tapices, miraba desfilar la ilustre concurrencia sin osar presentarse
ante ella. Lo que más le incomodaba a él era que le hubiesen roto dos
cristales, allá abajo, en la mampara.
Al verse a solas Currita, preguntó al viejo empleado, enseñándole la
lista:
--Pero diga usted, don Pablo... ¿De quién eran esas veinticinco cartas?
El viejo se encogió de hombros.
--No sé--contestó--. El jefe de orden público leyó tres o cuatro y se
las guardó con una risita que me dio mala espina.
--¿Pero dónde estaban?
--En aquella arquita antigua que está en el gabinete de la señora
condesa... Es un cajoncito con secreto.
--¿En el _secrétaire_ del _boudoir_?--dijo Currita aún más
sorprendida--. ¡Pero si allí no había nada!... A ver, venga usted
conmigo.
Había, en efecto, en un rincón del _boudoir_, una preciosa _arquilla_,
obra acabadísima de marquetería italiana del siglo XVI, de ébano,
tallado con ricas incrustaciones de carey, plata, jaspes y bronces.
Currita abrió la gran tapa delantera, cuyas bisagras y cerrajas doradas
dejaban ver, a través de sus artísticos calados, un fondo de terciopelo
rojo, y entonces apareció el interior de aquel precioso mueble,
compuesto de bellísimos arquitos, de galerías en miniatura en que
encajaban infinidad de cajoncillos, ocultándose los unos a los otros,
con múltiples secretos.
--Pero ¿dónde estaban esas cartas?--preguntó Currita impaciente,
abriendo uno a uno los lindos cajoncitos.
--Aquí abajo--contestó don Pablo.
Y apretando un resorte de bronce, hizo saltar otro cajoncito oculto, que
dejó escapar, al abrirse, un suave olor de violetas secas. Currita metió
dentro la mano y encontró en el fondo un ramo marchito de aquellas
fragantes flores; miró algún tiempo con cierta extrañeza, como quien
pretende recordar algo, y exclamó al fin, cayendo en la cuenta:
--¡Ya!
Y de repente, poniéndose muy seria con la enfurruñada cara de quien se
teme un chasco pesado, murmuró muy enfadada:
--¡Pues tendría que ver!... ¡Estaría bonito!...
--VIII--
Bueno estaba para bollos el horno del señor gobernador a las dos de la
tarde de aquel mismo día 26 de junio. La noticia de la visita de la
policía al palacio de Villamelón había llegado a las altas esferas del
Gobierno, causando en ellas sorpresa y disgusto: ignorábase allí la
causa de aquella violenta medida del gobernador, y esperábase todavía,
por otra parte, obligar a la Albornoz a aceptar el cargo de camarera, a
pesar de la escena cómico-dramática que entre ella y el excelentísimo
Martínez había tenido lugar la víspera. Porque, como el lector habrá ya
adivinado, no obstante los enredos de la tramposa señora, los
compromisos de esta con el Gobierno eran tan reales y positivos como
había asegurado dos días antes la condesa de Mazacán en casa de la
duquesa de Bara.
Resentida profundamente Currita por lo que ella creyera desaire de la
abdicación, había decidido al punto pasarse con armas y bagajes al
enemigo, satisfaciendo de este modo sus femeniles deseos de venganza y
realizando al mismo tiempo su continuo anhelo de dar que hablar a todo
el mundo y ser siempre la primera de la primera línea. El nuevo monarca
era joven y guapo, y una vez teniéndole ella a su alcance en el puesto
de camarera, parecíale fácil amalgamar en poco tiempo, en sí misma, dos
personalidades históricas que le eran muy simpáticas: mademoiselle de La
Vallière y la princesa de los Ursinos.
Costóle, sin embargo, algún trabajo reducir a Villamelón a secundar sus
planes, porque encastillado este en lo que llamaba su honor, empeñábase
en vivir y morir fiel a la dinastía caída. Supo al cabo Currita
convencerle, y cauta siempre, y sin dar ella la cara, encargóle a él
entablar las negociaciones con don Juan Antonio Martínez y el ministro
de Ultramar, personajes ambos que con traidora previsión había procurado
desde mucho tiempo antes atraer a su casa, importándosele un bledo los
aristocráticos aspavientos de sus ilustres amigas. Las condiciones
impuestas por la condesa eran un considerable aumento de sueldo para
ella y la Secretaría particular de don Amadeo para Juanito Velarde,
adorado amigo que a la sazón privaba.
