Cifuentes me lo aconsejó, cesaron al punto mis dudas.
--Y además de eso--añadió la marquesa con ingenuidad sencillísima--, tu
pensamiento ha coincidido con el mío... ¡Claro está!, un hombre decente
no podía pensar otra cosa; y por eso había yo previsto, para acallar tus
escrúpulos, un remedio facilísimo.
--¿Cuál?--preguntó Jacobo algún tanto suspenso.
La marquesa levantó la tapa del secrétaire, y sacando el documento
escrito por ella misma la noche antes, púsoselo a Jacobo ante los ojos,
diciendo con su sonrisa habitual, tan franca y tan simpática:
--Con firmar este papel estamos ya del otro lado.
Jacobo comenzó a leer el documentó con algún sobresalto, y a medida que
recorría sus renglones, contraíanse sus labios y tornábanse color de
grana sus orejas. La marquesa fijaba en él una mirada de compasión
profunda. Él, al terminar su lectura, arrojó el papel sobre la mesa,
murmurando:
--¡Pero, María!... ¡Imposible!... ¡Imposible!... ¡Yo no firmo eso!...
El documento era una renuncia completa y explícita a toda intervención y
a todo derecho que pudiera concederle la ley a la administración de los
bienes de su mujer y al usufructo del caudal de su hijo, tan
perfectamente detallada, meditada con tal prudencia, que la codicia y la
rapacidad de Jacobo quedaban atadas de pies y manos con sólo poner allí
la firma...
Antonelli había vencido a Bismarck; el ángel, con alas de águila, había
cogido bajo el pie al demonio, con alas de murciélago.
Jacobo, herido en su vanidad, derrotado en sus planes, revolvíase
furioso al verse cogido en sus propias redes, mientras la marquesa, muy
sorprendida y admirada, preguntábale sin perder un punto de su aparente
ingenuidad y su señoril aplomo:
--¿Pero por qué no quieres firmar?... ¿Qué encuentras en ello de malo?
--Porque..., porque..., porque firmar eso, es renunciar a mi dignidad de
marido.
--¿A tu dignidad de marido?... ¿Pues no decías hace un momento que tan
sólo el reparo que este papel allana te había hecho vacilar al intentar
lo que intentas?
--Es que ese papel rebaja mi dignidad...
--Ese papel realza y asegura tu dignidad en la opinión pública...
--Cuando se trata del honor hay que prescindir de la opinión...
--¿Prescindir de la opinión?... ¿Pues no decías ahora mismo que lo que
se dice de los hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar
en su vida como lo que realmente han hecho?
--Hay casos en que el testimonio de la propia conciencia es, para el
hombre de honor, suficiente:
--¡Pero hombre... de honor!... ¡Si me decías hace un momento que, aunque
la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra depende de la
opinión ajena!...
Jacobo forcejeaba como el lobo cogido en la trampa para buscar una
salida, y no hallándola, exclamó al fin, rompiendo el freno de las
formas, último que suele romper el más inepto de los diplomáticos:
--¡Política romana con todas sus hipócritas bajezas y sus intrigas de
sacristía!...
--¡Cuidado con lo que dices, Jacobo!--exclamó enérgicamente la
marquesa--. ¡Mira que me autorizas a pensar que tu política
_bismarckiana_ ocultaba alguna vileza!
--¡La tuya sí que oculta una intriga en que asoma la mano del padre
Cifuentes!...
--¿La mano del padre Cifuentes?... ¡Pobre padre Cifuentes!... La
descubrirás tú, sin duda, desde aquella montaña de Tai-Sam a que subiste
hace poco... Yo, como vivo en terreno llano, no la descubro.
Jacobo, golpeando con ambos guantes la tapa de la mesa, guardaba
silencio. La marquesa le preguntó al cabo, sin perder su serena calma:
--¿Conque decididamente no firmas?
--No firmo--replicó Jacobo con ira.
--Pues conste que, si la reconciliación no se efectúa, tú tienes la
culpa; que tu mujer ha cedido cuanto es posible ceder, y tú..., tú
mismo, por una obcecación bien sospechosa, destruyes todo lo hecho.
--Destruyo lo que tú o ese bendito Cifuentes habéis urdido; pero yo me
entenderé con Elvira...
--Es que Elvira no vendrá a Biarritz.
--Pues iré yo a buscarla.
--¿A que no vas?
