Además, ella no pedía ninguna catástrofe, ningún duelo a muerte;

contentábase con un poco de ruido, un duelo de mojiganga como tantos

otros: cruzar un par de tiros e irse después a almorzar en Fornos...

Ella se encargaba del almuerzo y haría poner, desde luego, _écrevisses à

la Bordelaise_, que era, en sus días de broma, el plato favorito del

buen Juanito Velarde. ¿Acaso podía darse atención mas exquisita? ¿Por

ventura había en todo aquello algo de particular?...

--¡Nada, absolutamente nada!--pensaba el paladín trazando monigotes en

la arena; pero ante la perspectiva del duelo, ante la idea de cruzar un

par de tiros, parecíale oír ya el estampido de las armas de fuego; y a

este eco siniestro surgía en su mente el fantasma del crimen, primero;

el de la muerte, después; el del infierno, por último, donde no hay

reposo ni paz, ni descanso, ni esperanza, sino eterno llanto, eterno

crujir de dientes, eterna rabia. Velarde quiso reírse de esta idea que

había oído llamar tantas veces espantajo de niños y de viejas; mas la

risa volteriana no encajaba entonces en sus labios, y se reía, sí, se

reía, pero sintiendo al mismo tiempo en la raíz del pelo cierta especie

de molesto escalofrío. Porque aquel hombre no era un malvado: era un

pobre muchacho lleno de ilusiones a quien la vida del gran mundo se le

subía a la cabeza, como se sube un vino de mucho cuerpo en un estómago

acostumbrado sólo al agua. Al llegar de su provincia, trayendo por todo

patrimonio algo semejante a lo que el antiguo fuero de Vizcaya asignaba

a los segundones de casas nobles, un árbol, una teja y una armadura,

encontróse de repente en medio de aquel brillante mundo, cuyas puertas

le franqueaba su ilustre nombre, y parecióle entonces, como a Galo en

Roma, que detrás de aquella asamblea de dioses nada había ya. Quiso

entonces tomar en ella asiento por derecho propio, y la casualidad y su

bonita figura le depararon a Currita, Angélica a la sazón vacante, a

quien plugo darle en su casa el destino de Medoro. Diole esto gran

importancia a Velarde, y agarrado a las faldas de Currita y a los

faldones de Villamelón, fuese introduciendo en todos los salones de la

corte, mientras se preparaba a entrar con algún brillante destino en

aquel Palacio real que tenía delante, prefiriendo su vanidad y su

haraganería la vida aparatosa del palaciego a la vida activa del

político. Así se lo prometía Currita a todas horas, y así se lo había

prometido la noche antes el marqués de Butrón, el astuto viejo que

barría para dentro en los tiempos de desgracia, mientras no llegaba la

hora de barrer para fuera, que sería seguramente la hora del triunfo.

Velarde dejó de mirar a la tierra para mirar al Palacio que tenía

delante, morada del monarca cuyo secretario particular había estado a

punto de ser... ¡Qué fastidio tener que esperar de nuevo tanto

tiempo!... Porque preciso era que se fuese _aquel_ y que viniese después

el otro, y mientras tanto, ¿quién sabe?... ¡Quizá alguno de aquellos

tiritos que iban a cruzarse vendría a hacer trizas el cántaro de la

lechera que Currita y Butrón le ayudaban a fabricar!...

De repente vino a interrumpir sus reflexiones un vozarrón juvenil que

resonaba a su lado, modulando entre sus discordantes notas todas las

delicadezas del cariño y la ternura.

--Pero ajonde usted, madre--decía--. ¡Si es que no coge usted náa!...

Velarde volvió la cabeza y vio un aguaducho a su espalda: sentados a una

mesilla de hierro había un muchachote que parecía un obrero y una vieja

que era sin duda su madre. Un vaso de horchata helada de chufas estaba

en medio, y ambos metían dentro la cuchara, tragándose él con delicia

cuanto salía, mirándole ella con plácida sonrisa y mojando apenas su

cuchara, como si le dejase a él saborear a sus anchas la golosina y le

bastase a ella saborear la dicha inmensa de ser aquel un obsequio del

hijo de su alma.

