Acercóse mientras tanto el fondista a Jacobo y pidióle órdenes; mas

este, encogiéndose de hombros con estudiada indiferencia, díjole que ni

él ni ninguno de sus compañeros tenían nada que ver con aquel hombre;

que era un amigo, un mero conocido que en Biarritz se les había colocado

en el coche sin que nadie le llamara, y que ni podía responder de él, ni

mucho menos dar órdenes. La hora del tren se aproximaba, y decididos

todos a partir, después de una ligera discusión en que triunfó el más

cruel egoísmo, pusiéronse en marcha. Leopoldina, muy desasosegada,

suplicó entonces a Currita que dejase por lo menos al cuidado de aquel

infeliz a Fritz, su lacayo prusiano. Currita le contestó:

--Si quiere quedarse esta noche, no tengo inconveniente... Será una mala

noche que pase a su cuenta... Pero lo que es mañana tendrá que marcharse

en el correo: Tom no puede ir solo a Madrid con los seis caballos.

Fuese entonces Leopoldina al fondista y díjole con grande ahínco:

--Yo no sé si ese pobrecito traerá dinero... Si no lo trae, todo cuanto

pueda necesitar me lo pone usted en cuenta... Soy hermana del general

Pastor, y mis señas son estas.

Y se las dio apuntadas con mucho primor en una tarjeta: acercóse también

el tío Frasquito y suplicóle encarecidamente que, no bien muriese aquel

infeliz, se lo avisase al punto por telégrafo; diole entonces su nombre

y señas, y el importe del telegrama: una peseta.

A las nueve de la noche pareció el enfermo experimentar gran fatiga, y

asustado el dueño de la fonda, mandó llamar al cura párroco para que le

administrase los santos óleos. Pasó, sin embargo, la crisis, y ya cerca

de las doce abrió Diógenes los ojos, y vio delante de sí al fondista, un

hombre gordo, alto, completamente afeitado, sin corbata, calada la

boina, y el chaquetón largo, tipo característico del guipuzcoano de

pueblo acomodado. Tardó algún tiempo el enfermo en coordinar sus ideas,

y diose al fin cuenta de algo de lo que le estaba pasando: un

pensamiento, para él muy pavoroso, acudió el primero a su mente... Con

voz quebrantada, agonizante, que dejaba, sin embargo, traslucir todas

las agonías del terror, las inflexiones de la súplica, las ansias de la

incertidumbre, dijo muy bajo:

--¿Me llevarán al hospital?...

Miróle el fondista extrañado, con ira casi, y contestó con toda la

brusca hombría de bien del genuino guipuzcoano:

--¡Quite usted, caballero, allá!... ¿Usar eso en Guipúzcoa?...

¡Nunca!...

Diógenes dio un suspiro de descanso y se echó a llorar.

--II--

Diógenes no se dio cuenta de haber recibido la extremaunción, y

tranquilo en parte por la respuesta del fondista comenzaron a abrirse

paso otros pensamientos entre las espesas nieblas que envolvían su

mente... Mas un sopor pesadísimo, un letargo profundo, que tenía ya

dejos de la muerte, avasallaba a veces todo su ser y esparcía acá y allá

aquellas ideas que se afanaba por coordinar, apareciendo estas entonces

como imperceptibles puntos luminosos flotando en una inmensa bruma,

alejándose lentamente, apagándose poco a poco todos ellos hasta quedar

uno solo, que ora se le presentaba desconsolador como la candela de la

agonía, ora triste como el cirio que arde ante un muerto, ora terrible

como un resplandor de las llamas del infierno: ¡era la idea de morir,

acompañada y rodeada de la incertidumbre de lo eterno!...

Crecía a veces el letargo y apagaba también aquella luz pavorosa, pero

al fin y al cabo luz, y al verse a oscuras Diógenes, al sentirse caer en

aquel sueño que le parecía el último, en aquella sombra negra en que se

perdía la mirada y en aquel silencio siniestro en que se perdía la voz,

clavaba las uñas en las sábanas y las hacía jirones, como si se agarrase

desesperadamente al borde de la fosa en que le hubieran de enterrar.. y

despertaba, despertaba no bien había pegado los ojos, como si algún

importuno le empujara de improviso, con pesadillas horribles en que los

más ligeros ruidos tomaban proporciones colosales, pareciéndole el rumor

del tren el de una catarata de bronce fundido que se despeñase en sus

orejas; el de los cascabeles de un coche, redobles de mil tambores

golpeando en sus propios tímpanos; el chirrido peculiar de las carretas

vascongadas, el _soñua_ que avisa al casero vasco en las revueltas del

camino, un ruido del infierno que por diabólico prodigio se encarnase

en una sierra candente y le dividiera la masa de los sesos mitad por

mitad... Así pasó la noche; un poco antes del alba desapareció el sopor,

huyó el letargo con sus pesadillas, y un sueño tranquilo le adormeció

entre sus brazos más de dos horas. Un ruido acompasado que hacía mal a

su cabeza y resonaba como un eco amigo en su corazón despertóle

entonces: era la campana de la iglesia que tocaba a Misa.