--¡Pero, señor!--exclamó Jacobo exasperado--. ¿Son estas las gentes
timoratas?... ¿De dónde saca mi mujer esos aires de independencia?...
Nosotros no estamos separados legalmente y la ley me autoriza para
reclamar cuando quiera a mi mujer y a mi hijo.
La marquesa se irguió entonces en su butaca, arrogante y amenazadora,
desplegando por vez primera sus poderosas alas de águila. Con el puño
cerrado dio un fuerte golpe sobre la mesa, diciendo al mismo tiempo:
--¡Inténtalo!... ¡Atrévete!... ¡Inténtalo, y en el momento en que des el
primer paso, presenta ella ante esos tribunales una demanda de divorcio
que te hunde por completo!...
El aspecto, la voz, el enérgico desprecio de aquel reto sobrecogieron a
Jacobo por un momento; recobrando, sin embargo, bien pronto su audacia,
replicó lleno de rabia:
--¡Que la presente si quiere!... ¿Dónde tiene las pruebas?...
--En su poder las tiene... Suficientes para alcanzar un divorcio:
bastantes para hacer poner el capuchón... a cualquiera que lo merezca...
--¡María!
--¡Jacobo!... ¿Te habías pensado tú que por el solo hecho de ser buena
había de ser tu mujer siempre mártir?... La paciencia tiene un límite
que marca a veces el decoro, y ¡ay de las zorras el día en que las
gallinas se cansen de ser gallinas!...
La terrible indicación de la marquesa amedrentó a Jacobo en medio de su
aturdimiento y de su rabia; y quiso sondear si la existencia de aquellas
pruebas era una mera amenaza.
--¡No se me asusta a mí con leones de paja!--exclamó irónicamente--. Mi
conciencia me dice que esas pruebas no existen, y no creo en ellas...
--Pues a ver si tus ojos convencen a tu conciencia--replicó vivamente la
marquesa.
Y abriendo de un tirón el cajoncillo del secrétaire, mostró a Jacobo,
desde lejos, un paquete de cuatro o cinco cartas, diciendo:
--A fe que la letra de Rosa Peñarrón y la tuya propia son lo bastante
claras para que no necesiten en los tribunales de peritos que las
reconozcan.
La sangre entera de Jacobo refluyó en su rostro, y por uno de esos
brutales impulsos con que, en el hombre de la naturaleza y no de la
civilización se manifiesta el instinto, hizo ademán de arrancárselas a
la dama. Mas esta, veloz como el rayo, abrió de un solo golpe la ventana
de cristales, y echando fuera el busto entero y la mano en que tenía las
cartas, gritó con gran fuerza:
--¡Monina!... ¡Que te vas a caer!... No saltes más... Mademoiselle,
quite usted a la niña la cuerda...
Y volviéndose después a Jacobo, un poco pálida, pero perfectamente
serena, añadió sin abandonar la ventana:
--¡Creí que se mataba!... ¡Con estos diablos de niños no se gana para
sustos!
Jacobo habíase quedado aplanado en su asiento, y tartamudeó entonces:
--¿Tienes aquí a Monina?...
--¿Pues no la había de tener?... ¿Quién me separa a mí de mi niña?...
¿Tú no la conoces?... ¿Quieres verla?...
Y sin esperar respuesta, volvió a gritar desde la ventana:
--¡Mademoiselle!... Traiga usted aquí a la niña...
A poco entraba Monina seguida del aya, y corrió a echarse en el regazo
de su abuela, mirando a Jacobo con esa media sonrisa de los niños
mimados, acariciados por todo el mundo, que parece decir al extraño:
¿Pero no me dice usted que soy muy bonito?...
Jacobo, aturdido por completo, no le decía nada, intentando en vano
adivinar por dónde habían llegado a manos de Elvira aquellas cartas,
pruebas irrefragables de uno de los episodios más vergonzosos y
comprometedores de su vida.
La marquesa abrazaba a su nieta como hubiera abrazado al ángel de su
guardia, dando gracias a Dios desde lo íntimo de su pecho por haber dado
a Jacobo el golpe de gracia con una espada de hoja de lata. Porque
aquellos terribles papeles con que su presencia de espíritu y su
enérgica audacia habían anonadado al farsante, eran simplemente tres o
cuatro cartas de sus administradores que en el cajoncito del secrétaire
estaban guardadas. El hecho vergonzoso era cierto, mas las pruebas no
existían, y muerta la Peñarrón, único cómplice, dos años antes,
imposible era que Jacobo descubriese ya el engaño.