Velarde comprendió al punto todo lo que aquello significaba, el valor

inmenso de aquella dicha comprada por ocho cuartos, y una oleada de

afectos y sentimientos dormidos se levantó entonces de su corazón,

poniéndole de repente delante todo el pasado, con la amargura del bien

por nuestra culpa perdido, con la poesía que reviste en la mente de la

juventud todo recuerdo, con ese vago hormigueo de sombras queridas que

despiertan en la imaginación toda época lejana... En medio estaba su

madre, cuyo primogénito era, y en torno sus hermanos pequeñitos,

llorando todos, como los había dejado él tres años antes al darles el

último abrazo. Ella le había estrechado entonces contra su corazón con

delirio, con fuerza increíble, como si quisiese incrustarle a él en el

pecho todo lo que le amaba o quisiera incrustarse en el suyo propio

aquella imagen tan querida; su frente ya arrugada descansaba en su

hombro, y sus labios temblorosos le dijeron al oído:

--¡Juan, hijo mío!... ¡Que seas buen cristiano y reces a la Virgen de

Regla!... ¡Que te acuerdes de tu padre, que murió como un santo!... ¡Te

lo digo, hijo, te lo digo; lo sé, lo sé, que no puede morir bien quien

no vive como cristiano!...

Y luego, más tarde, allá por la madrugada, cuando preocupado él con su

viaje cerraba las maletas en su cuarto, oyó en el silencio de la noche

moverse la llave en la cerradura: salió al punto y encontró a su madre a

medio vestir, descalza, que venía cautelosamente de puntillas a mirar

por el ojo de la llave.

--¿Qué es eso, mamá?... ¿Tiene usted algo?

--No, hijo, nada; no tengo nada... ¡Es que quería verte otra vez, hijo

del alma!... ¡Es que te vas mañana!...

Y volvió a decirle al oído, llorando, con la energía de la fe que ofrece

un remedio seguro, con la angustia del amor que se agarra a una

esperanza:

--¡Que reces a la Virgen de Regla, Juan!... ¡Que seas siempre buen

cristiano, hijo del alma!

Velarde sintió vergüenza de sí mismo, y la ola misteriosa subió, subió

del corazón a los ojos, hasta hacerle llorar, con la cabeza entre las

manos, llorar a lágrima viva, llorar también sollozando, con más

debilidad que una mujer, con más pavor que un niño... ¡Su madre sí que

le adoraba!... ¡No le aconsejaría ella cruzar un par de tiros,

ofendiendo a Dios; ponerse delante de una bala con riesgo de perder la

vida, con riesgo de perder el alma! ¡Y se habían pasado ya tres años sin

verla!... ¡Y estaba tan lejos la santa viejecita! ¡Y acababa él, ingrato

y perverso, de dejar pasar cerca de dos meses sin escribir una letra a

la pobre anciana!...

Velarde sintió la necesidad de escribirle al punto, de vaciar en un

papel aquel cariño, aquella angustia, aquellas lágrimas que le

asfixiaban, y a grandes pasos tomó el camino de su casa, repasando lo

que había de decirle, hilvanando una carta llena de cariño, de

protestas, de esperanzas halagüeñas, de todo lo que a ella más le

gustara... ¡Celebraba ella tanto sus gracias! ¡Cuánto se había reído

veinte años atrás, cuando explicándole un día el catecismo, se espantaba

él de que fueran sólo tres los enemigos del alma!

--¿Náa más?--decía muy asombrado, y la madre se reía, se reía... ¡Dios

mío! ¡De qué manera tan distinta se reía él veinte años después, en

medio de sus lágrimas!... ¡Ay! ¡Entonces tenía él seis años, y preciso

fue que pasaran otros veinte para hacerle comprender que eran sólo tres

en efecto, y que con ellos solos bastaba y sobraba!...

A la mitad de la calle del Arenal comenzó a seguirle un muchacho,

empeñado en venderle un décimo de la lotería.

--¡Mañana se juega!--gritaba.

Velarde lo rechazó por dos veces impaciente, dándole la última vez un

palo; mas variando de pronto de opinión, volvió atrás y le compró, no

sólo el décimo, sino el billete entero. ¡Si aquel billete saliese

premiado, cuántas cosas había de hacer entonces!... Y pensando en ello y

haciendo combinaciones, llegó Velarde al final de la calle del Príncipe,

donde estaba situada su casa: pidió luz y se encerró en su cuarto. En un

cajón de su escritorio estaba en un cuadrito la estampa de la Virgen de

Regla que el día de su marcha le había regalado su madre; púsola en pie,

delante de sí, apoyada en el tintero, y comenzó a escribir, a escribir,

y se llevó dos horas escribiendo... Estaba contentísimo; sus negocios

marchaban muy bien, y la Restauración era cosa segura. La condesa de

Albornoz...

