Bismarck que las palabras del diplomático evocaban sobre la mesa, y
comprendiendo que se le recordaba con aquel elegante giro que el
undécimo mandamiento de la ley de Dios es no estorbar, despidióse esta
vez con el dedo índice muy plegadito, medrosico y esperanzado, mas no
sin echar antes una ojeada furtiva al proyecto de tratado secreto con
Alemania, que la extendida mano del diplomático parecía proteger contra
todo amago de curiosidad. Algo atisbó, sin embargo, que vino a
despertarle la sospecha de que el tal proyecto de tratado secreto no era
precisamente con el Gobierno alemán, sino con la repostería de Lhardy,
poderosa potencia gastronómica de la Carrera de San Jerónimo: entre los
peludos dedos del diplomático asomaba por una esquinita la viñeta de las
cuentas del célebre Emilio.
Mas no era el señor Pulido hombre que, una vez puesto en la pista,
retrocediese ante ningún peligro ni reparo; fuese, pues, derecho a casa
de Lhardy y preguntóle si el señor marqués de Butrón tenía en su
repostería alguna cuenta pendiente. Emilio, creyendo sin duda que aquel
señor vendría a pagárselas, díjole que tenía cuatro, de las cuales era
la más antigua la del buffet de un baile dado tres años antes en honra
de Currita, y que el día anterior se las había remitido todas juntas por
centésima vez, sin haber logrado aún cobrar ninguna. Enderezóse entonces
el dedo del señor Pulido con la fuerza de una catapulta, y atónito
Emilio, oyóle exclamar dos veces:
--¡Lo dije!... ¡Lo dije!...
--IV--
Amaneció por fin el día 29 de diciembre de 1874, y a las once y
cincuenta y seis minutos de la mañana, el ministro de la Guerra, Serrano
Bedoya, saltaba violentamente de la cama, como había de saltar
veinticuatro horas más tarde, violentamente también, de la poltrona
ministerial... Anunciábale un telegrama del gobernador militar de
Sagunto que el general Martínez Campos había proclamado rey de España al
príncipe Alfonso, en las Ventas de Puzol, al frente de la brigada Dabán.
Alborotóse el Gobierno, reunióse al punto Consejo extraordinario en el
ministerio de la Guerra y tomóse por primera providencia la de echar el
guante al señor Cánovas del Castillo y a otros muchos personajes de
cuenta, entre los que se contaban el señor Pulido, _el joven Telémaco y
el respetable Mentor_. Encerráronles por de pronto en el Saladero, con
la sana intención de enviarles más tarde, una vez sofocada la intentona,
a tomar camino de Filipinas los saludables aires de mar. La cortesanía
del gobernador de Madrid, señor Moreno Benítez, proporcionóles horas
después mejor alojamiento en el Gobierno civil; mas fuese pérfida
intriga de los amigos o cruel ensañamiento de los contrarios, es lo
cierto que los tres compadres, Jacobo, Butrón y Pulido, quedaron presos
en el Saladero, pasando entre temores y sobresaltos todo el día 29 y
también el 30, hasta que en la madrugada de este, muy cerca ya del alba,
abriéronse ante ellos las puertas de su prisión, para cerrarse ante sus
ojos la puerta de sus esperanzas... A las nueve y cuarto de aquella
misma noche, hundido para siempre el Gobierno de la Revolución, había
quedado investido de todos los poderes el capitán general de Madrid, don
Fernando Primo de Rivera, y puestos al punto en libertad los prohombres
alfonsinos detenidos en el Gobierno civil, apresurándose a nombrar un
ministerio-regencia, del cual formaban parte el Gallego y el Laguna,
quedando excluidos, por supuesto, _el joven Telémaco y el respetable
Mentor_[20].
