Guardóse muy bien la Villasis de comunicar a Elvira estas noticias, y

como el experto médico que debilita en varias dosis un brebaje demasiado

fuerte, trocándolo de veneno en medicina, dispúsose a desengañar a la

infeliz, poco a poco y por partes. Leyó, pues, atentamente la carta que

agitaba y temblorosa le presentaba Elvira, y devolviósela sin decir

palabra. Ella le interrogaba con los tristes ojos preñados de lágrimas;

la Villasis dijo entonces moviendo lentamente la cabeza:

--Eres turco y no te creo...

Elvira bajó anonadada la suya, porque le pareció que aquellas palabras

derrumbaban de un golpe el castillo que allá en el fondo de su corazón

levantaron antes la esperanza y el deseo. Dos grandes lágrimas se

desprendieron de sus ojos, mientras murmuraba tímidamente:

--¡He rezado tanto!... ¡He llorado tanto!...

--¡Es verdad!... ¡Pero ha mentido tanto!... ¡Ha rodado tanto!...

--Dios puede hacer un milagro...

--Y el hombre puede hacerlo inútil.

--Yo espero que no...

--Yo temo que sí.

--¿Pero a ti quién te lo dice?...

--¿Y a ti quién te lo asegura?

El llanto de Elvira se trocó entonces en sollozos, y como si aquella

pena fuese nueva para ella, sintió en toda su plenitud la primera

necesidad de todos los débiles en la desgracia: buscar unos brazos

amigos en que arrojarse, un pecho leal en que esconder el rostro lleno

de lágrimas...

La Villasis la recibió en los suyos, estrechándola contra su corazón,

besándola en la frente, hablándola al oído, con la voz suave y cariñosa

con que se habla a un niño enfermo o desolado. Ella, sollozando sin

cesar, repetía:

--¿Y qué hago?... ¿Qué hago?...

--Irte.

--¿Pero adónde?...

--A Lourdes... A esperar junto a la Virgen Santísima que pase la

tormenta.

--Irá allí a buscarme...

--No irá... Yo me encargo de detenerlo.

--Pero, ¿y si fuera verdad, María?--tornó a decir Elvira, aferrándose a

su idea--. ¿Y si su arrepentimiento es cierto y se encuentra el pobre

con que le cierro la puerta?...

--Entonces sabré yo conocerlo y te lo llevaré a Lourdes yo misma...

Iremos los tres a buscarte: él, yo y tu hijo.

--¡Ay, Alfonsito!... ¡Pobre hijo de mi corazón!... ¿Y qué hago con él?

¿Me lo llevo?...

--No, déjalo en el colegio.

--¡Oh, no, no, eso no!--exclamó Elvira fuera de sí--. ¿Y si su padre va

a verlo y se lo lleva y me lo quita?... ¡Hijo de mi alma!... ¡Verme yo

sin él!... ¡Me muero entonces!... ¡Me muero!

Y ante esta idea que la aterraba, la infeliz mujer, abrumada por el

dolor y debilidad por la inanición, sufrió un ligero desvanecimiento.

Hízola la marquesa tomar una taza de caldo y una copa de vino generoso,

y poco a poco logró al fin tranquilizarla.

Entonces concertaron su plan: Elvira había de partir aquella misma noche

a Lourdes, acompañada de mademoiselle Carmagnac, señora muy respetable,

que había sido aya de la única hija de la marquesa de Villasis. Esta

dictó a Elvira una carta que había de entregar a Jacobo cuando se

presentara en casa de su esposa; decíale en ella que asuntos muy

urgentes le impedían esperarle en Biarritz, y que la marquesa de

Villasis quedaba con amplios poderes para tratar con él toda clase de

negocios, conformándose Elvira, desde luego, con lo que ambos

concertaran.

A todo asentía la marquesa de Sabadell con esa especie de inercia moral

que enerva la voluntad cuando en cualquier negocio de la vida se apaga

la fe y muere la esperanza. Mas en las naturalezas heroicas crecen las

fuerzas en la misma proporción que crece el dolor del sacrificio, y sin

derramar una lágrima ni mostrarse ya acongojada ni afligida, ocupóse tan

sólo de sus preparativos de marcha.

Las dos señoras almorzaron juntas en casa de la Sabadell, entregó esta a

su amiga algunos papeles importantes que la Villasis quería tener a

mano, por si en su conferencia con Jacobo le fueran necesarios, y

marcharon después ambas a Guichon, pequeña aldehuela situada entre

Bayona y Biarritz, donde los jesuitas expulsados de España por la

Revolución habían abierto el colegio en que Alfonsito Téllez se educaba.

