Gravina agonizaba en la cámara, y el navío _Príncipe de Asturias_ volvía

a Cádiz desmantelado, al mando de un hombre que entró en el combate con

tres hijos y volvía a su hogar con uno solo, el más joven, guardia

marina de pocos años. La tempestad arreció al promediar la noche y fue

necesario picar un palo, que quiso la desgracia quedase sujeto por un

cable a la cofa, haciéndole escorar con riesgo cierto de hundirse; tres

gavieros subieron uno tras otro a cortar el cable, y a los tres los

arrebató la borrasca y los sepultaron las olas.

Entonces, aquel hombre de hierro, que vio a la diezmada tripulación

temblar ante la horrible obediencia, volvióse a su hijo, único que le

quedaba, ídolo de su corazón y esperanza última de una gran familia, y

díjole tan sólo:

--Señor guardia marina... A usted le toca.

El niño, con el hacha entre los dientes, trepó hasta la cofa, y porque

la Virgen María le ayudó, cortó el cable...

Y en medio de ese profundo silencio que ata las lenguas y humedece los

ojos, cuando lo sublime embarga el corazón y levanta el pecho con el

temblor de un sollozo, volvióse Benhacel lentamente al viejo duque y

añadió, mostrándolo:

--Aquel guardia marina niño era mi abuelo; el héroe era su padre. El

mío--prosiguió con una voz en que se notaban dejos del llanto--sirvió

también a su rey en la Armada real hasta el año 68...; en el mes de

septiembre se arrancó los entorchados y rompió su espada... Yo, señor,

desenvainé la mía por primera vez en la batalla de Alcolea, y fiel a las

tradiciones de mi raza, vengo a ofreceros hoy como Grande la que ya os

di como soldado...

Y al llevar, diciendo esto, la mano derecha a la empuñadura de la

espada, vieron todos que le faltaban en aquella los dos dedos de en

medio. Un casco de granada se los arrancó en Alcolea.

Benhacel calló, y en medio del homenaje más grande que pueden prestar la

admiración y el respeto, el silencio, descubrióse, hincó una rodilla en

tierra y besó la mano del rey; saludó después a los Grandes de uno y

otro lado, y acompañado de su abuelo, fuese a colocar entre ellos. El

viejo lloraba como un niño; uno le dijo:

--¡Llora el almirante, y no lloró el guardia marina!...

Por desdicha, no acabó aquí la ceremonia; el secretario de la Real

Estampilla abría de nuevo la puerta de la Saleta y tomaba a anunciar:

--Señor..., el marqués de Sabadell.

El sainete comenzaba, y apareció entonces Villamelón, solemne,

imponente, erguida la cabeza, tieso el torso ya algo panzudo, trayendo

de la mano a Jacobo, que ofrecía el tipo de hombre más hermoso, elegante

y señoril que pudiera imaginarse. Ajustaba su airoso talle la casaca

encarnada de los maestrantes de Sevilla, con sardinetas y charreteras de

plata, y cruzaba su pecho, de un lado a otro, una de esas grandes bandas

que se crean para premiar el mérito y fomentar la virtud, y se usan para

satisfacer vanidades o adornar buenos mozos; el calzón de punto blanco

ceñía la bien formada pierna, y la alta y charolada bota y el tricornio

con finísimo penacho blanco completaban aquel pintoresco traje.

Cumplido el ceremonial, Villamelón abandonó la mano de su ahijado y

quedóse atrás, en actitud señoril, pero estudiada, contemplando estático

las grandes narices de Carlos III, que tenía frente a frente, mirando de

cuando en cuando con el rabillo del ojo a uno y otro lado, y diciendo

para sus adentros:

--Mucho me miran... Debo de estar hermoso.

Quedó Jacobo solo en medio de la antecámara un poco cortado; mas al

sentirse blanco de una atención, que harto comprendió él no serle

benévola, crecióse su orgullo y despertó su natural audacia, y lanzó en

torno una mirada que quiso hacer altiva y fue sólo insolente, quiso

hacer serena y fue solo provocativa.

Los curiosos se apiñaban tras las cortinas, y Currita, en primera fila,

devoraba a Jacobo con la vista; Martínez, a su lado, estrujado casi

contra el quicio mismo de la puerta, no podía verle, mas prestaba oído

atento, lleno de ansiedad, mordiendo con la cabezota baja el puño de su

garrote.

