prontamente un gorro de dormir de forma piramidal, terminado en una
borlita: un sencillo y majestuoso _casque à mèche_, de aquellos que
recomendaba Jerónimo Paturot a sus parroquianos por usarlos así monsieur
Víctor Hugo. Sabido es que el _bonnet de nuit_ es entre los franceses
una veneranda institución social que nivela todas las cabezas, como las
niveló en otro tiempo la cuchilla de la guillotina. Felipe Augusto y el
último de los albigentes aparecían tan iguales a la sombra del primero,
como Robespierre y Luis XVI aparecieron siglos después bajo el filo de
la segunda.
Media hora larga tardó el tío Frasquito en desarmarse de todo, y cuando
envuelto en su largo camisón se dejó caer en la cama, Hubiérase dicho
que el tío Frasquito que se acostaba era la raíz cúbica del tío
Frasquito que, rellenado y compuesto, se exhibía por todas partes.
A la luz de la palmatoria que sobre la mesilla de noche ardía púsose a
leer, según su costumbre, una novela del vizconde _d'Arlincourt_, para
conciliar el sueño. Gustábale el género romántico, y pasábansele a veces
las noches de claro en claro, cual si tuviese quince años, compadeciendo
los dolores de alguna Clarisa o participando de las ternezas de algún
Adolfo. La primera cabezada del sueño hízole dar con las narices en la
mesilla de noche, y el libro rodó por el suelo: inclinóse, sin embargo,
a recogerlo, porque el capítulo era interesante y quería terminarlo.
A poco, un fuerte olor a trapo quemado llegó a sus narices, haciéndole
incorporarse con sobresalto, temiendo los riesgos de un incendio. Miró a
todas partes; nada se descubría por ningún lado que denunciase el voraz
elemento, y, sin embargo, el tufillo o trapo quemado seguía dándole en
las narices con progresiva persistencia.
Asomó la cabeza fuera de las cortinas del lecho, miró bajo la almohada,
entre las mantas, en la fosforera de porcelana que sobre la mesilla
tenía... ¡Nada, nada! Quizá había caído alguna prenda de vestir en la
chimenea: algún calcetín, algún pañuelo...
El tío Frasquito saltó fuera de la cama y corrió allí muy alarmado...
¡Tampoco!... El fuego ardía en la chimenea moderadamente, y la espesa
grille metálica que la cerraba no permitía el paso a ninguna brasa.
--¡Cosa más singularr!...
¿Sería quizá en el cuarto vecino, o en el corredor de entrada, o tal vez
en el bulevar, algún incendio formidable que hiciera penetrar a través
de las maderas sus inflamados miasmas? El tío Frasquito corrió primero a
la puerta de entrada, a la de comunicación luego, y a la ventana por
último, sin encontrar rastro alguno de incendio, con las narices
abiertas, olfateando siempre y percibiendo, mientras más se movía de una
parte a otra, el alarmante tufo más marcado.
--Perrro, señorr, ¿qué se quema?... ¡Si esto parrrece cosa de
magia!--pensaba el tío Frasquito, en camisa, en mitad del aposento, con
los brazos cruzados, el cuello tendido, y dirigiendo a los cuatro
ángulos sus narices dilatadas y sus ojos muy abiertos.
Parecióle entonces sentir un calorcillo alarmante en lo alto de la
cabeza, y miró al techo... ¡Nada tampoco!... Volvióse rápidamente, y un
grito de espanto se escapó de sus labios al verse frente a frente de un
espejo... En él se reflejaba su estrafalaria figura, cubierta por el
largo camisón y coronada por el gorro de dormir, en cuya punta brillaba
una rojiza llamita... ¡Cielo divino, allí estaba el incendio!
