Jacobo, con la egoísta y rapaz avaricia con que moderaba todos los

gastos de Currita, y la despótica autoridad que sobre ella ejercía,

reprendióle agriamente aquel derroche de perlas, desperdiciadas en

regalar corbatas a sus _micos_. Ella, ciega por la más temible y la más

tupida de todas las vendas, y temerosa siempre de verse privada de las

luces y consejos de aquel hombre, que llenaba la escasa cavidad de su

corazón y satisfacía las inmensas proporciones de su vanidad, resolvió

entonces, para desagraviarlo, hacerle el 30 de abril, día de su

cumpleaños, un magnífico regalo. Iluminó, pues, con ayuda de Reguera,

una gran fotografía en que se hallaba representada ella misma con su

rico traje de reina japonesa, y encargó dibujos para un marco suntuoso

que habían de ejecutar, en oro, plata y pedrería, Marzo y Ansorena. Los

dibujos, sin embargo, no la satisfacían; el 30 de abril se acercaba, y

apremiada por lo breve del plazo, desesperaba ya de ver realizado su

proyecto. Propúsole entonces Celestino Reguera comprar un marco antiguo,

de plata cincelada, que procedente de cierta casa ducal muy conocida,

estaba de venta en la Exposición de arte retrospectivo. Currita se dio

una palmada en la frente.

--¡Tonta de mí!--dijo--. Si no se necesita; si tengo yo aquí mismo, en

casa, al alcance de la mano, algo mejor y mas rico que cuanto pudieran

ofrecerme.

Con la viveza de una niña que corre a satisfacer un soñado capricho,

atravesó Currita los vastos departamentos del palacio, en que

resplandecían por todas partes el lujo y la molicie; llegó a uno de sus

extremos, la de honor en otro tiempo, habitada entonces por la

servidumbre. En una especie de rotonda, adornada con antiguas pinturas

al fresco, ya del todo desteñida y borradas, abríase una gran puerta de

roble con herraje de bronce y bellos tableros de talla. En vano intentó

la condesa levantar con sus delicadas manecitas el enorme pestillo

cincelado: estaba la llave echada. Acercóse entonces a la salida de un

corredor que daba a la cocina y gritó muy impaciente:

--¡Germán!... ¡Basilio!... ¿No hay nadie?...

Acudió Germán muy presuroso y extrañado de encontrar a la señora condesa

por aquellos andurriales.

--La llave de aquí--dijo ella.

Germán se encogió de hombros. ¿Quién iba a saber dónde estaba aquella

llave?

--¡Pues buscarla en seguida!--gritó Currita--. ¡Pregunte usted a don

Joselito, en la contaduría, en todas partes!... ¡Jesús! ¡Qué fastidio!

Y daba pataditas en el suelo, llena de impaciencia, mientras Germán se

lanzaba presuroso por toda la casa en busca de la llave. Volvió, al fin,

después de un cuarto de hora trayendo una muy grande, llena de orín, con

un tarjetón de pergamino colgando, en que se leía: _Oratorio_. La llave

entró rechinando en la cerradura, y en vano forcejeó Germán para hacerla

dar vueltas; preciso fue sacarla de nuevo, untar las guardias con

aceite, e introduciendo un palo por el ojo, giró al cabo al sexto o

séptimo empuje. Otros dos o tres vigorosísimos que dio Germán con todo

su cuerpo sobre una de las hojas hicieron girar a esta lentamente,

dejando escapar una bocanada de viento húmedo: el interior estaba

oscuro.

--Espere usted aquí--dijo Currita con cierto airecillo de miedo.

Y adelantóse ella con las manos extendidas para no tropezar, cerrando

los ojos un momento para poder acostumbrarse a aquellas tinieblas.

Algunos reflejos de tenue luz entraban por dos altas y rasgadas ventanas

laterales, cubiertas ambas con grandes cortinones de rojo damasco,

desteñido y empolvado. Currita quiso descorrer uno de ellos, tirando

violentamente del cordón de seda que a lo largo de la pared bajaba desde

lo alto; mas la cortina rechinó sin descorrerse, y podrido sin duda el

cordón, rompióse por arriba, cayendo sobre Currita enroscado, cual si

fuese una larga y delgada serpiente. La dama dio un chillido, y una nube

de espeso polvo se desprendió al mismo tiempo, y dos murciélagos

salieron de entre los pliegues del brocado y comenzaron a revolotear de

una a otra parte.

