--¡Oh, no, no, Pulido!... Ni el decoro se vende, ni tiene precio, ni

necesitamos acá que venga la Villasis a damos lecciones...

Y además, desconfiaba ella mucho de la actitud de esta e ignoraba hasta

qué punto podría contarse con ella para los trabajos de la

Restauración... Cierto que su amistad con la reina destronada había sido

siempre íntima, leal y consecuente, pero le constaba a ella de buena

tinta que Bravo Murillo tuvo la impertinencia de comunicar a la marquesa

la respuesta dada por el arzobispo de Valladolid a la consulta de si la

Restauración había de conservar o no la unidad católica, y esta no podía

ser más terminante: «No era lícito a ningún partido político prescindir

de ella». Que era esto una tontería, una chochez del arzobispo,

corriente. Pero era lo bastante para alarmar la conciencia de una

mojigata como la Villasis, y encontrar en ello un pretexto para tirar de

los cordones de la bolsa.

La marquesa de Butrón bajó los ojos como distraída al oír hablar de la

unidad católica, y acentuóse aún más la sombra de tristeza que nublaba

siempre su rostro. El integérrimo diplomático y el señor Pulido cruzaron

entre sí una rápida mirada; indudable era que los dos compadres habían

hablado más de una vez del asunto en junta de íntimos, del lado de allá

del biombo. Butrón tomó la palabra, extendiendo la peluda mano:

--Respondo de María Villasis--dijo enérgicamente--. Lo que tú dices es

cierto, Beatriz; pero la pifia de Bravo Murillo la enmendé yo mismo...

María acudió entonces a mí muy alarmada, pidiendo explicaciones

categóricas, y yo la prometí solemnemente que la Restauración

conservaría a todo trance la unidad católica como la joya más preciada

de las glorias de España.

La duquesa se encogió de hombros, con muestras de grande impaciencia.

--Pues no dice eso el manifiesto que se negó a firmar Bravo

Murillo--dijo.

--Tampoco dice lo contrario.

--Entonces...

--Entonces queda en pie lo que yo he prometido... El porvenir no puede,

sin embargo, asegurarse, y quizá pudiera suceder que, contra nuestra

voluntad y nuestros deseos, nos viéramos forzados a respetar un hecho

consumado o a ceder ante una votación contraria hecha en Cortes...

El señor Pulido hizo una profunda señal de asentimiento, bajando con

previsoria resignación los ojos, y la duquesa, haciendo alarde de la

perspicacia de su ingenio, exclamó ligeramente:

--¡Entendido, entendido...; basta!... Queda, sin embargo, el otro

extremo por conciliar. ¿Crees tú que _la mona Jenny_ se contente con la

vicepresidencia?

Asombróse Butrón de aquella extraña candidata cuadrumano que trataba de

ingerir la duquesa en la ilustre junta de damas, y exclamó muy

sorprendido:

--¿_La mona Jenny_?...

--Pues, hombre, Curra... La Villamelona. ¿No sabes?... Diógenes le ha

puesto ese nombre desde que le dio por fumar en pipa, en un narghilé

precioso que le regaló el embajador de Marruecos... Es una mona famosa

que hay en el jardín zoológico de Londres--yo la he visto--y fuma en

pipa con una gracia y unos mohínes que recuerdan a Curra por completo.

--¡Vamos, vamos!--exclamó con bondad olímpica el diplomático--. No he

visto nada como Madrid para motes y chismecillos... Todos queriéndose

mucho, todos juntos noche y día, y todos arrancándose a tiras el pellejo

y poniéndose en ridículo en cuanto vuelven la espalda...

--¡Miren el puritano, el caritativo!... _Ami de la vertu, plutôt que

vertueux_! Pues ya tenías tiempo de haberte ido acostumbrando.

--Empezaré a acostumbrarme por la mona Jenny... La mona Jenny aceptará

la vicepresidencia.

--¿Crees tú?...

--Lo espero... Le tengo reservado otro papel de grande importancia que

le hará olvidar lo secundario de este.

