Y sobre estos varios motivos improvisaron las dos amigas una alegre

fantasía, hasta que Leopoldina volvió al palco de la Albornoz momentos

antes de comenzar el acto segundo. Currita la esperaba impaciente, y la

falaz exploradora apresuróse a decirle, con cierto maligno gustito, que

la incógnita en cuestión era una muchacha monísima, de todo el mundo

desconocida, a quien acababan de bautizar ellas, por tenerlo muy bien

merecido, con el significativo nombre de _La dama de las camelias_.

--Por supuesto, que no se enteraría Carmen de que yo te enviaba--dijo

Currita muy pensativa; y Leopoldina, con el hociquito fruncido y los

ojitos entornados, como quien se ofende de la pregunta, contestó:

--¡Mujer!... ¿En qué cabeza cabe?... ¿Acaso soy yo boba?...

Comenzó el acto: Villamelón seguía indigestado; Currita, emberrenchinada

y con el rabillo del ojo alerta; Leopoldina, que era, en efecto,

aficionada e inteligente, sin perder una nota, y el tío Frasquito, que

allí se había quedado, muy satisfecho por hallarse al lado de

Leopoldina, una de las sobrinas espurias a que más predilección

mostraba, por su _allure_ varonil y decidida y sus excéntricas

genialidades.

En el palco del Veloz habían quedado solos Diógenes y Jacobo;

despatarrado aquel frente al público, como si quisiera indicarle que

todo él junto no se le importaba un comino; mirando este sin cesar, como

un cadete, al palco de la dama de las camelias. En la escena, Dinorah,

la pobre loca, cantaba la bellísima aria que la inspira su propia sombra

proyectada en el suelo por la blanca luz de la luna, una de las más

felices inspiraciones de Meyerbeer, que interpretaba admirablemente la

entonces célebre Ortolani.

Cambió la escena de pronto, y la cascada, el precipicio y el torrente

arrancaron un murmullo de admiración a los espectadores, que pocas veces

habían contemplado en aquel género una obra de arte tan acabada y tan

bella. Höel quiere obligar al gaitero Corentino a buscar el tesoro en el

fondo del precipicio; de nuevo el cielo se encapota, y entonces aparece

otra vez el terrible Meyerbeer, el genio de los _Hugonotes y Roberto el

diablo_, que sabe describir con las ocho notas del pentagrama toda la

rabia de los elementos y todos los furores del corazón.

De improviso, rompe la orquesta bruscamente la cadencia, rugen los

contrabajos estrepitosamente, las flautas dejan oír agudos silbidos, el

metal, desencajado, truena con espantosa violencia, los timbales

redoblan convulsamente. Ya no parece aquello una tempestad, ni un

huracán, sino un cataclismo que amenaza desquiciar la tierra, y en aquel

momento, el supremo de la ópera, apareció por entre las cortinas de

terciopelo carmesí que cerraba el fondo del palco de Currita una cabeza

peluda y cetrina, que el tío Frasquito tomó por la del terrible

Adamastor, genio de las tempestades, y Fernandito por el bilioso

espectro de la indigestión, que evocaban ante él sus jugos gástricos

alterados.

Era Butrón, el respetable Butrón, que entraba de puntillas, con el dedo

sobre los labios, haciendo gestos de que nadie se molestara, y yendo a

sentarse en la silla que, no obstante su susto y su entripado, se

apresuró a cederle Villamelón, al lado de Currita.

La tempestad seguía rugiendo: Höel y Corentino gemían aterrados, y

Dinorah, la pobre loca, desencajada, con el cabello flotante y el rostro

iluminado por la luz de los relámpagos, desafiaba la furia de los

elementos, dominando con su voz pura y vibrante los roncos estampidos

del trueno y los estridentes alaridos del viento, que encubrieron

también estas breves palabras deslizadas por Butrón al oído de Currita:

--Llegó la hora... ¡Concha está con nosotros!...

Escapósele a aquella una leve exclamación de sorpresa, que el tío

Frasquito pescó al vuelo; mas un azulado relámpago iluminó en aquel

momento la escena; un inmenso diseño cromático, nacido en las alturas

de la orquesta y resuelto en las profundidades de los bajos en un rumor

apagado y fatídico, anunció la caída del rayo, y entre truenos y

relámpagos y sublimes convulsiones de los instrumentos de cuerda,

escapósele lo que Butrón añadía, pudiendo percibir tan sólo estas

palabras dichas por el diplomático con grande insistencia:

--Mañana, a las cuatro, en casa... ¡Por Dios!, que no faltes, ni dejes

de avisar a Jacobo...

