de lord Byron, su héroe favorito, tipo adorable de hombre, según ella,
cuyo magnífico busto desnudo, esculpido en mármol blanco, tenía en su
_boudoir_ siempre a la vista. Al pronto no le había conocido, porque
difícil era reconocer en aquel arrogante mozo al débil jovencillo Jacobo
Téllez-Ponce, casado doce años antes con la marquesa de Sabadell, prima
lejana de Currita; desde entonces no había vuelto a verle esta, y jamás
le hubiera reconocido si, corriendo a ella Leopoldina Pastor, no le
dijera:
--¿Has visto a Jacobo Téllez?... Decían que se había casado en
Constantinopla con una turca monísima... ¿Qué traerá aquí ese indecente?
La duquesa de Bara contestó una indecorosa paparrucha, mirándole con
desprecio; las señoras se echaron a reír, y Currita exclamó muy
admirada:
--¿Pero es ese Jacobo?... ¡Dios mío! Si me estaba pareciendo desde aquí
Byron en persona, mi poeta querido... ¡Qué semejanza tan exacta!...
Y sin esperar más explicaciones, levantóse vivamente para ir a su
encuentro; la duquesa de Bara la detuvo bruscamente por el vestido, y
ella, procurando desasirse, decía:
--Pero, mujer, si es mi primo... La abuela de su mujer y la mía, primas
segundas... ¿Cómo voy yo a desairar a un pariente?...
Este, atraído, sin duda, por el amor de la familia, acercábase en aquel
momento al grupo de las señoras; saludólas besando la mano a la duquesa
y a Currita, que eran sus más allegadas, y esta, con mil cariñosas
monerías, hízole sitio a su lado, en el banco de hierro.
La conversación giró un momento sobre el viaje de Jacobo, hasta que vino
a interrumpirla la entrada del tío Frasquito, que volvía del pasaje
Jouffroy cargado de noticias. Todos corrieron a su encuentro, y Jacobo
el primero; mas antes, deteniéndole Currita por el brazo, con
familiaridad de prima cuarta de su esposa legítima, le dijo:
--¿Nos veremos, Jacobo?... Quiero presentarte a Fernandito... Vivimos en
el segundo piso, número 120.
La duquesa se inclinó al oído de Leopoldina, diciendo:
--¿Oyes?... Quiere presentarlo a Fernandito.
Leopoldina hizo una mueca y replicó:
--Pues, entonces... ¿verde y con asa?...
--¡Alcarraza!--concluyó la duquesa.
Y las dos se echaron a reír con inocente regocijo.
--II--
Engomado, teñido, peinado y reluciente a fuerza de cosméticos, y
bailando sobre las puntas de los pies, por no permitirle andar de otra
manera el calzado estrechísimo, que le torturaba, sin disimularlos del
todo, dos morrocotudos juanetes, entró con grande prisa en la terraza el
tío Frasquito, tío universal de toda la Grandeza de España, y de
aquellos sus adyacentes de nobles de segundo orden, ricachos de todos
cuños, notabilidades políticas y literarias, capigorrones de oficio,
aventureros atrevidos y personajes anónimos que forman el _todo Madrid_
de la corte, el abigarrado _dessus du panier_ del gran mundo madrileño.
Llamábale todo este mundo el _tío Frasquito_, porque el buen tono así lo
había decretado, y él aceptaba complacido el parentesco de todos
aquellos cuya sangre azul empalmaba realmente, siglo antes o siglo
después, con la suya preclarísima; a los demás, sin rechazar tampoco lo
apócrifo del parentesco, colocábalos con cierta protectora
condescendencia en la categoría de _sobrinos espurios_.
En medio, pues, de esta familia universal se destacaba el tío Frasquito,
hacía medio siglo, viendo desfilar generaciones y generaciones,
legítimas o espurias, de sobrinos y sobrinas que nacían y crecían, se
casaban y multiplicaban, se morían y se pudrían, sin que, abroquelado él
tras el corsé apretadísimo que sujetaba las insolentes rebeldías de su
abdomen, hubiese pasado jamás de los treinta y tres años; los suyos,
semejantes a las semanas de Daniel, eran años de años, aunque más
complacientes que aquellas, se alargaban o encogían según demandaban las
circunstancias. Treinta y tres contaba cuando en el año cuarenta asistió
a la boda de la reina de Inglaterra, acompañando al enviado
extraordinario de la corte de España, y los mismos tenía cuando, en
1853, presenció la de su _sobrina_ Eugenia de Guzmán con el emperador
Napoleón III; casamiento desigual, _messa alianza_ humillante que
reprobó en absoluto el tío Frasquito, por no satisfacerle de todo la
prosapia de Bonaparte, y aunque nunca llegó a relegar al nuevo sobrino a
la categoría de los espurios, tampoco consintió en designarle de otro
modo que con el nombre de _mi sobrino el conde consorte de Teba_[9].
