«Excusado es decir que la esplendidez proverbial de los marqueses de

Villamelón proporcionó a la ilustre concurrencia un exquisito lunch

improvisado, en que llamaran la atención de todos los delicados sorbetes

de naranja, servidos en la misma cáscara de la fruta, que no obstante lo

impropio de la hora, hizo el calor del día deliciosos. Felicitamos a los

marqueses de Villamelón por haber introducido esta elegante novedad, que

no tardará en ser imitada en las mesas y salones de la corte».

Todas estas y otras majaderías por el estilo leía Currita con ávido

deleite, mirando con desdén, desde la altura de su triunfo, a Metternich

y a Pitt, a Cavour y a Bismarck. Parecía muy natural que la llamasen a

ella Ofelia, María Stuard y Ángel de la guillotina; reíase allá en sus

adentros de ver transformado a su marido en león enfermo y pundonoroso

caballero, y dejábalo correr todo junto, porque sabía muy bien que nadie

sube hoy al templo de la fama sin alas hechas de recortes de periódicos.

Vino entonces a colmar su satisfacción el director de cierta famosa

revista, que con grandes reverencias y aspavientos, y presentándole una

tarjeta en que el marqués de Butrón eficazmente le recomendaba,

manifestó su deseo de publicar en la revista el retrato de la heroica

condesa y algunos grabados de actualidad relativos al suceso que todo

Madrid discutía. Recibióle ella con esa amable condescendencia, propia

de las grandes señoras con cualquier pelafustán que las adula, y

concedióle su petición al punto, quedando convenido que la revista

publicaría el retrato de la condesa con el traje que había de lucir

aquella misma tarde en la manifestación de mantillas y peinetas de la

Castellana, y otros dos grabados conmemorativos, representando uno la

fachada del palacio en el acto de ser invadido por la policía, y otro el

momento en que salió Currita con varonil entereza al encuentro de los

invasores.

--Convendría entonces--dijo el periodista--tener algunas fotografías del

local, que sirvan de pauta al artista para marcar bien los detalles.

--Desde luego--replicó Currita muy complacida--. El señor marqués es muy

aficionado al arte, y tendrá gusto en proporcionárselas a usted él

mismo.

Y sin pérdida de tiempo envió un recado a Fernandito, suplicándole

viniese en el acto al salón en que se hallaban. Pronto trajo un lacayo

la respuesta: el señor marqués había pedido a las cuatro la berlina y

aún no había vuelto a su casa.

Fernandito corría, en efecto, en aquel momento, detrás de una duda

misteriosa que ansiaba resolver. Con grandísima zozobra había recibido

el B. L. M. del gobernador, y tranquilo ya, después de leerlo, púsose a

registrar cuidadosamente los papeles devueltos. Leyó la primera de las

veinticinco cartas sin comprenderla; en la segunda tropezóse con esta

frase, escrita de puño y letra del artillero: «En cuanto a tu marido,

bueno será que le suprimamos el _villa_ y le dejemos _melón_: está

probado que el pobre pertenece a la familia de las _cucurbitáceas_».

Fernandito no leyó más: con la boca y los ojos muy abiertos quedóse

largo tiempo suspenso, hasta que, levantándose de repente y entrando en

su cuarto de vestir, cogió un bastón con puño de plata, una delgada caña

de bambú nudosa y flexible que cortaba el aire con silbidos de culebra

al esgrimirla con gran furia Villamelón, dirigiéndose presuroso y

descompuesto a las habitaciones de la espiritual Currita, de la vaporosa

Ofelia, de la sentimental María Stuard, a quien amenazaba, sin duda, en

vez del poético lago o del dramático tajo, un trancazo soberano, una

paliza descomunal.

No quiso Dios, sin embargo, que acabase de manera tan prosaica criatura

tan ideal; a la mitad de una gran galería, adornada con plantas

exóticas, jaulas de pájaros y curiosidades de todos géneros, salió al

encuentro de Villamelón el gran perro de Kamschatka, meneando

cariñosamente la cola, y de repente, cual si resonasen en sus oídos

aquellos acentos de Otelo:

...a compir la vendetta

il ciel me invita,

descargó en la cabeza del perro el trancazo descomunal que reservaba,

sin duda, para la poética Ofelia... Luego, como el borracho que,

engolosinado con la primera copa, no para ya hasta apurar la botella,

comenzó a menudear sobre los lomos del animal una granizada de golpes,

una lluvia de palos, como jamás se registró igual en los anales perrunos

de la helada península Kamschatka. Jadeante y sudoroso, volvió a su

cuarto, desnudóse apresuradamente y se metió en la cama.

