Las líneas de su plan aparecieron entonces claras y firmes en todos sus

contornos, a la manera que después de una inundación y cuando las aguas

se retiran, aparece distintamente la altura de los collados y lo extenso

de los llanos y lo profundo de los valles. Encontróse entonces Jacobo

con que sus collados eran montañas, y sus llanos desiertos, y sus valles

abismos...

Y lo peor del caso estaba en que el primer abismo que se abría a sus

pies y le era forzoso salvar, habíalo abierto él con sus propias manos

la noche antes, por jugarlo todo impremeditadamente a una sola carta,

olvidando que era su juego de cartas dobles y complicadas. Porque la

babucha comprada en el Gran Bazar y la necedad del tío Frasquito iban a

colocarle aquel mismo día en lo alto de la columna del escándalo, en la

gloriosa picota de la moda, que asentaba esta vez sus cimientos sobre

los cadáveres de dos seres degradados, muerto el uno con un dogal,

cosida la otra a puñaladas y arrojada en su saco de cuero, sin expirar

todavía, viva y palpitante, en lo profundo del mar de Mármara.

Mas desde aquella columna, donde se podían dictar leyes al mundo del

fausto y del escándalo, sólo se lograba inspirar desprecio y repugnancia

invencible a ese otro mundo, no más pequeño, pero sí más desconocido, de

la honradez y la virtud, y justamente en aquel mundo callado y oculto

era donde se escondía la persona que a toda costa necesitaba él en

aquellas circunstancias... ¿Y quién ponía ya diques al viento? ¿Quién

sujetaba al tío Frasquito, que babucha en mano recorría ya las calles de

París en busca de un pedacito de celebridad, de un solo rayito de la

aureola del héroe?...

Preciso era tirar por otro camino, y la casualidad trajo a Jacobo quién

había de indicárselo. Era este Diógenes, que acudía muy de mañana,

atraído por el dinero que se le figuraba traer el plenipotenciario, como

los buitres acuden al olor de la carne muerta.

Diógenes no era como Sabadell, que jamás se apeaba de su papel de gran

señor, y lo mismo gastaba en boato y en caprichos en tiempo de las vacas

gordas que en tiempo de las flacas, con la sola diferencia de pagar en

los de aquellas y no pagar en los de estas. Diógenes, por el contrario,

vivía en una modesta _maison meublée_, y sentábase de diario a la

primera mesa que hallaba puesta, sin esperar a que le invitasen, por

cierta especie de derecho de cuchara que garantía su poquísima

vergüenza, por una tradición constante que la inveterada costumbre había

convertido en ley escrita en las pandectas de la capigorronería

madrileña. Cuando tenía dinero lo derrochaba espléndidamente, y cuando

no lo tenía, pedíalo prestado, con la intención jamás retractada de no

pagarlo nunca, según su axioma favorito: Cobra y no pagues, que somos

mortales.

Aquella mañana habíase propuesto almorzar con Jacobo y llevárselo

después al _Petit-Club_ a tirar de la oreja a Jorge, con ánimo

deliberado de darle por el camino algún _sablazo_ bien dispuesto.

Su sorpresa fue, pues, grande cuando Jacobo, con la austeridad de un san

Pablo primer ermitaño y la fortaleza de un san Antonio en el desierto,

se negó rotundamente a salir del hotel, diciendo que había jurado no

pisar el impuro suelo de París, que jamás tomaría en la mano una carta y

que no pareciéndole ya conveniente marchar a Madrid a causa del cambio

político, había decidido salir a la mañana siguiente para Biarritz,

donde pensaba intentar una reconciliación con--¡polaina!--¡con su

mujer!...

Escuchábale Diógenes en silencio, mirándole de hito en hito, clavados en

sus ojos los suyos, abotagados por la borrachera continua. Cuando acabó

de hablar, díjole muy serio:

--¡Vamos!... Tú dices lo del gitano del cuento: ¡Señó! Toos píen el pan

de cada día... Yo sólo pío que me pongan donde lo haiga, que ya yo me

arreglaré...