El miedo no raciocina nunca, y el que sintió el tío Frasquito impidióle
comprender que la borlita del gorro se había inflamado en la palmatoria
al inclinarse para recoger en el suelo el malhadado libro... Perdió,
pues, del todo la cabeza el pobre viejo, lanzóse al timbre eléctrico,
corrió luego a la puerta pidiendo socorro, y aporreando después la de
Jacobo, gritó de nuevo:
--_Au secours_!... _Au secours_!...
Abrióse entonces violentamente la puertecilla y apareció en ella Jacobo,
revólver en mano... Imposible era reconocer al tío Frasquito en aquel
esperpento, y Jacobo no vino en la cuenta de quién era hasta que
tendiendo el fantasma hacia él los brazos abiertos, gritó angustiado:
--¡Jacobo!... ¡Jacobo!...
Este, sin comprender nada todavía, diole por primera providencia un gran
sopapo en la cabeza, y el gorro inflamado rodó por el suelo,--dejando al
descubierto una calavera monda y lironda, blanca y reluciente como un
melón invernizo.
Fue todo aquello una grotesca escena de sainete, acaecida en un segundo,
y, sin embargo, aquella pequeña y ridícula trivialidad de la vida
decidió para siempre de la suerte de Jacobo...
El criado de servicio en aquel departamento llamaba, atraído por el
timbre, a la puerta del cuarto; comprendió entonces el tío Frasquito lo
ridículo de la situación, y cada vez más angustiado, calóse prontamente
una gorra de pelo, envolvióse en un abrigo de pieles, púsose la
dentadura y refugióse en el aposento de Jacobo, diciéndole a este medio
lloroso y suplicante:
--¡Contesta tú, Jacobito!... ¡Que no me vean!...
Entonces, de repente, entre la espesa bruma de temores y perplejidades
que envolvía la mente de Jacobo como una cerrazón del océano,
paralizando su natural audacia, brotó un punto luminoso... El tío
Frasquito era rico, influyente, tenía entrada en todas partes, y aquella
ridícula aventura le ponía en su poder atado de pies y manos, dadas las
femeniles manías del presumido viejo. Las torcidas líneas de su plan
comenzaron al punto a enderezarse, y una idea germinó al fin en su
mente, vaga todavía e indecisa, pero visible ya, como el capullo del
gusano de seda a través de su sedosa borra.
Despidió al criado, disculpando al tío Frasquito con una alarma
infundada, apagó el gorro, todavía inflamado, en la jofaina llena de
agua, abrió un poco la ventana para renovar el aire y volvió presuroso a
su cuarto, donde el tío Frasquito le aguardaba.
Este, sosegado ya y tranquilo, hallábase arrellanado en la poltrona, al
calor del fuego; cuando entró Jacobo, examinaba atentamente, con aire de
aficionado, los tres sellos de lacre arrancados a los cartapacios por el
masón traidor y olvidados en su azoramiento encima de la mesa.
Los papeles estaban a buen recaudo, encerrados bajo llave en la cómoda
del fondo.
--¡Qué alboroto más necio!--exclamó el tío Frasquito al verle.
Y queriendo atenuar lo ridículo de la escena, no dándole importancia
alguna, añadió en seguida:
--¿Qué sellos son estos?... No los conozco...
El tío Frasquito coleccionaba sellos diplomáticos, según ya dijimos, y
tenía un álbum de curiosos ejemplares que compraba a precios muy
subidos. Días antes había pagado doscientos francos por un sello antiguo
de cera de Yacoub Almanzor, que ostentaba en letras árabes esta hermosa
leyenda: «Que Dios juzgue a Yacoub, como Yacoub haya juzgado».
--La corrrona esta es de Italia: corrrona rreal sobre la cruz de
Saboya--prosiguió el tío Frasquito--. Uno idéntico tengo de Víctor
Manuel, perrro estos otros no los conozco...
Embarazado Jacobo al ver en manos del tío Frasquito aquella prueba
flagrante de su atentado, no contestaba, y el viejo, volviendo y
revolviendo en todas direcciones los dos sellos verdes, preguntaba sin
cesar:
--¿De quién son?... ¿Te sirven?