¡Morro, ma vindicato

Si, doppo lei morro!

Diez minutos después volvió a levantarse y pidió la berlina; fuese

derecho a Fornos, después al Casino, luego al Veloz, recibiendo por

todas partes enhorabuenas e interpelaciones acerca del suceso que todo

Madrid comentaba; hacía con grandes reserva y disimulo, al oído de

cuantos amigos prudentes se iba encontrando, cierta pregunta misteriosa.

Encogíanse algunos de hombros; otros se echaban a reír; contestábanle

todos que no, y Villamelón seguía adelante con su enigmático empeño.

Encontróse, al cabo, en un apartado gabinete del Veloz, a un viejo con

grandes patillas canas y una cabellera blanca y espesísima, más digna de

coronar la frente del rey Lear que aquel rostro encarnado y granujiento

en que había dejado impresa su huella todos los vicios. Contrastaba su

indisputable aire de gran señor con su traje abandonado y hasta sucio, y

dábale todo ello el aspecto de un anciano monarca disfrazado de tendero.

Hallábase sentado ante una gran botella de ginebra, que despachaba poco

a poco en una inmensa copa de cristal, echando de cuando en cuando

algunos terrones de azúcar. Llamábase Pedro de Vivar, era segundón de

una gran casa, vivía del juego el tiempo que no estaba borracho y

hacíanle famoso en Madrid su cinismo y sus cuentos chocarreros,

conociéndole todo el mundo por el nombre de Diógenes. Era de esas

personas que han llegado a tener _cosas_, y una vez en posesión de esta

ejecutoria, pueden ya cometer a mansalva toda clase de desmanes sin otro

temor que el de ver a las gentes encogerse de hombros murmurando:

--¡Cosas de Fulano!

Sabíalo él muy bien y aprovechábase de ello para decir a todo el mundo

las mayores desvergüenzas con el acierto que le inspiraba siempre su

claro entendimiento y su mucha práctica del mundo. Era un sinapismo

ambulante, que dejaba siempre al pasar algunas ampollas levantadas.

Acercósele, pues, el inocente Villamelón, preocupado por su idea, y

después de algunas palabras insignificantes que dieron tiempo a Diógenes

para vaciar por dos veces la copa, soltó al fin la pregunta misteriosa

mirando a todas partes con cuidado:

--¡Hombre, Diógenes!... Tú que conoces a todo el mundo, ¿podrías decirme

quién es la familia de Cucurbitáceas?

Miróle Diógenes un momento de hito en hito, pensando sin duda que más

presto se conoce la necedad o el talento de un hombre por sus preguntas

que por sus respuestas, y díjole al cabo:

--¡Ya lo creo!... Ven acá...

Y llevándole frente a un espejo, y cogiéndole con una mano por el

cogote, diole con la otra una gran palmada en la cabeza, añadiendo muy

serio:

--Aquí tienes a la madre...

Luego, gritóle desaforadamente al oído:

No se envanezca de su ilustre raza

Quien debió ser melón y es calabaza!!!...

Al otro día, los periódicos ministeriales de la mañana rompían al fin la

estudiada reserva que se habían impuesto, y uno de ellos, _La España con

Honra_, publicaba un pequeño suelto en que se veía la manaza de Martínez

levantando la punta del velo que encubría el suceso, con esa táctica

refinada de la malicia que, sin necesidad de nombrar, designa señalando

con el dedo.

«Ayer--decía el periódico--ha sido objeto de grandes comentarios en

todos los círculos la visita de la policía al palacio de los señores

marqueses de Villamelón, previo auto del juez y orden del gobernador,

según prescriben las leyes vigentes. Por un lamentable descuido del

jefe del orden público fueron comprendidos entre los papeles políticos

incautados en las habitaciones de la señora marquesa algunas cartas

importantes de índole puramente doméstica. El señor gobernador devolvió

al punto caballerosamente estos papeles al señor marqués de Villamelón,

comprendiendo que en asuntos conyugales sólo al marido toca hacer

reclamaciones. Creemos, sin embargo, que el lance no tendrá

consecuencias de ningún género, dada la prudencia proverbial de las

personas interesadas.»

