En la primera de las banquetas de detrás, María Valdivieso, Paco Vélez y

Gorito Sardona reían a carcajadas, disputándose el honor de soplar con

alientos de buzo en la sonora corneta, avisando a los pacíficos aldeanos

y a los mensurados bueyes, a las modestas _cestas_ de camino y a las

chillonas carretas cargadas de helechos, que se quitasen de en medio,

que se echasen a un lado y se tirasen todos de cabeza por cualquier

barranco, porque el _mail-coach_, con seis caballos, de la excelentísima

señora condesa de Albornoz, necesitaba libre toda la carretera de

Guipúzcoa. En la última banqueta de detrás, tendido cual una masa

inerte, iba un hombre cubierto con un _waterproof_ de señora, que los

rayos del sol recalentaban: bamboleábase con grave riesgo de caer a los

movimientos del coche y roncaba con esa especie de ruido asmático,

propio de los borrachos viejos cuando duermen la mona.

En los asientos del centro, entre varias fiambreras, cajas y piezas de

una pequeña tienda de campaña desarmada, iban Kate, la doncella inglesa

de la condesa de Albornoz; Fritz, su lacayo prusiano, y Tom Sickles, su

famoso cochero, que sin perder su flema inglesa miraba de cuando en

cuando con inquietud las evoluciones no del todo diestras que imprimía

al fogoso tiro la débil manecita de su ilustre dueña. Porque la condesa

de Albornoz en persona era quien venía guiando los briosos brutos desde

Biarritz, de donde había salido el convoy la víspera, prefiriendo

aquella molesta caminata por la carretera al cómodo trayecto del camino

de hierro, por uno de esos caprichos, de esas excentricidades que forman

las leyes de la moda y constituyen las reglas del buen tono, basadas las

más de las veces en aquella razón tan filosófica y profunda:

Cuando pitos, flautas;

Cuando flautas, pitos.

Sentado a su lado, en el pescante, iba el marqués de Sabadell, afable y

cariñoso, defendiendo de los rayos del sol el rostro de la dama con una

gran sombrilla de grueso tafetán encarnado, y atento siempre a remediar

con su vigoroso puño cualquier descuido que en su ardua tarea de guiar

el coche pudiera tener el aristocrático cochero. Pronto se le ofreció

ocasión oportuna: a una vuelta del carruaje enredóse la sombrilla en las

ramas de un roble, y despedida aquella con violencia, vino a caer sobre

uno de los caballos; espantóse el animal, reculando bruscamente;

retrocedió el coche a su empuje, osciló un momento y quedó inmóvil,

inclinado, hundiéndose, hundiéndose suavemente... Un grito de espanto

escapóse de los labios de todos, y una vieja que cruzaba guiando un

borriquillo gritó, extendiendo los enjutos brazos, con esa energía de la

fe en los momentos de angustia:

--¡Aita San Ignazio..., salbazazu!.[17]

[Nota 17: ¡Padre san Ignacio..., sálvalos!]

El peligro era inminente; hallábase una de las ruedas traseras fuera del

camino, sostenida sobre el precipicio tan sólo por el tronco de un roble

inclinado, cuyas raíces se sentían crujir y ceder a cada momento,

arrancando grandes pelotones de tierra... Un instante perdido, un solo

movimiento de cualquiera de los espantados brutos, y coche, caballos y

viajeros rodarían por el alto repecho de la cuesta, haciéndose trizas.

Jacobo no se aturdió, ni Tom Sickles tampoco; empuñó el primero las

riendas sin hacer ningún movimiento y saltó el segundo fuera del coche,

abalanzándose a la rueda opuesta a la hundida, y tirando hacia el centro

del camino con todas sus fuerzas; la vieja casera acudió en su ayuda,

tirando con sus descarnados brazos, que parecían tener el aguante de dos

poderosos cables. Saltó Fritz detrás de Tom y fue a sujetar por el

diestro al caballo espantado, que era el de la izquierda del primer

tronco. El terror había enmudecido a todos, dejándolos inmóviles, sin

osar rebullirse por miedo de apresurar la catástrofe; el hombre del

_waterproof_ seguía roncando.

