Jacobo Téllez creía haber tenido la desgracia de errar al nacer, en las

circunstancias de lugar y también en las de tiempo. Entre el oleaje

sangriento de la gran Revolución francesa, juzgaba él que hubiera sido,

por su talento, un Mirabeu; por su valor, un Lafayette; mas entre los

cenagosos remolinos de la Revolución española del 68, tan sólo fue, a

juicio de los que le conocieron, como político, un pobre demonio; como

caudillo, un gran mentecato.

Aquellas dos grandes figuras de aristócratas renegados como él, le

sedujeron por completo; mas el peluquín del uno y la casaca del otro le

venían grandes, y al querer amalgamar en sí mismo aquellas dos

personalidades, rompiendo los lazos morales como el primero, y

seduciendo a las multitudes como el segundo, resultó tan sólo un bribón

infatuado. Así y todo, hizo papel, porque hay Arístides grandes y

Arístides chiquitos; Cincinatos de dos en libra, de tres al cuarto y de

ochavo la _jartáa_, que es como venden en Andalucía los higos chumbos.

Este, pues, higo chumbo revolucionario no llegó desde la aristocrática

piña en que había nacido hasta la plebeya cuna en que vino a florecer,

ni por peripecias dramáticas, ni por trágicas revoluciones: llegó

naturalmente, con suavidad, como tras de la hinchazón viene el pus, y

tras el pus la gangrena. Llegó resbalando sin violencias por la

voluptuosa pendiente que lleva del placer al vicio, del vicio a la

aberración, de la aberración al tedio, al desencanto, al espantoso

vacío del corazón que produce vértigos en la cabeza y despeña al hombre

en todas las locuras y en todas las infamias, en busca de placeres

nuevos que despierten su sensualismo embotado, de impresiones

desconocidas que sacien la voracidad de sus concupiscencias estragadas.

Nada hay más peligroso para el hombre que pasar en breve tiempo por

todas las ilusiones de una larga vida; y Jacobo, con ese afán de gozar

que caracteriza la sociedad presente, que teme dejar para mañana el

placer de que puede disfrutar hoy, que precipita las edades y pasa de la

infancia a la vejez decrépita, suprimiendo la juventud si es que por

juventud se entiende esa edad venturosa en que brotan del corazón nobles

impulsos y bullen en la mente generosas ideas, que constituyen más

tarde, después de solidificadas, los grandes caracteres; Jacobo,

decíamos, había recorrido aquella larga jornada en menos de treinta

años...

A los quince, libre ya de ayos y maestros, era el _sietemesino_ más

galán que aspiraba a afeitarse, y dirigía cotillones en los grandes

salones de la corte; a los veinte, era un afortunado tenorio de mala

ley, que hacía gala en el Veloz Club de sus aventuras escandalosas; a

los veinticinco, era un perdido aristocrático, elegante, modelo, que no

retrocedía ante una estocada de mentirijillas, ni ante un steeplechase,

ni ante un copo de veinte mil duros, y derrochaba los millones de su

mujer con la misma facilidad con que la varilla encantada de un mágico

hace fluir del centro de la tierra tesoros escondidos y guardados por

gnomos y salamandras.

A los treinta había visto, como Salomón, _cuncta quae flunt sub sole_,

pero no comprendía, como él, que todo fuese vanidad y aflicción de

espíritu, sino que lloraba como Alejandro, porque no había otro mundo de

goces que disfrutar; y seco su corazón, embotada su inteligencia por el

prematuro desarrollo de sus pasiones, arruinada su casa por locas

prodigalidades, era un fruto podrido que no había madurado nunca, un

hombre en la flor de la vida a quien faltaba el objeto de la vida, un

ruinoso despojo del placer y la impiedad, que no interrogaba como Hamlet

lo eterno, sino que se arrastraba por todos los rincones de lo terreno,

buscando un charco de placeres desconocidos en que zambullirse y

revolcarse y gozar...

Entonces, por curiosidad, por diversión, por aburrimiento, por encontrar

en las tenebrosidades del misterio algo desconocido que se resolviese en

placer y en dinero, se hizo hombre político. Garibaldi le inició en las

logias de Milán, y Prim le introdujo en Inglaterra, en el complot que

grandes traidores urdían contra el trono de España...

