la carta. En ella, el marqués de Villamelón, de acuerdo con su esposa,
pedía para esta, por medio del ministro de Ultramar, el puesto de
camarera mayor de la reina, con las dos condiciones indicadas antes por
Martínez: la Secretaría particular de don Amadeo para Juanito Velarde y
los seis mil duros de sueldo para la dama misma. La prueba no podía ser
más concluyente, y Currita pudo comprender toda la imprudencia de su
caro esposo al dejar escapar aquella prenda. No se apuró mucho, sin
embargo: mientras el ministro leía, habíase ido incorporando poco a
poco, haciendo mohínes de espanto y gestos de protesta, y de repente,
con la agilidad de una gata cazadora que se lanza sobre el incauto
ratoncillo, arrancó de manos del ministro la peligrosa carta y la arrojó
al fuego... El papel se enroscó un segundo entre las llamas, quedando al
momento convertido en cenizas.
Atónito el ministro retrocedió bruscamente en la butaca, soltando una
palabrota: mas Currita, sin ofenderse por ella, ni asombrarse tampoco,
dejóse caer de nuevo en su almohada como si tal cosa, diciendo con su
cándida risita:
--¡Vamos, vamos, Martínez!... Preciso será que se ponga usted dos
parches de patata... ¡Eso refresca mucho!...
--VI--
Jamás había pasado el pacífico portero de Villamelón susto tan tremendo
como el que le tenía reservado el señor gobernador de Madrid para aquel
día memorable, 26 de junio... Eran las diez de la mañana, y Baltasar,
sin haberse vestido aún la larga librea azul, con anchas franjas en las
bocamangas y cuello, cubiertas de escudos heráldicos, limpiaba
cuidadosamente el polvo a las soberbias arcas florentinas, los enormes
sitiales antiguos y las armaduras de brillante acero que adornaban el
vestíbulo. Púsose después a peinar las largas lanas de Bruin, el oso de
Noruega, su mudo compañero; y en esta operación se hallaba, cuando un
tropel de gente sospechosa invadió de repente la casa, en actitud nada
tranquilizadora. Asustado Baltasar, cerró de golpe la gran mampara de
cristales; pero, a los repetidos porrazos que en ella dieron los que de
fuera entraban, cayeron rotos dos de los magníficos vidrios esmerilados
que ostentaban en medio la cifra y corona de Villamelón, y aterrado
entonces Baltasar, huyó escaleras arriba con el mandil remangado,
atropellando a su paso al diminuto _don Joselito_, que pacíficamente
frotaba con cáscara de limón las varillas metálicas que sujetaban la
mullida alfombra en cada peldaño de la escalera. El enano huyó también
dando gritos, y a poco la servidumbre entera del palacio corría por
todas partes azorada, abriendo y cerrando puertas, e infundiendo la
alarma por todo el vecindario.
Mientras tanto, los invasores llegaban a una antecámara completamente
desierta, y el que parecía capitanearlos comenzó a golpear el suelo con
su bastón de borlas, citando a la condesa de Albornoz en nombre de la
justicia. Era este individuo el jefe de orden público, y venía en nombre
del gobernador a registrar el palacio de la condesa e incautarse de
todos sus papeles. Acompañábanle media docena de guardias municipales,
un alcalde de barrio y hasta diez o doce hombres de mala catadura,
provistos de grandes garrotes, que parecían por las trazas pertenecer a
la por aquel tiempo famosa _partida de la porra_. Guardáronse todas las
puertas, quedando franca para todo el mundo la entrada, prohibida para
todos la salida.
Mientras tanto, dormía Villamelón el sueño del justo. Currita, por el
contrario, levantada contra su costumbre desde muy temprano, como si
algo esperase, notó al punto el alboroto; púsose muy pálida, y una
sonrisa de diablillo crispó por un momento sus delgados labios.
Temblando como una azorada, entró Kate, la doncella inglesa, a
participarle lo ocurrido; pareció entonces azorarse mucho la dama, como
si de nuevo la cogiese, y quiso a toda prisa avisar al marqués de Butrón
lo que acontecía. Las puertas estaban ya, sin embargo, guardadas y
prohibida la salida; púdose, a pesar de todo, hacer saltar la tapia del
jardín a un pinche de cocina, y este fue el encargado de llevar al
diplomático la embajada de la condesa.