Diógenes abrió los ojos y le pareció encontrarse mucho mejor;

incorporóse un poco y creyó hallarse bien del todo: su cabeza estaba

despejada, sus miembros débiles, pero ágiles; hasta le pareció sentir un

poco de hambre, hasta le ocurrió pedir para desayunarse una gran copa de

ginebra con su par de terrones de azúcar. Miró en torno suyo:

chisporroteaba una lamparilla sobre la mesa; una mujer de edad madura

roncaba desapaciblemente al pie de la cama, en un gran butacón, y por

las rendijas de las dos ventanas, cerradas ambas, entraban discretos

rayos de luz, cual si el nuevo día se adelantase de puntillas y

sonriendo a dar la enhorabuena al enfermo. Sentóse este en la cama

alegremente sorprendido, y recobrando con la vida su humor chancero,

tiróle a la mujer lo primero que halló a mano, una almohada, soltando un

gran grito, un ¡polaina! formidable que la hizo saltar en el sillón

despavorida, murmurando algunas palabras en vascuence.

Mandóle entonces abrir de par en par las dobles puertas de ambas

ventanas, y la luz entró a torrentes y el aire fresco a raudales,

juguetón como un niño, acariciando los blancos cabellos del enfermo,

trayéndole, como un nietecillo cariñoso sus presentes, el olor a búcaro

de la tierra cubierta de rocío, el sano perfume de las montañas, el

alegre trinar de los pájaros, el solemne acento de la campana de la

iglesia, que parecía repetir en su oído como una amorosa voz de lo alto:

¡Ven! ¡Ven!... ¡Qué necios temores los suyos! ¡Qué espantos tan

ridículos los de la noche! ¡Morir! ¿Quién piensa en morir cuando nace el

día, y sube el sol por el azul de un cielo tan bello, y se divisan a lo

lejos las montañas verdes, floridas, doradas por resplandores tan

alegres y risueños?...

Entró a poco el médico, acompañado del fondista, y Diógenes los recibió

chanceándose con el primero, dirigiendo al segundo cariñosos gruñidos,

expresivas miradas de sus ojos inyectados en sangre, que no carecían de

ternura e iban a demostrar la gratitud que le inspiraba su caritativa

conducta. Mas el médico, registrándole cuidadosamente, haciéndole un

sinfín de preguntas a que Diógenes contestaba entre mohíno y risueño,

levantólo los párpados que encubrían a medias dos pupilas dilatadas y

sanguinolentas, faltas de convergencia, y meneó la cabeza

siniestramente... El primer ataque había pasado, pero ya estaban allí

los síntomas del segundo, y era imposible que aquella naturaleza,

alcoholizada por completo, pudiera resistir a su tremendo empuje. Cruzó

entonces con el fondista algunas palabras en vascuence, que escuchaba

Diógenes mirando a uno y otro lleno de inquietud, y de repente, sin

paliativos ni preámbulos, díjole con rudeza campesina que la muerte se

aproximaba sin remedio y érale necesario aprovechar aquellos momentos

lúcidos que el mal le concedía, para arreglar sus negocios con los

hombres y saldar sus cuentas con Dios.

El golpe fue cruel, porque al oírle, Diógenes sintió que le arrancaban

de allá, muy hondo, algo que era la esperanza de la vida, la más

arraigada de todas las esperanzas, por ser la última, que no se arranca

nunca sin llevarse detrás lágrimas de los ojos y sangre del corazón...

Cególe un movimiento feroz de ira, porque nada hay más ilógico que el

terror, y pareciéndole aquello un robo descarado que venía a hacerle,

revolvióse furioso contra el médico como si fuera él quien pretendiera

hacerle el hurto, y arrojóle a la cara cuantas injurias y obscenidades

encontraron en la sentina de su alma la cólera y el horror... Asustados

y sorprendidos el médico y el fondista, retiráronse al punto, dejando a

Diógenes solo, revolcándose furioso, comprendiendo por la postración y

la angustia que le embargaron al punto tras su arrebato, que el médico

no exageraba ni mentía, que la muerte se aproximaba, en efecto, y que

era forzoso condenarse o capitular..

