Sonó un ruido; Lilí dio un codazo a su hermano; susurróle al oído:

--¡Ya viene!--Y se encogió mucho, mucho...

Y venía, en efecto; pero no venía sola... Venía con ella el tío Jacobo,

hablando de cosas que ellos no entendían, ¡qué fastidio! Deudas que era

menester pagar, acreedores que querían cobrarse, una firma que era

necesario sorprender a Villamelón al pie de un pagaré por tres veces

protestado... Un préstamo, un mero préstamo pagadero al verificarse la

Restauración, cuando pudiera él cobrar lo que habían valido ciertos

misteriosos papelitos...

Jacobo hablaba con voz desmayada, y animábale Currita, muy alegre, muy

satisfecha, diciendo a todo que sí, que no tuviera cuidado... De pronto

miró al caballete.

--¿Qué es eso?...

Los niños no respiraban y apretábanse mucho, muy pegaditos, muy

pegaditos... Sonó entonces una carcajada.

--¿Has visto?...

Otra risa de hombre, la del tío Jacobo, hizo coro a la primera, oyéndose

esta vez:

--¡Valiente majadero!...

Y volvieron a reírse los dos, el tío Jacobo y la madre, con una risa que

desconcertó por completo a los niños, porque no era la risa alegre,

tierna, agradecida, rebosando amor y ternura de madre que ellos

esperaban, sino una risa acre, burlona, desvergonzada, que les

recordaba, sin saber por qué, la que usan para insultarse las mujeres

malas de la calle...

--¡Qué ocurrencia!... ¡Pobres criaturas!... ¡Y qué feísimo está el

babieca!... Mira, parece que tiene dolor de muelas. ¡Qué delicia!...

--Y el chico le coronó de firme...

--¡Pues es verdad!...

Hubo entonces un infame cuchicheo de risas y palabras entrecortadas...

Algo cogieron de una mesa, algo pusieron en el retrato, y de nuevo

resonaron aquellas carcajadas que hacían daño.

Los niños nada decían; habíanse apartado el uno del otro como si

temieran comunicarse sus impresiones, y estaban allí acurrucados,

quietos, muy calladitos..., muy calladitos...

Un criado entró en el estudio anunciando que el almuerzo estaba servido,

y Jacobo y Currita se fueron a poco sin volver a ocuparse más del regalo

de los niños.

Paquito salió el primero: tenía el aire de un chico que ha sentido en

una pesadilla un peso enorme, que no ve, ni palpa, ni comprende, pero

que le oprime y le anonada y le deja el pecho jadeante. Lilí salió

después y se le quedó mirando; los dos se acercaron al retrato.

--¡Uy!--dijo Lilí desolada--¡Lo que le han puesto!...

Una mano infame había trazado con carbón de diseñar, en los dos ricitos

del retrato, la prolongación más sarcástica, el insulto más villano.

El niño se puso muy rojo, luego pálido, muy pálido. Cogió el retrato,

escondiólo bajo el gabán y fuese hacia la puerta sin decir palabra. Lilí

se puso a llorar; entonces volvió el niño y le dio un besito.

--No llores, tonta...

Él no lloraba; estaba muy serio, con las naricillas pálidas, la boca

seca, blancos los labios... Empinó el dedo y dijo mirando a la alfombra:

--Y no digas nada a mademoiselle... ¿Sabes? Nada, nada... Yo me voy a mi

cuarto.

Y se fue a su cuarto el inocente, y allí, en aquella soledad en que

nadie había de consolarlo, lloró a lágrima viva, lloró a raudales...

Porque sentía una pena profunda que le destrozaba el corazón sin

comprenderla, como destroza las entrañas sin dar la cara un cáncer

oculto; porque sentía una vergüenza, por decirlo así, anónima, que le

hacía ocultar el rostro bañado en lágrimas en la blanca almohadita... ¿Y

por qué, por qué sentía él aquella vergüenza, si era bueno y amaba a su

padre y a su madre, y adoraba a Lilí, y tenía siempre notas de

sobresaliente, y le rezaba a Dios todos los días, y también a la Virgen

Santísima que estaba allí delante, en un cuadro, con el Niño en los

brazos?...

Se serenó un poco. ¡Oh! Qué feliz debió de ser aquel Niño divino con

poder llamar a aquella Madre tan pura: ¡Madre!... ¡Madre!...