El despertar de Villamelón fue horrible: la imagen del terror había
quedado grabada de antiguo en su cerebro, bajo la forma de los salvajes
rifeños de África, y ellos, con sus espingardas, fueron los primeros
fantasmas que vio asomar en su imaginación en ese primer momento de
confusión de ideas que sigue al despertar de todo hombre. El
excelentísimo Martínez, el colosal _buey Apis_, vino al punto a
destacarse entre ellos, presentándole con una mano su imprudente carta,
echándole la otra al pescuezo para conducirle sin piedad al Saladero...
Villamelón pensó morir del susto, porque a su carta, y sólo a su carta,
como muy bien le había profetizado el día antes Currita, podía atribuir
la repentina llegada de la policía. Pronto, sin embargo, tomó su
partido: acurrucóse de nuevo en la cama y juzgó lo más prudente darse
allí mismo por muerto. ¿No era Currita quien le había metido en aquellos
berenjenales?... ¡Pues allá se las compusiera ella como buenamente
pudiese!... En vano le instaba la condesa, temblando de ira, para que se
levantase y saliera a recibir la caterva de polizontes: Villamelón
contestaba que estaba constipado, que estaba sudoroso y cogería de
seguro un pasmo a poco que le diese el aire.
El tiempo urgía, y la intrépida Currita viose al fin precisada a salir
ella misma al encuentro de los invasores: no lo hubiera hecho con más
arrogancia la viuda de Padilla al presentarse a las tropas de Carlos V
en el alcázar de Toledo. Con altivo continente pidió al jefe de orden
público el mandato del gobernador, legalizado por el juez, único que,
según las leyes vigentes, podía autorizar aquel atropello: presentóse
respetuosamente el funcionario, y rasgólo ella en dos pedazos después de
leerlo. Hizo entonces una valiente protesta en que sacó a relucir sus
leales opiniones alfonsinas, y mandando a un viejo empleado en la
contaduría de la casa que guiase a sus habitaciones a aquellas gentes y
presenciara el registro, retiróse dignamente a la sala de billar,
seguida de sus doncellas como una reina de sus damas: allí hizo traer a
los dos niños, Lilí y Paquito, y abrazándolos tiernamente y sentándolos
en sus rodillas, parecía parodiar el triste grupo de la reina María
Antonieta, refugiándose con sus hijos en un rincón de las Tullerías,
invadidas por el populacho. Kate lloraba desconsolada; Miss Buteffull se
había puesto el sombrero y los guantes, como si esperase la orden de
marchar.
No hacía Currita aquellos alardes artísticos sentimentales a humo de
pajas: la noticia había corrido en un segundo por los círculos políticos
y aristocráticos de la corte, extendiéndose después por casinos y cafés,
tiendas y plazuelas. El pueblo comenzó a agolparse con su estúpida
curiosidad a las puertas del palacio, y a poco una larga hilera de
coches ocupaba toda la calle, suspendían un momento su pausada marcha,
abríanse y cerrábanse con estrépito las portezuelas, y bajaban
encopetados señorones, aristocráticos gomosos y damas elegantes; venían
estas de trapillo, mirando a todas partes, entre asustadas y curiosas, y
abrazaban a Currita haciendo exclamaciones de sorpresa, de indignación,
de entusiasmo y de lástima. Esto era lo que esperaba la taimada condesa;
con su sonrisa de colegiala, apretaba a unos la mano en silencio,
repetía a otros la relación del atropello, y elevaba los ojos al cielo
con aire de víctima resignada que se inmola, abrazada a sus hijos, en
aras de la proscrita dinastía. ¿Qué sería de ellos? ¡Pobres hijos
suyos!... ¡Y Fernandito, tan afectado, tan nervioso, postrado en cama e
inspirando su salud serios cuidados! Quizá les esperaba el destierro,
quizá la cárcel, quizá... ¡Oh! Las damas se estremecían de furor y de
espanto, hablando todas a un tiempo, confortando a la víctima con sus
consejos y dándose todas al diablo allá en sus adentros, porque era a
Currita y no a ellas a quien había tocado la suerte de hacerse
sospechosa a la policía y llegar al apogeo de la celebridad de un solo
salto.
