beatas aristocráticas, y una vez dentro, no bien tomase
ella terreno, ya sabría reconquistar, palmo a palmo, los aplausos y las
adulaciones, y colocarse de nuevo en el antiguo puesto perdido.
Vistióse sencillamente, siempre con aquel prolijo cuidado de los
detalles pequeños que desprecian los talentos vulgares y tienen en mucho
los privilegiados y prácticos: una modesta falda de seda negra, un
abriguito de terciopelo con pieles y la mantilla recogida por completo
sobre los hombros, chiffonné, con mucha gracia, cubriendo las blondas
del velo parte del rostro, pero dejando ver perfectamente los rojos
pelitos, contraseña suya característica, que cuidó muy bien de dejar a
la vista con cálculo prudentísimo, para que en caso de oscuridad o de
duda pudieran todos reconocerla.
A las cinco comenzaba el santo Ejercicio, y a las cinco y siete minutos
calculó ella muy bien su entrada, para que fuese de todos vista. Apeóse
del coche y entró en el zaguán, creyendo encontrar allí alguna religiosa
o algún portero a quien preguntar por la marquesa de Villasis o por el
padre Cifuentes; mas sólo vio delante una empinada escalera dividida
por en medio con un barandal de hierro que hacía veces de pasamanos. En
lo alto, dos señoras cuchicheaban entre sí muy quedito, e
interrumpiéndose bruscamente al ver subir a Currita, desaparecieron al
punto, sin que la dama pudiera reconocerlas. Encontróse entonces frente
a la puerta de la capilla, que estaba de par en par abierta; era esta
entrelarga, ancha y extensa, con una gran puerta en el fondo que daba al
interior del colegio y otra lateral para el servicio de la gente. En el
testero hallábase el altar, parcamente adornado, con algunas luces que
ardían a derecha e izquierda del tabernáculo.
Arriba, en la parte más alta, había una hermosa efigie del Sagrado
Corazón, y caía desde sus pies hasta abajo un gran paño de brocado
recamado de terciopelo rojo, con estas palabras bordadas: _Venite ad me
omnes_. A uno y otro lado de la gran puerta del fondo estaban las sillas
de coro de las religiosas, y sentadas en ellas las señoras del consejo:
la marquesa de Villasis ocupaba la esquina derecha, teniendo a su lado a
la duquesa de Astorga.
Currita vio desde la puerta el extremo de un banco desocupado y ante él
se arrodilló, haciendo uno de esos garabatitos con que creen ciertas
damas santiguarse, cruzando las manitas sobre el respaldo, inclinando la
cabeza con mucha devoción y poniéndose a registrar con el rabillo del
ojo todo cuanto había y pasaba dentro de la capilla... ¡Prodigio
maravilloso de la perspicacia y fuerza comunicativa de la grey
femenina!... Cuatro minutos después, no quedaba en el extenso recinto
una sola alma más o menos pía que no hubiera atisbado la entrada de
Currita, sin que fuese necesario para ello más que alguno que otro suave
cuchicheo, alguna que otra disimulada seña, alguno que otro libro devoto
o rosario bendito que rodaba por el suelo, para dar ocasión a la dama
que lo recogía de lanzar una rápida mirada con el mayor disimulo. Allí
estaba ella, con mucha devoción, aguantando a pie quieto las miradas y
suponiendo los comentarios internos que acompañaban a estas; la condesa
de Murguía, señora muy severa, que había comido muchos viernes en casa
de Currita y disfrutado no pocas veces de su palco en el teatro,
hallábase a su lado... Alarmóla esta proximidad, volvió la cara
angustiada, y apretando cuanto pudo a las otras señoras que ocupaban el
banco, apresuróse a dejar entre ella y la escandalosa un gran espacio
vacío. Currita, sin perder su devoción, sintió ganas de tirarle del
pelo.
Entró a poco una señora con dos niñas, al parecer sus hijas, y una de
estas, la más pequeña, fuese a arrodillar junto a Currita en el hueco
vacío; mas la madre, advertida sin duda por otra señora que le habló por
lo bajo, levantóse prontamente, tocó en el hombro a la niña y apártola
de allí. Currita no sintió esta vez ira, sintió una sensación penosa,
amarga, desconocida para ella, que se le figuró semejante al desconsuelo
de verse sola y desamparada por un ser querido; aquella niña le había
recordado a Lilí.
