Jacobo no había venido todavía, y disgustada Currita por creer que toda

palabra del _buey Apis_ pronunciada a espaldas de aquel amigo querido

era un fraude que a este se hacía, salió impaciente en su busca. Solía

Jacobo algunas veces entrar en el _boudoir_ o en las habitaciones de

Fernandito como persona de la más familiar confianza, y no parecer en el

salón hasta el momento mismo de la comida. Al atravesar una antesala,

encontróse Currita un lacayo, que le presentó una carta en una bandeja

de plata.

--Para el señor marqués de Sabadell--dijo.

Tomóla al punto Currita, con grande prisa, y miró el sobre; era su letra

una de esas letras inglesas de mujer, de rasgos firmes y corridos, y por

debajo del nombre de Jacobo, decía: _Urgentísima_.

--¿Quién ha traído esto?--preguntó.

--Damián la ha traído... El señor marqués ha estado todo el día

esperando esa carta, y dejó dicho que en cuanto viniera se la llevaran

al Veloz... Damián fue allí y el señor marqués había ya salido; tomó

entonces un coche y la trajo aquí corriendo.

Currita quedóse un instante muy pensativa y dijo al cabo:

--¿Y el señor marqués no ha venido?

--No ha venido todavía.

--Está bien; yo se la entregaré cuando venga.

Y con la carta en la mano entróse en el _boudoir_, arrugando el

entrecejo, la boca fruncida y torvos los claros ojitos... A la luz de la

gran lámpara sostenida por el negro de ébano tomó a registrar la carta

por todos lados; era el sobre de rico papel muy recio, no tenía timbre,

sello ni inicial alguna, y venía ligeramente pegado con la misma goma de

los bordes.

Currita introdujo un fino cuchillo de marfil por debajo, y el recio

papel, sin doblarse ni romperse, se despegó fácilmente. Venía dentro una

de esas tarjetas cuadradas en que suelen escribir sus esquelas las damas

elegantes, cortada de intento la esquina superior izquierda, en que sin

duda debió de haber algún timbre o algún nombre. En breves renglones

decía: «La cita que me pide me compromete mucho; pero cedo a los

sentimientos que me inspira, y le espero esta noche, de doce a una, en

la calle de X**, número 4, principal, derecha. Silencio y discreción. No

diga al portero mi nombre: pregunte por la señora de Rosales.--N.»

--¡Qué delicia!--murmuró Currita; y mordiéndose los labios hasta hacerse

sangre, volvió a leer por dos veces la carta, sentándose antes en una

butaca.

Quedóse luego, pensativa breve rato, sin que denunciase su alteración

más que un imperceptible temblorcito en la mano que sostenía la carta,

una ligera crispatura en los labios, un torvo reflejo en la vista, fija

siempre en la alfombra. No era ya su mirada la de la ninfa Calipso,

orgullosa, placentera, rebosando vanidad satisfecha y gratas

satisfacciones; era la mirada celosa, furibunda y salvaje, de la Medea

que describe Séneca, terrible e imponente en medio de su sombría calma.

Sin perder un punto de la suya, escribió Currita en un plieguecillo de

papel timbrado las señas que venían en la carta; volvió a leerla por

cuarta vez y la metió de nuevo en el sobre, tornando a pegar este con

una poca de goma. Mantúvola un momento al calor de la chimenea, para dar

tiempo a que se secase por completo, y arrejóla luego sobre su lindo

escritorio. Entonces llamó a Kate.

--¿El señor marqués de Sabadell ha venido?

--Ahora mismo acaba de entrar y está en el salón de los señores.

--Ahí encima debe haber una carta... Que se la entreguen en seguida.

Tomóla Kate de sobre la mesa y se dirigió a la puerta; mas la señora,

siempre taimada y astuta, y sin dejar ver a nadie el juego de sus

cartas, dijole con voz muy displicente y quejumbrosa:

--Mira, hija, prepárame antes una dosis de antipirina... ¡Me está

barruntando una jaqueca!

Volvió Kate a poco, revolviendo en una copa, con preciosa cucharilla, la

medicina pedida.

--¿Han entregado la carta?--preguntó Currita.

--Como dijo la señora condesa que trajesen antes la antipirina...

--Pues anda, mujer... ¡Si dice en el sobre urgente!...

No bien salió Kate, arrojó Currita en la chimenea la medicina y

dirigióse muy de prisa al salón azul, donde acababa de entrar Jacobo.

