Seguía cayendo aquella lluvia menuda, lenta, constante, que cala hasta

los huesos y los enfría, como cala hasta el corazón y lo hiela un

pensamiento triste y monótono que no se puede desechar. En las Cuatro

Calles, frente a las ruinas _seculares_ de la calle de Sevilla,

coronadas ya, como las de Itálica, por el amarillo jaramago, tomó Jacobo

un simón para evitar la afluencia, eterna en aquel sitio, de gentes que

van y vienen, formando en las aceras cordones interminables de hombres,

de mujeres, de niños, cobijados todos aquel día bajo sus paraguas, que

remedaban, yendo y viniendo y cruzándose, una larga procesión, una

contradanza fantástica de hongos fenomenales. Diez minutos después

apeábase a la puerta del tío Frasquito.

Peinado, teñido y reluciente de puro limpio, sentábase este a la mesa

para almorzar en su lindo comedor perfectamente caldeado por magnífica

chimenea de mármol negro atestada de leña. Con el ansia cariñosa con que

recibe todo el que tiene gana de charlar a cualquiera que puede servir

de auditorio, recibió el viejo a Jacobo, mandando al punto poner otro

cubierto en la mesa... Necesitaba él desahogarse, porque el berrenchín,

el bochorno que había pasado el día anterior aún no le había salido del

cuerpo. Las cosas de Diógenes iban llegando a un extremo, que si hubiera

en Madrid autoridades, si hubiera en España un Gobierno, se castigaría

lo menos, lo menos con cadena perpetua... ¡Oh! ¡Lo del día anterior

merecía por primera providencia que le cortasen la mano derecha!

¡Burlarse de ese modo de todas las señoras de Madrid, congregadas para

un asunto piadoso! Poner en evidencia, en ridículo, en berlina, a

tres... a dos personas respetables; porque el tal Pulidete era un

_parvenu_, un cursi, un cualquier cosa, que se lo tenía todo muy bien

merecido... Mentira parecíale que Pepe Butrón, un hombre de tanto

talento, se hubiese _tirado una plancha_ semejante, y sin duda fue el

Pulidete quien le dio el mal consejo. ¡Proponer a María Villasis para

presidenta!... ¡Si eso no se le ocurre ni al que asó la manteca!... Y

claro está, sucedió lo que tenía que suceder: que la muy mojigata dio

con todo al traste, pero con un atrevimiento, con una insolencia,

aludiendo claramente a la pobre Curra, diciendo con una risita de mil

demonios que su modestia le impedía ser ella presidenta donde había una

vicepresidenta tan digna... Y la pobre Curra calló, calló por prudencia;

pero bien se le conoció que quedaba sentidísima...

Hizo aquí una pausa, tragóse un buen bocado, preparó otro muy grande y

dijo mientras tanto:

--Perro ¿no comes, hombre?... ¡Si no has tomado más que las ostrras!...

--No tengo ganas...

--Ni yo tampoco... Porr supuesto, que lo mejorr que ha podido sucederr

es lo que ha sucedido; porrque si mi sobrina Villasis llega a serr

presidenta, quedaban rreducidas las obrras de la Asociación a novenas y

triduos de rrogativas, y a limosnitas rrecogidas porr las socias a la

puerrta de las iglesias... Y ni aun esto siquierra, porque yo mismo la

he oído decirr, yo, yo mismo--y el tío Frasquito, con ademán imponente,

se tiraba de una oreja--, que es un escándalo, una profanación poneer

rreclamos de niñas bonitas a la puerrta de las iglesias. ¡Vaya usted a

verr qué modo de entenderr las cosas!... Perro, en fin, los pobrecitos

herridos no se quedarrán sin socorrro, y lo que la perrfecta viuda les

quita porr un lado, se lo proporrcionarrá porr otro la pícarra

Samarritana. Porque Curra, con ese corrazonazo que tiene, ¡claro está!,

¡lo ha tomado con un calorr, con un empeño!... ¡y lo que es la

kerrmesse, ha de darr mucho dinerro!... Anoche, como no estuviste allí,

no podrías enterrarte, pero se trata ahorra de buscarr el sitio; unos

dicen que en la platerría de Martínez, otros que en el Rreal. ¿Qué te

parrece?...