El encargo era fácil, dado el afán que de llenar aquel desairado cargo
con un grande de España existía en la corte y en el Gobierno.
Villamelón, sin embargo, cometió una pifia contra las terminantes
prescripciones de Currita. Habíale encargado esta que por ningún
concepto soltara prenda por escrito en el manejo de aquel negocio, y por
no faltar el majadero a una cita que con cierta viuda problemática
tenía, a la misma hora en que le citaba también el ministro, dejó
escapar aquella malhadada carta dirigida a este, que tan serias
complicaciones había de traer más tarde.
Mientras tanto, la carta de la reina Isabel vino a desbaratar todo lo
hecho, y con su desfachatez sin igual, volvióse atrás Currita, dejando a
la corte y al Gobierno burlados, y en las astas del toro a su marido. No
satisfecha con esto, y para acallar los peligrosos rumores, que,
atizados por Isabel Mazacán, corrían de lo sucedido, imaginó denunciarse
a sí misma al gobernador, escribiéndole un anónimo en que con pruebas
patentes y señales manifiestas aseguraba que la condesa de Albornoz y
el marqués de Butrón urdían un complot vastísimo, existiendo en poder de
ellos papeles muy importantes para la causa alfonsina. El incauto
gobernador cayó en el garlito, y ya hemos visto la admirable profundidad
con que secundó los atrevidos planes de aquella ilustre bribona, cuyas
mezquinas intriguillas traían en conmoción a toda la corte. La visita de
la policía afianzaba para siempre la fama de su lealtad alfonsina,
dándole una importancia en el partido que la ponía por completo a
cubierto de las pretensiones de la corte amadeísta. Así lo comprendió el
excelentísimo señor don Juan Antonio Martínez, y hecho un basilisco fue
a pedir al gobernador cuenta de su torpeza; alborotóse este, y
guardándose muy bien de confesar que sólo en un anónimo cifraba él las
pruebas del complot de Currita, aseguró campanudamente que le constaba
la existencia de una vasta conspiración alfonsina, que el marqués de
Butrón la dirigía, y que la señora condesa de Albornoz era una
trapisondista de tomo y lomo.
--¡Si me lo querrá usted decir a mí!--exclamó el _buey Apis_ resollando
por la herida.
Y contó al gobernador, con todos sus pormenores, la historia del
nombramiento de camarera y la escena de la carta arrojada al fuego, que
había ya hecho desternillar de risa, en las narices mismas del ministro,
a todos sus compañeros de gabinete. Mordióse el gobernador los labios,
comenzando a sospechar que habían hecho un pan como unas hostias, y el
_pas trop de zéle_ de Talleyrand acudió a su mente como un reproche.
Detuvo, sin embargo, un momento su cólera y sus temores la entrada del
jefe de orden público, que venía a entregarle los papeles sorprendidos
en poder de Currita.
Lanzóse el gobernador sobre ellos con todo el ardor de su picado amor
propio, y púsole su mala suerte ante los ojos, lo primero, un
plieguecillo de esquela, con el timbre de la condesa de Albornoz, y
escrito en él, con diversos caracteres de letra, este extraño letrero:
_¡Qué animal tan hermoso es el hombre!_ Examinaba atentamente el
gobernador el papelillo, creyendo encontrar alguna clave oculta o algún
santo y seña misterioso entre aquellos diversos caracteres de letras,
rechondas y apretadas unas, largas y finitas otras, diminutas cual
patitas de moscas entrelazadas que se prolongasen en forma de cadeneta,
las últimas. Estas despertaron en su mente un vivo recuerdo; buscó
apresuradamente el anónimo que encerraba la denuncia, cotejó ambas
letras, y el velo se rasgó entonces por completo. ¡Era la misma!...
Probado quedaba que la excelentísima señora condesa de Albornoz era una
trapisondista de tomo y lomo, y el excelentísimo señor gobernador de
Madrid un majadero de siete suelas.