La Revolución triunfó, y a las agitadas emociones del conspirador

sucedieron en Jacobo las halagüeñas embriagueces del triunfo, las

cínicas rapacidades de pretor romano, las ruidosas apoteosis de arcos de

cartón y farolillos de papel a que le llevaban en hombros masas

estúpidas arrastradas por su verbosidad, multitudes frívolas, que, por

tener algo de mujer, prendábanse de su gallardía y gentileza y se

prometían llevarle a defender la soberanía popular en los escaños del

Congreso, a él, aristócrata orgulloso, tan sólo de nombre renegado, que

se reía de ellos llamándoles paletos, babiecas y burgueses mentecatos, y

corría, al separarse de estrechar sus manos, a lavarse y enjabonarse y

perfumarse, para echar lejos de sí aquel insoportable _hedor de la

canalla_...

A poco abríase en su vida un paréntesis negro, tenebroso, ante el cual

la maledicencia misma se detuvo aterrada, temerosa de resbalar en un

charco de sangre...

Un día, el 27 de diciembre, un trabucazo tendió en la calle del Turco a

la audacia más temeraria que dio impulso a la Revolución. El general

Prim había sido asesinado, y su amigo íntimo, su portaestandarte, el

marqués de Sabadell, indicado ya para la cartera de Fomento, desaparecía

súbitamente de la corte, a la misma hora en que corría la falsa nueva de

que las heridas del general no eran de muerte y se habían escapado de

sus labios terribles revelaciones.

Prim murió, sin embargo, el día 30, llevándose a la tumba la clave del

misterio, y tres meses después publicaba la _Gaceta_ un real decreto

nombrando al marqués de Sabadell ministro plenipotenciario de la corte

de España en Constantinopla. «Me he convencido--escribía al presidente

del Consejo el nuevo embajador--que mis disposiciones naturales son para

la vida de Oriente, y pongo todas mis ilusiones en El Cairo, Bagdad,

Ispaham o Constantinopla.»

El resultado de estas ilusiones no tardó en presentarse.

Una mañana, la cadina Sarahí no se asomó a su adorada celosía para mirar

las azuladas montañas del Asia, y la puerta de su quiosco permaneció

cerrada. Susurrábase en el palacio que la noche antes había resonado un

lamento y vístose dos sombras que se perdían en el laberinto de

corredores oscuros, llevando una cosa negra...

El centinela de la torre del mar de Mármara había escuchado sobre el

agua un golpe siniestro.

A la mañana, al otro lado del Bósforo, apareció en la orilla opuesta el

cadáver de un eunuco estrangulado. Desde la embajada española, allá en

lo alto de Pera, veíase flotar sobre el límpido azul de las olas su

largo levitó oscuro, ceñido por el zurriago de cuero de hipopótamo,

insignia de su clase, que había servido de dogal.

El embajador no pudo verlo; había salido aquella noche de Constantinopla

con tan grande urgencia, que sólo llevaba por equipaje una pequeña

maleta de mano... Y con esta pequeña maleta de mano hemos visto a Jacobo

llegar al _Grand Hôtel_, después de merodear dos meses por las logias

más tenebrosas y los garitos más elegantes de Italia.

El ministro fugitivo de Constantinopla hallábase alojado en el cuarto

piso del hotel, en una habitación de doce francos diarios, harto

opulenta para quien sólo contaba en el mundo con tres millones de deuda

al 15 por 100, y sobrado mezquina para lo que juzgaba indispensable a su

decoro el excelentísimo señor don Jacobo Téllez-Ponce Melgarejo, marqués

consorte de Sabadell.

A la luz de un candelabro de color que ardía en uno de los extremos de

la chimenea, devoraba Jacobo los periódicos españoles que relataban el

nuevo cambio político acaecido en España y los franceses que lo

comentaban haciendo pronósticos y formulando juicios, Frecuentes

exclamaciones y aun palabras groseras que se escapaban de sus labios

revelaban en él esa sorda cólera que despiertan en el ánimo violento las

grandes contrariedades.

Arrojó al fin los periódicos y agitándose furioso un instante, y

apretando los puños llenos de rabia, quedóse largo tiempo pensativo,

hundido en la poltrona en que se hallaba sentado, contraída la boca,

frunciendo el entrecejo, fijos los ojos en el fuego de la chimenea,

cuyas movibles llamas prestaban a su rostro un resplandor rojizo.