[Nota 9: Sabido es que la emperatriz Eugenia, antes de casarse,
llevaba por su ilustre familia el título de condesa de Teba.]
Susurraba la leyenda que el tío Frasquito llevaba en su cuerpo treinta y
dos cosas postizas, entre las cuales se contaba una nalga de corcho. Es
lo cierto que, en el momento en que lo presentamos a nuestros lectores,
volviendo del pasaje Jouffroy para confirmar a sus compatriotas la
abdicación del duque de Aosta, la obesidad había trocado su talle de
palmera en puchero de Alcorcón, y el arte, la industria y hasta la
mecánica trabajaban de consumo y a porfía en la restauración diaria de
aquel Narciso trasnochado, en riesgo siempre de convertirse en acelga,
como en flor se convirtió el antiguo Narciso de la mitología griega.
El tío Frasquito era soltero, rico, vivía ordenadamente, no tenía vicios
conocidos, ni tampoco deudas; era afable, cortés, servicial,
complaciente, tenía modales de doncella pudorosa y cadencias en la voz
de damisela presumida. Coleccionaba sellos diplomáticos, bordaba en
tapicería, tocaba desastrosamente la flauta y pronunciaba las _erres_ de
esa manera gutural y arrastrada, propia de los parisienses, que imitan
en España algunos afrancesados elegantes, y es defecto natural en otros
muchos, para quienes se inventó aquello de: «El perro de San Roque no
tiene rabo, porque Ramón Ramírez se lo ha robado».
Diógenes le llamaba de ordinario _Francesca di Rimini_, a veces _señá
Frasquita_, y perseguíale y acosábale por estrados y salones, y hasta
entre las faldas de las damas, donde el afeminado prócer acostumbraba a
refugiarse, con intempestivos abrazos que le arrugaban y tiznaban la
inmaculada pechera; besos extemporáneos que obligaban a la pulcra
víctima a lavarse y frotarse con _cold cream_; pisotones disimulados que
le deslustraban el calzado y le reventaban los juanetes, o bestiales
apretones de manos que le descoyuntaban los dedos, poniendo en riesgo de
esparcirse por todas partes los treinta y dos componentes que asignaba a
su cuerpo la leyenda.
Aquellos dos viejos, de caracteres y costumbres tan diversas, eran, sin
embargo, dos tipos rezagados de la misma sociedad, dos ejemplares
fósiles de aquellos próceres del pasado siglo, manolos viciosos y
cínicos unos, petimetres, insustanciales y afeminados otros, que
prepararon en España la ruina y el descrédito de la Grandeza.
Entró, pues, el tío Frasquito en la terraza con ademanes de doncella
atribulada, y todos se agolparon en torno suyo, acosándolo a
preguntas... ¡Todo, todo quedaba por nuevos partes confirmado, y el
_sauve qui peut_ era en Madrid general!...
Corroborábase la noticia de que don Amadeo había huido a Lisboa con su
familia, y el telégrafo transmitía los nombres de los individuos que
formaban el primer ministerio de la recién nacida República.
--¡De la Rrrepública española!--exclamó el tío Frasquito quitándose el
sombrero con burlesca solemnidad.
Y entre risas despreciativas y observaciones irónicas, comenzó a leer en
su elegante carterita, donde estaban apuntados los nombres de los nuevos
ministros[10]... ¡Pero qué nombres, Virgen Santísima! ¡Si aquello era
cosa de morirse de risa!... Figueras, Castelar, Pi y Margall, los dos
Salmerones, Nicolás y Paquito... Córdoba.
[Nota 10: Suponemos que el lector comprenderá que los juicios sobre
personas determinadas que aparecen en boca de los personajes de esta
novela no son juicios del autor, sino reflejo de los que formaban en
aquella época la parte de la sociedad que dichos personajes
representaban. El autor, que tan sin escrúpulos de ningún género ataca
de frente al vicio y a la insolencia, se reserva siempre su juicio sobre
individuos determinados, y se halla muy distante de pretender herir
personalidad ninguna, por despreciable que le parezca.]