Créese, con razón, que nada hay tan horrible como sondear la conciencia

de un pecador endurecido en el trance de la muerte; supónense tras aquel

rostro lívido y desencajado luchas aterradoras que sostienen el imperio

del mal y la moción del bien, fantasmas pavorosos que se levantan en la

conciencia, combates encarnizados que traban en torno de aquella alma

empedernida el ángel del arrepentimiento y el demonio de la

impenitencia. Horrible es esto; pero hay allí lucha, y donde hay lucha

hay siempre una esperanza, una probabilidad de vencer... Por eso

sobrepuja a este horror aquel otro horror que suele encontrarse tras

aquellas pupilas vidriosas, aterradoras en esos momentos, cual la puerta

siniestra ante la cual se sintió Dante desfallecer y vacilar: el

marasmo, la quietud horrible de un alma que se hunde poco a poco en lo

eterno, dándose cuenta de ello, pero sin que crucen por su mente más que

ideas triviales, bagatelas con que procura distraerse y divertirse,

ocultándose a sí propia el abismo, hasta que la muerte descarga de

súbito la guadaña, y despierta de improviso aherrojada ya en lo profundo

del infierno. ¡Letargo letal, pendiente horrible que, sin un prodigio de

la divina gracia, va a parar derecha a la condenación eterna!...

Este fue el estado de Diógenes al quedarse solo, y rabioso y fatigado se

dejó caer en las almohadas, volviéndose de cara a la pared. El

pensamiento del infierno cruzó el primero su mente, mas se distrajo en

seguida mirando el feísimo papel verduzco que tapizaba las paredes,

cruzado de arriba abajo por guirnaldas de flores, entre las cuales se

entrelazaban largas ristras de micos que subían hasta el techo en

actitudes grotescas, dándose todos las manos: pareciéronle diablillos

aquellos feos animalejos y púsose a contarlos uno a uno, haciendo para

seguirlos esfuerzos increíbles con la vista, y contando en todo lo que

con ella abarcaba más de quinientos veinte...

La mujer que había velado durante la noche estaba allí, sentada en un

rincón, haciendo calceta; llamáronla desde fuera un momento y Diógenes

pensó entonces que también a él le llamaban a dar cuenta, y encontró al

punto la respuesta en uno de sus mil cuentos chocarreros que le puso

delante la memoria.

Confesábase un gitano, ladrón empedernido y díjole el cura:--¿Qué

harías, infeliz, si el Juez Supremo te llamara ahora al juicio?--¿Pues

qué había de jacer?... ¡No dir!...

--¡No ir!... ¡No ir!...--repetía Diógenes, y púsose a combinar al punto

un fantástico viaje de huida, en que se le figuraba subir al coche que

acababa de parar en la puerta, cuyos sonoros cascabeles llegaban a su

oído taladrándole la cabeza, y correr a escape a San Sebastián, y

embarcarse allí para el fin del mundo, huyendo como Caín de aquel juez

que le perseguía, dando vueltas por la tierra, vueltas y más vueltas,

que vinieron por fin a marearle, produciéndole bascas terribles, entre

las que creyó ver asomar ya la guadaña de la muerte... ¡La muerte! Aquel

maldito despertador que estaba sobre la mesa se la recordaba de

continuo, pareciéndole que al compás de su siniestro tic-tac regulaba su

paso, rapidísimo como nunca, y lleno de ira mandó a la mujer que lo

parase; mas entendió esta que quería verlo para enterarse sin duda de la

hora que apuntaba, y apresuróse a llevárselo... Diógenes, arrancándoselo

de la mano con un arrebato feroz de rabia, estrellólo contra la pared de

enfrente, haciéndolo trizas.