El astuto Antonelli había atado para siempre a Bismarck con hilo de
araña.
Jacobo, sin hacer una sola caricia a la niña, despidióse fríamente, y
Monina le miró marchar, chupándose, con altivez de dama ofendida, tres
dedos al mismo tiempo.
Aturdido todavía y lleno de saña, entróse precipitadamente Jacobo en el
carruaje y dio orden al cochero de volver a Bayona, al Hotel de Saint
Etienne, donde se había apeado la víspera. Biarritz era demasiado
pequeño para permanecer oculto y evitar embarazosos encuentros con los
emigrados alfonsinos y carlistas que, desde mucho tiempo antes, poblaban
todos los contornos, y los hombres políticos y medrosos de todo jaez con
que la caída de don Amadeo y la proclamación de la República engrosaban
en aquellos mismos días el número de españoles dispersos.
El desengaño había sido cruel, y tornábase de nuevo angustiosa la
situación de Jacobo al ver hundirse todas sus ilusiones, dejando tan
sólo en su ánimo zozobras y rencores terribles que encendían en su
corazón, contra la marquesa de Villasis y el padre Cifuentes, la rabia
implacable que siente el perverso contra todo aquel en quien se ve
forzado a reconocer el derecho de despreciarle.
De las heridas que el derrotado plenipotenciario de Constantinopla
llevaba en el alma, ninguna escocía tanto a su vanidad, ninguna
irritaba tanto su soberbia como el que fueran sus vencedores una beata y
un fraile.
En el paroxismo de su furor imaginábase estrangular algún día a la
taimada Villasis con el pañuelo a cuadros azules y amarillos del
hipócrita Cifuentes.
Fin del libro segundo
Libro III
--I--
Memorable fue aquella noche... Pedro López aseguró al día siguiente,
bajo su firma, en las columnas de _La Flor de Lis_, que el espíritu de
Meyerbeer había abandonado la mansión de las armonías para inspirar en
el Real el estreno de _Dinorah_. Algo impalpable y armónico que se
reflejaba en las voces de los cantantes y en los ecos de la orquesta lo
había visto él, Pedro López, descender del carro de Febo, que decora el
techo, y dinfundirse por la atmósfera embriagadora de la espléndida
sala...
También Villamelón había visto algo; sentado de espaldas al escenario,
en el fondo del palco, apoyada la pensadora cabeza en el débil
tabiquillo y fijos los ojos en el techo, recibía de lleno el formidable
soplo de aquel feísimo Eolo que, por detrás del carro de Febo, parece
lanzar pulmonías y catarros sobre las calvas, vistas en proyección, de
los melómanos faltos de pelo.
Currita, sentada en primer término, frente a Leopoldina Pastor,
hallábase arrobada por aquel sublime terceto de la compañía, final del
primer acto, cuando retumba el trueno a lo lejos entre los sordos
bramidos de los contrabajos y el suave murmullo de los violines, dulce,
delicado, bellísimo, que parece revelar el hálito tibio de la tormenta
que se acerca, el tenue susurrar de las hojas de los árboles que sacuden
ya las primeras ráfagas, el vago perfume de la tierra que anuncia la
cercana lluvia.
_Che oscuro è il cieli_!...
Y Currita, tan conmovida como Dinorah misma, que intenta en vano detener
a Bellak, la blanca cabra querida, miraba de reojo al palco del
Veloz-Club, donde charlando y riendo entre sí, asomaban Gorito Sardona,
Paco Vélez, Diógenes, Angelito Castropardo, y por detrás de todos,
descollando entre ellos por su gallarda apostura y su aire altanero,
Jacobo Sabadell, flechando los gemelos con descaradísima insistencia a
otro palco que Currita no podía ver porque estaba colocado justamente
encima del suyo.
--¡Delicioso!--decía Currita más y más conmovida, porque la cabra se
escapaba en aquel momento. Dinorah corría en su busca, Höel arrastraba a
Corentino medio loco de terror y la orquesta se apagaba lentamente,
pianissimo, en un suave murmurio que dejaba sobresalir lejos, cada vez
más lejos, hasta convertirse en un eco apagado, misterioso, mágico, las
vibrantes notas de la campanilla de plata de Bellak, la cabra
blanca[14].