[Nota 20: Formaban este primer gabinete alfonsino, bajo la
presidencia de don Antonio Cánovas del Castillo, los señores Castro,
Cárdenas, Jovellar, Salaverría, marqués de Molins, Romero Robledo, Ayala
y marqués de Orovio. Excusado nos parece advertir que, al fingir
nosotros un señor Gallego y un señor Laguna formando parte de este
Ministerio, no aludimos para nada a ninguno de los señores que en
realidad lo formaron. Y ya que de alusiones hablamos, bueno será hacer
constar, una vez más, que yerran por completo los que han creído ver en
algunos personajes de la presente novela retratos de personas harto
conocidas, que sin duda lo fueron muy poco de los que tal juzgan, cuando
encuentran semejanza entre unos y otros. Nuestros personajes no son
retratos de individuos determinados, sino tipos de caracteres sociales;
y si puede halagar la vanidad del artista que resulten sus creaciones
tan reales que no pueda concebírselas sin un modelo vivo, debe de
repugnar ala delicadeza y aun a la conciencia del escritor honrado al
convertir por este medio un libro escrito con altos fines morales en un
intencionado libelo.]
Quedóse este anonadado, púsose Jacobo furioso, y el señor Pulido, sin
fuerzas para enarbolar el dedo indicador, sin alientos para
murmurar--¡lo dije!--, enmudeció como Casandra a la vista de Troya
destruida y Grecia triunfante. Butrón bufaba, Pulido gemía, Jacobo
echaba ajos, y entre peroratas enérgicas, amargos reproches, violentas
reclamaciones y planes de campaña propuestos para derrocar aquel
Gobierno que les había estafado, pasáronse algunos días, hasta que
desembarazado algún tanto el ministerio-regencia con la llegada del
joven monarca, pudo al fin dar vuelta a la llave de la despensa, y
enarbolando la rama de sustanciosos dátiles, que ha venido a sustituir a
la de olivo, antiguo símbolo de la paz, comenzó a distribuir puestos,
honores y destinos entre sus diversos paniaguados, tocándole a Butrón
una plenipotenciaría de primer orden. Hízose de rogar este cuanto sufría
por una parte la prudencia y exigía por otra el decoro, y teniendo en
cuenta sin duda que a buena hambre no hay pan duro, que a falta de pan
buenas son tortas y que más vale pájaro en mano que buitre volando,
marchó al fin resignado y majestuoso a representar en tierra extranjera
la persona de Alfonso XII. Hubo también una dirección de segundo orden
para el señor Pulido, y ofrecióse a Jacobo otra plenipotenciaría igual a
la aceptada por Butrón. Mas _el joven Telémaco_ era hombre capaz en sus
rencores de comprender y practicar aquella venganza de los chinos, que
consiste en ahorcarse a la puerta de su adversario para atraer sobre él
la cólera celeste y el odio de los ciudadanos; lleno, pues, de saña,
rechazó con altivez la oferta, y creyendo alcanzar por sus propias
fuerzas lo que de grado no le habían querido dar, alistóse de nuevo
entre sus antiguos amigos los revolucionarios aún no resellados, que
capitaneaba a la sazón el excelentísimo Martínez y prometían formar una
oposición formidable el día en que se decidieran a reconocer la
monarquía de Alfonso XII. Recibiéronle ellos como a un Hércules bajado
del cielo para emprender de nuevo a su lado los doce trabajos sobre la
tierra, y en el momento en que le encontramos volviendo de Biarritz al
lado de Currita, traía ya lograda, con ayuda de esta fiel amiga, la
senaduría vitalicia, altísima tribuna desde donde pretendía escalar, al
lado del excelentísimo Martínez, el Olimpo ministerial, una vez
efectuada la temida y esperada maniobra que con gran sigilo preparaba el
taimado _buey Apis_.
A poco presentaba Madrid su animado aspecto de invierno, y dos sucesos
trascendentales ocupaban la atención de los políticos y los elegantes:
la apertura de las Cortes y el casamiento del monarca. Prometía la
primera campañas parlamentarias nunca vistas; hacía esperar el segundo
diversiones y regocijos jamás disfrutados, y unas y otros discutíanse y
aun preparábanse en los salones de Currita, centro por aquel tiempo de
los más importantes hombres políticos de la futura oposición dinástica,
a la vez que de lo más _gommeux_, lo más _poisseux_ de la alta sociedad
madrileña. Sus _après dîners_ de los viernes llegaron a tener fama, y
con igual facilidad se concertaba en ellos un gabinete que se
desconcertaba un matrimonio, se ganaba un diputado para la oposición que
se perdía una muchacha para siempre, minada al amparo bienhechor de la
dama, por esa galantería de algunos salones, que llama un autor, nada
asustadizo por cierto, _trabajo de zapa que el vicio emplea para minar
la virtud_. Pedro López comparaba en _La Flor de Lis_ el salón de
Currita con aquellas famosas tertulias que comenzaron en el hotel
Rambouillet y acabaron con madame Staël, Recamier, Tallien y Girardin; y
ciertamente que si no se encontraba en aquel como en estas la culta y
amena conversación y la urbanidad más exquisita de antaño, que ha venido
a ser hoy entre damas y caballeros como atributo exclusivo de las
pelucas empolvadas y las chorreras de encaje, encontrábase de igual modo
aquel principio disolvente de toda moral, que consiste en tolerar y
autorizar el escándalo.