Entonces explanó Butrón su plan con todos sus pormenores... No se

trataba de una asociación de señoras exclusivamente alfonsinas, mil

veces lo había dicho y no se cansaría jamás de repetirlo. Era necesario

_barrer para adentro_, conciliar todas las voluntades, ahuyentar todos

los escrúpulos, ahondar en cualquier rincón en que pudiera encontrarse

un ochavo, escarbar en todo muladar en que pudiera hallarse un pelotón

de hilas sucias, agotar todos los recursos de fiestas, bailes, toros,

beneficios, francachelas y festivales, con que la caridad moderna ha

encontrado el secreto de enjugar las lágrimas, al mismo tiempo que

ensancha los corazones, refocila los estómagos y estira las piernas...

¡Socorrer a los heridos del Norte!... ¡Qué anzuelo tan a propósito para

pescar desde las carlistas más recalcitrantes hasta las liberales más

radicales!... Por eso había pensado él, para dar aquel barrido general y

definitivo, en un gran baile, una fiesta sonada y famosísima, de _ancha

base_, que debía dar _la mona Jenny_, Curra, convidando a todo el Madrid

explotable, desde la presidenta consorte del comité carlista, hasta la

ministra cesante, esposa dignísima del excelentísimo señor don Juan

Antonio Martínez... Y allí, al calorcillo del champagne, que ablanda los

corazones compasivos, bajo la influencia de las vanidades estimuladas

que excitan el deseo de figurar, tender la red de la caridad, echar el

anzuelo de los infelices heridos del Norte y pescar de una sola redada

entre las mallas de la asociación de señoras a todo el Madrid femenino

capaz de soltar la mosca... Celebraríase luego una junta general

preparatoria en casa de Butrón mismo, presidida por Genoveva, y en ella

había de presentarse y aprobarse por sorpresa la candidatura de una

junta directiva, preparada ya antes, en que entrasen todos los elementos

tan hábilmente combinados; que el partido restaurador tuviese mayoría y

pudiera Butrón, entre bastidores, manejar a la Junta y a la Asociación

entera con la misma facilidad con que se maneja el manubrio de un

organillo. La junta directiva era, pues, la clave del arco, el clou del

proyecto, y el respetable Butrón terminó su perorata suplicando a los

presentes se dignasen estudiarlo maduramente, presentando sus

candidaturas con arreglo a este croquis que tenía él apuntado en un

papelito:

Una presidenta, beata de gran nombre. (Nadie como la Villasis.)

Una vicepresidenta elegante, de rompe y rasga. (Ninguna como la

Albornoz.)

Seis vocales: una carlista, bastante tonta; otra, radicala, de pocos

alcances; y cuatro alfonsinas, de la Grandeza, del cogollito, honradas,

por supuesto, listas y de arranque.

Una secretaria literata.

Una tesorera de alta banca.

El general Pastor aplaudió entusiasmado la hábil estrategia del

diplomático; el señor Pulido bajó modestamente los ojos, como si le

tocara grande parte en la paternidad de la idea, y la duquesa,

encantada, comenzó a vomitar nombres propios, juicios críticos,

filiaciones y datos biográficos que probaban bien a las claras su

consumada pericia en el arte de averiguar vidas ajenas. Tontas

encontraba ella a porrillo; listas tampoco faltaban; lo que le parecía

difícil de hallar eran las honradas, y no porque no las hubiese a

montones, sino porque la duquesa no sabía encontrarlas, por aquello de

que nadie hay más exigente ni que se complazca tanto en verlo todo

manchado como quien vive zambullido en medio del fango.

El respetable Butrón acogía aquellos homenajes con majestuosa sonrisa, y

temiendo ver entrar de un momento a otro a Currita, recomendó de nuevo a

los íntimos la mayor discreción, con respecto a esta; era necesario

ocultarle el plan de la junta y entusiasmarla con la idea del baile,

haciéndole creer que con ello ponía el partido en sus manos el éxito del

proyecto. Una vez entretenida con esto, fácil era hacerle tragar por

sorpresa, a su debido tiempo, lo secundario de la vicepresidencia.

Llegó al fin Currita, _la mona Jenny_, con Jacobo Sabadell, el joven

Telémaco; había tardado un poquillo, pero tenía la culpa el tío

Frasquito... ¡Qué risa con el pobre posma! ¡Habíase olido, sin duda, que

algo se fraguaba, y presentándose a almorzar con una cara de pregunta,

con un aire de sospecha!... ¡Ella le había estado _tomando el pelo_ todo

el almuerzo, hasta que al fin, para quitárselo de encima, tuvo que

armarle una emboscada, un _guet-apens_ chistosísimo!... Díjole si quería

acompañarla a dar una vuelta por el Retiro con Miss Buteffull y con los

niños y le envió con estos al coche mientras ella se ponía el sombrero.

