Leopoldina Pastor alborotada por ciento, proponiéndose referir a Octavio

Feuillet la historia de la cadina para que escribiese un cuento

original, y lamentándose de que Jacobo Sabadell no apareciese por

ninguna parte, aguardándole todos tan impacientes para tributarle el

justo homenaje de admiración que su novelesca aventura les inspiraba,

tan distinto del frío recibimiento con que le habían acogido la víspera.

Apareció entonces el tío Frasquito, vestido ya de gran gala, cargado de

perfumes y de noticias, que, como las burbujas al hervor del agua,

anunciaba en su rostro una significativa y prolongada sonrisa. La

inesperada resolución de Jacobo causó en el auditorio sensación

profunda, y cuando el tío Frasquito anunció que el héroe pensaba marchar

a Biarritz quizá al día siguiente, dos personas, Diógenes y Currita, no

pudieron contenerse... Levantóse el primero y fuese derecho al tío

Frasquito como si quisiera pegarle, y la segunda, sin que denunciase su

violenta ira más que una extraña vibración en su dulce vocecita, comenzó

a vomitar injurias y vituperios contra la marquesa de Sabadell, su muy

amada prima, con gran pasmo de Villamelón, que recordaba todavía el

sermoncito sobre el amor de la familia que había escuchado aquella

mañana.

La grey femenil hizo coro a los vituperios de Currita, y todos

convinieron en que la marquesa de Sabadell era una intriganta, una beata

hipocritona, una mala esposa que, habiendo campado por su respeto diez

años entre curas y monaguillos, quería ahora oscurecer al pobre Jacobo

bajo la tutela del padre Cifuentes, y que era caso de conciencia y

obligación imprescindible de todo fiel cristiano arrancar a la pícara el

antifaz y advertir al cándido muchacho el lazo que le tendían.

Diógenes, que, a mitad del camino pareció hacer de repente al tío

Frasquito gracia de la vida, arremetió briosamente contra la hueste

femenina, diciendo que era maldición de gitanos: «¡en lengua de hembras

te veas!»; que quien dijo mujer, dijo demonio, y que de tan mala ralea

era la casta, que todos, todos los bichos, hasta las chinches,

¡polaina!, eran mujeres...

Riéronse mucho todas las presentes de la ocurrencia de Diógenes, y este,

más que por darles placer, por machacarles las liendres, contóles

entonces que Dios no había formado a nuestra madre Eva de la costilla de

Adán, sino del rabo de una mona[13]... Porque aunque este fue su primer

intento, y tenía ya la costilla en la mano para formar de ella a la que

había de ser causa de tantas desdichas, una mona que le miraba hacer

atentamente, arrebatóle de repente el hueso y echó a correr para

esconderlo en su madriguera. Quiso el Señor perseguirla y alcanzóla por

el rabo; mas tan fuerte tiró la mona, que el rabo se le arrancó,

quedándosele al Señor en la mano. Encogióse entonces de hombros y dijo:

[Nota 13: Este cuento y el siguiente son antiquísimos cuentos

populares de Andalucía, recogidos por el autor e inventados por el

gracejo, profundo a veces, de los campesinos de aquella tierra. La

sencillez misma de su forma y lo manifiesto de su inocente al par que

picaresca intención, excluyen de ellos toda otra idea irreverente.]

--Para lo que voy a hacer, lo mismo da...

Y de aquel extraño utensilio formó a la madre del linaje humano.

Alborotáronse las damas con el cuento de Diógenes y Currita, pesarosa de

haber dejado escapar en la explosión de ira algo que la convenía tener

muy guardado, apresuróse a seguir la broma, diciendo:

--Pues mira, Diógenes, quizá tenga algo de verdad tu historia, porque a

mí me contaron con respecto a la formación del hombre otra muy parecida.

Dicen que Dios había criado ya a todos los animales; pero le faltaba

todavía crear al hombre; era ya muy tarde y estaba cansado. Entonces,

por ahorrarse tiempo y trabajo, cogió al primer animalillo que encontró

a mano y le dijo:

--Mira, habla tú--y quedó formado el hombre.

