embajadora de Alemania, para pasar al saloncito azul, donde se
acostumbraba a servir el café en aquellos días de gala... Allí acabaron
los triunfos: el salón estaba vacío, y por sus puertas abiertas veíase a
la izquierda el otro salón amarillo, y a la derecha, el gran salón de
baile, que sólo se abría e iluminaba los viernes, ambos desiertos. En el
primero, divisábanse a lo lejos, en un apartado rincón, cuatro señores
muy graves, muy tiesos, jugando al tresillo; en el segundo, reverberaban
las luces en el brillante parquet de finísimas maderas enceradas y en
los colosales espejos, dando a todo aquel recinto el aspecto fantástico
y temeroso, en medio de su magnificencia, de aquellos palacios
encantados que se describen en los cuentos de hadas. El fiasco era
completo, y aturdida Currita miró espontáneamente hacia el magnífico
reloj de bronce dorado que había allí cerca, sobre una chimenea: ¡eran
ya las diez y cuarto!...
Vio entonces a su espalda, en el mismo salón azul, una dama muy apuesta
y elegante dormida en una butaca: tenía en la mano un número de un
periódico de modas, caído negligentemente sobre la falda, y dábale de
lleno en el rostro la tibia luz de una gran lámpara colocada en un
trípode, cuyos reflejos recogía amplia pantalla de seda de suaves
matices... Era Isabel Mazacán, la pérfida Mazacán, reconciliada dos
meses antes con Currita y dispuesta a pelearse otras mil veces con ella
en cuanto el tiempo y la ocasión se presentasen. Ninguna tan propicia
como la presente, y fingiéndose dormida en aquella soledad, abrió
poquito a poco los ojos con tan cómico espanto, con tan chistoso
sobresalto, que todos los presentes soltaron la risa...
--Jesús, hija, dispensa..., pero al verme tan sola me quedé dormida.
Parecióle la broma a Currita de malísimo gusto y contestó muy picada:
--¡Qué delicia!... ¿Y soñarías sin duda con los angelitos?...
--Algo había de eso, porque soñaba contigo...
Guardóse muy bien Currita de pedirle la interpretación del sueño, mas la
Valdivieso, con su importunidad acostumbrada, dijo muy gozosa:
--¡Vaya una coincidencia!... ¿Y qué soñabas?...
--Pues nada, hija... Que también se había ido a casa de la Villasis la
_pobre Curra_.
Y la grandísima tuna de la Mazacán pronunciaba aquel _pobre Curra_ con
un aire de lástima, con un acento de chunga, que la compadecida se
revolvió furiosa, diciendo con su inocente risita:
--Pues mira, mujer..., ni dormida ni despierta se me hubiera ocurrido de
ti semejante cosa.
--¿Y por qué?
--Pues por dos razones... La segunda, porque tú no querrías ir...
--Y la primera, porque María Villasis no querría que yo fuese--dijo la
Mazacán echándose a reír con todo su desparpajo.
--Justo--replicó Currita--. Lo mismo, lo mismo que don Simplicio
Bobadilla Majaderano y Cabeza de Buey: «Puesto que Leonor renuncia a mi
mano, renuncio a la mano de Leonor...».
La Mazacán iba a contestar, pero entraron en aquel momento Carmen Tagle,
Paco Vélez y Gorito Sardona, todos muy compungidos, diciendo que venían
del Real, pero que no había allí nadie, nadie... Al pronto creyeron
ellos que Monsieur tout le monde estaría en casa de Curra, porque ¡claro
está! como era viernes... Pero supieron luego que el _grand complet_ era
aquella noche, ¡quién lo creyera!, en casa de la Villasis; y por eso,
ellos, muy indignados, habían venido a protestar, porque no les parecía
decente acostarse en aquella ocasión sin dar las buenas noches a la
_pobre Curra_.
Escapóse la _pobre Curra_ como pudo de aquellas muestras de compasión
que le atacaban los nervios y dirigióse muy de prisa a la sala de
billar, donde Jacobo, los dos diputados y el excelentísimo Martínez
conferenciaban a solas. Felicitaron todos a la dama por lo hábilmente
que había dispuesto y representado la comedia del _bouquet_, llamada a
tener gran resonancia. Al día siguiente, _La Flor de Lis_ daría cuenta
de ella, preparando de este modo el terreno para la declaración solemne
que a los pocos días pensaba hacer en el Senado el excelentísimo
Martínez... Mas todavía juzgaba este necesario, antes de dar aquel
último paso, atar bien otro cabo importante: parecíale prudente tentar
antes el vado en Palacio.