--No te entiendo...

--Pues vaya más claro... Tú dices: mi mujer ha ganado su pleito con la

Monterrubio y tiene una porción de miles de renta... Yo tengo el hambre

del hijo pródigo; pues me voy allá y me como el ternero...

Alborotóse Jacobo al oír tan fielmente expresado parte al menos de su

pensamiento, y con aire de dignidad ofendida, exclamó:

--Te aseguro...

--¡Vamos, Jacobito!... ¡Si conoceré yo a los cojos en el modo de

andar!...

--Te digo...

--¡Si sabré yo el lino que cardo, Jacobito!...

--Creo lo que quieras, pero yo...

--¿Si querrán los pollos engañar a los recoveros?, pichón dorado... Mira

niño: ni tú tienes vergüenza, ni yo tampoco; pero para ser pillo, lo

primero que se necesita es talento, y cuando tú vas, ya estoy yo de

vuelta. ¿Estamos?...

La dignidad sublevada de Jacobo pareció sosegarse mucho, y después de un

momento de silencio, preguntó:

--Según eso, ¿te parece mi plan un disparate?...

--¿Un disparate? Para ti, un negocio redondo; para ella, un robo a mano

armada.

--¿Y crees que Elvira...?

--¿Se dejará robar?... ¡Pues ya lo creo!... Lo que es por ella, en

cuanto le guiñes el ojo... Si te quiere, hombre; te quiere lo mismo que

el primer día en que la engañaste. ¡Mentira parece!...

--Pues entonces...

--Entonces, queda el rabo por desollar.

--¿Y de quién es ese rabo?...

--Amigo mío... del padre Cifuentes.

--¡Ya!... Ya me lo habían dicho.

--Pues no te engañaron.

Quedóse Jacobo un momento pensativo, y rascándose después levemente la

cabeza, añadió con su truhanesca sonrisa:

--Entonces... será preciso confesarse con el padre Cifuentes.

Diógenes se puso muy serio.

--Mira, Jacobo--le dijo--. ¿Me ves tú a mí?... Soy un truhán, un

borracho, un perdis, que todo lo que no sea matar, todo lo he hecho...

Pues para que veas: las cosas de Dios yo las respeto... Las respeto,

porque lo mamé. ¡Polaina! Lo mamé con la leche... No soy bueno porque no

quiero jorobarme siéndolo; pero al que se joroba y lo es, yo le venero;

que no porque merezca yo un presidio dejo de conocer que hay quien

merece la gloria; y no porque me revuelque en un lodazal dejo de ver que

hay estrellas en el cielo...

Jacobo escuchaba estupefacto la extraña salida de Diógenes, que

pronunciaba su arenga babeando la ancha bocaza, dando golpes, ora en su

propio pecho, ora en la mesa.

--¿Y a qué viene todo eso?--preguntó al fin Jacobo.

--¿A qué?... A que dejes tranquila a tu mujer, porque sólo con pensar en

ella la manchas.

--¡Pues me hace gracia!... ¡Valiente paladín le ha salido a la

Elvirita!... ¿Y dónde han hecho ustedes su compadrazgo? Supongo que no

será en el confesonario del padre Cifuentes.

--No, por cierto... La veo y la he sabido apreciar en casa de María

Villasis, que es su amiga íntima.

--¿Conque amiga íntima de tu íntima amiga la Villasis?... ¡Ahora lo

entiendo!... ¿Y qué hace esa perfecta viuda, como la llamaba la de Bara

en otro tiempo?... Supongo que te habrá sucedido con ella lo que sucede

con los perros chinos, que de puro feos hacen gracia... ¿Y mi mujer,

será, sin duda, vuestra confidente?...

--¡Alto ahí, canalla, o te rompo el morro!--exclamó Diógenes poniendo su

formidable puño en las narices mismas de Jacobo--. ¿Qué es lo que buscas

tú? ¿Dinero?... Pues ahí tienes a la de Albornoz; una... pelona como tú,

que te dará lo que quieras... ¿Qué más te da, llamarte Jacobo que

monsieur Alphonse?...

