por un momento dudó de ser elegida, y pareciéndole que tras del baile
había de venir la presidencia, de manera tan lógica y fatal como tras de
la noche viene el día, había ya comunicado varias órdenes al tío
Frasquito, gran maestre de los micos de su guardia, y confiado a María
Valdivieso aquella misma tarde, en el camino, varios de los mil
regocijos caritativos que a beneficio de los heridos del Norte
proyectaba, y sobre todo, una _kermesse_ famosísima que había de
producir millones y millones.
Púsose Butrón al oír a Pulido muy enfadado, levantando los brazos como
si quisiese coger las bambalinas.
--¿Que trae cara de presidenta?... ¡Pues se quedará con la cara,
Pulido!... ¡No faltaba más! Una mujer sin crédito, sin pizca de
vergüenza... Me espantaba toda la gente de sacristía... ¿Qué diría el
arzobispo cuando fuera a pedirle la bendición para la obra?... María
Villasis es la única..., la única, Pulido.
Nueva manifestación de duda de la ninfa Egeria, acompañada siempre del
vocativo de su Numa Pompilio, fórmula de la íntima y familiar amistad
que le unía con el personaje.
--Lo dudo, Pepe...
--¿También a esa la encuentras peros?...
--La encuentro calabazas, Pepe...
Butrón, muy incomodado, dio media vuelta diciendo que más bien serían
camuesas, y el señor Pulido, sin perder su paz, repitió muy bajito:
--Digo calabazas, porque no vendrá, Pepe...
--¿Que no vendrá?...
--Es muy propensa a constipados... Acuérdate de la última junta, Pepe.
--Que viene, hombre, que viene... Si se lo prometió ayer a Veva, que la
mandé yo expresamente.
Y así era, en efecto: la marquesa de Butrón había estado la víspera en
casa de la Villasis a pedirle por todos los santos del cielo que no
dejara de asistir a la junta; la pobre señora parecía azorada, y
pedíaselo con tal ahínco, como si le fuera en ello la vida. La Villasis,
sin embargo, no se mostraba muy propicia, y echándose a reír, le dijo:
--¿Pero qué falta hago yo, mujer?... La misma que los perros en misa...
--No digas eso, María, porque ni tú misma lo crees--replicó la otra muy
apurada.
--Pues mira, Genoveva, te seré franca... Si fuera cosa tuya..., tuya
exclusivamente, iría con el alma y con la vida... Pero tratándose de lo
que se trata..., vamos... que no me gusta ese _barrer para adentro_ de
tu marido, que la pone a una siempre en el riesgo de tropezarse con
basura... Y, francamente, no quiero ponerme en el caso de encontrarme
mano a mano con una... Curra Albornoz u otra de su ralea.
--Tienes razón... ¿Pero qué se le va a hacer, si Madrid es un lodazal?
--No, no es un lodazal; porque tú y yo y otras muchas somos Madrid y,
gracias a Dios, no somos lodazales... Di más bien que en Madrid _hay un
lodazal_, que puede perfectamente evitarse andando con la ropa un
poquito recogida... Pero, sin duda, es el maldito lodazal de agua de
colonia, y como huele bien, a pocos veo que les repugne zambullirse
dentro.
--Pero mi casa no está en ese lodazal, María.
--Lo sé; lo sé mejor que nadie, porque como nadie te conozco y te
quiero... Por eso yo no me niego a ir a tu casa, sino a la junta _que
tu marido hace celebrar en tu casa_. ¿Me entiendes?
Y como si temiese que la otra encontrase la distinción harto metafísica,
apresuróse a torcer un poco el camino, añadiendo prontamente:
--No creas, por eso, que me niego también a contribuir a los fines de la
asociación como una de tantas... Sé muy bien que lo de socorrer a los
heridos es una pantalla; que se trata de preparar al ejército... No
importa: yo también contribuiré a ello, pero sin disfrazarlo de obra
caritativa... Lo hago, porque he visto nacer al príncipe y le miro y le
quiero como cosa mía; y lo hago, sobre todo, porque se me ha prometido
solemnemente que el primer cuidado de la Restauración será restablecer
la unidad católica; que sin este requisito, nada, nada haría.