Currita ofreció al punto sus servicios; ella era dama de honor desde los
tiempos de Isabel II, y al casarse el monarca, dos meses antes, habíase
visto obligada la nueva reina a enviarle también su cruz de dama...
Martínez meneó la gran cabezota; no era esto precisamente lo que él iba
buscando, porque el explorador a que había echado el ojo, para que como
heraldo suyo entrase en Palacio, era Jacobo; podía este como Grande de
España...
La baronesa viuda de Platavieja le cortó la frase, entrando en la sala
seguida de sus seis hijas, amables retoños que en unión de la madre
formaban en cantidad y calidad la suma de los pecados capitales, nombre
por el cual se las conocía en la corte... Madre e hijas venían también
presurosas e indignadas a protestar delante de la _pobre Curra_, y la
señora baronesa aseguro _coram populo_ que lo que había hecho la
Villasis aquella noche era ni más ni menos que un timo...
--¡Un verdadero timo!--repitieron en coro las amables señoritas de
Platavieja, rodeando al punto como enjambre de mariposas a los dos
diputados, jóvenes y solteros, con la idea sin duda de pegarles alguno.
Imposible fue ya continuar la plática ante aquellos testigos, y la noche
corrió lenta y aburrida, sin más incidentes. María Valdivieso, que
andaba de monos con su prima, procuraba bostezar con fingido disimulo
siempre que la miraba esta; la embajadora de Alemania cantó con notable
falta de gracia una _balada_, que calificó la duquesa de _ladrido_, y a
las doce y cuarto, cuando Pedro López, después de tomar el té y encerrar
en sus bolsillos provisión de _sandwiches_ suficiente para toda la
semana, comenzó a hacer el recuento para la crónica de salones que
publicaba _La Flor de Lis_ todos los sábados, sus ojos atónitos pudieron
tan sólo contar bajo los artesonados techos el número exiguo de catorce
señoras: siete pertenecían a la familia de los pecados capitales y las
otras siete podían repartirse entre la de los enemigos del alma: mundo,
demonio y carne.
La marquesa de Villasis triunfaba en toda línea, y las _ciento veinte_
mujeres honradas que reunió aquella noche en su casa y siguió reuniendo
todos los viernes vinieron a probar a los pesimistas lo que había dicho
ella misma a la marquesa de Butrón en época no lejana:
--Madrid no es un lodazal...
Cierto que hay en él _algo que huele a podrido_ y esparce por todas
partes su mal olor, a la manera que las emanaciones de una pequeña
charca se extienden e inficcionan toda una hermosa campiña y tiñen la
vegetación salubre con los mismos desconsoladores tintes de la enferma.
Mas este algo podrido, esta charca hedionda, desbordada siempre por la
desvergüenza propia y la cobardía ajena, mezclándose con el agua pura y
comunicándole en apariencia sus impurezas, habíala ella estancado en
casa de la Albornoz; y al quedar deslindados los campos, la lógica de
los números metió la mano inexorable _dessus du panier_ del gran mundo y
sacó tan sólo catorce mujeres perdidas, por ciento veinte mujeres
honradas.
Un periódico regañón hizo, sin embargo, de las damas de aquel tiempo
otra subdivisión distinta:
Bastantes buenas.
Pocas malas.
Muchas que, siendo de las primeras, se parecen a las segundas.
--V--
La noticia cayó como una bomba, y aunque muchos quisieron negarla frente
a frente de la evidencia misma, estrellábanse sus negaciones contra un
documento oficial, legítimo y auténtico, que había circulado el día
anterior por todas las casas de la Grandeza. Era un oficio de la
mayordomía mayor de su majestad, en que el jefe superior de Palacio
decía letra por letra y punto por punto a todos los Grandes de
España...: «Excelentísimo señor: Su majestad el rey don Alfonso XII (q.
D. g.) se ha servido señalar la hora de las dos de la tarde del día 7 de
febrero para la ceremonia de cubrirse ante su Real presencia los señores
Grandes de España que al margen se expresan, etc., etc.». Y entre
aquellos nombres al margen expresados, por riguroso orden de antigüedad
inscritos, recordando todos ellos la grandeza de los caracteres, la
firmeza de las virtudes, la nobleza de los pensamientos y el valor de
las hazañas de que está llena nuestra historia, leíase con todas sus
letras, puesto el segundo, el del excelentísimo señor don Jacobo
Téllez-Ponce Melgarejo, marqués de Sabadell.