Despidióse Elvira de su hijo sin decir cuándo ni adónde iba, y el rector

del colegio, que conocía a fondo todas las pesadumbres de la dama, quedó

encargado de no permitir que el niño recibiese otra visita que la de la

marquesa de Villasis durante la corta ausencia de su madre. Dos horas

después despedíase aquella de Elvira en la estación de la Negresse, y

volvía triste y preocupada a la Villa María, dando al punto orden de no

recibir a nadie.

Encerróse temprano en su gabinete y pasó gran parte de la noche

repasando y estudiando los papeles de Elvira, y escribiendo una especie

de documentos en forma de artículos numerados. Levantóse muy de mañana

al otro día, fuese a la capilla de Santa Eugenia, oyó dos misas y

comulgó devotamente; la prudencia de la mujer había tirado la noche

antes sus cálculos, y la fe de la cristiana iba a buscar entonces en el

Sacramento la gracia divina que necesitaba para vencer en la lucha.

La mañana estaba magnífica y prometía uno de esos espléndidos días de

invierno en que los miembros se desentumecen, el alma se alegra y el

barómetro sube, como si quisiera descubrir a lo lejos la llegada de la

primavera. A las tres de la tarde hallábase abierto de par en par el

mirador de cristales del gabinete que ya conocemos, y el sol entraba a

raudales, llenándolo todo de luz, de colores y de reflejos. La marquesa

amaba el sol y el aire con la pasión con que los aman los pobres, y

odiaba ese misterioso y coquetuelo _petit jour_ en que se refugian las

beldades trasnochadas para ocultar los estragos del tiempo. Uníanse en

el jardín las carcajadas de Monina, que saltaba a la cuerda, con los

mugidos del mar, que azotaba a la costa, como si en aquella naturaleza

tan bella, tan en calma, tan espléndida, se armonizara lo inocente con

lo terrible, el mar y el niño, la extrema debilidad y la extrema

fiereza.

La Villasis, apoyada en la ventana, seguía con la vista los juegos y

carreras de aquel bello ángel, que ocupaba y llenaba por completo su

corazón, con ser este tan grande. Era aquella niña su nieta, hija de su

única hija, muerta al darla a luz cinco años antes, y huérfana también

de padre. De repente, la marquesa cerró la ventana y sentóse junto a

ella, al lado del pequeño _secrétaire_ en que solía despachar su

correspondencia ordinaria. Había escuchado a lo lejos el ruido de un

coche que se deslizaba sobre las enarenadas calles del parque, y a poco,

un criado anunciaba en el gabinete al marqués de Sabadell.

La marquesa se santiguó vivamente no bien desapareció el lacayo, fijó un

momento sus grandes y vivos ojos negros en un cuadro bellísimo de la

Virgen que había en el testero, y volvióse hacia la puerta, tan risueña,

tan señora y tan serena como cuando recibía en Madrid a sus amigos

íntimos.

--VIII--

Para que el lector pueda comprender toda la importancia que tenía para

Jacobo aquella entrevista, preciso es ponerle en aquellos antecedentes

que el tiempo y la casualidad han suministrado hasta hoy, haciendo

alguna luz en las tinieblas que rodean a crímenes todavía impunes y a

intrigas no del todo desenredadas.

Nadie ignora que la masonería quedó triunfante en España al estallar la

Revolución de 1868; pareció, sin embargo, con harta razón, a algunos

caciques de la secta que no estaba aún maduro el pueblo de España para

plantear la República, y resolvieron entronizar mientras tanto a un

monarca constitucional que fuera entre sus manos un mero instrumento.

Fue entonces elegido a este propósito el duque de Aosta, y encargáronse

de ofrecerle la corona, como delegados de la secta, el general Prim y

don Manuel Ruiz Zorrilla, nombrado más tarde Gran Oriente honorario del

Supremo Consejo de España.

Estallaron con estas causas graves disidencias en el seno mismo de las

logias, que vinieron a dar por resultado el asesinato del general Prim,

mientras la comisión encargada de ofrecer oficialmente la corona de

España al duque de Aosta volvía de Florencia.

Formaba parte de aquella comisión cierto personaje, hombre práctico y

prudente, cuya memoria nos guardaremos bien de deshonrar, suponiéndole,

sin dato alguno fidedigno que lo pruebe, afiliado a las sectas; es, sin

embargo, cierto que dicho personaje tomaba caluroso partido por la

política de una de aquellas fracciones, y llevaba consigo en aquel

viaje, con designio misterioso, papeles de gran importancia que

comprometían a muchos de los secuaces de la política contraria.