Jacobo, aburrido de aquella charla insustancial y mujeriega, estuvo por

decir que le parecía mejor la punta de un cuerno, y el tío Frasquito,

viendo que no contestaba, se apresuró a añadir:

--Yo creo que en el Rreal... En la Óperra se hizo la de Parrís, cuando

los inundados de Szegedin, y estuvo brillantísima... Perro, francamente,

le temo a Diógenes, que se colocarrá allí, de seguro... le temo, le

temo; te digo que le temo. Porrque, ¿qué se hace uno, si ni aun queda el

rrecurrso de desafiarrlo?...

--¿Que no?--replicó Jacobo riendo, a pesar suyo--. Desafíalo tú, y

córtale las orejas.

--¡Oh! ¡Lo que es por mí no quedarría!--exclamó lleno de ardor bélico el

tío Frasquito--. ¡Pero si es imposible! ¿Sabes lo que pasó con Paco la

Granda... otro animal como él?... Pues le hizo Diógenes una barrabasada,

y Paco le mandó sus padrinos. Diógenes dijo que sí, que se batirría,

perro como le tocaba la elección de armas, exigió que el duelo fuerra a

cañonazos, ¡figúrrate tú!... Paco le envió a decirr entonces que donde

quierra que le encontrase le darría de bofetadas; Diógenes contestó que

se le acerrcarra si podía... Y se le acerrcó, en efecto. ¿Perro parra

qué, Jacobo, parra qué?... Parra que el animal de Diógenes, como es tan

grandote, le diese un estacazo que le rrompió dos costillas... ¡Dos

costillas!... No creas que exagerro: ¡dos costillas!

Y el tío Frasquito, rebosando indignación, palpábase con el reverso de

la mano el sitio en que, naturales o postizas, debía de tener las suyas.

Jacobo nada decía, y comenzando el viejo a notar su preocupación,

indicóle bonitamente que el almuerzo terminaba y le estaba ya

estorbando.

--Pues creo que pondremos al fin la kerrmesse en el Rreal--dijo--.

Ahorra mismo voy a casa de Curra, parra que decidamos... ¿Cómo no has

almorrzado tú allí hoy?...

Jacobo arrojó la servilleta hecha un lío encima de la mesa y dijo

gravemente mirando al tío Frasquito:

--Porque necesitaba hablarte.

--¡Ya!--exclamó el viejo.

Y abrió palmo y medio de boca y púsose muy azorado, porque desde aquella

noche fatal en que descubrió Jacobo en el _Grand Hôtel_ el secreto de su

peluca y de sus dientes mirábale y temíale con ese temeroso recelo que

inspira siempre la persona que puede perder nuestra reputación o nuestra

fortuna con sólo dar suelta un poquito a la lengua. No le deseaba la

muerte, pero hubiérale visto con gusto descender a la tumba, con tal que

se llevase a ella el secreto. Jacobo preguntó:

--¿Te acuerdas de aquella noche en que se te quemó el gorro de dormir en

el _Grand Hôtel_?...

Alborotóse el tío Frasquito pensando ¡ciertos son los toros!, e inmutado

y nervioso y lleno de sobresalto, comenzó a mirar a los criados,

diciendo por lo bajo:

--¡Calla, hombre, calla!... En el _boudoir_ tomarremos el café y allí

nadie vendrrá a incomodarrnos.