Hubiérase dicho que meditaba un crimen, y también que lo había

decidido, cuando, dando un fuerte puñetazo en el brazo de la poltrona,

se levantó de repente. El espejo que coronaba la chimenea reflejó

entonces su fisonomía descompuesta, y al verse allí retratado tuvo uno

de esos miedos solitarios, pueriles, que cortan de un solo golpe a la

audacia sus alas gigantescas.

Miró en torno suyo: en la alcoba, forrada de papel oscuro, se movía

suavemente una cortina a impulsos del aire levantado por él mismo al

moverse. Arrojóse a ella vivamente y la descorrió de pronto, y riéndose

entonces de sus miedos infantiles, dirigióse a una gran cómoda de nogal

que había en el fondo.

Sobre ella hallábase abierta y extendida la pequeña maleta, y en el

cajón superior, cerrado con llave que tenía él en su bolsillo, estaba la

cartera de viaje. Sacó el gran cartapacio que dentro venía, y púsolo

sobre un velador que había en el centro.

Resonaron en esto pasos en el corredor de fuera, y Jacobo corrió

vivamente en puntillas a la puerta, escuchó un instante, y con el menor

ruido posible echó la llave por dentro. Escogió entonces, en un pequeño

_nécessaire_ de viaje, un instrumentito con mango de carey, una especie

de limita para las uñas, con hoja delgadísima y perfectamente afilada, y

púsose a caldearla con gran cuidado en la llama de la chimenea.

Aún vaciló un momento, y miró a todas partes otra vez, y prestó oído

atento a los lejanos rumores del bulevar, bocanadas de locura y de

placer que escalaban las ventanas, y se decidió por último.

Con ligereza suma introdujo la hojilla caldeada por debajo del lacre del

cartapacio, y haciéndola girar lentamente, desprendió el sello tan

entero y tan intacto, que de nuevo podía volverse a pegar sin rastro

alguno de fractura. Después púsolo con grande precaución en un extremo

del velador, sobre una hoja de papel blanco.

Quedó abierto el misterioso cartapacio, y Jacobo, con avidez no exenta

de temor, púsose a registrarlo. Dentro venía una carta en italiano, no

muy larga, de la misma letra, gorda y corrida, del sobre, firmada por

Vittorio Emmanuele; venían también otros dos grandes sobres en blanco,

sellados con la insignia de la francmasonería, un compás y una escuadra,

cruzados en forma de rombo, sobre lacre verde.

Mirólos Jacobo por todos lados, sin muestra alguna de sorpresa, y con la

misma habilidad y ligereza de antes, arrancó también los sellos de

ambos: el primero contenía un gran pliego, escrito de letra menuda,

marcados sus párrafos con números romanos en forma de artículos, y

anotados varios de ellos al margen, por la misma letra gorda de la carta

y el sobrescrito.

Jacobo leyó todo ello con atención, mas sin sorpresa, y como si todo lo

que allí se trataba le fuera conocido; tan sólo al recorrer los últimos

artículos en que el nombre del marqués de Sabadell aparecía consignado,

una sonrisa truhanesca entreabrió sus labios mientras murmuraba:

--¡Ah, pillo!...

Llególe entonces el turno al último paquete, que era el más voluminoso:

abriólo con mucho tiento, por haberse pegado una esquinita del sobre, y

al punto salieron de él otros dos en blanco, y un tercero en que venía

escrito un nombre que hizo a Jacobo pegar un salto, murmurando una de

esas palabrotas groseras, familiares en momentos de cólera o sorpresa

aun a personas que presumen de cultas.

Habíase quedado estupefacto; latíale el corazón, temblábanle las

rodillas, y revolvía aquellos papeles con el ansia temerosa, el gozoso

terror, si así es posible sentirlo, del débil hombrecillo que se

encontrara de repente entre las manos fabulosas riquezas de un gigante

formidable que no ha de dejárselas arrebatar. Por dos veces dirigió una

mirada furtiva a la puerta, como si temiera verla abrirse, a pesar de la

llave que la cerraba por dentro.