A un grito de Tom Sickles fustigó Jacobo los caballos bárbaramente,

azuzólos Fritz dando voces y el coche arrancó al fin crujiendo,

bamboleándose un momento hacia el precipicio, dando, al entrar en la

carretera, un vaivén violentísimo, que despidió al hombre dormido desde

lo alto de su banqueta en mitad del camino, donde cayó inerte y pesado

cual una piedra de diez arrobas, mientras el coche desaparecía entre una

gran polvareda por el declive de la cuesta y seguía corriendo hasta

llegar frente de Oiquina, donde pudo al fin Jacobo detener el tiro a la

sombra de unas higueras, cubierto de polvo, sudoroso, jadeante... Ya era

tiempo: el roble, descuajado por completo, cayó a lo largo del violento

repecho del camino, quedando suspendido sobre el precipicio por algunas

raíces. Tom Sickles, sin cuidarse del hombre tendido en tierra, miraba

correr el coche, apretando los puños y dirigiendo en inglés tremendas

imprecaciones, no a los caballos, sino a su ilustre señora y dueña.

Mientras tanto, Fritz y la casera acudían al caído en el momento en que,

desembarazándose este del _waterproof_ que le envolvía y sentándose en

el suelo, dejaba ver la granujienta faz de Diógenes, azorada, reflejando

todavía la colosal borrachera que se había tomado la víspera, mirando a

todas partes con aire de extrañeza, sin acertar a explicarse cómo,

habiéndose dormido en lo alto de una banqueta del _mail-coach_,

despertaba sentado en el suelo en mitad de un camino. Los dolores de sus

huesos vinieron a revelárselo, y agarrándose a Fritz, trató de

levantarse, murmurando:

--¡Polaina!... Si parece que me han dado una paliza... Comenzó a andar,

sin embargo, sin sentir grave molestia, con el sombrero en la mano,

cubierto de polvo, arrastrando por detrás el _waterproof_, que llevaba

terciado al hombro izquierdo. Los del coche habían recobrado el habla al

verse fuera de peligro y chillaban todos al mismo tiempo, comentando el

suceso, sin acordarse ninguno de dar gracias a Dios, que les había

arrancado de las garras de la muerte con un verdadero prodigio; tan sólo

Kate, la doncella inglesa, encogida en un rincón, blanca cual un papel

todavía, con las manos cruzadas, cerrados los ojos, inclinada la cabeza,

parecía rezar entre dientes... Echaron entonces de menos a Diógenes y

viéronle venir a lo lejos, seguido de Tom Sickles y el prusiano, que

traía la sombrilla encarnada causa del percance. El buen humor acabó de

disiparles el susto, y recibieron todos al caído con grandes carcajadas,

excepto Leopoldina Pastor, que dominando las risas con su poderosa voz

de contralto, gritaba furiosa:

--¡Pues mira el indecente cómo trae mi _waterproof_ arrastrando!...

¡Diógenes, hijito!... ¡Recoge ese impermeable!... ¿No ves que me lo

estás poniendo hecho un asco?...

Oyóla muy bien Diógenes, y liándose al cuerpo el _waterproof_, con el

garbo del torero que se ciñe la capa para hacer con la cuadrilla el

saludo al presidente, quiso hacer una pirueta; un ligero vahído se la

cortó, sin embargo. Al pasar junto al balneario de Cestona acometióle

otro ligero desvanecimiento, y Leopoldina Pastor, que unía siempre algún

rasgo de locura a los impulsos de su corazón, realmente bueno y

compasivo, empeñóse en hacerle beber un par de vasitos de aquellas

famosas aguas medicinales. Contestóle Diógenes una de sus indecentes

paparruchas, que rieron todos en coro, y detúvose, en efecto, en el

balneario para beber una enorme copa de ginebra, que tomó, según su

costumbre, echando antes en el fondo un par de terrones de azúcar.

Volvióle el alcohol la salud y la alegría, y desde Cestona hasta

Azpeitia charló sin cesar, comentando, con grandes risas de todos, su

tremendo batacazo.

--¡Polaina, señá Frasquita!... Si te lo llegas a dar tú, ¿eh,

comadre?... Te desbaratas en treinta y dos partes, lo mismo, lo mismo

que un rompecabezas...

¡Saltar así a los sesenta y cinco años!... ¡Polaina!... Pero se acordaba

él de otro salto aún más mortal todavía: el que dio cierto _barbián_

amigo suyo, desde el almuerzo de un lunes a la comida de un jueves, sin

tropezar siquiera en un garbanzo.