Entraban nuevas señoras, llenábase la capilla de bote en bote y
apiñábanse las rezagadas contra las que habían llegado antes, sin que
ninguna quisiera ocupar el sitio vacío al lado de Currita. Ella sintió
crecer aquel desconsuelo que la oprimía y la angustiaba y le producía
una irritación sorda, una amarga iracundia, que la llevaba a escarbar
llena de saña en el basurero de su vida, buscando y enumerando las
vergüenzas públicas, las inmundicias de todos conocidas, que le había
tolerado, consentido y hasta aplaudido como amables _pequeñeces_ aquel
mismo Madrid que ahora le volvía la espalda, para arrojárselas a la
cara, gritándole con muy buena lógica: «¿Acaso soy ahora peor que lo fui
antes?... ¿Por ventura hace más fuerza en ti una calumnia anónima,
levantada por pérfidos asesinos, que ese montón de lodo con que a todas
horas te he salpicado el rostro?...».
¡Oh!, ¡qué mundo, qué mundo aquel tan injusto y tan asqueroso! ¡Con
cuánta razón se resistía a entrar en él Lilí, aquel ángel del Señor tan
puro y tan bello!... Y a este recuerdo, con la rapidez con que se muda
la decoración en una comedia de magia, sustituyó en su mente la imagen
de la niña al Madrid injusto y asqueroso que provocaba sus iras, y
quedaron frente a frente, embargando todo su entendimiento, la
celestial figura de Lilí, derramando luz vivísima del cielo, y el montón
de lodo repugnante y hediondo, la charca sucia y cenagosa que acababa de
formar ella con tanta saña, haciendo examen general de toda su vida...
Currita creyó ver una cloaca a la pura y rosada luz del alba, creyó ver
el infierno a la luz del paraíso y se sintió confundida y se juzgó
condenada; porque aquel montón de lodo era ella misma y aquel resplandor
de Lilí era la luz de Dios, único criterio de moral, independiente de
míseras condescendencias sociales, a que deben de ajustarse los actos
humanos. Un último movimiento de soberbia la agitó, sin embargo.
--¡Soy una infame, es cierto!... Pero que no me condenen los hombres,
¡que me condene Dios!...
Y al levantar la vista rabiosa y desesperada, como para lanzar en torno
una mirada de orgulloso desafío, divisó al frente la imagen de
Jesucristo, del Juez único que su soberbia vencida aceptaba, mostrándole
su corazón herido, diciéndole en aquel letrero que tenía por debajo:
Venite ad me omnes. Un crujido misterioso lastimó entonces su pecho, y
repitió muy quedo:
--_Omnes_!... ¡Todos, todos!...
Habíase mientras tanto rezado el rosario, y un jesuita subía en aquel
momento al púlpito, para exponer la meditación que correspondía, según
el orden establecido en los Ejercicios de san Ignacio. Era sobre el
Juicio Final, y dividióla en tres partes: la confusión de los hipócritas
al ver patentes sus pecados ocultos; la suprema vergüenza de los
escandalosos al ver objeto de la execración universal los pecados
públicos de que habían hecho gala, y la justificación de la Providencia,
la manifestación clara de los misteriosos caminos ordenados por Dios
para bien siempre del hombre; la sapientísima urdimbre, puesta al
descubierto, de grandes hechos y pequeños acontecimientos, de penas y
alegrías, derrotas y triunfos, llamamientos y amenazas, premios y
castigos, que han de probar en la vida de cada criatura, mirada de
frente a la luz de aquel tremendo día, la paternal providencia de Dios
para cada hombre, la conjunción perfecta sobre cada uno de ellos de sus
dos atributos, el más temible y el más deseable: la misericordia y la
justicia.
El jesuita hablaba llanamente, expresando con sencilla claridad aquellas
tremendas verdades y trazando a veces pavorosos cuadros que herían la
imaginación, estremecían los corazones y preparaban los ánimos para el
eco futuro de aquellas temerosas palabras: _Ossa arida, audite verbum
Domini_!... Reinaba un hondo silencio, muy semejante al silencio del
pavor; y el jesuita, torciendo un poco el rumbo a sus palabras, dejó ver
de repente la bondad infinita de Dios, la más consoladora de todas sus
grandezas, su inmensa misericordia, brindando siempre al pecador con su
perdón tan sin límites y tan amplio, que desaparecen en él, cual si
fueran átomos, los más enormes pecados.