Tras la mampara de la cámara, a espaldas mismas del rey, sentíase el

crujir de algunos trajes de seda; díjose después que desde allí había

presenciado la reina la ceremonia.

Los Grandes alargaban las cabezas, ansiosos de oír a Jacobo... Acababan

de ver retratado, cual en un espejo, en el discurso de Benhacel, lo que

debe de ser un Grande, lo que significa aquel lema de la antigua

hidalguía: _nobleza obliga_, que no exige ciertamente que cada título

de Castilla sea un genio, ni cada Grande de España un héroe, ni cada

apellido ilustre un santo; porque ni el genio se hereda, ni la

inteligencia se vincula, ni el heroísmo es un pergamino, ni la santidad

un mayorazgo. Pero que exige e impone, con la fuerza imperiosa de un

deber de conciencia, la obligación de considerar en la Grandeza una

_carga_ a la vez que un _honor_; de servir de ejemplo en los

pensamientos, en las palabras, en las acciones y en las costumbres; de

sostener la dignidad de las glorias que representa; de echar, como

Breno, el peso de la espada o el peso de la inteligencia en la balanza

en que oscilan la ruina y el esplendor de las naciones; de sentir algo

más que voluptuosidades; de querer algo más que placeres; de saber

defender un trono cuando se hunde, como en España el 68; de saber morir

como un rey cuando le degüellan, como en Francia el 93.

Y entonces, reciente aún aquella impresión nobilísima que elevaba las

inteligencias y movía los corazones, iban a ver en Jacobo lo que es esa

misma grandeza cuando refleja en un charco los rayos de su gloria,

cuando el vicio la deslustra y la bajeza la empuerca, y el olvido de la

propia dignidad la pone al servicio de un Martínez, que apoya en ella la

pataza para encaramarse en lo alto y darle después, una vez arriba,

desde la cumbre de su insolencia, la más ignominiosa de todas las coces:

la coz del asno...

Jacobo hablaba bien, y era la más mimada de todas sus vanidades la

vanidad de su elocuencia; mas no osó, sin embargo, confiar su discurso a

la memoria, y limitóse a leerlo, temeroso de pasar por alto alguno de

los habilidosos rodeos con que procuraba sortear los grandes escollos

que por todas partes le cerraban el paso.

Hízolo, en efecto, con notable maestría, en que creyeron descubrir

algunos las macizas huellas del _buey Apis_, y cuando cesó de hablar,

las miradas significativas de todos se cruzaron de uno a otro lado...

El hecho era cierto: Martínez y su mesnada cantaban la palinodia, y el

Grande de España consorte era el encargado de hacer llevar el reverente

clamor a los oídos del monarca.

Alarmáronse los parciales del Gobierno, y el señor Fernández Gallego,

que entre los curiosos andaba agazapado, frunció el acento circunflejo

que sobre la nariz tenía, a la vista de aquella nube de bárbaros

hambrientos que salían de los bosques talados de la Revolución y

amenazaban invadir las fértiles llanuras del presupuesto, que ellos

solos cultivaban. ¿Cuál sería la actitud del monarca?

Esto se preguntaban todos los ojos y esto excitó todas las curiosidades,

mientras los doce Grandes que aún quedaban por cubrir leían sus

discursos y terminaba la ceremonia.

Levantóse al fin el rey, y con la cabeza descubierta dio una vuelta a la

antecámara, hablando y saludando a todos los Grandes.

Nadie chistaba; había llegado el momento de conocer si el memorial de

Martínez era acogido o rechazado, si era necesario pactar con los

invasores o perseguirlos, como a perro que huye, con maza al son de

almireces y cencerros, hasta los confines de sus bosques desiertos.

Hubo un mal síntoma: el rey pasó ante Villamelón sin hablarle,

haciéndole tan sólo un leve saludo; detúvose después un gran rato con el

viejo duque de Algar y su nieto, y llegó al fin a Jacobo, que se hallaba

de pie en pos de estos. Hubiérase podido escuchar en la antecámara el

vuelo de una mosca, percibir el rumor de la huella más callada, del paso

mismo de la muerte.

Paróse el rey ante Jacobo y le miró sonriendo con cierta chusca malicia.

--¿Qué tal, Sabadell?... ¿Y su amigo de usted, Martínez?... Me han dicho

que le gustan mucho las violetas... Dígale usted que en la Casa de Campo

las hay muy tempranas... Por allí iré yo el jueves, a las cuatro...

