Sonó una puerta en el interior, luego otra más cerca, y el _groom_

levantó la cortina: Currita respiró desahogada... Entraba la dama

duende, la incógnita de las camelias, con el aplomo y el descoco de una

_diva_ de café cantante que se presenta ante el público, fijando en él

una mirada de provocación más bien que de temor o de extrañeza. La

condesa no se aturdió tampoco; con la exquisita distinción de la gran

señora de raza, que tan en alto grado poseía, y el aplomo de la mujer de

mundo que encuentra reparos para todos los apuros, y salida para todos

los laberintos, y palabras para todas las situaciones, expuso a la dama

anónima el objeto de su visita. Ella se conmovió mucho... _Amaba a la

España muy fuerte, y estaban los carlistas unos brigantes muy atrevidos,

como Diego Corrientes y Gosé María._

Currita, al oírle chapurrear tan desastrosamente el castellano, hablóle

en francés y ella agradeció la atención con una amable sonrisa. Comenzó

entonces a hablar con gran soltura y elegancia, lamentando los estragos

de la guerra, ensalzando la misión de la mujer, ponderando la virtud de

la caridad con el fuego y el entusiasmo de Vicente de Paúl en persona.

Currita le dijo sonriendo:

--Veo que no me he engañado al apelar a sus sentimientos de usted, y

espero que nos enviará algún socorro para nuestros pobres heridos.

--¡Oh!, sí, sí...

--Cualquier cosa, lo que usted pueda... Algún _bibelot_ para la

_kermesse_.

--¡Oh!, sí, sí... Enviaré algún objeto de arte...

Margarita se mordió los labios para no soltar la risa: pensaba si sería

la chocolatera el objeto de arte prometido. Currita díjole entonces con

graciosa sonrisa:

--Y si ese objeto de arte es obra de su genio de usted, será mucho más

agradecido.

--¡Oh!... ¿Mi genio?--exclamó la otra muy sorprendida.

--Sí, su genio he dicho... Ya sabe usted que esas cosas no pueden

ocultarse... Su paisana, madame Staël, lo dijo: donde hay genio, brilla.

--¡Oh!...

--El marqués de Sabadell--prosiguió Currita, dejando caer lentamente las

palabras--me enseñó aquel ramito de camelias que... _le envió usted_

hace tiempo... ¡Es un _quadretto_ delicioso! Si manda usted a la

_kermesse_ una _pochade_ parecida, no habrá regalo que la iguale...

La dama anónima sonreía, sonreía siempre, con los ojos bajos, como

abrumada por el peso de aquellas lisonjas que hacían vibrar las aletas

de su fina nariz con estremecimientos de rabia. Currita quiso darle el

golpe de gracia, y con aire de bondadosa protección dijole entonces:

--¿Y tiene usted muchas discípulas?...

Enderezóse la otra bruscamente, como si la idea de que trabajase para

vivir la ofendiera demasiado.

--Me había dicho el marqués que daba usted lecciones de pintura.

--¡Oh!, no, no. No soy profesora: discípula, pobre discípula.

Y con su suave acento y sus modestos meneos disimulaba y contenía el

impulso feroz que hace a la gata rabiosa tirarse a los ojos del

contrario; diose al fin Currita por satisfecha y marchóse, dejando a su

parecer a la dama duende confundida y humillada. Al arrancar la berlina,

soltó al fin Margarita la risa, exclamando entre inocentes carcajadas:

--¿Pero qué haría en el salón aquella chocolatera?...

--¿Pues no te lo he dicho?--replicó la Albornoz haciendo coro a las

risas de la niña--. De seguro que la manda a la _kermesse_ como un

_bibelot_ nunca visto; verás cómo no me equivoco.

