Un cochecillo desvencijado, tirado por dos flacos rocines del país,

entró al mismo tiempo por el puente de Catalangua, atravesó velozmente

el prado y vino a detenerse al pie de la escalinata. Apeóse otra señora,

también enlutada, muy flaca, muy pequeñita, ocultando, como la otra,

entre los negros crespones un rostro consumido y lleno de pecas y unos

cabellos rojos mezclados de blanco. Nadie la conocía en el país: habíase

establecido aquel verano en un caserío muy bien acondicionado, cerca de

los baños de San Juan, y veíasela a menudo desde el camino pasear por la

huerta acompañando a un caballero muy gordo, al parecer idiota, que

lanzaba gritos extraños y tristes risotadas, y no se movía de un carrito

de que tiraba a veces un borriquillo pequeño, otras un criado, algunas,

con bastante frecuencia, la misma señora. Los caseros de las cercanías

llamábanla _Gorriya_, esto es, «la roja».

Al hermano portero no le era, sin embargo, desconocida la dama, y

saludóla también a su paso con mucha atención y deferencia. La beata,

con redoblada curiosidad, tornó a preguntar asimismo el nombre de esta.

--La condesa de Albornoz--replicó secamente el portero.

Penetró esta también en la santa casa y subió al famoso santuario, lleno

en aquel momento de fieles de todas clases, mezclados y confudidos el

señor y el labriego, la dama y la casera, con ese aire de confianza, esa

perfecta igualdad que muchos pregonan y sólo se comprende y se practica

en el santo templo de Dios. La Albornoz pasó rozando con su traje el

traje de su infeliz prima y fue a arrodillarse, sin reparar en ella, a

cuatro pasos de distancia.

No sucedió lo mismo a la marquesa de Sabadell: viola muy bien esta, la

conoció al punto, y el temblor de sus manos, el gesto espontáneo de

horror con que apartó la vista, el ansia cruel con que se levantó su

pecho, sin que pudieran exprimir sus vaivenes una sola lágrima, como si

se hubiese agotado ya en aquel corazón el manantial de ellas, revelaron

claramente la impresión horrible que le hacía la presencia de aquella

mujer funesta, que encontraba por primera vez después de tantas

desgracias.

Comenzó la misa ante la imagen de san Ignacio, del lado de allá de la

reja; la de Albornoz, flaca y macilenta, paseó a poco la vista por todas

partes, buscando algún sitio en que sentarse, y no hallándolo, hízolo

humildemente en el suelo, sobre las frías losas; un anciano, pobre

mendigo de Azpeitia, levantóse al punto del extremo de un banco y quiso

cederle su puesto; mas ella, agradeciéndoselo con cariñosa sonrisa, no

aceptó.

Llegó al fin la hora de la comunión; el sacerdote abrió el tabernáculo,

volvióse al pueblo y bendijo a pobres y ricos, grandes y pequeños,

inocentes y arrepentidos, verdugos y víctimas... Todas las cabezas se

inclinaron, dobláronse todas las rodillas en el más profundo silencio...

--_¡Ecce Agnus Dei; ecce qui tollit peccata mundi!..._

Varios hombres y mujeres se adelantaron y fueron a arrodillarse ante el

comulgatorio; entre ellos iban la marquesa de Sabadell y la condesa de

Albornoz, las dos rivales, el verdugo y la víctima, la mujer inocente y

la cínica escandalosa.

Pasó largo rato; terminóse aquella misa y salió después otra, y poco a

poco fueron desapareciendo los fieles, quedando al fin sola la Albornoz,

arrodillada delante, sin poderse sostener apenas, caída la cabeza,

cruzadas las manos, imagen viva de la humildad aniquilada ante la

misericordia. Detrás estaba la marquesa de Sabadell, arrodillada a larga

distancia, sintiendo por primera vez, después de la muerte de su hijo,

el consuelo inefable de las lágrimas.

De repente hizo Currita un penoso esfuerzo para levantarse, y la otra se

levantó también prontamente, y salió de la capilla, deteniéndose al lado

de allá de la puerta, junto a la pila del agua bendita... Allí la

encontró la Albornoz, y dio un paso atrás al verla, pálida cual un

espectro.

Mas ella, dando otro paso adelante, hizo un solo movimiento, una mera

_pequeñez_, de esas que asombran a los hombres y regocijan a los

ángeles: metió la mano en la pila del agua bendita y se la ofreció con

la punta de los dedos...

Fin

Pequeñeces · 第 35 / 35 段