--¡Córrrrdoba, señores, Córrrdoba!... ¡Ferrrnandito Córrrdoba,
rrrepublicano!... ¡Quién lo creyerra, cuando íbamos juntos a casa de la
Benavente, cuando Fernando VII lo envió a Portugal con su hermano Luis,
detrás del infante don Carlos y la princesa de Beyrra!... Porr supuesto,
que yo era entonces un niño, una verrdadera criaturra...
El tío Frasquito no cayó en la cuenta de que, según aquellos datos,
debió de haber asistido seis años antes de su nacimiento a los saraos de
la duquesa de Benavente, y prosiguió enumerando a los ministros
restantes: ¡Echegaray, Beranger y Becerra!... ¡Santo Dios!... Si esto
era para España la coz del asno; y aquellos enanillos de gorro frigio,
encadenando al león de Castilla, recordaban aquella grandiosa imagen:
_Ce grand peuple espagnol, aux membres enervés,_
_Expire dans cet antre ou son sort le termine_,
_Triste comme un lion rongé par la vermine_!
¡Y qué chistosamente cursis resultaban siempre aquellos demócratas!...
¿Pues no se les había ocurrido lo primero ir a darle una serenata al
interesantísimo don Emilio tocando la Marsellesa?...
_¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira..._
_Celui que s'élève on l'abaissera._
_Celui que s'abaisse on l'élèvera._
_¡Ah! ça ira, ça ira, ça ira..._
--¡Qué delicia!--exclamó Currita--. ¿Y no les echó él un discursito?
--¡Ya lo creo!... Desde el balcón, como cantaba la Nilson en Viena; y
luego obsequió a la concurrencia con carramelos y cigarritos...
--¡Qué monada!... De seguro que este invierno tendrá recepciones.
--¡Sí! Para los ciudadanos _sans culottes_.
--¡Polaina!--exclamó Diógenes--. En cuanto cuelgue un jamón en la
puerta, tiene allí a Madrid entero, y tú, Curra, irás la primera.
Azoróse el tío Frasquito al oír la voz de Diógenes, y temiendo algunos
de sus amagos de intempestivo cariño, fuese escurriendo con disimulo,
soltando casi a media voz su última noticia. Anunciaba también el
telégrafo que don Carlos había entrado en España por Zugarramurdi, y que
aprovechando sus parciales aquella confusión, aprestábanse a hacer un
supremo esfuerzo para apoderarse de la corte.
Disgustó esto mucho a toda la concurrencia, por parecerle más temible el
carlismo que la República, y en aquel momento llegó a confortar los
ánimos un viejo alto, de aspecto marcial y largos y retorcidos bigotes
blancos: era el general Pastor, hermano de Leopoldina, que volvía del
palacio Basilewsky de conferenciar con la reina.
Entró, pues, el general radiante y satisfecho cual si viese ya en
lontananza la cartera de la Guerra, y contestando con sonrisas y
palabras huecas a las mil preguntas que de todas partes le dirigían,
apresuróse a dar cuenta a la condesa de Albornoz y a la duquesa de Bara
de una embajada de su majestad la reina... Esta las designaba para
acompañarle al día siguiente, a la capilla expiatoria del bulevar
Haussman, donde debía celebrarse la Misa de aniversario, algún tanto
retrasada aquel año, del infortunado Luis XVI; el espectáculo prometía
ser curioso, porque los príncipes de Orleans, reconciliados con el conde
de Chambord, asistirían por primera vez, en público, a aquellas
simbólicas honras.
Abrió entonces el saco de noticias el general Pastor, y dando a
entender, con cierta vanidad política, que callaba mucho más de lo que
decía, confirmó todo lo dicho por el _tío Frasquito_, añadiendo que la
proclamación de la República era un paso gigantesco dado hacia la
Restauración; que los desórdenes más terribles no tardarían en estallar
en España, y alarmadas las potencias europeas con los escarmientos de la
Commune en Francia, se apresurarían a intervenir en favor del príncipe
Alfonso. Notas secretas de algunos embajadores extranjeros habían
llegado ya al palacio Basilewsky, y Thiers mismo, temeroso de que el
zurriago de las monarquías coligadas le deparase a él algún latigazo,
negábase a reconocer la nueva República.