La curiosidad hizo al tío Frasquito perder la cabeza, y por querer

fiscalizarlo todo a un tiempo, ni vio a Bellak, la cabra blanca, cruzar

como una flecha el rústico puentecillo, ni a Dinorah caer en el fondo

del barranco, ni a Höel precipitarse desesperado en su auxilio, ni a

Currita que ceñuda y apretando con inexplicable rabia las varillas del

abanico, decía a Butrón muy por lo bajo:

--¿A Jacobo?... ¿Acaso le veré yo esta noche?... Ya ha correteado todos

los palcos y todavía no me ha dirigido un saludo.

--¡Ah, ingrato!--susurró Butrón--Corro a traértelo.

Y de nuevo se fue como había venido, de puntillas, sonriendo a todos,

haciendo muchos ademanes para que nadie se incomodara, y dejando al tío

Frasquito estupefacto... ¡Oh!, pues lo que es a él no se la pegaban...

¿Currita a las cuatro en casa de Butrón y avisando antes a Jacobo?...

Algo gordo sucedía cuando el prudente Mentor, el joven Telémaco y la

invulnerable Calipso se avistaban en secreto, con la extraña

circunstancia de acudir la dama a casa del caballero, y no los

caballeros al palacio de la dama, como parecían dictar las más

elementales leyes de la galantería.

--¡Cosa más singularr!...

Y mirando a Jacobo a lo lejos, aumentóse su curiosidad al ver que

aparecía Butrón por detrás de la cortina del palco del Veloz, hacíale

una seña y llevábaselo consigo, siguiéndoles a los dos, sin que ninguno

le llamase, el cínico Diógenes... Al terminar el acto, Butrón,

triunfante y satisfecho, entraba otra vez con Jacobo en el palco de

Currita, y empujándole hacia la dama con aire de papá bonachón que

satisface un capricho de la niña, cogió con una de las suyas las dos

manos que ella y él se estrechaban al saludarse, murmurando, con

sentenciosa indulgencia, aquellas palabras de Shakespeare:

--_Old, old history_!...

Hecho esto, el espejo de caballeros, según Pedro López, el integérrimo

diplomático, el sesudo político, el anciano venerable y fervoroso que

tenía ya un pie en el sepulcro, miró al reloj, enarcó las cejas y

despidióse apresuradamente. Eran ya las once, y estaba citado a las once

y cuarto con el cardenal arzobispo de Toledo: tratábase de un atentado

de la canalla gubernamental republicana contra la Iglesia y deseaba él

representar en aquel conflicto el papel de Constantino.

Ensanchósele el corazón al tío Frasquito, creyendo llegada la hora de

averiguar algo, y aguzó las orejas y aprestó la lengua para sondear con

habilidad a Jacobo y a Currita. Mas, de repente, una mano aleve cogió el

mediato lazo de su corbata blanca, y dándole una rápida vuelta, vino a

ponérselo sobre la nuca. Volvióse indignado y sorprendido, y vio

inclinada sobre la suya la gran cabezota de Diógenes, que, sonriendo y

babeando, le decía amorosamente:

--¡Francesca mía!... ¡Si soy yo, Paolo!...

Verde de ira y amarillo de miedo púsose Francesca, cual si viese asomar

por detrás de Paolo la sombra siniestra de Gianciotto, y gruñó entre

dientes:

--¡Qué cosas tienes!... De verras que erres pesado...

Y despidiéndose atropelladamente por temor de alguna más grave demasía,

fuese a componer la corbata en el espejo del antepalco, dejando vacío su

asiento, que era lo que buscaba Diógenes. Ocupólo este entonces con la

mayor frescura y dando una gran palmada en el muslo a Villamelón, díjole

tal atrocidad, relativa a su entripado, que Jacobo y Leopoldina se

miraron espontáneamente, como quien dice: «¡Animal!». Currita, muy

enfadada, dijo:--¡Jesús, hombre, qué cosas tienes!... ¡Eres shoking,

shoking, de veras!--Y Fernandito, con resignada sonrisa, contestó:

--El _vol-au-vent_ de codornices... Siempre se me indigesta. ¿Sabes?

--¡Pues ya lo creo que lo sé, polaina!... Por eso tomo yo siempre

_vol-au-vent_ de sopa de ajo--replicó Diógenes.