La Villasis se detuvo un momento, y sin el menor alarde de esplendidez,
con la sencilla naturalidad de quien ofrece una cosa insignificante,
añadió en seguida:
--Por eso, en cuanto quieras disponer de ellos, tengo a tu disposición
diez mil duros... Si más pudiera, más daría.
La oferta de aquel cuantioso donativo no deslumbró a la de Butrón;
habíase turbado mucho mientras hablaba su amiga, y moviendo la cabeza
vivamente dijo:
--Lo creo, porque naciste para ser rica y sabes serlo... ¡Pero tu
nombre, tu nombre vale más que los diez mil duros!...
Y la otra, dándole palmaditas cariñosas y remedando su mismo tono
lastimero, añadió en son de burla:
--Pues mi nombre, mi nombre es justamente lo que no doy... Díselo así a
tu marido.
La de Butrón dejó caer ambas manos abatida y dijo con voz acongojada,
imperceptible casi:
--¡Dios mío!... ¿Y cómo le digo yo eso?...
Y de repente, dejando escapar un súbito sollozo, tapóse el rostro con el
pañuelo, y un llanto desconsolador brotó de sus ojos, revelando un
profundo abismo de amargura, un dolor hasta entonces callado y oculto.
Quedóse un momento suspensa la Villasis, atónita y afligida por el temor
de haber causado aquella honda pena.
--¡Pero, Genoveva, por Dios!... ¿Te he ofendido?...
La otra meneaba vivamente la cabeza, intentando decir entre sollozos:
--No..., no..., no... Es que Pepe...
--Pues bien, ¡no le digas nada!... ¿Quieres tú que vaya?... Pues iré,
iré de mil amores... ¿Cómo había yo de imaginarme que iba a causarte esa
pena?
Y tan afligida como su amiga, estrechaba entre las dos suyas una de sus
manos, mientras la de Butrón, sin quitarse el pañuelo del rostro, cual
si la vergüenza, al par que las lágrimas, la ahogaran, tartamudeaba:
--Pepe..., el pobre..., es tan violento...
Esta última palabra fue para la marquesa de Villasis un rayo de luz que
le descifró el enigma: cruzó las manos con un gesto de ira, de sorpresa,
de lástima profundísima, de compasión sin medida... ¡Luego era verdad,
luego era cierto el chisme que varias veces había llegado hasta ella de
que el noble Butrón, el leal caballero, el correcto diplomático,
maltrataba con frecuencia a aquella esposa modelo, aquella ilustre
señora, aquella débil anciana que sollozaba allí, ocultando la vergüenza
de su marido en el fondo de su pecho, envuelta en su propia desdicha!...
Un violento impulso de noble ira se levantó pujante en su corazón, y
hubiera querido arrancar del todo a la infeliz su secreto, no sólo para
remediar su dolor, sino también para vengarlo. Mas la noble anciana,
fiel a su decoro de esposa, guardó ese difícil silencio con que las
almas heroicas saben coronar una de las penas más vivas que existen en
la tierra: el sacrificio despreciado, el sacrificio inútil, y la
marquesa de Villasis no se atrevió a interrogarla; el primer cuidado de
la delicadeza, al consolar un dolor, es respetarlo, y nada hiere tanto
una pena como la curiosidad, sacrilegio, por decirlo así, de la
impertinencia.
Un llanto callado, el más sublime de todos los llantos, el llanto de la
caridad, que cuando no remedia ni alivia consuela, llorando con el que
llora, brotó entonces de sus ojos, y tan sólo al asegurarle una y mil
veces que iría con sumo gusto al día siguiente a su casa, atrevióse a
añadir con uno de esos brotes del corazón en que aparece la amistad tan
santa y tan bella:
--¿Quieres otra cosa, Genoveva?... ¿Te puedo servir en algo más?
¡Dímelo!...
Otro quejido que revelaba el complemento de los grandes dolores, la
falta del último consuelo, la soledad del alma, se escapó entonces de
los labios de la anciana.
--¡Sí, sí, de mucho!... ¿Pues no lo ves? ¡Para poder llorar delante de
alguien, para tener quien llore conmigo!...
Y al despedirse, serena ya del todo y consolada en lo posible, dijo a la
Villasis con intención marcadísima:
--Te advierto que yo sólo te he pedido que _vengas mañana a casa_... De
lo demás que pudiera sobrevenir nadie me hará responsable, y puedes
negarte sin miedo.