Muy pocos días después Currita retiró repentinamente a su hijo del

colegio de Nuestra Señora del Recuerdo. Contaba ya el niño doce años, y

el padre rector manifestó a su padre, un día de visita, que era menester

disponerle para recibir la primera Comunión. Currita no estaba delante,

y Villamelón se apresuró a aprobar la idea. Quería él, ante todo, que su

hijo fuese cristiano.

--Y no crea usted, padre rector, esto me viene de casta. Mi mujer es

parienta de san Francisco de Borja y yo lo soy de santa Teresa, y por

los Benedetti, de san Francisco de Caracciolo...

¡Ah! Los Villamelón habían sido siempre muy piadosos... Celebraban todos

los años una novena a san Roque, abogado de la peste, en Quintanar de

Oreja, donde tenían posesiones. El era patrono de la iglesia y tenía

facultad para nombrar al párroco.--¿Usted me entiende, padre rector?...

El rector lo entendió muy bien, y confiando en san Francisco Caracciolo,

dio otro paso adelante; la fiesta de la primera Comunión había de

celebrarse el 19 de marzo, día de san José, y parecía natural, era muy

conveniente, sería muy edificante que él, padre del niño, y la señora

condesa, su madre, le acompañaran a la Sagrada Mesa. También aceptó

Villamelón.

--¡Sí, señor, padre rector, comulgaré con mi hijo!... Mi santa madre lo

decía: conviene tener con Dios ciertas atenciones. ¿Usted me

entiende?... Y además, esas escenas de familia me conmueven; yo aspiro a

una familia patriarcal... Mi madre era una santa; mi mujer es un ángel

que se mira en mis ojos y no tiene voluntad propia: Currita, esto;

Curra, lo otro, eso hace. ¿Usted me entiende, padre rector?...

El rector, que era escrupuloso, no se atrevió a decir que entendía por

miedo de soltar una mentirilla, y Villamelón prosiguió con el aire de un

monarca que se brinda a ser padrino de un pordiosero:

--Pues nada, padre rector, comulgaremos los dos con el niño, y yo, no

crea usted, vendré de uniforme.

El rector, que cazaba de largo y veía venir las cosas de lejos,

prevínole que sería conveniente vinieran ya los dos confesados al

colegio, porque los padres de allí andaban siempre faltos de tiempo y

quizá les fuera imposible despacharlos.

--Corriente, padre rector, corriente... Yo tengo mi confesor fijo; nunca

me he confesado con otro... El padre Pareja, excelente sujeto. ¡Un

santo, padre rector, un santo! ¿Usted me entiende?

El padre rector lo entendió tan bien, que estuvo a pique de soltar la

risa. El padre Pareja, confesor ordinario del señor marqués, había

muerto diez años antes.

Villamelón volvió a su casa muy satisfecho y refirió a Currita el

compromiso que había contraído. Ella, con la rápida percepción de su

claro entendimiento, comprendió al punto todo lo grave del compromiso, y

una idea horrible, la del sacrilegio, cruzó por su mente cual un pájaro

siniestro... Mas se detuvo asustada ante ella, porque aun la mala mujer

española es rara vez impía; allá, en el fondo de su corazón, cree

siempre y teme, y menos aterra el sacrilegio a la falsa devota que a la

francamente escandalosa. Su fecunda imaginación ofrecióle al punto otro

expediente digno de la superiora de Port-Royal, la mística jansenista

Sofía Arnaud.

--¿Pero qué estás diciendo, Fernandito?... ¿Comulgar un niño de doce

años?... ¡Qué barbaridad!... Eso es una irreverencia y yo no puedo

permitirlo.

Villamelón abrió la boca espantado.

--Pero, mujer, Curra, ¿sabes?... Si el padre rector dice que sí...

--Pues yo digo que no. ¡Nadie comulga en Francia antes de los catorce

años... lo menos!

--Pero como estamos en España...

--Mira, Fernandito, vida mía; te he dicho que no hables en ninguna

parte... Eso no es cuestión de clima. ¿Te enteras?... De modo que mañana

vuelves al colegio y le dices a ese señor rector, de mi parte, que yo no

permito que Paquito comulgue sin estar convenientemente preparado... ¡He

dicho!

En vano alegó el padre rector que el niño lo estaba de sobra, que aquel

rigorismo francés era un resto del jansenismo que las indicaciones de la

Iglesia y el celo del clero habían ya hecho desaparecer por completo, y

que era una maldad, un verdadero delito, privar por tanto tiempo a un

alma inocente del auxilio de un sacramento que obra ex opere operato...