Y al decir Currita: «Habla tú», dio un golpecito con la punta de su

abanico en el hombro del marqués de Villamelón, su caro esposo. Este

interpretó la seña como una muestra de reconciliación, y sonrió

satisfecho, dulce y placentero, mientras Currita, inclinándose a su

oído, le dijo muy bajo:

--Mira, Fernandito..., me parece natural que vayas a ver si ha

descansado Jacobo, y que le convides a comer.. Dile que le espero sin

falta, porque tengo que hablarle de cosas que le interesan.

Anunciaron en aquel momento la llegada del correo y Diógenes aprovechó

la confusión natural que esto produjo para acercarse al tío Frasquito y

cogerle sin miramiento alguno por la abierta solapa de su rico gabán de

pieles, que dejaba al descubierto una pechera inmaculada, en cuyo centro

relucía, bajo la corbata blanca, una bellísima turquesa, celeste como el

cielo.

Azoróse el tío Frasquito al verse solo y sin defensa en las garras de

Diógenes, y procuró encubrir sus temores, acogiéndole humilde,

sonriente, cariñoso, llamándole _Perriquito_, y ofreciéndole ricos

cigarros que él no fumaba nunca, pero llevaba siempre a prevención para

casos apurados. Mas Diógenes, fijando en él sus ojos abotagados por el

ron y la ginebra, con el maléfico influjo de la serpiente que magnetiza

al incauto pajarillo, le preguntó con muy malos modos después de un

imperioso «¡oye, Frasquita!», si era cierto que andaba en compadrazgo

con Jacobito.

¡Él, con Jacobito!... ¡Jesús!... Pues si justamente era Jacobo una

persona que le estaba reventando desde su cuarto y que sin saber por qué

se le había indigestado... Verdad era que le había pedido una

recomendación para su sobrino el padre Cifuentes, y él--claro está--,

por salir del compromiso, le había ofrecido una tarjeta; ¿pero en qué

cabeza podía caber que fuera él a acompañarle, ni a mezclarse en asuntos

de familia, ni a meterse en _tripotages_ de mala ley con un loco

semejante?...

Y mientras esto decía el tío Frasquito, iba poco a poco escurriendo

escurriendo su solapa de manos de Diógenes, hasta que, libre al fin,

abrochóse prontamente el gabán hasta la barba, para poner a cubierto su

nívea pechera de cualquier acometida de Diógenes. Este, dejándole hacer,

tornó a preguntarle:

--¿Y cuándo se va Jacobo a Biarritz?...

--Mañana por la noche...

Y con ademán misterioso y tono de íntima confianza, añadió:

--Porr supuesto, que Jacobo sólo va allí al olorrcillo de los millones

de la Monterrrubio, que disfruta hoy Elvirrra... ¿Y qué harrrá ella?...

Porque no cabe en cabeza humana que una muchacha tan buena, tan santita,

quierrra hacerr de nuevo ménage con ese Poncio Pilatos...

Diógenes le volvió la espalda sin preguntarle nada más, y el tío

Frasquito, gozoso de verse libre al solo precio de hacer traición a su

amigo, corrió a noticiar a Currita que Diógenes tomaba partido por la

Sabadell, y a lamentarse con la de Bara de que la policía correccional

no pusiera coto, ni en España, ni en Francia, a los desafueros de aquel

cínico viejo.

Este había salido de la terraza por el salón de lectura, y entrando en

un gabinete, cogió pluma y papel, y con letra inverosímil, púsose a

escribir esta carta:

«Mi querida María...».

Aquí se atascó Diógenes, y rascándose la nariz con el cabo de la pluma,

quedóse perplejo, hasta que añadió por fin al encabezamiento esta

reverente coleta:

«...muy respetada: Mañana sale de aquí para esa el perillán de Jacobito

Sabadell, que lleva las de Caín, pues trata nada menos que de intentar

una reconciliación con su pobre mujer Elvira. Anda huido de

Constantinopla, donde ha hecho no sé qué atrocidades, y por lo visto ha

olido que Elvira tiene dinero y quiere ahorrarle el trabajo de

guardarlo. Mañana, antes de salir, tendrá una conferencia con el padre

Cifuentes, que _Francesca di Rimini_ le servirá de tercero...»

Aquí notó Diógenes que la concordancia era vizcaína, y añadió:

«...o de tercera. Te advierto todo esto por si puedes hacer algo por esa

pobrecita, que será capaz de entregarse atada de pies y manos al bribón

de su marido, si no hay alguien que la aconseje. Si sirvo yo para algo,

incluso para romperle un esternón a Jacobito...».