Porque el tío Frasquito tenía también su _boudoir_, un verdadero

_boudoir_ de dama elegante, atestado de todas esas chucherías que llaman

los franceses _bibelots_ y han venido a sustituir en los palacios

modernos a las antiguas obras de arte. No faltaban allí, sin embargo,

estas, y era la más notable el retrato de un caballero, tipo de

arrogancia y varonil hermosura, pintado por Van Dyck en Inglaterra, al

mismo tiempo que aquel otro famoso de Carlos I, imagen admirable en que

se refleja, junto al orgullo del monarca, una especie de adivinación de

su trágica desventura. Era aquel personaje el quinto duque de Aldama,

embajador en Londres de Felipe IV, y era el tío Frasquito hijo tercero

del vigésimo duque del mismo nombre. Al pie del retrato había colgadas

una daga y una espada de gavilanes, de exquisita labor y gran precio,

que habían pertenecido al personaje. Frente por frente, en muy buena luz

colocado, había un pulido bastidor de caoba, en que el tío Frasquito,

nieto en el siglo XIX del prócer del siglo XVII, bordaba en tapicería

unas preciosas babuchas.

Sirvieron el café; Jacobo habíase dejado caer negligentemente en una

butaca, con la pierna derecha echada por encima del brazo de esta, y

puéstose a fumar el exquisito cigarro puro que le ofreció el tío

Frasquito. Este sacó con mucho misterio una preciosa tabaquera de oro

guarnecida de brillantes, con el retrato de la reina María Luisa en la

tapa, y tomó un polvo de rapé haciendo mohínes picarescos.

--Es mi vicio--decía--, nadie lo sabe; un secreto... _Péché caché, est

tout à fait pardonné_.

Y estornudó por tres veces, haciendo figuras y monadas con que creía

apartar de la mente de Jacobo la maldita idea del gorro quemado: mas

este, no bien salieron los criados, después de servir el legítimo ron de

Jamaica, tomó a preguntar:

--¿Te acuerdas de aquella noche?...

El tío Frasquito contestó un ¡sí! tímido y vergonzoso, cual si le

recordase la pregunta algún crimen nefando.

Jacobo volvió a preguntar:

--¿Y te acuerdas de unos sellos de lacre, dos verdes y uno rojo, que te

regalé aquella noche?

--Sí--replicó el tío Frasquito más animado.

--¿Qué has hecho de ellos?...

--En mi álbum los tengo... ¿Quierres verrlos?

--Enséñamelos.

El tío Frasquito, libre ya de temores, volvióse vivamente y arrastró

hacia Jacobo un precioso caballete, sobre el cual descansaba un gran

infolio, una especie de libro de coro, cuyas lujosas tapas eran una obra

de arte, un mosaico acabadísimo, hecho sobre piel de zapa, con

peregrinos dibujos y colores muy vivos, formando el todo un conjunto

digno de competir con las más lujosas encuadernaciones antiguas que se

admiran en la biblioteca del Vaticano; cerraba el libro un gran broche

de acero calado, representando las armas de los Aldamas, rematadas por

la corona ducal del jefe de la casa.

--No hay otra colección igual, es la primera de Europa--decía el tío

Frasquito abriendo el libro sobre el caballete con el ardor de un

amateur que luce sus aficiones.

Y se puso a repasar el índice, porque estaba el libro dividido en varias

partes: sellos reales, nacionales, particulares y misceláneas. El tío

Frasquito buscaba en la miscelánea, y dio al fin con ellos, en la página

117. _Sellos masónicos. Marqués de Sabadell._ Porque tenía la atención

el coleccionista de apuntar siempre, junto al donativo, el nombre del

donante.

Apareció al fin la página 117... y el tío Frasquito miró a Jacobo

estupefacto, y Jacobo al tío Frasquito horriblemente pálido. Las

numerosas casillas de la hoja aparecían cubiertas de sellos, excepto dos

de ellas que estaban en blanco; en ambas decía arriba: _Masónico_, y

abajo: _Marqués de Sabadell_. Los sellos habían desaparecido, y

notábanse sobre la fina vitela las asperezas de la goma con que habían

estado sujetos. Jacobo, con voz ahogada y gesto de medrosa ansia, dijo

entonces:

--El otro... el rojo... ¿Dónde está?...