Llegaron también varios periodistas a caza de noticias, lápiz en ristre
y reparos a la espalda, y fueron muy bien recibidos, dignándose la misma
Currita darles noticias del suceso. Pedro López, el cronista de los
salones elegantes, que acudía a comidas y saraos con los bolsillos del
frac forrados de hule para poderse llevar a mansalva dulces y
emparedados, estuvo admirable. Currita le tendió una mano, enternecida a
la vista de aquel fiel amigo que tantas veces había descrito los
primores de su falda, él se la estrechó en silencio, repitiendo por tres
veces:
--¡Ominoso!... ¡ominoso!... ¡ominoso!...
Y apartándose un buen trecho, púsose a garrapatear con ardor febril en
su cartera, no sin que todas las damas y muchos caballeros vinieran a
hacérsele presentes, mendigando una mención honorífica en aquella
crónica que había de ser al otro día la _great attraction_ de la corte.
La apoteosis de Currita prometía ser ruidosísima, y preciso era figurar
en ella, aunque sólo fuera de comparsa.
Llegó Leopoldina Pastor, sofocadísima, con un devocionario enorme en la
mano: venía de Misa, porque estaba haciendo en San Pascual una novena
para impetrar del cielo una apoplejía fulminante para don Salustiano de
Olózaga. Irritóse mucho de que Currita no hubiese tirado por la ventana
al jefe de orden público; juró que no saldría de allí aquel indecente
sin oír antes de sus labios cuatro palabritas bien dichas, y alborotando
y accionando, y sacando la lengua a los agentes de orden público que
encontró al paso, fue a parar al comedor, porque eran ya las doce,
estaba en ayunas, tenía hambre y se hacía imposible salir de allí hasta
que terminara el registro. Muchas damas y caballeros la siguieron,
dispuestos a caer sobre las provisiones de Villamelón como una nube de
langostas, y el pasmo de todos fue entonces grande... Sorprendieron al
moribundo marqués en un rincón del comedor, apoyado en un trinchero de
roble, zampándose en pie y a toda prisa, y mirando a todas partes
azorado, una inmensa jícara de suculento chocolate, con una pirámide
colosal de dorados picatostes... Pasado el primer susto, y no escuchando
ya en la casa otro ruido extraordinario que el incesante ir y venir de
la gente que de la calle entraba, Villamelón sintió en toda su pujanza
el aguijón más terrible que podía hostigarle: ¡el aguijón del hambre! En
vano llamó una vez y otra vez que le trajesen como todos los días:
Ancha bandeja con tazón chinesco,
Rebosando de hirviente chocolate.
Los criados, diseminados por la casa, no acudían a su llamada, y
prefiriendo Villamelón los riesgos de otra muerte a la muerte de hambre,
decidió al cabo levantarse y escurrirse por pasadizos y corredores hasta
la misma cocina, en busca del cotidiano alimento: una vez en posesión de
él, refugióse en el rincón más cercano y allí comenzó a devorarlo.
La llegada de los importunos huéspedes hízole levantar el campo, huyendo
hacia el interior con el chocolate en una mano y los picatostes en la
otra. Mas, con grandes risotadas le detuvo la señoril y hambrienta
turba, y alcanzándole Leopoldina Pastor por los cortos faldones de la
bata, le gritaba muerta de risa:
--¿Pero dónde vas, Fernandito?... ¡No te vayas, hombre!... ¡Si para
sentir es menester comer!... ¡Si nosotros venimos a ayudarte!...
Y desde el _maître d'hôtel_ hasta _don Joselito_, comenzaron a trabajar,
sin dar apenas abasto en servir a la emocionada concurrencia un _lunch_
improvisado, un _pic-nic_ sustancioso.
--VII--
Era el marqués de Butrón una de esas medianías que en los tiempos de
escasas notabilidades pasan por eminencias, debiendo sólo su altura a
las escasas proporciones de los hombres y cosas de su época. Hase dicho,
sin embargo, que no hay hombre grande para su ayuda de cámara, y no se
libraba el gran _Robinsón_ de esta ley general de las ilustres
celebridades. Consistía, pues, una de sus secretas flaquezas en teñirse
cuidadosamente la barba, blanca ya por completo, para ponerla al nivel
de su todavía abundante cabellera, que se conservaba negra como las alas
del cuervo.