Tan sólo míster Harrilin, embajador de los Estados Unidos en España,
habíase apresurado a reconocer el nuevo orden de cosas en nombre de su
Gobierno, presentándose en el palacio de la Presidencia con todo el
ceremonial de costumbres en tiempos de la monarquía, y asegurando en su
discurso, con la truhanesca formalidad de Jonathan en persona, que «los
Estados Unidos de América no podían menos de contemplar con emoción y
simpatía, convertido en República, el imperio de Fernando e Isabel».
--¡Pues vaya con el indecente!--exclamó Leopoldina Pastor hecha una
furia--. Para esos yanquis farsantes, igual da Figueras que Fernando el
Católico, y lo mismo representa una corona que un gorro de algodón.
_Cotton is King_!... ¡Monísimo!... ¡Y pensar que hace tres semanas
bailábamos todas en su casa!... ¡Vamos! Si después de todo, resulta que
cuando se trata de divertirse perdemos todas la vergüenza.
--_¡Tu dixisti!_--gritó Diógenes con grande ahínco.
--Y lo repito--prosiguió Leopoldina--. Pero yo le aseguro a ese
indecente que ha de oír de mis labios cuatro palabritas bien dichas...
¡Oh, si yo lo tenía previsto! En el último baile que dio llevaba medias
azules de algodón...
--Como que su suegro tiene en Boston una fábrica.
--¡Qué delicia!--exclamó Currita--. Pues cuando den la _Jarretière_ al
yerno, ya puede el suegro regalarle la media.
--De seguro que las habrá él anunciado en la Presidencia al terminar su
discurso, como aquel _preacher_ yanqui que terminó su sermón: «Ya os he
demostrado, mis buenos hermanos, que sólo por la virtud se gana el
cielo. Sólo me resta, para terminar, recomendaros la magnífica
sombrerería de Míster Francis Morton, 24, Catherine Street. Allí todos
los artículos son distinguidos y baratos.--_Net cash._--Que viene a ser
_No se fía_».
El timbre eléctrico que anuncia _aux hommes d'équipes_ la llegada de
nuevos viajeros, comenzó a repicar en aquel instante, y, a poco, llegó
Gorito Sardona, muy conmovido, anunciando que la señora de López Moreno
se apeaba en aquel momento en el _Grand Hôtel_, que venía de Madrid, y
que a poco más la asesinan en el camino.
--¡Trae una oreja colgando!--añadió tirándose de una suya.
Horrorizóse la concurrencia, y todos salieron a su encuentro deseosos de
ver a la banquera desorejada. La duquesa, sin embargo, temiendo sin duda
que trasladase esta a sus orejas las famosas hipotecas que sobre sus
tierras tenía, quiso escurrirse por la sala de lectura, con tan mala
suerte, que fue a toparse en el patio mismo con la López Moreno, su hija
Lucy, dos doncellas, un criado, diecisiete baúles y número ilimitado de
cajas y sombrereras. La banquera llegaba pálida y abatida, y tenía, en
efecto, ensangrentado el lóbulo de la oreja izquierda.
Al verse cogida la duquesa, salió al encuentro de la López Moreno,
exclamando muy cariñosa:
--¡Pero, Ramona!... ¿Cómo no me ha avisado usted?
--¿Avisar?--exclamó con espanto la López Moreno--. ¡Gracias que llego
con vida!... ¡Qué viaje, duquesa, qué viaje!... En el camino a poco más
me asesinan... ¡Nací ayer!... ¡Un milagro, un milagro!
--¡Qué horror!--exclamó la duquesa.
Y mirando en torno suyo, con la esperanza de que el prodigio divino no
hubiera alcanzado también al señor López Moreno, añadió:
--Pero ¿dónde está su marido de usted?... ¿No viene?...
La tierna esposa hizo otro gesto de espanto y contestó sin enternecerse
demasiado:
--¡En Matapuerca está..., si es que vive!...
--¿En Matapuerca?--exclamó Diógenes--. ¡No puede ser!... Será en
Matapuerco...
--No, no; en Matapuerca--replicó la López Moreno sin comprender la pulla
del viejo.
Y rodeada de todos los españoles, que atraídos por la curiosidad iban
poco a poco acudiendo, la voluminosa señora comenzó el relato de sus
infortunios... De aquella hecha se llevaba la trampa a la España entera;
la gente se escapaba de Madrid a bandadas, y no parecía sino que la
trompeta del Juicio Final había sonado en la corte.