Asustado el tío Frasquito al notar la emoción de Jacobo, no acertaba a

decir palabra, temiéndose algo gordo, y comenzó a buscar

precipitadamente entre los sellos reales, murmurando aturdido:

--De Víctorr Manuel erra, me acuerrdo muy bien... Estarrá entre los

soberranos de Italia; con un duque de Parrma y un Ferrnando de Nápoles

lo puse... Porrque la Italia una, no me pasa; vamos, que no me pasa...

Y apareció al fin, después de mucho revolver, la página 98, llena de

sellos reales, y entre uno del último duque de Parma reinante y otro de

Fernando de Nápoles, hallaron otra casilla en blanco. Arriba decía: _Rey

de Cerdeña_; debajo: _Marqués de Sabadell_.

Dio entonces Jacobo una puñada en el brazo de la butaca, diciendo con

voz sorda:

--¡Me has perdido!...

--¡Ay, Jesús, Jacobito!... ¡Porr Dios, dímelo!... ¿Qué pasa?--exclamó el

tío Frasquito muerto de susto.

--¡Me has perdido!... ¡Me has perdido!--repetía Jacobo.

Y bajo la impresión del temor y el aturdimiento, confió con su

impremeditación ordinaria al necio viejo, si no la parte más culpable,

la más peligrosa, al menos, de la aventura de los masones. El tío

Frasquito, muerto de miedo, creyendo ver brotar puñales masónicos a

través de la mullida alfombra, comenzó a dar vueltas desatinado,

tropezando por todas partes como corneja puesta de repente a la luz del

sol.

--¡Ay, ay, ay, Santa Marría, qué berrenjenal! Porr supuesto, Jacobito,

que tú te acordarrás muy bien de que yo no querría tornarr los sellos.

¿Te acuerrdas?... Tú me los diste y yo no los querría tornarr.. Porr

complacerrte, porr darrte gusto los tomé y me arrepiento; que yo no los

necesitaba, ni quierro nada de esos señores. ¿Te enterras?... Y conmigo

no cuentes, porrque yo lo digo todo clarrito, clarrito, y me lavo las

manos.

Detúvose de pronto y diose una gran palmada en la frente, como quien ata

de improviso un cabo importante. ¡Tú, tú, tú!... Aumentóse su terror, y

fuele preciso sentarse.

--¡Ahorra lo entiendo todo! Ahorra me lo explico y lo veo clarro...

¡Santa Marría, lo que me está pasando!...

--¿Qué?--dijo Jacobo con ansia.

La emoción de este parecía haber pasado al tío Frasquito, y conociendo

el pobre viejo su debilidad, decidióse a buscar apoyo en el más

fuerte... Cogió por un brazo a Jacobo y llevólo sigilosamente a su

alcoba, nido risueño, tapizado con seda de Persia celeste, cubierto el

pavimento con pieles blancas, con una cama de palo de rosa muy baja, muy

aérea, vago conjunto de encajes, holandas y sedas celestes, semejante a

una crespa ola del mar coronada de espumas blancas. Había allí un mueble

precioso, también de palo de rosa, con cerradura de plata, donde el tío

Frasquito guardaba los papeles importantes; abrió un cajoncito y sacó un

paquete de cartas.

¡Lo que le estaba pasando hacía más de tres meses!... Si aquello era

para volver loco al más pintado; primero le incomodó, diole después

rabia, y al presente, ahora, en aquel momento le espantaba; ¡vamos, que

le espantaba, que le ponía los pelos de punta!...

--Un día, me acuerrdo muy bien, el 9 de diciembre, rrecibí porr el

correo una carrta de San Peterrsburrgo...

Y el tío Frasquito sacaba la primera del paquete, cuyo sello tenía, en

efecto, la efigie del zar Alejandro II.

--De San Peterrsburrgo... La abrí extrañado y me encontré con esto...