Quería ver ella de cerca la impresión que causaba a este la lectura de

la carta; un momento después presentábasela un criado en una bandeja de

plata.

Abalanzóse a ella Jacobo con grandes ansias, y sin mirar apenas el

sobre, rasgólo en dos pedazos... Currita le devoraba con la vista, mas

no pudo notar en su rostro señal de gozo ni satisfacción alguna; observó

tan sólo una gran ansiedad mientras leía, y luego una honda preocupación

que le duró toda la comida. A veces, charlaba largo rato, sin cesar un

punto, con cierta excitación nerviosa que prestaba brillantez a su

conversación y alarmaba a Currita; otras, enmudecía de repente y

quedábase pensativo y preocupado, sin prestar apenas atención a lo que

en torno de él se hablaba.

Hallábase muy perplejo; había comprendido desde luego que aquella

extraña carta era la respuesta del Hº. Neptuno, porque a nadie sino a

este había pedido él cita alguna; mas extrañábale, por lo mismo, la

singular manera de su redacción y el empeño manifiesto que en ella se

notaba de encubrir todo lo que pudiera denunciar su carácter masónico y

hacerla tan sólo como una cita galante y misteriosa, según la había

juzgado ya, engañándose por completo, la misma Currita.

Despertóle esto la fundada sospecha de si la carta ocultaría algún lazo,

y de nuevo renacieron sus temores; mas recordó luego las mojigangas

ridículas y los aparatosos misterios de que suelen rodearse siempre los

masones, y esforzóse por creer lo que más halagaba sus deseos y

ahuyentaba sus recelos: que en todo aquello había tan sólo una broma

impertinente y ridícula que había que apurar hasta el cabo, y que la

carta de Pérez Cueto era el chasco de Carnaval que debía coronarla. De

repente, en uno de aquellos momentos de preocupación que la lucha de

estas ideas le causaba, dijo a don Casimiro Pantojas, que se hallaba a

su lado:

--Diga usted, Pantojas... ¿Qué significa _vocavi et renuistis_?...

Miróle el bueno de don Casimiro muy asombrado, y satisfecho de poder

lucir su erudición, contestóle al punto:

--Significa literalmente _te llamé y me rechazaste_... y son las

palabras de Isaías, si mal no recuerdo, que dirige el Señor a los

pecadores empedernidos que resisten a su misericordia.

Echóse Jacobo a reír, y Currita le preguntó con malicia:

--¿Piensas hacer en el Senado alguna homilía sobre ese texto?

--No pienso yo hacerla, sino que me la han hecho a mí esta

tarde--contestó Jacobo.

Y añadiéndole ridículos pormenores, contó la escena del confesonario en

la iglesia del Carmen, guardándose muy bien de decir el verdadero motivo

de su entrada en el templo: según él, habíale sido imposible el tránsito

por la calle del Carmen, y atravesó por la iglesia para salir a la de la

Montera. Riéronse todos mucho de la ocurrencia del cura, y el señor don

Vicente Cascante, senador del reino, dijo con prosopopeya e hinchazón

sentenciosa.

--Pero noten ustedes cómo en medio de lo ridículo del caso resalta

siempre la soberbia y la insolencia del clero... ¡Siempre disponiendo de

los rayos celestes, como si Dios les hubiera dado a ellos la llave!...

Eso es insufrible, y cien veces lo he dicho y lo repetiré otras ciento:

la dureza y la intransigencia del clero es lo que está carcomiendo la

Iglesia de España.

Y el señor don Vicente Cascante, senador del reino, para enardecer el

celo de la casa de Dios, que se lo comía, comióse él una pechugita de

perdiz con gesto de pesar profundo.

A las once de la noche, el palacio de Villamelón parecía, por extraño

caso, la morada de la quietud y del silencio: la señora condesa se había

retirado muy temprano a sus habitaciones, a causa de una fuerte jaqueca

que le molestaba desde la tarde; el señor marqués habíase acostado

también, aquejado de fuertes mareos, y la numerosa servidumbre, libre de

toda traba y segura de no ser echada de menos, habíase esparcido acá y

allá, por los numerosos centros de diversión que ofrecen en Madrid las

noches de Carnaval a las gentes de todas raleas.