¡Pobre viejo!... En cuanto volvió la espalda, escapóse ella con Jacobo

por la escalera de la servidumbre, y en el coche de este habíanse venido

los dos solos, juntitos, como si fuesen un matrimonio. ¡Qué delicia!...

Y besó con piedad filial a la marquesa, con amor fraterno a la de Bara,

estrechó la mano de Butrón con infantil afecto, y tuvo una cariñosa

sonrisa para el general Pastor y un saludito protector y monísimo para

el señor Pulido.

Hízola sentar Butrón junto a sí, al lado de la marquesa; y ella, con los

claros ojos fijos en el gran duque Alejo, que, sombreado por una

telaraña, tenía delante, comenzó a lamentarse, con frases muy pulcras,

del entripado de Fernandito... Casi, casi había estado a punto de no

venir, por miedo de dejarlo solo; pero las noticias que le había dado

Butrón eran tan graves, tan lisonjeras, que acabó al fin por decidirse.

--Si tú no hubieras venido, hubiéramos ido todos a tu casa--exclamó

Butrón con gran vehemencia--Como que sin ti no puede hacerse nada y en

tus manos está, en rigor de verdad, la suerte del partido.

La vanidad hizo en el rostro de la Albornoz lo que jamás había

conseguido la vergüenza: sonrojarlo.

--¡Jesús, Butrón, pobre de mí!--exclamó con su dulce vocecita--Pues si

está en mi mano, no tenga usted miedo de que la suelte.

Butrón comenzó a exponer el proyecto, como si fuese desconocido de todos

los presentes, haciendo caso omiso de la junta y presentando con grande

habilidad la fiesta deseada, como el eje sobre que había de girar la

ejecución del proyecto, la restauración del trono, la felicidad de

España y la paz del mundo y el equilibrio europeo. Currita parecía

titubear, porque había mirado a Jacobo como si le consultase, y este

fruncía las cejas; la pícara era ducha y no era del todo fácil hacerle

tragar el anzuelo. El diplomático reforzó sus argumentos, y el general

Pastor, con militar franqueza, dijo resueltamente:

--Condesa, más puede usted hacer en ese baile con su abanico que yo en

el Norte con mi espada.

Y el señor Pulido, dando vueltas a sus pulgares, añadió con suavísima

sonrisa:

--¡Oh, señora condesa!... Si usted quiere, con razón se llamará ese

baile _la dulce alianza_...

La dama extendió ambas manitas con gesto de cómico espanto.

--¡Ay, no, no, Pulido, por Dios!... ¡Si así se llama la confitería de la

Carrera de San Jerónimo!

La duquesa salió entonces a la palestra, y con habilidad mujeril disparó

el más certero saetazo, sirviéndole de ballesta una mentira muy gorda.

--Después de todo--dijo--, no hay que apurar mucho a Curra, porque si

ella no puede dar el baile, Isabel Mazacán se compromete a darlo...

El tiro dio en el blanco, y Currita soltó al pronto la prenda.

--¿Y por qué no he de poder yo?--dijo--. La cosa no puede ser más

fácil... Dentro de quince días es Carnaval. ¿Les parece a ustedes bien

un gran baile de trajes?...

--¡Te cuesta un sentido!--murmuró Jacobo con tan mal humor como si

hubiera él de pagarlo.

Mas la duquesa, que pescó al vuelo la frase y comprendió la económica

idea de monsieur Alphonse, impidió que llegase a oídos de Currita,

rompiendo a reír a carcajadas; todos la miraron con extrañeza...

--¿De qué te ríes?...

--Pues nada, mujer.. Estaba pensando en el traje que escogerá la señora

de Martínez para ir al baile... Como no sea el de Teresa Panza, la mujer

de Sancho...

--III--

El trato continuo con Bonnat había despertado en París las aficiones

artísticas de Currita, y no contenta con el papel de Mecenas, quiso

cultivar ella misma el arte del divino Apeles. Visitó a Meissonnier,

convidó a comer a Carlos Durand, y pudiendo conseguir que Raimundo

Madrazo la diese algunas lecciones por pura galantería de cumplido

caballero, volvióse a Madrid, dejando a Rosa Bonheur tamañita y

royéndose los codos de envidia.