Tres días después pudo Margarita convencerse de que su ilustre amiga y

madrina se equivocaba por completo... Pedro López había dicho, y

millares de lectores lo vieron en _La Flor de Lis_, que el ángel de la

caridad había sentado sus reales en el palacio de la celestial condesa

de Albornoz... Fuese o no esto cierto, éralo, sin embargo, que de los

cuatro ángulos de la Villa y Corte afluían al palacio preciosos regalos

para la _kermesse_, patrocinada por la dama, que iban quedando expuestos

al público con grande primor colocados en los varios salones; por las

noches, en uno de ellos espléndidamente iluminado y en torno de una

larga mesa cubierta por rico tapiz de tintas oscuras, agrupábase un

risueño enjambre de jóvenes doncellas y apuestos donceles--así los

llamaba Pedro López--que, barajados y confundidos, formando parejas, y

más pegaditos entre sí ellas y ellos de lo que la temperatura ordinaria

pedía de suyo, dedicábanse a la caritativa tarea de hacer hilas para los

infelices heridos del Norte. Currita, deseando despertar la emulación en

provecho de los pobrecitos heridos, distribuíalos de esta suerte, y era

verdaderamente un encanto, que arrasaba en lágrimas los ojos, ver

aquellas tiernas parejas de inocentes doncellitas de quince a veinte

años, y castos mancebitos de veinte, treinta y hasta cuarenta, sacando

hilas del mismo trapito, sosteniendo por lo bajo pláticas caritativas

que les animaban a la santa obra, todo, por supuesto, bajo la inspección

de la angelical condesa de Albornoz, que iba de un lado a otro

distribuyendo las parejas, repartiendo los trapitos, recogiendo en

bandejas de plata, ayudada de sus micos, la obra ya hecha; animando a

los perezosos con una sonrisa, enfervorizando a los tibios con una

palabra, prendiendo por todas partes el fuego de caridad que la abrasaba

a ella misma. Ni el báculo de san Francisco, ni el manto de santa

Teresa, ni el ceñidor de san Ignacio de Loyola hicieron nunca curas tan

milagrosas como las que habían de operar aquellas hilas, con tan pura

intención trabajadas, en las heridas, llagas y tolondrones de los

pobrecitos heridos del Norte. Aquello merecía ser visto, y Diógenes,

que lo vio una vez, manifestó en el Veloz-Club, ya muy entrada la noche,

lo que le habían parecido las parejas de operarios y lo que le había

recordado su directora y maestra...

Los personajes más conspicuos de la corte pasaban por allí pagando su

tributo; y hasta don Casimiro Pantojas había hecho una noche sus

hilitas, sin más que un ligero percance, hijo de su cortedad de vista:

equivocó el trapo con el rico pañuelo de batista de la dama vecina,

olvidado encima de la mesa, y púsose muy afanado a sacar hilas de este,

haciendo dos pelotones finísimos. Alzó el grito la dama, porque tenía

para ella el pañuelo grandes recuerdos, y desolado don Casimiro al

reconocer su error, devolvióselo con un fleco en torno de cuatro dedos

de ancho.

Dos figuras de primera magnitud habíanse, sin embargo, hecho notar por

su ausencia, y eran estas el marqués de Butrón y el tío Frasquito:

creíase que un pertinaz constipado tenía encerrado a este entre las

cuatro paredes de su casa, y no se ignoraba tampoco que las relaciones

del gran Robinsón con la ilustre dama habíanse enfriado algún tanto con

motivo de la vicepresidencia ofrecida y desairada. Sorpresa causó, pues,

aquella noche ver entrar al peludo diplomático en el caritativo taller

de las hilas y acercarse a la condesa con la más risueña de sus caras y

el más expresivo de sus gestos; ella dejó escapar al verle una ligera

exclamación de infantil alegría, y acrecentó el pasmo de todos

gritándole con sus mimitos más suaves:

--¡Butrón... un trapito!... Nada, nada, aquí no se quieren ociosos...

Venga usted a sacar hilas conmigo... Allí, junto a mí, en mi mismo

trapo...

Y dejando abandonada a su propio impulso la filantrópica tarea de

enardecer el fervor de sus operarios, retiróse a un rincón con el

diplomático, llevando en la mano un fino trapito cuadrado y una bandeja

de plata para colocar las hilas. Nada sabía aún Currita de Jacobo, y al

ver entrar al sabio Mentor, figurósele que este le traería noticias del

prófugo joven Telémaco. Butrón estaba, sin embargo, en la misma

ignorancia, y el mismo pensamiento y los mismos interesados deseos

traíanle en busca de la invulnerable Calipso. La repentina marcha de

Jacobo habíale alarmado, temiendo que ocultase tras de ella algún enredo

que perjudicase a sus trabajos políticos, y fingiéndose enterado de lo

que deseaba saber, proponíase arrancar con maña a la dama el hilo del

ovillo.