--Imaginaos--dijo--un hombre llegado al último extremo del crimen;
cargadle a vuestro pensamiento con todas las acciones afrentosas que
fuera posible imaginar; vedle dormir tranquilo en medio de su vergüenza,
como si se viera al abrigo de la muerte, como si no tuviera ya
remordimientos ni tuviera conciencia... Mas un día, lo mismo que en el
sueño de Nabucodonosor una piedra desprendida de la montaña hizo pedazos
al coloso con pies de barro, así también un átomo arrancado a la
misericordia de Dios por los ruegos de algún justo derribará sin causa
alguna aparente ese coloso del mal y formará en sus entrañas
desesperadas una lágrima, que subirá hasta el corazón y pasará por los
caminos que Dios ha hecho para llegar a sus ojos marchitos, y brotará
por ellos, y rodará al fin por sus mejillas... ¡Esa lágrima le ha
revelado la verdad y conquistado el perdón y devuelto la paz!...
Y como si aquella lágrima bendita, alcanzada por la oración de un justo,
se formase en aquel momento en algunas entrañas y subiese hasta un
corazón y brotase por unos ojos, con explosión de dolor formidable,
rompió el hondo silencio un sollozo que resonó por todos los ámbitos de
la capilla, haciendo al jesuita enmudecer un instante, y mirarse
pálidas y sobrecogidas a cuantas vieron a la condesa de Albornoz
desplomarse sobre el reclinatorio, aniquilada como el grano de mijo que
machaca la piedra de molino, mordiéndose las manos para contener, como
con esfuerzo sobrehumano contuvo, los gritos, los sollozos, los alaridos
de dolor que parecían hervirle en el pecho, sin llegar a reventarle por
los labios.
Terminó el sermón, y siguióse luego, y terminó también aquel canto
suavísimo, patético grito del pecador arrepentido: _¡Perdón, oh Dios
mío!_ Y la numerosa concurrencia desfiló por delante de Currita, sin que
levantase ella la cabeza ni hiciera un movimiento, como si la vergüenza
de su vida entera la tuviese allí sujeta, clavada, ante las miradas
curiosas, compasivas y aun burlonas de sus antiguas rivales.
Quedó la capilla solitaria, y una religiosa lega, que se deslizaba como
una sombra, apagó las luces una a una, sin que la condesa de Albornoz se
moviese de su sitio ni diese muestras de vida. Unos brazos la rodearon
al fin en aquella soledad de que sólo Dios era testigo, y una voz muy
conmovida le dijo muy bajo:
--Curra, hija mía... Abajo tengo mi coche... ¿Quieres que te lleve?...
Ella levantó la cabeza y fijó en la que así hablaba una mirada hosca,
medrosa, que no parecía tener conciencia de la realidad y reflejaba como
en dos vidrios profundos todos los asombros y todas las agonías...
Reconoció al fin a la marquesa de Villasis, y el rostro de la pecadora,
rojo de vergüenza por primera vez en su vida, ocultóse en el casto pecho
de la mujer fuerte, balbuceando entre sollozos:
--¡Sí, sí!... Adonde no me vea nadie... A Chamartín con mi hija...
La niña no se sorprendió al verla... Había ofrecido aquella tarde, por
aviso del padre Cifuentes, el sacrificio de su vida, y esperaba confiada
y serena, como esperan las lágrimas del pecador los ángeles de la
guarda...
--IX--
Se ha dicho que más cavila un pobre que cien abogados, y hay quien
cavila más que cien pobres y cien abogados juntos: cualquier muchacho
haragán que se ve con un libro delante, clavado en un banco. En este
caso se hallaba aquel día, en el estudio del colegio de Guichon,
Alfonsito Téllez-Ponce, alias _Tapón_, piel del diablo, corazón de
ángel, enredador como él solo, ídolo y tentación perpetua de sus
compañeros, encanto y purgatorio eterno de sus maestros.