Una vez en la corte, necesitó tener a su lado un genio complaciente, un

numen auxiliar que comunicase con sus pinceles vida y expresión a los

muertos y aplanados monigotes que brotaban de su paleta de artista.

Hallólo, al fin, en Celestino Reguera, famoso acuarelista de la Escuela

sevillana, de esos que prefieren lo correcto a lo grandioso y tienen en

más un paisaje de Watteau que una sibila de Miguel Ángel. El pincel de

Celestino entraba y salía por los lienzos de Currita con tanta

frecuencia y libertad, que al terminar esta sus cuadros podía repetir,

con harta razón, lo que dijo el monaguillo de marras: «Yo y el cura le

dimos los Sacramentos».

Pero aun más que de su gloria artística, ocupóse Currita, a fuer de

mujer elegante, del marco que había de encerrarla, instalando en su casa

un estudio lujosísimo, digno de Fortuny o de Pradilla, Delaroche o

Makart. Era una vasta pieza con estudiadas luces de oriente y cenital,

atestada de preciosidades artísticas y arqueológicas, que sobre tapices

de Beauvais y los Gobelinos cubrían todas las paredes, atestaban todas

las mesas y apenas dejaban un sitio en que poner la planta sin encontrar

algo que admirar o algo en que tropezar. Bronces antiguos, raras

porcelanas, macetas de Pompeya con plantas tropicales, lámparas árabes,

persas y romanas, igual una de estas a la célebre di capo danno del

Museo Vaticano; bustos, cuadros, estatuas, yelmos, espadas, partesanas y

armaduras completas de varias épocas rodeaban cual páginas sueltas de la

historia de todos los tiempos el caballete de Currita, que, colocado en

luz conveniente, parecía recibir un reflejo de la luz del cielo, que el

grandísimo tuno de Celestino Reguera aseguraba ser el mismo, mismísimo

que derramaba en otro tiempo el grupo de las nueve musas sobre las

frentes de Rafael, Velázquez y el Ticiano.

Daban la guarda a uno y otro lado de la puerta dos maniquíes vestidos de

reyes de armas del siglo XVI, con gigantescas adargas y dalmáticas

auténticas de terciopelo morado, bordadas de castillos y leones, y

frente por frente, en el otro extremo de la pieza, y en una especie de

ancha, alta y profunda hornacina, a que se subía por tres gradas de

mármol blanco, había un diván turco, cubierto el pavimento por legítima

alfombra de Persia y mullidos almohadones de raso y terciopelo, y

decorados el techo y las paredes con mosaicos romanos y de Pompeya,

bajos relieves egipcios y brillantes azulejos moriscos. Allí estaba el

narghilé, regalo de Sidi-Mohammed-Vargas, el embajador de Marruecos, y

sobre primorosas mesitas de Fez, que no levantaban dos palmos del suelo,

otras varias pipas en que Jacobo enseñaba a Currita a saborear el sueño

voluptuoso del _hatchis_, y había inspirado a Diógenes, para designar a

la hurí de aquel paraíso el gráfico nombre de la mona Jenny.

Refugiado en un rincón, oculto como quien está allí de limosna, entre

una reducción de la estatua de Byron, presentada en Turín por Pozzi, y

una arca tallada del siglo VI, que decían haber pertenecido a Isabel la

Católica, había otro caballete pequeño; allí pintaba Paquito Luján,

callado siempre, taciturno, tímido y receloso, bajo la dirección también

de Celestino Reguera, que hallaba realmente en el niño las disposiciones

artísticas que faltaban a la madre.

Gran discusión sosteníase en aquel templo de las artes, tres días

después de la junta de íntimos celebrada en casa del diplomático.

Currita, sentada ante una preciosa mesa redonda, cuya tapa era un ónix

mexicano, examinaba una gran porción de láminas y dibujos que le

presentaba Celestino Reguera, y pasábalos a su vez a Jacobo y a Tonito

Cepeda, vago elegantísimo, entendido en caballos como el hijo de Teseo,

amateur de todo lo que era arte, y digno por su exquisito gusto de que

la patria agradecida le votase una pensión en Cortes, como

representante en España del buen tono parisiense. Tonito Cepeda era más

que chic, más que _pschutt_: era _v'lan, tschock_. Mas el pobrecito

joven, incapacitado de poner precio a las innumerables consultas que de

todas partes le dirigían, andaba lleno de trampas y no tenía dónde

caerse muerto.