Al trote largo atravesaron las calles de Azpeitia sin hacer caso de los

bandos del alcalde y las multas impuestas; y con riesgo de atropellar a

cada paso a los pobres alpargateros que trabajaban en los umbrales de

las tiendas y a los chiquillos que por todas partes pululaban, entraron

al fin en el trozo de carretera que lleva en línea recta al prado de

Loyola... En el fondo, sombreado por la alta cumbre del Izarraiz,

destacábase la majestuosa mole del Real Colegio y Santuario trazados por

Fontana, rico joyel construido por una reina para engarzar la casa de un

santo. En mitad del prado levantábase sobre un pedestal, resguardado por

una verja, la estatua de san Ignacio de Loyola, hijo y patrono de

Guipúzcoa, alzando la mano como para bendecir aquella comarca en que se

meció su cuna y en que parece proyectarse aún la sombra benéfica de su

figura gigantesca.

Formando ángulo recto con el Real Colegio de Loyola, hay otro edificio

construido en la misma época, que llaman _la Hospedería_; allí suelen

albergarse los viajeros que acuden a visitar el santuario, y allí

pensaba Currita partir la jornada, deteniéndose a comer, descansando un

par de horas y prosiguiendo su camino hasta Zumárraga, para alcanzar el

tren expreso para Madrid, que pasaba a las cinco y media.

El día estaba magnífico, aunque algún tanto caluroso, como suelen serlo

en Guipúzcoa los últimos de septiembre; y bajo el espacioso cobertizo

que forman los ocho arcos que dan entrada a _la Hospedería_, mandó la

condesa de Albornoz disponer la mesa. Extendíase al frente el prado,

verde, risueño, lleno de luz y de alegría, con una fuentecilla alegre y

bullidora que por cuatro caños murmuraba; a la izquierda, alzábase la

majestuosa mole del Colegio, adelantando el soberbio pórtico de su

iglesia como adelantaría un soldado de Cristo el fuerte brazo mostrando

un crucifijo, elevando la grandiosa cúpula como elevaría al cielo la

frente, buscando allí la fortaleza, el impulso, la luz. A la derecha,

abríase el valle de Azpeitia, cruzado por el Urola, alegre también y

risueño, ligando al pueblo con el Santuario como con un lazo de flores,

pareciendo su alegría, sobre el tinte melancólico de todo el paisaje, un

ramo de rosas sobre la tumba de un justo, una dulce sonrisa sobre el

austero rostro de un trapense; el alto Izarraiz, verde en la falda como

la vida en su primavera, áspero y ceniciento en la cumbre como la vejez

ya desengañada, cerraba bruscamente el fondo, y en medio de todo

aquello, elevada sobre la tierra, inalterable entre lo alegre y lo

triste, indiferente entre lo pobre y lo rico, elevábase la estatua de

san Ignacio, la imagen de la santidad, serena siempre, igual, tranquila,

orando y bendiciendo.

Sonó una campana en el interior del Colegio, y a poco contemplaron los

viajeros un espectáculo común en aquel lugar, pero nuevo y extraño para

ellos. Por la escalinata que da entrada a la portería salían los

novicios a paseo, de tres en tres, con el rosario al ceñidor, el

continente modesto, los ojos bajos; tomaban todos hacia la carretera,

serenos y alegres, descubríanse al pasar ante la estatua de su fundador,

con el cariñoso respeto con que se saluda a un padre, y repartíanse

luego en distintas direcciones, por diversos caminos y senderos. Dos o

tres ternas de novicios pequeñitos encantaron a Leopoldina; con la

servilleta en la mano levantóse de la mesa y salió fuera de los arcos

para verlos mejor, diciendo entusiasmada:

--¡Mira, mira... qué indecentillos más monos! ¡Si parecen curitas de

barro! ¡Qué chiquitos! ¡Qué preciosos!...

--Pues cómprales dulces--respondió Jacobo despechado.

--¡Ya lo creo que se los compraría si quisieran tomarlos!... ¡Si dan

ganas de coger un par de ellos y ponerlos en una rinconera, como si

fuesen juguetes!...

--No están malos juguetitos los tales nenes--dijo Jacobo con ira

reconcentrada--. La primera pifia que ha dado la Restauración ha sido

abrir la puerta a esta canalla... ¡Dejar que se forme ahí una almáciga

de intrigantes, una _pépinière_ de hipócritas revolucionarios!...