De nuevo se detuvo Diógenes dudoso, por no saber a punto fijo si Jacobo

podía tener uno o más _esternones_, y dispuesto sin duda a romperle

cuantos tener pudiera, prosiguió al cabo:

«...avísame y ahí me tienes. Yo sigo tan campante con mis sesenta y dos

a cuestas, caminito, caminito de esa cama del hospital que tantas veces

me has pronosticado. ¿Llegará en el sesenta y tres?».

Y dando con esta pregunta por terminada la carta, firmóla como Antonio

Pérez las suyas a _milady_ Richs:

«Perro desollado de vuestra señoría, _Diógenes._»

«P. D.--Un beso a Monina.»

Y aquí se detuvo otra vez perplejo, meneó lentamente la gran cabezota, y

su rostro granujiento tomó una expresión indefinible de ternura y de

tristeza.

Aquella Monina, bellísima criatura de cuatro años, ídolo de su corazón

por un fenómeno semejante al que hace a los grandes perrazos encariñarse

con los niños, que le tiraba de las patillas y le hacía andar a cuatro

pies, guiándole ella por una oreja, había rechazado un día un beso de

sus aguardentosos labios, diciéndole con infantil repugnancia:

--¡No..., que apesta!...

Y Diógenes, el cínico Diógenes, que se burlaba de la opinión del mundo

entero y hacía gala de revolcarse en los más inmundos lodazales, sintió,

ante la repugnancia de aquel ángel, que una gran vergüenza invadía su

corazón y subía hasta su frente, tiñéndola de carmín, y asomaba a sus

ojos llenándolos de lágrimas... Por tres días enteros estuvo sin beber

una copa; al cuarto, rindióle el vicio otra vez; mas jamás volvió a

besar a la niña.

Y entonces, a tan gran distancia del bello angelito, creyó faltar a su

propósito escribiendo en aquella postdata la palabra _beso_, y

borrándola con grandes tachaduras, puso en su lugar: «A Monina, que le

llevaré un muñeco que dice papá y mamá». Después escribió en el sobre:

Mme. LA MARQUISE DE VILLASIS

_Villa María._

_Biarritz._

--VII--

El capricho de una soberana hizo en poco tiempo de un villorio olvidado

uno de los centros más a la moda entre los semidioses que regulan sus

costumbres, su lujo, sus necesidades y hasta su conciencia, a veces, por

las extravagantes leyes de esta tirana caprichosa.

La emperatriz Eugenia levantó en Biarritz la ville Eugénie, y Biarritz

quedó al nivel de Trouville, Dieppe y Etretat. Los españoles lo invaden

en verano, los ingleses en invierno y los rusos en otoño, como si por

turno quisieran disfrutar sus comodidades bastante problemáticas y sus

encantos harto discutibles.

El lujo se apresuró a levantar allí villas y palacios; la especulación,

hoteles y casinos; sólo la piedad se quedó con las manos quietas. En

Biarritz apenas si existe una iglesia.

En la carretera de Bayona hay hacia el lado del mar una villa deliciosa,

que se asienta en un reducido parque como una paloma en su nido de

verdura: extiéndese aquel a lo largo del camino, cerrado por una gran

verja de hierro, en cuya puerta campea en uno y otro lado este letrero:

Villa María. Da esta entrada a una gran calle, que sombreada por árboles

magníficos, describe tres caprichosas vueltas, salta un diminuto

riachuelo y lleva a una plazoleta semicircular, atestada de flores,

especie de _square_ delicioso, que sirve como de patio de honor a la

casa.

Tres gradas de mármol blanco dan ingreso al piso bajo, destinado sólo a

recibimiento y adornado con esa pulcra sencillez que adopta todo lo

bello y destierra todo lo suntuoso, y constituye el buen gusto y la

elegancia en el decorado de un palacio de campo. En el fondo del

vestíbulo abríase la puerta del salón, y llegábase por este a un pequeño

gabinete, tapizado todo de cretona, con grandes flores cobrizas. Ocupaba

uno de sus frentes una chimenea de mármol blanco, y formaba el otro una

gran ventana de cristales, abierta de arriba abajo, que dejaba entrar el

sol a raudales y permitía ver la verdura del parque en primer término,

la arena de la playa más lejos y el azul del mar en lontananza.