Otro periódico ministerial, _El Puente de Alcolea_, completaba estas

noticias con el siguiente sueltecito, en que no asomaba ya la manaza,

sino la pataza del excelentísimo Martínez, descargando una coz digna de

la formidable pezuña del legítimo _buey Apis_:

«Es completamente inexacto que el registro llevado a cabo por la policía

en el palacio del señor marqués de Villamelón no produjese resultado

alguno. El señor gobernador no erró la pista: tan sólo equivocó la

pieza, y en vez de saltar la liebre saltó un venado».

Y más adelante añadía, describiendo el concurso de personajes ilustres

que habían acudido al palacio de Villamelón en aquellos momentos

críticos:

«Con gran asombro de todos, llegó también presuroso el señor marqués de

Butrón, trayendo blanca por completo su poblada barba, negra de

ordinario, como las alas del cuervo. No es creíble que el sentimiento y

el sobresalto del señor marqués fuesen tan grandes que le hicieran

encanecer la barba de repente: creemos más bien que habría olvidado

aquella mañana los secretos de alquimia de su tocador, sin duda por no

tener presente la siguiente anécdota que le recomendamos:

Cuentan de Carlos V que, visitando una vez cierto convento de Alemania,

vio un monje que tenía la barba negra y el pelo blanco por completo.

Preguntóle la causa de tan extraño fenómeno, y el monje contestó:

--Señor... He trabajado más con la cabeza que con los dientes.

Presentóse algunos meses después al César un embajador polaco que tenía

el cabello negro y la barba blanca. Recordó entonces Carlos la respuesta

del fraile y dijo a sus cortesanos:

--He aquí un embajador que ha trabajado más con los dientes que con la

cabeza.

Sea, pues, más cauto en lo sucesivo el ilustre diplomático, si no quiere

que se haga sobre su persona la reflexión que sobre el embajador polaco

hacía Carlos V».

Villamelón y Currita leyeron cada uno por su parte todas estas noticias

y guardáronse muy bien de comunicarse mutuamente sus impresiones,

pareciéndole a ella más prudente hacerse la sueca y a él más fácil

hacerse el desentendido. El marqués, por su parte, había ya desahogado

su corazón en el perro amarillento de Kamschatka, y Currita se apresuró

a desahogarlo también en la fina amistad de Juanito Velarde, que acudió

muy alarmado a pedir categóricas explicaciones del hecho. La sola fecha

de las cartas bastó para tranquilizarle por completo, y este fiel amigo

tomó entonces a su cargo acortar las distancias y echar a la mar

pelillos, repitiendo al oído de uno y otro cónyuge la frase del pato de

la fábula:

Paz, caballeros, paz.

Firmáronse, pues, estas sin grandes repugnancias, y aquella noche

comieron los tres juntos en familia, para ir luego a casa del marqués de

Butrón, donde Currita quería presentar a su amigo y protegido Juanito

Velarde.

Mientras tanto, las gacetillas de _La España con Honra_ y _El Puente de

Alcolea_ corrían por todo Madrid, entre las rechiflas, burlas y

sarcasmos de tirios y troyanos, capuletos y montescos. ¡Cosa singular!

Los que con más ahínco clavaban el diente y más satisfechos corrían de

un lado a otro comentando la noticia, eran los ellos y las ellas que la

tarde antes honraban a Currita en la Castellana como a una reina y se

aprestaban a honrarla del mismo modo aquella noche en el baile del

marqués de Butrón; que no parece sino que en ciertas sociedades quita la

envidia con una mano lo que la adulación da con la otra, sin comprender

que mientras más al desnudo deja la deformidad del ídolo que adora, más

indecoroso y repugnante aparece el culto que le tributa.