No dormía, sin embargo, todo el mundo en la casa; a las once y media

abrióse con gran sigilo la puertecilla del jardín pegada por dentro al

invernadero, y salió a la calle cautelosamente un bulto negro, que cerró

por fuera y se alejó rápidamente, guardándose la llave.

Era una mujer enmascarada, que, a pesar de sus altos tacones y de la

especie de gran florón de anchas cintas negras que llevaba en lo alto de

la cabeza para aumentar su estatura, aparecía muy pequeña: llevaba sobre

un vestido corto de seda negra un amplio dominó de igual color, y

abrigábase el cuello, espaldas y brazos, con una rica talma de pieles

grises.

La incógnita cruzó rápidamente varias callejas sin muestras de miedo

alguno y entró por la calle Ancha de San Bernardo en la plazuela de

Santo Domingo. Detúvose un momento en la esquina y miró a todas partes;

la concurrencia era allí todavía numerosa de máscaras que se dirigían a

los bailes, transeúntes que iban de un lado a otro y carruajes que

cruzaban. Hacia la calle de Tudescos había tres simones parados,

dormitando sus cocheros en los pescantes: dirigióse la incógnita al de

enmedio, abrió ella misma la portezuela y mandó al cochero, que

despertaba sobresaltado, parar en el paseo de Recoletos, a la entrada de

la calle de X**: era esta calle una de las varias que van a parar

perpendicularmente en la de Serrano.

Apeóse la incógnita en el sitio indicado, y ordenando esta vez al

cochero que aguardase, entró por la calle X**, mirando a una y otra

acera, como si inspeccionase el terreno. Es esta calle muy corta, y

formábanla en aquel tiempo, por la acera de la izquierda, la gran verja

del jardín que rodea a un hotel de Recoletos, un solar lleno de

escombros y la esquina de una casa de la calle de Serrano, en la cual se

abría una puertecilla, al parecer condenada; a la derecha, extendíase

primero la fachada lateral de cierto edificio público; seguía luego un

hotel suntuoso, y terminaba la acera con otro solar en construcción y la

esquina de otra casa de la calle de Serrano, en que no había puerta

ninguna.

La incógnita, en que el lector habrá ya reconocido sin duda a la

intrépida Currita, pareció muy perpleja: indudable era que en la calle

X** no existía el número 4, puesto que no había otra casa que el

suntuoso hotel, y en este vivía precisamente--¡qué coincidencia!--, la

Mazacán en persona...

¿Vendría quizá equivocado el número de la casa y sería aquella buena

alhaja la autora de la carta?... Parecióle esto a Currita improbable, y

un hecho positivo la sacó de dudas: abrióse de repente la gran mampara

de cristales que cerraba en el hotel el fondo del vestíbulo y apareció

un coche que vino a detenerse al pie de la escalera; ni el cochero ni el

lacayo traían librea, ni veíanse tampoco en el coche armas, iniciales o

corona; al ejercitado olfato de Currita olióle todo aquello, desde

luego, a principios de aventura.

Bajaron a poco dos damas, vestidas de chulas, con riquísimos mantones de

Manila, pañuelos de seda en la cabeza y antifaces de terciopelo color de

rosa; en la estrepitosa carcajada que soltó una al entrar en el coche

reconoció Currita a Leopoldina Pastor, y en su alta estatura y el aire

de dueña con que dio al lacayo la orden, adivinó al punto en la otra a

su mortal enemiga, la Mazacán misma. Arrancó el coche y Currita respiró

desahogada: indudable era que las dos amigas se marchaban al Real a

correr alguna _juerga_...

Volvióse entonces la dama a su coche, decidida a esperar allí

pacientemente, y recatándose lo posible, acomodóse lo mejor que pudo en

el fondo, sin dejar de mirar por la ventanilla a lo largo de la calle.

Extendíase esta frente a ella, solitaria por completo, subiendo en suave

declive hasta la de Serrano, y veíanse cruzar a través, con cierto

aspecto fantástico, como por el cristal de una linterna mágica,

transeúntes que el frío hacía marchar apresurados, coches que llevaban

máscaras a los bailes, y de cuando en cuando, los tranvías que subían y

bajaban con sordo ruido, pareciendo a lo lejos monstruosos faroles

ambulantes. Sólo dos reverberos de gas alumbraban la calle; el portero

del hotel había entornado la puerta, y el cuarto menguante de la luna

derramaba su suave claridad, permitiendo distinguir claramente los

objetos.

