gastos de Currita, y la despótica autoridad que sobre ella ejercía,
reprendióle agriamente aquel derroche de perlas, desperdiciadas en
regalar corbatas a sus _micos_. Ella, ciega por la más temible y la más
tupida de todas las vendas, y temerosa siempre de verse privada de las
luces y consejos de aquel hombre, que llenaba la escasa cavidad de su
corazón y satisfacía las inmensas proporciones de su vanidad, resolvió
entonces, para desagraviarlo, hacerle el 30 de abril, día de su
cumpleaños, un magnífico regalo. Iluminó, pues, con ayuda de Reguera,
una gran fotografía en que se hallaba representada ella misma con su
rico traje de reina japonesa, y encargó dibujos para un marco suntuoso
que habían de ejecutar, en oro, plata y pedrería, Marzo y Ansorena. Los
dibujos, sin embargo, no la satisfacían; el 30 de abril se acercaba, y
apremiada por lo breve del plazo, desesperaba ya de ver realizado su
proyecto. Propúsole entonces Celestino Reguera comprar un marco antiguo,
de plata cincelada, que procedente de cierta casa ducal muy conocida,
estaba de venta en la Exposición de arte retrospectivo. Currita se dio
una palmada en la frente.
--¡Tonta de mí!--dijo--. Si no se necesita; si tengo yo aquí mismo, en
casa, al alcance de la mano, algo mejor y mas rico que cuanto pudieran
ofrecerme.
Con la viveza de una niña que corre a satisfacer un soñado capricho,
atravesó Currita los vastos departamentos del palacio, en que
resplandecían por todas partes el lujo y la molicie; llegó a uno de sus
extremos, la de honor en otro tiempo, habitada entonces por la
servidumbre. En una especie de rotonda, adornada con antiguas pinturas
al fresco, ya del todo desteñida y borradas, abríase una gran puerta de
roble con herraje de bronce y bellos tableros de talla. En vano intentó
la condesa levantar con sus delicadas manecitas el enorme pestillo
cincelado: estaba la llave echada. Acercóse entonces a la salida de un
corredor que daba a la cocina y gritó muy impaciente:
--¡Germán!... ¡Basilio!... ¿No hay nadie?...
Acudió Germán muy presuroso y extrañado de encontrar a la señora condesa
por aquellos andurriales.
--La llave de aquí--dijo ella.
Germán se encogió de hombros. ¿Quién iba a saber dónde estaba aquella
llave?
--¡Pues buscarla en seguida!--gritó Currita--. ¡Pregunte usted a don
Joselito, en la contaduría, en todas partes!... ¡Jesús! ¡Qué fastidio!
Y daba pataditas en el suelo, llena de impaciencia, mientras Germán se
lanzaba presuroso por toda la casa en busca de la llave. Volvió, al fin,
después de un cuarto de hora trayendo una muy grande, llena de orín, con
un tarjetón de pergamino colgando, en que se leía: _Oratorio_. La llave
entró rechinando en la cerradura, y en vano forcejeó Germán para hacerla
dar vueltas; preciso fue sacarla de nuevo, untar las guardias con
aceite, e introduciendo un palo por el ojo, giró al cabo al sexto o
séptimo empuje. Otros dos o tres vigorosísimos que dio Germán con todo
su cuerpo sobre una de las hojas hicieron girar a esta lentamente,
dejando escapar una bocanada de viento húmedo: el interior estaba
oscuro.
--Espere usted aquí--dijo Currita con cierto airecillo de miedo.
Y adelantóse ella con las manos extendidas para no tropezar, cerrando
los ojos un momento para poder acostumbrarse a aquellas tinieblas.
Algunos reflejos de tenue luz entraban por dos altas y rasgadas ventanas
laterales, cubiertas ambas con grandes cortinones de rojo damasco,
desteñido y empolvado. Currita quiso descorrer uno de ellos, tirando
violentamente del cordón de seda que a lo largo de la pared bajaba desde
lo alto; mas la cortina rechinó sin descorrerse, y podrido sin duda el
cordón, rompióse por arriba, cayendo sobre Currita enroscado, cual si
fuese una larga y delgada serpiente. La dama dio un chillido, y una nube
de espeso polvo se desprendió al mismo tiempo, y dos murciélagos
salieron de entre los pliegues del brocado y comenzaron a revolotear de
una a otra parte.