Y cediendo a su instinto natural de desvergonzada capigorronería,

añadió:

--Oye... ¿Y quién me lleva a mí luego en su coche, tú o Jacobo?

--Lo que es yo no te llevo--replicó vivamente este--. Me voy ahora

mismo.

--Ni yo tampoco--añadió al punto Currita--Fernandito no se siente bien,

y no hemos de andar por ahí dando vueltas.

--Pero, mujer, si te coge al paso... Me dejas en la calle de Alcalá, en

la chocolatería de doña Mariquita... Por nada del mundo pierdo yo mi

gran jícara con su par de _mojicones_...

--Son sabrosos--opinó Villamelón.

--¡Qué delicia!--dijo Currita--. Si te los dieran todas las noches en

los dientes no tendrías la lengua tan larga.

--¡Polaina!... Si te los dieran a ti donde yo me sé, no darías motivos

para que te alcanzasen las lenguas.

Currita se mordió los labios comprendiendo que era imposible la lucha

con aquel cafre, que parecía complacerse en poner de relieve, con sus

crudezas, las vergonzosas condescendencias del mundo, y Jacobo se

despidió afectuosamente al comenzar el acto con un ambiguo _hasta

luego_, que dejó a Currita muy complacida. A la mitad del acto cuando

Dinorah recobra la razón y quiere recordar la bellísima plegaria

_¡Sancta María!_ entre sublimes vacilaciones de la orquesta, que parecen

revelar los esfuerzos mentales de la pobre loca, envolvióse Currita en

su soberbio abrigo de terciopelo granate, forrado de pieles blancas, y

aceptando en señal de reconciliación el brazo de Diógenes, salió del

palco escoltada por Villamelón y Leopoldina, gozoso él por irse a dormir

su indigestión, furiosa ella por marcharse sin oír el coro final de la

romería.

El _foyer_ estaba aún desierto, y los lacayos, zambullendo las

encarnadas narices en sus inmensos cuellos de pieles, comenzaban a

asomar ya, para avisar a los señores la llegada de los coches.

Antojósele entonces a Currita sentarse en un diván, para esperar la

salida de la gente. Angustióse Villamelón.

--¡Pero, hija mía, por Dios!... ¡Si esto está helado, Curra!...

Y se liaba a toda prisa al pescuezo un _gran foulard_ finísimo, y

levantábase el cuello del gabán a la altura de las orejas...

--Te digo que vale más volver al palco, si...

Un estornudo formidable le cortó la palabra y le acrecentó la angustia.

--¿Lo ves?... ¿Lo ves?... Ya pillé un constipado... Fortuna tengo hoy...

¿Sabes?... ¡Ya tengo para una semana!...

La gente comenzó a desfilar por delante de Leopoldina y la Albornoz,

que, dejando estornudar a Fernandito y sin perder de vista su negocio,

saludaban a diestro y siniestro a los innumerables conocidos que iban

pasando. De pronto, Leopoldina tiró suavemente del vestido a Currita,

diciéndole muy bajo:

--Mírala... ¡Esa es!...

No vio nada: dos fantasmas blancos pasaban por delante, arrastrando por

debajo de los amplios albornoces las largas colas de terciopelo negro,

dejando asomar la vieja por el abrigado capuchón una corva nariz caída y

afilada, luciendo tan sólo la joven unos ojazos azules, que creyó

Currita se fijaban en ella con provocativa insolencia. El blanco

albornoz de la incógnita pasó rozando el terciopelo granate del abrigo

de Currita, y una frase alemana, que esta pudo oír y no pudo entender:

«Ahí la tienes», pareció caer entonces de la nariz corva y afilada, y

ambos fantasmas desaparecieron entre el gentío precedidos de un _groom_

monísimo que apenas contaría doce años.

--Pero, hija, ¿arrancaremos al fin?--decía Villamelón mientras tanto--.

Diógenes, dale tú el brazo... ¡Buen constipado he pillado!... ¿Qué haces

tú cuando te constipas, Diógenes?

--¿Yo?... Estornudar...

--II--

El respetable Butrón daba puñetazos en los muebles y cruzaba a grandes

zancadas el aposento, llamando a su mujer, según su costumbre, unas

veces _Geno_, otras _Veva_, nunca por completo Genoveva y prodigándola

con todas sus letras los dicterios de imbécil, estúpida, vieja del

diablo, beata de Barrabás, que no sabiendo sino rezar el Pater noster,

quería darle lecciones a él, Pirro en el ingenio, Ulises en la

prudencia, Anteo en el ánimo, Alejandro en la magnanimidad y Escipión en

lo afortunado.

