15.000 duros que había pretendido regalar a su legítima dueña. Sus
escrúpulos de _Zapirón_ se resistían a embolsárselos del todo, y el
recto tribunal de su conciencia le aconsejó entonces emplearlos en
alguna obra benéfica. Ocurriósele dar un gran baile, una fiesta
ruidosísima y brillante, a beneficio de los niños de la Inclusa, pero
la estación estaba ya muy adelantada; todo el mundo había creído
asfixiarse pocas noches antes en el baile de Butrón, y ella debía
también emprender al fin de semana su viaje a Bélgica. Entonces tuvo una
idea felicísima: hacer con aquel dinero un espléndido donativo al papa
Pío IX, cuando fuera a visitarlo a Roma, a principios de otoño.
Entusiasmóle por completo este pensamiento, que acallaba sus escrúpulos
y satisfacía su vanidad, imaginándose ver ya en todos los periódicos de
Europa pomposos elogios tributados a la piadosa munificencia de la
excelentísima señora condesa de Albornoz.
Aquella noche llegó María Valdivieso muy animada, cerca ya de las
nueve... Era preciso, indispensable y urgentísimo que Currita se viniese
con ella al Circo del Príncipe Alfonso... _Debutaba_ Miss Jesup, una
_diva_ monísima hija de un general yanqui. Había venido recomendada a
Pepa Alcocer y a otras varias de la Grandeza; Paco Vélez se lo había
dicho.
--El lunes pasado, justamente el día que murió Velarde, cantó en casa de
Alcocer el rondó final de _Cereréntola_... ¡Chica! En mi vida he oído
cosa igual: va a tener un succés asombroso... Conque vístete y vámonos,
que no quiero perder el aria final del primer acto... ¡Chica! ¡Qué gran
verdad aquella!... Yo me la apropio.
Y se puso a cantar con malísima voz y detestable oído el
Sempre libera deggio
Transvolar di gioia in gioia
de la _Traviata_, ópera a la sazón muy en boga y escogida por Miss Jesup
para presentarse por primera vez en la escena madrileña.
--¡Ay, no, no!--dijo Currita muy displicente--. No tengo ganas de ópera.
--Pero, mujer... ¿Te vas a enterrar en vida?... Tres días hace que no
sales.
--Y además, ya tú ves, de luto...
--¡Pero si llevas ya cinco días!... ¿A cuándo aguardas para dejarlo?...
No me lo hubiera yo puesto diez minutos por Juanito Velarde, porque por
más que tú digas, era muy soso, hija, muy sosito.
--Entonces, me pondré esta noche medio luto... Justamente tengo un
vestido sin estrenar, blanco y negro; es bonito, pero no creo que pueda
servir para otra cosa.
--Pues aprovecha la ocasión, tonta... Pero anda lista, que es muy tarde.
Y ella misma se levantó para tirar de la campanilla y dar a Kate las
órdenes necesarias.
Currita se vistió en breve tiempo, y mientras tanto dábale conversación
la Valdivieso, ponderándole la voz y la hermosura de Miss Jesup y lo
bien que había estado Stagno la noche anterior en _Un ballo in
maschera_, sobre todo en el aria final, cuando lo asesinaban. Paco Vélez
se lo había dicho.
--Oye, y a propósito de muertos... ¿Te contestó ya la madre de Velarde?
--Justamente hoy he tenido carta... Por cierto que debe de ser una vieja
rara...
Kate se permitió interrumpir a las dos primas, preguntando si la señora
condesa llevaría guantes blancos o negros.
--¿Qué te parece, María?
--Los blancos irán bien...
--Me parece que caerán mejor los negros.
--Traiga usted un par de cada color y lo veremos.
--Pues sí; debe de ser una vieja rara... Figúrate que se niega a recibir
la pensión.
--¡Jesús, mujer, qué rareza!
--Lo que oyes... Me escribe una carta muy agradecida, muy altisonante,
con su poquito de deberes morales y de Providencia divina, y concluye
diciendo que nada necesita y que todo le sobra.
--Pues mejor para ti... Eso más te encuentras.
--Sí, pero ya tú ves; yo tenía hecho ya por el pobre Juanito ese
sacrificio, y no porque la doctora de su madre se niegue me voy a volver
atrás... Por eso he pensado, cuando vaya a Roma por octubre, hacer el
donativo de esos 15.000 duros al Padre Santo, para que le conceda
indulgencias...