Disponíase, pues, el respetable diplomático en aquella mañana del 26 de
junio a esta operación importantísima, cuando le pasaron
precipitadamente el recado de Currita. El peludo señor perdió por
completo la cabeza, y temiéndolo todo de la bellaquería de la condesa,
que tenía él muy bien conocida, pidió a toda prisa un simón, y sin
acordarse para nada de que su barba sin teñir iba a revelar el hasta
entonces bien guardado secreto a las lenguas más hábiles en cortar sayos
que encerraba la corte, corrió al palacio de aquella equívoca oveja que
tanto le importaba conservar en el redil alfonsino. Los polizontes que
guardaban la puerta le dejaron pasar, según la consigna, mirándole con
esa especie de receloso respeto que a las gentes bajas de un partido
causan siempre los pájaros gordos del partido contrario.
La noticia de su llegada causó sensación profundísima entre la turba de
amigos y amigas que invadía el palacio, y todos, hasta los que en el
comedor se hallaban, corrieron a su encuentro. Su presencia allí daba al
suceso una importancia y un colorido que había muy bien calculado
Currita al mandarle buscar con tanta urgencia. El gran _Robinsón_
extendió ambos brazos al verla, exclamando: «¡Hija mía!», y la dama se
dejó caer en ellos con filial abandono, sollozando fuertemente y
mostrando a sus hijos, que se agarraban asustados a la falda de Miss
Buteffull, siempre tiesa e impasible.
El coro general de damas comenzaba a emocionarse; pero acertó a reparar
Gorito Sardona en la desteñida barba del diplomático, y apresuróse a
comunicar el descubrimiento al oído de Carmen Tagle; echóse a reír ella,
díjolo a su vecina, esta al que tenía al lado, y a poco, una porción de
solapadas risitas hacían fracasar por completo la parte patética del
espectáculo.
Butrón, sin embargo, no cayó en la cuenta, y con el majestuoso
continente que las circunstancias requerían, arrastró con suavidad a
Currita al próximo gabinete. Sudaba como un pato, y la camisa no le
llegaba al cuerpo, temiendo alguna nueva trapisonda de la ilustre
condesa, que viniera a desacreditar sus manejos diplomáticos. Azorado y
en voz baja, y mirando a todas partes, como si temiese ver aparecer a
los polizontes que invadían el palacio, le dijo:
--Pero ¿qué es esto?... ¡Habla, hija mía!...
Currita se dejó caer en un sofá, cubriéndose el rostro con el pañuelo.
--¡Estoy perdida!--dijo.
El respetable Butrón abrió la boca, como si fuera a tragarse un queso
entero.
--¡Fernandito es un imbécil!--continuó Currita muy afligida.
Butrón movió de arriba abajo la cabeza en señal de profundo
asentimiento.
--Le ha engañado Martínez... Me ha comprometido atrozmente... Es
horrible, horrible... ¡Infame, Butrón, infame!
--¡Habla bajo!--exclamaba el diplomático, sobresaltado--. Sosiégate,
hija mía, sosiégate... y cuenta para todo conmigo... Para todo, ¿lo
oyes?... para todo...
Y con las dos peludas manos apretaba _Robinsón_ con efusión paternal la
mano de Currita.
--Lo sé, Butrón, lo sé, y por eso acudí a usted al punto--dijo ella más
sosegada--. ¡Pero es horrible, horrible!... ¡Figúrese usted que todo lo
que decían de mi nombramiento de camarera es cierto!...
--¿Cierto?--exclamó Butrón como si se le atragantase en el esófago el
queso que antes parecía tragarse.
--Fernandito le escribió al ministro solicitando para mí el cargo...
¡sin decirme nada, Butrón!... ¡sin contar conmigo!... ¡Vamos, si es
horrible, horrible!... ¡Ay, qué marido!... Le aseguro a usted que si no
fuera por mis hijos entablaba el divorcio...
Aquí derramó Currita algunas lágrimas en aras del honrado Himeneo, cuya
antorcha corría riesgo de apagarse, y continuó muy bajito:
--Por eso, como yo no sabía nada, dije antes de ayer en casa de Beatriz
lo que creía, ¡claro está!, la verdad... Que el ministro vino a
ofrecerme el cargo, y yo me había negado a aceptarlo muy ofendida,
tomándolo por una majadería de esa gentuza... Figúrese usted mi sorpresa
cuando ayer se me entra por las puertas ese animal de Martínez, tan
ordinario, tan groserote, muy ofendido con mi negativa, gritando como un
energúmeno que nadie jugaba con el Gobierno, y amenazándome con una
carta de Fernandito, que iba a refregarme... ¡por los hocicos, Butrón,
por los hocicos!...