Y abría, a la vez que hablaba, la carta, poniendo ante los ojos atónitos

de Jacobo un pliego en blanco, en cuyo centro se leía escrita esta sola

palabra:

=¡MENTECATO!=

Un gran flujo de risa brotó por encima de todos los terrores de Jacobo,

y soltó el trapo a reír con todas sus fuerzas. Mas el tío Frasquito, muy

desolado, prosiguió diciendo:

--¿Te rríes?... ¡Aguarrda, aguarrda!... Yo decía cavilando toda la

noche: ¿Mentecato en San Peterrsburrgo? Y me devanaba los sesos y se me

espantaba el sueño sin acerrtarr... Al otro día otra carrtita... ¿Perro

de dónde crees?... ¡De Chinchón, Jacobo, de Chinchón!... La abro, y el

mismo lema: ¡Mentecato! Al día siguiente, carrta de Fuente Obejuna,

provincia de Córrdoba, y lo mismo... En fin, hijo, desde entonces todos

los días, sin faltarr ninguno, una carrtita de letra diverrsa, de parrte

distinta, las más rremotas en todas las partes del globo, de Francia, de

Inglaterra, de Alcorrcón, de Alemania, de Chinchilla, de Calcuta. ¡Ya tú

ves! De Calcuta, de Constantinopla, de Terrrones, Jacobito, de

Terrrones, pueblecillo de tres casas, en la provincia de Salamanca; y

siempre con el mismo lema: ¡Mentecato!... Un día, el 20 de enero, san

Sebastián márrtir, ¡me acuerdo muy bien!, estaba más tranquilo; llegó el

correo y no trajo carrta ninguna... Porr la tarrde abro ahí--y abrió la

mesilla de noche--y allí... dentro me encuentro una carrta; la abro...

¡Mentecato!... Dime tú si eso no es para volverrse loco; si no encierra

un misterio terrible, que tu carrtita del sello me va ahorra

explicando...

Jacobo iba también comprendiendo, y desde luego pensó que nadie que no

fuera Diógenes era capaz, ni en Madrid ni en todo el mundo, de dar una

broma tan constante a aquel pobre majadero, para lo cual se necesitaba

paciencia a toda prueba, relaciones muy extensas y medios de

comunicación difíciles y complicados. Con verdadero asombro, preguntóle

entonces:

--¿Pero de veras no te ha faltado ningún día?

--¡Ninguno!... A veces, cuando la carrta venía de muy lejos, sobre todo,

estaba dos o tres días sin rrecibirrla; perro luego llegaban juntas...

¡Si te digo que ni un día me ha faltado! Mírralas, cuéntalas--añadió con

acento de desolación profunda, desparramándolas todas sobre la mesa--y

verrás cómo salen a carrta porr día... Desde el 9 de diciembre hasta el

15 de marrzo, que somos hoy, van noventa y siete días, porrque febrerro

trrae veintiocho. Pues nada, ahí tienes noventa y nueve ¡Mentecatos!...

Aquí está el de hoy.

Y sacó del bolsillo otra carta de Chiclana, provincia de Cádiz, en la

cual se leía también la palabra sibilítica, el misterioso conjunto:

¡Mentecato!

La situación de Jacobo no era para reír mucho, y apagóse bien pronto el

arranque de hilaridad que le había producido aquella burla pacientísima

que no podía ser de otro que de Diógenes.

Arrepintióse al mismo tiempo, al ver los medrosos aspavientos del tío

Frasquito, de haberle confiado en parte su secreto, y resolvió asegurar

su silencio haciéndole creer que le alcanzaba a él también la inminencia

del peligro. Detenidamente examinó las cartas, conteniendo, a pesar de

los pesares, nuevos accesos de risa, y dijo al cabo con aire de

convicción profunda:

--¡Evidentemente que esto viene de los masones!... A mí me sentencian

por lo que hice y a ti te avisan que eres un mentecato por haberme

encubierto...