Había allí un verdadero arsenal de cartas y papeles comprometedores,

importantísimos por los nombres que los firmaban, perfectamente

ordenados y clasificados en una especie de memoria adjunta, en que una

pluma muy hábil había estampado datos interesantes y preciosas

observaciones. Era aquello un tesoro de gran valor, una palanca

formidable que, bien manejada, podía dar al traste en breve tiempo con

gran parte de los políticos revolucionarios que pululaban en España.

Eran letras de cambio pagaderas a la vista, que cualquiera podía cobrar

en poder o en dinero.

Todo lo devoró Jacobo línea a línea, letra a letra, pasando por todas

las emociones de la sorpresa: el pasmo, el rencor, la esperanza, el

recelo; hundiéndose ambas manos en su crespa cabellera y apretándose el

cráneo como para impedir que su atención se distrajese; oprimiendo

algunos de aquellos papeles entre sus dedos temblorosos, como si

quisiera indicar que eran suyos, que a él solo pertenecían, y nadie en

el mundo se los había de arrebatar; a veces, deteníase un instante,

cerraba los ojos y respiraba con fuerza, como si le faltase el

aliento...

Cuando acabó de leer estaba pálido, y la vaga y temerosa mirada que

arrojó en torno expresaba la desconfianza, el temor que hace creer a

todo criminal, aun en medio de un desierto, que le miran y le acechan

ojos escrutadores.

Levantóse entonces y comenzó a pasear, haciendo gestos de temor y de

alegría, piruetas de niño y de loco, parándose ante el espejo como si

quisiera interrogar a su propia imagen, deteniéndose ante el velador

para coger las gotas de esperma que se deslizaban a lo largo de las

bujías color de rosa, y estrujarlas entre los dedos haciendo bolitas con

ademán reflexivo, imponente, amenazador...

De pronto pareció estorbarle la luz y las mató todas de un soplo; luego

abrió la ventana de par en par, y la muchedumbre, siempre compacta, de

París, lo desafiaba, precipitándose por el bulevar entre torrentes de

luz, sin detenerse un momento, sin descansar nunca, como un alma réproba

condenada por Dios a una fiesta eterna.

Entre los remolinos de aquella muchedumbre y los mil cambiantes de luces

de todos colores y reflejos, que asemejaban el bulevar al fantástico

escenario de un baile de hadas, Jacobo sólo veía un pensamiento, un plan

cuyas primeras líneas se le torcían a cada instante, empujadas por ideas

opuestas, por inconvenientes inesperados, por temores fundadísimos que

le hacían titubear, gimiendo de dolor como un niño caprichoso a quien

quitan de las manos una golosina, rugiendo de rabia como un león

encadenado a quien arrancan de las garras su presa; que esto era para él

la idea de devolver aquellos documentos, de no quedarse con ellos

utilizándolos en provecho propio, y siendo actor principalísimo en vez

de mero instrumento... Mas ¿cómo responder entonces a la reclamación del

terrible propietario? ¿Cómo evitar la sospecha de aquel robo, hecha a un

ladrón sin duda, pero al fin y al cabo robo? ¿Cómo prevenir la venganza

terrible e inevitable que había de seguirse al descubrimiento?...

Entre las mil mojigangas ridículas de que tantas veces se había reído en

las logias, destacábase entonces en su imaginación algo terrorífico,

algo amenazador, que tomaba forma sensible en aquella palabra misteriosa

que siempre había pronunciado riendo y recordaba ahora temblando:

--_¡Neckan!_ ¡Venganza!...

Preciso era obrar con prudencia y reflexionar, y pesar, y medir, y

decidir sin tardanza...

Y, como si esperase hallar con el movimiento alguna de esas ideas que se

ocurren de repente al volver una esquina o brotan en medio del arroyo,

lanzóse a la calle después de encerrar en la cómoda todos los papeles, y

siguió por el bulevar des Capucins, y entró por el de la Magdalena, y

recorrió luego toda la calle Real, y entróse después por un laberinto de

calles desconocidas, para volver a las dos horas al hotel, rendido,

fatigado, sin haber pensado nada ni decidido nada tampoco...