Curiosas escenas íntimas del hogar doméstico, que parecerán

inverosímiles a los que sólo conocen la _parte oficial_ de los grandes

personajes, y que debieran esculpirse cual bajos relieves en los

pedestales que levantan el vulgo y la opinión a muchos de los prototipos

sociales que brillan en las academias y congresos, estrados y salones.

La marquesa, la anciana señora de virtud intachable, de educación

exquisita, escuchaba aquel torrente de denuestos muda e inmóvil, con la

cabeza baja y las lágrimas en los ojos, semejante a la estatua de la

paciencia, contemplando sus propios sufrimientos. Por dos veces quiso

interrumpir a su marido, mostrándole una carta que en las manos tenía;

mas los gritos y denuestos del sesudo diplomático la atemorizaron y

aturdieron, y volvió a guardar silencio. Las escenas de Lauzun,

amenazando con el bastón a la duquesa de Montpensier, su esposa, y

gritándole: «¡Luisa de Borbón, quítame las botas!», no eran, sin duda,

desconocidas a la infeliz señora.

Hallábanse ambos esposos en el despacho particular del diplomático,

vasta pieza decorada en otro tiempo con severa magnificencia, pero sobre

la cual habían pasado los años sembrando manchas y desconchones, sombras

y deterioros que la larga cesantía del magnate no había permitido hasta

entonces restaurar. Veíase en un extremo, tras un gran biombo de nueve

hojas de laca de Coromandel, descascarado por todas partes, una enorme

mesa cargada de papeles y rodeada de artísticos armarios, todos al

alcance de la mano, _sancta sanctorum_, donde sólo penetraban los

iniciados en los asuntos y manejos del diplomático. Al otro extremo,

frente a una alta vidriera que daba al jardín, y al lado de una chimenea

de mármol negro, había una gran mesa del siglo XVII, de nogal, cuadrada,

con ancha talla y hierros escarolados, y cómodas butacas y mullidas

poltronas, algún tanto desteñidas y un mucho destrozadas, dispuestas en

torno: allí recibía Butrón a los profanos a que les era lícito traspasar

el dintel de su despacho privado. Veíanse por todas partes, sobre las

mesas, en las dos chimeneas, por los armarios y colgados de las paredes,

retratos de reyes, príncipes y personajes ilustres, de fotografía unos,

magníficamente grabados en acero otros, con pomposas dedicatorias al

integérrimo diplomático, que pregonaban sus grandes relaciones y sus

altas influencias. Sobre un sofá de rica badana japonesa, hundido todo y

despellejado, había en lugar preferente, una gran fotografía del

príncipe Alfonso, con el uniforme de escolar del colegio de María

Teresa, y esta dedicatoria, escrita de puño y letra del futuro monarca:

«Al leal marqués de Butrón, modelo de caballeros. Recuerdo del 2 de

diciembre de 1870. Alfonso». Aquella fecha solemne era la del día en que

Butrón se avistó por primera vez, después de la Revolución, con los

augustos desterrados y juró a los pies del regio niño restaurarlo en el

trono de España o morir en la demanda.

Más lejos, a uno y otro lado de una gran panoplia llena de orín y

descabalada, había dos hermosos grabados de Luis Felipe y la reina

Amalia, con sendas dedicatorias, y entre otra porción de notabilidades

regias, políticas y literarias, diseminadas por todas partes, un retrato

en litografía de Martínez de la Rosa, en los tiempos en que le llamaban

_Rosita la pastelera_, con este campechano letrero: A _Pepillo Butrón,

su dómine Paco_.

Mas entre todos aquellos monumentos de altas estimaciones, era el más

curioso una hermosa fotografía de la reina de Inglaterra, colocada con

afectada naturalidad sobre la chimenea en un pequeño caballete de plata

oxidada, cuyas molduras tapaban, en parte, la honrosa dedicatoria.

Habíasela dado la majestad británica en Roma, con motivo de cierto

oportuno servicio, y deseando demostrarle la más exquisita deferencia,

puso en castellano el autógrafo. Mas su graciosa majestad no manejaba

sin duda con gran arte el habla de Cervantes, y siendo su intento

escribir según la construcción inglesa: Al _marqués de Butrón,

recuerdo_, olvidóse de poner la u, y resultó: Al _marqués de Butrón,

receurdo_, firmado y rubricado de puño y letra de su graciosa majestad

la soberana de los tres reinos unidos, emperatriz también de las Indias.