Y añadió con tristísima sonrisa:
--Si yo estuviera en tu caso, haría lo mismo.
--VI--
La marquesa de Villasis tardaba; eran ya las tres y media y el
respetable Butrón sentía angustias de muerte, temiendo verse por segunda
vez chasqueado por la dama. Con el ojo pegado al agujerillo del telón
disimulaba su mal humor y sus temores, por no exponerse a las machaconas
observaciones del señor Pulido, mientras observando este por el otro
agujero, se afirmaba más y más en los suyos, ofreciendo ambos al que
entraba por el fondo del teatro un espectáculo original y extraño en
demasía. Hallábanse los agujeros bastante bajos por estar disimulados,
en el lado opuesto, entre el bordado del escudo, y hacíase preciso, para
observar por ellos, ponerse en cuclillas, posición harto molesta, muy
semejante, por no citar otras, a la que usan los salvajes de Ohio para
deliberar en el Consejo. Ovidio no refiere si el enamorado Píramo se
ponía en actitud tan cómica cuando buscaba en la muralla una hendidura
por donde contemplar a Tisbe; si así era, fortuna tuvo el galán en no
ser visto por la dama.
De repente, sonaron hacia el fondo del teatro pasos importunos, que
hacían crujir las tablas del escenario; furioso Butrón volvióse agitando
las manos extendidas e interpelando en colérico _sotto voce_ al
imprudente, como al bueno de Kent el rey Lear:
--¡Despacio, demonio, despacio!...
Era el tío Frasquito, que llegaba atropellando la consigna de no
permitir la entrada en aquel recinto, apresurado y ansioso por ver lo
que pasaba en el congreso femenino, luciendo una corbata vistosísima,
prenda hermafrodita en que profundos observadores suelen encontrar,
reflejado con frecuencia, el carácter moral del individuo. La del tío
Frasquito era la corbata de gran maestre de los micos de Currita, de
seda azul japonesa, sujeta coquetamente con el alfiler de una sola
perla. Habíale encargado la Albornoz venir a buscarla a casa de Butrón,
para darle sin pérdida de tiempo sus primeras disposiciones de
presidenta.
Hizo el recién venido al diplomático mudas señas de que no se molestase,
y renegando _Robinsón_ por lo bajo, volvió a su observatorio, encargando
disimuladamente al señor Pulido que saliese a repetir a los criados la
rigurosa consigna. Mas temeroso este de que le usurpara su puesto el
intruso, hízose el desentendido, dejando abierta la puerta a la mayor
calamidad que por ella pudiera entrarse.
Mientras el tío Frasquito buscaba en vano otro agujero y decidíase, no
encontrándolo, a abrirlo él mismo disimuladamente con un cortaplumas,
una gran sombra apareció en el fondo de la escena, deslizándose muy
despacio, con el cuerpo agobiado, los pies arrastrados, la mano
extendida... Era Diógenes, el cínico Diógenes, que al ver a los tres
personajes pegados al telón, vueltos de espalda y puestos en cuclillas,
detúvose un momento, dejando escapar una risa silenciosa, risa de
chacal, risa de hiena, que de verla el tío Frasquito hubiera sentido
erizarse los pelos e su peluca. Cruzóse de brazos, movió de arriba abajo
la gran cabezota y desapareció sigilosamente por entre los bastidores,
metiéndose luego por debajo del escenario como un nihilista que se
zambulle en el centro de la tierra para fraguar siniestros proyectos...
--¡La Villasis! ¡La Villasis!--susurró en aquel momento Butrón con aire
de triunfo; y pegó al punto el ojo al agujero, para no perder ningún
incidente de la escena que iba a seguirse.