¡Germán!--gritó Currita muerta de miedo.
Y disimulando, al verle entrar, su repentino azoramiento, añadió,
huyendo del malhadado cordón, cual si fuese en realidad una serpiente:
--¡Jesús, hombre, qué torpeza!... Acabe usted y descorra esa cortina...
Con gran trabajo y tirando de los dos cordones a la vez, con sumo
tiento, pudo Germán descorrer la contraria, y asustada por la luz, saltó
entonces del altar una gallina y echaron a correr dos o tres pollos
cacareando, entrándose por una puertecilla entreabierta que a la derecha
del retablo había. Currita miró a Germán estupefacta, y este,
conteniendo a duras penas una carcajada, que le pareció falta de respeto
a su ilustre dueña, contestó muy grave.
--El cocinero encierra aquí a los que ha de matar para tenerlos más a
mano.
--¿Pero por dónde los mete?... ¡Si estaba la puerta tan atrancada!...
--Por la otra puertecilla de la sacristía que da junto a la cocina...
--¡Ya!...
Penetraba la luz por los sucios y empolvados cristales, escasa y como
avergonzada, mas era suficiente para iluminar aquel cuadro desolador de
impío abandono... Era el oratorio una preciosa capilla de alta bóveda
pintada al fresco, construida con grande gusto y riqueza a fines del
siglo XVII. Hallóse en tiempos tapizada de arriba abajo con ricos paños
de damasco encarnado, que caían entonces en sucios guiñapos a lo largo
de las paredes, llenas de manchas y desconchones, como el rostro de un
virolento; a trechos, veíanse encerrados en ricos marcos, ya podridos,
amarillentos pergaminos en que constaban las innumerables gracias y
privilegios concedidos por los sumos pontífices a los fundadores de la
capilla. La rica talla, algún tanto churrigueresca del retablo,
desaparecía bajo una espesa capa de polvo y de telarañas, y las varias
imágenes que ocupaban las hornacinas parecían tener esa palidez lívida
que indica en los hombres lo supremo del espanto. Sobre el altar veíanse
el ara rota, el tabernáculo hundido, y dos bellos ángeles, que a un lado
y otro sostenían antes lámparas de plata, levantaban entonces sus manos
vacías, crispadas, como anunciando la cólera del Señor... A los pies de
la capilla, sobre un confesonario destrozado y varios reclinatorios
rotos, hallábanse amontonados trastos viejos, muebles inservibles y el
armazón de un teatro en que había representado la condesa, tiempos
atrás, unos famosos _cuadros vivos_. Sobre las dos gradas que formaban
el presbiterio había, a la izquierda del retablo, una especie de armario
de cristales, embutido en la pared, donde se guardaban reliquias: allí
se dirigió Currita, mandando a Germán que abriese la puerta. En la parte
inferior había varios estuches medio abiertos que encerraban vasos
sagrados, y tirada en un rincón, arrugada y hecha un lío, una casulla de
terciopelo negro, con ricos bordados de oro, que presentaban en
primoroso realce las armas de la casa. Al verla Currita, acordóse
instantáneamente de la última misa celebrada en aquel recinto profanado:
había sido quince años antes, estando allí mismo de cuerpo presente la
vieja marquesa de Villamelón, madre de Fernandito: aún se veían a lo
lejos, entre los amontonados restos del teatro, las piezas del catafalco
que había sostenido su cuerpo. Currita sintió una especie de escalofrío
de miedo y miró instintivamente al sitio en que solía oír todos los días
misa la anciana marquesa. Allí estaba su sillón de terciopelo, hundido
todo y destrozado, y delante el reclinatorio, conservando aún sus
almohadones apolillados las huellas de sus rodillas y sus brazos.
Currita volvió bruscamente la espalda, como si temiese ver aparecer
allí, pálida y airada, la sombra de la vieja dama.
Estaba la parte superior del armario forrada de terciopelo rojo,
bastante bien conservado, y sobre almohadillas del mismo terciopelo
hallábanse varios relicarios de plata, guardando huesos de santos; en un
rincón, de pie contra la pared, había un objeto de más de una tercia de
largo, envuelto en una funda de oscuro tafilete, roída toda de ratones,
y esto fue lo que cogió Currita, sosteniéndolo por su mucho peso con
ambas manos, y saliendo al punto de la capilla muy de prisa, azorada,
como si hubiese cometido un robo en lugar sagrado.