Un reloj lejano dio las doce y cuarto, y a poco bajó pausadamente de la

calle de Serrano un hombre muy alto, con gran levitón y sombrero de

copa, trayendo ambas manos cruzadas a la espalda; parecía un loco

desocupado que fuera a tomar el fresco de la medianoche en Recoletos, o

un genio que meditara una obra maestra, o un desesperado que fuera a

escoger el árbol más a propósito para ahorcarse a la luz de la luna, o

el lugar más solitario para descerrajarse un tiro en mitad del pecho.

Currita le miró con ese sentimiento de terror que inspira a las altas

horas de la noche todo lo que suponemos extraño o misterioso, y

escondióse más en el fondo del coche. En la esquina misma de Recoletos

cruzóse el hombre del levitón con otro que venía apresuradamente de

aquel mismo sitio; asomóse Currita al vidrio trasero y el corazón le

latió con fuerza...

Era Jacobo, gallardamente embozado en una capa andaluza con vueltas

rojas, y cubierta la cabeza con un sombrero hongo de color claro; torció

la esquina sin fijarse en el coche y comenzó a subir por la calle ya más

despacio, examinando las casas atentamente. La misma perplejidad que

asaltó a Currita asaltóle a él también al notar que faltaba el número 4;

la dama, ahogándose de ira, veíale marchar con la mano puesta en la

llave de la portezuela, como si acechase el instante de salirle al

encuentro.

Jacobo, cansado al fin de dar vueltas, acabando de creer que el asunto

todo de los masones era una farsa y la carta de Pérez Cueto un chasco de

Carnaval que debía completarla, decidióse a llamar como última prueba a

la puertecilla condenada, única que, fuera aparte de la del hotel, había

en la calle; los golpes retumbaron en el silencio, y un eco muy extraño,

que asustó a Currita, los reprodujo a lo lejos.

Nadie contestaba, e impaciente Jacobo llamó hasta tres veces, cada vez

con más fuerza; dio entonces una gran patada en el suelo y, siguiendo

adelante, dobló la esquina de la calle de Serrano.

Este fue el momento escogido por Currita para lanzarse del coche y

correr tras de Jacobo, temerosa de que la puerta de la casa estuviese

por el otro lado y se le escapara dentro. Jacobo, sin embargo, no había

pensado en esto, o no había podido lograrlo. Encontróle Currita parado

en la acera, examinando atentamente la fachada de la casa; era esta de

modesta apariencia y estaba ya la puerta cerrada; en la planta baja

hallábanse establecidas las oficinas de una agencia funeraria.

Encontráronse los dos amigos frente a frente, y no obstante el disfraz

de la dama, reconocióla al punto Jacobo; con más sorpresa que disgusto,

salió entonces a su encuentro:

--¡Criatura!... ¿Qué haces aquí? ¿A qué has venido?...

Ella, agitada por mil sentimientos encontrados, entre los que sobresalía

la ira, contestó con amarga burla:

--Pues nada... Venía a indicarte dónde está el número 4.

--¿Pero quién te ha dicho eso?--exclamó el otro asombrado--. Vamos, tú

has creído otra cosa...

Y cogiéndola del brazo dobló con ella de nuevo la esquina de la calle de

Serrano; entonces, ciega de ira la dama, parada en la acera, cual si la

rabia la hubiese allí enclavado, comenzó a arrojar por la boca todos los

sentimientos de su corazón mezclados y confundidos, pero bajo la forma

siempre del insulto, a la manera que lanza un volcán todas las materias

contenidas en su seno, formando un solo cuerpo, un solo torrente de lava

que tala y destruye por dondequiera que pasa... Esforzábase en vano

Jacobo por probarle su inocencia; ella no le dejaba hablar, y con sus

flacas manecitas habíale deshecho el embozo, levantando hasta el rostro

de él las uñas, como si quisiera arrancarle los ojos.

Jacobo, irritado también por la burla de Pérez Cueto, acosado por los

reproches de Currita y temeroso de perder la amistad, para él

indispensable, de esta, viose al fin forzado a confesarle toda la

verdad, con el fin de aplacarla...

Consiguiólo al punto; al oír la dama el nombre de masones, apagóse en el

acto su ira y llenóse en cambio de un espanto casi pueril, extraño en un

carácter de tan enérgico temple.