¡Oh!... Jacobo se incomodó esta vez de veras, porque jamás le habían

refregado por la cara una verdad tan áspera. Contúvose, sin embargo,

porque sabía cuán terribles eran las embestidas de Diógenes, y con

forzada sonrisa contestó:

--Mira, Diógenes, la borrachera de ayer te dura todavía... ¿En qué

cabeza cabe sino en la tuya, de bala rasa, que fuera yo a venderme a mi

mujer por un puñado de duros?...

--Amigo, cuando no dan más en la puja, hay que decir lo del otro gitano

del cuento... Se confesó de haber robado tres pesetas, y el cura le

dijo: «¿No te da vergüenza, infeliz, de condenarte por tres miserables

pesetas?...» «¿Y qué quería usted que _jiciese_, si no había más?...»

Aquí interrumpió la disputa el marqués de Villamelón, que entraba

restaurado ya por completo de sus desperfectos de la mañana. Al verle

Diógenes, cogió prontamente un periódico y púsose a leer junto a la

chimenea, en el lado opuesto.

El marqués fuese derecho a Jacobo, que ceremoniosamente se levantaba

para recibirle, y apretándole ambas manos, díjole con grande afecto:

--Adiós, Benito, ¿cómo te va?... Tú siempre tan famoso...

Y con protectora afabilidad diole dos cariñosas palmaditas en el hombro

izquierdo.

--Dispensa que no viniera a verte ayer, Benito--prosiguió Villamelón,

sentándose--. Pero en este París, ¿me entiendes?, no hay tiempo para

nada... Curra te espera a almorzar. ¿Lo sabes?... A las dos: un poco

tarde quizá; pero hoy está de servicio con la reina. ¿Me entiendes?

Ofendióse la altivez de Jacobo con los aires protectores del héroe del

combate _navo-terrestre_ de Cabo Negro, y quiso declinar fríamente la

honra del convite; mas Villamelón le atajó la palabra, diciendo:

--¡Nada, nada, nada! ¿Me entiendes?... No admito excusas, Benito; y

Curra se ofendería de muerte. ¿Sabes?... Tiene debilidad por la familia,

y lo que es por ti, delira. Siempre está con Benito arriba, Benito

abajo...

Diógenes gritó desde su asiento:

--Pero, Villamelón..., quiero decir, ¡majadero!... ¡Si no se llama

Benito!...

--¡Ay! Es verdad, que era... ¿Cómo era?...

--Jacobo.

--¡Eso es, Jacobo!... Pues dispensa, Jacobo; pero tengo una memoria

infelicísima, y lo peor es que cada día se me va debilitando...

Quejábase con harta razón Fernandito de su falta de memoria, síntoma

fatal a veces de los reblandecimientos cerebrales. Mas Diógenes, que no

perdonaba ocasión de descargar su terrible mandoble, púsose a recitar

como si leyera en el periódico:

Hablando de cierta historia,

A un necio se preguntó:

--¿Te acuerdas tú?--Y respondió:

--Esperen que haga memoria.

Mi Inés, viendo su idiotismo,

Dijo risueña al momento:

--Haz también entendimiento,

Que te costará lo mismo.

Jacobo y Villamelón se miraron entre sí, miraron después a Diógenes, y

tornado a mirarse ambos, echáronse a reír, diciendo al cabo Fernandito:

--¡Qué cosas tiene!... No hay más remedio que dejarlo o matarlo. ¿Sabes,

Benito?...

--VI--

El tío Frasquito no podía ya con las piernas, y esforzábase en vano por

discurrir algo parecido a la hazaña de Churruca en Trafalgar, cuando

privado también de una de las suyas por una bala de cañón, siguió

mandando el combate desde el puente del navío metido en un tonel de

afrecho.