Jacobo, más y más embarazado, contestó por decir algo:
--¿A que no lo aciertas?...
--¡Toma!--exclamó de repente el tío Frasquito--. ¡Ya lo creo! El compás
y la escuadra y la rramita de acacia en medio... ¡Torrrpe de mí! ¡Si
esto huele a logia que trasciende!...
Jacobo se echó a reír forzadamente, y el tío Frasquito, con el ardor de
un amateur que tropieza con una ganga, añadió entusiasmado:
--Pues me los vas a darr, Jacobito... De estos no tengo ninguno, y son
curriosísimos... Supongo que no te servirán; a lo menos, uno me llevo...
¡Cosa extraña y, sin embargo, harto común en caracteres como el de
Jacobo! Cuatro horas llevaba este batallando consigo mismo sin osar
decidirse, y de repente, en un momento, con cuatro palabras tan sólo,
quemó sus naves y decidió su suerte.
--Llévate los tres, si quieres--dijo encogiéndose de hombros.
_Alea jacta est_!... Una vez entregados los sellos, imposible era
colocarlos en su lugar y devolver los papeles, conservando copia de
ellos, como había sido su primera idea, y hacíase preciso correr los
riesgos de aquel audaz atentado, sin que hubiese ya lugar al
arrepentimiento. Aquel punto luminoso le deslumbraba sin duda, o el
capullo de su idea iba poco a poco aclarando la borra nebulosa en que
antes aparecía envuelto.
El tío Frasquito no se hizo repetir la invitación: envolvió los sellos
con gran cuidado en el papel en que se hallaban puestos y guardóselos
prontamente en el bolsillo, como si temiese que Jacobo revocase la
dádiva. Este le miraba hacer con una extraña sonrisa, y cuando el
terrible papelito desapareció en el bolsillo del viejo, murmuró en
lengua turca:
--_¡Olsum!_[11]...
[Nota 11: Amén.]
Y levantándose de pronto, propuso al tío Frasquito pedir un _bowl_ de
_punch_ bien caliente. Excusóse este, dando por pretexto lo avanzado de
la hora; mas Jacobo, con frases cariñosas y expresivas y cierto aire
melancólico que sentaba muy bien a su varonil hermosura, le instó a que
se quedase. ¿Iba a negarle aquel rato de expansión?... ¡Estaba tan
triste, tan abatido, tan solo en el mundo!
Miróle el tío Frasquito extrañado, y la curiosidad, que es la fuerza de
resistencia más sufrida que se conoce, le clavó en el asiento... Quizá
iba a despejar la X misteriosa que se debatía aquella misma tarde en la
terraza del _Grand Hôtel_, la incógnita que representaba la presencia
intempestiva de Jacobo en París, abandonando su Embajada de
Constantinopla. El tío Frasquito recordaba haber aprendido en el Colegio
Imperial, allá cincuenta años antes, aquello de Horacio: «_Fecundi
calices quem non fecere disertum_?». Y el ponche fue aceptado con
disimulado entusiasmo.
Horacio no se equivocó, en efecto: Jacobo comenzó inter pocula sus
confidencias, hablando lentamente, muy bajo, a retazos, como un hombre
agobiado de pena que destila gota a gota por los labios la amargura que
inunda su alma... Abrumábale el peso de un remordimiento, de una
espantosa catástrofe de que había sido él causa involuntaria,
obligándole a huir de Constantinopla con el corazón hecho pedazos y la
conciencia salpicada de sangre...
El tío Frasquito pegó un brinco en el asiento, abriendo los ojos
tamaños, y Jacobo inclinó la cabeza entre las manos, mirando atentamente
su copa vacía y guardando silencio.
--¡Hombrre, hombrre... eso es serio!--murmuró el viejo asustado; y como
viese que el otro prolongaba su silencio, tiróle de la lengua, diciendo:
--Serría cuestión de faldas, sin duda...