[Nota 14: El análisis técnico de esta ópera está tomado de un
artículo crítico del señor Peña y Goñi.]
El telón cayó entonces, y el público permaneció un segundo mudo,
atónito, escuchando aún en aquel silencio que hubiera permitido oír la
caída de una hoja, embargado por esa especie de pavor suavísimo que
infunde en el alma el sentimiento de lo sublime. Una tempestad de bravos
y de aplausos estalló al fin en el teatro, y Villamelón salió entonces
de su arrobamiento, exclamando con aire de reconcentración profunda:
--¡Lo dije!... El _vol-au-vent_ de codornices se me indigesta siempre...
Currita, prescindiendo también de su emoción artística, inclinóse
vivamente al oído de Leopoldina, para preguntarle rabiosa y preocupada:
--Pero, mujer... ¿A quién mirará tanto Jacobo en ese palco de arriba?...
Leopoldina volvió lentamente la cabeza, con ese arte inimitable que
tienen las mujeres para ver sin mirar, y echó una rápida mirada al palco
del Veloz.
La _garçonniere_ andaba revuelta, y Jacobo, de pie en el palco, flechaba
los gemelos con distinguidísima insolencia en la dirección marcada por
Currita, sin hacer caso de las chistosas observaciones que, a juzgar por
sus risas, parecían hacerle los compañeros. Diógenes, mirando también
hacia el mismo sitio, cogió a Jacobo por un brazo y echó al mismo
tiempo, con la mano izquierda, una gran bendición en el aire. Riéronse
los del palco estrepitosamente, y Leopoldina dijo muy seria:
--¡Anda!... Ya los casó Diógenes...
Currita, muy alterada, volvió a preguntar:
--Pero ¿quién puede estar ahí?...
Leopoldina, furiosa dilettante, que recorría siempre de gorra todos los
palcos del Real, tenía al dedillo los abonos de cada turno y los
abonados a cada localidad. Calculó un momento la dirección en que los
del Veloz miraban, y dijo al cabo:
--No sé quién puede ser...; ese palco no está abonado.
Fernandito, con las manos en los bolsillos del pantalón, daba pataditas
en el suelo, diciendo tímidamente:
--Estoy fastidiado... ¿Sabes, Curra?...
Curra nada sabía, ni parecía tampoco querer averiguarlo, y aconsejaba
mientras tanto a Leopoldina que fuera en aquel entreacto a visitar a
Carmen Tagle en su platea, desde donde podían perfectamente descubrirse
las incógnitas o incógnita del palco de arriba. Hízole a Leopoldina
poquísima gracia la propuesta, pero érale imposible rehusar aquel
pequeño servicio a la amiga generosa, en cuyo palco, coche y mesa, tenía
un lugar siempre dispuesto; porque era Leopoldina de esas personas de
clase inferior, entrometidas y gorronas, que sufren toda especie de
molestias y desaires a trueque de aparecer a los ojos del vulgo,
codeándose en todas partes con las primeras figuras de la moda y de la
Grandeza. La faja de su hermano y la Capitanía general de Madrid, que
desempeñó este algún tiempo, habíanle abierto las puertas del _beau
monde_, y allí se había encastillado ella y tomado carta de naturaleza.
Villamelón, dando sus pataditas, repetía por centésima vez muy
angustiado:
--¿Sabes, Curra?... Malo estoy.
--Fernandito, ¡por Dios!... No me lo digas...
--Indigestión... El _vol-au-vent_ de codornices. Lo tengo dicho: siempre
se me indigesta. ¿Me entiendes?...
--¡Vaya por Dios, vida mía!... Mira, pasea un poquito y eso te vendrá
bien... Acompaña a Leopoldina y vuélvete pronto...
Y cada vez más impaciente, advirtió a esta por lo bajo:
--Que no se huela Carmen a lo que vas... Mira que las pesca al vuelo.
Villamelón, haciendo figuras, se atrevió a decir:
--Quizá en casa...
--¿En casa?... Jesús, hijito mío, y ¿qué te vas a hacer allí solo?... ¿Y
si te da algo?... No, por Dios; ve con Leopoldina y vuélvete despacito.
El duque de Bringas entró en el palco, y a poco llegó el tío Frasquito
acompañando a su sobrina Valdivieso, que rebosaba, como siempre,
entusiasmo y necedad, chismes y enredos.