Mientras tanto, enviábale el cielo un auxilio inesperado en aquel mismo

coche en que su desasosegada imaginación fantaseaba huir del Juez

Supremo; en él volvía de Zaldívar, cuyas aguas medicinales tomaba todos

los años, la marquesa de Villasis, con su nieta Monina, el aya de esta,

una doncella, un mayordomo viejo que la acompañaba en todos sus viajes y

un criado antiguo que venía en el pescante; era su idea alcanzar el

sudexpreso que pasa por Zumárraga a las dos y media y estar en Madrid

aquella noche misma. Trabó al punto conversación el fondista con don

Federico, el mayordomo, y preocupado con la estancia de Diógenes en la

fonda, contóle su percance y sus apuros. Sorprendido el viejo,

apresuróse a dar a la marquesa aquella nueva que tanto había de

interesarla, y esta, profundamente conmovida, quiso al punto ver al

moribundo; reflexionando, sin embargo, un momento, y deseosa de ir sobre

seguro, hizo llamar al fondista para conocer antes, en todos sus

detalles, aquella triste aventura, cuyo fúnebre desenlace estaba ya a la

vista. Mas no bien supo que el médico no garantía la vida del enfermo

más allá de la medianoche, creyó saber bastante, y dio al punto a don

Federico la orden de suspender el viaje y pedir cuartos para todos allí

mismo, en la fonda. Entróse en seguida en el despacho mismo del fondista

y escribió rápidamente al superior de Loyola, pidiéndole que enviase un

padre a toda prisa para auxiliar a un moribundo, cuyo nombre y condición

le manifestaba en la carta. Un propio a caballo partió a galope a llevar

esta, y una hora después estaba ya entregada.

La marquesa pensó entonces en ver al enfermo; mas antes, temerosa de que

su presencia repentina pudiera causarle alguna emoción violenta, pidió

al fondista que fuese a anunciarle poco a poco su llegada. Subieron

ambos hasta la misma puerta que se abría a un corredor, y el fondista

asomó tímidamente la cabeza. Diógenes, muy postrado, con la repugnante

cabezota hundida en las almohadas, tendidos ambos brazos sobre la

colcha, y arrollando entre las manos las sábanas sin notarlo, comenzaba

a sentir de nuevo aquel horrible sopor, aquel letargo siniestro que le

había atormentado la noche antes... Adelantóse el fondista unos pasos,

dejando la puerta entreabierta, y díjole en voz alta:

--Señor..., señor... Aquí tiene visita...

Torció Diógenes un poco la cabeza y balbuceó con ira:

--¿Visita?... ¿Quién?... ¿El enterrador?... ¡Polaina!... ¡Que

aguarde!...

--Es una señora...

--¿Una señora?... ¡Polaina!

Y soltó una atrocidad, una indecencia que aturdió por completo al

fondista e hizo enrojecer a la marquesa detrás de la puerta, con ese

santo rubor que realza tantas veces a los fuertes y castos ángeles de la

caridad que sirven en los hospitales, sin asustarles por eso, ni

hacerles huir de la cabecera de ciertos enfermos. El fondista, muy

turbado, quiso terminar de un golpe, diciendo:

--Es la señora marquesa de Villasis.

Diógenes dio una gran voz, un grito doloroso, como si acabara de

pronunciar una blasfemia; quiso arrojarse de la cama, incorporarse

siquiera, y le faltaron las fuerzas, cayendo pesadamente, levantando los

brazos, agitando las manos, lanzando bramidos ininteligibles, extraños

balbuceos que parecían retratar la emoción de una fiera agonizando en

su caverna. La marquesa se adelantó entonces, y sin asco ni temor apretó

entre las dos suyas aquellas manos sudorosas.

--¡María!... ¡María!...--exclamaba Diógenes.

--¿Qué es eso, Perico?... ¿Qué es eso, hombre?--decía ella dulcemente,

inclinando su rostro lleno de lágrimas sobre el desencajado del viejo.

--¡Me muero, María!... ¡Me muero!... Te saliste con la tuya... No es en

el hospital, pero es de caridad... En la fonda.

--¿Y qué importa?... Más cerca del cielo está la cama de un hospital que

la de un palacio.

Diógenes calló sollozando, y la marquesa fue a dar otro paso adelante;

mas el moribundo, sin dejar de sollozar, preguntó entonces:

--¿Y Monina?

--Abajo está... ¿Quieres verla?...

--¡Sí..., sí quiero!... ¡Angelito!... Le daré un beso..., ¿verdad?...

¿Me dejas?... ¡Será el último, María!... ¡Le besaré el zapatito..., nada

más que el zapatito!... ¡Anda, por Dios te lo pido, déjame!... Si no le

dará asco...

La marquesa, conmovida hasta lo sumo, pareció tener entonces una

inspiración repentina: desprendió sus manos de las de Diógenes, que se

las sujetaba fuertemente, y dijo:

--Espera un poco... Voy a traértela...