--O de pantalones, que para el caso viene a ser, en Turquía, lo
mismo--replicó Jacobo.
Y de repente, de un tirón, con el violento esfuerzo de un hombre que
arroja lejos de sí un peso que le abruma, refirió con todos sus detalles
la terrible historia de la cadina Sarahí... El tío Frasquito escuchaba
con la boca abierta, encogiéndose, encogiéndose en la poltrona,
convencido de su pequeñez, a medida que lo novelesco y lo terrible
agigantaban en su imaginación la figura del héroe de aquella aventura
legendaria, de que era el primer confidente y esperaba ser futuro
cronista... Y a la idea de ser el primero en lanzar a los cuatro vientos
de la publicidad la trágica aventura, el tío Frasquito se alargaba, se
alargaba en la poltrona, hasta hombrearse con el héroe como la sombra se
hombrea con el cuerpo y el eco con la música, y Homero con Aquiles, y el
inmortal Virgilio con el divino Eneas. ¡Y pensar que era ya demasiado
tarde para correr de casa en casa aquella misma noche dando la
noticia!...
Jacobo leía en la cara de babieca del tío Frasquito lo que allá para sus
adentros iba pensando, y no pudo contener una sonrisa de triunfo al ver
conseguido su primer intento. Al día siguiente, la historia de la cadina
correría por París entero, justificando gloriosamente su fuga de
Constantinopla, y rodeándole a él de la aureola de lo novelesco, de lo
absurdo, de lo imposible; pedestal el más alto sobre que suele colocar
sus ídolos de un día el público de papanatas ilustres, que anda a caza
de novedades y cuentos.
Harto conocía Jacobo aquel público, y necesitaba y le bastaba un solo
día para sentar seguramente el pie en el nuevo terreno a que sus planes
le llevaban. Quiso, sin embargo, remachar el clavo, y levantándose sin
decir palabra, fuese a la maletilla abierta sobre la cómoda, revolvió un
poco y arrojó después sobre el velador, delante del tío Frasquito, un
pequeño objeto, diciendo:
--¡Único recuerdo de mi idilio de Oriente!...
Era una babucha, pero una babucha inverosímil por su tamaño, de raso
blanco, con puntera de filigrana de oro y lazos de pluma de cisne
sujetos con esmeraldas: una preciosidad artística, cortada sin duda
alguna a la medida del pie de un hada, y hecha, más bien que para
encerrar un pie humano, para guardar joyas y dijes sobre el tocador de
una dama.
El tío Frasquito se quedó pasmado, viéndose otra vez chiquitito,
chiquitito como el _little man_ Carlos Statton, que podía bañarse en
aquella ponchera, y figurándose a Jacobo alto, alto como el Napoleón de
la columna de Vendôme, que mira a los hombres por la coronilla...
Un deseo irresistible, tentador, nació entonces en su alma y se detuvo
en sus labios tímido y respetuoso. Hubiera dado su más preciada joya, su
dentadura misma de Ernest, por tener tan sólo veinticuatro horas aquella
presea de la cadina y pasearla por todos los salones y enseñarla a todos
los curiosos, desempeñando así un _bout de rôle_ en aquella novelesca
tragedia que había de ser al día siguiente tema obligado de todas las
conversaciones. París entero correría a postrarse ante aquel exótico
zapato y él sería entonces el sumo sacerdote que mostrase la reliquia a
la turba de noveleros.
Y como si Jacobo leyese en su frente aquel deseo, y desde las alturas de
la columna de honor en que el viejo le colocaba se dignase realizarlo,
le dijo de pronto:
--Tío Frasquito..., hazme un favor...
--¿Qué?...
--Guárdate eso...
--¡Perrro, hombre!...
--¡Sí, sí!... Llévatelo y que no lo vea más... Para mí es un recuerdo
triste, y para ti es un _bibelot_ curioso, que puedes colocar encima de
tu mesa...