El caso era curioso, y los aficionados a investigar la razón íntima de
los actos del prójimo, los inteligentes en escudriñar los puntos oscuros
de los más sencillos eventos de las vidas ajenas, los más hábiles
peritos en el arte sutilísimo de atar cabos con cabos, encontraron al
punto empalmes subterráneos entre el oficio del jefe superior y el
suelto que había publicado _La Flor de Lis_ algunos días antes. Según
esta, susurrábase que cierto personaje de gran importancia, retirado
algún tiempo de la política, volvía de nuevo a la arena del combate,
seguido de _numerosa mesnada_ y enarbolando en su robusta mano, con
honrada independencia, la bandera de Alfonso XII.
Una dama angelical, conocidísima en los altos círculos por su ingenio,
su elegancia y su belleza, habíale arrancado, en un banquete, una
confesión explícita, aunque no pública, de sus nuevas simpatías
dinásticas... Un ramo de violetas había sido la ocasión, y un ángel fue
el instrumento. ¡Feliz el atleta que entra en la nueva senda bajo tan
poéticos auspicios!...
El suelto delataba por lo cursi la pluma de Pedro López, y el resto de
la charada fue descifrada sin mas que una leve duda... En buena hora que
Martínez fuese el atleta; ¿pero cómo diablos podía ser Currita el ángel
de la adivina?... Uno descifró el enigma.
--De manera muy sencilla... También Lucifer lo fue.
Quedaron todos convencidos, y el Ministerio de Instrucción Pública,
confiado a las lenguas murmuradoras, comenzó a analizar con
investigadora atención el hecho de que se trataba...
Desde luego, saltó a la vista de todos una particularidad, por decirlo
así, de índole doméstica: Jacobo era tan sólo marqués consorte, y
veníanle sus derechos a la Grandeza exclusivamente por su mujer, de la
cual estaba separado hacía doce años... Discutióse el punto, y quedó
convenido, por unanimidad, que el hacer uso de este derecho era, por
parte de Jacobo, una verdadera indecencia.
Una vez fallado este punto, pasóse a considerar los hilos diplomáticos
que unían la charada de _La Flor de Lis_ con el oficio del jefe superior
de Palacio...
Jacobo habíase afiliado después de la Restauración en la _mesnada_
revolucionaria capitaneada por el atleta Martínez, que tan sólo había
reconocido hasta el presente al nuevo monarca en un banquete privado y
bajo el símbolo de un ramo de violetas presentado por un ángel no
inscrito en las jerarquías celestiales... El hecho, pues, de presentarse
el marqués consorte en Palacio indicaba a las claras que _el buey Apis_,
su jefe, daba otro paso adelante, enviando un fiel explorador a la
fértil tierra de Mesopotamia...
El hecho resultaba evidente, y quedó también convenido que el caso, sin
dejar de ser una indecencia, era al mismo tiempo un acto político: cosas
ambas que, según dictamen de peritos, podían aunarse y darse las manos
en amigable consorcio, como se las habían dado ya el atleta, el ángel y
el ramo de violetas...
Otro tercer problema apareció al punto sobre el tapete, como
consecuencia legítima del primero y secuela irremisible del segundo...
¿Quién sería el padrino que presentase al héroe en la corte?... ¿Quién
tendría valor suficiente para apadrinar una indecencia y correr los
futuros contingentes de un avance político?...
Era tradicional costumbre entre los Grandes que habían de cubrirse
convidar, para ser apadrinados en la ceremonia, a aquel otro Grande ya
cubierto que de cerca o de lejos fuese el jefe de la familia; y éralo de
la de Sabadell el anciano duque de Ordaz, prototipo de honradez y de
nobleza...
Los olfatos más diestros en aquello de seguir la pista a un enredo
pusiéronse al punto en movimiento, y a poco quedó averiguado que Jacobo
había tenido la desfachatez de convidar al viejo duque, y el noble
anciano el decoro de negarle la demanda. La incógnita quedó, pues,
sumida en el pozo del misterio, sin que lograsen sacarla a flote los
retorcidos hilos de la conjetura; una esquelita litografiada, que vino,
siguiendo paso a paso al oficio de Palacio, encargóse dos días después
de tirar de la manta. Los curiosos batieron palmas:
¡Albricias, albricias!