¡Oh, no, no, no!... ¡Imposible que figurara aquel nombre en aquella

carta!...

Borrólo, pues, con apretadas y menudas tachaduras, para que no pudiera

entenderse, y puso en su lugar el marqués de Butrón... El marqués de

Butrón le había asegurado que no tardaría un año, y prometido para

entonces un porvenir brillantísimo. Esta sería la ocasión de pensar en

el de los niños: Enrique y Pedro podrían venirse con él a Madrid, y

Luisito, el chiquitín, su niño querido, su ojito derecho, podría

quedarse allí hasta que se graduara de bachiller... Pero de esto ya

hablarían despacio, porque pensaba... ¡Ah!, pensaba... ¿No lo había ella

adivinado?... ¿El corazón no se lo había dicho? Pues pensaba ir a pasar

con ellos todo el mes de agosto y quedarse allí hasta el 8 de

septiembre, para hacer con toda la familia la novena de la Virgen de

Regla... Luego venían las preguntas sin fin, después los encargos sin

cuento, y, a lo último, el trueno gordo, lo que había de hacer estallar

de gozo y de consuelo el corazón de su pobre viejecita... El día 3 de

julio, aniversario de la muerte de su padre, iría a confesar y comulgar,

para solemnizar en lo posible aquella tristísima fecha.

Y conforme lo iba escribiendo, así lo iba pensando el desdichado,

pidiéndole al mismo tiempo a la Virgen de Regla que le sacara en bien de

aquel par de tiritos que a la mañana siguiente habían de cruzarse...

Porque, claro está, que en aquello estaba ya su honor interesado: era

negocio resuelto, pecado cometido de que le era ya imposible excusarse.

Echó entonces él mismo la carta en el correo, y a las dos se acostó sin

desnudarse del todo, para descansar hasta el alba. El cansancio de la

noche precedente, pasada en el baile del marqués de Butrón, le rindió

bien pronto y durmióse al fin pensando en su madre, que le llevaba de la

mano, como cuando era niño, al santuario de la Virgen de Regla,

encaramado sobre un peñasco, dominando el mar que se confunde en el

horizonte con el cielo, como si fuese imposible presentar dos imágenes

distintas del infinito, y vuelve después, soberbio siempre y constante,

a estrellarse contra las rocas de la costa, mugiendo como una

desesperación eterna e impotente...

A las cuatro despertó Velarde despavorido, porque su criado le sacudía

bruscamente por un brazo: habían llegado dos señores en un coche, y se

espantaban y no podían creer que estuviese dormido todavía. Vistióse

apresuradamente, bajó azorado, aturdido, y entró con ellos en el coche;

y este comenzó a rodar, sin que él se diese cuenta de lo que hablaban,

ni de lo que le decían, ni del camino que tomaban, ni pudiera definir

otra cosa en su mente que un cartel de toros pegado en la esquina de la

casa de Alcañices y un guardia que, al pasar ellos, abría la verja del

Retiro, con grandes patillas blancas, iguales a las de Diógenes. ¿Por

qué tendría aquel hombre patillas y no bigote?... Esto le preocupó un

momento, y volvió a acordarse de ello cuando, una hora después, se

detenía el coche a la entrada de una inmensa alameda formada por árboles

frondosísimos, en que miles y miles de pájaros cantaban en todos los

tonos las maravillas de Dios... Había allí un hombrecillo con patillas

ralas y gafas de oro, tan pálido como él, tan azorado y tembloroso, con

otros dos señores muy serios. Parecióle a Velarde que hablaban entre sí,

y medían el terreno, y le daban a él una pistola y otra al hombrecillo,

y los ponían a los dos frente a frente. Sonó luego una palmada, después

un tiro... Velarde dio un salto atroz y un alarido horrible, y árboles,

montes, tierra y firmamento giraron bruscamente derrumbándose sobre él

para aplastarle: cególe después una nube de sangre, luego otra negra, y

después nada... nada más vio en la tierra...

Sólo vería en lo alto a Jesucristo, vivo y terrible, que se adelantaba a

juzgarle, y detrás la eternidad, oscura, inmensa, implacable.