La muerte sorprendió al personaje en Génova el 11 de diciembre, e

ignórase al presente por qué mano fueron a parar entonces aquellos

papeles a cierta logia de Milán, que los remitió más tarde a Víctor

Manuel como armas preciosas que podían muy bien afianzar en España el

trono siempre vacilante de su hijo, atando de pies y manos a ciertos

políticos venales, modelo en todas las épocas de deslealtad y de

imprudencia.

Acertó entonces a llegar a Milán, fugitivo de Constantinopla, el marqués

de Sabadell, perdido y arruinado, y presentóse en aquella logia, donde

años antes le había iniciado Garibaldi. Acogiéronle los venerables como

a enviado del Gran Arquitecto, y presentáronle al punto a Víctor Manuel

como el hombre a propósito para llevar a España documentos e

instrucciones, e imprimir a la política de don Amadeo el rumbo deseado

en Italia.

El refuerzo llegó, sin embargo, tarde y ya hemos visto cómo la caída del

duque de Aosta destruyó en París las cuentas galanas que no sin probable

fundamento tiraba Jacobo. Viose entonces de nuevo solo y arruinado, y la

necesidad, mala consejera siempre y móvil las más de las veces de

empresas descabelladas, sugirióle la idea de utilizar en provecho propio

el precioso depósito, y aquí comenzaron las complicaciones y los

peligros, los planes trazados y abortados.

Era su idea madre poner sus preciosas armas al servicio de alfonsinos o

carlistas, según tuvieran estos o aquellos más o menos probabilidades de

triunfo, y para destruir por de pronto el mal efecto que en los primeros

había causado su repentina presencia en París, apresuróse a propalar por

medio del tío Frasquito la novelesca historia de la cadina, que tan

_gloriosamente_ justificaba su fuga de Constantinopla.

Mas érale preciso al mismo tiempo y antes que nada hacer perder la pista

a los masones chasqueados, y a este propósito ideó Jacobo reconciliarse

con su mujer y oscurecerse a su lado por un año, durante el cual viviría

tranquilamente de las rentas de esta, garantizaría con ellas, en lo

posible, el pago de sus deudas y tantearía el terreno despacio y sin

ruido, hasta encontrar el mejor postor a los servicios que pensaba sacar

a pública subasta.

Su reconciliación con Elvira era, por tanto, la clave del arco que había

fabricado, y tratábase de colocarla en aquella entrevista. Entró, pues,

en el gabinete, armado de toda su osadía, sereno, risueño y con aire de

amigo que prepara a otro con su presencia una sorpresa inesperada y

agradable. Al verle entrar la marquesa, tendióle la mano con grande

afecto, diciendo cariñosamente:

--¡Adiós, Jacobo!... ¿Cómo te va?... Pero, ¡Dios mío! ¡Si por ti no pasa

el tiempo!... Te encuentro lo mismo, lo mismo que cuando nos vimos hace

cinco años en Bruselas. ¿Te acuerdas?

Jacobo apretó cordialmente entre las suyas la mano que la dama le

tendía, y le contestó con no menor cariño y agasajo:

--¡Ya lo creo que me acuerdo!... Los encuentros contigo no se olvidan

fácilmente... Pero tú sí que te has plantado en los veinticinco años:

siempre tan...

--¡Jacobo, por Dios!... Que abofeteas a la verdad por decir una

galantería. ¿No me ves la cabeza?... ¡Blanca!

--¡Ca!... Eso es refinamiento de coquetería; que te empolvas el pelo,

como las marquesas de la corte de Luis XV...

--Ya voy teniendo algún punto de contacto con ellas...--exclamó riendo

la marquesa--. A lo menos, en lo añejo de la fecha.

Jacobo habíase sentado mientras tanto en una silla, al otro lado del

pequeño secrétaire, que vino a quedar entre ambos; encontróse algún

tanto embarazado después de este primer saludo, y esperando que la

marquesa entrase la primera en el terreno en que uno y otro deseaban

encontrarse, púsose a hablar de la afluencia de hombres políticos de

todos colores que llegaban en aquellos días a Biarritz; parecía aquello

la costa a que la República de España fuese arrojando los restos del

naufragio de la monarquía saboyana.