--¡Vámonos, vámonos!--decía--. Por Dios te lo pido, Jacobo; no te quedes

aquí. ¡Vámonos!

Y con acento de verdadero terror, mirando a todas partes espantada,

repetía muy bajo:

--¡Excomulgados! ¿Sabes? ¡Están excomulgados!...

Jacobo, creyendo con razón que el terror es contagioso, porque sentía él

comunicársele el que a la dama le agitaba, procuró, sin embargo,

sosegarla.

--Pero no seas tonta, mujer, no seas chiquilla... Vámonos si quieres,

pero sosiégate. ¿No estoy yo contigo?... ¿Has venido sola?...

--Sí.

--¿Pero a pie?... ¡Qué locura!

--No..., tengo ahí un simón...

--Pues te acompañaré en él a tu casa, y me llevará después a la mía.

--¿Traes armas?--dijo ella muy bajo.

--Sí, un revólver.

Siguieron ambos hacia Recoletos, mirando ella a todas partes muy

azorada, procurando él rechazar con la idea de que era un chasco de

Carnaval la carta de Pérez Cueto la inquietud que a pesar suyo le

causaba el extraño terror de Currita.

Al volver la esquina, miráronse ambos en silencio, cual si el exceso de

su espanto les paralizara las lenguas... El coche había desaparecido, y

ni por una ni por otra parte del paseo se divisaba a lo lejos.

--¿Le habías ya pagado?--preguntó Jacobo estupefacto.

Y ella, pegándose a él con el temblor de un calenturiento, contestóle

muy bajo:

--No..., no le había pagado.

El caso era extraño, y Jacobo sintió renacer con mayor fuerza todas sus

inquietudes; imposible era que el cochero se hubiese marchado sin

cobrar, si alguien no le hubiera obligado o persuadido a marcharse; tuvo

entonces un momento de angustiosa perplejidad, de verdadero miedo, que

pasó por su ánimo naturalmente valiente, estremeciéndolo como a un

cuerpo robusto un soplo helado.

--Vámonos andando--dijo.

Y ambos echaron a andar agarrados del brazo, sin pronunciar una palabra,

atravesando diagonalmente el paseo para ganar la acera opuesta, por

parecerles quizá menos solitaria. Currita marchaba muy de prisa, sin

mirar a ningún lado, fijos siempre los ojos en las luces de los

faroles, que le parecían la salvación y la vida, sintiendo a la vez

deseos y terror insuperables de volver atrás la cara. Al poner el pie en

la acera, respiró Currita algo más desahogada y atrevióse a mirar a un

lado y otro; todo parecía solitario, y tan sólo por la calle del

Almirante vio a un hombre que marchaba a lo lejos, con las manos en los

bolsillos, silbando la marcha de Pan y Toros. Al pasar por San Pascual

santiguóse Currita muy de prisa, y Jacobo, oprimiéndola el brazo

cariñosamente, dijo en son de burla:

--¡Tonta!...

Llegaban al ministerio de la Guerra, y allí Currita se tranquilizó más

todavía, porque comenzaba a poblarse aquella soledad que la aterraba. Un

coche subía por la calle de Alcalá y entraba por el paseo del Prado; en

el jardín del ministerio brillaba el fusil de un centinela, y algunas

voces de hombres que venían cantando escuchábanse muy de cerca, por el

lado de allá de la verja.

Forma la esquina del ministerio un pabellón aislado, de un solo piso,

con cuatro fachadas y tres ventanas en cada una. Dos hombres

decentemente vestidos, pero dando gritos y risotadas de borrachos,

volvieron la esquina del pabellón y emparejaron con Currita y con Jacobo

ante la tercera ventana; el más alto pegóse a la acera, y el más bajo

llamóse a la corriente, dejándoles pasar por en medio... Hubo entonces

una terrible escena de un segundo: Currita sintió que un brutal empellón

le arrancaba violentamente del lado de Jacobo; que otra mano vigorosa

tiraba del embozo de este, que caía al suelo al pie de la ventana, y

algo líquido y caliente brotaba como de un surtidor, chorreándole las

ropas y las manos. El terror diole alas para huir por la calle de

Alcalá, sin una idea en la mente para definir lo que pasaba, sin un

acento en la garganta para lanzar un grito... Uno, lastimero y

agonizante, llegó a sus oídos, y otra voz vigorosa y angustiada hendió

siniestramente los aires en el silencio de la noche:

--¡Cabo de guardia!... ¡Un hombre muerto!...