Y aquí ahogó de nuevo el llanto la voz de Currita, prosiguiendo a poco
entre sollozos:
--¡Qué ultraje, Butrón, qué vergüenza!... ¡Creí morirme de
sentimiento!... ¡Al padre de mis hijos debo esta ofensa!... Bien se lo
he dicho mil veces: tu condescendencia con esa gentuza nos va a perder,
Fernandito...
--Pero ¿viste tú esa carta?--exclamó Robinsón estupefacto.
--¡La vi, Butrón, la he leído!... ¡Qué vergüenza!... ¡Creí morirme!...
Decía el _buey Apis_ que el ministro iba a publicarla en los periódicos
si yo no aceptaba el cargo. ¡Lloré, supliqué, pidiéndosela en nombre de
mi honra, en nombre de mis hijos!... Todo en vano: o aceptaba yo el
cargo, o la carta se publicaba... Entonces le ofrecí dinero, y mi hombre
empezó a blandearse... Me pidió cinco mil duros; luego tres mil,
¡regateando, Butrón, regateando como un judío!... Por fin se cerró el
trato en los tres mil, y anoche, a la una, volvió a entregarme la carta
y recibir el pago... Porque, claro está, yo no tenía dinero bastante,
tampoco podía pedírselo a Fernandito, y he tenido que empeñar una
porción de joyas...
Butrón escuchaba asombrado, tragándose, una a una, como un bolonio, toda
aquella sarta de mentiras, diestramente entrelazadas con algunas escasas
verdades; cruzó las manos con trágico ademán y exclamó con el aire de un
Catón escandalizado:
--¡Eso es nauseabundo!
--¡Pero si hay más, Butrón, si hay más!... ¡Si es infame!--prosiguió
Currita muy animada--. A la una me entregó anoche el _buey Apis_ la
carta... A las diez llega hoy, de repente, la policía a registrarme mis
papeles... ¡Negocio redondo que buscaba el gran canalla!... ¡Coger de
nuevo la carta y quedarse con mi dinero!...
--Pero ¿la han cogido?--exclamó Butrón consternado.
--¡Ca!... ¡Primero me quitan la vida!... Tuve tiempo de romperla y echar
los pedazos por el vertedero del baño.
--¡Berr!--hizo Butrón como si le dieran náuseas; y con las manos
cruzadas a la espalda, actitud de las grandes perplejidades, y fruncido
el formidable guardapolvo de sus cejas, señal en él de graves
preocupaciones, comenzó a medir a grandes pasos la estancia. Currita le
miraba marchar con el rabillo del ojo, dando de cuando en cuanto
nerviosos suspiritos.
Indudable era para Butrón que la dama era una tramposa; pero lo que
decía era en todo perfectamente verosímil y explicaba por completo la
extraña visita de la policía. ¿Qué había ido, si no, a buscar en aquella
casa?... Por otra parte, aquel repentino suceso aseguraba al partido la
alianza de aquella mujer que dominaba al Madrid elegante con el poderoso
imperio de la moda, y esto bastaba a las teorías del diplomático;
detúvose, pues, de repente ante ella y díjole solemnemente:
--Es preciso hacer una manifestación ruidosísima, que levante el
espíritu y sirva de protesta a este atropello...
Currita se encogió de hombros, disimulando bajo una perplejidad afectada
el rayo de vanidosa alegría que iluminó su semblante.
--¡Pero, Butrón, por Dios!--dijo--, por mí no hay inconveniente; pero ya
ve usted que quien pierde aquí es Fernandito.
--Mira, Curra, Fernandito no pierde nada, porque nada tiene que
perder... Tu marido es un imbécil Y eso lo sabe todo el mundo.
--Es verdad--dijo con heroica conformidad Currita.
--Además, yo te garantizo el secreto... El negocio es grave y puede
sacarse de él mucho partido.
--Eso bien lo veo yo... Por eso no me opongo... Después de todo, lo
primero que hay que mirar es el bien de la causa... Yo todo se lo
sacrifico... Bien lo he probado siempre... ¡Bien lo estoy ahora
probando!...
Y Currita se enterneció otra vez, emboscando entre sus nuevas lagrimitas
este ruego inocentísimo:
--Lo único que pido es que escriba usted mismo a la señora la verdad de
lo que está pasando... ¡Le tengo un miedo a los enredos, a los chismes
de este Madrid!... ¡Esa Isabel Mazacán es tan chismosa... me tiene una
envidia!...