Villamelón se encogía de hombros, no comprendiendo bien de qué _óperas_

se trataba; los astutos escrúpulos de Currita no cedían, y sospechando

el padre rector la hipócrita hilaza, dijo terminantemente que, de seguir

el niño en el colegio, comulgaría el día de san José, sin el permiso de

sus padres. Indignóse con esto Currita, y para evitar la horrenda

profanación, apresuróse a retirar al niño.

Entonces comenzó el inocente a fijar su candorosa atención en las

extrañas escenas que pasaban en su casa. Solo casi siempre el pobre niño

escapábase a las caballerizas, donde pasaba la mayor parte del día entre

lacayos y mozos de cuadra, escuchando conversaciones que al principio le

hacían enrojecer y acabaron por hacerle reír, a medida que se le iba

encalleciendo el pudor, especie de epidermis delicadísima que preserva

la pureza del alma. El enano don Joselito le divertía mucho, y a él

acudía con dudas misteriosas que el malvado pigmeo se apresuraba a

resolver, poniéndole de manifiesto secretos tan curiosos como los que

descubría a su discípulo el Diablo Cojuelo, el impuro y asqueroso

Asmodeo...

El niño iba atando cabos.

Vino entonces a la corte una famosa compañía dramática francesa, y

Currita mandó reservar el abono de un palco para que fuesen los niños

todas las noches al teatro. Hablaban aquellas criaturas un francés tan

chabacano, tan de provincia, que era preciso aprendiesen de viva voz el

puro acento parisiense. En aquella escuela de acento y de prosodia

siguió el niño atando cabos, y un día, después de una larga conversación

con don Joselito, en que el maldito enano tanteó todo lo que podía

esperar su codicia de aquel ánimo generoso si conseguía iniciarle de una

vez y guiarle más tarde por los laberintos del vicio, el niño ató el

último cabo... Desde entonces varió de carácter; había visto más de lo

que esperaba ver, y una gran vergüenza clara ya y distinta, y un odio

feroz, implacable y reconcentrado, nacieron a la vez en su corazón,

impidiéndole aquella levantar los ojos delante del último lacayo,

haciéndole este afilar en silencio el puñal de su rencor, para cuando él

fuera hombre, para cuando él mandara en su casa...

Su padre le inspiraba desprecio, su madre despego, y sólo seguía

adorando a Lilí, único ángel que quedaba ya en la casa. En cuanto a

Jacobo, evitaba su presencia en lo posible, y más de una vez sorprendió

Currita, con verdadero miedo, en los ojos del niño una mirada de rencor

profundo, que relucía entre sus largas pestañas rubias como un acero al

salir de la vaina. Dedicóse entonces con ardor a la pintura, y pasaba

largas horas pintando en su caballete, teniendo a Lilí sentada a su

lado, cual si fuese el ángel de su guarda. Así los sorprendieron aquel

día los que para trazar el plan del baile de trajes entraban con

Currita, y los niños, resistiendo a la curiosidad, permanecieron en su

rincón callados e inmóviles. Mas cuando Celestino Reguera comenzó a

formar sobre el tablero maqueado las magníficas piezas del ajedrez, y se

puso Jacobo a explicar el pintoresco modo como habían de moverse al

jugar la partida las personas que las representaran, Lilí no pudo

resistir la tentación y aproximóse al grupo de puntillas, haciendo señas

silenciosas a su hermano para que viniese. ¡Era aquello tan bonito!...

El niño se decidió al fin, y levantóse para mirar un momento, con la

paleta en una mano y el tiento en la otra. Había crecido mucho, iba ya a

cumplir trece años y prometía ser muy lindo de cara, y de cuerpo esbelto

a la vez que fornido. Acercóse al grupo, sonriendo a Lilí, y púsose a

mirar, empinándose un poco, por detrás de su madre y al lado mismo de

Jacobo. De repente, en el calor de su explicación, hizo este un brusco

movimiento con el brazo y pegó en la paleta del niño; desprendiósele

esta con fuerza de la mano, y fue a caer sobre la manga izquierda de

Jacobo, manchándosela toda de pintura. El muchacho retrocedió un paso,

poniéndose lívido.