--Perrro, Jacobito, hijo..., no sé si debo...
--Sí debes, hombre, sí debes... Ahí llevas la zapatilla de Ceneréntola;
el día en que encuentres una mujer que pueda calzársela, ese día me la
devuelves.
--Pues entonces es mía parra siemprre--replicó el tío Frasquito
encantado--. No creo que fuerrra de Turquía se calcen las mujeres con
hojas de lirrrio.
Despidióse al fin el tío Frasquito de Jacobo con las mayores muestras de
cariño, y no bien se vio a solas en su cuarto, comenzó a examinar la
babucha por todos lados, acabando por meter dentro las narices...
Retirólas, sin embargo, al punto, haciendo un gesto de disgusto: no
encontraba allí aquel suave perfume de Smirna, mezcla de áloe y de
incienso, que se figuraba él había de dejar dondequiera que se posase el
pie de una odalisca: lejos de eso, olía mal, muy mal--y el tío Frasquito
fruncía la boca y arrugaba las narices--; olía a una cosa rara, así como
mezcla de cuero sin adobar y engrudo medio podrido.
Miró entonces a la suela, y estaba esta limpia, flamante, como si jamás
se hubiera puesto en contacto con el suelo, ni sufrido la presión de la
más ligera golondrina... ¡Hum!... ¿Si resultaría después de todo que el
tal Jacobito era un grandísimo embustero, que le había encajado una
sarta de mentiras?...
Y pensando en esto, el tío Frasquito quedóse largo rato inmóvil, mirando
atentamente la suela del zapato, como si interrogase a la Esfinge...
Encogióse al fin de hombros: después de todo, aunque la reliquia
resultase apócrifa y tuviera que ver con la cadina lo que sus calzones
de él con los del gran Turco, nada se perdía en ello... _Se non è vero,
è bene trovato._ ¡Mayores _pamphlets_ había visto él correr por el
mundo!...
De pronto se acordó de una cosa importantísima, y corrió a dar discretos
golpecitos en la puerta de Jacobo; este, con su truhanesca sonrisa
estereotipada sobre los labios, ocupábase en aquel momento en esconder
en el último rincón de la maleta la babucha compañera de la regalada al
tío Frasquito. La historia de la cadina era cierta, mas la babucha
habíala comprado él en el Gran Bazar, por mero capricho, a uno de esos
viejos turcos de rostro impasible, ojos de vidrio, enorme turbante y
caftán naranjado, que recuerdan todavía en la Constantinopla moderna los
tiempos de Bayaceto y Solimán el magnífico. El tío Frasquito asomó
tímidamente la cabeza, diciendo:
--Jacobo, Jacobito..., dispensa... Me parrrece lo mejor que no digas
nada de aquello...
--¿Y qué es aquello?
--Pues hombre, aquello... Lo del gorrro, lo del incendio.
--¡Ah, ya!, ni siquiera me acordaba.
--¡Pues clarrro está! Es una tonterrría... Perrro ya tú ves; ¡la gente
es tan necia!... Se rríe de todo y lo pone a uno en rridículo...
--Descuida, hombre, descuida... ¿A quién voy yo a contar semejantes
sandeces?
--Pues, buenas noches, Jacobito... Dispensa... Si ocurre algo, pega en
el tabique... Yo tengo el sueño de un pájarrro; en eso parrrezco un
viejo...
El tío Frasquito acostóse al fin muy satisfecho, pensando en mañana, y
al apagar la luz, esta vez con grandes precauciones, tuvo un escalofrío
de espanto... Parecióle que se arremolinaban las tinieblas en medio del
aposento y surgía de ellas mismas el eunuco estrangulado, con el dogal
al cuello, los ojos fuera de las órbitas, el paso lento, la mano
extendida, fría, yerta, que se alargaba, se alargaba hacia él... y le
tiraba de las narices.