Currita y Butrón se miraron un momento en el apartado rinconcito, como

invitándose a hablar mutuamente, y ella, viendo que el respetable

diplomático no daba luz ninguna, púsose muy afanada a sacar sus hilas, y

comenzó a confiarle sus pesares domésticos... Fernandito andaba muy mal

y le inspiraba su salud serios cuidados; su falta de memoria llegaba ya

al punto de habérsele olvidado días atrás que había comido, y armar una

pelotera terrible, queriendo por segunda vez sentarse a la mesa...

Sánchez Ocaña y Letamendi le habían reconocido, y ambos opinaban que era

aquello un principio de reblandecimiento cerebral que le llevaría

lentamente a la sepultura...

Ella estaba acongojada: si fuese siquiera una enfermedad repentina, que

se lo llevara Dios en pocos días... vamos, sensible era siempre quedar

una mujer sola, con dos hijos que educar, sin tener a su lado hombre

alguno... ¡Pero verle padecer tanto tiempo, consumirse poco a poco, sin

esperanza ninguna!...

--Y cada día más tonto, Butrón; crea usted que no exagero... Yo creí

que sería imposible serlo más; pues nada, todos los días progresa...

El respetable Butrón dio un suspiro, y poniendo en el anzuelo el cebo de

un consuelito, tendió delicadamente la caña.

--Siempre te quedará Jacobo, excelente amigo, que sabrá aconsejarte...

¿No te ha escrito?...

Ella, arreglando con mucho primor su manojito de hilas, contestó

sencillamente:

--Sí, ayer tuve carta... Por supuesto, que a usted también le habrá

escrito...

--No, no he recibido carta ninguna, pero no me extraña... Al despedirse

me dijo que hasta no tener noticias seguras no me escribiría. ¿De dónde

te escribe ya?...

Las hilas se enredaron y preciso fue inclinarse hacia la luz para buscar

el hilito, haciendo una pausa mientras tanto.

--¿Querrá usted creer que no pone fecha ninguna?... Me dice, sin

embargo, que escribe en el _restaurant_ de la estación, esperando el

tren ascendente... Como el pobre es tan extremoso, quiso a toda prisa

sacarme de cuidados...

--Sí, muy extremoso--replicó Butrón--, pero también muy atolondrado. ¿A

que no te pone señas ningunas?...

--No, ningunas...

--Pues ya tú ves, a mí tampoco me las ha dejado, y me precisa enviarle

ciertas instrucciones que después de su marcha he recibido... Por eso

venía a preguntarte esta noche si sabías tú dónde paraba.

--Pues no lo sé, Butrón, y me tiene esto muy perpleja... Porque Damián

me ha traído varias cartas que le han llegado por el correo y no sé

dónde enviárselas...

--¡Si falta en esa cabeza algún tornillo!... Preciso será esperar a que

escriba de nuevo, y te encargo mucho que en cuanto recibas sus señas me

las envíes de seguida.

--Descuide usted, Butrón, pero le encargo también que no tarde en

mandármelas si las recibe usted primero.

--¡Oh!--replicó Butrón con mucha galantería--. Imposible es que Jacobo

cometa semejante pifia...

--¡Ay, no, no Butrón!--dijo Currita con melancólico acento--No crea

usted que me hago yo ilusiones algunas; sé muy bien que no hay rival tan

temible para una mujer como la sota de bastos o la esperanza de una

cartera...

Y aquí se detuvieron los dos, convencidos por completo de haberse

engañado recíprocamente, creyendo ella, hecha una furia, que Jacobo, de

acuerdo con Butrón, había marchado a negocios del partido sin decirle

una palabra; juzgando él, hecho un basilisco, que Currita y Jacobo se

emancipaban de su tutela, constituyéndose en cantón independiente y

obrando por cuenta propia en los negocios políticos... Un suceso

repentino impidióles seguir explorando con la misma habilidad los

respectivos campos: entró un criado trayendo un gran estuche de

terciopelo granate muy oscuro, magnífico regalo para la _kermesse_, que

acababan de traer a aquella hora intempestiva con la idea deliberada,

sin duda, de que pudiera ser admirado al mismo tiempo por toda la

brillante concurrencia. Gorito Sardona, mico de guardia aquella noche,

tomó el estuche de manos del lacayo y púsolo sobre la mesa, llamando a

gritos a Currita. Acudió esta seguida del diplomático, y un ligero grito

que pareció arrancarle la admiración, y le arrancaban en realidad el

temor y la sorpresa, se escapó de sus labios a la vista del estuche...