Grave era la cuestión que Currita había sometido el día antes a sus

despabiladas luces, y digna de sujetarse al arbitraje de un areópago de

elegantes, como Domiciano sujetó en otro tiempo a las discusiones del

Senado la salsa en que había de guisarse un rodaballo. Una vez decidida

la dama a dar el baile de trajes, la gran fiesta de _ancha base_ en que

habían de bailar _pêle-mêle_ tirios y troyanos, rancios personajes que

figuraban en la _Guía_ y plebeyos burgueses empinados por la Revolución,

era necesario encontrar algo nuevo, algo sorprendente que fuera el clou

de la fiesta y dejase con la boca abierta a los pobrecillos profanos, a

los Martínez y comparsa, convidados espurios que hubiera dicho el tío

Frasquito, que cuidaría muy bien ella de barrer de sus salones en cuanto

la caritativa empresa de socorrer a los heridos del Norte hubiera dado

un buen tanteo a sus repletas bolsas.

Las cuadrillas del minué y la pavana, las figuras de la zarabanda y la

chacona, estaban ya muy vistas y habían servido mil veces en

aristocráticos salones como protesta de acendrado españolismo contra el

intruso don Amadeo. Celestino Reguera propuso la idea de representar una

alegoría de España, en que parejas de damas y caballeros habían de lucir

los trajes característicos de las diversas provincias. El proyecto fue

desechado por Currita.

--¡Jesús, Reguera!--dijo--¡Parecería eso un concurso de Geografía!...

Tonito Cepeda miró desdeñosamente al pintorcillo y propuso uno de esos

espectáculos que constituyen jalones de la época en que se verifican:

imitar la peregrina idea de la Princesa de Segan, que había resucitado

en París las fábulas de Esopo dando un gran baile de trajes, en que

recibía ella vestida de pava real y acudieron todos los invitados

representando cada cual un animalito. Él, Tonito Cepeda, había llamado

mucho la atención con su traje elegantísimo de sapo verde. La idea no

era nueva, pero estuvo a pique de seducir a Currita; hubiérale gustado

mucho vestirse de gata blanca con botas color de rosa.

Mas Jacobo, con la prudencia con que moderaba todos los gastos de

Currita desde que metía él la mano hasta el codo en sus arcas, desechó

terminantemente el proyecto, imponiendo más bien que presentando otro

más económico y también más nuevo... Dos cuadrillas imitando las piezas

de un juego de ajedrez, blancas y negras, y una partida jugada por ellas

mismas en forma de contradanza; Luis Fonseca, su compañero de embajada,

habíalas visto jugar así en Conchinchina cuando las fiestas en honor de

Phara-Norodon, rey de Cambodge. El proyecto fue aceptado con desdeñosa

condescendencia por parte de Tonito, con sumisión entera por la de

Currita, y Celestino Reguera quedó encargado de traer al día siguiente

dibujos para el traje de la dama que había de representar la reina

blanca, y un soberbio juego de ajedrez, trabajado admirablemente en el

Japón, cuyas grandes piezas de marfil podrían ser copiadas en los demás

trajes de la cuadrilla.

Currita titubeaba en la elección de modelo, y Jacobo, con la autoridad

delegada que ejercía en aquella casa como amigo íntimo de Villamelón y

primo cuarto de la condesa, hízola decidirse al punto por uno

cualquiera, el más barato... Currita obedeció sin hacer ninguna

observación, sin replicar una palabra: conocíase a las claras que estaba

supeditada por completo a aquel hombre, que él era allí el amo, y todos

en la casa, desde Villamelón hasta Joselito, desde la Albornoz misma

hasta la última fregona, obedecían servilmente sus órdenes, adivinaban

sus deseos y amoldaban a sus caprichos sus gustos propios. Sólo dos

seres, los más débiles e indefensos, Paquito y Lilí, resistían a la

voluntad omnipotente del desvergonzado parásito, a quien el instinto de

ángel de ambos niños representaba siempre como un reptil bañado por los

rayos del sol, brillante a la vez que asqueroso.