El tío Frasquito se tapó la cabeza con la sábana, apretó mucho los ojos
y por tres veces se santiguó muy de prisa.
--V--
El certamen de belleza femenina, celebrado primero en Spa y luego en
Budapest, despertó en la condesa de Albornoz la felicísima idea de hacer
circular por toda Europa artística y civilizada la suya propia.
Verdaderamente, era para ella una desgracia llamarse Albornoz, porque de
ser su nombre menos ilustre, hubiera corrido a la capital del antiguo
reino de los Esteban y Vladimiros a disputar el premio de la hermosura a
Cornelia Szekely, la húngara laureada.
No pudiendo, pues, ganarlo en persona, ideó ganarlo en efigie,
discurriendo para ello hacerse retratar por Bonnat y enviar la obra
maestra de exposición en exposición, para que, apoderándose de ella el
buril y la fotografía, no quedara rincón del mundo en que se ignorase
que la condesa de Albornoz tenía los ojos, según la frase de Diógenes,
pasados por agua. Así y todo, creíalos ella, allá en las morbosas
excitaciones de su amor propio, capaces de realizar el sueño de
Alejandro y de Napoleón: someter el universo.
Esta idea trascendental deteníala en París desde el mes de noviembre, y
tres veces por semana dignábase _poser_, para bien de la humanidad, en
el estudio del gran artista. El retrato debía de estar concluido para la
próxima exposición de Viena, y costábale el caprichito la friolera de
cuarenta mil francos. Carillo era, sin duda, ¿pero para qué, si no, le
había dado Dios el dinero?
Aquella mañana había enviado Currita un recado a Bonnat para que no la
aguardase, a causa de tener que acompañar a su majestad la reina a la
capilla expiatoria del bulevar Haussman. Las once habían dado ya en el
reloj del _Grand Hôtel_, y Kate, la doncella inglesa, prendía con dos
largas agujas de oro en la cabeza de Currita la riquísima mantilla
española de encajes con que se proponía la dama quitar la devoción a los
pocos que la tuviesen, en las honras fúnebres del infortunado Luis XVI.
La duquesa de Bara habíale ya avisado con su doncella que le estaba
aguardando, para ir juntas al palacio Basilewsky, y Currita, nerviosa e
impaciente, preguntaba sin cesar a Kate si el señor marqués no había
vuelto.
--No, señora--respondió la doncella.
--Pero ¿a qué hora salió?... ¿Cómo ha madrugado tanto?
--Si no ha salido...
--¿Pues cómo es eso?
--Porque desde anoche no ha vuelto.
--¡Ya!--exclamó Currita.
Y mirándose en el espejo, se arregló con sumo cuidado un rojo ricito que
con gran prudencia encubría sobre su frente una manchita de pecas.
La duquesa de Bara, cansada de aguardar, llegó en busca de la perezosa.
--¿Pero, Curra, qué haces?... ¡Mira que la reina estará aguardando!...
--¡Vamos, vamos, Beatriz!... Parece que no conoces a la señora: las doce
nos darán sin salir de la cámara.
Y observando que completaba también la _toilette_ de luto de la duquesa
una mantilla española, exclamó muy alborozada:
--¡Mujer, hemos tenido la misma idea!... ¡Qué delicia!... Les _grands
esprits se rencontrent_...
--Para representar a España, no se podía ir de otra manera... Lo que
siento es no haber pensado en el abanico...
--Pues por lo mismo compré yo ayer uno... Míralo, no es feo... ¿Quieres
otro igual? Kate te lo traerá en un momento: lo compré en la _Compagnie
Lyormaise_, ahí, a la vuelta de la esquina.
La duquesa, ante la perspectiva de un abanico gratis, sintió aminorarse
su prisa. Era un abanico muy bonito, de nácar quemado, muy oscuro, con
país de seda negra. Kate lo pagaría en la tienda, y ella se olvidaría,
de seguro, de pagarlo a Kate; porque en estas cosas de pagar era la
duquesa mujer muy distraída... Al salir Kate, avisó que el señor marqués
había vuelto.