Su furor no tuvo entonces límite, y vino a aumentarlo el cazurro
Martínez, que con los carrillos hinchados y la boca llena de risa
reventaba por soltar la presa, y soltóla al fin, diciendo a modo de
fisga:
--¡Abortó la conspiración!... ¡España puede ya dormir tranquila!...
Su excelencia encontraba cierto maligno gustito en no ser la única
víctima de los enredos de aquella grandísima tuna que tan pesados
chascos estaba dando a los Epaminondas y Arístides de la España con
honra. El señor gobernador comenzó a echar sapos y culebras por la boca,
lo mismo que cualquier rufián de callejuelas, y volviendo y revolviendo
los papeles, vino a topar con el paquete de las veinticinco cartas. Su
gozo fue entonces inmenso: tenía ya asegurada la venganza.
La noche anterior había hecho Currita un escrupuloso escrutinio en sus
papeles, quitando de en medio lo que podía comprometerla, y poniendo
bien a la vista lo que favorecía sus planes; excusado es decir que la
carta de la reina Isabel quedó en puesto tan visible, que presto pudo
dar con ella el jefe de orden público. Dos descuidos imperdonables tuvo,
sin embargo: quedósele traspapelado en la carta de escribir el
plieguecillo en que había hecho sus pruebas caligráficas y olvidóse por
completo de que en un cajoncito oculto de la arquilla antigua del
_boudoir_ existía, hacía más de tres años, un paquete de cartas. Eran
estas de cierto capitán de artillería, andaluz, de gran familia,
arrogantísima figura y poquísima vergüenza, que había antecedido a
Juanito Velarde en el puesto de confianza que a la sazón ocupaba este en
la casa.
Triunfante el gobernador, preguntó a Martínez si le parecía conveniente
publicar aquellas cartas en los periódicos.
--Pero, hombre, no sea usted mentecato--replicó el ministro--. ¿Cree
usted que hay alguien en Madrid que no sepa o suponga que esas cartas
existen o han existido?...
--Pero entonces, ¿qué partido sacamos de ellas?
--Uno muy sencillo... ¿No tiene usted que devolvérselas a la condesa?
--¡Claro está!... Como que el jefe de orden público le ha dejado recibo.
--Pues en vez de enviárselas usted a la mujer, se las envía al marido...
Es la única manera de practicar en este asunto la obra de misericordia
de enseñar al que no sabe.
--¡Magnífico!--exclamó el gobernador, admirado de la maquiavélica
política de su excelencia.
Y, sin pérdida de tiempo, púsose a escribir un atento B. L. M. al
marqués de Villamelón, presentándole mil excusas por el mal rato que le
había dado aquella mañana, anunciándole la devolución de los papeles
incautados y suplicándole cortésmente los repasase uno a uno y muy en
particular las veinticinco cartas del paquete, no fuera que por
casualidad se hubiese alguna de ellas traspapelado.
En aquel momento, un portero entregó al señor gobernador una esquelita
perfumada, que parecía ser de una dama coqueta, y era del lindo ministro
García Gómez, el elegante de la situación, el _dandy_ de aquel gabinete
eminentemente progresista. Enterado por su amiga Isabel Mazacán de la
orden del día dada por el marqués de Butrón en la casa de Currita,
apresurábase a poner en conocimiento de la primera autoridad de la
provincia la manifestación de mantillas y peinetas que las damas de la
aristocracia preparaban para aquella tarde en la Fuente Castellana. El
gobernador comenzó a bufar de nuevo, amenazando entre enérgicas
interjecciones hacer con mantillas y peinetas lo que Esquilache hizo con
capas y sombreros.
--¡Pero, hombre, no sea usted mentecato!--volvió a decir el ministro con
su risa de paleto--. Eso tiene muy fácil remedio.
--¿Cuál?
--Llame usted a Claudio Molinos.
Llegó Claudio Molinos, bribón consumado, especie de baratero político
que en aquel tiempo alcanzó gran boga, y era, según la voz pública, el
galeoto del Gobierno en sus enjuagues de mala ley, y el reclutador y
generalísimo de la partida de la porra. Recibiéronle ambos personajes de
igual a igual, y con grandes extremos, y después de una corta
conferencia, tornó a salir Claudio Molinos muy apresurado. Martínez
salió también con gran pachorra, inclinada la cabezota, y las manos y el
bastón a la espalda, y quedóse el gobernador muy satisfecho,
restregándose las manos chiquitas y regordetas con alguna que otra uña
no limpia del todo.