¡Oh!... ¡Si aquello le hubiese sucedido a él veinte años antes, cuando

en un solo día hizo sesenta y nueve visitas para anunciar el primero

aquel famoso casamiento que alistaba en el número de sus sobrinos a

Luisito Bonaparte, el conde consorte de Teba!

Y lo peor del caso era que cuando, a las cuatro de la tarde, volvió al

Gran Hôtel rendido y desalentado por no haber podido enseñar más que a

las dos terceras partes de la colonia española la babucha apócrifa de la

cadina, encontróse con que la trágica historia tenía una segunda parte,

interesantísima también, pero pía, devota, sentimental, romántica, en

que cabía a su persona no sólo el papel del cronista, sino el de agente

poderoso, de intercesor eficacísimo, de _ama de llaves de la

Providencia_, que hubiera dicho Diógenes, en el bello final de aquel

drama que comenzaba su acción en las barbas del Sultán e iba a

terminarse bajo el manteo del padre Cifuentes. Acordóse el tío Frasquito

de Matilde y Malek-Adhel, y se sintió enternecido; la emoción le produjo

un golpe de tos violentísimo, que fue necesario calmar con tres

caramelos de malvavisco.

Porque Jacobo había acudido a él de nuevo en demanda de auxilio y

abiértole su corazón hasta lo más recóndito. Era singular lo que por él

pasaba, y en vano había intentado explicárselo. La noche antes daba

vueltas en el lecho, inquieto y desvelado, viendo desfilar en su

memoria los treinta y tres años de su vida cargados de placeres, de

aventuras, azares sin mañana, flores sin raíces, gozos sin recuerdo,

locuras sin felicidad que le causaban entonces en el ánimo la impresión

de repugnancia que causa al estómago ahíto e indigestado el recuerdo de

manjares sustanciosos.

El tío Frasquito le escuchaba atento y boquiabierto, creyendo ver

apuntar en el corazón apasionado de Malek-Adhel aquellos alborotos

misteriosos que trocaron los de Rancés y Mañara... Mas de repente,

dejando Jacobo el tono sentimental de su perorata, preguntóle en prosa

llana dónde andaba a la sazón su mujer Elvira.

El tío Frasquito hizo una mueca de disgusto, como si viera trocar a

Malek-Adhel el blanco turbante por el sombrero de copa alta, o le

hicieran saltar de una página de Madame Cottin a otra de la _Guía de

forasteros_.

--¿Elvirrra?--contestó--. Pues no sé, perrro debe de estar en

Biarrriz... Ayerrr dijo la López Morrreno que la había visto.

Quedóse Jacobo mudo y pensativo por un momento, y el tío Frasquito,

reventando de curiosidad, se apresuró a añadir muy atento y oficioso:

--Perrro si quierrres noticias cierrtas, yo conozco a una persona que

puede dármelas.

--¿Quién?...

--El padre Cifuentes.

--¡Hombre!... ¿Conoces tú al padre Cifuentes?...

--¡Ya lo crreo! Si es mi sobrino: hermano de madrrre de la Vegallana...

Es hijo de Tonino Cifuentes, que fue subsecretario de Estado en tiempo

de Iztúrrriz, y entró en la Compañía, cuando...

--¿Pero está también en Biarritz?

--No: está aquí en Parrrís; en la rrue de Sévres... Desde el 68 no ha

estado en España sino de paso.

Y con cierto delicado recelo, añadió tímidamente:

--¿Quierrres que lo vea?...

--No... Quiero verlo yo mismo.

El tío Frasquito brincó otra vez emocionado, viendo ya a Malek-Adhel

fundando, como Rancés, una Trapa, o un hospital como don Miguel de

Mañara... ¡Todo, todo iba saliendo lo mismo, igual, idéntico que en la

_Favorita_!... Fernando, _la bella del Re_, fray Baltasar... Faltaba tan

sólo el convento, y ansioso él de poner la primera piedra, se apresuró a

decir:

--Pues te llevarrré cuando quierrras.

--Mañana mismo.

--Conformes.