Y sin añadir una palabra más volvióle la espalda.

Harto había dicho, sin embargo, y un resoplido inmenso resonó entonces

tras la cortina de la izquierda, como el aliento de un pechazo

comprimido que al fin se desahoga: era _el buey Apis_, el excelentísimo

Martínez, que hubiera soltado en aquel momento un relincho, como en sus

expansiones de alegría los mozos de su tierra, y estrujando entre sus

brutales brazos, como un Hércules que abrazara a un insecto, a su

ilustre aliada Currita.

Ella, sin poder disimular tampoco el vivo gozo del triunfo, díjole

imprevisoriamente:

--Martínez... Encargue usted el uniforme.

Y una vocecita burlona, que jamás se pudo averiguar de dónde había

salido, contestó a su espalda:

--Con que vuelva del revés el de don Amadeo, sale del paso sin gastos...

Quedaba aún la parte más pintoresca de la ceremonia, que había de ser

para Jacobo la apoteosis del triunfo. Retirado el rey a sus

habitaciones, salieron de la antecámara por orden de antigüedad los

Grandes recién cubiertos, para ser presentados al Cuerpo de

Alabarderos.

Hallábanse estos formados a uno y otro lado de la doble escalera, y los

Grandes, llevando a la derecha a sus padrinos, debían de bajar por un

ramal y tornar a subir por el otro, al son del golpe de las alabardas,

que les hacían el saludo de honor.

Los curiosos llenaban el frente de la galería y la parte baja de la

soberbia escalera, cuya bóveda, pintada por Giaquinto, representaba a la

España ofreciendo a la Religión sus virtudes y trofeos.

Cuando Jacobo puso de nuevo el pie en la galería, y salieron a su

encuentro Currita y otros amigos, ansiosos de darle la enhorabuena, el

orgullo satisfecho reflejaba en su semblante una especie de vértigo, y

hubiera gritado como el Nabucodonosor de la ópera:

_¡Io non Ré, so Dio!..._

Buscó con la vista a Martínez y viole a diez pasos de distancia, con la

cabezota ladeada, apoyado en su garrote, y su risa de paleto sobre los

labios, recibiendo también sus homenajes.

Un grupo de palaciegos le rodeaba, oprimiéndose y estrujándose por

estrechar su velluda manaza entre las suyas finas y enguantadas, al

compás de previsoras lisonjas. El general que acompañaba antes al

ministro de Gracia y Justicia invitábale muy finamente a una cacería en

sus tierras de Pardillo; era Grande de España, y llamábanle en Palacio

el _cuclillo indicador_, por ser siempre el primero en adivinar la mata

por donde había de saltar un ministro.

Nevaba furiosamente, y angustiado Fernandito, daba prisa por marcharse.

Currita convidó a comer a Martínez y a Jacobo, y ambos aceptaron; mas

este quiso llegar antes a su casa para quitarse el uniforme.

En la bandeja destinada en la antesala a recibir las tarjetas y las

cartas, vio un gran oficio entrelargo y lo recogió al paso, mientras le

quitaba Damián la blanca capa de santiaguista, con la roja cruz en el

lado izquierdo. Molestábale mucho una de las altas botas del uniforme, y

sin esperar a Damián, quiso quitársela él mismo, en cuanto entró en la

alcoba; no pudo, sin embargo, conseguirlo del todo y quedóse con ella a

medio descalzar, sentado en una butaca, esperando al ayuda de cámara.

Tardaba este, e impaciente Jacobo, abrió mientras tanto el oficio.

Sobre un pliego de papel blanco vio destacarse ante su vista el sello

rojo que había cerrado en otro tiempo el sobre exterior de los

documentos masónicos.

Miróle un momento aterrado. Parecíale una gota de sangre.

--VI--

Era al día siguiente domingo de Carnaval, y Madrid amaneció con el suelo

emporcachado y el cielo radiante, como una meretriz coronada de flores y

sentada en un charco; un fuerte viento del Norte había barrido las nubes

y helado por los rincones los restos de nieve que habían logrado

sustraerse a las pesquisas de la escoba municipal.

El frío era grande y ayudaba a la pereza a mantener agazapados entre

las calientes ropas del lecho aun a los más madrugadores. Damián oyó las

ocho en su cama y volvióse del otro lado, esperando que el señor marqués

no necesitaría de sus servicios, según su costumbre, hasta muy entrada

la mañana; un violento campanillazo vino, sin embargo, a hacerle saltar

despavorido...