Padrino tenemos...
En la esquela decía: «El marqués de Villamelón y de Paracuéllar, conde
de Albornoz y de Calatañazor, suplica a vuestra excelencia se sirva
asistir a la ceremonia de cubrirse de Grande de España el excelentísimo
señor don Jacobo Téllez-Ponce Melgarejo, marqués de Sabadell, de quien
es padrino, para cuyo acto se ha servido su majestad señalar el día 7 de
febrero de 1878, a las dos de la tarde, en su Real Cuarto».
El éxito sobrepujó a la expectación, y añadióse al caso, nemine
discrepante, otro tercer carácter... Sin duda era una indecencia, de
cierto era un acto político y de seguro prometía ser un sainete
chistosísimo.
El día amaneció nublado, era el viento muy frío, y gruesos copos de
nieve comenzaron a caer, entrada ya la tarde, cual espesa lluvia de
jazmines. Un gran landó desembocó entonces como un rayo por la derecha
del Real, describió un rápido semicírculo en torno de la plaza de
Oriente y se detuvo frente a Palacio, en la puerta del Príncipe, de
repente, en firme, con una de esas paradas maestras con que sólo la
férrea mano de Tom Sickles sabía sujetar un tronco sin destrozarlo. Su
cara de remolacha aparecía, en efecto, en lo alto del pescante,
zambullida en enorme cuello de pieles, y su cabeza cuadrada quedó al
descubierto cuando, saltando Fritz del asiento como empujado por un
resorte, abrió la portezuela, tieso, acompasado y expedito, como
verdadero lacayo elegante y correcto.
Asomóse entonces por la portezuela un sombrero de tres picos con plumas
blancas erizadas, y luego un zapato de charol con hebilla de oro, y una
pantorrilla bien rellena, calzada con media de seda blanca. Sonó después
dentro del coche un ¡Berr! formidable, vehemente y angustioso, como el
del que se arroja a un estanque de agua helada, y apareció al fin,
uniendo aquellas extremidades, un magnífico abrigo de pieles de marta
que envolvía al marqués de Villamelón, vestido de gran uniforme. Hubo un
momento de pausa, en que Fernandito daba pataditas en el suelo, diciendo
con gran impaciencia:--¡Vamos!...
Apareció entonces la formidable cabeza del _buey Apis_, y a poco, el
excelentísimo Martínez de cuerpo entero estaba a su lado, envuelto en
su levitón y con su inseparable garrote en la mano. Otra pequeñita,
oculta bajo un guante oscuro, asomó entonces por la portezuela, posóse
en la de Villamelón, y sin tocar casi en el estribo, viose saltar en
tierra la elegante figura de la marquesa de Valdivieso.
Hubo una nueva pausa, hubo nuevas pataditas de Fernandito, repitiendo
¡vamos!, y apareció entonces, muy despacito, la roja cabecita de la
Albornoz, engarzada en un sombrerito negro; recorrió con rápida mirada
los varios coches detenidos a uno y otro lado de la puerta de Palacio, y
bajó después lentamente, mirando siempre en torno suyo y diciendo al
cabo muy disgustada:
--¡Pues no ha venido todavía!...
--¡Si no tiene formalidad ninguna!--replicó Villamelón muy impaciente--.
Apuesto a que llega tarde. ¿Sabes?
Y como si el reloj de Palacio quisiera aumentar su zozobra, dio en aquel
momento la una y tres cuartos. Villamelón ofreció el brazo a la
Valdivieso para subir la gran escalera, y Currita subió detrás apoyada
en el del _buey Apis_. Por el ramal opuesto subía al mismo tiempo un
viejo gordo, con la barba blanca muy recortada, hablando vivamente con
otro viejo flaquito, muy atildado y pulcro; el gordo vestía sencilla
levita abrochada, y el flaco, uniforme de teniente general con sus
accesorios de gala.
Al verles Currita, apretó vivamente el brazo del _buey Apis_, diciéndole
muy por lo bajo:
--Mire usted quién va allí, Martínez... Gallego, el ministro de Gracia
y Justicia... En cuanto le vea a usted se asusta... ¡Anda!..., ya nos
mira... ¡Qué delicia!... De fijo que esta noche se declara en el
gabinete la crisis...