Cauto, sin embargo, el tío Frasquito, y deseando prevenir en el ánimo

del novicio las deficiencias que pudiera tener en su papel de fray

Baltasar el padre Cifuentes, apresuróse a decirle que era este un

cuitadito, un infeliz sin pizca alguna de mundo, que hablaba _oportune

et importune_ del infierno, pintando unos diablos feotes y groseros que

en nada se parecían a los diablillos correctos, perfumados, elegantes,

que se figuraba el tío Frasquito de frac y corbata blanca, pelo rizado,

gardenia en el ojal, monóculo en el ojo izquierdo y un lazo de color de

fuego en la punta del rabo.

--Porrque mirrra, la verrrdad--prosiguió con aire de íntima confianza--.

Yo soy muy católico, muy creyente, perrro lo que es el clerrro, deja

mucho que desearr en todas parrtes... No se encuentra un sacerrdote que

nos conozca bien, que sepa amoldarrse a nuestro modo de serr, al modo de

sentirr de las gentes de nuestrrro círrculo... El mismo padre Cifuentes,

el otro día, en el entierrro del general Tercena, me dio la tarrde,

hijo, me dio la tarrde... empeñado en convencerrme de que yo me había de

morrrirr también, y que era menester preparrrarrse y pensarr en lo

eterrno... En fin, hijo, me angustió, ¡me angustió de verrras!... Y

cuando lo de Pepita Abando, ¿tú no sabes?... Estuvo atrroz, atrroz,

crruelísimo... Una muchacha tan buena, tan elegante, tan carrritativa,

que nunca tuvo más pasión que Pablo Verrra, y todo Madrid lo sabía y lo

sancionaba, y hasta su mismo marrrido se hacia cargo... Pues nada, hijo,

el padrre Cifuentes no se lo hizo: se puso malo Pablitos, y Pepita,

¡clarrro está! atrropelló porr todo, y se instaló a su cabecerrra.

Avisarrron al padre Cifuentes, y este contestó que no podía entrarr en

aquella casa sin que Pepita salierrra prrimerro... ¡Figúrrrate tú qué

exigencia!... Ella se negó, porr supuesto, y Pablitos también, y porr

más vueltas que dierrron parrra convencerr al santo varrrón de que errra

una crueldad separrrarlos, y que todo el mundo le crriticarrría a ella

abandonarrlo en la última horrra, nada, nada, nada... Têtu, como un

arrragonés: se metió las manos en las mangas y dijo que no, que no y

que no, y lo dejó morrrirr como un perrro. Y eso que iban ya a pedirr la

bendición a Su Santidad y todo, todo...

--Te advierto esto--prosiguió el tío Frasquito, empinando el

dedo--porrque si piensas consultarrle alguna... vocación o

confesarrte...

--¿Confesarme yo?--exclamó muy ofendido Jacobo--. ¿De dónde sacas tú

eso?

--Como decías que deseabas hablarle...

--¿No es el padre Cifuentes el confesor y el director íntimo de mi

mujer?...

--Sí, porr cierrto...

--Pues lo que yo quiero exigir de él es que obligue a Elvira a acceder a

mis pretensiones.

--¿Perrro cuáles son tus pretensiones, Jacobito?--preguntó el tío

Frasquito muy alarmado.

--Una muy sencilla y muy cristiana... Reunirme con mi mujer y olvidar

todo lo pasado.

--¡Aaah..., yaaa!--exclamó el tío Frasquito estupefacto y desolado, al

ver que la Trapa se quedaba sin fundar, y el hospital sin concluir, y el

novicio sin tomar el hábito.

Y rabiosillo y enfurruñado de que la leyenda de Malek-Adhel tuviera el

ramplón desenlace de cualquiera comedia moratinesca, dejóse llevar de su

espíritu de chismografía hermafrodita, diciendo:

--Perrro ¿has meditado bien tus pretensiones?

--_Je parecen acaso imposibles_?...

--Hombrre, imposibles no... ¿Perrro sabes tú la vida que Elvirrra hace?