El señor marqués llamaba, y llamaba tan de prisa, que aun antes de que

Damián lograse medio vestirse sonaron otros dos fuertes repiquetes, en

cuyo timbre creyó reconocer el ayuda de cámara todas las intemperancias

del mal humor que se desborda y de la impaciencia que estalla.

Arreglándose con los dedos la negra y rizada cabellera, abrió

violentamente la puerta del despacho, para llegar por allí más pronto a

la alcoba y quedóse parado en el dintel, tieso como un huso, cuadrado

como un quinto y estupefacto cual si hubiese visto levantarse el sol en

mitad de la noche.

El señor marqués, vestido ya por completo de mañana, hallábase sentado

junto a su mesa de escribir, con una carta cerrada en la mano.

--¿El señor marqués ha llamado?...

--No he llamado... he repicado trescientas veces--exclamó Jacobo con

ira; y dominándose al punto, alargó a Damián la carta, diciendo sin

mirarle:

--Esta carta a su destino... La llevas tú mismo al momento... Si no

viviese allí ese... señor, que bien pudiera ser, preguntas al portero

dónde se ha mudado y allí la llevas... ¿Te enteras?...

Hizo Damián una muda reverencia, y salió leyendo el sobrescrito de la

carta, que era el siguiente: «Señor don Francisco Javier Pérez Cueto.

Calle de X**, número 10, tercero, derecha».

Encogióse Damián de hombros, por parecerle el tal Pérez Cueto algún

pobre diablo que no merecía se molestase él en llevarle una carta, y

Jacobo quedó solo, preguntándose qué se hace un hombre en esta vida

levantado desde las ocho de la mañana.

La campana de la vecina iglesia de San José comenzó a tocar en aquel

momento, como si quisiera contestarle que ir a misa, y Jacobo recordó

entonces que hacía catorce años, desde el primero de su matrimonio, que

no había oído ninguna.

Sintió entonces cierta tristeza, cierto malestar que le aquejaba, a

pesar de sus satisfacciones de la víspera, desde el momento en que los

masones habían repetido por segunda vez aquella ridícula _broma del

sellito_, que ahora como entonces había venido a asustarle primero, a

irritarle después y a despertar, por último, su fogosa e irreflexible

actividad de un momento, a la vista de aquel peligro misterioso que

hubiera debido conjurar ya dos veces, sin haberlo hecho ninguna.

Lamentábase entonces de su imprudente apatía, y prometiéndose

remediarla, confesábase allá en el fondo de su corazón

Que propio del cobarde es

Llorar la ocasión perdida.

No la juzgaba él, sin embargo, pasada del todo, puesto que tenía en su

poder las cartas de Garibaldi que explicaban su conducta y garantían su

persona. Cierto que habían perdido ya estas cartas mucho de su fuerza,

por haber muerto en aquel intervalo el viejo revolucionario y por su

demora propia en entregarlas, mas no le faltarían a él mentiras

complicadas y habilidosos enredos para explicarlo todo a su gusto, y

además, su posición había de variar muy pronto, adquiriendo grande

importancia.

Opinión de todos fundadísima era que _el buey Apis_ estaba abocado a ser

presidente del Consejo en cuanto viniera a tierra aquel gabinete que ya

se tambaleaba, y entonces--¡oh, entonces!--sería él seguramente

ministro, y desde las alturas del banco azul, teniendo él la sartén por

el mango, podía ya reírse impunemente, así de las burlas como de las

amenazas de los masones.

Aquella noche, mientras desvelado daba vueltas en el lecho sin poder

desechar su inquietud, no obstante sus razonamientos, decidió, sin

embargo, no esperar esta vez para tomar un partido, al tercer acto de la

estúpida comedia, a la llegada del tercer sellito...

Venían dirigidas las cartas de Garibaldi a un Hº. Neptuno, gran

personaje en las logias, que, despojado del tridente, la corona de algas

y los simbólicos tres puntos, quedaba reducido en la vida ordinaria a un

don Francisco Javier Pérez Cueto, fabricante de almidón en uno de los

arrabales de la corte, entidad perfectamente desconocida para todo el

mundo, tras de la cual, según opinión de algunos, ocultábase cierto

personaje famoso que vivió y murió haciendo ruido.