Volvióse Jacobo colérico, soltando impaciente una sucia palabrota, con

esa obscena grosería que se oculta con frecuencia bajo las pulidas

formas sociales de ciertos hombres y brota espontáneamente en cuanto la

excita la ira o la impulsa una confianza sin decoro. El chico, al oírla,

miró iracundo a su madre y a Jacobo, haciendo un gesto amenazador, en

que se veía palpitar el hombre bajo la frágil envoltura del niño.

--¿Qué?--gritó Jacobo desafiándole--. Nadie te ha llamado aquí... ¡Vete!

Inyectáronse en sangre los ojos del niño, y dio tan fuerte golpe con el

tiento, que lo rompió en dos pedazos.

--¡No me da la gana!--gritó.

Jacobo hizo ademán de lanzarse a él, mas Currita le detuvo asustada...

El niño, ronca la voz por la ira, breve y cortada como la de un

calenturiento, volvió a gritar:

--¡No me da la gana!... ¡Vete de aquí!... ¡Aquí no mandas tú!... ¡Esta

no es tu casa!...

Y se detuvo jadeante, sin voz, en medio de un silencio siniestro,

parecido al que reina en la tempestad entre ráfaga y ráfaga... Jacobo

habíase vuelto con los puños apretados, tartamudeando entre sus labios

blancos de ira:

--Está pidiendo un cachete...

No terminó la frase: con la fuerza y prontitud que caracterizan al león

en su ataque, con la sanguinaria avidez con que el cachorro de un tigre

se arroja sobre su primera presa, lanzóse el niño a Jacobo, clavándole

las uñas en la garganta, dándole cabezadas en el rostro, pateándole todo

el cuerpo con las robustas piernecillas, que parecían tener músculos de

acero. Sorprendido Jacobo, rechazó el brusco ataque, separando al niño

con un poderoso esfuerzo de sus nervudos brazos, y arrojólo lejos de sí,

cual si fuese un saco de arena, a cuatro pasos de distancia; su cabeza

fue a chocar contra un enorme jarrón japonés, de bronce antiguo, que

despidió un sonido metálico.

Con los ojos dilatados de terror, púsose Lilí a su lado de un salto y

levantó entre sus manos la lívida cabecita. Celestino le cogió en sus

brazos y llevóselo apresuradamente fuera de la estancia.

Quedó Lilí arrodillada en la alfombra, mostrando a su madre sus manitas

ensangrentadas, tartamudeando con la opaca vibración de un terror sin

medida:

--¡Sangre!... Mamá... ¡Sangre!...

--IV--

Pedro López creyó sucumbir de plétora de inspiración al dar cuenta en

_La Flor de Lis_ del gran baile de _ancha base_ celebrado el lunes de

Carnaval en casa de los excelentísimos señores marqueses de

Villamelón... Hay situaciones, hay espectáculos que el hombre comprende

y admira con su instinto, pero no puede describir ni comentar con su

talento; en tales casos, el poeta más grande, el escritor más maestro,

es el que exhala el grito más natural, la exclamación más vehemente...

Por eso juzgó Pedro López la mejor manera de describir el mágico baile

estampar al frente de una cuartilla un «¡¡¡Oh!!!» profundo, un verdadero

_do_ de pecho literario, y dejar todo lo demás en blanco.

Más allá, por la madrugada, cuando retirado en la _serre_ tomaba

apresuradamente algunas notas, acercósele Butrón, rendido y satisfecho,

como el caudillo después de la victoria, y adelantando la torneada

pierna que el calzón corto y la media de seda negra ceñían por completo,

haciendo ondular con juvenil garbo la airosa capa veneciana, díjole con

entonación solemne, con misterio profundo, metiéndole la punta de la

nariz dentro de la oreja izquierda:

--¡López!... ¡Mucho ojo!... Su _compte-rendu_ de usted nos asegura el

triunfo... Que toda esa gentecilla cursi vea su nombre en _La Flor de

Lis_, ensalzada por el _reporter_ elegante de los salones, y es nuestra

para siempre... ¡Fuera escrúpulos!... ¡La de Martínez, bellísima!... ¡La

García Gómez, encantadora!... Esta que viene aquí, un portento; la

Victoria Colonna, de este siglo...

Y atento y obsequioso, corrió a estrechar la mano de la Victoria Colonna

del siglo XIX, una jamona muy madura, de metro y medio de largo y doce

arrobas de peso, vestida de Safo, con corona de mirtos en la cabeza,

lira de latón dorado en la mano, y en la chata nariz--¡Manes de Phaon,

estaos quedos!--¡gafas de oro!...