Viose entonces claro como nunca la funesta influencia que ejerce en una
sociedad entera una de esas reinas de la moda que comienzan escotando
los trajes y acaban escotando las costumbres; que empiezan imponiendo el
yugo de sus elegantes extravagancias y terminan imponiendo el de sus
desvergonzados vicios; que familiarizan con el escándalo y lo hacen
tolerable y de buen tono hasta a los ojos de las personas virtuosas, que
llegan a contemplar sin extrañeza, sin rubor y sin protesta,
espectáculos como el que ofrecía Currita haciendo los honores de su casa
con distinción elegantísima, en compañía del marqués de Sabadell,
mientras sus hijos yacían olvidados, cada cual en un colegio, y
Villamelón, reblandecido ya casi por completo, jugaba al bésigue o al
tresillo con las celebridades del momento, o tentaba la paciencia de sus
tertulianos encerrado, como en un círculo vicioso, en sus ordinarios
tópicos de conversación: el combate _terro-naval_ de Cabo Negro, los
prodigios de su cocinero, los adelantos de su fotografía, las ventajas
de la incubación artificial de los huevos de gallina, o las extrañas
peripecias del doctor Tanner y el italiano Succi, que, con gran pasmo
suyo, parecían haber resuelto el problema, para él horripilante e
incomprensible, de vivir sin comer.
Un nuevo escándalo, iniciado y meditado en casa de Currita y llevado a
efecto a la sombra de esta, y quizá, quizá bajo su protección misma,
vino a probar a las personas sensatas que tan peligrosa es la proximidad
del vicio, que aun sin estar de él contaminado, se respira en su
atmósfera cierta ponzoña que trastorna y extravía, y hace al cabo
resbalar y caer... Margarita Belluga, una de las jóvenes que al pisar
por primera vez los salones del gran mundo había llamado más la atención
por su candor y su pureza, desapareció un día súbitamente de casa de
sus padres, para aparecer a poco en Italia, _magna parens artium_, y
refugio insondable de pillos de todas las naciones, casada con Celestino
Reguera, el pintorzuelo cómplice de Currita en sus atentados pictóricos,
que había conservado siempre la dama a su lado, para alumbrar su corte
con los resplandores de un genio, a la manera que Filipo mantenía en la
suya a Aristóteles, y Augusto a Virgilio, y Carlos V a Garcilaso, y Luis
XIV a Molière.
Comenzaron entonces las lamentaciones y las extrañezas, los comentarios
y los sobresaltos, y la murmuración no fue ya el ruido de una ola al
reventar en la playa, sino que cundió y se hizo formidable, y resultaron
todos los imponentes estrépitos del mar batiendo las costas... Mas a
pesar de que todo el mundo vio claro el viento que había desatado
aquella tormenta y los polvos de que salían aquellos lodos, tan sólo dos
de las muchas madres honradas que acudían a los saraos de Currita
dejaron de llevar allí a sus hijas; tan sólo uno de los muchos maridos
con decoro que a ellos concurrían retrajo a su mujer de aquella casa
funesta a que se hacía necesario acudir, porque... porque... se pasaban
allí ratos deliciosos, era la dama quien fijaba en sus salones las leyes
del buen tono, y el ser admitido en su casa era un brevet de elegancia y
de notoriedad.