La marquesa entraba, en efecto, causando su presencia un movimiento
general de sorpresa, seguido de un murmullo prolongado que disipó las
angustias de Butrón, hizo sonreír triunfalmente a la de Bara y morderse
los labios a Currita, adivinando desde luego una rival, la más temible,
porque era la más detestada. En la conciencia de todas las señoras
presentes brotó al mismo tiempo la idea de que aquella era la llamada a
ser la presidenta, porque a todas se imponía la marquesa por diversos
conceptos: las sensatas y honradas admiraban en ella el tipo de la gran
señora de virtud y de prestigio, digna y afable, que, firme en sus
convicciones en medio de una sociedad frívola y corrompida, imponía
sobre todos, callando siempre, la poderosa crítica del buen ejemplo. Las
otras, más ligeras o menos honradas, veían, sin embargo, en ella la
mujer de talento, la dama de gran nombre, de riquezas inmensas, de
carácter firme e independiente, que sin prescindir jamás de las justas
conveniencias que exige un rango elevado, sabía sacudir toda imposición
que repugnase a su conciencia o a su decoro, constituyendo así lo que
admiran tanto las medianías rutinarias, que sólo saben copiar lo que
halaga la vanidad o seduce al instinto: un tipo original, genuinamente
noble, digno y honrado.
Algunas, ignorando, como ignoraban todas, excepto la Butrón y la de
Bara, el modo cómo había de nombrarse la junta, dejaron escapar la idea
entre sus misteriosos cuchicheos, y la señora de Martínez, con ingenua
sinceridad, algún tanto lugareña, soltó esta frase, que hubiera
provocado en otra ocasión las crudas sátiras de la de Bara:
--¡Esa sí que es una marquesa de veras!...
María Valdivieso, con su falta de tacto acostumbrado, inclinóse hacia
Currita como para quitarle una pelusilla que desperfeccionaba el
complicado lazo de las bridas de su sombrero y le dijo muy bajo:
--¿Eh?... ¿Qué tal?... Con esta prójima no contábamos... ¿Te
inquieta?...
Irguióse la otra como una Juno a quien dijeran que la ninfilla más
patimondada del Olimpo iba a sentarse en su carro tirado por pavos
reales, y contestó desdeñosamente:
--¿A mí?... Jamás me ha merecido ni un bostezo, que es el último de los
gestos despreciativos...
También la marquesa de Villasis hacía sus observaciones. Tendió la
vista por la sala y pudo contemplar, desde luego, el Madrid heterogéneo
de siempre, en que la virtud y el vicio se mezclan en amigable
consorcio, representando la historia eterna de la manzana podrida que
comunica a las sanas su podredumbre y sus gusanos, sin tomar de ellas ni
el sabor exquisito, ni la fragancia saludable; la indecorosa y dañina
mescolanza de grandes nombres y grandes vergüenzas, honras sin tacha y
reputaciones escandalosas, revestidas todas con el mismo brillante
barniz de formas elegantísimas, barajadas y confundidas por el mismo
apetito ciego de placeres, por los mismos impulsos necios de vanidad,
por el mismo afán irresistible de sacudir el ocio, de distraer el tedio,
espantosa y continua tentación de los grandes y de los ricos, que les
arrastra a todas sus extravagancias y les lleva a todos sus extravíos.
--¡Señor!--pensaba la dama--. ¡Qué grande obra sería la de deshacer esta
mescolanza que repugna, que envenena, que liberta el vicio de toda
sanción social que le marque la frente como con una señal de infamia, y
lo contenga, ya que no con el temor de Dios, con la vergüenza al menos y
con el respeto humano; que familiariza con el escándalo hasta a las
conciencias más rectas, y destruye la poderosa barrera de horror y de
extrañeza que debe separar al bueno del escandaloso, y comenzando por
hacer a este tolerable, acaba por hacerle pasar por imitable!... ¡Qué
grande obra haría quien con el mismo espíritu de caridad cristiana con
que se fundan asilos para huérfanos y casas de refugio para doncellas en
peligro, fundase _un salón_ para mujeres _honradas_ y hombres
_decentes_, en que sin riesgo alguno de mal ejemplo pudiese encontrar la
juventud las justas, legítimas y aun necesarias distracciones propias de
sus años; hallar sin desvergonzada levadura ese trato señoril y digno a
la vez que alegre y placentero, que afina y suaviza las inclinaciones
del hombre, fortalece y alecciona las de la mujer, y fomenta el trato
mutuo y el mutuo conocimiento de que brotan castas simpatías, germen de
puros y tranquilos amores, que sirven de base solidísima a matrimonios
felices y meditados, de que nacen luego familias cristianas y
ejemplares!... Y la caridad, la caridad derivada del cielo, única santa
y legítima, que todo lo ve con sus ojos de lince, que todo lo abarca con
su actividad insaciable, que todo lo precave con su perspicacia amorosa,
y no deja dolor sin alivio, ni pena sin consuelo, ni llaga sin remedio,
¿no se ha fijado nunca en esta úlcera ensangrentada?... ¿Acaso es más
digna de lástima la pobre labriega, la infeliz criada de servicio que el
abandono precipita en un lodazal de escaleras abajo y salva la caridad
en una casa de refugio, que la encopetada señorita, la rica heredera que
un abandono distinto, sólo en la forma, precipita del mismo modo en otro
lodazal de salones adentro?... ¡Y pensar que no es tan difícil el
remedio como a primera vista parece; que bastaría quizá que una mujer de
prestigio y de energía, cerrando los oídos a indecorosos respetos
humanos y a culpables condescendencias sociales, fundase, por el amor de
Dios, un _salón de refugio_, lanzando a los cuatro vientos de la alta
sociedad madrileña, por toda esquela de convite, esta estupenda noticia:
«La marquesa tal, o la duquesa cual, se queda todas las noches en casa,
para las señoras honradas y los caballeros decentes»!...
Y cuando algo muy hondo, pero muy claro y distinto, le decía a la
Villasis en el fondo de su conciencia que ella podía y aun debía ser
aquella tal marquesa o aquella cual duquesa, vino a distraerla de sus
extrañas reflexiones la voz de Genoveva Butrón, que dando ya por reunido
el congreso femenil, comenzaba a exponer el objeto de aquella junta.
La marquesa ateníase en sus palabras a la pauta trazada de antemano por
Butrón, evitando con habilidad suma los puntos escabrosos y las mentiras
gordísimas marcadas por el diplomático; hablaba muy despacio, con
sencillez exenta de toda pedantería y el aplomo y la seguridad que dan a
las personas nacidas y criadas en altas esferas el trato continuo de
gentes y la conciencia de su propia grandeza. Butrón, en cuclillas,
delante de su agujero, seguía con el alma en un hilo el discurso de su
mujer, extendiendo las manos y llevando el compás como un director de
orquesta que dirige una partitura, o como un magnetizador que desprende
de sí con extraños pases el misterioso fluido. Quedó bastante
satisfecho.
La miseria en que yacían los infelices soldados heridos en la campaña
del Norte era grande y dolorosa, y debía precisamente despertar en el
corazón de todas las señoras españolas los sentimientos más
compasivos... Por eso habíase atrevido ella, la Butrón, a citar a todas
las presentes para pedirles, por amor de Dios y compasión hacia aquellos
infelices, que uniesen sus esfuerzos para socorrerlos, formando una
asociación de señoras que, propagada por todas las provincias, pudiera
allegar cuantiosos recursos para este objeto.
A esto se redujo la primera parte del discurso de la marquesa, que fue
escuchado con religioso silencio. Hubo una pausa, en que las diversas
fracciones se miraron unas a otras, alerta todas, silenciosas, con la
solemne expectación de ejércitos enemigos que esperan para venir a las
manos el sonido de la primera descarga.
La baronesa de Bivot, el bizarro _Zumalacárregui_, rompió el fuego la
primera con la certera puntería de la lógica más exacta.
--El pensamiento no puede ser más caritativo ni más santo, y supongo que
merecerá la aprobación de todas estas señoras, como merece la mía--dijo,
echándose lentamente fresco con el abanico--. Pero debo hacer notar que
en la campaña del Norte hay dos ejércitos _españoles_...
Y la pícara vieja acentuaba lo de _españoles_ con una ambigua risita
que hacía saltar a Butrón detrás de su agujero...
--...Uno del Gobierno y otro carlista: en los dos hay heridos y en los
dos hay miseria... Supongo, por lo tanto, que esos recursos que se
alleguen se dividirán en dos partes iguales: una para los heridos del
Gobierno y otra para los carlistas...
Silencio sepulcral en toda la sala y saltos nerviosos de Butrón, que
bufaba fuera de sí en su escondite.
--¡El demonio de la vieja!... ¡Pues no faltaba más!... ¡En eso estaba yo
pensando! ¡En que con los fondos de mi asociación comprasen fusiles los
carlistas!... ¡Y la estúpida Veva se calla!... Contesta, Geno, demonio:
contesta que no, que se vaya si quiere, que no saca de aquí un ochavo...
¡La denuncio primero!
Aturdida, la marquesa no contestaba, en efecto, porque ninguna respuesta
tenía aquella lógica observación, tan oportuna e inesperada. La
Villasis, compadecida de la angustia de su amiga, acudió al punto en su
auxilio.
--La baronesa tiene mucha razón--dijo--; pero sin duda no se ha fijado
en un inconveniente insuperable... El Gobierno permitirá, sin duda, que
se repartan en el ejército toda clase de recursos; pero imposible es que
tolere el pase de dinero alguno para los carlistas... Por eso, la
asociación tendrá que limitarse a socorrer a los heridos del ejército,
dejando que secretamente acudan todas las que quieran al socorro de los
carlistas...
Y dirigiéndose a la baronesa, añadió con significativa sonrisa:
--Supongo, baronesa, que usted conocerá bien el camino; pero si alguna
no lo conoce, yo puedo indicarle un medio muy seguro por donde enviar
socorros a esos infelices, que no están menos necesitados, ni son menos
dignos... Yo tengo tirado ya mi plan: la mitad de lo que pueda dar lo
entregaré a Genoveva; la otra mitad la enviaré por este conducto de que
hablo a los carlistas...
¡Bonito se puso Butrón! A las primeras palabras de la marquesa, respiró
con fuerza, murmurando: «No está mal el remedio». Mas cuando vio, por el
giro que daba la dama a su respuesta y por el plan que exponía, que no
era una estratagema la que usaba, sino un verdadero proyecto que podían
imitar otras muchas, saltó fuera de sí muy incomodado, gruñendo entre
sus bigotes puestos en punta:
--¡Demonio..., demonio..., demonio!... Si el remedio es peor que la
enfermedad, si lo echa todo a rodar con eso... Se lleva la mitad, nos lo
quita, nos lo roba...
El señor Pulido, con su flemática suavidad, díjole entonces:
--Descuida, Pepe..., pocas darán si hay que dar en secreto...
El valiente _Zumalacárregui_, parado en firme con la réplica no menos
lógica de la Villasis, replegó su guerrilla y parapetóse en el monte
Aventino, con una retirada digna de Jenofonte.
La marquesa de Butrón aprovechó tan favorable coyuntura para reanudar su
discurso por la parte más espinosa... Era necesario nombrar una junta
directiva, y a este propósito iba a leer una candidatura formada con el
consejo de personas autorizadas, para sujetarla a la aprobación de
todas las señoras presentes.
El golpe era atrevido y la imposición resultaba manifiesta; preciso era
suponer que nadie osaría oponerse a un plan propuesto en su propia casa
por dama tan respetable... El silencio era profundo y hubiérase podido
oír el inquieto pestañear de Butrón y de Pulido, pegados a sus agujeros;
los resoplidos que costaba al tío Frasquito mantenerse tieso en su
incómoda postura, y los amagos de risa de Diógenes, que, metido en la
concha del apuntador, frente al telón y de espaldas a la concurrencia,
ocultábase a todos, oyendo a unos y otros, y maquinando, sin duda, algún
plan endiablado que le hacía reírse a sus solas.
La marquesa sacó un gran pliego y comenzó a leer esforzando la voz un
poco:
--Presidenta: excelentísima señora marquesa, viuda de Villasis.
Murmullo general de aprobación... Brusco movimiento de Currita y
repentina llamarada de ira, de rabia reconcentrada presta a desbordarse
en sus claras pupilas... Tras el telón, Butrón sonríe satisfecho y
Pulido suspira desahogado; el tío Frasquito, sorprendido y acongojado al
ver a su reina destronada, pierde el equilibrio y se agarra al telón,
poniendo en riesgo el que guardan sus compañeros: mudos ademanes y
miradas furibundas de estos le llaman al orden... En la concha, Diógenes
hace una mueca que quiere decir: «¡Estáis frescos!», y prosigue riéndose
solo... La marquesa de Butrón continúa leyendo:
--Vicepresidenta: excelentísima señora condesa de Albornoz.