Un día, a poco de haberse injerido Jacobo en la amistad íntima del

matrimonio, pintaba Currita en su estudio un retrato que decía ser de

Byron, el poeta querido que en sus cuadros, bustos y estatuas tenía

representado por todas partes; pero que era en realidad la imagen de

Jacobo perfeccionada por Reguera, ceñida la frente de laurel y abierto

hasta la mitad del pecho el ancho cuello de su camisa escocesa a la

antigua. Los dos niños, embobados de pie a un lado y otro de su madre,

miraban en silencio correr el pincel de la dama, que con cierta

complacencia íntima daba los últimos toques al airoso y nervudo cuello

del Byron de contrabando. De pronto, Lilí, con esa expresión seria y

meditabunda que toman a veces los niños, dijo a su madre:

--Mamá... ¿Tú por qué quieres tanto al tío Jacobo?...

La condesa se volvió sorprendida, apoyada en el tiento, y hasta llegó a

inmutarse algo; mas reponiéndose al punto, dijo con mucho cariño:

--¿Pues no le he de querer, hija?... Si es mi primo... tu tío...

La niña movió la cabecita haciendo un mohín de duda.

--¡Sí!--dijo--. Yo también quiero al primo Bautista y al primo Carlos...

Pero más que a ti y a Paquito, no..., no..., no...!

Y se echó a llorar amargamente, con el corazón encogido, escondiendo la

preciosa carita en el seno de su madre, como si buscara allí lo que

encuentra la más pequeña golondrina en el fondo de su nido: el calor de

la ternura materna. Paquito nada había dicho; púsose muy encarnado, con

ese santo carmín con que el pudor instintivo tiñe las facciones de la

inocencia, y destrozando entre sus deditos, sin darse cuenta de ello,

una anforita romana, extraño lacrimatorio de vidrio que había sobre una

mesa, ocultó con varonil esfuerzo las gruesas lágrimas que le brotaban

de los ojos.

En otra ocasión, algunos meses más tarde, acercábase el día del santo de

Currita, 10 de octubre, fiesta de san Francisco de Borja. Los dos niños

tramaban juntos una conspiración para dar una sorpresa a su madre.

Paquito, en quien comenzaban a revelarse sus notables disposiciones para

la pintura, especialmente de retratos, había pintado al pastel uno de su

padre, un Villamelón deforme, color de zanahoria, que parecía tener el

carrillo izquierdo hinchado, pero no por eso dejaba de tener con el

original un más que mediano parecido. Era lo más notable del retrato la

parte de la frente y la cabeza, en que el niño había copiado fielmente

la escasa cabellera de su padre, partida con una raya por en medio y

formándole sobre ambas orejas dos pequeños cuernecitos a lo Napoleón

III, que había alargado más de lo conveniente la impericia del artista.

Lilí, por su parte, había hecho con ayuda de Miss Buteffull, que estaba

en el secreto, un marco de piel de Rusia, con flores de realce; y

reuniendo ambos su trabajo, quedó completo el regalo; al pie de este,

escribió Miss Buteffull con su mejor letra inglesa: «A su querida mamá

en el día de su santo»; y lo firmaron ambos niños, _Lilí_, _Paquito_.

¡Oh! La obra era magna, había costado mucho y preciso era que los

autores se cobrasen, presenciando por completo la alegre sorpresa de su

madre... Llegó el ansiado día, y ocultando Lilí bajo su capita de pieles

el magnífico regalo, entráronse ambos niños a hurtadillas en el estudio

de su madre: allí solía venir ella todos los días antes de almorzar,

bastante después de las doce, y era la ocasión más a propósito para

darle la sorpresa. En el caballete de Currita, sobre el cuadro mismo que

estaba pintando, colocó Paquito con sumo cuidado su obra maestra...

Luego, riéndose como ángeles del cielo, con la agitación de las grandes

expectaciones, con la candorosa confianza en el más santo de los

cariños, corrieron presurosos a ocultarse entre los innumerables

cachivaches, debajo de una papelera antigua de acero, ocultos por un

gran tapiz, que tenía unas figuras muy largas, muy secas, muy feas: las

tres Parcas... Veíase desde allí el caballete, destacándose en medio el

monigote, y los dos niños, muy agazapados, muy juntitos, apretándose el

uno contra el otro, contemplaban su obra.

--¡Qué bien está!--decía Lilí.

Pasó media hora; Lilí se impacientaba y estiraba las piernas.

--No viene--decía.

--¡Calla, tonta!...

Pequeñeces · 第 18 / 35 段