Mas un día corrió por Madrid una noticia estupenda, que se escuchó al
principio como un absurdo inventado por algún ocioso del Veloz;
concediósele más tarde la verosimilitud que hubiera merecido la de que
Sagasta cantaba misa o el Gran Turco se había hecho monje bernardo, y
extendióse al fin como un hecho inverosímil, pero cierto, absurdo, pero
verdadero, desde los salones hasta las antesalas, y desde los pasillos
del Congreso hasta los de los teatros, llenando a todo el mundo elegante
de asombro, de extrañeza y de curiosidad. La imaginación siempre
exaltada de los madrileños aderezó el hecho con interpretaciones y
comentarios, y unos vieron en él un manejo político, otros una rivalidad
femenina, algunos una señal de reconciliación entre el mundo devoto y el
profano, y varios, los que se decían más enterados y eran más hábiles en
aquello de ajustarle las cuentas al prójimo, vieron, por el contrario,
una emboscada peligrosa que la más inflexible de las beatas tendía a la
más tolerante de las pecadoras; un reto del calendario piadoso a la
mitología pagana; un combate singular entre la marquesa de Villasis, que
arrojaba el guante, y la condesa de Albornoz, que se apresuraría sin
duda a recogerlo.
Porque era el caso que habían circulado por ciertas casas privilegiadas
de la alta sociedad madrileña unas lindas tarjetas litografiadas, en que
la marquesa de Villasis anunciaba a sus numerosos amigos que abría las
puertas de sus salones, y fijaba como día de recepción--¡aquí estaba el
busilis!--el mismo fijado por Currita: ¡los viernes!... La noticia llegó
a casa de esta un miércoles por la noche, estando presente tan sólo la
duquesa de Bara, Carmen Tagle, Leopoldina Pastor y la Valdivieso;
algunos señores mayores jugaban al tresillo, y en la sala de billar
oíanse a lo lejos los secos golpes de las bolas y los tacos. Currita
recogió, en efecto, el guante, y puesta en guardia al punto, manifestó
su asombro con ingenua sencillez de cándida tortolilla.
--¿De veras?... ¡Cuánto me alegro!... Supongo que habrá convidado a las
novicias del Sagrado Corazón...
Riéronse todos a carcajadas, y ella, muy extrañada de aquellas risas,
prosiguió diciendo:
--Pues no lo digo de burlas... Creed que lo decía sin ningún
_arrière-pensée_... Como María es tan piadosa y suele darle a todo un
tinte devoto...
--¡Pues claro está!--replicó muy seria la de Bara--. Por eso ha
convidado también a los congregantes de San Luis.
--Y por lo menos exigirá a los presentados la cédula del cumplimiento
pascual.
--Y el certificado de buenas costumbres del cura párroco...
--¡Qué delicia!... ¿Y abrirán el baile rezando el rosario?...
--Como que tocará el cuarteto de la capilla real, y se cantarán en los
intermedios los Gozos de san José.
--¡Ya lo creo!... La Villasis sabe hacer bien las cosas, y de seguro que
ha pedido al arzobispo indulgencia plenaria para todos sus tertulianos.
--Pero, en suma--dijo al fin Currita, deteniendo aquella granizada de
burlas--, ¿qué es lo que se propone esa pobre María?...
Aquí miró a todas partes con gran misterio el que había traído la
noticia, y las cinco señoras alargaron las cabezas y abrieron las orejas
con curiosidad intensísima.
--Pues dice..., dice... que se propone recibir a... mujeres honradas...
Un ¡ya! general, preñado de extrañas e intencionadas inflexiones, se
escapó de todos los labios, y la Albornoz, abriendo cándidamente los
ojos, dijo con su suave vocecita:
--Pues a mí no me han convidado hasta el presente...
Las señoras soltaron el trapo a reír, y dijeron todas al mismo tiempo:
--Ni a mí...
--Ni a mí...
--Ni a mí...
Leopoldina Pastor no dijo nada; púsose muy encendida, y dando una brusca
media vuelta, sentóse al piano y comenzó a tocar furiosamente la antigua
canción del _¡Trágala!_...
Anocheció por fin el viernes, llegó la hora de comer, y tan sólo trece,
de los veinte personajes convidados, se sentaron aquella noche a la mesa
de los consortes Villamelón. El número era funesto, y la duquesa de
Bara, que supuso al punto la causa de tan repentina baja, dijo muy
quedito a su sobrino el duque de Bringas:
--Mal número... ¿Si será esta la _última cena_?
--Con tal que no te toque a ti el papel de Judas.