Porque era Jacobo de esos hombres audaces a la vez que irresolutos, en

quienes la reflexión, lejos de allanar el camino al entendimiento que

plantea y tirar de la brida a la apasionada voluntad que se desboca,

sólo consiguen enredar al primero en intrincadas imaginaciones, y

exasperar a la segunda hasta hacerla saltar al fin, de repente, de un

golpe, cuando menos lo requiere la oportunidad y lo aconseja la

prudencia. Caracteres por lo general fogosos, impacientes, que obran por

brotes más bien que por razonamientos, y tomando por realidades las

perspectivas de la imaginación, edifican sobre ellas fuertes castillos,

sin más cimientos que el aire.

Por la escalera, agarrándose a la balaustrada, subía renqueando un

viejo, envuelto en un largo y amplio gabán de mackintosk, capaz de

preservar de todas las humedades a un explorador del Polo.

Parecióle a Sabadell aquella estantigua el tío Frasquito en persona, y

comenzó a subir ligeramente con la idea de alcanzarlo. Mas el viejo, al

notar que le perseguían, zambulló el rostro en su gran cuello de pieles,

y ocultando con presteza en el bolsillo del gabán algo que en la mano

llevaba, entróse prontamente en el cuarto contiguo al de Jacobo.

Quedósele este mirando sorprendido y receloso, y dudando entonces de que

fuese el tío Frasquito, entró también en su aposento.

En el fondo de este había una puertecita de escape que dividía en dos un

solo departamento, cerrado para ello con doble pasador por una y otra

parte. Acercóse a ella Jacobo de puntillas y púsose a escuchar

atentamente. Oyó entonces que echaba un fósforo el vecino y aseguraba la

puerta del corredor cerrando la llave por dentro... Oyó después

acercarse a la débil puertecilla unos ligeros pasos que no ahogaba del

todo la alfombra, y sintió un leve crujido en el pasador por la parte

opuesta...

Azorado, Jacobo dio un paso atrás conteniendo casi el aliento, y

lanzando una mirada rápida a la cómoda que guardaba los papeles, sacó

del bolsillo del pantalón un revólver de seis tiros... El vecino le

espiaba, y en su acalorada fantasía vio ya el masón traidor los puñales

de todas las logias de Italia dispuestos a reclamarle el precioso

depósito.

El pestillo crujió de nuevo mientras tanto; indudable era que el vecino

lo echaba o descorría, y como natural era suponerlo echado, podía muy

bien sospecharse que intentaban abrirlo. La puerta, charolada con gran

primor, no presentaba agujero ni resquicio alguno que permitiera la

vista.

Los ligeros pasitos volvieron a resonar otra vez alejándose, y Jacobo

tornó a acercarse con el revólver montado y el oído atento. A poco sonó

una tos sospechosa; no era la pulcra, perfumada y cadenciosa tos del tío

Frasquito, sino una tos asmática, tos de viejo, que recordaba esos

crujidos peculiares que anuncian en las casas ruinosas el próximo

hundimiento.

Otro ruido extraño vino a aumentar su zozobra: oyóse un ligero golpe

metálico, argentino, semejante al de la hoja de un puñal chocando con

precaución sobre una superficie cristalina o marmórea; después, a

intervalos y por largo rato, un ruido sordo de algo que frotaba con

rapidez y ligereza...

Quizá el vecino afilaba el puñal, quizá lo estaba envenenando...

Todo quedó en silencio un breve rato; oyéronse después los ligeros

pasitos en diversas direcciones; tornáronse a acercar a la puerta,

sintiéndose tras ella el roce del vecino sospechoso que espiaba, y más

tarde, al dar la una en el reloj del hotel, oyóse un golpe semejante al

de un cuerpo pesado que cae sobre un colchón de muelles; después un

¡Aaaaaah! prolongadísimo, un bostezo formidable, que vino a tranquilizar

a Jacobo.

Nadie que va a matar se prepara bostezando.

Tranquilo ya entonces, aunque siempre receloso, puso el revólver sobre

la mesa, y con el deleite del avaro que revuelve sus tesoros, engolfóse

de nuevo en la lectura y examen de los papeles.

De repente saltó otra vez azorado en el asiento, echando mano al

revólver: en el cuarto vecino había resonado un salto violento, pasos

precipitados, varios golpes en la puerta, y al punto una voz cascada,

angustiosa, que gritaba en castellano:--¡Socorro!... ¡Socorro!...