¡Germán!--gritó Currita muerta de miedo.

Y disimulando, al verle entrar, su repentino azoramiento, añadió,

huyendo del malhadado cordón, cual si fuese en realidad una serpiente:

--¡Jesús, hombre, qué torpeza!... Acabe usted y descorra esa cortina...

Con gran trabajo y tirando de los dos cordones a la vez, con sumo

tiento, pudo Germán descorrer la contraria, y asustada por la luz, saltó

entonces del altar una gallina y echaron a correr dos o tres pollos

cacareando, entrándose por una puertecilla entreabierta que a la derecha

del retablo había. Currita miró a Germán estupefacta, y este,

conteniendo a duras penas una carcajada, que le pareció falta de respeto

a su ilustre dueña, contestó muy grave.

--El cocinero encierra aquí a los que ha de matar para tenerlos más a

mano.

--¿Pero por dónde los mete?... ¡Si estaba la puerta tan atrancada!...

--Por la otra puertecilla de la sacristía que da junto a la cocina...

--¡Ya!...

Penetraba la luz por los sucios y empolvados cristales, escasa y como

avergonzada, mas era suficiente para iluminar aquel cuadro desolador de

impío abandono... Era el oratorio una preciosa capilla de alta bóveda

pintada al fresco, construida con grande gusto y riqueza a fines del

siglo XVII. Hallóse en tiempos tapizada de arriba abajo con ricos paños

de damasco encarnado, que caían entonces en sucios guiñapos a lo largo

de las paredes, llenas de manchas y desconchones, como el rostro de un

virolento; a trechos, veíanse encerrados en ricos marcos, ya podridos,

amarillentos pergaminos en que constaban las innumerables gracias y

privilegios concedidos por los sumos pontífices a los fundadores de la

capilla. La rica talla, algún tanto churrigueresca del retablo,

desaparecía bajo una espesa capa de polvo y de telarañas, y las varias

imágenes que ocupaban las hornacinas parecían tener esa palidez lívida

que indica en los hombres lo supremo del espanto. Sobre el altar veíanse

el ara rota, el tabernáculo hundido, y dos bellos ángeles, que a un lado

y otro sostenían antes lámparas de plata, levantaban entonces sus manos

vacías, crispadas, como anunciando la cólera del Señor... A los pies de

la capilla, sobre un confesonario destrozado y varios reclinatorios

rotos, hallábanse amontonados trastos viejos, muebles inservibles y el

armazón de un teatro en que había representado la condesa, tiempos

atrás, unos famosos _cuadros vivos_. Sobre las dos gradas que formaban

el presbiterio había, a la izquierda del retablo, una especie de armario

de cristales, embutido en la pared, donde se guardaban reliquias: allí

se dirigió Currita, mandando a Germán que abriese la puerta. En la parte

inferior había varios estuches medio abiertos que encerraban vasos

sagrados, y tirada en un rincón, arrugada y hecha un lío, una casulla de

terciopelo negro, con ricos bordados de oro, que presentaban en

primoroso realce las armas de la casa. Al verla Currita, acordóse

instantáneamente de la última misa celebrada en aquel recinto profanado:

había sido quince años antes, estando allí mismo de cuerpo presente la

vieja marquesa de Villamelón, madre de Fernandito: aún se veían a lo

lejos, entre los amontonados restos del teatro, las piezas del catafalco

que había sostenido su cuerpo. Currita sintió una especie de escalofrío

de miedo y miró instintivamente al sitio en que solía oír todos los días

misa la anciana marquesa. Allí estaba su sillón de terciopelo, hundido

todo y destrozado, y delante el reclinatorio, conservando aún sus

almohadones apolillados las huellas de sus rodillas y sus brazos.

Currita volvió bruscamente la espalda, como si temiese ver aparecer

allí, pálida y airada, la sombra de la vieja dama.

Estaba la parte superior del armario forrada de terciopelo rojo,

bastante bien conservado, y sobre almohadillas del mismo terciopelo

hallábanse varios relicarios de plata, guardando huesos de santos; en un

rincón, de pie contra la pared, había un objeto de más de una tercia de

largo, envuelto en una funda de oscuro tafilete, roída toda de ratones,

y esto fue lo que cogió Currita, sosteniéndolo por su mucho peso con

ambas manos, y saliendo al punto de la capilla muy de prisa, azorada,

como si hubiese cometido un robo en lugar sagrado.