Habíale recordado al punto otro enteramente semejante, con la sola

diferencia de que sobre el oscuro terciopelo de la tapa de aquel otro se

destacaba, bajo una corona de marqués, una caprichosa _S_ de oro mate, y

en este sólo se veía en aquel lugar un poco chafado el terciopelo...

Tres segundos permaneció, sin embargo, inmóvil, contemplando el estuche,

sin osar abrirlo; agrupábanse todos a su alrededor, oprimiéndola y

estrujándola contra la mesa, ansiosos de contemplar la maravilla, y no

hubo más remedio que apretar el resorte y levantar la tapa...

Una exclamación general de asombro se escapó de todos los labios,

ahogando el sordo rugido de rabia y despecho que hinchó la garganta de

Currita... Sobre el blanco terciopelo que forraba el interior

destacábase, en toda su magnificencia, la obra maestra de Enrique de

Arfe, el marco antiguo de plata cincelada que había regalado ella a

Jacobo en aquel mismo estuche, con su propio retrato de reina

japonesa... Este había desaparecido, y veíase en su lugar otra extraña

fotografía: representaba una camelia de tamaño natural, y echada sobre

ella como sobre el alféizar de una ventana, aparecía el busto de una

mujer, de la dama duende que todos conocían, apoyada la mejilla

izquierda sobre ambas manos cruzadas, mirando al frente con provocativa

insolencia, sacando la lengua con gesto de pilluelo redomado a todo el

que mirase el retrato por cualquier lado que fuese; por debajo, leíase

escrito con muy buena letra inglesa:

A LA EXCMA. SRA. CONDESA DE ALBORNOZ,

_Mademoiselle de Sirop._

Nadie dijo una palabra, nadie hizo un comentario... En el embarazoso

silencio que deja al descubierto las grandes vergüenzas, oyóse tan sólo

la suave vocecita de la Albornoz, que decía algún tanto temblorosa:

--¿Mademoiselle de Sirop?... ¡Qué delicia!... ¿Si será prima del jarabe

Henry Mure que han recetado a Fernandito?...

--VIII--

El despertar de Jacobo fue alegre: había ganado la noche antes, jugando

en el Casino hasta las cuatro de la mañana, más de cinco mil duros. Hay,

sin embargo, algo en el hombre que despierta antes que la razón y los

sentidos, y levanta la voz y grita y no calla ni aun en esos momentos de

duerme--vela en que flotan las ideas como cabos sueltos, sin que la

voluntad, dormida todavía, haya tenido tiempo de atarlas y enderezarlas

o torcerlas a su albedrío. Este algo se llama remordimiento, y él, con

su punzante aguijón, puso ante los ojos de Jacobo, antes que los cinco

mil duros ganados, las aterradas fisonomías de la mujer y de los hijos

del que los había perdido, padre de familia, jugador de oficio, marcado

con ese sello de desdicha común a los del gremio, que por ser desdicha

buscada no despierta en ellos mismos compasión, sino enojo. En las

ganancias del juego, ha dicho uno, hay siempre algo parecido al robo,

porque con razón puede decirse que se toma lo ajeno contra la voluntad

de su dueño; y si bien es cierto que se gana este dinero ajeno

exponiendo el propio, también lo es que los ladrones en cuadrilla

exponen sus vidas en las encrucijadas de los caminos, y la vida, aunque

sea de un facineroso, vale más que el dinero.

Volvióse Jacobo del otro lado, ahogando estas reflexiones con su

voluntad ya despierta, y tiró de la campanilla, murmurando entre

dientes:

Amar a nuestro prójimo

Nos manda la doctrina,

Y al prójimo en la guerra

Le dan contra una esquina.

Entró Damián, trayendo, como todos los días, el correo y los periódicos,

que puso al alcance de la mano de Jacobo sobre la mesa de noche. Abrió

luego las persianas, descorrió las cortinas y entróse en el cuarto de

vestir para preparar el agua caliente y la ropa del señorito. Habían

dado ya las doce y media.