Fuera ya de la estancia enjugóse precipitadamente las lágrimas para no

asustar a Monina, y sentando a esta en sus rodillas, púsose a explicarle

muy bajo y con gran vehemencia algo que debía de ser importante...

Escuchábala la niña con los ojos muy abiertos, con ese aire de atención

profunda que revela a veces en los niños un instinto superior a sus años

para adivinar lo peligroso o lo terrible; cuando cesó de hablar su

abuela, dijo que sí con la cabeza... Besóla esta en la frente con amor

inmenso y volvió a repetirle con gran cuidado lo que antes le había

dicho, recalcando mucho algunas frases; Monina, sin decir palabra,

volvió a decir que sí con la cabeza. Tomóla entonces la dama de la mano

y entró con ella en el cuarto de Diógenes; púsola sobre la cama sin

decir palabra, y salió de la estancia, cerrando la puerta.

¿Qué sucedió entonces?... ¿Comprendió realmente aquel ángel de seis años

el encargo de su abuela? ¿Habló por su inocente boca el ángel de la

guarda de Diógenes?... Es lo cierto que la niña, sin asustarse de

aquella horrible cabeza desgreñada, en que se pintaba ya la agonía de la

muerte, sin mostrar repugnancia al asqueroso vaho que exhalaba el sudor

del enfermo, hundió sus rosadas manitas en las blancas patillas del

viejo, y tirando de ellas a medida que hablaba, según su antigua

costumbre, díjole muy bajo, poniendo sobre el oído de él su roja

boquita:

--Teno biscochos de Mendaro y te daré uno... Y no me traíste la muñeca

que dicía papá y mamá; pero mamá abuela me compró un niño llorón grande,

grande... Y dice mamá abuela que te vas a morí, y si quieres confesá...

y yo rezaré por ti cuando rece por mi papá y por mi mamá y por el

abuelito, que están en el cielo... Y yo iré también... ¿Tú quieres i?...

¡Pues confiesa!...

Y Monina, cumplida su misión, diole un beso en la frente, escurrióse de

la cama y echó a correr hacia la puerta. Diógenes lanzó tal sollozo, que

pareció romperse su pecho, como si le estallara el corazón dentro;

crujió la cama a los violentos impulsos de su cuerpo, y agitando los

brazos en alto, balbuceaba con la lengua cada vez más torpe:

--¡Quiero!... ¡Quiero!... ¡Quiero confesar!... ¡María..., María!...

¿Oyes lo que dice la niña?... ¡Quiero confesar!... ¿Pero con quién...,

con quién?... ¿Quién me confiesa a mí, Dios mío?... ¿Dónde hay espuerta

tan sucia que reciba mis pecados?... ¡Soy un infame, un perverso!... ¡Me

pesa, Dios mío, me pesa!...

Y con ambos puños cerrados se daba terribles golpes en el pecho, que

retumbaban en todo el aposento y le hacían toser horriblemente, y le

produjeron a poco un ligero vómito de sangre... Monina, falta ya de

valor al verse al lado de allá de la puerta, agarrábase, con los labios

blancos, a las faldas de su aya, preguntando muy bajito:

--¿Se ha morido ya?...

Mientras tanto, procuraba la marquesa sosegar a Diógenes, diciéndole que

había mandado a toda prisa a Loyola por un padre jesuita, que debía de

llegar de un momento a otro. Diógenes exclamó:

--Con ellos me eduqué... Pero no lo digo nunca... ¡Los deshonro!...

Aquella emoción violentísima parecía haber despejado las facultades del

enfermo, mas su físico resentíase de ella y veíasele perder fuerzas por

momentos. La marquesa pidió un crucifijo, y poniéndoselo delante, díjole

que hiciera ante él examen de conciencia, en tanto que llegaba el

padre; tomólo Diógenes con ambas manos y besólo devotamente, mas dejólo

caer a poco sobre la colcha, llorando desconsolado.

--¡Si no sé, María!... ¡Si no me acuerdo!...

--No te apures, hombre, yo te enseñaré en un momento...

Y púsose con gran cariño a explicarle el modo de hacer examen de

conciencia, escuchándola Diógenes atentamente, mirando a veces el

crucifijo. Cuando la marquesa cesó de hablar, díjola él con sencillez de

niño:

--Se me va a escapar algo... Lo mejor será que te lo diga a ti todo...,

y tú se lo dices luego al padre..., y entre los dos ven si falta algo...