A las seis y media de aquella misma tarde no se veía un solo carruaje en
el Retiro ni en el Parque, y centenares de ellos, por el contrario,
atravesaban al trote largo el Paseo de Recoletos, atestado ya de gente,
y seguían en confuso remolino hacia la Fuente Castellana. Jamás Viena
corriendo hacia el Práter, Berlín hacia el Linden, París hacia el
Bosque, habían presentado espectáculo tan original y pintoresco como el
que ofrecía a la puesta del sol aquella inmensa avalancha de trenes
lujosísimos, la mayor parte descubiertos, atestados de mujeres de todos
tipos, de todas edades, con trajes de colores vivos, mantillas blancas o
negras, peinetas de teja y flores en la cabeza, en el pecho, en las
manos, en los asientos y portezuelas de los coches, en las frontaleras
de los caballos y en las libreas de los cocheros, confundiéndose, sin
atropellarse, en aquella baraúnda ordenadísima, carruajes, caballos,
jinetes, arneses, prendidos, libreas, cocheros con la fusta enarbolada,
lacayos con los brazos cruzados, retintines de bocados y crujidos de
látigos, efluvios de primavera y perfumes de tocador, olor a búcaro de
la tierra recién regada, y fragancia de lilas, azucenas y violetas;
envuelto todo como en una gasa en un polvillo fino y brillante,
iluminado todo con golpes de luz bellísimos por los reflejos del sol
poniente, que penetraba por entre las copas de los árboles, haciendo
brotar resplandores de incendio en la plata de los arneses, los botones
de las libreas y el herraje de los coches.
Por las anchas aceras de la calle de Alcalá desembocaba también en
Recoletos muchedumbre compacta de gente de a pie, destacándose de trecho
en trecho grupos de mantillas más o menos bien llevadas, peinetas de
teja puestas en cabezas más o menos airosas. No correspondía, sin
embargo, la animación y la algazara al número y al lujo de aquella
muchedumbre; marchaban los paseantes con esa curiosidad más ávida
mientras más medrosa, que inspiraba siempre un espectáculo peligroso;
con esa curiosidad propia del cobarde que espera oír a cada momento el
estampido de un arma de fuego. Las damas de los coches, por su parte,
cruzaban entre sí saludos, señas y sonrisas, sin poder disimular un
involuntario azoramiento, semejante al del chico descarado que se
resuelve a hacer una travesura en las barbas mismas del maestro.
De repente, a la altura de la Casa de la Moneda, paráronse los
paseantes, agrupándose bajo los árboles, y los coches moderaron su
carrera, llamándose a derecha e izquierda para dejar una calle en
medio... Por ella se adelantaba al trote largo un magnífico landó de
Binder, caídas a uno y otro lado las capotas de _chagrín_ finísimo,
arrastrado por dos soberbios bayos oscuros, dos steppers de grande
alzada y poderoso trote que la mano férrea de Tom Sickles manejaba tan
fácilmente como movía el viento los ramos de lilas y claveles que lucían
los nobles brutos en las brillantes frontaleras. Tendida en los
almohadones de raso, con aire distinguidísimo, paseaba la condesa de
Albornoz su desvergüenza, dando la derecha a su amiga y pariente la
marquesa de Valdivieso; vestían entre las dos primas los colores
nacionales: traje amarillo con mantilla negra la de Albornoz; rojo con
mantilla blanca la de Valdivieso, y grandes peinetas de carey una y
otra, con ramos de claveles blancos y encarnados en la cabeza y en el
pecho. Arremolinábase la gente al verlas pasar, las damas las saludaban
con los pañuelos desde los coches, arrojándoles flores muchas de ellas,
y una turba de gomosos a caballo trotaban a uno y otro estribo del
coche, a guisa de caballerizos. De esta manera triunfal hizo Currita su
entrada en la Castellana.