Era Jacobo muy perezoso y costábale gran trabajo arrancarse del lecho;

dio en él varias vueltas, estirándose y revolviéndose con esa dejadez

del que no tiene cuidados, ni le esperan obligaciones, ni encuentra para

saludar al nuevo día otra fórmula, otra oración, otro brote de

sentimiento que un prolongado bostezo. Decidióse al fin a sacar una

mano, y tomó de sobre la mesilla de noche las varias cartas; eran estas

cuatro o cinco, y llamóle la atención, desde luego, una grande y

cuadrada que traía el sello del Congreso, porque parecióle notar el

tacto que venía en el interior, además del papel, un pequeño objeto

redondo. Diole vueltas por todos lados examinando el sobre, con esa

necia perplejidad que al recibir una carta de letra desconocida nos

impulsa a conjeturar y adivinar lo que con sólo romper el sello podemos

saber de cierto. Hízolo así al cabo, rasgando el sobre por completo, y a

la duda sucedió entonces en él la sorpresa y el azoramiento; encontróse

con un pliego en blanco, de papel muy recio, doblado por la mitad en dos

partes: en la superior destacábase, cuidadosamente pegado con goma, un

gran sello de lacre verde, del diámetro de medio duro... Al pronto no

distinguió bien Jacobo lo que era aquello; llegaba la luz muy

debilitada, filtrándose por los visillos del balcón y la gran cortina de

tul bordado, en una sola pieza, que arrancando de los lambrequines de

damasco amarillo llegaba hasta el suelo barriendo la alfombra. Con

grande ansiedad incorporóse bruscamente, inclinando el cuerpo fuera del

lecho para buscar la luz, y pudo distinguir entonces en todos sus

detalles la empresa del sello: era la escuadra y el compás cruzados en

forma de rombo y la rama de acacia, emblema de los masones.

Una sospecha terrible, una idea aterradora con visos ya de evidencia

cruzó al punto por su mente cual un pájaro siniestro. Arrojóse de un

salto fuera del lecho y corrió al balcón para examinar con mejor luz

todavía la extraña carta y el misterioso sello. No había duda: si no era

el mismo, era igual a uno de los que había arrancado él en París, en el

_Grand Hôtel_, de los cartapacios que en la logia de Milán le habían

entregado... ¿Qué significaba, pues, aquello?... ¿Era una broma? ¿Un

aviso? ¿Una amenaza?

Con los ojos muy abiertos quedóse mirando a la calle, como si buscase

allí la solución a sus dudas, la respuesta a sus temores... Frente por

frente de la suya estaba la gran casa del marqués de Riera, cerrada

hacía tantos años, con ese aspecto de secreto, ese aire de misterio que

parecen tomar los edificios abandonados por largo tiempo, haciendo

fantasear a la imaginación detrás de sus muros recuerdos de crímenes y

sombras de aparecidos. El día estaba triste; uno de esos días de lluvia

menuda y continua en que sólo se ven en el suelo cieno y lodazales y en

el cielo nubes pardas, inmóviles, pegajosas, que parecen lamer las

torres y las cúpulas, cual la viscosa baba de un monstruo inmenso. Los

transeúntes cruzaban por la acera muy de prisa, armados de paraguas e

impermeables, chapalateando sobre el fango, que salpicaba las sayas

remangadas de las mujeres, los pantalones recogidos o las altas botas de

los hombres. Un capitán de lanceros, muy gordo y rubicundo, bajaba de la

Puerta del Sol, pisando muy fuerte, con las espuelas y las polainas

manchadas de cieno, calada la corta capota azul con vueltas blancas.

Antejósele a Jacobo que aquel militar era de la clase de tropa que iría

al ministerio de la Guerra y siguióle con la vista muy atentamente...

Mas el militar dobló la esquina de la casa de Riera, dando un resbalón,

y desapareció por la calle del Turco... ¡La calle del Turco!... ¡Ah! ¡La

calle del Turco!... Allí se había cometido cuatro años atrás un

asesinato, _otro_ asesinato, en la persona de un hombre famoso, de un

amigo que le había hecho a él grandes favores, favores de lobo a lobo,

pero al fin y al cabo siempre favores... También entonces habíase

vislumbrado en _aquello_ la mano de los masones, y él, ¡oh!, él sabía

bien a qué atenerse... Por eso tuvo que huir a toda prisa impulsado por

el destino, pícaro destino, que le arrebataba a Constantinopla a

resbalar en otro charco de sangre y a emprender otra fuga a Italia, a

Francia, a España más tarde.