--¡No, hombre, si no es preciso!--replicó la marquesa sin poder contener

una sonrisa--. Piensa tú ahora, y luego el padre te ayudará.

Largo rato permaneció Diógenes silencioso, sosteniendo con ambas manos

el crucifijo, fijos en él los ojos. A veces levantaba su pecho el

temblor de un sollozo, y lágrimas abundantes corrían por sus mejillas;

besaba entonces los pies del Cristo, entornaba los párpados y parecía

rezar... La marquesa habíase sentado a los pies de la cama, en el gran

butacón, y rezaba el rosario. Sonaron los cascabeles de un coche, y la

dama hizo un movimiento para levantarse.

Diógenes abrió los ojos muy azorado.

--María... ¿Te vas?...

--No..., iba a ver si llegaba el padre.

--¿Pero no te irás?...

--No, hombre, descuida; no me voy...

--¿Estarás aquí hasta que muera?...

--Hasta que mueras estaré--replicó ella dulcemente.

Diógenes cerró los ojos, sosegado y tranquilo, como el niño que se

duerme a la vista de su madre... Al cabo de un gran rato, dijo:

--María..., no me acuerdo del Credo... ¿Cómo era aquello?... «Subió a

los cielos y está sentado...» ¿Dónde está sentado?...

--«A la diestra de Dios Padre»--dijo sonriendo la marquesa.

--«Todopoderoso»--prosiguió Diógenes; y terminó lentamente y en alta voz

el símbolo de la fe, besando luego con grande afecto el crucifijo.

Entreabrióse a poco la puerta y asomó la cabeza del fondista, diciendo

que dos padres de Loyola habían llegado. La marquesa quiso levantarse

para salir a su encuentro; mas Diógenes, con gran sobresalto, apresuróse

a decir:

--¡María..., no te vayas! Que entren ellos... ¿Para qué has de ir tú?...

Abrióse entonces la puerta para dar paso a una extraña figura que

sorprendió a la marquesa e hizo a Diógenes echarse atrás en la almohada,

al verla adelantarse hacia él extendiendo los brazos: hubiérase dicho

que la muerte en persona, cubierta con la sotana de un jesuita, se

presentaba en el aposento. Era un viejo alto y descarnado, hasta el

punto de traslucirse todos sus huesos; traía una vieja sotana ceñida a

la cintura por un orillo de que pendía un rosario, y escapábanse de su

gran becoquín largos mechones blancos. Andaba lentamente, tambaleándose,

con las manos extendidas como si temiese tropezar, porque estaba medio

ciego, y así llegó sin ver a la marquesa hasta el lecho de Diógenes, y

allí comenzó a palpar hasta tropezar con una mano de este; entonces, con

sonrisa de niño que contrastaba con sus cabellos blancos, con voz

cascada pero dulce, que el asma atroz que padecía tornaba un poco

premiosa, dijo muy bajo:

--¡Perico..., Periquito..., hijo mío! Soy yo... ¿No me conoces?

Asombrado Diógenes, miraba aquella extraña aparición sin acertar a decir

palabra, e interrogaba con la vista, ora a la marquesa, ora a otro padre

más joven que tras el viejo había entrado; este añadió:

--Soy el padre Mateu..., tu inspector del Colegio de Nobles... ¿Te

acuerdas?...

--¡Sí!... ¡Sí me acuerdo!--exclamó Diógenes con una gran voz,

estrechando entre las suyas, sin soltar el crucifijo, aquella mano

helada de esqueleto, que llevó con gran vehemencia a sus labios.

El viejo, con su serena sonrisa de niño, volvió el rostro hacia su

compañero, diciendo con satisfacción íntima:

--¡Se acuerda..., se acuerda!... ¡Bien lo decía yo!... ¡Sí, por cierto!

--¡Sí que me acuerdo!--repetía Diógenes con grande ahínco--. Usted fue

muy bueno para mí, y me quería, ¡oh, sí!, me quería mucho..., y me

enseñó a rezar el _Bendita sea tu pureza_, y luego las tres Ave

Marías... que decía usted alcanzaban de la Virgen misericordia...

--¡Y lo digo, Perico, lo digo!--repuso gravemente el viejo--. La

alcanzan, sí, por cierto... Y en ti mismo lo ves ahora..., porque tú las

habrás rezado...

--¡Sí, padre, sí..., siempre, siempre! Y se las enseñé a Monina... Ni

una noche las dejé, aunque hubiese...

El viejo le atajó con gran viveza la palabra:

Pequeñeces · 第 26 / 35 段