Entablóse entonces una discusión acalorada sobre los jesuitas, en que

salieron a relucir autorizados textos de Eugenio Sue, en su novela _El

Judío Errante_, quedando al cabo decidido que, terminada la comida y

mientras los caballos descansaban, irían todos a visitar la tenebrosa

madriguera... Diógenes, que hasta entonces nada había dicho, aseguró

terminantemente que él no iba, porque no acostumbraba poner los pies

donde tenían derecho a ponerle en la calle, y si aquellos señores

obraban en razón, era eso lo que debían hacer con las parejas de mocitos

y mocitas que amenazaban invadirles la casa. Echáronse todos encima con

grande furia y él comenzó a soltar a diestro y siniestro enormes

desvergüenzas, mientras Currita, con altivez de reina ofendida, llamaba

a Fritz el lacayo y dábale orden de ir al punto a Loyola para anunciar

al superior que la señora condesa de Albornoz iría de dos y media a tres

a visitar la casa y el Santuario.

Hablaba Diógenes pálido y agitado, con el tono iracundo que solía usar

cuando hablaba de veras, y levantándose de repente de la mesa, entróse

por un cobertizo que iba a parar en las cuadras; viéronle, a poco, salir

lívido más bien que pálido y dejarse caer como sin fuerzas en un banco

de hierro que bajo los arcos estaba: con grandes ansias y sudores había

arrojado en un rincón de la cuadra lo poco que había comido.

Acercáronsele entonces Gorito y Leopoldina, temerosos de que el batacazo

de por la mañana comenzara a tener consecuencias, y esta, con verdadero

interés, le dijo:

--Mira, Diógenes, tú estás malo y es necesario que te vea el médico.

--¿El médico?--balbuceó Diógenes con los ojos extraviados--. En mi vida

llamé a ninguno... La alopatía es un cañón Armstrong, y la hemopatía la

carabina de Ambrosio: con que vete a freír monas con tus médicos y

medicinas, que yo me curo solo...

--Pues llamaremos entonces al albéitar--repuso Gorito.

--Eso es otra cosa: estos tienen más ciencia, porque curan al paciente

sin sacarle palabra alguna... Pero tampoco es necesario, porque yo me

curo a mí mismo.

Y pidiendo una botella de ginebra, comenzó a beber copa tras copa,

echando, en vez de dos, tres y hasta cuatro terrones de azúcar.

Mientras tanto, María Valdivieso hacía una escena sentimental a Paco

Vélez, porque lejos de ocuparse de ella, durante el riesgo de la mañana,

había pensado tan sólo en salvarse a sí mismo; Jacobo y el tío Frasquito

habíanse entrado en _la Hospedería_ sin decir adónde iban, y Currita,

llevada de sus gustos idílicos, entreteníase en echar migas de pan a un

altanero gallo que merodeaba por el prado, seguido de algunas sumisas

gallinas. Acercóse entonces un hombre de aspecto modesto que traía una

carta en la mano, y preguntóle sin ceremonia si la señora condesa de

Albornoz era ella misma; la altiva dama dignóse tan sólo responder con

una ligera inclinación de cabeza, y el hombre le entregó entonces la

carta, entrándose al punto en Loyola, de donde había salido, por la

escalinata de la portería. Currita leyó extrañada estas solas líneas:

«Si la señora condesa de Albornoz viene a Loyola a confesar sus pecados

y a pedir a Dios perdón de sus extravíos, no tiene que fijar hora ni

tiempo, porque todos son igualmente oportunos... Pero si viene sólo a

hacer a esta Santa Casa testigo del escándalo de su vida, se la suplica

encarecidamente evite el disgusto de tener que cerrarle la puerta a su

afectísimo en Cristo y humilde servidor, PEDRO FERNÁNDEZ, S. J.»

Quedó Currita atónita con la carta en la mano, mirando atentamente al

gallo, que con una pata en alto, torcida la cabeza y fijo en ella el ojo

inflamado, parecía ofrecerle caballerosamente, en caso de guerra, el

auxilio de sus espolones.

La dama volvió a leer la carta y comprendió entonces una sola cosa; pero

una cosa para ella inverosímil, que vino a despertar en su ánimo el

movimiento de ira, de sorpresa, de rabia desesperada que causa al potro

bravío el primer espolazo que desgarra sus ijares, el primer serretazo

que le hace detener su voluntariosa carrera, anunciándole que hay

alguien que puede, y quiere, y debe sujetarle y humillarle...

¡Comprendió que por primera vez en su vida le cerraban una puerta, y que

era el que se la cerraba un hombre desconocido, un pobre fraile, un

Pedro Fernández!... ¡La fuentecilla que corría allí al lado murmurando

llegó a los oídos de Currita como el eco de la sarcástica carcajada que

había de soltar el mundo al verla vencida por Pedro Fernández!...