Las once habían dado ya en el reloj del torreoncito de la villa, y dos

señoras, sentadas a uno y otro lado de la chimenea, hablaban en el

gabinete. Una lloraba en silencio; la otra parecía consolarla.

Representaba esta más de cuarenta años, y su falta absoluta de

pretensiones en nada disimulaba la sorda lima del tiempo. Un sencillo

peine de concha sujetaba su abundante cabellera, blanca casi por

completo, y su rica bata de paño labrado, con vueltas de terciopelo,

lejos de prestar realce alguno a su persona, parecía más bien recibir

ella misma del talle airoso y noble de la dama la severa elegancia de su

corte y de sus pliegues.

Su rostro, algo moreno y nada correcto en sus rasgos, tenía, sin

embargo, esa móvil belleza que da la expresión y viene a ser, con

respecto a la fisonomía, lo que el colorido con respecto al dibujo:

belleza más bien moral que física, que se escapa siempre al pincel, y

constituía el principal encanto de aquella señora, dotada de cierta

viveza natural que no le quitaba señorío; cierta gracia espontánea y

cariñosa que, unida a un ligerísimo ceceo, acusaban su procedencia

andaluza.

Era la otra mucho más joven, parecía abatida y estaba enferma; su rostro

descolorido formaba un óvalo perfecto, y llamaban en él la atención los

ojos, por lo dulces; la boca, por lo triste. Aquellos, grandes, azules,

de mirada vaga, un poco alta, como lo es en medio del dolor la mirada de

la esperanza; esta, pálida, caída por los extremos, con esa curvatura

que indica el sufrimiento habitual y es el primer signo que estampa la

agonía en los enfermos desahuciados y en los condenados a muerte. Traía

puesto un sombrero oscuro, sin velo, un largo abrigo de piel de nutria,

y escondía sus enguantadas manos en un manguito de la misma piel.

Era esta señora la marquesa de Sabadell, y la otra, en cuya casa se

hallaba, era la de Villasis, su amiga íntima.

El correo de aquella mañana había traído a las dos señoras noticias

importantes: la de Villasis había recibido la carta de Diógenes, y otra

larga y detallada del padre Cifuentes. La marquesa de Sabadell, por su

parte, encontróse al volver de misa con una carta, que hizo vibrar en un

instante cuantas fibras sensibles existían en su corazón: por un

momento creyó la infeliz mujer que iba a desmayarse.

Diez años se le habían pasado sin ver la letra de Jacobo, y aun antes de

fijar los ojos en el sobre, ese algo certero y misterioso que en

circunstancias dadas agita el corazón y fija de repente el pensamiento

en un punto remoto y olvidado, le avisó de quién era la carta.

Tambaleándose entró en su alcoba, bebió con mano trémula un sorbo de

agua y dejóse caer sin fuerzas en una butaca, mirando la carta que tenía

en las manos, sin osar abrirla.

El pasado entero se le vino a la memoria de un golpe, como una de esas

grandes olas que revientan en la playa, borrando por completo la espuma

de otras menores. Sus breves días de ventura, cuando enamorada

perdidamente de su esposo y creyéndose de él correspondida, habíase

creído en posesión del falso objeto de la vida, que es la dicha, y se

había olvidado del objeto verdadero, que es Dios, se le pusieron

delante.

Esta fue su única culpa, culpa de hijos ingratos en que incurre la

inmensa mayoría del linaje humano, que se olvida de Dios en la felicidad

y sólo le recuerda en el llanto, porque cuadra más a su condición

egoísta pedir remedios que agradecer bondades. ¡Harto lo conocía ella

entonces y harto lo estaba expiando!...

Vinieron luego las pequeñas infidelidades y los pequeños desencantos,

sufridos sin reproche, perdonados sin restricción, que no lograron

derribar el ídolo de aquella alma enamorada, manso río sin borrascas,

arpa eolia en que hasta los mugidos del huracán se transformaban en

suspiros... Después vinieron las grandes ofensas, y a poco los terribles

descubrimientos de vicios enormes, que brotaban como setas monstruosas

bajo el aspecto de seductor de aquel esposo adorado; de inclinaciones

depravadas, pasiones indómitas, costumbres disolutas e innumerables

defectos, que nacían y vivían en su alma como en la carne podrida los

gusanos asquerosos.