--¡Me alegro!--exclamó Diógenes--. A esa trompetita estoy yo
aguardando... ¡Qué cosas han de saberse cuando diga el ángel: cada peso
duro con su dueño, y cada hijo con su padre!...
La duquesa le hizo callar de un abanicazo, y la López Moreno, llena de
satisfacción al verse objeto del interés de todos, continuó el relato
de su susto, un susto atroz, una barbaridad de susto... El tren traía
cuarenta y dos coches atestados de gente que iba a Biarritz, a San Juan
de Luz, a Bayona, a cualquiera parte, con tal de pasar la frontera. En
Vitoria añadieron otra máquina y entraron cuatro compañías del
Regimiento de Luchana. ¡Malo!... Por la noche todo fue bien, pero al
llegar a Alsasua, ¡Virgen Santísima!... ¡Los carlistas! Y de pronto,
¡prurrruumm! ¡Una descarga atroz!...
--Pero, de repente, hija, de repente, sin avisar siquiera, sin decir
agua va: nada, nada, nada. ¡Prurrruumm! caiga el que caiga... La tropa,
¡claro está!, contesta ¡prurrruumm! otra descarga. Yo, muerta, Lucy,
muerta debajo del asiento, sin resollar siquiera, y ¡prurrruumm! arriba,
¡prurrruumm! abajo; hora y media de tiritos... De pronto, se abre la
ventanilla, entra una mano, me arranca una oreja y se va...
--¡Qué atrocidad!--exclamaron todos. Y Gorito Sardona, con su guasona
formalidad, añadió:
--¿Pensarían hacer una chuleta?...
--No, señor--replicó la víctima algún tanto ofendida--. Lo que pensaron
fue llevarse un brillante de quinientos duros que traía en ella, y se lo
llevaron en efecto... Decían luego que fue un pillete de la estación,
pero a mí no me quita nadie de la cabeza que fue el cura Santa Cruz...
Como que esto era en mitad del túnel, a oscuras, y en la pared de
enfrente vi yo la sombra del sombrero de teja...
--¡Qué barbaridad!...
--¿Pero usted vio a los carlistas?...
--¿Que si los vi?... Al salir del túnel, en un altito había un montón de
ellos, y en medio uno con entorchados, que era don Carlos... Lucy decía
que no, pero yo creo que sí. Uno chiquitillo, bizco, con barba rubia,
picado de viruelas, que nos hizo con el puño así...
Y la señora de López Moreno enarbolaba el suyo robustísimo, con gesto
horrible de amenaza.
--¡Pero si don Carlos es muy alto, moreno, con barba negra!... Yo le
conocí en Vevey...
--Pues vendría disfrazado; no es tan difícil teñirse la barba de rubio.
--Pero es imposible, teniendo dos metros de largo, encogerse hasta tener
la mitad.
--Podrá ser que me equivoque, pero lo dudo--replicó la López Moreno, que
no renunciaba fácilmente a la honra de haber sido amenazada por un puño
real.
El general Pastor oíalo todo complacidísimo, viendo en aquella
catástrofe los primeros truenos de la terrible tempestad que comenzaba a
desencadenarse en España. De aquel caos había de salir la Restauración,
y la política del partido dirigía, por lo tanto, todos sus esfuerzos a
excitar y mantener el desorden. Una palabra imprudente del general
reveló a los más avisados que estaba bien al tanto de aquellos manejos:
preguntó a la señora de López Moreno si, al salir ella de Madrid, no se
decía nada en la corte de levantamientos socialistas en Andalucía.
--¿Y me lo dice usted a mí?--exclamó la banquera con enérgica ira--.
¿Pues no saben ustedes lo de Matapuerca?...
--¡Ay, por Dios, señora!--la interrumpió Currita con toda su
aristocrática impertinencia--. ¿No podría ser Mata... cualquiera otra
cosa?
--¡Pero si se llama Matapuerca!... Es una dehesa magnífica en la
_provincia_ de Extremadura, de más de tres mil aranzadas, con
veintisiete caseríos... En fin, un pequeño reino... Era de los frailes
Agustinos, y mi marido lo compró cuando lo de Mendizábal...
Currita hizo un gesto de resignación pacientísima, y preguntó:
--¿Y qué ha sucedido en el pequeño reino de Mata... esos animalitos?...