Sonó luego por tres veces la voz de ¡alto!, y de seguida, uno tras de

otro, como dos gritos de protesta y de amenaza, se oyeron dos tiros.

Currita, desfallecida y sin alientos, se agarraba ya a la verja de la

iglesia de San José; pensó volver atrás, pensó seguir corriendo, pensó

gritar pidiendo socorro, pensó morirse allí mismo... Oyó entonces los

pitos de los serenos, sintió abrirse algunas ventanas, vio correr por la

acera de enfrente un hombre encapuchado, con el chuzo en ristre y el

farol en lo alto.

El instinto, más bien que la reflexión, hízole comprender entonces el

riesgo que corría ella misma y huyó de nuevo por la calle del Caballero

de Gracia, sin detenerse un momento, sin resollar siquiera, sin ver nada

ni oír nada, ni pensar nada tampoco, hasta que, jadeante y sin saber

cómo, se encontró en su _boudoir_, rígidos los miembros, huraña la

vista, fuera de las órbitas los ojos, teniendo delante el negro de

ébano, que levantaba en lo alto la lámpara encendida como para alumbrar

en su entendimiento el horrible cuadro y que le mostraba con temerosa

inmovilidad los blancos dientes en su sonrisa siniestra, eterna como la

mueca del condenado.

A la luz de aquella lámpara miróse las manos, que sentía húmedas y

pegajosas, y vióselas teñidas de sangre... Un horror inmenso invadió

entonces su cuerpo y anegó su alma, y una idea taladró al fin su mente,

como un clavo ardiendo al empuje de un mazo: la de su hija Lilí,

arrodillada en el estudio, mostrándole sus manitas manchadas también con

la sangre de su hermano, repitiendo con la opaca vibración de un terror

sin medida:

--¡Sangre!... Mamá... ¡Sangre!...

--VII--

Una hora larga tardó la justicia en acudir para reconocer y levantar el

cadáver; hallábase este atravesado en la acera, tendido sobre el lado

derecho, descansando la cabeza contra el zócalo del pabellón del

ministerio de la Guerra, debajo de la segunda ventana. Tenía en la sien

derecha una fuerte contusión, producida sin duda por el golpe dado al

caer, y en el lado izquierdo del cuello una tremenda puñalada que le

dividía por la mitad la arteria carótida. Un gran torrente de sangre,

que de allí había brotado empapaba su ropa y humedecía la tierra. En la

esquina misma de Recoletos y la calle de Alcalá veíase sobre la acera

una rica talma de pieles de castor, manchada también de sangre; hasta

que llegó el juez nadie se atrevió a tocarla.

Pronto quedó identificado el cadáver: encontráronle en el bolsillo la

esquela recibida aquella misma tarde, dando la falsa cita, las dos

cartas de Garibaldi al Hº. Neptuno y varias tarjetas en que constaba el

nombre del marqués de Sabadell. Era este nombre harto conocido, y al

horror natural que inspira todo crimen unióse entonces en los presentes

ese espanto mezclado de sorpresa con que ve el vulgo derrumbarse una

fortuna en el abismo de una desgracia, caer a un poderoso desde los

almohadones de su coche sobre la mesa destinada en un hospital a hacer a

los cadáveres la autopsia. La noticia corrió de un extremo a otro de la

corte, sin hacer derramar una lágrima, pero despertando por todas partes

la admiración, el espanto y, sobre todo, la curiosidad; la curiosidad

ansiosa y hasta, por decirlo así, rabiosa de conocer los pormenores de

aquel drama misterioso, más interesante que los lúgubres episodios de

Ana Radcliffe y las dramáticas aventuras de Clara Harlowe. Varios socios

del Veloz corrieron al hospital a ver el cadáver, y en la esquina del

ministerio de la Guerra viose todo el día un gran cerco de gente

contemplando con cierta curiosidad pavorosa el pie de aquella ventana en

que parecía vagar aún la sombra siniestra del crimen. Por la tarde,

cuando la mayor afluencia de máscaras y de gente acudía al Prado y a

Recoletos, nadie osaba pisar aquel sitio regado de sangre, y llamábanse

todos a la acera opuesta, lanzando a la segunda ventana una mirada larga

y medrosa.

Pequeñeces · 第 31 / 35 段