La Ortolani era un portento. ¡Qué _berceuse_ aquella: _Si carina,
carprettina_!... El tío Frasquito no estaba conforme: gustábale más la
romanza _L'incantator della montagna_, y estábala ensayando en la
flauta, sin cuidarse para nada del percance del rey Midas, que desde
mucho tiempo antes le tenía pronosticado Diógenes. El duque de Bringas
estaba muy enfadado porque no le llenaba la partitura; aquello no era
sino una ópera cómica francesa, convertida en ópera italiana; en cuanto
a la Ortolani, ¡pchs!... no vocalizaba mal, pero ¡estaba tan flaca!...
--¡Como si tuviera que cantar con los mofletes!--exclamó María
Valdivieso con muy buen sentido.
Y variando de conversación púsose a contar a Currita una historia muy
chistosa de la duquesa de Bara, que se hallaba un poco más abajo, en el
palco de los consortes López Moreno, restaurados ya en su trono de
Matapuerca. Lucy se casaba al fin con Gonzalito, conformándose la
duquesa a tragarla por nuera. Paco Vélez se lo había dicho.
--¡Ya me lo figuraba yo!--exclamó Currita con maligna complacencia--. Si
quien habla mal de la pera, la bendice y se la lleva.
--¡Exacto! Lo mismo dijo Paco Vélez... Ahí los tienes a los dos tan
amartelados en el palco, publicando las amonestaciones... ¡Dice Paco
Vélez que ha habido unas historias!... López Moreno sitió a Beatriz por
hambre, y entre el embargo y la boda no hubo más remedio que capitular.
Beatriz entrega el ducado, el otro perdona la deuda, y pata... Pero lo
más chistoso es que Lucy dota a Gonzalito en cuatro millones...
--¡Qué delicia!... De modo que, en caso de viudez, Gonzalo quedará
siempre _prince douairier_, es decir, _douairier_ de Matapuerca.
El duque y el tío Frasquito creyeron morirse de risa al oír la agudeza
de Currita, y la de Valdivieso añadió entre carcajadas:
--¡Exacto! ¡Qué frase tan feliz!... Se la contaré a Paco Vélez... ¡_Le
prince douairier_ de Matapuerca!... Es menester que le dejemos el
nombre; justamente andan muy afanados ahora buscando el árbol
genealógico de Lucy...
--Pues mira, mujer, yo se lo daré hecho... En la primera rama que pongan
al Mal Ladrón, y en la última a López Moreno ahorcado...
--¡Pero, Curra, mujer, estás de vena esta noche!--exclamó muerta de risa
la Valdivieso--. Cuánto daría Beatriz porque el árbol de Lucy rematase
de ese modo... Dice Paco que López Moreno está riquísimo...
Aquí se detuvo como espantada un momento, y mirando atentamente hacia la
sala, añadió con su intemperancia ordinaria:
--Pero, mujer, ¿no has visto eso?... ¿No ves allí a Jacobo con la
Mazacán?... ¡Pero qué escándalo!... ¿Cómo permites tú eso?...
¡Vaya si lo había visto Currita!... Como que el berrenchín que tenía por
dentro era la nerviosa musa que inspiraba aquella noche sus aceradas
agudezas, y desde que terminó el acto no había perdido de vista un
momento a Jacobo, viéndole comenzar su _toumée_ por los palcos de las
damas, que le recibían todas en palmas, mimándole y agasajándole con sus
más encantadoras sonrisas y sus más dulces palabras. Isabel Mazacán,
sobre todo, parecía querer comérselo, y por dos o tres veces, mientras
le tuvo en el palco lanzó al de Currita una mirada que parecía decirle:
¡Rabia de firme!... Él acogía todos aquellos homenajes con la exquisita
naturalidad, el desembarazo distinguidísimo del elegante de raza que se
reconoce de moda, del _leader_ del día cuyos saludos se mendigan, sus
frases se repiten, sus trajes se copian, sus toses y estornudos se
numeran y comentan.
Jamás había otorgado Madrid un perdón tan generoso y tan amplio como el
que concedió al antiguo revolucionario al saber su novelesca aventura
de Constantinopla y al verle entrar de nuevo en el redil aristocrático,
a la sombra de Butrón y la Albornoz, arrepentido, pero con la cabeza
alta; no implorando protección, sino ofreciéndola a todo el mundo.