A las once, el calor y la afluencia de gente hacían ya insoportable la

estancia e imposible el tránsito por los salones del marqués de Butrón:

hallábanse abiertas de par en par cuantas puertas y ventanas había en la

casa, y más que concurso de gentes, parecía aquello un confuso revoltijo

de joyas, plumas, flores, telas vistosísimas y mujeres medio desnudas,

entre las que se destacaban las manchas oscuras de los hombres,

revolviéndose entre ellas sofocados y sudorosos, como un enjambre de

gusanos negros que hubiera fermentado aquella compacta masa de mundo,

demonio y carne... En el gabinete más próximo al vestíbulo, el marqués y

la marquesa de Butrón recibían a sus convidados, viendo desfilar con la

misma amable sonrisa grandes nombres y grandes vergüenzas, inocencias

completas y malicias refinadas, honras sin tacha y reputaciones

escandalosas, barajadas y confundidas en aquella casa, sin disputa

alguna noble y honrada, por la impúdica y funesta tolerancia de las

grandes sociedades modernas.

A las doce menos cuarto llegó la condesa de Albornoz, imponiendo a todo

el mundo su desvergüenza y su cinismo, haciendo fango en el mismo cieno,

según la enérgica expresión de un historiador antiguo. Venía apoyada en

el brazo de Juanito Velarde y caminaba a retaguardia su marido. El

marqués y la marquesa de Butrón salieron a su encuentro, y mientras

Fernandito les presentaba al adorado amigo, decía Currita con su

encantadora vocecita de niña tímida:

--¡Es un pícaro, Butrón, un pícaro!... No diré yo que sea un converso,

pero es un catecúmeno que por primera vez se pone hoy nuestra enseña.

Y con su abanico de plumas señalaba la fiel partidaria de los Borbones

el lacito azul y blanco que, una vez desechada la Secretaría particular

de don Amadeo, aparecía también en el frac de Juanito Velarde. Butrón

estrechó la mano de este, murmurando algunas frases corteses, y metiendo

Currita la cabeza entre ambos con el descoco más infantil del mundo,

dijo muy bajito, saltando casi de alegría, con la pueril vanagloria de

la niña que pescara en una fuente un pececillo encamado:

--¡Conquista mía, Butrón, conquista mía!... Ya ve usted si me debe el

partido...

Mientras tanto, la llegada de Currita había producido un murmullo

general y unísono en que se hermanaba la obscena chocarrería que con un

guiño truhanesco cambiaron entre sí los lacayos del vestíbulo, con las

pulcras y aceradas observaciones que se comunicaban al oído las damas

más relamidas que llenaban los salones. Nadie, sin embargo, dejó de

apretarse y estrujarse por estrechar la mano de la heroína del día y

alcanzar, aunque sólo fuera desde lejos, alguna de las sonrisas de sus

labios que a diestro y siniestro iba prodigando.

Bailóse entonces, en honra suya, una especie de rigodón de honor, en que

tomaron parte las damas más ilustres y los caballeros más empingorotados

que se hallaban presentes. Butrón bailó con Currita, la marquesa con

Fernandito, Juanito Velarde, como presentado de la heroína, con la

duquesa de Astorga, una de las mujeres más sensatas y honradas que

figuraban en la corte.

Creció la marejada al compás de aquel rigodón, comenzando a sublevarse

los pudores de todas las que se creían con derecho a tomar parte en

aquella honorífica cuadrilla.

El calor arreciaba con la mayor afluencia de gente, y muchas señoras se

habían refugiado en un salón bajo que se prolongaba en un pequeño jardín

también atestado de gente y vistosamente iluminado con farolillos a la

veneciana. Varios lacayos con pelucas empolvadas y gran librea verde y

amarilla, colores de la casa, cruzaban por todas partes, ofreciendo a la

concurrencia, en grandes bandejas de plata, _sorbetes a la Albornoz_.

Eran los famosos helados de naranja, servidos en la mitad de la cáscara

de la fruta, artísticamente vaciada al efecto. Currita, impulsada por el

repostero de Butrón, llegaba a las columnas de Hércules de la celebridad

femenina.

--¡Magnífico!--exclamó tomando uno la duquesa de Bara--. El pensamiento

es oportuno... Curra simbolizada por un sorbete... No se puede dar

imagen más completa de su frescura. ¿No es verdad, Diógenes?...

Diógenes acudió, arrastrando los pies, y se dejó caer en una silla.

--Estoy malo--dijo.

--¿Qué tienes, hombre?...

--¿Qué ha de tener?--dijo Carmen Tagle--. Lo que tienen las cepas:

oidium...