La marquesa dio entonces el primer paso, diciendo con intención

marcadísima:

--Sí... Parece que Biarritz es el teatro escogido para las negociaciones

diplomáticas.

Hízose Jacobo el sueco y contestó con tono doctoral de hombre político:

--Dudosas se presentan... No creo que cuaje ninguna...

--¿Ninguna?--preguntó riendo la marquesa--. ¿Ni tampoco las mías?

--¡Ah, ya! ¡Eso es otra cosa!--replicó jovialmente Jacobo--. A la

diplomacia de las faldas no hay quien resista. Recuerdo haberle oído a

Castelar que el mundo es de las faldas y de las faldas: es decir, de las

enaguas y de las sotanas.

--Pues téngaselo usted por dicho, señor de Bismarck... Porque supongo

sabrás que estoy nombrada plenipotenciaria...

--Sí--replicó Jacobo--, ya me han entregado las credenciales.

Y al decir esto, puso sobre la mesita del _secrétaire_ la carta que,

dictada por la Villasis misma, le había escrito Elvira la víspera.

Leyóla atentamente la marquesa, como si le fuera desconocida, y

devolviósela a Jacobo, diciendo:

--Me parece que están en regla... Puede el señor Bismarck, cuando guste,

exponerme la marcha de su política.

--Yo creo más correcto que el señor..

Jacobo se detuvo sonriendo, como si ignorase el nombre de su antagonista

diplomático, y la marquesa le apuntó muy formalmente:

--Antonelli... Así no saldremos de faldas.

--...que monseñor Antonelli exponga antes la suya... El mundo ha sido

siempre el decano del cuerpo diplomático.

--Y por lo mismo debe de hablar el último; con que cayó usted en un

renuncio, señor de Bismarck... Pero no hay que apurarse por ello, que yo

expondré la mía con una sinceridad impropia del oficio... Mi política es

esta: «Padre nuestro que estás en los cielos... Hágase tu voluntad...

Perdónanos nuestras deudas, _como nosotros perdonamos a nuestros

deudores_... No nos dejes caer en _la tentación_... Líbranos de

_mal_...».

La marquesa supo dar tal inflexión a algunas de estas palabras, que su

política fue perfectamente comprendida por Jacobo. Aquello de que los

deudores quedaban perdonados sentóle muy bien y le llenó de esperanza.

--¡Política italiana!--dijo moviendo la cabeza--. Es la más hábil.

--Italiana no, romana--replicó vivamente la marquesa--. ¡Es la más

santa!...

Jacobo creyó llegado el momento de dejar este tono humorístico, tan

peculiar a los españoles hasta en los más graves asuntos, y se dispuso a

entrar en materia; colocó los guantes que se había quitado sobre la mesa

del _secrétaire_, y apoyando en ella ambos codos y dando vueltas al

magnífico brillante que en uno de sus meñiques tenía, comenzó a decir

mirando sus reflejos:

--Mira, María... Me alegro de tratar contigo este asunto mejor que con

Elvira, porque eres una mujer de mundo y sabrás comprender mi situación

y ponerte en mi caso... Elvira es un ángel... con alas de cisne; tú eres

también un ángel, pero con alas de águila...

La imagen resultaba bonita, y la marquesa agradeció el cumplido con una

ligera sonrisa.

--Mi situación actual--prosiguió Jacobo--puede concretarse en esta

fórmula: «He corrido mucho y me he cansado pronto». Recuerdo haber leído

en Confucio...

La marquesa no pudo contener la risa al oír el santo Padre que con tan

pedantesca formalidad alegaba Jacobo, y corrido este algún tanto,

preguntó contrariado:

--¿Te ríes?...

--No, hombre, no... Me río del autor, no de la cita... Veamos la

sentencia.

--Y bien profunda que es--replicó Jacobo--: «Subía la montaña de

Tam-Sam, y el reino de Sú me pareció pequeño; seguí subiendo al monte

de Tai-Sam, más elevado aún, y el imperio me pareció pequeño». Así me ha

sucedido a mí: mientras más alto me han elevado los eventos de mi vida,

más despreciables me han parecido mis triunfos.

--Pues verdaderamente que el señor Confucio no anduvo desacertado en la

parabolita--dijo la marquesa--. Pero al aplicarte tú el cuento, te las

calzas al revés, amigo mío... No debes de decir _subí_, sino _bajé_,

porque esos _triunfos_ de tu vida no te han ensalzado, sino rebajado

mucho... Por eso debiste decir: «Bajé al charco de Tam-Sam y la idea de

la virtud la perdí de vista, me hundí en la cisterna de Tai-Sam, mucho

más profunda, mucho más cenagosa, y las ideas del honor y del deber se

borraron del todo...»