Cuadróse Butrón delante de la dama y dijo golpeándose el pecho:
--¡Confía en mí, Curra!... ¡Yo respondo!
En aquel momento llamaron a la puerta: el registro había ya terminado y
el jefe de orden público pedía permiso a la señora condesa para
presentarle sus excusas.
--¡Ay, no, no!--exclamó Currita--. Dígale usted que puedo muy bien
pasarme sin ellas.
--Y añádale--dijo Butrón con toda la majestad olímpica que su misión
allí requería--que la señora condesa de Albornoz se reserva el derecho
de protestar en todos los terrenos de semejante atropello... Y dígale
también que toda la aristocracia española y todas las gentes sensatas y
honradas están a su lado para apoyarla y defender la causa santa que
ella representa en estos momentos...
Esto dijo Butrón con arrogante tono, y acentuando mucho la palabra
_causa_, paseó después una larga mirada por la concurrencia, como quien
dice: «¿Habéis entendido?», y entróse por los grupos, dejando caer
palabras huecas que la curiosidad y la necedad rellenaron de grandes
cosas.
--El negocio es grave--decía--. ¡Currita, admirable! ¡Una heroína!...
¡Mariana Pineda!...
Entró entonces el viejo empleado en la contaduría, don Pablo Solera, que
había presenciado el registro: traía las orejas muy coloradas y un gran
papel en la mano, que presentó a la condesa... Rodeáronle todos llenos
de curiosidad, haciéndole mil preguntas, que el viejo se apresuró a
satisfacer aturdido, en parte, al verse ante tan ilustre concurrencia.
El registro había sido escrupuloso en demasía y durado dos horas
enteras: el jefe del orden público había leído todas las cartas que
encontró a mano, sin perdonar pesquisa alguna, registrado todos los
papales, hojeado todos los libros y puesto aparte todo aquello en que
creyó encontrar miasmas conspiradores, para sujetarlo al examen del
gobernador de la provincia. El prudente viejo le exigió entonces un
recibo, firmado por el mismo jefe de orden público, en el cual habían de
consignarse todos los papeles que se llevaba, y este era el documento
que don Pablo presentaba a la condesa.
--¿Hay algo importante?--preguntóle Butrón en voz baja, leyendo la
lista al mismo tiempo que Currita.
--¡Pchs!... Nada--contestó esta.
Mas sus ojos se fijaban con extrañeza en esta partida inventariada en la
larga lista: «Un paquete de veinticinco cartas, atado con una cinta de
color de rosa».
El respetable Butrón tomó de nuevo la palabra. El peligro había pasado,
pero era necesario sacar todo el partido posible de aquella victoria:
hacíase indispensable meter mucho ruido, gran ruido, propagar el
escándalo por todas partes para despertar la indignación y excitar los
ánimos en contra del Gobierno y de la dinastía intrusa... Para ello,
todas las señoras acudirían aquella tarde a la Castellana con las
airosas mantillas españolas y las clásicas peinetas de teja, que eran ya
señal convenida de valiente protesta; y a la noche siguiente, él, Butrón
mismo, daría un gran baile en honra de Currita de puro carácter
político, al cual podían ya darse por convidados todos los presentes...
Las señoras lucirían todas, en la cabeza, la flor de lis, emblema de sus
esperanzas; los caballeros, un lazo blanco y azul en el ojal del frac,
colores propios y significativos de los desterrados Borbones.
El entusiasmo fue entonces indescriptible; las damas rodearon el grupo
que Currita y Butrón formaban, empujándose unas a otras, charlando todas
a un tiempo, esgrimiendo los colosales abanicos que por aquel verano
estaban de moda con el poco elegante nombre de _Pericones_.
--¡Bien! ¡Bravo!--gritó Gorito Sardona--. ¡El coro de los puñales!...
¡Butrón, a usted le toca bendecirlos!
Y se puso a cantar el
Giusta é la guerra, e in cuore
Mi parla un santo ardore,
de Meyerbeer en los _Hugonotes_. Esto hizo reír mucho a todas aquellas
señoras, y unas en pos de otras comenzaron a retirarse, nerviosas,
entusiasmadas, confesándose mutuamente que era muy entretenido conspirar
danzando y luciendo trapos en la Castellana; que era más fácil de lo que
ellas creían derribar un trono a abanicazos.