El ídolo hízose monstruoso, y la infeliz mujer quiso arrojarlo de su

corazón indignada, como se arroja lo que ofende, lo que mancha, lo que

deshonra; mas el alma íbasele detrás, llena de angustias y de vergüenza,

porque el ídolo seguía en pie, siempre reinando en ella, y no por ser

monstruoso dejaba de ser ídolo.

Llegó al fin la ruina, y tras la ruina vino luego el abandono, los

largos días solitarios, esperando en vano una carta mil veces contestada

antes de ser escrita, aguardando siempre la demanda de un perdón ya de

antemano concedido, acostándose con la agonía de despertar... de

despertar al día siguiente para hallarse de nuevo sola, ¡sola!, en la

arena del combate y del dolor, preguntándose a sí misma como el

infortunado Delfín de Francia a su madre María Antonieta: ¿Hoy es

todavía ayer?... ¡Y el ayer era siempre hoy, el ídolo era ídolo

siempre!...

Y en aquel momento, al revolver aquella carta, después de tantos años,

aquel turbio oleaje de penas abrumadoras, punzantes desdenes, ofensas

terribles, negras ingratitudes, lágrimas solitarias y despreciados

sacrificios, veía la infeliz levantarse en su corazón el amor a su

marido, vivo siempre, fuerte, avasallador, resistiendo al olvido, al

desdén, al insulto, al tiempo mismo y a la ausencia misma, viviendo sin

esperanzas que le mantuvieran y le dieran savia, y por eso, inmortal

como el alma.

La pobre mujer tuvo miedo de sí misma, y un llanto amarguísimo brotó de

su corazón a raudales. Acordóse de su hijo, cuyo ángel de la guarda era

ella, encargada de defender sus intereses y su educación contra su padre

mismo, y temió que aquel amor apasionado fuera en su corazón el punto

flaco que la llevara a pactar con el enemigo, la planta viciosa que

arrebata a cuantas la rodean los jugos de la tierra, apropiándose ella

sola la savia que vivifica y da frescura y lozanía.

Había en el fondo de la alcoba un tríptico precioso sobre un

reclinatorio sencillísimo, y en este se arrojó la marquesa, llorando a

mares, para leer a los pies de la Virgen la carta inesperada.

Jacobo, sin preámbulos de ningún género, anunciaba a su mujer su próxima

llegada, para tratar con ella de asuntos importantes, cuyo arreglo le

había _aconsejado_ el padre Cifuentes, excelente persona que había

conocido en París, _llenando su corazón abatido de esperanza y de

consuelo_...

La marquesa creyó haber leído mal aquel último párrafo de la breve

carta, y tornó una y otra vez a leerlo. La hipocresía era el único vicio

que jamás había observado en Jacobo, y, o aquella carta la rebosaba por

todas sus letras, o Dios había hecho en él uno de sus prodigios.

¿Confortado con esperanzas y consuelos del padre Cifuentes, aquel

corazón cuyo frío egoísmo le mantenía siempre fresco e insensible, como

un cadáver entre témpanos de nieve?...

Absurdo era esto, pero era posible; era su oración cotidiana hacía doce

años, su plegaria más ardiente, su súplica más repetida, y ¡Dios era tan

bueno, tan grande, tan Padre!...

Y aunque algo duro e inflexible se alzaba en el fondo de su corazón,

gritando que aquello era una farsa, una nueva vileza, la marquesa

ahogaba esta voz sin darse cuenta de ello, para dejar entrar allí un

rayo de sol que disipase las tinieblas de su triste abandono, para dejar

que la esperanza y el deseo levantasen juntos y a su placer un bello

castillo en el aire.

Sin acordarse de desayunar siquiera, ni detenerse más tiempo que el

preciso para lavarse en el tocador los ojos llorosos, corrió Elvira a

casa de la marquesa de Villasis, haciéndose la ilusión de que iba a

buscar en el claro entendimiento y en el cariño acendrado de su amiga un

consejo prudente, y yendo en realidad en busca de algo que con la

autoridad de aquella pudiera robustecer y dar cuerpo a su esperanza...