--Pues nada, ¡una friolera!... Que en cuanto proclamaron la República,
invadió la dehesa una horda de aquellos bandidos, asesinaron al aperador
y a tres guardas, y se repartieron las tierras. López Moreno salió para
allá corriendo, y estoy inquietísima... No sé lo que va a hacer...
--¿Pues qué ha de hacer?--exclamó Diógenes--. ¡Polaina! Lo que hicieron
los frailes Agustinos cuando su marido de usted y Mendizábal les
quitaron la dehesa... ¡Tener paciencia!... A cada puerco le llega su San
Martín, doña Ramona; figúrese usted si no le llegará también en
Matapuerca... Amigo, ¡los socialistas, los socialistas!... Esos han
aprendido lógica; ahí tiene usted los nuevos desamortizadores.
La López Moreno iba a contestar muy picada, pero el general Pastor,
frotándose las manos de júbilo, la contuvo, diciendo:
--Nos trae usted excelentes noticias, señora... La cosa marcha viento
en popa, mejor de lo que yo esperaba.
--¡Pues me hace gracia!--exclamó la banquera estupefacta--. No diría
usted lo mismo si le hubiesen robado una dehesa y arrancado una oreja
con un brillante de quinientos duros...
--Nada, doña Ramona, hay que resignarse por algún tiempo a ser reina
destronada de Matapuerca... La Restauración la restablecerá a usted muy
pronto en su trono... ¿Y sabe usted lo que estoy pensando?--añadió el
general como asaltado de una idea repentina--. Que la reina tendrá mucho
gusto en oír de usted misma esas noticias. ¿Tendría usted inconveniente
en venir a Palacio?...
La banquera pensó ahogarse de satisfacción, y la duquesa, que se
apresuraba a pagarle con honras y relumbrones lo que no le pagaba en
dinero, exclamó vivamente:
--¡Magnífica idea! Yo misma la llevaré... Mañana pido a la señora la
audiencia...
--¡Pues ya lo creo que la reina tendrá mucho gusto en oírla!--observó
pausadamente Currita--. Doña Ramona narra muy bien y usa unas armonías
imitativas de muchísimo efecto... Cada vez que dice ¡prurrruumm! parece
materialmente que se huele a pólvora... ¡Qué delicia... oírle contar la
_dégringolade_ de Matapuerca!
La señora de López Moreno no se enteraba de nada de esto, ocupada en dar
gracias, enternecida, al general y a la duquesa... El sueño dorado de
toda su vida, ser recibida en Palacio, iba a realizarse, y no le parecía
cara tamaña honra, al precio de una oreja desgarrada y una dehesa
perdida.
El general, por su parte, seguía la política de Butrón, barrer para
dentro, y calculaba ya las copiosas sangrías que, en nombre de los
conspiradores, podría hacer su espada victoriosa en las repletas arcas
de los consortes López Moreno.
Durante toda esta escena, Currita no había perdido de vista un momento a
Jacobo, que escuchaba atentamente sin darse prisa a subir a su cuarto a
lavarse y descansar. Al disolverse la reunión, porque la hora de comer
se aproximaba, echóle de menos Currita en la terraza; asomóse vivamente
a la sala de lectura, salió al patio y no le encontró por ninguna parte.
Por la escalera de enfrente subía en aquel momento el tío Frasquito
dando el brazo a su sobrina espuria, la reina destronada de Matapuerca,
que se detenía en cada peldaño para ponderarle lo terrible de su susto,
lo soberbio de su dehesa, el dolor de su oreja, lo pavoroso de aquellas
descargas atronadoras...
¡Prurrruumm!
--III--
La oportunidad es en todas las cosas precursora del éxito, y el llegar a
tiempo ha levantado no pocas veces el pedestal de muchas celebridades y
ceñido los laureles a infinitos héroes. Cada carácter requiere, pues,
circunstancias especiales que le favorezcan, época adecuada que le
sirva de marco, _momento histórico_ oportuno que le permita
desarrollarse en toda su pujanza. Un Hércules en los tiempos
prehistóricos, un Cid en los tiempos caballerescos, serían un Quijote en
los tiempos de la partida doble y el tanto por ciento. Un Espartero y un
Mendizábal, por el contrario, hubieran sido en aquellas épocas remotas,
prestamista judío el uno, cuadrillero de la Santa Hermandad el otro.