--XI--

La noticia de la muerte de Velarde llegó a Madrid al punto, y la condesa

de Mazacán fue la primera que se presentó en casa de la Albornoz con la

intención dañadísima de darle la triste nueva. Inmutóse Currita

atrozmente, y por un momento pareció que el mundo entero se le venía

encima.

--En Madrid ha hecho esto una impresión horrible--dijo la Mazacán

apretando el torniquete--; todo el mundo habla de su pobre madre: era él

su único amparo...

Currita comprendió el terrible reproche que esta intencionada

observación encerraba, y sin tiempo para reflexionar, y convirtiendo en

ira contra los demás el propio remordimiento, achaque común de todos

los mezquinos, olvidóse de su suavidad y mansedumbre, y se revolvió

furiosa, como una gata arisca a que pisan el rabo; en la impetuosidad de

su ira, cometió la imprudencia de disculparse:

--¿Y qué tengo yo que ver con eso?--gritó--. ¿Acaso le he dicho yo que

se bata? ¿Quién le mandó meterse en camisa de once varas?... También el

papel de don Quijote tiene sus quiebras, hija mía...

--Y las suyas el de Dulcinea del Toboso, querida--replicó la Mazacán

comenzando a sulfurarse.

--¡Ya lo creo que las tiene!... Sobre todo cuando se atraviesa lo que yo

me sé...

--¿Y qué es ello?...

--La envidia, hija, la envidia.

--¿La envidia?... ¿De quién?...

--Tuya, por ejemplo.

La Mazacán saltó a su vez hecha una hiena, porque el tiro fue a dar en

el blanco.

--¿Mía?...--gritó--¿Yo... envidia... de ti? ¿De la Villamelón? ¿De la

Vi... lla... me... lo... na?

Y se reía con una carcajada en que iban envueltos todos los rencorcillos

mujeriles de tiempos atrás almacenados, mientras acentuaba las sílabas

de aquel Vi... lla... me... lo... na, que era, por una extraña manía, el

mayor insulto que podía hacérsele a Currita.

Entonces comenzó entre la espiritual Ofelia y la Diana cazadora una

contienda digna de tener a Pedro López por cronista. Peleáronse como dos

rabaneras, lanzáronse a la cara verdades y calumnias, puñados de fango

amasado con agua de Colonia, con el desparpajo y el encono de dos

Marfisas o Bradamantes de cabo de barrio, dispuestas a agarrarse por el

moño y rodar por la mullida alfombra, lo mismo que ruedan las otras por

en medio del arroyo. La Mazacán había roto los guantes apretando los

puños y daba gritos con su hermosa voz de soprano. La otra, tiesa en su

asiento, erguida la cabecita como la de una víbora que se defiende,

escupía sus desvergüenzas sin moverse, sin mirar a ninguna parte, como

una figurilla de ira petrificada.

En mitad de la contienda aludió Isabel Mazacán a las cartas del

artillero, y este recuerdo trajo otro a la memoria de Currita, que

pareció causarle grande sobresalto. Marchóse atropelladamente dejando a

su rival con el insulto en la boca y corrió en busca de Kate, su

doncella. Juanito Velarde debía de tener una porción de cartas suyas y

era preciso recogerlas sin pérdida de tiempo antes de que fuesen a parar

a otras manos y resultase algún compromiso como el de marras. Kate subió

apresuradamente a un coche, y una hora después entregaba todas las

cartas a su señora: entre ellas venía por equivocación el billete de la

lotería que la noche anterior compró Juanito Velarde al retirarse a su

casa. ¡Extraña burla de la suerte! Aquel billete estaba premiado con

15.000 duros, que, después de tirar muy despacio sus planes, se apresuró

a cobrar la condesa de Albornoz secretamente.

Madrid entero comenzó a desfilar otra vez por casa de Currita, dándole

el pésame por aquella desgracia, con uno de esos cinismos de que ofrece

la corte frecuentes ejemplos... Ella estaba pasada de pena; había

sentido en el alma la muerte de aquel pobre muchacho, tan simpático, tan

cariñoso, apegado como un perro a Fernandito y a ella... El golpe había

sido atroz, y se encontraba mala de resultas; porque ella no sabía nada,

nada... ¡Claro está! Habíase guardado muy bien el pobrecillo de decirles

una palabra a Fernandito y a ella, comprendiendo que, por delicadeza le

impedirían, desde luego, semejante disparate... Porque, después de todo,

había sido aquella una impertinencia de bonísima intención; una de esas

pruebas de amistad que se prestan a interpretaciones a pesar de su

heroísmo, y llegan hasta a ofender el decoro... y por otra parte, traía

aquello una cola larga, larga, que les era muy gravosa...