María Valdivieso se quedó muy edificada, y las dos primas salieron,
cogiendo Currita, distraída con la conversación, un guante blanco y otro
negro. Echó de ver su error al ir a ponérselos, ya cerca del teatro, y
quiso volver a su casa para cambiarlos. Mas la Valdivieso, riendo como
una loca, le dijo:
--Pero, mujer, no seas tonta, póntelos... Lo tomarán por una
originalidad, y mañana tienes ya la moda en planta.
--¡Pues es verdad!--exclamó encantada Currita.
Y así sucedió en efecto: a todos pareció muy chic aquel nuevo capricho,
y a la noche siguiente se veían por todas partes en el teatro trajes de
dos colores diversos con guantes de dos colores distintos.
El _debut_ de Miss Jesup alcanzó una ovación ruidosísima, y sólo hubo
que lamentar un chistoso ridículo. Al final del último acto, cuando la
heroína acabada de expirar en la escena, y Alfredo, su padre y el doctor
entonaban el último terceto, una racha de viento colado pilló descuidada
a la _diva_ y le arrancó, después de difunta, un estrepitoso estornudo.
Al día siguiente no se hablaba de otra cosa en Madrid que de la ovación
de la Jesup, de su importuno estornudo y de los guantes de Currita;
nadie se acordaba ya del nombramiento de camarera, ni de la muerte de
Velarde, ni del registro de la policía.
Currita respiró ya tranquila, viendo cortada por completo, gracias a sus
manejos, la larga cola que había profetizado Butrón a su nombramiento de
camarera; su consecuencia política quedaba fuera de toda duda,
produciendo, entre otros resultados, tres _pequeñeces_ diversas:
Una madre desolada.
Un alma en el infierno.
Y la moda de los guantes distintos.
Mientras tanto, Villamelón preparaba con grande afán las fotografías de
donde habían de sacarse los grabados para la _Revista Ilustrada_; todo
lo demás habíalo echado en el cajón de las _cuestiones bizantinas_.
Fin del libro primero
Libro II
--I--
El tren expreso de Marsella a París traía cuatro horas de retraso, por
haberse roto un puente la noche antes entre Gallician y Saint-Gilles.
Los viajeros llegaron a las cuatro y media a la gran capital, apeándose
en la _gare de Lyon_, hambrientos y malhumorados. Un hombre de unos
treinta años saltó el primero de un _sleeping-car_, y atravesando el
andén antes que la multitud lo invadiese, llegó al carrefour con ese
aire seguro y exento de toda perplejidad que anuncia siempre al viajero
práctico en añagazas de aduanas, estaciones y caminos de hierro.
Hizo una señal al primero de los muchos coches de alquiler que en
ordenada fila esperaban, y el cochero acudió presuroso, midiendo antes
con la vista, de pies a cabeza, la traza del viajero. Traía este por
todo equipaje una de esas _fundas_ inglesas arrolladas en correas, que
encierran tanto en tan poco trecho y bastan para guardar todo lo
necesario a cualquier _touriste_ inglés que se dispone a dar la vuelta
al mundo.
El cochero pareció quedar satisfecho de su examen: entre las ricas
pieles que forraban el abrigo del viajero, había descubierto su vista
perspicaz lo que basta para constituir un gran personaje a los ojos del
vulgo parisiense: asomaba una cintita amarilla y blanca por el ojal de
su americana. ¡_Il était decoré_!...
Al poner el pie en el estribo, limitóse a decir el viajero en francés
muy bien acentuado:
--_Grand Hôtel_... _Boulevard des Capucins_...
El coche arrancó dando tumbos como cualquier simón de nuestra España, y
el viajero no pareció experimentar esa sorpresa mezclada de admiración,
curiosidad y entusiasmo que embarga a todo el que llega a París, una,
dos, tres y hasta cuatro o cinco veces.
Arrellanóse en los almohadones de raído paño azul del coche y sin
conceder siquiera una mirada al primer aliento de París, que comenzaba
ya a ensordecer y atronar sus oídos, arrancando de la gran plaza
irregular de la Bastilla, en que desembocan cuatro boulevards y diez
calles, púsose a pasar revista con gran cuidado a los papeles contenidos
en una bolsa de viaje, cuya correa le cruzaba el pecho de derecha a
izquierda.
Ninguno de ellos faltaba: en la bolsa de la derecha había varias cartas
abiertas, algunos papeles sueltos y un pequeño atadito de billetes de
Banco; en la izquierda, un gran cartapacio, sellado con una corona real
sobre lacre rojo. En el sobre decía:
A SU ALTEZA REAL, EL DUQUE DE AOSTA,
REY DE ESPAÑA.