A solas ya en su estudio, cuando abrió la destrozada funda, quedóse ella

misma admirada: era aquello una preciosidad artística de valor inmenso,

un marco de plata cincelada, obra admirable de orfebrería del siglo XVI,

que ostentaba cual noble ejecutoria, esculpido en el pedestal de una de

sus mil bellas figurillas, el nombre ilustre de Enrique de Arfe, autor

de la custodia de Córdoba y de la llamada Cruz antigua. Aquella

maravilla servía, sin embargo, de marco a un objeto harto extraño e

insignificante: sobre un fondo de raso blanco y cubierto por limpidísimo

cristal chafianado, veíase sencillamente un harapo, un pedazo de burdo y

raído sayal pardo. Por el reverso, cerraba el cuadro una gran chapa de

plata, sujeta por finas tuercas, que no sin grandes esfuerzos consiguió

destornillar Currita. Liados en blancos tafetanes, amarillos ya por el

tiempo, halló dentro dos papeles escritos con clarísima letra del siglo

XVI, que sin esfuerzo ninguno podían perfectamente descifrarse. En uno

decía: «Pedazo de la cogulla del venerable siervo de Dios fray Alonso de

Luján, muerto en olor de santidad en su convento de Talavera de la

Reina, a los 23 de enero de 1590». Y a renglón seguido, con la candorosa

arrogancia de los magnates de aquella época, firmaba sencillamente:

_Doña Catalina_.

--¡Ya!--exclamó Currita muy admirada--. ¡Con que _esto_ era de

_aquel_!...

Y sus ojos fueron a buscar, entre las mil preciosidades que adornaban el

estudio, una admirable cabeza, pintada por Pantoja, de un capuchino[16]

muerto, en cuyo rostro resplandecía esa serena calma que deja impresa la

muerte, como señal de predestinación, sobre la frente de los justos.

Era, en efecto, aquella cabeza venerable el retrato de fray Alonso de

Luján, hermano del cuarto marqués de Paracuéllar, y había sido

trasladado años atrás del oratorio a los salones de la casa, no como

objeto de piedad, sino como monumento de arte.

[Nota 16: Esta cláusula está tomada literalmente del testamento

citado, sin otra variación que la de introducir en ella el nombre

supuesto de la Marquesa de Paracuéllar.]

En el otro papel hallábase copiada esta cláusula del testamento de doña

Leonor Manrique de la Cerda, repartiendo entre sus parientes un hábito

de su primo hermano, el venerable padre fray Alonso de Luján, religioso

capuchino: «Mi señora, la duquesa del Infantado, escoja la pieza que le

pareciere, y otra se dé al conde de Salvatierra, y otra al conde de

Montijo, y otra a mi sobrina doña Catalina, marquesa de Paracuéllar, y

el cordón se dé al conde de Salinas, mi sobrino, que lo tenga y venere

como cordón y reliquia de un tan venerable y santo varón como yo lo he

tenido; y una cogulla que yo tengo del dicho padre fray Alonso mando

también a mi señora duquesa, y le suplico la dé cuando a su excelencia

le pareciere al conde del Cid, y la pieza que su excelencia escogiere,

la dé al duque de Béjar, de cuya casa era muy devoto el dicho padre fray

Alonso.»

Currita estaba admirada... Mentira parecía que aquellas buenas gentes,

tan grandes señores, por otra parte, tan famosos en la historia muchos

de ellos, se repartiesen entre sí, como joyas preciosas, el burdo sayal

de un pobre fraile. ¡Lo que varían los tiempos!... La buena de doña

Catalina se había gastado un dineral en fabricar una joya para su

pedacito de cogulla, sin sospechar siquiera que había de ahorrarle a

ella el gastarlo en...