--Justamente iba a preguntártelo.

El tío Frasquito hizo dos o tres visajes remilgados de ¡reviento si no

lo digo!, y contestó titubeando:

--Hombrrre, te dirrré... La cosa es pública... perrro yo no sé si

debo...

--¿Pues no has de deber, tío Frasquito?--exclamó Jacobo violento y

azorado--. Yo tengo el derecho de preguntar, y tú, si eres mi amigo,

tienes el deber de responderme.

--¡Ya lo crreo que soy tu amigo, Jacobito! ¿Lo dudas?... Y lo fui de tu

padrre, y de tu abuelo... Quierrro decirr... a tu abuelo lo conocí

siendo yo una criaturrra... Perrro hay ciertas cosas...

--¿Pero qué cosas?... ¡Dilas, hombre, dilas!...

--Pues mirrra, Jacobo, la verdad... Tu mujerr ha dado mucho que hablarr

en todas partes...

--¿De veras?...

--Lo que oyes: siento mucho decírtelo, perrro es muy cierrrto... Está

_déclassée_, hijo, _déclassée_ por completo. Todo Madrid le ha dado de

lado, y sólo se trata con mi sobrina Villasis, ¡otra que tal!... Perrro

siquierrra esta es mujerr de arranque, y gasta y hace ruido...

--¿Pero qué es lo que hace Elvira?...

--¡Horrrorrrres, Jacobito, horrrorrrres!... Empieza porque desde que se

separrró de ti, no se la ha vuelto a verr en ninguna parrte: ni en un

teatro, ni en un baile, ni en la Castellana, ni siquierrra un domingo en

casa de Montijo... Dicen que está fanatizada... Carmen Tagle tuvo una

doncella que había estado en su casa ¡y contaba unas cosas!... Siempre

detrás de los criados, porrque hoy errra día de ayuno, y mañana de Misa,

y al otro día de vigilia... En fin, insufrible; ninguno le paraba... ¡Y

ella, unas rridiculeces!... Decían que dorrmía sobre una tarrrima, y

ayunaba a pan y agua, y a ejemplo de no sé qué varrrón piadoso, se

disciplinaba con un gato[12].

[Nota 12: En la vida de V. P. Eusebio Nieremberg se cuenta, que

solía disciplinarse con uno de esos instrumentos de garfios de hierro

llamados _gatos_, y sin duda a este _gato_ y a este varón ilustre, son a

los que alude el tío Frasquito.]

--¡Qué atrocidad!... ¿Con un gato?... ¡Pero eso es imposible!...

--Pues, hijo, así lo asegurrraban... no te puedes figurrarr lo que nos

rreímos una noche en casa de Carmen Tagle, discutiendo el asunto...

Algunos pensaban que el gato estarrría muerrto; lo que es así, también

yo me disciplinaba... Lo mismo podía hacerrse con un plumerrro...

Jacobo pareció tranquilizarse por completo al oír los _horrrorrrres_ que

el tío Frasquito le relataba, y cortóle el hilo del discurso, diciendo:

--¡Bah!... Si no es más que eso, de mi cuenta corre desfanatizarla.

El tío Frasquito iba a replicar muy disgustado, pero Jacobo le atajó la

palabra, preguntándole:

--¿Y cómo vive Elvira?... ¿Gasta mucho?...

--¡Ca!... Si parrrece la viuda de un cesante... Está seca, desgavilada;

ella, que tenía un cuerpo tan airrroso, tan elegante... En fin, hijo, un

día la vi en casa de mi sobrina Villasis, y me parrreció hasta sucia...

Como si parrra serr santa se necesitarrra serr puerrca, cuando el aseo

es una virrtud que se ejerrcita con agua fresca y un estropajo... De la

casa no te digo nada, porrque no la he visto: tres veces estuve allí

porr currriosidad, y no me rrrecibió ninguna. Perrro vive en un

principal muy modestito, allá, junto a las Carbonerrras...

--Eso no es extraño; la pobre debe andar mal de cuartos.