El viajero dio varias vueltas al cartapacio con cierta curiosidad
contenida, y aun llegó a mirar al trasluz con el intento de distinguir
algo de lo interiormente escrito a través del sobre. La satinada
superficie del rico papel de hilo no dejaba, sin embargo, traslucir su
secreto, y el viajero tuvo que contentarse con leer una y otra vez
aquellas letras gordas y corridas del sobrescrito, trazadas por una mano
más acostumbrada a firmar y anotar que a escribir extenso, y tan
orgullosamente italiana sin duda, que anteponía el triste ducado de
Aosta a la Corona real de España.
El coche había cruzado, mientras tanto, el bulevar Beaumarchais y el de
Filles du Calvaire, y llegado al del Temple, sin que el viajero hubiera
dirigido una sola mirada a las magnificencias que va presentando París a
los ojos del que llega, a medida que se avanza hacia el bulevar des
Italiens y el de Capucins, centro vertiginoso de la gran Babilonia y
lupanar dorado y perfumado donde acuden a revolcarse, a costa de su oro,
el vicio y la locura de los cuatro ángulos de la tierra. Allí la calle
se convierte en plaza, la acera en calle; la multitud en torrente que se
precipita con cierto relativo silencio por entre dos paredes de cristal,
formadas por los escaparates inmensos de las tiendas atestadas de cuanto
puede dar de sí la industria humana para transformar lo superfluo en
necesario, lo elegante en fastuoso, lo precioso en maravilla, la vida en
fiebre de vanidades locas y concupiscencias monstruosas.
El viajero, abismado en sus reflexiones en medio de aquella multitud
inmensa, cuyo rasgo característico es el de ofrecer siempre el aspecto
del ocioso que corre en pos del placer y no del que marcha en busca del
trabajo, había acabado por sacar una carterita de piel de Rusia y
puéstose a ajustar en ella enmarañadas cuentas. Al frente de una hoja
escribió _esperanzas_ y al frente de la otra _realidades_, y así, debajo
de aquello que sin duda esperaba, como debajo de aquello otro que al
parecer poseía, comenzó a amontonar guarismos que formaban números y
estos a su vez sumas, restas, multiplicaciones y divisiones, que se
confundían en caos aritmético, y vinieron a producir al cabo en la
columna de las esperanzas, bajo una raya horizontal, esta cifra preñada
de misterios: _Doscientos mil duros y una cartera_. En la hoja de las
realidades, el resultado no necesitaba interpretación alguna; decía
simplemente: _Cero_.
Y como si todavía hubiese podido deslizarse en aquella absoluta carencia
de realidades algún error ilusorio, el viajero, rascándose a veces un
momento con el extremo del lápiz la ancha y hermosa frente, prosiguió
trazando guarismos y haciendo cálculos, hasta tirar otra raya
horizontal, derecha, negra e inflexible como un destino adverso, por
debajo de la cual apareció esta vez algo menos que cero, una cantidad
negativa, una deuda formidable, que era, sin duda alguna, la única
realidad con que aquel hombre contaba en el mundo:
_¡¡150.000 duros al 15 por 100!!..._
El viajero quedóse un momento mirando aquella cifra angustiosa, y
apretando el lápiz entre sus blancos dientes, hasta romperle la punta,
apartó al fin los ojos como asustado, para fijarlos en el golpe de vista
más admirable que puede ofrecer la inmensa Babilonia de París.
El coche atravesaba entonces la Plaza de la Concordia, regada con la
sangre de María Antonieta y Luis XVI; al frente se extendía la calle
Real, cerrada en el fondo por la soberbia fachada de la Magdalena,
descansando sobre sus cincuenta y dos gigantescas columnas corintias; a
la espalda, el palacio Borbón, asomando por detrás del puente de la
Concordia, rodeado de jardines y de estatuas; a la izquierda, la avenida
de los Campos Elíseos, cerrada a enorme distancia por el Arco de la
Estrella; a la derecha, del lado de acá del río y entre los frondosos
jardines imperiales, lo que quedaba entonces de las Tullerías: algunos
muros calcinados por el incendio, un tremendo desengaño histórico, una
imagen de la majestad real, abofeteada, escupida y asesinada a
garrotazos por Rochefort y Luisa Michel; y en medio de la plaza,
levantándose entre las dos fuentes monumentales, como un gigante de
otras edades, el decano de París, el obelisco Lucsor, el amigo de los
faraones, el testigo de las épocas fabulosas que cuenta por meses las
centurias y se ríe, acordándose de sus momias egipcias, de aquel
hormiguero humano que a sus pies se agita, haciéndole repetir lo que
puso años antes un poeta en su lengua de granito:
_Oh! dans cent ans, quels laids squelettes_
_Fera ce peuple impie et fou,_
_Qui se couche sans bandelettes_
_Dans des cercueils qui ferme un clou!_
El viajero pasaba por toda la vista sin fijarse en nada, con esa
indiferencia con que se mira lo que hasta la saciedad nos es conocido.