La presencia del _buey Apis_ produjo, en efecto, honda impresión en el
viejo gordo, designado por Currita como ministro de Gracia y Justicia;
detúvose un instante sorprendido, llamó la atención de su compañero y
dialogaron breve rato, él como extrañado y suspenso, el otro como
asombrado de su extrañeza.
La cosa íbase formalizando; desde la caída de Amadeo no había entrado
Martínez en Palacio, y su presencia allí en aquel momento, aunque fuera
sólo como curioso, prestaba al acto de Jacobo una sanción pública que
acrecía su importancia. El excelentísimo Martínez, mirando de reojo al
ministro, manifestó deseos de conocerle; Currita no le dejó acabar.
--Pues nada más fácil... Ahora mismo; ya verá usted...
Y contestando con un gracioso saludo al profundo que ya en lo alto de la
escalera le hacían los dos viejos, dijo de pronto:
--¡Gallego!... Un momento... Tengo que pedirle a usted un favor...
Necesito una cruz sencillita..., una encomienda de Isabel la Católica o
de Carlos III, cualquier cosa... Se casa un chico de mi apoderado de
Granada y quisiera hacerle ese regalito... Es un poquillo vanidoso y le
gusta colgarse dijes... Con que le mandaré a usted una notita... ¿Eh,
Gallego?...
Y luego, de repente, como cayendo en la cuenta:
--¡Ay, por Dios, dispénseme!... ¿No conocía usted a Martínez?...
Martínez..., el señor Fernández Gallego, ministro de Gracia y
Justicia... Mi buen amigo, don Juan Antonio Martínez...
Saludáronse ambos personajes con grandes cortesías, y Currita, con el
airecillo de princesa de los Ursinos, propio de las mujeres cuando
juegan en público a las muñecas con los hombres políticos, comenzó a
caminar entre ellos hacia la puerta de la Saleta. Allí la esperaba
Villamelón, nervioso, azorado, impaciente, mirando sin cesar hacia la
entrada de la escalera...
--Pero, Curra, por Dios, te quedas parada por todas partes. ¿Sabes?...
¿Y Jacobo no ha venido?... De fijo que llega tarde... Tú busca un buen
sitio y llévate a Martínez. ¿Me entiendes, Curra?... Con esa calma, ni
vas a oír a Jacobo, ni me verás a mí tampoco... ¡Anda!... ¡Las dos ya en
Palacio!... ¡Se acabó! Me deja plantado; ahora sí que llega tarde...
Y tarde y apresurado llegaba, en efecto, Jacobo en aquel momento por el
extremo de la galería, airosamente terciada la capa blanca de
santiaguista con que encubría su pintoresco uniforme de maestrante de
Sevilla.
Villamelón no le dejó respirar; apenas si pudo cruzar una cariñosa
sonrisa con la dama, un apretón de manos con Martínez, y el impaciente
padrino, tirando de él a la rastra, llevóselo por la puerta de la
Saleta. Esperaban allí los Grandes que habían de cubrirse y los que
habían de apadrinarles, formando un brillante conjunto de vistosos y
variados uniformes, entre los que se destacaban las negras manchas de
alguno que otro frac de severo e irreprochable corte.
Mientras tanto, disponíase en la antecámara la aristocrática ceremonia,
instituida en rigor de verdad por el emperador Carlos V, cuando limitó
el privilegio de cubrirse ante el rey, común antes a todos los títulos,
a doce Grandes de España, que se llamaron desde entonces _Grandes de
primera clase_, y fueron los duques de Medinasidonia, Alburquerque,
Infantado, Alba, Frías, Medina de Rioseco, Escalona, Benavente, Nájera,
Arcos, Medinaceli y el marqués de Astorga.
De entonces acá apenas ha variado esta ceremonia, que acostumbra a
celebrarse, como la mayor parte de los actos de etiqueta, en la
antecámara de los reyes.
Forma esta pieza un vasto cuadro, de severa magnificencia, cuyo techo,
pintado por Maella, representa una alegoría capaz de infundir pavor a
todos los grandes personajes que por allí pasan, destinados a figurar en
la historia: la Verdad, descubierta por el Tiempo. Entrando por la
puerta de la Saleta ábrense a la derecha dos balcones que dan a la plaza
de la Armería, a la izquierda dos puertas que llevan a los aposentos
interiores, y al frente una mampara que comunica con la cámara.