Jacobo sintió mucho frío, un frío muy grande y muy natural, porque

estaba medio desnudo, y que parecíale a él le penetraba las carnes y le

llegaba hasta los huesos y le pasaba el alma de parte a parte, con una

sensación glacial y desagradable que se le figuraba semejante a la hoja

de un puñal al hundirse en su pecho. Volvióse a la cama buscando el

calor de las mantas, y acurrucóse entre ellas, escondiendo el rostro en

las almohadas para pensar, para reflexionar, para meditar, para no mirar

al hueco del balcón, donde le parecía ver al general Prim y a la cadina

Saharí, y al eunuco estrangulado, dándose las manos, haciéndole

cortesías, como hacen los actores cuando salen a la escena a recibir la

ovación al final de un drama. ¡Y él, que se había despertado tan alegre,

imaginando el medio de ocultar a sus acreedores los cinco mil duros

ganados!

Damián asomó discretamente la cabeza, preguntando si el señor marqués no

iba a levantarse, porque el agua caliente se enfriaba.

--Allá voy..., allá voy--respondió Jacobo.

Y mientras se calzaba las pantuflas y se envolvía en una bata de abrigo

muy bien enguatada, iba discurriendo que el modo seguro de averiguar de

cierto lo que sobre el particular hubiera, era preguntar al tío

Frasquito lo que había hecho de aquellos tres sellos que en el _Grand

Hôtel_ le había regalado. Quedóse con esto más tranquilo, casi sereno

del todo: indudablemente era que se reducía aquello a una necia broma...

Cierto que habíale sucedido a él en aquel negocio espinosísimo lo que

acontece a todos los caracteres fogosos; que una vez dado el primer

empuje, caen luego en la mayor apatía, abandonando los planes con tanta

rapidez fraguados y con tanto calor emprendidos. Mas tampoco era

verosímil que al cabo de año y medio de silencio absoluto, de completo

olvido, salieran los masones reclamando los papeles e iniciando su

petición con la ridícula bromita--muy en carácter, por cierto--de

enviarle un sellito... Y además, ¡qué demonio!, a él le habían entregado

unos papeles para el rey Amadeo, y el rey Amadeo se había ido. ¿Iba a

correr de ceca en meca en busca del rey cesante?... ¿Y con qué derecho

le pedía cuentas la masonería española, perteneciendo él a la italiana?

Porque la carta era de Madrid mismo, puesto que el sello del Congreso la

franqueaba... Nada, nada, fuera temores, que el derecho era suyo. ¡Qué

demonio! A quien Dios se la dio, san Pedro se la bendiga; y el que está

más cerca de la cabra, ese la mama...

Púsose Damián a afeitarle como todos los días, y al sentir sobre la

garganta el frío del acero, no pudo contener un estremecimiento de

espanto... Un ligero golpecito, un leve movimiento, y correría la

sangre, y vendría la muerte, y se acabaría la vida allí mismo, sin

auxilio, sin remedio, pasando de la agonía a la sombra pavorosa de eso

que llaman eterno, corriendo por Madrid la noticia del _crimen de la

calle de Alcalá_, como había corrido cuatro años antes la del crimen

impune y misterioso de la calle del Turco... Y aquel ligero golpecito,

aquel leve movimiento, podía determinarlo en la mano de Damián, otro

ligerito golpecito del oro de los masones. Porque ¿que sabía él lo que

era Damián?... Un pícaro probablemente, un bribón como todos, puesto

que, a juzgar por lo que de sí mismo sentía él, sólo pueden admitirse

dos clases de hombres: los ahorcados y los que merecen serlo.

Rióse al cabo de sus locas imaginaciones, y vestido ya del todo, pidió

un sombrero, unos guantes, un paraguas...

--¿El señor marqués almorzará en casa?...

--No.

--El cochero espera la orden...

--Que se vaya, que vuelva a las cuatro.

Y se dirigió a la puerta, para retroceder al momento... ¡Qué tontería!

Quizá en alguna de aquellas otras cartas que había olvidado en su

azoramiento vendría algún dato, alguna explicación de la estúpida broma

del sellito. Abriólas una a una, y una a una las fue arrojando con furia

sobre la gran piel de oso blanco, colocada al lado del lecho... Nada,

nada: una invitación para un baile, una carta de Ángel Castropardo

preguntando si le acompañaría a cenar aquella noche con las bufas de

Arderíus después del teatro, una diatriba de un acreedor exasperado que

le amenazaba con el embargo...

Pequeñeces · 第 23 / 35 段