Esta brusca e inesperada arremetida desconcertó por completo a Jacobo, y

mordiéndose los labios, dijo amargamente:

--¡Política romana, con todas sus intransigencias!...

--¡Política _bismarckiana_! la tuya, con todas sus criminales, ¡nótalo

bien!, ¡sus criminales condescendencias!...

Jacobo bajó en silencio la cabeza, pálido de ira, y se puso a estirar

sus guantes sobre la mesa; comprendió que ese tergiversado criterio

moral, que disfraza con pomposos nombres ruines defectos y vicios

enormes, se lo rechazaban allí por falso; que la _política romana_

llamaba al pan pan y al vino vino, al vicio vicio, a la infamia infamia,

y a las _pequeñeces_ monstruosidades, y convencióse, por ende, de que

había errado el camino, tratando de justificar el pasado. Resolvióse,

pues, a cantar la palinodia por completo, y a echar mano al mismo tiempo

de lo que juzgaba él su artillería de reserva.

La marquesa, por su parte, habíale acometido tan brusca y cruelmente

para ensanchar el campo en que quería examinarle, y no descubrir con una

confianza harto prematura y harto crédula el lazo que tendía ella al

farsante con su estrategia.

--Tienes razón, María--dijo al cabo gravemente--. Pero no podrás menos

de concederme que algo indica y algo merece el amor propio que se

doblega hasta hacer esta confesión, y que no es caritativo ni cristiano

retirar a quien quiere salir del charco la mano que puede ayudarle... El

padre Cifuentes--añadió con triste sonrisa--, con ser más _romano_ que

tú, me ha concedido ambas cosas.

--¿Qué te ha dicho el padre Cifuentes?...

--Me dio para ti esta carta--contestó Jacobo entregándole una.

Leyóla también la marquesa como si le fuera desconocida, y aparentando

darle un alcance que por ningún concepto tenía, dijo vivamente, con aire

de satisfacción grandísima:

--Esto es ya otra cosa... El voto del padre Cifuentes es para mí

decisivo, y me tienes por completo de tu parte. Expónme ahora tus

deseos, claros y concretos.

«¡Castelar tenía razón!... ¡Indudable era que las sotanas partían con

las faldas el imperio del mundo!...» Y mientras esto pensaba Jacobo, con

cierto rabioso despecho, que le hacía aún más antipático al padre

Cifuentes, púsose a trazar un plan encantador, un verdadero idilio

aristocrático, mitad campestre, mitad feudal, que fue exponiendo poco a

poco y por partes.

Él no tenía deseos, ni podía concebir otros que los que Elvira tuviese:

él era el vencido, el perdonado, y no podía tener otras aspiraciones que

obedecer en todo y por todo, y resucitar aquel tiempo lejano en que tan

felices habían sido ambos, amándose tanto, tanto... Y aquí pareció

Jacobo muy conmovido, y dio muestras de su erudición, trayendo a la

memoria aquello de Dante:

Nessun maggior dolore

Che ricordarsi del tempo felice

Nella miseria.

y parafraseándolo con aquello otro del marqués de Santillana:

La mayor cuita que aver

Puede ningún amador,

Es membrarse del placer

En el tiempo del dolor.

La marquesa parecía encantada y también conmovida, y le instó a que,

dejando a un lado honrosas delicadezas, le manifestara el plan de vida

que sería su gusto entablar, supuesta, _como ya podía suponerse_, su

reconciliación con Elvira.

Creyóse ya Jacobo con esto dueño del campo, y su vanidad inmensa le hizo

sentir la satisfacción de haber sabido engañar, antes que el goce de

haber logrado su objeto. Las mil frases bonitas que había leído y

conservado en la memoria para matizar con ellas su pintoresca elocuencia

acudieron en tropel a sus labios saliendo a borbotones. ¿Qué plan de

vida podía tener él, como no fuera pasar la suya entera adorando a

Elvira, con una pasión humilde, discreta, satisfecha con arder a lo

lejos, como en la última grada del altar el cirio de un pobre?...

Allá en tierra de Granada tenía él un castillo antiguo, la torre de

Téllez-Ponce, con terrenos de labor y montes espesísimos, donde,

desengañado de la Revolución, había soñado muchas veces combatirla,

realizando el ideal del grande de España antiguo, apoyado en el arado y

en la espada, siendo a la vez señor y protector de la comarca, padre de

sus colonos, y al mismo tiempo su caudillo... ¿Querría Elvira ayudarle

en aquella obra, encerrándose con él en aquel retiro?