--¡Perro si eso no es verrdad!--gritó el tío Frasquito muy apurado--. Si

yo no te he encubierrto, si tomé los sellos porrque tú me los diste...

--Lo cual quiere decir--prosiguió Jacobo sin hacerle caso--, que si a mí

me _apiolan_ al volver de una esquina, a ti te dan una paliza en cuanto

te cojan a mano.

Pegósele al tío Frasquito la lengua al paladar y exclamó medio llorando:

--¡Darré parte al goberrnadorr de Madrid!... ¡Le hablarré a Paco

Serrrano!...

--Lo cual sería meterte tú mismo en la boca del lobo, porque lobos de la

misma camada son uno y otro... Mira, tío Frasquito, aquí no hay más que

una salida... En primer lugar, echarse un nudo a la lengua, y que ni tu

sombra trasluzca lo que pasa...

--Lo que es eso, corre de mi cuenta.

--¡Bueno!... En segundo lugar, tener dispuesta la bolsa; porque, amigo

mío, con _mosca_ a la mano se va lejos, y entre masones y no masones por

dinero baila el perro.

El tío Frasquito hizo un gesto de resignación del paciente a quien

sentencian a sacarse una muela, y Jacobo continuó:

--En tercer lugar, irse con pies de plomo, siguiendo la pista... Así es,

que vamos a cuentas... ¿Quién sospechas tú que haya podido robar esos

sellos?...

El tío Frasquito comenzó a hacer sobrehumanos esfuerzos para coordinar

sus recuerdos... Seguro, segurísimo estaba de que quince días antes

estaban allí los tres sellos; habíale enseñado despacio todo el álbum a

otro amateur, el barón de Buenos Aires, y no notó hueco alguno... A los

pocos días vino un individuo desconocido, recomendado por su camisero,

que quería venderle con mucho empeño tres ejemplares curiosos: entonces

hojeó otra vez el álbum... Después no le había tocado.

--¿Quién era ese individuo?

--Pues no sé... Un pobre diablo con carta de hambre, cualquierr cosa...

--¡Ahí está el hilo del ovillo!--exclamó con grande interés Jacobo--.

¿Le dejaste solo? ¿Tocó el álbum?...

--No..., no... ¡Ay, sí, sí, sí, Jacobito!... Ahorra me acuerrdo que sí,

que vino Vicentito Astorrga y le rrecibí en el salón porrque no vierra

semejante estaferrmo, y estuvo solo más de diez minutos... lo menos, lo

menos.

--¡Aquí tenemos ya la púa del trompo!... Vamos ahora mismo a casa del

camisero.

A la puerta esperaba enganchada la berlina de tío Frasquito, y en ella

subieron ambos, dirigiéndose a casa del camisero, honrado comerciante de

la calle de Carretas... Tampoco conocía este al incógnito; sabía tan

sólo que era un comisionista italiano, amigo de otro francés que tenía

negocios con la casa, en el ramo de perfumería... Al oír la nacionalidad

del desconocido, llegó a su colmo la inquietud de Jacobo, porque

parecióle ya evidente que se entendían en aquel asunto las logias de

Italia y de España. Indicó, pues, al tío Frasquito que no era necesario

averiguar más, y regresaron preocupados y silenciosos a casa de este.