La Villasis sabía muy bien a qué atenerse, porque el padre Cifuentes le

daba en su carta cuenta detallada de su entrevista con Jacobo. Habíasele

presentado este disimulando, bajo su arrogante petulancia, el

encogimiento y la especie de miedo receloso que suelen infundir los

jesuitas a las personas mundanas que sólo les conocen por las mil

patrañas que en pro y en contra de ellos corren contadas o escritas.

Mas al ver delante de sí aquel hombre pequeñito, insignificante en su

persona hasta la vulgaridad, llano en el decir hasta el desaliño, que

jamás sacaba las manos de las mangas, como no fuera para tomar rapé en

su tabaquera de cuerno, y ponía de manifiesto con deplorable frecuencia

un pañuelo de hierbas insolente de puro feo, a cuadros azules y

amarillos, con algunos vivitos verdes, trocóse su recelo en desprecio, y

con la desdeñosa frialdad que guarda el grande orgullo para el pequeño

que juzga empingorotado sobre una superioridad usurpada, manifestóle su

_deseo_ de reconciliarse con su mujer, olvidando todo lo pasado, y

expresóle su _voluntad_ de que fuera él mismo quien aconsejara a la

esposa abandonada acceder a sus pretensiones.

Y entonces fue cuando Jacobo quedó convencido de que el padre Cifuentes

era un infeliz, un cuitadito sin pizca alguna de mundo, como el tío

Frasquito le había dicho antes.

Las manos del jesuita se hundieron más y más en lo profundo de sus

mangas, y muy alborozado y satisfecho, opinó que nada había más conforme

a la moral cristiana que la paz de la familia y el perdón de las

injurias... Pero--y aquí apareció de nuevo la tabaquera de cuerno para

suministrar a los dedos del padre Cifuentes un polvo digno del gran

Federico--en cuanto a aconsejar él a la señora marquesa que accediese a

las pretensiones del señor marqués, había de tener en cuenta el señor

marques que la señora marquesa nada le había consultado, y que la

primera condición del consejo prudente es la de ser pedido...

Jacobo abrió la boca para replicar, pero el pañuelo a cuadros azules y

amarillos, con algunos vivitos verdes, salió a relucir, y el padre

Cifuentes añadió que creía, tenía entendido, le parecía probable que la

señora marquesa de Sabadell estaba a punto de salir de Biarritz, y que

en el caso de no encontrarla, lo más prudente y oportuno para el señor

marqués sería dirigirse a la señora marquesa de Villasis, persona muy su

amiga, de grandes luces y mayores virtudes, para la cual se brindaba a

darle una carta suplicándole que las tomase ella en el asunto.

El tío Frasquito, que con gran falta de delicadeza, hija de su deseo

vehementísimo de seguir las peripecias del drama, se había constituido

en testigo de la conferencia, metió entonces su cucharada, asegurando

que aquello estaba muy bien pensado, que su sobrino el padre Cifuentes

tenía razón hasta por encima del solideo, y que lo más derecho para su

sobrino Jacobo era dirigirse desde luego a su sobrina Villasis, porque

lo que esta no alcanzase de su sobrina Sabadell nadie en el mundo,

fuera o no sobrino suyo, podría alcanzarlo.

Jacobo meditó un momento el plan que le proponían y pensando escribir,

desde luego, a su esposa, para detener su marcha con la noticia de su

ida, aceptó a todo evento la carta para la marquesa de Villasis y

despidióse del padre Cifuentes, llamándole don Gregorio. En todo el

transcurso de la plática había evitado con marcada afectación designarle

con el nombre de _Padre_, llamándole siempre señor Cifuentes.

El señor Cifuentes acompañó hasta la puerta a la aristocrática pareja,

con sus manos siempre metidas en las mangas, y al verla desaparecer en

el coche, permitióse murmurar del sobrino de su tío y de su tío mismo,

diciendo para su sotana:

--¡Exacta alegoría del mundo!... La necedad amparando al vicio.

Y sin perder un momento, púsose a escribir a la marquesa de Villasis,

dándole un juicio sobre los planes de Jacobo, que coincidía por completo

con el dado ya por Diógenes, suplicándole que evitase a toda costa que

Elvira y su marido se viesen, a fin de que este no pudiera engañarla, y

encargándole también, con grandes instancias, que ahuyentara para

siempre con algún recurso de su femenil ingenio a aquel desdichado que

pretendía explotar a su infeliz mujer, con grave riesgo de su inocente

hijo.

Pequeñeces · 第 14 / 35 段