Formaban ya allí los carruajes ordenada fila, y entonces pudo apreciar
el marqués de Butrón todo el numero y arrogancia de sus huestes
femeninas. Allí estaba él en un landó de colores oscuros, teniendo a su
derecha a la marquesa, respetable señora que llevaba uno de los nombres
más ilustres de España, y podía hacer gala de una de las reputaciones
más sin tacha de la corte. Más lejos iba Isabel Mazacán con Leopoldina
Pastor, en un milord preciosísimo; Pilar Balsano, la duquesa de Bara,
Carmen Tagle y otra infinidad de estrellas y constelaciones del gran
mundo, entre las que descollaba la señora de López Moreno con su hija
Lucy, vestida ella de azul con mantilla blanca y grandes rosas en la
cabeza, ocupando casi por completo una gran carretela con arreos a la
calesera, y cochero y lacayo con sombrero calañés, pantalón y chupa de
oscuro terciopelo. Todas ellas, mujeres problemáticas, y otras mil y mil
mujeres frívolas y superficiales en apariencia, pero honradas en el
fondo las más, sólidamente virtuosas y sensatas muchas de ellas,
saludaban al pasar a la ilustre bribona, inclinándose todas a su paso,
rindiéndole el homenaje de sus sonrisas y su envidia, haciéndose reas de
la perniciosa condescendencia con el vicio, llaga mortal de las grandes
sociedades, contribuyendo con su presencia y con su lujo, por necedad,
por debilidad o por malicia, al gran pecado del escándalo, al triunfo de
la más ruin bellaca que urdió jamás trapisondas en la corte.
No duró mucho, sin embargo, la apoteosis... Nadie ha podido explicar
nunca cómo sucedió aquello: unos dicen que vino del Hipódromo; otros,
que del barrio de Salamanca; algunos, que de un hotelito que, emboscado
en un jardín, existe en la Castellana. Es lo cierto que, de repente,
apareció en la fila de coches un gran landó a la Daumontl con cuatro
caballos blancos; venían dentro dos mujerzuelas de vida airada,
abigarradamente vestidas de encarnado, con pomposas mantillas y enormes
peinetas, poniendo en asquerosa caricatura a las damas de la
aristocracia. En el asiento de enfrente, un rufián con sombrero de copa
un poco ladeado y largas patillas postizas, parecía parodiar a cierto
prócer famoso que en aquel tiempo hacía gran papel en las filas
alfonsinas[8].
[Nota 8: Histórico todo.]
Aquello no fue un bofetón, fue una coz, una patada del excelentísimo
Martínez, que acababa de un golpe con las peinetas y mantillas, con más
facilidad que acabó Esquilache con los sombreros y las capas. Díjose
luego que, desde una ventana del hotelito escondido, había él
presenciado la escena, con las manos a la cabeza, sacudiendo la
cabezota, dejando oír su risita de cazurro, de paleto empingorotado.
--¡Ju, ju, ju, ju!...
Entonces hubo un momento de confusión grandísima, de alarma verdadera:
algunos hombres de a pie y de a caballo se lanzaron sobre el coche con
los bastones enarbolados, para hacerlo salir de la fila. Intervinieron
los guardias de orden público en favor de las mujerzuelas, y mientras
tanto, huyeron en un segundo los lujosos trenes, al galope, a la
desbandada, mordiéndose los hombres el bigote de despecho, escondiendo
las mujeres, llenas de vergüenza, los rostros azorados.
Sólo quedó Currita incorporada en su coche, abriendo mucho los claros
ojos, abofeteando a todas aquellas mujeres honradas, cuya culpa
consistía en admitirla a ella en su trato, con estas candorosísimas
palabras, dichas para tranquilizar a su prima:
--Pero mujer... ¿Qué ha sucedido?... ¿Por qué se van?... Que haya otras
dos más, ¿qué importa?...
--IX--
Los periódicos ministeriales de la tarde guardaban un estudiado silencio
sobre la visita de la policía al palacio de Villamelón, como si
obedeciesen todos a una misma consigna. Los diarios oposicionistas, por
el contrario, soltaban, ocupándose del suceso, todos los registros de
sus respectivas trompeterías, prorrumpiendo en gemidos o gritos de
horror, según les soplaba el viento, a la elegía o al ditirambo...