A solas ya en su estudio, cuando abrió la destrozada funda, quedóse ella
misma admirada: era aquello una preciosidad artística de valor inmenso,
un marco de plata cincelada, obra admirable de orfebrería del siglo XVI,
que ostentaba cual noble ejecutoria, esculpido en el pedestal de una de
sus mil bellas figurillas, el nombre ilustre de Enrique de Arfe, autor
de la custodia de Córdoba y de la llamada Cruz antigua. Aquella
maravilla servía, sin embargo, de marco a un objeto harto extraño e
insignificante: sobre un fondo de raso blanco y cubierto por limpidísimo
cristal chafianado, veíase sencillamente un harapo, un pedazo de burdo y
raído sayal pardo. Por el reverso, cerraba el cuadro una gran chapa de
plata, sujeta por finas tuercas, que no sin grandes esfuerzos consiguió
destornillar Currita. Liados en blancos tafetanes, amarillos ya por el
tiempo, halló dentro dos papeles escritos con clarísima letra del siglo
XVI, que sin esfuerzo ninguno podían perfectamente descifrarse. En uno
decía: «Pedazo de la cogulla del venerable siervo de Dios fray Alonso de
Luján, muerto en olor de santidad en su convento de Talavera de la
Reina, a los 23 de enero de 1590». Y a renglón seguido, con la candorosa
arrogancia de los magnates de aquella época, firmaba sencillamente:
_Doña Catalina_.
--¡Ya!--exclamó Currita muy admirada--. ¡Con que _esto_ era de
_aquel_!...
Y sus ojos fueron a buscar, entre las mil preciosidades que adornaban el
estudio, una admirable cabeza, pintada por Pantoja, de un capuchino[16]
muerto, en cuyo rostro resplandecía esa serena calma que deja impresa la
muerte, como señal de predestinación, sobre la frente de los justos.
Era, en efecto, aquella cabeza venerable el retrato de fray Alonso de
Luján, hermano del cuarto marqués de Paracuéllar, y había sido
trasladado años atrás del oratorio a los salones de la casa, no como
objeto de piedad, sino como monumento de arte.
[Nota 16: Esta cláusula está tomada literalmente del testamento
citado, sin otra variación que la de introducir en ella el nombre
supuesto de la Marquesa de Paracuéllar.]
En el otro papel hallábase copiada esta cláusula del testamento de doña
Leonor Manrique de la Cerda, repartiendo entre sus parientes un hábito
de su primo hermano, el venerable padre fray Alonso de Luján, religioso
capuchino: «Mi señora, la duquesa del Infantado, escoja la pieza que le
pareciere, y otra se dé al conde de Salvatierra, y otra al conde de
Montijo, y otra a mi sobrina doña Catalina, marquesa de Paracuéllar, y
el cordón se dé al conde de Salinas, mi sobrino, que lo tenga y venere
como cordón y reliquia de un tan venerable y santo varón como yo lo he
tenido; y una cogulla que yo tengo del dicho padre fray Alonso mando
también a mi señora duquesa, y le suplico la dé cuando a su excelencia
le pareciere al conde del Cid, y la pieza que su excelencia escogiere,
la dé al duque de Béjar, de cuya casa era muy devoto el dicho padre fray
Alonso.»
Currita estaba admirada... Mentira parecía que aquellas buenas gentes,
tan grandes señores, por otra parte, tan famosos en la historia muchos
de ellos, se repartiesen entre sí, como joyas preciosas, el burdo sayal
de un pobre fraile. ¡Lo que varían los tiempos!... La buena de doña
Catalina se había gastado un dineral en fabricar una joya para su
pedacito de cogulla, sin sospechar siquiera que había de ahorrarle a
ella el gastarlo en...