Diógenes soltó una atrocidad, acompañada de la interjección favorita que

solía emplear entre señoras, sustituyendo a otras más enérgicas:

¡Polaina!... Había merendado aquella tarde en San Antonio una ensalada

de pepinos y se le habían indigestado algún tanto. Riéronse mucho las

damas, entonando el consabido estribillo:--¡Qué cosas tiene!--y Carmen

Tagle, para desagraviarle, le ofreció un sorbete diciendo:

--Vamos, hombre... Tómate _un Curra Albornoz_ y te curas... No es más

indigesta la ensalada de pepinos que el suelto de _El Puente de

Alcolea_, y ahí la tienes a ella bailando tan fresca.

--¡Sí, es mucha Curra esa!--dijo lastimeramente una señora vieja,

avellanada, pringosa, que asomaba entre rasos y blondas, como en su

papelillo calado un dulce de almíbar.

--Yo nunca creí que tuviera valor para presentarse aquí esta

noche--observó otra.

--¡Bah!... A eso y mucho más llega su desvergüenza.

--¿Su desvergüenza?--preguntó Diógenes--. ¿Y por qué?

--¿Por qué?... Capaz serás tú de defenderla.

--¡Pues ya lo creo que la defiendo!... ¡Su desvergüenza!... La

desvergüenza de ustedes justifica la suya... Si vosotras la tenéis para

recibirla, ¿por qué no la ha de tener ella para presentarse?...

--¡Vaya!--exclamó escandalizada la marquesa de Lebrija, presidenta

general de tres asociaciones piadosas--. Yo quisiera que me dijera usted

qué se hace entonces en Madrid con esa clase de personas...

Miróla Diógenes de hito en hito, y con la procaz desvergüenza de su

lenguaje de taberna, con la inexorable lógica de su profundo buen

sentido, contestó al cabo:

--¡Cerrarles a piedra y lodo la puerta, o no quejarse, señora mía!...

¡Polaina!... Si levanta usted la tapa del común, ¿con qué cara viene a

quejarse luego de que apeste?...

--X--

Se ha dicho que la hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la

virtud, y es igualmente cierto que la falsa idea del honor es un

acatamiento que los bribones hacen a los hombres de bien, esclavos del

honor verdadero. Este es un hijo humano de la moral divina del

Evangelio; aquel, una teoría convencional dictada por la moral

acomodaticia de los pícaros y los necios; aquel defiende, cual una

coraza de brillante acero, la pureza del alma y la rectitud de la

conciencia, y este pretende defender con la celada de Bayardo al gran

polichinela social, revestido de todas las miserias y todas las

ridiculeces humanas.

De aquí que el honor, según estos, nunca pueda perderse, y se ofenda con

razón el embustero porque le digan que miente, y el ratero pida una

satisfacción al que le acusa de robo, y el presidiario que arrastra una

cadena pueda llevar al campo del honor al juez que se la ha impuesto. De

aquí también que la sangre que mancha la conciencia lave el honor hasta

dejarlo limpio, y sean llamados a resolver casos de honra hombres que

jamás conocieron la vergüenza: Eacos, Minos y Radamante, vacíos de

mollera o cargados de picardías, que sólo por deficiencias del Código no

llevan otra cadena que la que les sujeta el reloj en el chaleco. De aquí

también que la condesa de Albornoz tuviera así mismo su cachuco de

honor, y se lo hubiera herido profundamente el suelto de _La España con

Honra_.

Hay personas que padecen una especie de estrabismo moral que les hace

ver lo flaco donde está lo gordo, y lo gordo donde sólo lo flaco existe.

Villamelón no vio otra cosa que le llegara al alma, en el registro de la

policía, sino el que le hubiesen roto dos cristales de la mampara, y dio

orden de que jamás se compusiesen, recordando que Wellington nunca

reemplazó los de su casa, rotos por el pueblo de Londres, un día que

este se olvidó de Waterloo; todo lo demás echábalo él en el montón de

las bagatelas enojosas, indignas de ocupar la atención de un hombre

serio, de las _pequeñeces_ de una sociedad corrompida y etiquetera, que

rotulaba con la manoseada frase de _cuestiones bizantinas_.

Currita, por su parte, tampoco halló otro motivo de ofensa en lo que

acerca de su persona publicaban los periódicos, que aquella coletita de

_La España con Honra_: «Creemos, sin embargo, que el lance no tendría

consecuencias, dada la prudencia proverbial de las personas

interesadas».