El pasmo de Butrón fue grande al verse colocado reduplicativamente por

aquella importuna síncopa en la rama más desacreditada de la extensa

familia de los paquidermos, y apresuróse a colocar habilidosamente la

regia dádiva en una moldura que, sin ocultar por completo el honroso

letrero, encubriese el sangriento _lapsus calami_ de su majestad

británica.

Ocurrían graves sucesos, y la pelotera que Butrón sostenía con su mujer

reconocía en ellos su origen. Pavía había dado el golpe de 3 de enero,

derrumbándose la república parvulita al eco de tres o cuatro tiros

disparados al aire en los pasillos del Congreso. El poder cayó de nuevo

en las garras de Serrano, y el desquiciamiento general, la indisciplina

del ejército, que peleaba sin fe ni esperanza en aquellas dos grandes

esclusas de Cartagena y el Norte, que se tragaban torrentes de sangre y

arroyos de dinero, indicaban a los pacientes alfonsinos, cruzados de

brazos, que se acercaba la hora de extender la mano para coger la breva,

madura ya por completo. La escena de Aristófanes, en su comedia _La

Paz_, cuando el pacífico Trigeo sube al Olimpo montado en un escarabajo,

se representaba entonces en España: el Olimpo estaba desierto y sólo

quedaban allí la Guerra y el Estrago, machacando en un mortero una

nación entera y sirviéndoles de mano un general ambicioso.

Otro general de valor, de prudencia y de prestigio, encargóse entonces

de inclinar hacia los alfonsinos la rama de que pendía la fruta

apetecida y disputada. Fue este el general Concha, que aceptando el

mando del ejército del Norte, partió para Bilbao, dispuesto a

restablecer la disciplina, aniquilar a los carlistas y proclamar rey de

España al joven príncipe Alfonso. Era necesario, sin embargo, allegar

recursos para preparar el ejército, y las bolsas exprimidas, las

codicias alarmadas y los egoísmos latentes dificultaban mucho la

ejecución del proyecto. El ingenio del marqués de Butrón encargóse

entonces de hallar remedio, y al frente de su brigada femenina acometió

la empresa: imaginó, por de pronto, crear una asociación de señoras para

socorrer a los heridos del Norte, que, difundida por toda España, había

de allegar recursos de todos géneros para ser distribuidos

abundantemente en el ejército a nombre de las señoras alfonsinas,

preparando así los ánimos para secundar el movimiento[15].

[Nota 15: Varias fueron las asociaciones de señoras que se fundaron

en aquel tiempo con el fin de socorrer a los heridos del Norte, siendo

la que más benéficos resultados produjo la presidida por la ilustre y

virtuosa señora marquesa de Miraflores, cuyo nombre ha aparecido siempre

unido a todas las obras buenas y caritativas. Excusado nos parece

advertir al lector que la asociación que nosotros suponemos no tiene

nada que ver con ninguna de estas, y que, aunque tomada del natural

parte de su fisonomía, es, en su conjunto, pura invención nuestra.]

El plan fue aprobado con entusiasmo por los prohombres del partido, y el

gran Robinsón sólo pensó entonces, con la enérgica actividad que le

caracterizaba, en organizar la Junta central de señoras en la corte.

Ocupóse, lo primero, en buscar la presidenta, piedra fundamental de todo

el edificio, y un nombre ilustre que había de llevarse tras de sí cuanto

grande, bueno y respetable encerraba la corte; acudió primero a su mente

la marquesa de Villasis... Mas las teorías conciliadoras del peludo

diplomático juzgaban necesario allegar otros elementos, y pensó entonces

en la condesa de Albornoz para el cargo de vicepresidenta. Esta atraería

al Madrid de rompe y rasga, que brilla y que bulle, pequeña, pero

venenosa levadura que corrompe la sociedad entera y la hace aparecer, al

imponerle sus leyes a sus vicios, escandalosa hasta un punto que no lo

es ciertamente; la otra atraería al Madrid honrado, sensato y devoto, no

tan escaso como muchos creen, y en torno de uno y otro bando se

agruparía al punto el Madrid verdaderamente inmenso, la gran falange

cortesana de gente más bien frívola que corrompida, más bien

insustancial que viciosa, que vive de reflejos y escandaliza o edifica,

según es escandaloso o edificante el astro que le comunica sus

resplandores.