Después, con el intervalo de un lamento, volvió a escucharse en francés:

--_Au secours_!... _Au secours_!...

--IV--

De malísimo humor volvió aquella noche al _Grand Hôtel_ el tío

Frasquito: había aguantado dos horas el aristocrático aburrimiento del

Círculo de la Unión, _sancta sanctorum_ del _Faubourg Saint-Germain_

masculino, en que tan escasos profanos logran entrada franca, y es, por

lo mismo, objeto codiciado por todos los vanidosos ilustres. Siempre la

gallina del vecino nos parece una pava, y bostezar en compañía de los

Montmorency y los Rohan no deja de tener cierto encanto, aun para los

que suelen unir sus bostezos a los de los Osunas y los Medinacelis.

Solía quejarse el tío Frasquito con harta frecuencia de dolor de muelas,

y aprovechaba esta ocasión para desplegar toda la boca con gesto

doloroso, poniendo de manifiesto una magnífica dentadura, limpia, igual

y blanca, como las teclas de un piano que le había costado diez mil

francos en casa de Ernest, famoso dentista de Napoleón III.

Lamentábase entonces de sufrir dolores tan acerbos con una dentadura

tan sana, y guardábase muy bien de añadir que radicaban estos en cierta

muela rezagada, única propia, existente allá en los confines de sus

encías, como una piedra miliaria en mitad de un desierto.

La impresión del frío prodújole a la salida del Círculo una ligera

punzada en la muela fósil, y apretó el paso sobresaltado para llegar

pronto al hotel y tomar buchadas de elixir que le librasen de una noche

toledana. En mitad de la escalera miró a todas partes con grandes

precauciones, y no descubriendo alma viviente que sorprendiera su

secreto, sacóse prontamente la dentadura y envolvióla en el pañuelo: eso

le aliviaba mucho, y le desfiguraba tanto, que parecía entonces su

fisonomía una burlesca caricatura de sí misma.

El tío Frasquito tenía su habitación en el piso cuarto, y al llegar al

segundo, notó con sobresalto que alguien le seguía por la escalera...

Apretó el paso azorado, y mirando por el rabillo del ojo, descubrió al

marqués de Sabadell que subía de dos en dos los escalones, para

alcanzarle sin duda. ¡Santo Dios, y qué apuro tan grande!

Zambulló la cara hasta las cejas en el gran cuello de pieles, guardóse

prontamente en el bolsillo la dentadura y apretó a correr hasta llegar

sin resuello a la puerta del aposento.

¡Perrrverrsa suerrte!

Sabadell le seguía sin descanso, y deteníase al fin a la puerta del

cuarto vecino sin osar acercársele, pero mirándole de hito en hito,

extrañado, atento, receloso...

--¡Se tragó la parrtida!--pensó el tío Frasquito--. Mañana sabe todo

Parrrís que no tengo dientes.

Y afligido con esta idea, entróse atropelladamente en su cuarto,

encendió la luz y corrió a asegurar la puertecilla de comunicación por

la parte de dentro, temeroso de que el importuno vecino acechase sus

secretos.

Este parecía, en efecto, abrigar intenciones perversas, porque el tío

Frasquito percibía claramente del otro lado del tabique ruidos extraños

que le desasosegaban, poniéndole nervioso; la puertecilla, sin embargo,

no tenía rendija alguna traidora que diera paso a una mirada, y esto lo

tranquilizó algún tanto.

Tomó sus buchadas de elixir, desaparecióle por completo el dolor de

muelas y púsose a limpiar la dentadura, frotándola con un cepillo de

mango atornillado de plata, que producía al chocar contra el cristal o

el mármol del lavabo sonidos metálicos.

Hecha esta operación, comenzó el tío Frasquito a desprenderse de sus

accesorios componentes para meterse en la cama; mas antes, en puntillas

y ya en mangas de camisa, hizo un tercer viaje de exploración a la

puertecilla sospechosa; el vecino parecía tranquilo y el tío Frasquito

emprendió el viaje de vuelta, dando largas y sigilosas zancadas, y

tarareando muy bajo, con pueril satisfacción, aquello de _Las Hijas de

Eva_:

Tranquila está la venta,

No se oye ni un mosquito...

Pequeñeces · 第 11 / 35 段