Los periódicos publicaron extensos suplementos que se vendían a gritos

por las calles, y entonces comenzaron a conocerse y comentarse algunos

pormenores del crimen. Constaba entre ellos la declaración del centinela

del ministerio de la Guerra; según este, vio pasar a la una de la

madrugada, a través de la verja de Recoletos, a un hombre y una mujer

que venían muy de prisa de la Castellana. Marchaban agarrados del brazo,

embozado él en una capa andaluza con vueltas rojas, cubierta ella el

rostro con un antifaz negro y envuelta en un abrigo de pieles grises;

vio también al mismo tiempo, a través de la verja de la calle Alcalá,

venir por aquel lado dos hombres gritando y cantando, cual si estuviesen

borrachos; cruzáronse ambas parejas delante del pabellón, por la fachada

que da a Recoletos, y allí los perdió el centinela de vista; mas oyó a

poco en el silencio de la noche el rumor de un cuerpo que cae a tierra y

uno de esos gritos de agonía que jamás se olvidan ni se confunden; vio

huir desesperadamente por la calle de Alcalá a la mujer enmascarada y

vio correr a los dos hombres, borrachos antes y bien firmes entonces,

uno hacia la Castellana y otro hacia la Plaza de Toros. Tropezó este

último en la fuente de la Cibeles y oyóse el ruido del agua cual si

hubiese caído dentro; levantóse, sin embargo, al punto, y su veloz

carrera púsole bien pronto al abrigo de las tinieblas. El centinela,

imposibilitado por la consigna y por la verja para abandonar el puesto,

abalanzóse a los hierros de esta y vio al hombre de la capa tendido en

la acera; gritó entonces al cabo de guardia, dio a los fugitivos por

tres veces la voz de ¡alto!, y con el fin de despertar la alarma,

disparó el fusil por dos veces. Llegaron a poco tres serenos y un

oficial y dos soldados del ministerio, y por la puertecilla pegada al

pabellón salieron a la calle: el hombre de la capa estaba ya muerto.

Desprendíase de todo esto que había una _ella_ de por medio, y la

curiosidad, excitada hasta la rabia, sobre todo en los altos círculos,

venía a estrellarse contra el secreto de la sumaria. Súpose que en la

mañana siguiente a la noche del crimen fue preso Damián, el ayuda de

cámara de la víctima, y llamado a declarar aquella misma tarde un don

Francisco Javier Pérez Cueto, fabricante de almidón en uno de los

arrabales de la corte... Desde entonces, ningún signo exterior dio a

conocer que las investigaciones judiciales adelantasen un solo paso, y

comenzóse a murmurar, con cierta estupefacción temerosa, que andaba en

todo aquello la mano de los masones; que los asesinos de Sabadell

quedarían desconocidos e impunes como los de su amigo el general Prim, y

que el crimen de Recoletos sería siempre un arcano misterioso, como lo

fue el de la calle del Turco. Mas de repente, cuando esta voz tomaba

cuerpo y comenzaba a excitar en los ánimos el terror que infunde todo

poder oculto y la indignación que inspira toda cobarde añazaga,

levantóse otra voz contraria, que nadie supo nunca de dónde salía ni

quién la atizaba, y que se extendió, sin embargo, por todas partes, con

grandes visos de certeza, a la manera que esparce un pozo subterráneo

por todos lados sus húmedas filtraciones... Díjose que en el fondo de

todo aquello había tan sólo una intriga galante, que existía en el

Juzgado un billetito concediendo una cita y que obraba también en poder

del juez una prenda acusadora, perteneciente a la _promovedora del

crimen_: una talma de pieles de castor, marcada por la parte de dentro

con una etiqueta negra, en que con letras rojas decía: Worth.--Rue de la

Paix. _París_.

Dos periódicos que, a juicio de muchos, pertenecían a la secta de los

masones, publicaron violentos artículos contra los tribunales de España,

que recluyen al pobre como un criminal y le barren de las calles como

una inmundicia, y se cruzan de brazos y cierran los ojos ante el

poderoso que oculta sus crímenes bajo una armadura de oro, contra la

cual se hace pedazos la espada de la justicia.

Porque un pobre mancebo

Hurtó un solo huevo,

Al sol bambonea,

Y otro se pasea

Con cien mil delitos.

Cuando pitos, flautas;

Cuando flautas, pitos.

El atrevimiento era tan grande, la audacia tan increíble, que extraviada

la opinión por completo con estas pérfidas insinuaciones, señaló

entonces con el dedo a la condesa de Albornoz y comenzó a mirarse el

dintel de su palacio con el mismo horror con que se había mirado tres

días antes la esquina del ministerio de la Guerra.

¡Singulares extravíos de la conciencia pública, que Dios permite a veces

en su infinita justicia para castigar con una calumnia el delito

verdadero que había quedado impune!

Nadie en Madrid pidió cuentas a Currita de la sangre de Velarde,

derramada a la vista de todos por culpa suya, y ahora le arrojaban al

rostro la de Sabadell, de la cual se hallaba inocente y hubiera ella

rescatado con gusto a costa de cualquier sacrificio... Porque el dolor

de la dama fue en realidad grande, aunque no expansivo ni alborotado;

uno de esos dolores, por decirlo así, secos, propios de las almas

enérgicas, que se repliegan sobre sí mismos en el fondo del corazón como

para no perder su energía, a la manera que el gladiador herido encuentra

fuerzas en su misma agonía para encoger el cuerpo y doblar los músculos,

e intentar un último y más formidable avance... Aquella débil mujercilla

encerraba en su endeble cuerpo una de esas almas enérgicas que se crecen

a la vista del peligro y lo desafían, y no necesitan en el dolor apoyo

ni cómplices en el crimen; bastábase ella misma a sí misma, y sacudiendo

los terrores que la habían invadido la víspera, con el vigoroso empuje

del toro que arroja lejos de sí los rejones que le lastiman y embarazan,

aprestóse a la defensa, decidida a arrostrar a pie quieto y con firmeza

todas las consecuencias de aquella horrible noche.

Mas necesitaba antes que nada reflexionar, trazarse un plan, preparar su

respuesta y ordenar sus preguntas; y aprovechando la ocasión de hallarse

en cama Fernandito, postrado por uno de esos ataques de imbecilidad que

traen consigo los reblandecimientos cerebrales, tomóse todo el día del

lunes y dio la orden terminante de no recibir a nadie. Creía ella tener

que habérselas de seguida con las visitas importunas, las preguntas

indiscretas, las impertinentes lástimas y las molestas compasiones que

la habían asediado cuando la muerte de Velarde, catástrofe también

espantosa, que sin saber explicarse el porqué parecíale en estos

momentos más terrible que le pareció en aquellos primeros instantes.

Mas, con gran sorpresa suya, pasó todo el día del lunes, y pasó también

el martes, y llegó y pasó asimismo el miércoles, sin que ningún coche

parase a la puerta, ni atravesase una sola visita las antesalas, ni

recibiera el oso del vestíbulo en su bandeja ninguna tarjeta, ni llegara

tampoco el menor recado, la más insignificante misiva de atención, de

interés o de consuelo... Aterróla entonces aquella soledad, que no sabía

explicarse, porque ignoraba que la opinión había atravesado en el dintel

de su puerta el cadáver de Jacobo; mas cuando llegaron a su noticia las

voces que corrían y supo que una pérfida y misteriosa mano explotaba el

funesto hallazgo de la capa de pieles, para hacer recaer sobre ella las

sospechas del crimen, tuvo en su soledad vértigos de ira,

estremecimientos de fiera acorralada, y decidió desafiar frente a frente

a la calumnia con un golpe de enérgica audacia.

La casualidad presentóle bien pronto ocasión propicia; el viernes muy

bien de mañana trajéronle el aviso de que le tocaba al día siguiente

hacer su guardia como dama de honor en Palacio. Enviábale este aviso,

según la costumbre, la dama que había hecho la guardia el día antes, y

era esta una buena mujer, sencilla y piadosísima, que, desechando como

terribles calumnias las voces que corrían, apresuróse a cumplir con su

deber avisando a Currita y dejando al arbitrio de la dama el acudir o no

acudir a la cita de Palacio.

Por primera vez después de la espantosa catástrofe sonrió Currita, con

aquella sonrisa de diablillo, señal en ella de alguna idea feliz que

pasaba por su mente. Tocábale la guardia el sábado, y según la

tradicional costumbre, habían de asistir los reyes a la Salve de Atocha;

la novedad atraía todavía gran concurso de gentes a conocer y contemplar

a la joven reina, y presentándose Currita a su lado, en el primer

puesto, parecióle que había de detener desde allí los tiros de la

calumnia. Conocía ella bien el mundo que frecuentaba, que forma sus

juicios y regula sus actos por los del poderoso que mira en lo alto, y

creyó con razón que le bastaría presentarse una vez en público al lado

de la reina y a raíz del suceso, para que todos acallasen sus escrúpulos

y se apresurasen a conservarla en el puesto de honor que había ocupado

siempre en la corte.

Sin llamar a Kate, saltó Currita de la cama antes de las nueve y fue a

abrir ella misma una ventana para enterarse del estado del tiempo: el

sol brillaba despejado, no se descubría una nube en el cielo y prometía

la mañana una tarde deliciosa. Currita sintió un movimiento de gozo

vivísimo que le pareció el presentimiento del triunfo; los carruajes de

la corte saldrían, por el buen tiempo, descubiertos, y sin duda irían

después de la Salve a dar una vuelta por la Castellana, donde todo el

mundo elegante tendría ocasión de verla y contemplarla en su honorífico

puesto... Algo la espantaba, sin embargo: la idea de que iba a serle

forzoso pasar por aquel mismo trayecto que había recorrido con Jacobo la

noche funesta, por aquella misma iglesia ante la cual pronunció su

última palabra, por aquella esquina en que le había visto caer lanzando

un gemido de agonía... Mas ¿qué iba a hacer ella? ¿Enterrarse en vida a

los cuarenta y cinco años? ¿Dejar por escrúpulos sentimentales que le

arrebatase una calumnia el prestigio, la soberanía suprema, el cetro de

la elegancia y el buen tono que, a pesar de mil vergüenzas verdaderas,

había conservado en su mano hasta entonces?...

Rióse ella misma de sí misma al notar la febril impaciencia con que

esperaba la hora de ir a Palacio, porque ni la señora de López Moreno

había sentido mayores ansias ni más vehementes deseos el día de su

famosa presentación en el hotel Basilewsky. Con esmero redoblado y

gusto exquisito escogió una _toilette_ elegantísima, con ese estudio de

los pequeños detalles que se observa en los grandes genios y acredita en

ellos el conocimiento práctico del terreno que pisan. Púsose un

riquísimo vestido de terciopelo azul muy oscuro, guarnecido de piel de

chinchilla, con sombrero y abrigo de lo mismo; dos perlas negras en las

orejas y un trébol en el pecho, formado por otras tres perlas, blanca la

una, negra la otra y rosa la tercera. En el hombro izquierdo, sujetas

con un lazo encarnado, llevaba las dos cruces de dama de honor: cruz de

esmalte rojo, la antigua de la reina Isabel, y una _M_ de brillantes y

rubíes, la de la nueva reina Mercedes. Después, mientras le traía Kate

el rico pañuelo de encajes y los guantes de piel de Suecia, buscó ella

en una cajita un relicario de plata que contenía un _lignum crucis_;

besólo con gran piedad, oprimiólo un instante contra su pecho, cerrando

los ojos e inclinando la cabeza como si pidiese algo al cielo con grande

ahínco, y guardóselo después en el bolsillo, como se hubiera guardado un

amuleto que tuviese virtud para alejar cualquier daño o peligro.

Al subir la escalera de Palacio latióle el corazón y tembláronle las

piernas, porque vio a dos lacayos que cuchicheaban entre sí, mirándola a

ella. Mas cuando el alabardero de guardia a la puerta de la Saleta dio

el golpe de alabarda que anuncia la llegada de un Grande de España,

crecióse el orgullo de Currita, despertó de nuevo su energía, y armada

de toda su audacia atravesó la antecámara y penetró en la cámara misma,

dispuesta a comenzar la batalla, creyendo encontrar allí a la camarera

mayor o al gentilhombre de servicio, o quizá a todos juntos. La cámara,

sin embargo, estaba desierta y Currita sintió el desahogo de un momento

del enfermo que ve detenerse un instante la temida operación por haberse

retrasado el médico. Sentóse en una banqueta frente a la mampara que

lleva a las habitaciones regias, a fin de esperar que la reina la

llamase o alguien saliese; mas la excitación nerviosa no la dejaba

sosegar un momento, y levantóse al punto para asomarse a uno de los

balcones y mirar a la plaza de la Armería; púsose luego a arreglarse los

ricitos de la frente ante uno de los magníficos espejos y reparó

entonces en el soberbio retrato de Alfonso XII, pintado por Casado, que

habían colocado allí la víspera y se destacaba sobre la rica tapicería

de seda granate con grandes flores amarillas, con todo el esplendor de

una obra maestra.

Pasó un cuarto de hora, que le pareció a ella un cuarto de siglo, y en

pie siempre ante el retrato, sintió abrirse a su espalda la mampara de

las habitaciones de la reina; volvióse vivamente y vio que la mampara se

volvía a cerrar y quedaba medio abierta, como si el que fuera a salir se

hubiese detenido de repente. Oyó entonces, sin que pudiera distinguir

las palabras, una voz suave de mujer que parecía acongojada, como si

suplicase algo, y otra de hombre, fuerte y colérica, que exclamaba

enérgicamente:

--¡No, no..., ahora mismo!

Inmutóse Currita atrozmente y metióse la mano en el bolsillo, como si

buscara el _lignum crucis_; abrióse entonces la mampara y apareció el

mayordomo mayor, también muy inmutado... La dama, fingiendo siempre

hallarse absorta en la contemplación del retrato, volvió ligeramente la

cabeza y saludó con la mano al personaje, diciendo con vocecita a su

pesar temblorosa y angustiada:

--¡Magnífico retrato! Yo no lo había visto. ¿Cuándo lo han puesto?...

Mas el mayordomo, sin contestar a la pregunta y con el esfuerzo de quien

cumple un deber penosísimo, díjole balbuceando:

--Su majestad la reina la dispensa del servicio..., y me encarga le

manifieste su deseo de que devuelva la cruz de dama...

Currita dio una rápida media vuelta, apretando los puños y echando atrás

la cabeza cual si fuera a embestir al mayordomo, fijando en él la mirada

de sus claros ojos, enormemente abiertos, que reflejaban toda la ira del

que recibe un salivazo en el rostro, todo el espanto del que ve

derrumbarse una última esperanza, toda la solapada e impotente amenaza

que encierra el terror del débil, aniquilado por una mano más fuerte...

Luego, como si despertase en ella de repente la altiva ricahembra al

ignominioso contacto de una bofetada, arrancóse ambas cruces del pecho y

las arrojó en el suelo...

--VIII--

Aquel golpe terrible no anonadó a Currita, ni le infundió tampoco el

extraño sentimiento, mezcla de pavor y de ira, que al recibir en Loyola

un bofetón semejante la había obligado a confundirse, y a humillarse, y

a callar... Detrás de la mano de Pedro Fernández había visto entonces la

mano de Dios, que le impedía profanar con el escándalo de su vida su

santa casa, y detrás del bofetón del mayordomo de Palacio tan sólo veía

la mano del rey, que no era para ella una idea, sino un hombre, contra

el cual se podía luchar y al cual se le podía también vencer.

Mas harto comprendió desde el primer instante, con la rápida percepción

de su claro entendimiento y su mucha práctica de mundo, que en vano

emplearía todas las astucias de su ingenio, todos los atrevimientos de

su audacia y todos los recursos de su dinero en atraerse de nuevo a sus

amigos y a formar en torno suyo aquella brillante corte que era la

médula de su vida, porque era también la de su vanidad. Nada arrastra

tanto como el ejemplo de un príncipe, capaz por sí solo de salvar o

perder a una sociedad entera, y la severa repulsa dada a Currita en

Palacio, justa en medio de su severidad, que si de algo pecaba era sólo

de tardía, había de arrastrar sin duda a Madrid entero, derrumbando a la

ilustre dama desde la altura de su gloria, con todo el estrépito de los

grandes escándalos, con todo el ensañamiento con que del árbol caído se

apresuran todos a sacar leña.

Por eso, sin darse ella por vencida ni cejar un punto en su tenaz

empeño, y fortaleciendo siempre con el despecho y la rabia y hasta el

dolor mismo su terquedad de mujer voluntariosa, siempre mimada, optó

desde luego por el camino de los hábiles políticos y los diestros

estratégicos y los conocedores prácticos del mundo y del corazón humano:

una prudente retirada que sosegara los ánimos y diese tiempo a que las

memorias olvidaran, cesasen las prevenciones, se cansaran las lenguas, y

los escándalos nuevos hicieran olvidar y aun perdonar los escándalos

pasados.

¡Había visto ella tanto de eso!... La ocasión, por otra parte, no podía

ser más oportuna: Fernandito había llegado al estado de imbecilidad

completa que traen consigo los reblandecimientos cerebrales, y preciso

era llevarlo a París a que alguna notabilidad médica intentase el

verdadero milagro de despertar un chispazo de inteligencia en aquel

meollo huero, que jamás había dado luz alguna.

El viaje fue, pues, decidido, y dos días antes dirigióse Currita al

colegio de Chamartín de la Rosa, para sacar a Lilí... La niña había

cumplido ya doce años, y más bien que una criatura que comenzaba a

vivir, parecía un ángel que iba a volar. Había en sus grandes ojos

azules algo que recordaba el cielo, algo a la vez triste y sereno,

candoroso y profundo, que comunicaba a todo su ser cierto poderoso y

triste encanto, semejante al que infunde en el alma la inocente sonrisa

de un niño huérfano.

Acogióla la madre con sus más suaves mimitos y díjole al oído,

abrazándola, que le traía una noticia muy buena, muy alegre, muy

grande...

--¿A que no la aciertas?...

La niña, con los grandes ojos llenos de lágrimas y teñidas las mejillas

del carmín más puro, dijo prontamente:

--¿Que mi papá está mejor? ¿Que se ha confesado?...

Quedóse Currita desconcertada, como le sucedía siempre con las salidas

intempestivas de aquella criatura. ¿Quién había de creer que iba a

acordarse de su padre y a pensar en si le habían o no administrado aquel

sacramento que le hacía tanta falta?... Echóse a reír muy maravillada.

¡Ca!, si no era eso... era mejor todavía; era una cosa referente a ella

misma, lo que mejor le podía suceder, lo que sin duda estaba ella

esperando...

Y de nuevo tornó a maravillarse, porque la sangre entera de Lilí afluyó

entonces a su rostro, un temblor nervioso agitó sus manitas, y levantó

los ojos hacia su madre, rebosando anhelo comprimido, esperanza

dulcísima de oír lo que era sin duda su más ferviente deseo. Su boquita

de ángel se entreabrió un momento para dejar escapar su secreto, como

deja escapar una flor su fragancia, y de nuevo tornó a bajar los ojos,

poniéndose más y más encarnada, y guardando silencio, con una cándida

sonrisa dibujada sobre los labios.

--Pero, tontita, ¿no lo adivinas?... Es que se acabó ya el colegio, que

te vas a venir conmigo.

¡Quién lo había de creer!... Al oír esto la niña, apagóse en sus labios

la sonrisa, como una luz que mata de repente una ráfaga de viento; cruzó

las manos angustiada, miró a su madre con espanto y se echó a llorar a

lágrima viva, con el corazón encogido...

--Pero ¡vaya por Dios, vida mía!--exclamó Currita estupefacta--. ¿A qué

viene ese llanto? ¿Es que no quieres venir?

Lilí, enjugándose con ambas manitas los ojos, repetía sollozando:

--Aquí me quieren todos... todos... Las Madres y las niñas...

--Pero, hija mía, ¿acaso en tu casa no te quieren?--exclamó Currita,

poniéndose muy seria; y la niña, titubeando un momento, contestó con

candorosa sencillez, cuyo alcance no supo medir sin duda:

--Ahora no está allí Paquito...

Currita sintió un movimiento de ira, que se transformó al punto en dolor

profundo, en dolor vivísimo que jamás había sentido, allá en el fondo de

sus entrañas de madre... Sus ojos se llenaron de lágrimas, atrajo hacia

sí a la niña, separóle del rostro ambas manos, y besándola en la frente,

díjole con mucho cariño:

--Pero lo recogeremos al paso, tonta, y nos iremos a París todos juntos.

La niña meneó la cabeza, apartándose del regazo de su madre, y

procurando dominar su aflicción, como si se aprestase a una batalla,

dijo resueltamente:

--Y, además... yo no puedo irme de aquí. No, no puedo.

--Pero ¿por qué?... Si eres ya una mujer y aquí están sólo las niñas...

--Y las mujeres también...

--¡Pero, hija, por Dios! ¿Dónde están esas mujeres?...

--Las Madres son mujeres.

--Pero ¿tú quieres ser monja?--exclamó Currita abriendo mucho los ojos;

y la niña, cerrando los suyos y moviendo enérgicamente la cabeza,

contestó con firmeza:

--¡Sí!...

--¡Yaaa!... Muy bien; ahora lo entiendo--dijo Currita muy despacito con

su tono de voz más suave--. Y las Madres, como te quieren tanto las

pobrecitas, te habrán metido esa idea en la cabeza...

--¡No, no, señora!... Las Madres no me han dicho nada.

--Pues entonces habrá sido el confesor, el padre Cifuentes.

--Tampoco...

--¿Pues quién te lo ha dicho?...

--Paquito.

--¿Paquito?... ¡Vaya un apóstol!... ¿Y por qué no se mete él fraile?...

--Eso le escribí yo... Y le envié la _Vida de san Estanislao_ y una

estampita de san Luis de Gonzaga... Pero me contestó que él era muy

desgraciado y tenía que hacer en el mundo una cosa muy grande, muy

grande... Yo no sé lo que será...

Currita comenzó a sospecharlo y se puso muy pálida; la escena terrible

de su estudio, cuando el niño se había arrojado sobre Jacobo como una

fiera sedienta de sangre, acudió a su memoria con gran viveza,

estremeciéndola de espanto, infundiéndole esa especie de terror

retrospectivo que causa un peligro pasado, despertando en su alma el

aguijón de un remordimiento, avivando en su corazón el dolor de una

herida chorreando aún sangre... ¡Oh! ¡Ya no tenía que hacer el pobre

niño aquella cosa _muy grande, muy grande_, porque otra mano más

culpable le había tomado la delantera en la esquina de Recoletos!...

Lilí, sin imaginar siquiera en su sencillez de ángel el efecto que en su

madre podían causar sus palabras, continuó diciendo:

--Me decía que fuese siempre muy buena y no saliera nunca del colegio y

rezara mucho por él, y por usted y por mi papá; porque la ira de Dios

iba a descargar sobre nuestra casa... Yo lloré mucho, mucho, y ofrecí

entonces ser monja, y se lo dije a la madre Larín y al padre Cifuentes.

--¿Y qué te dijeron?--preguntó Currita con los labios blancos.

--La madre se echó a llorar..

--¿Y el padre?...

--Se echó a reír y me consoló mucho, y me dijo que no ofreciese nada sin

que él me avisase.

Currita se quedó muy pensativa y permaneció largo rato en silencio,

mirando a la niña; de pronto, dijo:

--¿Pero el padre Cifuentes te querrá mucho?...

--¡Oh, sí!... Es muy bueno; me quiere mucho.

Calló otra vez, seria y meditabunda; porque en medio de aquel rudo

oleaje de afectos con que la gracia de Dios combatía su alma para

sacarla a flote, santos unos como el amor de madre, saludables otros

como el remordimiento, apareció muy honda y comenzó a subir, a subir,

hasta flotar en la superficie y sobrenadar en lo alto y llenarlo todo y

dominarlo todo, la idea fija, su ángel malo, el pensamiento constante

que llevaba clavado en la frente, como un dolor neurálgico, de

satisfacer su vanidad y vengar su despecho, recobrando de nuevo su

antigua posición y su brillante corte de mujer elegante. Había visto de

repente un camino desconocido, un sendero tortuoso que allí llegaba

dando rodeos, y ya no oyó más, ya no se ocupó de otra cosa. Cinco

minutos largos permaneció callada, inmóvil, tirando al parecer sus

planes. Lilí, con las manitas cruzadas sobre las rodillas y la cabeza

baja, la miraba de cuando en cuando a través de sus largas pestañas,

extrañada de aquel singular silencio.

Rompiólo Currita al cabo; aquella pichoncita suya monísima y preciosa la

había enternecido... Pero todo aquello era muy serio, muy grave, y

hacíase preciso pensarlo despacio, muy despacio, y no decidirlo así de

repente, en un segundo... Por de pronto, dejaría a la niña en el colegio

y detendría ella su viaje para hablar con el padre Cifuentes.

Lilí, al oír esto, saltó espontáneamente de la silla y se arrojó al

cuello de su madre, cubriéndole el rostro de besos, llorando y riendo al

mismo tiempo, como se mezclan la lluvia y el sol en un chubasco de mayo.

Ella se enterneció un poquito y derramó tres lagrimitas.

--Conque nada, pichona mía, mucho juicio, y pide a Dios que a todos nos

ilumine... Y ahora, vidita mía, dile a la madre Larín que quiero

hablarle un momento... ¿Eh, pichona?... Cosa de un segundo, avísala tú,

vidita...

Pequeñeces · 第 32 / 35 段