Jacobo no lo ignoraba y había tenido ocasión de comprenderlo en sus

tiempos de amistad íntima con el conde de Reus. A este, pues, Pérez

Cueto, escribió Jacobo una carta en que con frases muy corteses, a la

vez que apremiantes, pedíale una entrevista para tratar de un asunto de

grande importancia; observaba en ella todo el ceremonial masónico y

firmaba con su antiguo nombre de guerra, Hº. Byron, basado en su

prodigiosa semejanza con el lord poeta...

Media hora larga debía de emplear Damián en ir y volver de casa de Pérez

Cueto, y púsose Jacobo mientras tanto a formar en un papelito con las

cartas de Garibaldi delante, una especie de croquis de las mentiras y

enredos con que había de probar su inocencia al Hº. Neptuno.

Sorprendióle la llegada de Damián en esta operación todavía, e

interrogóle al punto con la vista: el señor Pérez Cueto estaba en casa,

y la carta le había sido entregada. Jacobo respiró desahogado, como si

viera ya con esto finalizado el negocio, y no ocurriéndosele otra cosa

que hacer desde aquella hora hasta la del almuerzo, parecióle lo mejor

meterse de nuevo en la cama; decididamente era una aberración

incomprensible la de aquellas, gentes que se levantan antes de las doce

del día.

--Si viene alguna carta--dijo a Damián--me despiertas en seguida... Sí

no, entra a las dos en punto...

Y como ninguna carta vino, entró Damián en la alcoba a las dos en punto,

encontrando al señor marqués profundamente dormido. Levantóse este de

muy mal humor, vistióse muy despacio con su elegancia acostumbrada,

almorzó parcamente y sin apetito, y marchóse luego al Veloz, dejando a

Damián la orden de llevarle allí al momento cualquiera carta o recado

que para él llegase.

En el Veloz disipóse de repente su humor negrísimo y comenzó a reír y

divertirse como un muchacho; Gorito Sardona y Paco Vélez, asomados a un

balcón, tiraban a los transeúntes un _saquillo_, y púsose Jacobo a

ayudarles; era el saquillo un lindo canastito, adornado con cintas y

cascabeles, y atado con un cordón de seda lo bastante corto para que no

llegase a dar en los sombreros de los transeúntes.

Lanzábanlo con grande fuerza sobre las damas que pasaban, y asustadas

ellas con el ruido, encogíanse prontamente, levantando la cabeza;

entonces, si eran jóvenes y bonitas, arrojábanles una lluvia de dulces y

flores; si eran viejas o feas, sacábanles la lengua con la mayor

insolencia.

El juego, aunque poco digno de un futuro ministro, parecióle a Jacobo

muy divertido y mandó encargar al punto para el día siguiente, en la

Mahonesa, un par de arrobas de confetti, especie de bombones rellenos de

harina con que se apedrean las máscaras en el _corso_ de Roma.

Al oscurecer, abandonó Jacobo el balcón para dirigirse a casa de

Currita, donde estaba citado con _el buey Apis_ desde la víspera; cierto

senador famoso, disgustado recientemente con el Gobierno, había

solicitado de Martínez, por medio de la dama, una entrevista, y ella

apresuróse a ofrecerles, como terreno neutral, su propia mesa; ambos

debían, por lo tanto, comer aquella noche en casa de la Albornoz con

este objeto, y Jacobo, el niño mimado del nuevo partido, no podía faltar

tampoco en aquella ocasión al lado de su jefe.

El futuro ministro subió por la calle de Alcalá, atravesó la Puerta del

Sol y entró por la calle del Carmen; frente a la iglesia de este nombre

había parada una grotesca estudiantina, vestida de amarillo y encarnado,

tocando desentonadamente el vals de _La Gran Duquesa_.

Un hombre muy alto, encaramado sobre unos zancos que le ponían al nivel

de los segundos pisos, recogía propinas de los balcones, tocando el

clarinete y haciendo piruetas; la multitud reía en torno, contemplando

las contorsiones del volatinero, y algunos grotescos mascarones

chapaleteaban sobre el fango, dando vueltas vertiginosas al compás del

vals canallesco.

Las sombras del crepúsculo prestaban un tinte oscuro y asqueroso a aquel

cuadro de arrabal, en que parecía revolcarse sobre el cieno de las

calles el cieno de las almas.