--¡Ca!, no lo creas... ¿Perrro tú no sabes?... Si está rrica; como que

ganó el pleito con la Monterrrubio y debe de tenerr de quince a veinte

mil durrros de rrrenta.

--¡Hombre!... ¡Lo siento!--exclamó Jacobo muy pesaroso.

--¿De verrras?

--Y tan de veras... Porque siendo ella más rica que yo, no faltarán

malas lenguas que atribuyan al interés mi vuelta a su lado...

--¡Oh, no, no, Jacobito, porr Dios! ¡Porr Dios, Jacobito!... ¡Quien

piense eso..., no te conoce!

--En fin, ya lo veremos... Lo que importa ahora es que yo me entienda

con el padre Cifuentes.

--Pues si te parrrece, mañana irrremos.

--Sin falta.

El tío Frasquito, resignado con el giro clásico que tomaba la leyenda,

convino con Jacobo la hora en que habían de hacer al otro día la

trascendental visita, porque el arrepentido esposo quería marchar a

Biarritz cuanto antes.

Despidiéronse al cabo protector y protegido, y aquel, para lanzar al

público sin pérdida de tiempo la noticia, corrió a ponerse, desde luego,

de punta en blanco para sus nocturnas correrías, y bajar de seguida a la

terraza del hotel, donde toda la colonia española esperaba, como

siempre, la llegada del correo.

Pero ni la incertidumbre de nuevas desdichas en la madre patria, ni los

mil chismes que por la patria adoptiva corrían, lograron apartar la

conversación general de la novelesca historia de la cadina, cuya

apócrifa babucha habían contemplado todos, después de algunas prudentes

precauciones que, para la mise en scène, juzgo indispensable el tío

Frasquito. Porque temeroso este de que algún ánimo suspicaz pusiese en

duda lo auténtico de la presea, apresuróse antes de presentarla a la

veneración pública a frotar la suela sobre el pavimento, a fin de que

apareciese usada, y a desvirtuar con ricas esencias aquel importuno

hedor a zapato nuevo que la noche antes había despertado en sus narices

dudas tan peligrosas.

La duquesa de Bara no había encontrado todavía ocasión oportuna de

hacer el análisis crítico de la solemnidad religioso--política a que

había asistido horas antes, y hasta la señora de López Moreno, reina

destronada de Matapuerca, habíase olvidado por un momento de la honra

insigne que al día siguiente la aguardaba. La duquesa le había anunciado

que su majestad la reina se dignaba recibirla, y a renglón seguido, como

quien no quiere la cosa, habíale pedido prórroga para el pago de

aquellos piquillos que hacía varios años le adeudaba.

--¡Pues no faltaba más!... ¡Lo que usted quiera!--había contestado la

generosa acreedora.

Y a renglón seguido también, y como quien no quiere la cosa, había

plantado esta estaquita matrimonial, con sonrisa indagatoria:

--Lucy y Gonzalito (primogénito de la duquesa), encantados de verse

juntos... ¡Qué pareja tan mona hacen!... Hoy se han ido al

_Skating-Rink_, porque Gonzalo está enseñando a patinar a Lucy...

La duquesa pescó al vuelo la indirecta, y contestó tan sólo con una

sonrisa que encubría este pensamiento:

--¡Estás fresca!... ¡Cualquier día te cobras, endosándome a la niña por

nuera!... ¡Una duquesa de Bara, _née_ López Moreno! ¡Dios nos asista!

Currita, por su parte, guardaba aquella tarde un solemne silencio, hijo

de una rabieta de dos mil demontres que le bailaba por dentro. Jacobo

había desairado su almuerzo con el frívolo pretexto de que necesitaba

descansar del viaje, y ella había descargado su ira sobre el indefenso

Villamelón, que sentado a su espalda, en actitud pensadora, se consolaba

de los rigores de su esposa pensando en las musarañas y distrayendo su

imaginación con vivos recuerdos de su visita a los antropófagos.

Pequeñeces · 第 13 / 35 段