Con una brusca sacudida echó fuera, sin tocarla, la reliquia, y puso
después en su lugar el retrato. Estaba perfectamente, y sólo con
recortarle un poco los bordes encajaría tan bien como si hubiese sido
hecho el marco a su medida. Currita calculaba complacidísima el efecto,
alejando de sí el retrato, y la mano con que le sostenía fue a tropezar
con el pedazo de cogulla del fraile; retiróla bruscamente, cual si
hubiese tocado una brasa ardiendo, y miró con miedo, con espanto casi,
la magnífica cabeza de Pantoja, que tan admirablemente expresaba sobre
el lienzo la imponente y serena calma de la muerte. Con los mismos
papeles que encerraban la auténtica y la cláusula testamentaria, cogió
la reliquia de fray Alonso, y sin tocarla, con un gesto que lo mismo
expresaba la repugnancia que el miedo, el asco que el respeto, arrojólo
todo en una preciosa cestilla destinada a recibir papeles para la
basura. Arrepintióse al punto; había oído ella que las cosas santas no
deben tirarse, sino quemarse, y volviólo a recoger todo de la misma
manera para no tocar la reliquia, y fue a echarla entonces en una
chimenea encendida que ardía en un ángulo. Otra vez lanzó, sin poderlo
remediar, una mirada a hurtadillas, con medroso recelo, a la pálida
cabeza del fraile muerto.
Un fuerte olor acre y desagradable del paño que se quemaba extendióse al
punto por toda la estancia. En aquel momento entró Villamelón muy alegre
y satisfecho, que volvía de Chamartín de la Rosa, donde en su preciosa
quinta de Miracielos estaba ensayando con gran entusiasmo la incubación
artificial de los huevos de gallina.
--¡Jesús, hija, qué mal olor!--exclamó deteniéndose a la entrada--. ¿Qué
has quemado?... Si _huele_ aquí a infierno...
Currita se puso muy seria, muy enfadada, y hasta un poco pálida.
--Mira, Fernandito, no digas tonterías... No me gustan bromas con las
cosas del otro mundo.
Y como si fuese cosa de él, volvió a lanzar otra mirada furtiva y
medrosa a la imponente cabeza de fray Alonso.
--Pero hija, Curra, ¿sabes?... Que abran esa ventana; si _huele aquí_ a
chamusquina, a cuerno quemado...
--Pues nada, hombre; un pincel viejo que tiré en la chimenea... Vamos,
dejemos ya eso. ¿Has visto a Lilí?...
Villamelón dio una gran palmada.
--¡Mujer!... Se me olvidó...
--¿Pues no te dije que fueras a verla?--gritó Currita muy colérica.
--Pues, nada, hija, se me olvidó... ¿Qué vamos a hacerle?...
--¡Jesús, qué hombre este!... Se acuerda de ver las gallinas y se olvida
de visitar a su hija...
Porque el lector ignora aún que ninguno de los dos niños estaba ya en la
casa... Cuatro días después de la escena que en el anterior capítulo
queda referida, cayó Currita en la cuenta y convenció de ello a
Fernandito de que, no pudiendo dedicarse ella exclusivamente a la
educación de sus hijos como hubiera sido su deseo, era lo mejor enviar a
Lilí al colegio que tienen en Chamartín las religiosas del Sagrado
Corazón, y a Paquito al que por aquel tiempo tenían los jesuitas en
Guichón, del lado de allá de los Pirineos... Ni ella ni Jacobo habían
tenido en cuenta que en aquel mismo colegio se educaba Alfonsito
Téllez-Ponce, el hijito de este.
Villamelón, muy contrito de su falta, prometió remediarla al día
siguiente, cuando fuese a Chamartín a inspeccionar los períodos de la
incubación artificial, que ocupaba en aquella época toda su atención y
todo su tiempo. Diógenes, al saber las nuevas aficiones del ilustre
prócer, había dicho:--No hay que extrañarse... Está clueco.
--V--
La cola que formaban los coches frente al palacio del marqués de Butrón
cogía casi toda la calle de Hortaleza, atravesaba la red de San Luis e
iba a perderse en la de la Montera. Los carruajes avanzaban lentamente,
parábanse un momento, abríanse y cerrábanse con estrépito las
portezuelas, y corrían luego a estacionarse en la Plaza de Santa
Bárbara. Los transeúntes deteníanse extrañados y quedábanse muchos
contemplando aquella larga procesión de damas, rara en Madrid, a la
clara luz de las tres de la tarde. El Gobierno parecía alarmado: varios
agentes de orden público paseábanse por la acera de enfrente, a lo largo
del palacio, y algunos polizontes se mezclaban entre los curiosos o
trababan conversación con cocheros y lacayos, que charlaban entre sí
desde los pescantes, designándose, según la clásica costumbre, por los
ilustres nombres de sus amos.