Allá en los profundos rincones de los _boudoirs_ y en los secretos
conciliábulos políticos murmurábanse cosas extrañas. Decíase en estos
que Jacobo había prestado un gran servicio al partido restaurador,
echando a pique con ciertos misteriosos papelitos a tres personajes
intrigantes y tramposos que, ávidos siempre de poder y dinero, habían
querido en Biarritz, después de la caída de Amadeo, injerirse
traidoramente en la restauración del trono, que ellos mismos habían
contribuido a hundir cinco años antes. Fuera o no esto cierto, éralo,
sin embargo, que el respetable Butrón había aparecido de repente,
cubriendo a Jacobo con el manto protector de su confianza; que Currita
habíale proporcionado la desinteresada amistad de su caro esposo
Fernandito, y que así, en aquellos ocultos rincones de los _boudoirs_
como en las amplias aceras de las plazas públicas, designábanse a los
tres personajes con los nombres de _el joven Telémaco, el prudente
Mentor y la invulnerable Calipso_, murmurándose al mismo tiempo que
Jacobo estaba arruinado, que el partido restaurador garantía su porvenir
asegurándole una cartera en pago de sus servicios, y Currita atendía a
su presente con una esplendidez que amenazaba dar al traste con la hasta
entonces bien cimentada fortuna de la opulenta casa de Villamelón.
--Y es natural--había dicho una noche la duquesa de Bara--. Curra está
ya muy _fanée_, y Jacobo no es ningún Juanito Velarde que se mantenga
con un destinillo de veinte mil reales.
Mientras tanto, Leopoldina Pastor entraba en la platea de Carmen Tagle,
y besándola en ambas mejillas, decíale al oído:
--Vengo huida...
--¡Mujer!... ¿Quién te persigue?
--Curra... Esa Curra... que es atroz, hija, atroz... ¡No vuelvo a
presentarme en público con ella!... No me gustan evidencias; no quiero
escándalos... Por eso dije: aunque sólo sea este entreacto, me la quito
de encima y me voy con Carmen...
--Gracias por la elección, querida...
--Pues nada... Empeñada en saber quién estaba en el palco de arriba... Y
todo porque _el otro_ no hacía más que mirar para allá _poniendo varas_.
Al decir esto, Leopoldina cogió a Carmen Tagle sus gemelos de nácar y
púsose a mirar hacia el palco que tanto inquietaba a Currita. Había en
él dos señoras: una, joven, sentada en primera fila, y otra, de edad ya
madura, casi oculta en el fondo... Parecía la primera una verdadera
niña, delicada, fantástica, una de esas espirituales gatitas rubias que
se crían a orillas del Sena y suelen tener, en efecto, todas las
solapadas mañas de la raza felina. Sentada de espaldas al escenario,
parecía no haber roto un plato en todos los días de su vida, y paseaba
la vista por la espléndida sala, sin fijarla en ninguna parte, con esa
indiferencia con que se mira una multitud del todo desconocida: más bien
que para ver, parecía estar allí para ser vista, y la exagerada
elegancia, algún tanto extravagante, de su traje de terciopelo negro con
camelias rojas indicaba claramente el plan preconcebido de atraer todas
las miradas. Su compañera, que podía muy bien ser su madre, era una
mujer muy flaca, de aspecto distinguido, con el pelo gris peinado a la
inglesa, un traje de terciopelo negro cerrado hasta arriba y un vistoso
aderezo de brillantes falsos. Ambas parecían extranjeras, y en toda la
noche no habían cruzado entre sí una sola palabra.
Examinólas Leopoldina detenidamente, y dijo al cabo, meneando la cabeza:
--Negro y encarnado... ¡Malo!... Los colores del diablo... ¿Y quiénes
son esas individuas?...
Carmen Tagle se echó a reír encogiéndose de hombros, y Leopoldina volvió
a mirarlas, diciendo por debajo de los gemelos:
--Pues te digo que con el terciopelo que gastó la madre en cubrirse
hasta las orejas podía haber subido un poquito el escote de la hija...
¡Vaya con la indecente!... Y la chica es monísima... ¿Cómo se llama?...
--Si nadie la conoce... El martes se presentó en ese mismo palco vestida
de blanco con camelias rosa... Ayer estaba en la Castellana en un milord
muy bonito, con camelias blancas en el sombrero y en el pecho... Hoy,
terciopelo negro con camelias rojas...
--Pues ya tenemos nombre que darle--exclamó Leopoldina riendo--: _La
dama de las camelias_.