--¡Oh, no, no!... Yo le soy fiel a Curra.
--¿Pero por qué han desertado los otros?
--Pues nada, hijo, que ha habido conjunción de pucheros y el de María
Villasis triunfa.
--Será más delicado.
--¡Pchs!... Bizcochitos de monja y tocino de cielo... Prefiero el de
Curra: es más sustancioso.
--¿Pues cuál es?...
--_Olla podrida_.
Y con tales ganas comenzaron a reír la tía y el sobrino, que casi
vinieron a echar por las narices el _consommé à la Régence_, servido en
magnífica vajilla de plata, con que los ilustres comensales comenzaron a
apaciguar sus respectivos apetitos... Con estos augurios funestos dio
principio la comida, lenta y desanimada; Villamelón, con gravedad
señoril y solemne aspecto, embaulaba en silencio, sin ocuparse gran cosa
de la embajadora de Alemania y la duquesa de Bara, que tenía a derecha e
izquierda, consultando a cada paso el _menú_, impreso con vivos colores
en apergaminada vitela, al estilo de los antiguos misales de la Edad
Media, y no satisfecho con esto, preguntando de cuando en cuando con
sigilo prudentísimo al criado que le servía:
--¿He comido de todo?...
Frente por frente estaba Currita, teniendo a su derecha al embajador de
Alemania, y a su izquierda al excelentísimo señor don Juan Antonio
Martínez, _buey Apis_ por otro nombre, que olvidando con loable
magnanimidad antiguos rencorcillos, era a la sazón íntimo de la dama,
como sustituto del respetable Butrón en el cargo de _Mentor_ del _joven
Telémaco_. Prodigábale Currita atenciones delicadísimas y hablábale a
veces en voz baja, con muestras de íntima confianza: en una de estas,
mostróle rápidamente con ademán misterioso un pequeño objeto que había
sobre la mesa. Entre los mil primores y monerías que la adornaban,
veíanse ante el cubierto de cada caballero pequeños _bouquets_ de
violetas para el ojal del frac, puestos en diminutos vasitos de cristal,
ligeros y diáfanos cual si fuesen de aire petrificado, y teniendo todos
en el centro una pequeña flor de lis, lindísima maravilla natural,
criada a fuerza de cuidados en las estufas de Currita. Con significativa
sonrisa mostróle la dama al _buey Apis_ el _bouquet_ que tenía delante,
y este, sonriendo también, dijo entre dientes, sin que ella protestase:
--El diablo son las mujeres...
Entre estos dos grupos principales que ocupaban ambas cabeceras
sentábanse el resto de los convidados: la señora de López Moreno, que
redondeaba a la sazón su inmensa fortuna prestando al veinte por ciento;
la marquesa de Valdivieso, que no atestiguaba ya sus sentencias con la
autoridad de Paco Vélez, sino con la de Fermín Doblado; la condesa de
Balzano, divorciada de su marido y en pleito con sus hijos; el duque de
Bringas, declarado pródigo por los tribunales a instancias de su esposa;
don Casimiro Pantojas, buscando siempre el _paulot postfuturum_ de algún
verbo griego; dos diputados novatos, cándidos provincianos todavía, a
que la ilustre condesa, de acuerdo con el excelentísimo Martínez, tendía
el anzuelo de sus banquetes para pescarlos en la oposición futura; el
espiritual Pedro López, que pagaba su cubierto todos los viernes con
algunas columnas de _La Flor de Lis_ de prosa _gelatinesca_, y el
marqués de Sabadell, que al notar las siete bajas habidas en el número
de convidados, dirigía a Currita miradas impacientes, que hacían en la
comprimida cólera de esta el efecto que el viento hace en el fuego, y
parecían demostrar en ambos el pesar de ver frustrado en parte algún
plan que proyectaban.
El berrenchín de Currita igualaba, en efecto, a su inquietud, porque
justamente pertenecían sus convidados prófugos a aquella parte sana y
virtuosa de la sociedad madrileña que se complacía ella en atraer a su
casa para acallar con el ejemplo de estos los escrúpulos de algunos
otros, a la manera que en ciertos garitos de industrias prohibidas
colocan en el portal la muestra de alguna otra industria inocente, que
desorienta a la policía y sirve de cebo a los incautos. Faltaban, pues,
aquella noche los duques de Astorga, que con gran acierto habían sido
elegidos por el nuevo monarca para formar parte de la alta servidumbre
de la joven reina; los condes de Orduña, nobles figuras del antiguo
bando carlista, fiel siempre a la desgracia, y la marquesa de Lebrija,
cuyo prurito de socorrer y presidir asociaciones pías habíale
conquistado justamente la doble fama de caritativa y de vanidosa.