Las damas saltaban ligeramente de los coches, atravesaban el gran
portal, subían la escalera alfombrada y perdíanse, con aire de
conspiradoras, en aquel ancho salón del teatro, famoso en otro tiempo
por haber representado en él don Ventura de la Vega _El hombre de mundo_
y dirigido Bretón de los Herreros en persona los ensayos de _El pelo de
la dehesa_. Reinaba en él una media luz prudentísima, un prematuro
crepúsculo que velaba con paternal indulgencia entre sus sombras
misteriosas los grandes deterioros del decorado, incapaces de resistir
con honra la descarada luz de las tres de la tarde.
Desde fuera, parecía aquello el zumbido de una colmena colosal, en que
doscientas mujeres murmurasen al mismo tiempo entre el crujido de las
sedas, el ric-rac de los abanicos, las tosecillas afectadas que dan
tiempo a preparar una respuesta, las melifluas risitas que acompañan
siempre a la afectuosidad femenina, y los perfumes peculiares a
doscientos gustos diversos y doscientos tocadores distintos. A veces,
reinaba de repente uno de esos súbitos silencios que el pueblo andaluz
atribuye al involuntario respeto que infunde el invisible aleteo de un
ángel que pasa; era más bien algún diablillo que llegaba, alguna dama
famosa por cualquier concepto que traspasaba el dintel, obligando a la
crítica a replegarse sobre sí misma, para estudiar el blanco sobre que
había de disparar su metralla.
Ningún hombre aparecía a la vista; en el fondo, tras la sencilla cortina
de rojo terciopelo, con las armas de Butrón bordadas en el centro, que
cerraba la emboscadura del teatro, adivinábase, sin embargo, algo
masculino, algún espíritu no santo que tosía y estornudaba como el resto
de los mortales, porque dos toses y un estornudo, habían llegado al oído
avizor de la señora de Barajas, que estaba allí cerca; tocó con el codo
a su hermana, diciéndole muy bajo: «Aquí hay duendes»; y la otra, sin
volver la cabeza, contestó muy seria:
--Robinsón y su negro Domingo, que se habrán constipado en la isla
desierta.
Así era, en efecto: el gran Robinsón y el señor Pulido hallábanse tras
el telón, observando por los dos imperceptibles agujeritos que servían
en otro tiempo para registrar la sala a los ilustres actores que habían
pisado aquella escena aristocrática. El respetable diplomático parecía
inquieto, y el señor Pulido iba y venía sigilosamente de uno a otro
agujero, apretando los labios y moviendo la cabeza, con muestras también
de alguna zozobra.
La concurrencia era numerosa, escogida y a propósito para secundar los
planes del diplomático; mas notábase, sin embargo, un síntoma alarmante,
una peligrosa falta de disciplina en la mesnada aristocrática, las
alfonsinas de raza, pertenecientes, en su mayor parte, a familias de la
Grandeza. Habíanse sentado todas ellas hacia el lado izquierdo, formando
un grupo, y, cuchicheando y cambiando entre sí risitas y señas burlonas,
miraban entrar y amontonarse en el lado opuesto a las cursis radicalas,
con el aire de desdeñosa protección de la gran señora que permite a su
doncella sentarse a su presencia, a cuatro metros de distancia. Tan sólo
la duquesa de Bara, fiel a la consigna del caudillo, habíase apresurado
a sentarse entre las dos ministras cesantes: la de Martínez, mujer
sencillísima y modesta, que se hallaba allí como gallina en corral
ajeno, y la de García Gómez, cursi pretenciosa, que pretendía deslumbrar
a pájara tan larga como la duquesa con sus alardes de elegancia y de
buen tono.
En vano iba de un lado a otro la marquesa de Butrón, intentando, con su
fino tacto y sus delicadas maneras, ahogar en germen aquellos puntillos
mujeriles, aquellas vanidades alborotadas que amenazaban dar al traste
con la suspirada fusión a duras penas obtenida en el baile de Currita;
tan sólo pudo conseguir su ímprobo trabajo colocar a la duquesa de
Astorga, mujer bondadosísima, al lado de la excelentísima señora doña
Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla, cuya colosal figura
se destacaba sobre un asiento muy alto, aislada entre tirios y troyanos,
silenciosa y pensativa, cual Safo meditando su suicidio en lo alto de la
peña de Léucades.