Despertóse por el camino la fogosa actividad de Jacobo a la vista del

peligro, y en aquel breve trayecto trazó un plan atrevido, único a su

juicio que podía remediar los yerros pasados y detener las consecuencias

de su imprudente apatía. Aquella misma noche, sin despedirse de nadie,

sin dar a persona alguna razón de su marcha, ni dejar sospechar siquiera

el fin de su viaje, saldría para Italia, avistaríase en Caprera con

Garibaldi, que le había iniciado en otro tiempo en las logias de Milán,

y ante él trataría de justificar el secuestro de aquellos documentos,

inventando un embuste, una historia, un enredo cualquiera, que viniese a

sacarle de una vez de aquella situación falsa y angustiosa. Dinero tenía

de sobra con los cinco mil duros ganados la noche antes, y la mina del

tío Frasquito podía también muy fácilmente explotarse. Manifestó, pues,

al atribulado viejo, al llegar a casa de este, parte de su plan, y

concluyó diciendo que, puesto que el riesgo era de ambos, justo era

también que ambos pagasen los gastos, y que era necesario le aprontase

en aquel momento dos mil duros en billetes de banco; el viaje duraría

dos semanas, y a su vuelta ajustarían cuentas, partiendo como hermanos

los gastos que la empresa ocasionara.

Alborotóse el tío Frasquito, juzgando que le salían los tres sellos

harto caros, y vencido al fin por las razones, vaticinios y amenazas de

Jacobo, aprontó el dinero que le estafaban y despidió al compadre

haciendo pucheros. Acrecentáronse sus temores al verse solo, sintióse

malo y se metió en la cama, dando orden rigurosa de no recibir a nadie.

A la mañana siguiente trajéronle el correo; venía una carta de Segura,

pueblecillo célebre por sus quesos, escondido en el rincón más áspero de

las montañas de Guipúzcoa; en ella decía: ¡Mentecato!

Subióle dos grados la fiebre, y mandó llamar al cura de la parroquia: se

quería confesar.

Fin de libro tercero

Libro IV

--I--

El miguelete que cobra el portazgo en lo alto de la cuesta de los Meagas

aseguró formalmente a José Ignacio Bernaechea que jamás había cruzado de

San Sebastián a Zumárraga un coche más elegante, ni unos caballos más

hermosos, ni unas gentes más locas. Aún se oía a lo lejos, allá por la

cuesta abajo, el estridente sonido de su cometa, que resonaba entre

aquellas altas montañas de una manera extraña, profana, como pudiera

resonar una risotada en un templo, una chanza en una oración, el himno

de una bacante entre las solemnes y pausadas notas de un canto

gregoriano. Porque aquella naturaleza seria y salvaje, aquellos valles

profundos cortados por riachuelos, salpicados de caseríos sumergidos en

un mar de verdura, a que las distintas luces y los distintos matices

parecen prestar flujos y reflujos fecundados por el trabajo,

santificados por iglesias, siempre verdes, siempre bellos, siempre

pavorosamente melancólicos, como lo es en la imaginación del campesino

vasco la idea misteriosa de las Maitagarris, tienen algo de la

silenciosa majestad de un templo, de la serena tristeza de los paisajes

de otoño, que parecen llorar y sonreír al mismo tiempo; de la suave

melancolía que inunda el alma al caer de la tarde, cuando la campana de

la iglesia hace resonar el toque del _Ángelus_ y se despide el día

murmurando al oído del hombre aquella palabra mil veces repetida, sin

pensar jamás en su alcance infinito: ¡Adiós!...

La bajada era peligrosa por lo inclinado de la pendiente y lo rápido de

las vueltas, y los seis caballos del tiro hincaban con fuerza los cascos

delanteros, inclinaban hasta los pechos las airosas cabezas, henchían

con ahínco los poderosos ijares y aparecía el sudor bajo los brillantes

arneses en forma de espuma blanca. Rechinaba sin cesar el torno, bajando

o subiendo la plancha, y en la banqueta más alta del elegante

_mail-coach_ chillaba Leopoldina Pastor como una desesperada, gritando

que aquellos indecentes caballos iban a despeñarla por la montaña

abajo... Sentado a su lado, el tío Frasquito, con un finísimo pañuelo

prendido en su sombrero de paja para preservar de los ardores del sol la

blancura de su cutis, miraba con gesto de susto lo profundo del

precipicio y agarrábase a cada vaivén del coche a los hierros del

asiento, gritando angustiado:

--¡Currra, porr Dios, cuidado!... ¡Cuidado, Currra!

Pequeñeces · 第 24 / 35 段