Tan sólo al salir de la calle Real asomó curiosamente la cabeza, y sus
ojos buscaron a lo lejos la famosa terraza del _Petit-Club_, más
familiarmente _Baby_, que domina toda la Plaza de la Concordia y es
punto de reunión y observatorio predilecto de la _haute gomme_
parisiense.
El día estaba magnífico, y bajo un pabellón de dril, listado de blanco y
rojo, veíanse algunos socios del club fumando y conversando; en la
balaustrada de piedra que da a la plaza, dos o tres jóvenes echados de
bruces veían desfilar los carruajes que por la calle _de Boissy
d'Anglas_ se dirigían al Bosque. El viajero experimentó al ver el
pabellón del Círculo cierto impulso de alegría, y por un movimiento
espontáneo, que tenía mucho de pueril, quitóse el sombrero como para
saludarle a tan enorme distancia, con tanto respeto y entusiasmo, como
si a su sombra hubiera de encontrar _lo menos... 150.000 duros al 15 por
100_, que daban por suma total los varios sumandos de sus realidades.
Sin duda, sabía muy bien que en el _Petit-Club_, en el inocente _Baby_,
se jugaba gordo.
Al descubrirse el viajero, quedó por completo a la vista su fisonomía,
presentando un extraño prodigio... Hubiérase dicho que lord Byron en
persona, abandonando su tumba de Nottingham, atravesaba la plaza de la
Magdalena en un coche de alquiler, saludando el pabellón del _Baby_ cual
si fuera la bandera de Inglaterra.
Tenía aquel hombre la misma hermosura varonil del gran poeta, la misma
bella cabeza airosamente puesta sobre un cuello nervudo, dispuesto
siempre a enderezarse con la altanera inflexión del desdén. Formaba su
rostro el mismo óvalo perfecto, con la barba un poco saliente, los ojos
pardos hermosísimos, el cabello castaño, encrespado en artísticos
remolinos naturales sobre una frente ancha y nobilísima, que parecía
hecha expresamente para ceñir los laureles de una corona. Crispaba sus
labios en ambas extremidades aquel pliegue oblicuo, huella de la
amargura, del desprecio, del escepticismo, del vicio cansado siempre y
no satisfecho nunca, que aparece tan al vivo en los buenos retratos de
Byron, como si por allí se deslizaran todavía aquellas abrumadoras
palabras de su _último lamento_:
¡Por todas partes, implacable y frío,
Fue detrás de mis pasos el hastío!...
Dos cosas faltaban, sin embargo, al viajero para hacerle en todo
semejante al poeta gran señor: su pie izquierdo no cojeaba, ni brillaba
tampoco en su frente el rayo de genio que inspiró _Childe Harold_. Si
por un prodigio del cielo era Byron aquel hombre, había vuelto sin dudas
al mundo dejándose en Nottingham su genio y su cojera, y trayéndose tan
sólo la hermosura de sus veinticinco años y los vicios de toda su vida.
Aquel Byron no hubiese ido a la Grecia para liberarla, sino para
explotarla; en sus ojos no brillaba el ansia de lo ideal, sino el
reflejo de la sensualidad ansiosa de encontrar dinero.
Todo en él era, sin embargo, elegante y aristocrático, y desde las
correas de piel de Rusia con hebillas y asa de plata que sujetaban su
exiguo equipaje, hasta la cartera de la misma piel en que había ajustado
sus cuentas de realidades y esperanzas, revelaban ese señoril lujo de
nimios detalles, propio de las personas nacidas y acostumbradas a vivir
siempre en medio de la opulencia.