Aquí bajaba Currita la voz, y añadía en el mayor secreto al oído de los

charlatanes y charlatanas de profesión que más fama de ello gozaban en

la corte:

--Figúrese usted que esa pobre gente no tiene fortuna y la madre queda

en la miseria... Yo no la conozco; pero claro está que es cuestión de

delicadeza... Por eso Fernandito y yo hemos tenido que hacer un

sacrificio, y ya están depositados en el Banco de España 15.000 duros

para que esa infeliz cobre la renta...

Y así era, en efecto: Currita había depositado en el Banco de España los

15.000 duros ganados a la lotería por Velarde, y escrito luego una carta

a la madre de este, dándole el pésame por la _heroica muerte_ de su hijo

y lamentándose de aquel duelo a que su excesiva caballerosidad le había

arrastrado. Añadíale después, con un rodeo no exento de habilidad ni de

ficticia delicadeza, que siéndoles conocidas las circunstancias de su

posición a su marido y a ella, querían ambos demostrar la amistad íntima

que con el simpático Juanito les unía, ofreciéndole a ella una renta y

un capital que quedaban depositados en el Banco de España y cuyos

resguardos le enviaba adjuntos.

Y una vez terminada esta carta, Currita se encogió de hombros y se quedó

tan fresca.

Mientras tanto, nadie se cuidaba de preparar a aquella pobre madre para

el golpe atroz que la amagaba; y feliz ella con la carta de Juanito,

disponíase, con la exagerada previsión del cariño que se complace en

forjar necesidades que no existen, por el solo gusto de ponerles

remedio, a preparar las habitaciones de aquel hijo querido que, no

obstante su ingratitud y sus defectos, se le presentaba entonces como el

modelo más acabado de amor de hijos. Nada hay tan dispuesto a perdonar

como el corazón de una madre, ni nada tampoco como la ausencia para

borrar de la memoria los defectos de las personas queridas, y poner sólo

delante sus buenas prendas y los momentos de dicha debidos a su cariño.

Entró, pues, en aquellas habitaciones cerradas tres años hacía,

santuario de su amor de madre que ella sola visitaba, y comenzó a

disponer lo que había de retirarse, lo que había de sustituirse y lo que

se había de añadir, para que nada faltara al huésped y encontrase allí

satisfechas las nuevas necesidades que hubiese adquirido en la corte.

Anunciáronle, entonces, la visita del párroco, y ella bajó algún tanto

extrañada, porque era la hora intempestiva por todos conceptos. El buen

señor había leído en los periódicos la terrible catástrofe, y corrió

desolado a casa de la infeliz madre para prepararla poco a poco, antes

que algún indiscreto le diera la noticia de un golpe.

Con mil angustias y rodeos, y sin saber él mismo lo que se decía,

comenzó su triste tarea, viniendo a decirle al cabo que su hijo estaba

enfermo en Madrid y muy grave.

La pobre mujer saltó de la silla blanca cual un papel, extrañada y casi

irritada como si fuese aquello una broma horrible que vinieran a darle.

--¡Imposible!--gritó--. ¡Si me escribió ayer! ¡Si tengo yo aquí la

carta!...

Y daba vueltas como loca por el cuarto buscándola, y la puso abierta

ante los ojos del cura, temblando como una azogada, con los ojos

desencajados, sintiendo horribles escalofríos que le comenzaban en la

nuca y le seguían por toda la espalda.

--¿Lo ve usted? ¿Lo ve usted?...--decía--. Y viene por el mes de

agosto... hasta la Virgen de Regla... Y el día 3 se va a confesar...

¡No, no, imposible que se muera! ¡Hijo de mi alma!...

Acudieron los tres chicos y las dos criadas, demudados todos,

presintiendo, al oír los gritos de su madre, después de la entrada del

cura, alguna espantosa catástrofe. Este le tomó la carta, y comprendió

por la fecha que la había escrito el desdichado algunas horas antes de

su muerte.

--Por desgracia, mis noticias son posteriores--dijo--. Después de

escrito esto, le atacó una apoplejía fulminante, y está muy grave... muy

grave.