Tenía Currita puesta la celada de Bayardo sobre su fama de mujer a la

moda, y esto iba a pegarle en la cimera, a herir directamente su honor,

significando, como significa en sustancia, que era ella una Jimena sin

ningún Cid que la defendiese; atroz insulto, ofensa imperdonable hecha a

una dama que sobrepujaba en celebridad a cuantos toreros, cantantes,

saltimbanquis, pulgas industriosas y monos sabios habían hasta entonces

alcanzado fama en la corte.

--¡Lo veremos!--dijo la fiera Albornoz, y nombró al punto paladín de su

causa a su buen amigo Juanito Velarde.

Larga entrevista celebraron ambos a solas hasta bien entrada la noche, y

al despedirle Currita en la puerta del _boudoir_ díjole con suaves

mimitos:

--Conque quedamos en que yo encargaré el almuerzo en Fornos... y habrá

_écrevisses à la Bordelaise_...

Velarde hizo una mueca que parecía una sonrisa, y siguió adelante:

detúvose en la puerta del salón y volvió la cabeza. Hízole entonces ella

otra cariñosa señal de despedida, y él salió al fin lentamente,

preocupado, como si le arrancasen de allí a la fuerza.

La noche estaba hermosísima, y Velarde siguió a pie por las extraviadas

calles que llevaban al palacio de Villamelón, tropezando a cada paso con

los humildes vecinos de las buhardillas y sotabancos, que tomaban el

fresco sentados en las aceras. Presto llegó a la Plaza de Oriente, dio

dos vueltas en torno del jardín circular y sentóse al cabo en un banco,

frente al palacio.

Por la puerta del príncipe salía un chorro de luz vivísima, que cortaba

con un gran rectángulo las negras sombras del adoquinado; a su reflejo

distinguíanse los centinelas, armas al brazo, a la puerta de sus

garitas; gentes de medio pelo, soldados y criados de servicio, por ser

aquel día domingo, poblaban los jardines, ya sentados, ya paseando;

algunos grupos de chiquillos trasnochadores corrían de acá para allá con

gran algazara, riéndose porque se caían, riéndose porque se levantaban,

riendo siempre con esa alegría de la infancia, espontánea y

comunicativa, que recuerda la alegría de los pájaros cuando saludan al

alba. Una rueda de niñas gritaba al lado mismo de Velarde, cantando

acompasadamente:

Luna, lunera,

Cascabelera,

Dame dos cuartos

Para pajuela...

Él, extraño a todo, con ambos codos apoyados en los muslos, dibujaba

caprichosas figuras en la arena, con su elegante _roten_ con puño de

malaquita... Al amanecer del día siguiente debía de batirse con el

director de _La España con Honra_; así se lo había exigido Currita,

ávida siempre de ruido, confundiendo la voz de la celebridad con los

gritos del escándalo, creyendo que aquel desafío había de colocar la

única perla que faltaba a la corona merecida de su última escaramuza. En

vano le hizo presente Velarde el ridículo inmenso que atraería aquel

duelo sobre Villamelón, sobre ella, sobre él mismo; había ya Currita

tirado su programa, y su espíritu inquieto, arrastrado siempre por mil

objetos que le atraían sin satisfacerle, habíase fijado en aquel duelo

que ansiaba ver realizado con esa fuerza expansiva del vapor comprimido

que caracteriza los deseos en las almas de temple enérgico.

¿Acaso tenía ella la culpa de que Villamelón fuese un Juan Lanas?...

¿Iba a dejar ella que un periodistilla cualquiera se riese de su

aislamiento?... ¿Sería capaz de abandonarla en aquel trance, él, su

único amigo, el hombre en que había puesto su amistad y su confianza?...

Y, por otra parte, la suerte de ambos estaba ligada y érales necesario,

desde luego, hablar gordo a aquella gentuza: a ella, para que

entendiesen de una vez para siempre que sabía hacerse respetar; a él,

porque era muy joven, comenzaba su carrera en el mundo, y ningún paso

más acertado, ningún exordio más oportuno que poner el pie en esta senda

erizada de peligros, descalabrando a un periodista; que no en balde se

ha dicho:

En aquesta salvaje y fiera liza,

Lleva más razón quien más atiza.

Pequeñeces · 第 7 / 35 段