Las carlistas, por su parte, pocas en número, pero en valor muy
aguerridas, formaban otro grupito sospechoso, teniendo al frente a una
viejecilla chiquitilla, flaca y nerviosa, de ojos vivísimos. Era la
baronesa de Bivot, ilustre catalana, que se removía sin cesar en el
asiento, esgrimiendo el abanico con el bélico ardor del veterano ansioso
de combate que huele la pólvora a lo lejos. Carmen Tagle la bautizó al
punto.
--Allí está _Zumalacárregui_--dijo a su vecina--. Mírala, el cuerpo le
pide pendencia.
El respetable Butrón se daba a todos los demonios temiendo una
catástrofe, y aplicaba el oído en vez del ojo al agujero, a ver si podía
pescar alguna palabrilla suelta que indicase el rumbo que tomaba la
tormenta. No se oía nada; un zumbido colosal de colmena en momentos de
mudanza, que le sacaba de quicio, poniéndole nervioso.
--¡Pero que siendo tantas no haya una sola que calle!--exclamó hecho un
basilisco; y el señor Pulido, sin perder su pausa, con filosófica
profundidad, replicó muy bajito:
--Las prefiero hablando, Pepe... Callar sería contra naturaleza.
Y en aquel momento, como si quisieran probar aquellas amables criaturas
que llevar siempre la contra es el rasgo peculiar del sexo, callaron
todas de repente, siguiéndose un silencio profundo, un _calderón_
prolongadísimo de cerca de un minuto, seguido, a su vez, de un allegro
alborotado, un crescendo inverosímil, rápido y vivace... Algo gordo
sucedía, y el respetable Butrón y el filosófico Pulido acudieron al
punto muy azorados a sus respectivos observatorios... Entraba la condesa
de Albornoz, con aquel paso de que habla Virgilio, que revela una reina
o una diosa, inclinando la cabeza con el aire de vanidad satisfecha de
aquel emperador romano que encogía la suya al pasar bajo los arcos de
triunfo, por miedo de tropezar en ellos con la frente; seguíala la
marquesa de Valdivieso, una de las cómodas amigas de fácil contener que
traía ella siempre a retortero para que la acompañasen como damas de
honor, sirviendo, según su frase, de marco a su elegancia.
Cogióla Leopoldina Pastor por las faldas, al pasar por su lado, y quiso
obligarla a sentarse entre ella y Carmen Tagle... Era necesario
escarmentar a aquellas indecentes radicalas que estaban allí con la boca
abierta, _dándose pisto_, soñando quizá con la presidencia...
--¡Míralas, qué retablo!...
Deseando estaba que Genoveva tomase la palabra para tener ocasión de
decir a aquellas cursis cuatro palabritas bien dichas, ¡pero iba a estar
aquello muy frío!... A ella le hubiese gustado discutir a caballo, con
los hunos de Atila. Dióle Currita cariñosamente en el hombro con el
abanico, murmurando: _C'est drôle_; saludó con una monísima cabezadita
al amplio círculo de sus ilustres amigas y dejóse llevar suavemente por
la Butrón al lado opuesto, sentándose, al fin, junto a la duquesa de
Bara y las dos ministras. Apretóle cariñosamente la mano a la de
Martínez, diciéndole: «¡Querida mía!», y manifestó a la García Gómez su
desolación profunda por no haberse encontrado el día antes en casa
cuando estuvo esta a visitarla.
--Coraje me dio al ver su tarjeta... Hubiera deseado que charlásemos un
rato... Quiero que seamos amigas...
La García Gómez creyó reventar de dicha ante honra tan repentina, y
miraba a todas partes, tan oronda y satisfecha entre aquellas dos
grandes de España como la rata de la fábula en el queso de Holanda.
María Valdivieso, con prudencia inusitada en ella, mordíase los labios
para no soltar la risa. El venerable Butrón seguía desde su agujero toda
aquella pantomima, y murmuraba nervioso y exaltado:
--¡Bien por Currita!... ¡Es lista esa _mona Jenny_, caramba!... ¡Con que
María Villasis haga lo mismo, triunfamos!
El señor Pulido, profeta siempre de desdichas, se permitió dudarlo; su
olfato finísimo había adivinado un escollo en que el respetable Butrón
no paraba mientes.
--Aquella trae ya cara de presidenta, Pepe--dijo.
--¿Quién?...
--La Currita, Pepe... ¡Te lo dije!...