Una sola nota discordante resaltaba en su traje, un detalle cursi,
cursísimo, que sólo pudiera concebirse en algún peluquero afamado o en
algún cantante italiano de segundo orden: la cintita amarilla y blanca
que asomaba por el ojal de su americana de viaje. Mas esto probaba, por
el contrario, un profundo conocimiento de aquel terreno que pisaba, en
que cualquier cintajo honorífico aseguraba el respeto y las
consideraciones debidas a un personaje. Era una precaución prudentísima,
una especie de broquel con que se resguardaba el viajero de mil
impertinencias para todos molestas y para él tal vez peligrosas.
El coche se detuvo al fin en el _Boulevard des Capucines_, ante el vasto
pórtico del _Grand Hôtel_. El nuevo lord Byron pagó con esplendidez al
cochero y subió ligeramente las gradas, topándose en la misma puerta con
un viejo alto, con grandes patillazas blancas, que se dirigía a la calle
arrastrando los pies.
Volvióse el viajero rápidamente al verle, como para evitar su encuentro,
y entróse en el _bureau de réception_ para entregar su tarjeta. Mas el
viejo, aligerando el tardo paso y alcanzando al fin al fugitivo, le
gritó en castellano:
--¡Jacobo! ¡Polaina! ¿Me huyes?... Señal de que traes dinero.
--¡Diógenes!... ¿Tú aquí?--exclamó Jacobo, volviéndose muy sorprendido y
alborozado y estrechándole ambas manos con gran cariño.
Mas Diógenes, sacudiendo la gran cabeza y dándole palmadas en la
espalda, dijo sentenciosamente:
El hombre que nace pobre
Con el frío es comparado:
Todos le huyen el cuerpo,
No les suelte un resfriado.
--¡Falso, falsísimo!--gritó Jacobo riendo--. Ni tú has nacido pobre,
ni...
--No lo soy de nacimiento, pero lo soy por enfermedad.
--Pues júntate conmigo: el constipado que tú me sueltes rechazará al que
yo te suelte a ti... Ya sabes, querido: _similia similibus curantur_.
--¿Y qué has hecho entonces en Constantinopla, embajadorcillo?... Yo
creí que te traerías hasta las barbas del Sultán.
Jacobo levantó a la altura de las narices de Diógenes su exiguo
equipaje, diciendo como Simónides:
--_Omnes divitiae sunt mecum!_
--¡Honrado plenipotenciario!--exclamó Diógenes--. Quien no te conozca
que te compre: ya habrás dejado el botín en la estación, farsante... ¿De
dónde vienes ahora?
--De Génova... Y tú ¿qué haces aquí?
--Pasar la pena negra, chico... Anoche me desplumó una sota: cinco mil
francos se llevó de un golpe.
--¿Pero es posible?... ¿Todavía dura la afición?... Yo creí que te
habías cortado la coleta.
--Hasta que me entierren, chico, hasta que me entierren... Ya te darás
una vuelta por el _Petit-Club_; se juega gordo... Anoche ese guacamayo
de Ponoski hizo un copo de dos mil luises.
--¿Está aquí Ponoski?... Con gusto le vería, pero me voy mañana.
--¿Mañana?... ¿Y adónde demonios vas?
--A Madrid.
--¿A Madrid?... ¡Polaina!... ¿A que te peguen un balazo?...
--¡Chico, chico!... ¿Se reparte por allí eso?...
--¿Pues de dónde sales tú, embajadorcillo?... ¿No has visto los
partes?... Hoy por la mañana se ha largado Amadeo a Lisboa, diciendo:
«Ahí queda eso.» Y a estas horas Figuerillas y el lorito de don Emilio
estarán barriendo las calles de Madrid a cañonazos para instalar
decentemente la República... Te desbancaron, chico, te desbancaron...
Quedóse Jacobo estupefacto al oír tales noticias, y cogiendo a Diógenes
por un brazo, exclamó muy inmutado, como si aquella inesperada
catástrofe política tuviera para él gran importancia:
--¿Pero qué estás diciendo?... ¡Eso es imposible!
--¡Polaina!... Ven acá y te lo dirá quien lo sabe. Ayer presentó el
italiano su renuncia a las Cortes, y una hora después estaba aceptada...
Hoy ha salido para Lisboa a las seis, y a estas horas estará ardiendo
Madrid por todos los cuatro costados... Más de veinte telegramas hay ya
en el _Grand Hôtel_ pidiendo cuartos.
Y mientras esto decía Diógenes, muy acalorado, subía con Jacobo las
gradas que llevan del patio a la terraza del _Grand Hôtel_.