Era la excelentísima señora doña Paulina Gómez de Rebollar de González

de Hermosilla, eminente literata, poetisa afamada, a quien Butrón había

echado el ojo para secretaria de la junta de señoras.

La redada había sido, en efecto, completa y calificábala Butrón de

_pesca milagrosa_; el caritativo anzuelo de socorrer a los heridos del

Norte había prendido en todos los corazones, verificando la fusión

deseada, y el heterogéneo personal de la Asociación de señoras quedó

reclutado, faltando tan sólo organizarlo. Triunfante Butrón y

rejuvenecido, felicitaba a unos, animaba a otros, multiplicábase por

todas partes, tendiendo siempre la caña, y entre el calorcillo de la

cena y el humo de las satisfacciones, estuvo a pique de desquiciarse

aquella cabeza tan firme, hasta el punto de pasar por ella la idea de

invitar para el cotillón a la excelentísima señora doña Paulina Gómez de

Rebollar de González de Hermosilla. Un extraño rumor que comenzaba a

circular por los salones vino a detenerle al borde del abismo, más

profundo que el agitado mar, sepulcro de la Safo auténtica, al pie de la

roca de Léucades.

Susurrábase que allá, en un apartado gabinete, había surgido un lance de

honor entre dos personajes de mucha cuenta. Azorado Butrón, corrió a

informarse por sí mismo, temeroso de que aquel incidente imprevisto

viniese a romper los lazos de unión con tanto trabajo anudados. Acercóse

a un grupo; en medio peroraba Gorito Sardona, vestido de peón de ajedrez

y muy enterado del caso; habíalo presenciado todo y era uno de los

contendientes el tío Frasquito.

--¡Polaina!--exclamó Diógenes--. ¿Y a qué es el duelo?... ¿A tijera o a

aguja?...

--Algo parecido anda de por medio--replicó Gorito.

Y prosiguió diciendo, con grandes ponderaciones y mucho misterio, que el

otro contendiente era sir Roberto Beltz, capitán de guardias agregado a

la embajada inglesa, hombre muy posma, muy preguntón, muy aficionado a

investigar el porqué de todas las cosas, y metódico y ordenado hasta el

punto de reírse por la mañana de los chistes oídos la noche antes.

Al oír hablar de sir Roberto Beltz, hizo Diógenes un gesto como si le

asaltara gran tentación de risa, y quedóse, sin embargo, muy serio

escuchando la narración del gomoso. De ella resultaba que el tío

Frasquito había observado con sorpresa al principio, con recelo luego y

con inquietud más tarde, que sir Roberto Beltz le seguía a todos los

lados sin perderle un momento de vista; atribuyólo, al pronto, a la

admiración que pudiera causarle su magnífico traje de gran mandarín,

capaz de despertar las envidias del _Mikado_, porque era el tío

Frasquito el feliz mortal que había tenido la honra insigne de figurar

como rey blanco, al lado de Currita, en la famosa partida de ajedrez

que acababa de representarse. Mas al terminar esta, encontróselo

repetidas veces entre los frecuentes apretones del baile, rozándolo

siempre con intención muy marcada y sacudiéndole en dos ocasiones.

--¡Unos codazos--decía la víctima en su capítulo de

cargos--horrorrosos..., horrorrosos!... Ni más ni menos que si

pretendiese averriguarr si sonaba yo a hueco...

Y algo más tarde, hallándose el venerable mandarín hablando con unas

señoras, un poco inclinado hacia adelante por estar ellas sentadas,

acercósele sir Roberto con mucho disimulo, oculto entre el gentío, y sin

provocación ninguna, sin objeto alguno justificado, ¡zas!, hundióle con

flema británica, hasta la cabeza, un alfiler en la nalga izquierda...

--¡Majadero!--exclamó Diógenes--Si le dije que era la derecha... La

derecha es la de corcho.

Y en medio del pasmo de todos y de sus risas después, explicó entonces

Diógenes el enigma... Mientras las cuadrillas del ajedrez bailaban,

hallábase sir Roberto Beltz al lado de Diógenes, mirando con grande

atención al tío Frasquito, que muy pomposo y satisfecho en su papel de

rey, movíase con pausa y majestad sobre el tapiz a cuadros rojos y

blancos que representaba el tablero.

--¿Quién es ese _goven_?--preguntó a Diógenes.

--¿_Goven_?... ¡Polaina!... Dos años me lleva a mí, y tengo sesenta y

tres; conque ajuste usted la cuenta.