Ningunos gemidos, sin embargo, tan perfumados; ningunos gritos de horror
tan rítmicos, como los lanzados por la pluma del espiritual Pedro López
en el artículo _El primer paso_, que publicaba aquella tarde _La Flor de
Lis_. Indudable era que Pedro López había mascado raíz de lirio antes de
lanzar aquellos suspiros confitados, que había modulado sus gritos de
horror sobre aquellos trinos de Stagno:
Voi parlate di patria
E patria piu non è.
que había llorado sobre el rosado papel lágrimas de agua de Colonia; que
había, en fin, creído, al empuñar la pluma en sus manos lavadas con
_pâte agnel_, tremolar una bandera con un palo de sombrilla por asta y
un encaje de Bruselas por lienzo... ¡Oooh!... Cuando Pedro López posó
su turbada planta en el palacio de los marqueses, cuando vio profanadas
por groseros pies de sicarios de un poder bastardo y despótico aquellas
mullidas alfombras que tantas veces habían hollado en rítmicos
movimientos del baile las bellezas más valiosas de la corte, angustia
mortal oprimió su corazón, nube de sangre cegó sus ojos, y una palmada
de su propia mano vino a herir su frente sin que--¡pásmese el
lector!--notase Pedro López que sonaba a hueco... Sonóle a un ¡ay!
fatídico, a voz triste, lejana, misteriosa, crepuscular, que murmuraba a
lo lejos: ¡El primer paso!... ¡El primer paso dado hacia el noventa y
tres... el primer paso dado hacia el Terror!... ¡Oooh!... Allí había
visto Pedro López sumida en el más profundo desconsuelo, y vistiendo
elegante _saut du lit_, con falda _plissée_, de fular de seda y encajes
crema a la bella condesa de Albornoz, ideal como la Ofelia de
Shakespeare a orillas del lago, digna como la María Stuard de Schiller
en el castillo de Fotheringhay, sublime como la princesa Isabel, la
hermana de Luis XVI, que llamó la posteridad el _Ángel de la
guillotina_... ¡Aaaah! Allí había visto Pedro López y estrechado su mano
al hidalgo caballero, al pundonoroso marqués de Villamelón, postrado en
el lecho del dolor, cual león enfermo, derramando lágrimas de varonil
despecho por no poder desenvainar, en defensa de su noble hogar
allanado, la gloriosa espada de cien ilustres progenitores... ¡Oooh!...
Y en torno de aquellas dos nobles figuras realzadas aquel día por el
infortunio, elevadas por ruin despotismo de un gobierno sobre el
gloriosísimo pedestal de la picota de sus iras, Pedro López había visto
agruparse, más hermosas mientras más doloridas, y tan elegantes en su
sencillo negligé; de mañana como en sus soberbias _toilettes_ de otras
ocasiones, a las bellísimas duquesas de A., B. y C.; a las lindísimas
marquesas de D., E. y F.; a las encantadoras condesas de G., H. y L; a
las preciosas vizcondesas de J., K. y L.; a las monísimas baronesas de
M., N. y Ñ., y a las espirituales señoras y señoritas de O., P. y Q.
También el sexo feo estaba dignamente representado por el venerable
marqués de Butrón, espejo de caballeros, y por los duques, marqueses,
condes, vizcondes, barones y señores de tal o cual, y por otras muchas
personas notables que, en lo inmenso de su emoción, quizá dejaba Pedro
López involuntariamente de enumerar.. ¡Aaah! ¡El primer paso!... Todas
las frentes parecían inclinarse bajo el peso de un mismo pavoroso
pensamiento... Mas habló el ilustre marqués de Butrón, y al eco de su
mágica palabra irguiéronse las nobles cabezas y viéronse allí ilustres
vendeanos dispuestos a disputar palmo a palmo el terreno; garridas
Marfisas y Bradamantes, capaces de realizar con el brillo de sus ojos
las proezas de aquellas heroicas amazonas de las primeras cruzadas...
Aquí ponía Pedro López cuatro líneas de puntitos suspensivos, y añadía
luego:
«Nosotros oímos sus palabras, y un rayo de celeste esperanza se deslizó
en nuestro pecho».
Más puntitos suspensivos.
«El villano atentado del gobernador de Madrid ha sido el primer paso
dado hacia el Terror... Mas--¡renazca la esperanza!--ya
...El león de Castilla
Sacude la melena!!!»
Y a renglón seguido: