palabra del _buey Apis_ pronunciada a espaldas de aquel amigo querido
era un fraude que a este se hacía, salió impaciente en su busca. Solía
Jacobo algunas veces entrar en el _boudoir_ o en las habitaciones de
Fernandito como persona de la más familiar confianza, y no parecer en el
salón hasta el momento mismo de la comida. Al atravesar una antesala,
encontróse Currita un lacayo, que le presentó una carta en una bandeja
de plata.
--Para el señor marqués de Sabadell--dijo.
Tomóla al punto Currita, con grande prisa, y miró el sobre; era su letra
una de esas letras inglesas de mujer, de rasgos firmes y corridos, y por
debajo del nombre de Jacobo, decía: _Urgentísima_.
--¿Quién ha traído esto?--preguntó.
--Damián la ha traído... El señor marqués ha estado todo el día
esperando esa carta, y dejó dicho que en cuanto viniera se la llevaran
al Veloz... Damián fue allí y el señor marqués había ya salido; tomó
entonces un coche y la trajo aquí corriendo.
Currita quedóse un instante muy pensativa y dijo al cabo:
--¿Y el señor marqués no ha venido?
--No ha venido todavía.
--Está bien; yo se la entregaré cuando venga.
Y con la carta en la mano entróse en el _boudoir_, arrugando el
entrecejo, la boca fruncida y torvos los claros ojitos... A la luz de la
gran lámpara sostenida por el negro de ébano tomó a registrar la carta
por todos lados; era el sobre de rico papel muy recio, no tenía timbre,
sello ni inicial alguna, y venía ligeramente pegado con la misma goma de
los bordes.
Currita introdujo un fino cuchillo de marfil por debajo, y el recio
papel, sin doblarse ni romperse, se despegó fácilmente. Venía dentro una
de esas tarjetas cuadradas en que suelen escribir sus esquelas las damas
elegantes, cortada de intento la esquina superior izquierda, en que sin
duda debió de haber algún timbre o algún nombre. En breves renglones
decía: «La cita que me pide me compromete mucho; pero cedo a los
sentimientos que me inspira, y le espero esta noche, de doce a una, en
la calle de X**, número 4, principal, derecha. Silencio y discreción. No
diga al portero mi nombre: pregunte por la señora de Rosales.--N.»
--¡Qué delicia!--murmuró Currita; y mordiéndose los labios hasta hacerse
sangre, volvió a leer por dos veces la carta, sentándose antes en una
butaca.
Quedóse luego, pensativa breve rato, sin que denunciase su alteración
más que un imperceptible temblorcito en la mano que sostenía la carta,
una ligera crispatura en los labios, un torvo reflejo en la vista, fija
siempre en la alfombra. No era ya su mirada la de la ninfa Calipso,
orgullosa, placentera, rebosando vanidad satisfecha y gratas
satisfacciones; era la mirada celosa, furibunda y salvaje, de la Medea
que describe Séneca, terrible e imponente en medio de su sombría calma.
Sin perder un punto de la suya, escribió Currita en un plieguecillo de
papel timbrado las señas que venían en la carta; volvió a leerla por
cuarta vez y la metió de nuevo en el sobre, tornando a pegar este con
una poca de goma. Mantúvola un momento al calor de la chimenea, para dar
tiempo a que se secase por completo, y arrejóla luego sobre su lindo
escritorio. Entonces llamó a Kate.
--¿El señor marqués de Sabadell ha venido?
--Ahora mismo acaba de entrar y está en el salón de los señores.
--Ahí encima debe haber una carta... Que se la entreguen en seguida.
Tomóla Kate de sobre la mesa y se dirigió a la puerta; mas la señora,
siempre taimada y astuta, y sin dejar ver a nadie el juego de sus
cartas, dijole con voz muy displicente y quejumbrosa:
--Mira, hija, prepárame antes una dosis de antipirina... ¡Me está
barruntando una jaqueca!
Volvió Kate a poco, revolviendo en una copa, con preciosa cucharilla, la
medicina pedida.
--¿Han entregado la carta?--preguntó Currita.
--Como dijo la señora condesa que trajesen antes la antipirina...
--Pues anda, mujer... ¡Si dice en el sobre urgente!...
No bien salió Kate, arrojó Currita en la chimenea la medicina y
dirigióse muy de prisa al salón azul, donde acababa de entrar Jacobo.
Quería ver ella de cerca la impresión que causaba a este la lectura de
la carta; un momento después presentábasela un criado en una bandeja de
plata.
Abalanzóse a ella Jacobo con grandes ansias, y sin mirar apenas el
sobre, rasgólo en dos pedazos... Currita le devoraba con la vista, mas
no pudo notar en su rostro señal de gozo ni satisfacción alguna; observó
tan sólo una gran ansiedad mientras leía, y luego una honda preocupación
que le duró toda la comida. A veces, charlaba largo rato, sin cesar un
punto, con cierta excitación nerviosa que prestaba brillantez a su
conversación y alarmaba a Currita; otras, enmudecía de repente y
quedábase pensativo y preocupado, sin prestar apenas atención a lo que
en torno de él se hablaba.
Hallábase muy perplejo; había comprendido desde luego que aquella
extraña carta era la respuesta del Hº. Neptuno, porque a nadie sino a
este había pedido él cita alguna; mas extrañábale, por lo mismo, la
singular manera de su redacción y el empeño manifiesto que en ella se
notaba de encubrir todo lo que pudiera denunciar su carácter masónico y
hacerla tan sólo como una cita galante y misteriosa, según la había
juzgado ya, engañándose por completo, la misma Currita.
Despertóle esto la fundada sospecha de si la carta ocultaría algún lazo,
y de nuevo renacieron sus temores; mas recordó luego las mojigangas
ridículas y los aparatosos misterios de que suelen rodearse siempre los
masones, y esforzóse por creer lo que más halagaba sus deseos y
ahuyentaba sus recelos: que en todo aquello había tan sólo una broma
impertinente y ridícula que había que apurar hasta el cabo, y que la
carta de Pérez Cueto era el chasco de Carnaval que debía coronarla. De
repente, en uno de aquellos momentos de preocupación que la lucha de
estas ideas le causaba, dijo a don Casimiro Pantojas, que se hallaba a
su lado:
--Diga usted, Pantojas... ¿Qué significa _vocavi et renuistis_?...
Miróle el bueno de don Casimiro muy asombrado, y satisfecho de poder
lucir su erudición, contestóle al punto:
--Significa literalmente _te llamé y me rechazaste_... y son las
palabras de Isaías, si mal no recuerdo, que dirige el Señor a los
pecadores empedernidos que resisten a su misericordia.
Echóse Jacobo a reír, y Currita le preguntó con malicia:
--¿Piensas hacer en el Senado alguna homilía sobre ese texto?
--No pienso yo hacerla, sino que me la han hecho a mí esta
tarde--contestó Jacobo.
Y añadiéndole ridículos pormenores, contó la escena del confesonario en
la iglesia del Carmen, guardándose muy bien de decir el verdadero motivo
de su entrada en el templo: según él, habíale sido imposible el tránsito
por la calle del Carmen, y atravesó por la iglesia para salir a la de la
Montera. Riéronse todos mucho de la ocurrencia del cura, y el señor don
Vicente Cascante, senador del reino, dijo con prosopopeya e hinchazón
sentenciosa.
--Pero noten ustedes cómo en medio de lo ridículo del caso resalta
siempre la soberbia y la insolencia del clero... ¡Siempre disponiendo de
los rayos celestes, como si Dios les hubiera dado a ellos la llave!...
Eso es insufrible, y cien veces lo he dicho y lo repetiré otras ciento:
la dureza y la intransigencia del clero es lo que está carcomiendo la
Iglesia de España.
Y el señor don Vicente Cascante, senador del reino, para enardecer el
celo de la casa de Dios, que se lo comía, comióse él una pechugita de
perdiz con gesto de pesar profundo.
A las once de la noche, el palacio de Villamelón parecía, por extraño
caso, la morada de la quietud y del silencio: la señora condesa se había
retirado muy temprano a sus habitaciones, a causa de una fuerte jaqueca
que le molestaba desde la tarde; el señor marqués habíase acostado
también, aquejado de fuertes mareos, y la numerosa servidumbre, libre de
toda traba y segura de no ser echada de menos, habíase esparcido acá y
allá, por los numerosos centros de diversión que ofrecen en Madrid las
noches de Carnaval a las gentes de todas raleas.
No dormía, sin embargo, todo el mundo en la casa; a las once y media
abrióse con gran sigilo la puertecilla del jardín pegada por dentro al
invernadero, y salió a la calle cautelosamente un bulto negro, que cerró
por fuera y se alejó rápidamente, guardándose la llave.
Era una mujer enmascarada, que, a pesar de sus altos tacones y de la
especie de gran florón de anchas cintas negras que llevaba en lo alto de
la cabeza para aumentar su estatura, aparecía muy pequeña: llevaba sobre
un vestido corto de seda negra un amplio dominó de igual color, y
abrigábase el cuello, espaldas y brazos, con una rica talma de pieles
grises.
La incógnita cruzó rápidamente varias callejas sin muestras de miedo
alguno y entró por la calle Ancha de San Bernardo en la plazuela de
Santo Domingo. Detúvose un momento en la esquina y miró a todas partes;
la concurrencia era allí todavía numerosa de máscaras que se dirigían a
los bailes, transeúntes que iban de un lado a otro y carruajes que
cruzaban. Hacia la calle de Tudescos había tres simones parados,
dormitando sus cocheros en los pescantes: dirigióse la incógnita al de
enmedio, abrió ella misma la portezuela y mandó al cochero, que
despertaba sobresaltado, parar en el paseo de Recoletos, a la entrada de
la calle de X**: era esta calle una de las varias que van a parar
perpendicularmente en la de Serrano.
Apeóse la incógnita en el sitio indicado, y ordenando esta vez al
cochero que aguardase, entró por la calle X**, mirando a una y otra
acera, como si inspeccionase el terreno. Es esta calle muy corta, y
formábanla en aquel tiempo, por la acera de la izquierda, la gran verja
del jardín que rodea a un hotel de Recoletos, un solar lleno de
escombros y la esquina de una casa de la calle de Serrano, en la cual se
abría una puertecilla, al parecer condenada; a la derecha, extendíase
primero la fachada lateral de cierto edificio público; seguía luego un
hotel suntuoso, y terminaba la acera con otro solar en construcción y la
esquina de otra casa de la calle de Serrano, en que no había puerta
ninguna.
La incógnita, en que el lector habrá ya reconocido sin duda a la
intrépida Currita, pareció muy perpleja: indudable era que en la calle
X** no existía el número 4, puesto que no había otra casa que el
suntuoso hotel, y en este vivía precisamente--¡qué coincidencia!--, la
Mazacán en persona...
¿Vendría quizá equivocado el número de la casa y sería aquella buena
alhaja la autora de la carta?... Parecióle esto a Currita improbable, y
un hecho positivo la sacó de dudas: abrióse de repente la gran mampara
de cristales que cerraba en el hotel el fondo del vestíbulo y apareció
un coche que vino a detenerse al pie de la escalera; ni el cochero ni el
lacayo traían librea, ni veíanse tampoco en el coche armas, iniciales o
corona; al ejercitado olfato de Currita olióle todo aquello, desde
luego, a principios de aventura.
Bajaron a poco dos damas, vestidas de chulas, con riquísimos mantones de
Manila, pañuelos de seda en la cabeza y antifaces de terciopelo color de
rosa; en la estrepitosa carcajada que soltó una al entrar en el coche
reconoció Currita a Leopoldina Pastor, y en su alta estatura y el aire
de dueña con que dio al lacayo la orden, adivinó al punto en la otra a
su mortal enemiga, la Mazacán misma. Arrancó el coche y Currita respiró
desahogada: indudable era que las dos amigas se marchaban al Real a
correr alguna _juerga_...
Volvióse entonces la dama a su coche, decidida a esperar allí
pacientemente, y recatándose lo posible, acomodóse lo mejor que pudo en
el fondo, sin dejar de mirar por la ventanilla a lo largo de la calle.
Extendíase esta frente a ella, solitaria por completo, subiendo en suave
declive hasta la de Serrano, y veíanse cruzar a través, con cierto
aspecto fantástico, como por el cristal de una linterna mágica,
transeúntes que el frío hacía marchar apresurados, coches que llevaban
máscaras a los bailes, y de cuando en cuando, los tranvías que subían y
bajaban con sordo ruido, pareciendo a lo lejos monstruosos faroles
ambulantes. Sólo dos reverberos de gas alumbraban la calle; el portero
del hotel había entornado la puerta, y el cuarto menguante de la luna
derramaba su suave claridad, permitiendo distinguir claramente los
objetos.
Un reloj lejano dio las doce y cuarto, y a poco bajó pausadamente de la
calle de Serrano un hombre muy alto, con gran levitón y sombrero de
copa, trayendo ambas manos cruzadas a la espalda; parecía un loco
desocupado que fuera a tomar el fresco de la medianoche en Recoletos, o
un genio que meditara una obra maestra, o un desesperado que fuera a
escoger el árbol más a propósito para ahorcarse a la luz de la luna, o
el lugar más solitario para descerrajarse un tiro en mitad del pecho.
Currita le miró con ese sentimiento de terror que inspira a las altas
horas de la noche todo lo que suponemos extraño o misterioso, y
escondióse más en el fondo del coche. En la esquina misma de Recoletos
cruzóse el hombre del levitón con otro que venía apresuradamente de
aquel mismo sitio; asomóse Currita al vidrio trasero y el corazón le
latió con fuerza...
Era Jacobo, gallardamente embozado en una capa andaluza con vueltas
rojas, y cubierta la cabeza con un sombrero hongo de color claro; torció
la esquina sin fijarse en el coche y comenzó a subir por la calle ya más
despacio, examinando las casas atentamente. La misma perplejidad que
asaltó a Currita asaltóle a él también al notar que faltaba el número 4;
la dama, ahogándose de ira, veíale marchar con la mano puesta en la
llave de la portezuela, como si acechase el instante de salirle al
encuentro.
Jacobo, cansado al fin de dar vueltas, acabando de creer que el asunto
todo de los masones era una farsa y la carta de Pérez Cueto un chasco de
Carnaval que debía completarla, decidióse a llamar como última prueba a
la puertecilla condenada, única que, fuera aparte de la del hotel, había
en la calle; los golpes retumbaron en el silencio, y un eco muy extraño,
que asustó a Currita, los reprodujo a lo lejos.
Nadie contestaba, e impaciente Jacobo llamó hasta tres veces, cada vez
con más fuerza; dio entonces una gran patada en el suelo y, siguiendo
adelante, dobló la esquina de la calle de Serrano.
Este fue el momento escogido por Currita para lanzarse del coche y
correr tras de Jacobo, temerosa de que la puerta de la casa estuviese
por el otro lado y se le escapara dentro. Jacobo, sin embargo, no había
pensado en esto, o no había podido lograrlo. Encontróle Currita parado
en la acera, examinando atentamente la fachada de la casa; era esta de
modesta apariencia y estaba ya la puerta cerrada; en la planta baja
hallábanse establecidas las oficinas de una agencia funeraria.
Encontráronse los dos amigos frente a frente, y no obstante el disfraz
de la dama, reconocióla al punto Jacobo; con más sorpresa que disgusto,
salió entonces a su encuentro:
--¡Criatura!... ¿Qué haces aquí? ¿A qué has venido?...
Ella, agitada por mil sentimientos encontrados, entre los que sobresalía
la ira, contestó con amarga burla:
--Pues nada... Venía a indicarte dónde está el número 4.
--¿Pero quién te ha dicho eso?--exclamó el otro asombrado--. Vamos, tú
has creído otra cosa...
Y cogiéndola del brazo dobló con ella de nuevo la esquina de la calle de
Serrano; entonces, ciega de ira la dama, parada en la acera, cual si la
rabia la hubiese allí enclavado, comenzó a arrojar por la boca todos los
sentimientos de su corazón mezclados y confundidos, pero bajo la forma
siempre del insulto, a la manera que lanza un volcán todas las materias
contenidas en su seno, formando un solo cuerpo, un solo torrente de lava
que tala y destruye por dondequiera que pasa... Esforzábase en vano
Jacobo por probarle su inocencia; ella no le dejaba hablar, y con sus
flacas manecitas habíale deshecho el embozo, levantando hasta el rostro
de él las uñas, como si quisiera arrancarle los ojos.
Jacobo, irritado también por la burla de Pérez Cueto, acosado por los
reproches de Currita y temeroso de perder la amistad, para él
indispensable, de esta, viose al fin forzado a confesarle toda la
verdad, con el fin de aplacarla...
Consiguiólo al punto; al oír la dama el nombre de masones, apagóse en el
acto su ira y llenóse en cambio de un espanto casi pueril, extraño en un
carácter de tan enérgico temple.
--¡Vámonos, vámonos!--decía--. Por Dios te lo pido, Jacobo; no te quedes
aquí. ¡Vámonos!
Y con acento de verdadero terror, mirando a todas partes espantada,
repetía muy bajo:
--¡Excomulgados! ¿Sabes? ¡Están excomulgados!...
Jacobo, creyendo con razón que el terror es contagioso, porque sentía él
comunicársele el que a la dama le agitaba, procuró, sin embargo,
sosegarla.
--Pero no seas tonta, mujer, no seas chiquilla... Vámonos si quieres,
pero sosiégate. ¿No estoy yo contigo?... ¿Has venido sola?...
--Sí.
--¿Pero a pie?... ¡Qué locura!
--No..., tengo ahí un simón...
--Pues te acompañaré en él a tu casa, y me llevará después a la mía.
--¿Traes armas?--dijo ella muy bajo.
--Sí, un revólver.
Siguieron ambos hacia Recoletos, mirando ella a todas partes muy
azorada, procurando él rechazar con la idea de que era un chasco de
Carnaval la carta de Pérez Cueto la inquietud que a pesar suyo le
causaba el extraño terror de Currita.
Al volver la esquina, miráronse ambos en silencio, cual si el exceso de
su espanto les paralizara las lenguas... El coche había desaparecido, y
ni por una ni por otra parte del paseo se divisaba a lo lejos.
--¿Le habías ya pagado?--preguntó Jacobo estupefacto.
Y ella, pegándose a él con el temblor de un calenturiento, contestóle
muy bajo:
--No..., no le había pagado.
El caso era extraño, y Jacobo sintió renacer con mayor fuerza todas sus
inquietudes; imposible era que el cochero se hubiese marchado sin
cobrar, si alguien no le hubiera obligado o persuadido a marcharse; tuvo
entonces un momento de angustiosa perplejidad, de verdadero miedo, que
pasó por su ánimo naturalmente valiente, estremeciéndolo como a un
cuerpo robusto un soplo helado.
--Vámonos andando--dijo.
Y ambos echaron a andar agarrados del brazo, sin pronunciar una palabra,
atravesando diagonalmente el paseo para ganar la acera opuesta, por
parecerles quizá menos solitaria. Currita marchaba muy de prisa, sin
mirar a ningún lado, fijos siempre los ojos en las luces de los
faroles, que le parecían la salvación y la vida, sintiendo a la vez
deseos y terror insuperables de volver atrás la cara. Al poner el pie en
la acera, respiró Currita algo más desahogada y atrevióse a mirar a un
lado y otro; todo parecía solitario, y tan sólo por la calle del
Almirante vio a un hombre que marchaba a lo lejos, con las manos en los
bolsillos, silbando la marcha de Pan y Toros. Al pasar por San Pascual
santiguóse Currita muy de prisa, y Jacobo, oprimiéndola el brazo
cariñosamente, dijo en son de burla:
--¡Tonta!...
Llegaban al ministerio de la Guerra, y allí Currita se tranquilizó más
todavía, porque comenzaba a poblarse aquella soledad que la aterraba. Un
coche subía por la calle de Alcalá y entraba por el paseo del Prado; en
el jardín del ministerio brillaba el fusil de un centinela, y algunas
voces de hombres que venían cantando escuchábanse muy de cerca, por el
lado de allá de la verja.
Forma la esquina del ministerio un pabellón aislado, de un solo piso,
con cuatro fachadas y tres ventanas en cada una. Dos hombres
decentemente vestidos, pero dando gritos y risotadas de borrachos,
volvieron la esquina del pabellón y emparejaron con Currita y con Jacobo
ante la tercera ventana; el más alto pegóse a la acera, y el más bajo
llamóse a la corriente, dejándoles pasar por en medio... Hubo entonces
una terrible escena de un segundo: Currita sintió que un brutal empellón
le arrancaba violentamente del lado de Jacobo; que otra mano vigorosa
tiraba del embozo de este, que caía al suelo al pie de la ventana, y
algo líquido y caliente brotaba como de un surtidor, chorreándole las
ropas y las manos. El terror diole alas para huir por la calle de
Alcalá, sin una idea en la mente para definir lo que pasaba, sin un
acento en la garganta para lanzar un grito... Uno, lastimero y
agonizante, llegó a sus oídos, y otra voz vigorosa y angustiada hendió
siniestramente los aires en el silencio de la noche:
--¡Cabo de guardia!... ¡Un hombre muerto!...