Estiróse la cara de pasmo perpetuo de sir Roberto, y Diógenes acrecentó

su asombro, añadiendo muy serio:

--Ahí, donde lo ve usted, lleva en el cuerpo treinta y dos cosas

postizas.

--¡Oh, señor de Diógenes! Usted estar un andaluz muy crecido...

--¿Que no?... Pues vaya usted contando...

Y comenzó a enumerar los componentes que suponía en el tío Frasquito la

leyenda, acabando por poner en el catálogo la nalga de corcho. Sir

Roberto, asombrado, creyendo encontrar un nuevo modelo de _hombre

clástico_ que colocar en el British Museum, quiso aplicar al hallazgo su

método experimental, y recibió, en cambio, un espontáneo abanicazo que,

en la irascibilidad de sus nervios excitada, le sacudió el tío Frasquito

con su abanico de mandarín en lo alto de la cabeza.

La sangre no llegó, sin embargo, al río; intervino Currita muy indignada

contra las zafias bromas de Diógenes, y puso fin a la contienda

apoyándose en el brazo de sir Roberto Beltz, para dar una vuelta por la

_serre_, y encargando antes al tío Frasquito que convidase para el día

siguiente a comer con ella a todos los que habían tomado parte en las

dos cuadrillas, blanca y negra. Fernandito quería fotografiarlas en

ambos grupos y en sus respectivos trajes, para que publicasen luego un

gran grabado de ellas en _La Ilustración Española y Americana_.

La comida fue divertidísima; Currita tuvo el capricho de mandar preparar

a su cocinero un _menú_; japonés, y todos se sentaron a la mesa con los

mismos trajes japoneses con que en diversos grupos y actitudes se habían

retratado en la cabaña de Fernandito. A los postres tuvo el tío

Frasquito una idea nueva y felicísima, una verdadera inspiración nacida

entre los vapores de su estómago agradecido, y acogida con entusiasmo

por todos los presentes. Ocurriósele, para eternizar la memoria de aquel

baile famoso, para grabar el recuerdo de aquellos trajes lujosísimos,

para no separar nunca de su reina aquella aristocrática cuadrilla

japonesa, reclutada por él mismo en los salones del Veloz-Club,

prolongar la mascarada, transformándola en una especie de guardia de

honor que sirviese y acompanase a Currita por todas partes, llevando

alguna particular contraseña que la diferenciase del resto de los

mortales. Currita aceptó encantada la idea, y señaló como distintivo de

la nueva orden de caballería una corbata azul, color de la famosa liga

de la condesa de Salisbury, para fundar la antigua y nobilísima orden de

la Jarretière. Brindóse la dama a regalar a todos la insignia de la

nueva orden y envióle a cada uno una preciosa corbata azul de rica seda

japonesa, sujeta por un alfiler formado por una gruesa perla,

procedentes todas de un magnífico collar que había pertenecido a su

madre. El tío Frasquito fue nombrado por aclamación gran maestre de los

ilustres caballeros, que tomaron el dictado de _Mosqueteros de Currita_.

La cáustica sátira madrileña, la más sangrienta quizá que hemos

conocido, hízoles bien pronto variar de nombre. Carmen Tagle,

profundamente resentida, porque habiendo representado ella a la reina

negra en la partida de ajedrez no se había formado ninguna guardia en

honra suya, comenzó a designar a la de su rival, por su origen japonés,

con el nombre de _Mikado_.

--¡Ese, ese es el nombre propio!--gritó la Mazacán, entusiasmada al

oírlo--. Lo natural y lógico es que para guardar a _la mona Jenny_ se

cree un cuerpo de _micos_.

Y desde aquel entonces quedó confirmado el cuerpo de mosqueteros con la

nueva denominación de _Micos de Currita_.

También el tío Frasquito conquistó en aquella escaramuza otro

sobrenombre, que vino a aumentar ese largo catálogo de ellos que

prodigan la malignidad y la envidia con tan grande profusión, en la alta

sociedad madrileña. La duquesa de Bara habíale encontrado gran parecido,

vestido de mandarín, con un retrato publicado en _La Ilustración_, de

Pan-Hoei-Pan, célebre literata china, y _Pan-Hoei-Pan_ comenzó a

llamarle desde entonces la inmensa falange de sus sobrinos legítimos y

espurios.

Pequeñeces · 第 19 / 35 段