--¡Jesús del alma!... ¡Virgen de Regla!--exclamó la madre; y clavando su

mano en el brazo del cura e hincándole los ojos en la cara, le preguntó

con los labios blancos:

--¿Y se ha confesado?... ¿Sabe usted si se ha confesado?

El cura no respondió, y ella volvió a repetir la pregunta, sacudiéndole

el brazo.

--¡Su alma, señor cura, su alma sobre todo!--exclamaba con angustia que

hubiera roto un corazón de piedra.

Preciso fue decirle que nada se sabía de aquello, y ella dominó de

repente su dolor, poniéndose a dar órdenes para marchar a Madrid aquel

mismo día, en aquel mismo momento; órdenes secas, lacónicas,

terminantes, crujidos de su dolor inmenso que aguijoneaba la

impaciencia... El correo pasaba a las cuatro, y necesitaban dos horas de

coche para llegar a la primera estación de la vía férrea. Enrique

vendría con ella; Pedro, a un gesto de su madre, corrió al parador a

encargar un coche; las criadas salieron a disponer las maletas; Luisito,

el chiquitín, comenzó a llorar; su madre le besó en la frente.

--No llores--le dijo.

Ella no derramaba una lágrima: asustado el cura, quería detenerla.

--Pero si no alcanza usted el tren--le decía.

--Se pone un especial.

--Eso cuesta muy caro.

--Tengo diez mil reales en casa... Y si no, se vende todo... Se pide

limosna.

--Pero, señora, espere usted...

--¿Y su alma, señor cura, y su alma?--gritaba ella con _los ojos_ muy

abiertos--. ¿Acaso esperará la muerte?... ¡Y estará allí solo..., solo,

el hijo de mi vida, sin su madre que le haga confesar, que le ayude a

bien morir si Dios le llama, que le cierre los ojos y le acueste en la

tierra!...

Volvió Perico demudado, temblándole las manitas, queriendo sonreír y no

pudiendo... La voz le faltaba: no había llegado al parador. ¿A qué

correr tras la desdicha, si salía al encuentro la esperanza?... En el

camino habíale dicho Martín Romero que él tenía noticias que Juanito

estaba mejor, casi bien del todo...

--¿Lo ve usted?... ¿Lo ve usted?--gritó la madre triunfante.

Y tuvo una explosión de alegría formidable, rompiendo a reír

violentamente y entrecortando su risa con profundos sollozos sin

lágrimas.

El cura se apresuró a desmentir aquella falsa nueva, hija de una

compasión estúpida, y preciso fue ya decirle de una vez que su hijo

había muerto... Pero el cura se detuvo allí espantado y no tuvo valor

para decirle cómo ni cuándo.

Ella recibió el golpe encogiéndose, retrocediendo, oscilando, dejándose

caer en una silla, sin voz, sin pulso, sin alientos, sin lágrimas,

meneando la cabeza y agitando los labios como una idiota, llevándose

ambas manos al corazón, donde sentía algo que se le moría de pronto,

cierta cosa helada y terrible como debe de ser la muerte...

El cura lloraba como un niño y procuraba consolarla: ella le escuchaba

con los ojos fijos y enjutos, como se escucha un viento que brama, sin

comprender lo que dicen sus mugidos que aterran, pero sabiendo bien que

traen consigo el rayo y la tormenta. Sus hijos se arrojaron en sus

brazos llorando, y al contacto de aquellas tres cabezas despertó su

corazón de madre, desgarrándole el pecho un sollozo inmenso, y

encontrando al fin su dolor una salida, un alivio, un consuelo: ¡las

lágrimas!...

Todo el mundo en el pueblo respetó aquella pena sin medida, y nadie tuvo

valor para referirle los horribles detalles de la muerte de su hijo. Mas

a los tres días llegó la carta de Currita, y allí los encontró todos

juntos la mísera anciana.

Su instinto de madre le hizo adivinar cuanto allí había, y sin proferir

una queja ni desplegar los labios lívidos por el dolor y la ira, hizo

pedazos los resguardos del Banco, los metió en un sobre con la carta que

los acompañaba y lo devolvió todo a la condesa sin añadir una sola

letra.

Quedóse esta estupefacta al recibir aquella extraña respuesta, y se

encogió de hombros murmurando:

--Será alguna vieja rara... ¡Vaya usted a ver: una cosa hecha con tanta

delicadeza!

Pequeñeces · 第 8 / 35 段