Jacobo procuraba abrirse paso a través del gentío, arrimándose a la

escalerilla de la iglesia; mas detúvose de pronto sorprendido y ocultóse

al punto como asustado, detrás de unos mascarones, cubiertos con

pingajientas colchas de zaraza atadas por la cabeza, que saltaban

delante de él medio borrachos.

Al lado mismo de Jacobo, y en su dirección misma, marchaban dos hombres,

al parecer extranjeros, agarrados del brazo para no separarse el uno del

otro entre los remolinos de la gente. Llevaba el más viejo una bufanda

encarnada que le cubría la camisa, un sombrero calabrés algo mugriento y

un arete de oro en la oreja izquierda; el más joven era bajo, rechoncho

y sin pelo de barba en la rolliza cara.

Quedóse atrás Sabadell, mirándoles muy espantado, como si quisiera

reconocerles...

No había duda: era el más viejo un italiano llamado Cassanello, que

había conocido él en las logias de Milán y vuelto a ver aquel mismo año

en Caprera, en casa de Garibaldi.

Los dos hombres se volvieron de repente por no poder atravesar el

gentío, y asustado Jacobo cubrióse al punto el rostro con el pañuelo

cual si se limpiase las narices, y subiendo muy de prisa la escalerilla

del Carmen, entróse en el templo...

Al pronto no vio nada, sino una gran oscuridad cortada en el fondo por

un foco de luz brillantísimo, en cuyo centro estaba expuesto en la

custodia el Santísimo Sacramento. Distinguíase al pie del altar una gran

masa negra, y salía de ella a intervalos un suave clamor, lento y

pausado, que parecía contestar a otra voz más enérgica y acentuada:

--Ora pro nobis!...

Detúvose el fugitivo un momento, turbado, con cierto pavor respetuoso,

semejante al del profano que se encontrara de repente en el fondo de las

catacumbas, en medio de los divinos oficios; a lo lejos, oíanse en la

calle el vals de _La Gran Duquesa_ y los gritos de la canalla... Dio

entonces dos pasos a tientas, extendiendo el brazo para salir por la

puerta de enfrente a la calle de la Montera, y tropezó con un

confesonario arrimado a la pared de la derecha; abrióse al punto la

puertecilla baja de delante y apareció una mano muy blanca pegada a una

manga negra. Jacobo retrocedió un paso sorprendido, y la puertecilla se

volvió a cerrar, y tornó a desaparecer la mano, oyéndose una voz pausada

que decía en el fondo de aquellas tinieblas:

--Dispense usted... Creí que venía a confesarse...

Sublevóse el impío orgullo de Jacobo ante aquellas sencillas palabras y

contestó brutalmente:

--Eso se queda para las viejas...

La voz, sin perder su serena pausa, dijo entonces desde las tinieblas:

--_Vocavi et renuistis_...

--_Vocavi et renuistis_?--preguntóse Jacobo sin comprender el

significado de la terrible frase.

Y abriendo violentamente la puerta una gran bocanada de aire ensordeció

sus oídos con el vals de _La Gran Duquesa_, apagando por completo el

dulce silbo del cielo, el piadoso clamor de la misericordia:

--Ora pro nobis!...

Por calles extraviadas y volviendo siempre la cara atrás, cual si le

persiguiesen, llegó a casa de la Albornoz muy agitado. El encuentro de

aquel hombre en aquellas circunstancias habíale inspirado un terror muy

parecido al que sintió meses antes, al ver vacíos en el álbum del tío

Frasquito los huecos ocupados en otro tiempo por los tres sellos. ¿Qué

vendría a buscar aquel pajarraco en la corte? ¿Tendría que ver algo su

venida con el asunto de los masones? ¿Habría acaso en todo aquello algo

más que una estúpida broma?

Encantadora estaba Currita aquella noche con sus rojos pelitos peinados

a la griega y una extraña _toilette_ un poco abigarrada, muy propia del

caprichoso tiempo de carnestolendas. No había ido por la tarde al paseo

del Prado; incomodábala mucho aquel eterno dar vueltas de los días de

Carnaval, expuesta siempre a oír las desvergüenzas que escupen la

envidia y la insolencia tras el anónimo de una careta... ¡Cuántas había

escuchado ella antes de salir escarmentada! Quedóse, pues, en su casita,

como mujer de provecho, cuidando de Fernandito, que andaba desmazalado,

y ya entrada la noche, llegó primero el excelentísimo Martínez y a poco

el senador del reino don Vicente Cascante.

Pequeñeces · 第 30 / 35 段