Sonó luego por tres veces la voz de ¡alto!, y de seguida, uno tras de
otro, como dos gritos de protesta y de amenaza, se oyeron dos tiros.
Currita, desfallecida y sin alientos, se agarraba ya a la verja de la
iglesia de San José; pensó volver atrás, pensó seguir corriendo, pensó
gritar pidiendo socorro, pensó morirse allí mismo... Oyó entonces los
pitos de los serenos, sintió abrirse algunas ventanas, vio correr por la
acera de enfrente un hombre encapuchado, con el chuzo en ristre y el
farol en lo alto.
El instinto, más bien que la reflexión, hízole comprender entonces el
riesgo que corría ella misma y huyó de nuevo por la calle del Caballero
de Gracia, sin detenerse un momento, sin resollar siquiera, sin ver nada
ni oír nada, ni pensar nada tampoco, hasta que, jadeante y sin saber
cómo, se encontró en su _boudoir_, rígidos los miembros, huraña la
vista, fuera de las órbitas los ojos, teniendo delante el negro de
ébano, que levantaba en lo alto la lámpara encendida como para alumbrar
en su entendimiento el horrible cuadro y que le mostraba con temerosa
inmovilidad los blancos dientes en su sonrisa siniestra, eterna como la
mueca del condenado.
A la luz de aquella lámpara miróse las manos, que sentía húmedas y
pegajosas, y vióselas teñidas de sangre... Un horror inmenso invadió
entonces su cuerpo y anegó su alma, y una idea taladró al fin su mente,
como un clavo ardiendo al empuje de un mazo: la de su hija Lilí,
arrodillada en el estudio, mostrándole sus manitas manchadas también con
la sangre de su hermano, repitiendo con la opaca vibración de un terror
sin medida:
--¡Sangre!... Mamá... ¡Sangre!...
--VII--
Una hora larga tardó la justicia en acudir para reconocer y levantar el
cadáver; hallábase este atravesado en la acera, tendido sobre el lado
derecho, descansando la cabeza contra el zócalo del pabellón del
ministerio de la Guerra, debajo de la segunda ventana. Tenía en la sien
derecha una fuerte contusión, producida sin duda por el golpe dado al
caer, y en el lado izquierdo del cuello una tremenda puñalada que le
dividía por la mitad la arteria carótida. Un gran torrente de sangre,
que de allí había brotado empapaba su ropa y humedecía la tierra. En la
esquina misma de Recoletos y la calle de Alcalá veíase sobre la acera
una rica talma de pieles de castor, manchada también de sangre; hasta
que llegó el juez nadie se atrevió a tocarla.
Pronto quedó identificado el cadáver: encontráronle en el bolsillo la
esquela recibida aquella misma tarde, dando la falsa cita, las dos
cartas de Garibaldi al Hº. Neptuno y varias tarjetas en que constaba el
nombre del marqués de Sabadell. Era este nombre harto conocido, y al
horror natural que inspira todo crimen unióse entonces en los presentes
ese espanto mezclado de sorpresa con que ve el vulgo derrumbarse una
fortuna en el abismo de una desgracia, caer a un poderoso desde los
almohadones de su coche sobre la mesa destinada en un hospital a hacer a
los cadáveres la autopsia. La noticia corrió de un extremo a otro de la
corte, sin hacer derramar una lágrima, pero despertando por todas partes
la admiración, el espanto y, sobre todo, la curiosidad; la curiosidad
ansiosa y hasta, por decirlo así, rabiosa de conocer los pormenores de
aquel drama misterioso, más interesante que los lúgubres episodios de
Ana Radcliffe y las dramáticas aventuras de Clara Harlowe. Varios socios
del Veloz corrieron al hospital a ver el cadáver, y en la esquina del
ministerio de la Guerra viose todo el día un gran cerco de gente
contemplando con cierta curiosidad pavorosa el pie de aquella ventana en
que parecía vagar aún la sombra siniestra del crimen. Por la tarde,
cuando la mayor afluencia de máscaras y de gente acudía al Prado y a
Recoletos, nadie osaba pisar aquel sitio regado de sangre, y llamábanse
todos a la acera opuesta, lanzando a la segunda ventana una mirada larga
y medrosa.