Hállase tapizada toda la pieza de rica tela azul muy oscura, con grandes
flores de lis, y las iniciales _A_ y _B_ entrelazadas y realzadas en
terciopelo; cuatro grandes retratos de Carlos IV y María Luisa, Fernando
VII y la reina Amalia III ocupan los huecos correspondientes a uno y
otro lado de las puertas de la cámara y la Saleta. Alrededor de los
muros hay banquetas de la misma tapicería que cubre a estos, y cinco
soberbias consolas de mármol y bronce sosteniendo candelabros y bustos
de Isabel II y Francisco de Asís, Felipe V y Fernando VI.
Entre los dos balcones, sobre una de estas consolas y frente a una
chimenea de mármol jaspeado que corona un colosal espejo, vese otro gran
busto de Carlos III, cubierta por el manto real la armadura, ricamente
cincelada.
Hallábanse abiertas todas las puertas de la antecámara, excepto la de la
Saleta, y apiñábanse detrás de las cortinas las familias y amigos de los
Grandes, deseosos de contemplar el señoril espectáculo. Ante la puerta
de la cámara veíase una mesa cubierta por rico paño de terciopelo
granate, y un gran sitial destinado al rey.
A las dos en punto entró este por la puerta de la cámara, seguido del
mayordomo mayor, el Grande de servicio, los ayudantes y todos los
Grandes ya cubiertos; vestía el rey uniforme de capitán general y traía
el tricornio en la mano. Sentóse y cubrióse, y los Grandes se cubrieron
y quedaron en pie a uno y otro lado de la Saleta.
Iba a comenzar la ceremonia.
El secretario de la Real Estampilla, destinado a dar fe del acto, abrió
entonces la gran puerta de caoba maciza y dijo, anunciando:
--Señor..., el marqués de Benhacel.
Era este el Grande que, como más antiguo, debía de cubrirse primero;
entró entonces un joven dando la mano derecha a un anciano y la
izquierda al mayordomo de semana que estaba de servicio. Vestía el joven
el uniforme de gala de capitán de artillería, y el viejo, decrépito y
encorvado, el de almirante de la Armada, con todo el pecho lleno de
cruces: era el duque de Algar, abuelo y padrino en aquella ocasión del
joven marqués que iba a cubrirse. Traía el viejo el tricornio puesto, y
traía su ros en la mano el joven, dejando al descubierto una cabeza
enérgica y muy española, un poco tostado el rostro por el sol, con ojos
negros vivísimos, que parecían retratar el temple de acero de una raza
de valientes.
Su entrada fue magnífica, y un murmullo de respetuosa simpatía acogió a
la ilustre pareja, que apareció en la puerta, apoyada en la juventud la
vejez, como una esperanza evocando un recuerdo, como una alegoría de la
experiencia conduciendo de la mano al valor, a depositar una espada sin
mancilla en las gradas del trono.
En el dintel mismo de la puerta hicieron ambos la primera reverencia de
corte, en el centro del salón la segunda, y frente a frente ya del rey
la última; saludaron después a los Grandes colocados a derecha e
izquierda, y estos contestaron al punto quitándose los sombreros.
El viejo duque y el mayordomo hiciéronse entonces un paso atrás y quedó
solo el Grande novicio en mitad de la sala. El rey, haciendo un saludo
militar, dijo:
--Marqués de Benhacel, cubríos y hablad.
Cubrióse en el acto el marqués, y dirigiéndose al rey, pronunció un
breve discurso, en que, según la costumbre, trazó a grandes rasgos la
gloriosa historia de su familia, que comenzaba en aquel Fortún de
Torres, que peleó con Alfonso el Sabio y murió en el Alcázar de Jerez,
agarrando con los dientes la bandera de su rey, por no poderla ya
sujetar ni defender con sus dos manos mutiladas...
La voz del artillero, tímida y entrecortada al principio, fuese poco a
poco vigorizando, cual si aquellos hechos gloriosos encontraran en su
corazón eco suficiente para imitarlos, y cuando llegó a describir un
episodio de Trafalgar, que llamó último timbre de su familia, su acento
vibraba con esas misteriosas inflexiones del sentimiento que parecen
elevar al orador a una esfera más alta, prestándole no sólo facultad
para persuadir y fuerzas para conmover, sino hasta derecho para
mandar...