¡Ah, si la Grandeza entera de España, comprendiendo al fin sus intereses

hiciera lo mismo, y dejando a los ricos improvisados y a los políticos

de pacotilla, el lujo con sus vicios, el poder con sus truhanerías,

fuese ella caritativa en los campos, mientras eran ellos usureros en la

corte, diese ella su mano al pobre campesino, mientras ellos le rechazan

con altanería, el pueblo, el verdadero pueblo comprendería al fin cuáles

eran sus amigos sinceros, y el lodo de la política podría fermentar en

la corte, producir revoluciones, lanzar sobre el país decretos

inmundos!... Mas toda aquella insolencia expiraría sin fuerzas sobre la

yerba de los campos, y la ola de cieno no mancharía jamás el dintel de

sus iglesias y castillos, defendidos por un baluarte de caseríos.

La marquesa miraba y escuchaba a Jacobo con entusiasmo, con

admiración..., con admiración tan grande y profunda, como que algo

parecido a aquella hermosa perorata lo había leído ella en Veuillot

hacía varios años; como que allí mismo, en el _secrétaire_ que tenía

delante, hallábase guardada entre los papeles de Elvira la escritura de

venta de la torre de Téllez-Ponce, sacada a pública subasta por los

acreedores de Jacobo y comprada bajo cuerda por Elvira misma, para

salvar de los usureros aquel último recuerdo histórico de la familia a

que pertenecía su hijo.

La bondadosa sonrisa de la marquesa no desapareció, y sin embargo, ante

farsa tan innoble, y entusiasmada y conmovida, apresuróse a asegurar a

Jacobo que no podía imaginar un plan más al gusto de Elvira, y que ella

lo aceptaba desde luego y lo refrendaba en su nombre.

--¿No es verdad que mi idea es profunda?--exclamó Jacobo, cegado por la

vanidad de orador, que era la más grande y la más mimada de todas sus

vanidades.

¡Ah, muchas y tristes experiencias le había costado concebirla y

desarrollarla!... Y lo que en aquel momento le hacía encontrarla más

oportuna, más cara a su entendimiento y más grata a su razón, era que

ella misma venía a orillar el único reparo que al intentar su

reconciliación con Elvira se le había puesto delante: reparo de

delicadeza, de hombre de pundonor que quiere ponerse a cubierto de las

hablillas del vulgo.

Habíase enterado en París por el tío Frasquito de que Elvira había

ganado un pleito de interés, que era a la sazón muy rica, y esto estuvo

a punto de retraerle, porque el mundo era muy malévolo y mil lenguas

murmuradoras se apresurarían a decir que no eran el desengaño y el

arrepentimiento, sino el dinero de su mujer y la ruina propia los que le

impulsaban a dar aquel paso... Mas retirándose a Téllez-Ponce, podían

vivir con las rentas de aquella finca suya, de él propia, y conservar el

caudal de Elvira intacto, para patrimonio de su hijo.

Aquella era la primera vez que en todo el transcurso de la conversación

nombraba Jacobo al niño, y hacíalo para asegurar una fraudulenta

impostura. La marquesa sintió que el corazón se le oprimía, oyéndole

hablar de aquel arrepentimiento en que no entraba la idea de Dios; de

aquel amor a su mujer en que no entraba la ternura hacia su hijo, y

dulcificando con un esfuerzo de su poderosa voluntad más y más su

sonrisa, y dando a su acento más marcado tinte de confianza y de cariño,

dijo moviendo desdeñosamente la cabeza:

--¡Bah!... No pienses en eso...

--Sí, María, sí; hay que pensar en ello, porque lo que se cuenta de los

hombres, sea o no cierto, ocupa de ordinario tanto lugar en sus vidas

como lo que realmente han hecho. ¡Bien lo sé yo por experiencia propia!

--¡Obrar bien, que Dios es Dios!--dijo sentenciosamente la marquesa--.

¡Ese es mi lema!

--Y el mío también... desde hace algún tiempo. Pero no hay que perder de

vista que si la virtud depende de nuestras propias acciones, la honra

depende de la opinión ajena.

--Pues ya tienes en favor tuyo la de las gentes honradas... ¿Qué más

quieres?...

Pequeñeces · 第 15 / 35 段