Resonó en aquel momento a su espalda la voz de Jacobo, y apresuróse a

esconder prontamente en el bolsillo de su falda la malhadada carta.

Jacobo reunía a su grey, porque iban ya a dar las dos y media, y a poco

que se detuvieran en la visita a Loyola podrían llegar a Zumárraga

demasiado tarde. Currita salió a su encuentro, andando lentamente,

diciendo con mucha displicencia:

--¿Sabes que me encuentro mala... y sería lo mejor dejarlo?...

Creyéronla todos, porque aparecía su rostro pálido y alterado, y

decidióse entonces salir al punto para Zumárraga y descansar allí en la

fonda una hora larga, antes de que el tren llegase. La ginebra había

repuesto a Diógenes por completo, y púsose a ayudar a Tom Sickles y al

prusiano a enganchar el tiro, cantando con aguardentosa voz de cualquier

mozo de cuadra una tonada antigua que llamaban _El Mayoral_:

Vamos, caballeros,

Vamos a marchá

¡Al coche, al coche!

¡Basta de pará!

Vamos ligerito,

Vamos a partí.

Empués los calores

Nos van a freí...

Jacobo y Currita ocuparon el pescante, tomando aquel esta vez las

riendas, y colocáronse los demás en el mismo orden en que habían venido.

Al pasar ante la estatua de san Ignacio, quitóse Diógenes el sombrero,

como había visto hacer antes a los novicios, y repitió en voz muy alta,

con el acento de un cariñoso saludo, aquella hermosa frase que inspiran

a los caseros de Guipúzcoa su piedad, su sencillez y su amor al santo,

gloria de sus montañas:

--_Aita_ San Ignazio... _agur_![18]

[Nota 18: ¡Padre San Ignacio... adiós!]

Luego, sin hacer caso de los furiosos aspavientos de Currita, que le

amenazaba con plantarle en medio del camino si no guardaba silencio,

comenzó a cantar de nuevo las estrofas de _El Mayoral_:

¡Cuidado ese bache!

¡Bájate, zagal!...

Si voy, salerosa,

Te voy a matá...

Volaba el _mail-coach_ por la carretera, dejando atrás los baños de San

Juan, el caserío de Juin-Torrea emboscado en sus jardines, el convento

de Santa Cruz encaramado en su monte, el palacio ruinoso de la Florida

en que Juan Jacobo Rousseau en persona presidió más de un conciliábulo

de enciclopedistas. Atravesaron al paso, más sosegados que por la

mañana, las calles de Azcoitia, y entraron de nuevo en la carretera,

flanqueada siempre por el río, hundiéndose a poco en la cañada

estrechísima y bravía que forman dos altas montañas, cubiertas de

bosques sombríos que trepan cual escuadrones de árboles que quisieran

escalarlas, para desgarrar en su cumbre el seno de las nubes, azuladas a

veces, vaporosas como la flotante túnica de una poética maitagari;

cenicientas otras, flotantes también, pero tétricas como el sudario que

cubre las rígidas formas de un muerto. Era aquella naturaleza agreste y

sombría, y hacíanla pavorosa los muchos saltos de agua que se despeñaban

de los riscos, el continuo lamentar de la corriente del río detenida por

las peñas y la falta de sol que ocultaban ya en aquella hora las dos

altas montañas.

Currita, sentada en el pescante, sombría como la naturaleza y no como

ella en calma, daba vueltas en su memoria a la carta de Loyola. Sentía

una especie de irritación sorda que no acertaba a comprender quién se la

inspiraba, porque, por un extraño fenómeno que no sabía ella misma

explicar, aquel Pedro Fernández, autor de la carta, causante de la

ofensa, tan sólo acudía a su mente en un lugar secundario,

presentándosele, más bien que como representante, como instrumento de un

ser más poderoso que parecía imponerse a la orgullosa dama, obligándola

a confundirse, y a humillarse, y a callar...

Un poco más lejos, al volver una punta, vio parados en la vertiente

misma de la montaña a tres de los novicios pequeñitos que habían

entusiasmado a Leopoldina. No estaban solos; había con ellos una vieja

decrépita, cubierta la cabeza con la blanca toca de las caseras

vascongadas, esforzándose por cargar en sus hombros, ayudada de los

novicios, un pesado haz de leña que había puesto en el suelo para tomar

alientos un instante y descansar. Inútil fue su empeño: a los diez o

doce pasos rindióla la fatiga, y el haz de leña, superior a sus fuerzas,

cayó de nuevo en tierra: la mujer se echó a llorar. Los novicios

hablaron entre sí un momento, y uno de ellos, el más fuerte, cargóse

entonces el haz a la espalda y comenzó a trepar por la áspera pendiente,

hacia un caserío ruinoso que se divisaba en la cumbre, pequeño y

escondido cual un nido de pájaros.