Con una brusca sacudida echó fuera, sin tocarla, la reliquia, y puso

después en su lugar el retrato. Estaba perfectamente, y sólo con

recortarle un poco los bordes encajaría tan bien como si hubiese sido

hecho el marco a su medida. Currita calculaba complacidísima el efecto,

alejando de sí el retrato, y la mano con que le sostenía fue a tropezar

con el pedazo de cogulla del fraile; retiróla bruscamente, cual si

hubiese tocado una brasa ardiendo, y miró con miedo, con espanto casi,

la magnífica cabeza de Pantoja, que tan admirablemente expresaba sobre

el lienzo la imponente y serena calma de la muerte. Con los mismos

papeles que encerraban la auténtica y la cláusula testamentaria, cogió

la reliquia de fray Alonso, y sin tocarla, con un gesto que lo mismo

expresaba la repugnancia que el miedo, el asco que el respeto, arrojólo

todo en una preciosa cestilla destinada a recibir papeles para la

basura. Arrepintióse al punto; había oído ella que las cosas santas no

deben tirarse, sino quemarse, y volviólo a recoger todo de la misma

manera para no tocar la reliquia, y fue a echarla entonces en una

chimenea encendida que ardía en un ángulo. Otra vez lanzó, sin poderlo

remediar, una mirada a hurtadillas, con medroso recelo, a la pálida

cabeza del fraile muerto.

Un fuerte olor acre y desagradable del paño que se quemaba extendióse al

punto por toda la estancia. En aquel momento entró Villamelón muy alegre

y satisfecho, que volvía de Chamartín de la Rosa, donde en su preciosa

quinta de Miracielos estaba ensayando con gran entusiasmo la incubación

artificial de los huevos de gallina.

--¡Jesús, hija, qué mal olor!--exclamó deteniéndose a la entrada--. ¿Qué

has quemado?... Si _huele_ aquí a infierno...

Currita se puso muy seria, muy enfadada, y hasta un poco pálida.

--Mira, Fernandito, no digas tonterías... No me gustan bromas con las

cosas del otro mundo.

Y como si fuese cosa de él, volvió a lanzar otra mirada furtiva y

medrosa a la imponente cabeza de fray Alonso.

--Pero hija, Curra, ¿sabes?... Que abran esa ventana; si _huele aquí_ a

chamusquina, a cuerno quemado...

--Pues nada, hombre; un pincel viejo que tiré en la chimenea... Vamos,

dejemos ya eso. ¿Has visto a Lilí?...

Villamelón dio una gran palmada.

--¡Mujer!... Se me olvidó...

--¿Pues no te dije que fueras a verla?--gritó Currita muy colérica.

--Pues, nada, hija, se me olvidó... ¿Qué vamos a hacerle?...

--¡Jesús, qué hombre este!... Se acuerda de ver las gallinas y se olvida

de visitar a su hija...

Porque el lector ignora aún que ninguno de los dos niños estaba ya en la

casa... Cuatro días después de la escena que en el anterior capítulo

queda referida, cayó Currita en la cuenta y convenció de ello a

Fernandito de que, no pudiendo dedicarse ella exclusivamente a la

educación de sus hijos como hubiera sido su deseo, era lo mejor enviar a

Lilí al colegio que tienen en Chamartín las religiosas del Sagrado

Corazón, y a Paquito al que por aquel tiempo tenían los jesuitas en

Guichón, del lado de allá de los Pirineos... Ni ella ni Jacobo habían

tenido en cuenta que en aquel mismo colegio se educaba Alfonsito

Téllez-Ponce, el hijito de este.

Villamelón, muy contrito de su falta, prometió remediarla al día

siguiente, cuando fuese a Chamartín a inspeccionar los períodos de la

incubación artificial, que ocupaba en aquella época toda su atención y

todo su tiempo. Diógenes, al saber las nuevas aficiones del ilustre

prócer, había dicho:--No hay que extrañarse... Está clueco.

--V--

La cola que formaban los coches frente al palacio del marqués de Butrón

cogía casi toda la calle de Hortaleza, atravesaba la red de San Luis e

iba a perderse en la de la Montera. Los carruajes avanzaban lentamente,

parábanse un momento, abríanse y cerrábanse con estrépito las

portezuelas, y corrían luego a estacionarse en la Plaza de Santa

Bárbara. Los transeúntes deteníanse extrañados y quedábanse muchos

contemplando aquella larga procesión de damas, rara en Madrid, a la

clara luz de las tres de la tarde. El Gobierno parecía alarmado: varios

agentes de orden público paseábanse por la acera de enfrente, a lo largo

del palacio, y algunos polizontes se mezclaban entre los curiosos o

trababan conversación con cocheros y lacayos, que charlaban entre sí

desde los pescantes, designándose, según la clásica costumbre, por los

ilustres nombres de sus amos.

Las damas saltaban ligeramente de los coches, atravesaban el gran

portal, subían la escalera alfombrada y perdíanse, con aire de

conspiradoras, en aquel ancho salón del teatro, famoso en otro tiempo

por haber representado en él don Ventura de la Vega _El hombre de mundo_

y dirigido Bretón de los Herreros en persona los ensayos de _El pelo de

la dehesa_. Reinaba en él una media luz prudentísima, un prematuro

crepúsculo que velaba con paternal indulgencia entre sus sombras

misteriosas los grandes deterioros del decorado, incapaces de resistir

con honra la descarada luz de las tres de la tarde.

Desde fuera, parecía aquello el zumbido de una colmena colosal, en que

doscientas mujeres murmurasen al mismo tiempo entre el crujido de las

sedas, el ric-rac de los abanicos, las tosecillas afectadas que dan

tiempo a preparar una respuesta, las melifluas risitas que acompañan

siempre a la afectuosidad femenina, y los perfumes peculiares a

doscientos gustos diversos y doscientos tocadores distintos. A veces,

reinaba de repente uno de esos súbitos silencios que el pueblo andaluz

atribuye al involuntario respeto que infunde el invisible aleteo de un

ángel que pasa; era más bien algún diablillo que llegaba, alguna dama

famosa por cualquier concepto que traspasaba el dintel, obligando a la

crítica a replegarse sobre sí misma, para estudiar el blanco sobre que

había de disparar su metralla.

Ningún hombre aparecía a la vista; en el fondo, tras la sencilla cortina

de rojo terciopelo, con las armas de Butrón bordadas en el centro, que

cerraba la emboscadura del teatro, adivinábase, sin embargo, algo

masculino, algún espíritu no santo que tosía y estornudaba como el resto

de los mortales, porque dos toses y un estornudo, habían llegado al oído

avizor de la señora de Barajas, que estaba allí cerca; tocó con el codo

a su hermana, diciéndole muy bajo: «Aquí hay duendes»; y la otra, sin

volver la cabeza, contestó muy seria:

--Robinsón y su negro Domingo, que se habrán constipado en la isla

desierta.

Así era, en efecto: el gran Robinsón y el señor Pulido hallábanse tras

el telón, observando por los dos imperceptibles agujeritos que servían

en otro tiempo para registrar la sala a los ilustres actores que habían

pisado aquella escena aristocrática. El respetable diplomático parecía

inquieto, y el señor Pulido iba y venía sigilosamente de uno a otro

agujero, apretando los labios y moviendo la cabeza, con muestras también

de alguna zozobra.

La concurrencia era numerosa, escogida y a propósito para secundar los

planes del diplomático; mas notábase, sin embargo, un síntoma alarmante,

una peligrosa falta de disciplina en la mesnada aristocrática, las

alfonsinas de raza, pertenecientes, en su mayor parte, a familias de la

Grandeza. Habíanse sentado todas ellas hacia el lado izquierdo, formando

un grupo, y, cuchicheando y cambiando entre sí risitas y señas burlonas,

miraban entrar y amontonarse en el lado opuesto a las cursis radicalas,

con el aire de desdeñosa protección de la gran señora que permite a su

doncella sentarse a su presencia, a cuatro metros de distancia. Tan sólo

la duquesa de Bara, fiel a la consigna del caudillo, habíase apresurado

a sentarse entre las dos ministras cesantes: la de Martínez, mujer

sencillísima y modesta, que se hallaba allí como gallina en corral

ajeno, y la de García Gómez, cursi pretenciosa, que pretendía deslumbrar

a pájara tan larga como la duquesa con sus alardes de elegancia y de

buen tono.

En vano iba de un lado a otro la marquesa de Butrón, intentando, con su

fino tacto y sus delicadas maneras, ahogar en germen aquellos puntillos

mujeriles, aquellas vanidades alborotadas que amenazaban dar al traste

con la suspirada fusión a duras penas obtenida en el baile de Currita;

tan sólo pudo conseguir su ímprobo trabajo colocar a la duquesa de

Astorga, mujer bondadosísima, al lado de la excelentísima señora doña

Paulina Gómez de Rebollar de González de Hermosilla, cuya colosal figura

se destacaba sobre un asiento muy alto, aislada entre tirios y troyanos,

silenciosa y pensativa, cual Safo meditando su suicidio en lo alto de la

peña de Léucades.

Las carlistas, por su parte, pocas en número, pero en valor muy

aguerridas, formaban otro grupito sospechoso, teniendo al frente a una

viejecilla chiquitilla, flaca y nerviosa, de ojos vivísimos. Era la

baronesa de Bivot, ilustre catalana, que se removía sin cesar en el

asiento, esgrimiendo el abanico con el bélico ardor del veterano ansioso

de combate que huele la pólvora a lo lejos. Carmen Tagle la bautizó al

punto.

--Allí está _Zumalacárregui_--dijo a su vecina--. Mírala, el cuerpo le

pide pendencia.

El respetable Butrón se daba a todos los demonios temiendo una

catástrofe, y aplicaba el oído en vez del ojo al agujero, a ver si podía

pescar alguna palabrilla suelta que indicase el rumbo que tomaba la

tormenta. No se oía nada; un zumbido colosal de colmena en momentos de

mudanza, que le sacaba de quicio, poniéndole nervioso.

--¡Pero que siendo tantas no haya una sola que calle!--exclamó hecho un

basilisco; y el señor Pulido, sin perder su pausa, con filosófica

profundidad, replicó muy bajito:

--Las prefiero hablando, Pepe... Callar sería contra naturaleza.

Y en aquel momento, como si quisieran probar aquellas amables criaturas

que llevar siempre la contra es el rasgo peculiar del sexo, callaron

todas de repente, siguiéndose un silencio profundo, un _calderón_

prolongadísimo de cerca de un minuto, seguido, a su vez, de un allegro

alborotado, un crescendo inverosímil, rápido y vivace... Algo gordo

sucedía, y el respetable Butrón y el filosófico Pulido acudieron al

punto muy azorados a sus respectivos observatorios... Entraba la condesa

de Albornoz, con aquel paso de que habla Virgilio, que revela una reina

o una diosa, inclinando la cabeza con el aire de vanidad satisfecha de

aquel emperador romano que encogía la suya al pasar bajo los arcos de

triunfo, por miedo de tropezar en ellos con la frente; seguíala la

marquesa de Valdivieso, una de las cómodas amigas de fácil contener que

traía ella siempre a retortero para que la acompañasen como damas de

honor, sirviendo, según su frase, de marco a su elegancia.

Cogióla Leopoldina Pastor por las faldas, al pasar por su lado, y quiso

obligarla a sentarse entre ella y Carmen Tagle... Era necesario

escarmentar a aquellas indecentes radicalas que estaban allí con la boca

abierta, _dándose pisto_, soñando quizá con la presidencia...

--¡Míralas, qué retablo!...

Deseando estaba que Genoveva tomase la palabra para tener ocasión de

decir a aquellas cursis cuatro palabritas bien dichas, ¡pero iba a estar

aquello muy frío!... A ella le hubiese gustado discutir a caballo, con

los hunos de Atila. Dióle Currita cariñosamente en el hombro con el

abanico, murmurando: _C'est drôle_; saludó con una monísima cabezadita

al amplio círculo de sus ilustres amigas y dejóse llevar suavemente por

la Butrón al lado opuesto, sentándose, al fin, junto a la duquesa de

Bara y las dos ministras. Apretóle cariñosamente la mano a la de

Martínez, diciéndole: «¡Querida mía!», y manifestó a la García Gómez su

desolación profunda por no haberse encontrado el día antes en casa

cuando estuvo esta a visitarla.

--Coraje me dio al ver su tarjeta... Hubiera deseado que charlásemos un

rato... Quiero que seamos amigas...

La García Gómez creyó reventar de dicha ante honra tan repentina, y

miraba a todas partes, tan oronda y satisfecha entre aquellas dos

grandes de España como la rata de la fábula en el queso de Holanda.

María Valdivieso, con prudencia inusitada en ella, mordíase los labios

para no soltar la risa. El venerable Butrón seguía desde su agujero toda

aquella pantomima, y murmuraba nervioso y exaltado:

--¡Bien por Currita!... ¡Es lista esa _mona Jenny_, caramba!... ¡Con que

María Villasis haga lo mismo, triunfamos!

El señor Pulido, profeta siempre de desdichas, se permitió dudarlo; su

olfato finísimo había adivinado un escollo en que el respetable Butrón

no paraba mientes.

--Aquella trae ya cara de presidenta, Pepe--dijo.

--¿Quién?...

--La Currita, Pepe... ¡Te lo dije!...

Pequeñeces · 第 20 / 35 段