Faltaba también el tío Frasquito, que, con gran indignación de Currita,
no se había tomado el trabajo de disculpar su ausencia; y faltaba
Leopoldina Pastor, que la había disculpado tan sólo con una lacónica
esquelita, diciendo que un indecente orzuelo le había aparecido en un
ojo, poniendola de humor malísimo. La ausencia de estos dos últimos
hería, más que ninguna otra, el amor propio de Currita, porque eran él y
ella de esos pájaros que se retiran a tiempo del árbol que pierde su
sombra y tienden el vuelo hacia el que comienza a verdear.
Azoraba todo esto a Currita, pareciéndole indicio cierto de conjura
sospechosa, y al mismo tiempo que procuraba sostener y animar la
desmayada conversación de sus comensales, prestaba oído atento a lo que
por fuera del comedor pasaba... Sucedía de ordinario los viernes que,
aun antes de terminarse la comida, poblaban ya los salones gran número
de tertulianos que se apoderaban de las mesas de tresillo y de billar y
formaban grupos y corrillos llenos de la alborotada animación, que
duraba siempre hasta muy entrada la madrugada... Nada se oía aquella
noche, y cada vez más inquieta Currita procuraba alargar la comida,
agotando todos los recursos de su ingenio e intercalando entre plato y
plato historietas que equivalían a las más picantes salsas, con el fin
de dar tiempo a la llegada de la gente y evitar que los comensales
recibiesen la mala impresión de encontrar los salones desiertos. Fuele
ya imposible alargar por más tiempo la ímproba tarea y puso al cabo fin
a la comedia con una escena misteriosa, seguida de un golpe teatral
hábilmente dispuesto... Su diminuto piececito tocó ligeramente por
debajo de la mesa la pezuña del _buey Apis_, y ambos cruzaron con Jacobo
una rápida mirada de inteligencia que parecía significar: ¡Alerta!
Entonces, tomando Currita el _bouquet_ que tenía Martínez delante, tuvo
la exquisita galantería de ponérselo ella misma en el ojal, repitiendo
la acostumbrada frase de las floristas parisienses:
--_Monsieur_... _Fleurissez votre boutonnière_...
Mas Jacobo, con jovialidad perfectamente afectada, detúvola en mitad del
camino, diciendo desde su sitio:
--¡Cuidado, Martínez, cuidado!... Que le tienden a usted un lazo...
--¿Un lazo?--exclamó Currita, retirando vivamente el ramito.
--Sí, señor, un lazo--afirmó Jacobo riendo--. ¿Pues no ve usted que
lleva el _bouquet_ una flor de lis?...
--¡Ay, Jesús!--replicó Currita escandalizada--. Entonces ¡protesto,
protesto!... Yo persuado a quien puedo, pero no sorprendo a nadie...
¿Quiere usted que se la ponga, Martínez?... ¿Sí o no?...
--¡Jú, jú, jú, jú!--mugió _el buey Apis_, haciendo con la cabeza ademán
afirmativo.
--¿La acepta usted entonces?--preguntó Currita.
--La acepto.
--¿Con todas sus consecuencias?...
--Con todas sus consecuencias--repitió _el buey Apis_.
Y paseó por todos los presentes una mirada orgullosa, casi fiera, que no
carecía de la tosca grandeza de un Mario, a la vez plebeyo y formidable,
que se dejase acariciar por afeminados patricios... Un aplauso general
acogió la declaración del antiguo revolucionario, y Villamelón, muy
conmovido, propuso un brindis en honor del rey Alfonso XII. Apuráronse
las copas, y Fernandito, tomando entonces la que había servido a
Martínez, dijo solemnemente:
--Esta copa tendrá con los años gran valor histórico. ¿Me entiende
usted, Martínez?... Permítame que la guarde... Quiero legarla a mis
hijos.