El plan era bellísimo. Mas ¿quién le ponía el cascabel al gato? ¿Quién

aliaba a la tiesa y austera Villasis con la amable y despreocupada

Currita, aunque se tratase de ir a conquistar juntas la Tierra Santa?

¿Quién doblegaba la vanidad inmensa de la Albornoz, hasta el punto de

hacerla aceptar cualquiera empresa que fuese un puesto secundario?...

El astuto Butrón resolvió tentar el vado, aproximando a las dos señoras,

y citólas en terreno neutral, su propia casa, sin advertir a ninguna la

presencia de la otra, con el pretexto de tratar reservadamente, en junta

de notables, un asunto de la mayor importancia para el partido.

Encargóse él de avisar a Currita la noche antes en el teatro, y, por

orden expresa suya, escribió su mujer a la Villasis, con quien la unía

una amistad antigua, cariñosa y sincera. La futura presidenta olióse

desde luego la partida, y un oportuno constipado atroz y empedernido

vino a impedirle salir fuera de casa; así se lo notificaba con grande

sentimiento y cariñosas frases a su buena amiga Genoveva en una elegante

esquelita cuadrada, en cuya esquina se leía, bajo la corona ducal propia

de los Grandes de España, su nombre de María.

Esperábase la Butrón la llegada del constipado, díjole así a su marido

al mostrarle la carta, y entonces fue cuando el respetable diplomático

descargó su berrinche sobre la pobre dama, prodigándole los dicterios

que al comenzar este capítulo apuntamos.

De repente, recobró su cortesana sonrisa, su continente señoril y

aparatoso: entraba la duquesa de Bara, otra de las citadas, antigua

amiga suya, aunque no de tan añeja fecha, de quien la maledicencia se

había ocupado muchos años atrás y se solía ocupar aún de cuando en

cuando. Era la duquesa mujer muy discreta, nada escrupulosa, conocía a

Madrid palmo a palmo y escuchábala Butrón como a un oráculo en todo lo

referente a guerra femenil de intriguillas y abanicazos. Al poco llegó

el general Pastor, próximo a partir también al Norte para secundar el

movimiento de Concha, y vino luego un don José Pulido, hombre listo y

travieso, pies y manos de Butrón y también su ninfa Egeria, que había

sido condiscípulo suyo en la Universidad y desempeñado muy buenos

puestos a la sombra del diplomático. Eran ya las tres, y a las cuatro

debían de llegar Jacobo Sabadell y la Albornoz y hubiera llegado

también la Villasis si su providencial constipado no se lo estorbase. El

prudente Butrón habíalos citado con una hora de intervalo, para poder

preparar en aquella antejunta de íntimos lo que en presencia de los

otros había de tratarse más tarde.

Sentáronse todos al lado de la chimenea, en torno de la mesa cuadrada, y

el respetable Butrón expuso el caso. La duquesa de Bara no le dejó

acabar: juzgaba ella imposible hacer tragar a la Villasis la

vicepresidencia de Currita, como no fuera cogiéndola de sorpresa,

presentando de improviso la candidatura aprobada ya por unanimidad en la

junta magna de señoras que había de celebrarse; y aun así y todo,

desconfiaba mucho del éxito, porque era María Villasis una quijota

impertinente y ridícula, capaz de desairar a Madrid entero si se le

ponía entre ceja y ceja el hacerlo.

--No se me olvidará nunca--dijo--lo que hizo con la pobre Rosa Peñarrón,

cuando aquel concierto famoso que organizó a beneficio de los inundados

de Valencia. Le envió Rosa tres billetes, y tuvo la desfachatez de

devolvérselos con el precio justo, unas quince o veinte pesetas, y

enviar luego a Valencia, por mano del arzobispo, una limosna de tres mil

duros...

Butrón enarcó las formidables cejas, el general Pastor se atusó el largo

bigote y don José Pulido, más práctico y menos puntilloso, ensanchó la

barbilampiña cara, diciendo suavemente:

--Con tal de que nos envíe a nosotros otro tanto, aunque sea por mano

del moro Muza...

Ofendióse la duquesa, que acababa de vender su hijo y su ducado al

señor López Moreno, y con mucha dignidad contestó severamente:

Pequeñeces · 第 17 / 35 段