--Dispensa un momento, Beatriz--exclamó vivamente Currita--. Voy a decir
adiós a Fernandito.
La duquesa hizo un gesto de complacencia íntima ante la ternura conyugal
de su amiga.
--¡Qué par de tórtolos!--dijo--. Te aseguro que me das envidia.
Y Currita, con patética entonación, contestó desde la puerta:
--Verdaderamente que es un don del cielo no haber tenido en catorce años
de matrimonio un solo disgusto.
Fernandito acababa de llegar, y a la verdad que no eran sus trazas de
haber estado rezando el rosario. Traía en pie el cuello del gabán, ajada
la camisa, un apabullo en el sombrero, rojos e hinchados los ojos, y
trascendíale el aliento a vino trasnochado. Quedóse muy sorprendido y
turbado a la vista de Currita, y con la forzada sonrisa del escolar que
encubre una picardihuela con una mentira, le dijo:
--He estado a ver a los antropófagos... En el Jardín de las Plantas.
Ella, con tiernísima solicitud, exclamó muy alarmada:
--¡Jesús, Fernandito, me dan miedo esas cosas!... ¿Están sueltos?...
¿Muerden?...
--¡Ca, no!... Si son unos negros cualquiera... ¡Más feos!...
Y se abrochaba con disimulo el gabán, para ocultar a Currita que llegaba
su consideración a los antropófagos hasta el punto de visitarlos a las
diez de la mañana, de frac y corbata blanca. Ella, con su sencillez
columbina, no reparaba en esto, y se apresuró a preguntar con ingenuidad
adorable:
--¿Hiciste mi encargo?
--¿Qué encargo?...
--¡Pues me gusta!... ¿No te dije que fueses a ver a Jacobo Téllez?...
--¿A Jacobo Téllez?... ¿Y quién es Jacobo Téllez?
--Pues, hombre, Jacobo Sabadell, el marido de mi prima Elvira.
--¡Ah, ya!... Si yo creía que se llamaba Benito...
En los claros ojos de Currita brilló un relámpago de ira, y a poco más
pierde su mansedumbre.
--Y aunque se llamara Policarpo--exclamó--. ¿Es razón esa para no hacer
lo que te digo?...
--Pues nada, hija, se me olvidó. ¿Qué hemos de hacerle?
--¡Ir ahora mismo! ¿Te enteras?... Y convidarlo a almorzar... Mira que a
mi vuelta he de encontrarlo aquí contigo.
--Bien, hija, descuida, así se hará... ¿Dices que se llama Benito?
--¡Dale con Benito!... Se llama Jacobo, y es un muchacho
distinguidísimo, a quien quiero que consideres como mi primo que es.
Currita disertó un momento sobre el amor de la familia y el imperioso
deber que tiene todo ciudadano de estrechar estos lazos venerandos, y
dejando ya convencido a Fernandito, marchó a reunirse con la duquesa.
Al subir al carruaje ambas damas, apareció el tío Frasquito presuroso,
muy lozano, pulcro y resplandeciente, haciéndolas señas de que le
aguardasen. Subió con ellas al coche, sacó del bolsillo una curiosa
cajita de cartón y púsola sobre sus rodillas. Las damas le miraban
atónitas y él sonreía picaresco; levantó al fin la tapa con mucho
misterio, y entre perfumados papeles de seda apareció la babucha.
Mientras tanto, Jacobo, sin salir de su aposento del Gran Hôtel, daba
vueltas a su proyecto. La claridad de juicio va en razón directa de la
conveniente distancia a que se contemplan los hechos, y al despertar
aquel día, libre ya de las perplejidades y angustias que atormentaban su
ánimo, pudo apreciar su situación con exactitud verdadera.