Cualquiera hubiérase creído allí en un salón aristocrático de la corte
de España: oíase hablar por todas partes en castellano, con esa
vehemencia y esos gritos propios de los españoles cuando se exaltan, y
en grupos y corrillos acá y allá diseminados, veíanse damas y gomosos de
la aristocracia madrileña, hombres políticos del partido de Isabel II y
algunos de esos personajes innominados que suelen verse a todas horas y
en todas partes, sin que nadie pueda decir de ellos sino que son un tal
Sánchez o un tal Pérez.
Todos discutían las noticias de España, haciendo pronósticos según las
fuerzas de su imaginación y la vehemencia de sus deseos, y mientras unos
creían ver ya al príncipe Alfonso en el trono abandonado por Aosta,
otros se figuraban la República arraigando al amparo de las masas
populares de Madrid, apoderándose del palacio vacío y de la corona
vacante.
El miedo y la distancia ennegrecían todos los colores, y unos y otros
convenían en que Madrid debía de estar a aquellas horas convertido en un
charco inmenso de sangre. Esperábase, pues, con grande ansiedad la
llegada del correo, y con más impaciencia todavía la vuelta del tío
Frasquito, que había ido al pasaje Jouffroy en busca de noticias, y la
del general Pastor y Cánovas del Castillo, que habían sido llamados con
grande urgencia al palacio Basilewsky por la reina destronada.
A la derecha de la última puerta del salón de lectura que se abre en la
terraza, hallábanse algunas señoras sentadas en bancos de hierro: entre
ellas estaban Currita Albornoz y la duquesa de Bara. Más lejos, de pie,
en medio de un grupo de hombres, peroraba Leopoldina Pastor con gran
vehemencia, optando por empuñar las armas y exponiendo su plan
estratégico.
La cosa era sencillísima: bastaba con que la colonia madrileña residente
en París se presentase en la embajada española, cogiera por un brazo al
embajador y lo plantase en la calle, proclamando allí mismo por rey de
España al príncipe Alfonso. ¡Ya contestarían al punto del otro lado de
los Pirineos!... ¿Que chillaba el embajador? Pues se zambullía al
embajador en el Sena, que ya tenía el tal don Salustiano vientre
bastante para sobrenadar lo mismo que una boya... ¿Que Thiers se
enfadaba? Pues se cogía a Thiers por su copetito de pelos y se le
enviaba a cuidar de su casa, dejando en paz la del vecino, y ¡chitón,
chitito!...
Reíanse los caballeros oyendo a Leopoldina, y ella les tiraba de los
botones del chaleco, llamándoles indecentes. ¡Ah, si tuviera ella
pantalones!... Y casi, casi, estaba por ponérselos como Miss Walker, la
médica del Serrallo de Túnez, que paseaba en aquellos días los
boulevards con calzones zuavos y chambergo.
La llegada de Jacobo produjo mala impresión en todo el concurso:
ligábanle con la mayor parte de los presentes lazos de amistad y
parentesco, así por parte de su familia como por la de su mujer, que
llevaba un título ilustre entre la Grandeza. Mas, separado de esta diez
años antes, había hecho en París y en Italia lujosísima vida de soltero,
hasta que, perseguido por sus acreedores, vino a refugiarse de nuevo en
España el año 68, tomando parte activísima en la Revolución y
recorriendo, al lado de Prim, las provincias andaluzas, arengando a las
muchedumbres montado, como Lafayette, en un caballo blanco. Formó parte
de las Cortes Constituyentes del 69, y de repente, cuando el asesinato
de Prim, desapareció otra vez de Madrid, apareciendo a poco en
Constantinopla de ministro plenipotenciario.
Extrañó, pues, a todos, verle aparecer en tan críticos momentos,
abandonando su alto puesto, y recibiéronle con el despreciativo recelo
que infunde siempre el enemigo derrotado que se pasa después de la
batalla al campo victorioso.
Jacobo, sin embargo, aparentando no echar de ver la frialdad con que le
recibían, cercioróse por sí mismo de la verdad de las noticias de
Diógenes, sin dejar traslucir tampoco la inquietud que al pronto le
habían estas causado. Él lo ignoraba todo, o aparentaba ignorarlo; había
salido dos meses antes de Constantinopla para Turín, marchando luego a
Florencia y Génova, y hecho después un viaje delicioso a lo largo de la
corniche italiana, deteniéndose en Bordighera, en Niza y, últimamente,
en Mónaco cerca de una semana.