Leopoldina comenzó a alborotar, conmovida a su manera, gritando que

aquellos indecentillos eran unos ángeles del cielo, unos santos

chiquititos a quienes era necesario venerar, y que en cuanto llegara a

la corte había de enviarles a cada uno un par de medias negras, hechas

por sus propias manos, con el estambre más fino que pudiera hallarse...

Riéronse todos; Currita callaba, sin embargo, sintiendo un extraño

enternecimiento que la humillaba y que se apresuraba por lo mismo a

combatir, oponiendo a su benéfico influjo el parapeto del orgullo, del

inquebrantable orgullo, que viene a ser en el alma como la fortaleza del

mal... Aquellos tres novicios, aquellos tres Pedros Fernández en

embrión, humillándose por _caridad_ a una mendiga, hiciéronle comprender

que aquel otro Pedro Fernández habría podido imponérsele por _deber_ a

ella, orgullosa Grande de España, y una luz súbita, semejante a la de un

relámpago que ilumina a la vez que aterra, hízole ver claramente lo que

antes sospechaba: que aquella carta, que aquella ofensa no venía de un

desconocido, de un pobre fraile, de un Pedro Fernández; porque aquella

puerta primera que se le cerraba en la vida, no era la puerta de Loyola,

era la puerta de Dios...

Sintió frío y pidió a Kate un ligero abrigo en que se envolvió pensativa

siempre y silenciosa... Seguía aquella luz alumbrando en su alma, y a su

reflejo parecióle contemplarse a sí misma por fuera de sí misma, como

debía de contemplarla el desconocido Pedro Fernández, sentada en aquel

pescante al lado de Jacobo... Instintivamente miró a este, y por primera

vez en la vida parecióle lo que no le había parecido nunca: le pareció

un cómplice.

Rodaba ya el coche por las calles de Villarreal, atravesó el puente que

separa a esta villa de Zumárraga y se detuvo frente a la estación, entre

varias diligencias y coches desenganchados, a la puerta de una conocida

fonda, cuyo extenso comedor se abre a la plaza misma, en la planta baja.

Apeáronse todos; las damas pidieron un cuarto para arreglarse un poco;

los caballeros tiraron cada cual por su lado; Tom Sickles y el prusiano

recogieron el _mail-coach_ y los caballos en una cochera próxima, para

conducirlos a Madrid en el correo del día siguiente: faltaba para la

llegada del tren una hora larga.

El tío Frasquito, cepillado ya, limpio y resplandeciente, con sus

finísimos guantes de piel de Suecia en una mano y un ligero cabás de

Leopoldina Pastor en la otra, entró en el comedor y pidió un refresco de

grosella... No llegó a tomarlo: una muchacha de las del servicio

apareció dando gritos, sin poder articular, haciendo gestos desesperados

de que la siguiese... En un pasadizo cerca de la cocina, frente a una

puerta entreabierta, estaba Diógenes, tendido boca arriba, con los

brazos en cruz, doblada una pierna, revestido el semblante de una

palidez cadavérica, sobre la que se destacaba sus rojas manchas

granujientas, amoratadas entonces, casi negras: parecía muerto.

El tío Frasquito dio un chillido y echó a correr, llamando a voces a

Jacobo y a Gorito; acudieron todos los de la fonda y llegó también

Jacobo, mirando el reloj con gesto de grande enfado.

--¡Hasta para morirse es importuno!--dijo al verse frente a Diógenes.

Llevábanle ya dos robustos mocetones, hijos del dueño de la fonda, y

pusiéronle en la cama de un cuarto del primer piso. Llegó el médico a

toda prisa, llamado poco antes, y al saber la caída de por la mañana y

después de reconocerle, hizo un siniestro pronóstico: aquello era un

ataque cerebral, efecto de la caída, y si volvía en sí del primero, no

tardaría en sucumbir al segundo.

Las damas, muy sobrecogidas, no se atrevían a salir del cuarto y mucho

menos a ver al enfermo. María Valdivieso, con profunda compasión,

preguntó si se había puesto muy feo. Leopoldina, con pesar no fingido,

gimoteaba ruidosamente. De pronto, dijo:

--¿Si traerá el pobrecito dinero?...

Pequeñeces · 第 25 / 35 段