Con su elegante letra inglesa, fina y corrida, había escrito al frente

de un pliego: _¡Qué animal más hermoso es el hombre!_ Y con facilidad

maravillosa iba copiando, en distintos caracteres de letras, esta frase

tan extraña y tan equívoca, que parecía ser reflejo de esa idea íntima,

ese pensamiento oculto que jamás se formula y es, sin embargo, el

primero que se apresura a estampar todo hombre cuando algo que escribe y

algo en que se puede escribir le invitan a solas a trazar allí un

concepto. La inscripción se multiplicaba, unas veces en letras

rechonchas y apretadas; otras, en perfiles largos y finitos; algunas, en

caracteres diminutos, cual patitas de moscas entrelazadas que se

prolongasen en forma de cadeneta. En esta tarea empleó Currita media

hora larga, con el esfuerzo y la atención de un chiquillo aplicado que

copia una plana, o de un petardista prudente que ensaya el modo de

falsificar o desfigurar una letra.

Diose al fin por satisfecha de sus ensayos, y con los renglones de

cadeneta y la letra de patitas de mosca, que no tenía con la suya

ordinaria el más remoto punto de contacto, púsose a escribir una carta,

en un pliego de papel sencillo, sin timbre ni inicial alguna. La carta

no fue larga, y en el sobre decía:

EXCMO. SR. GOBERNADOR CIVIL

DE

_Madrid_

Faltábale todavía el sello, y púsoselo Currita sonriendo socarronamente,

y cuidando de colocar con la cabeza para abajo el busto del rey don

Amadeo. Afianzólo luego con dos o tres puñaditas de su cerrada mano, que

parecía complacerse en aplastar al pobre monarca, principio y fin de la

dinastía saboyana.

Cualquiera hubiera creído con esto ya listo el negocio y que sólo

faltaba llamar a un criado para enviar la misteriosa carta al correo. No

lo juzgó así la ilustre condesa: entróse en la estancia vecina, que era

su alcoba, y volvió a salir al cabo de un buen cuarto de hora

completamente transformada. Habíase despojado de su elegante traje de

calle, y puéstose en su lugar una falda de lana negra modestísima y una

mantilla muy usada, cuyo sencillo velo le ocultaba parte del rostro;

traía en la mano una bujía encendida, puesta en una palmatoria de plata,

y en la otra una llave de gran tamaño. Cogió la carta y echó a andar: en

aquel momento un reloj lejano daba las once y media.

Era el palacio de Villamelón uno de esos antiguos caserones, ya raros en

Madrid, con anchas galerías, espaciosas salas y cómodos departamentos,

rodeados por todas partes de pasillos y escaleras excusadas para el uso

de la servidumbre. Comunicábanse las habitaciones de Currita con las de

Villamelón por la alcoba, y por un cuarto contiguo al del baño, con un

largo pasadizo; terminaba este por un lado en el cuarto de Kate, la

doncella inglesa, y por otro en una estrecha escalerilla que iba a parar

a un jardín muy reducido. Cerrando, pues, la puerta de la alcoba, la que

había a la mitad del pasillo, y la que ponía en comunicación al

_boudoir_ con los dos salones de la entrada, quedaba el resto de las

habitaciones de Currita aislado por completo y en comunicación directa

con la calle: a ella daba salida una puertecita, abierta en la tapia del

jardín a espaldas del palacio, detrás de un pequeño invernadero. Allí se

dirigió Currita después de dejar la luz apagada al pie de la escalera

con tal desembarazo y tan gentil desenvoltura, que conocíase bien a las

claras no ser aquella la primera de sus nocturnas escapatorias.

Era la noche oscura, y la solitaria plaza a que la puerta del jardín

daba salida perdíase a lo lejos entre solares en construcción, alumbrada

acá y allá por algunos faroles, cuyas luces parecían brillar en medio

de un nimbo de vapor amarillento. La puerta de una tienda de

ultramarinos dejaba escapar en la esquina próxima un cuadro de luz

vivísima, y veíase en el fondo al tendero, inmóvil ante el mostrador,

ajustando sus cuentas. A cuarenta pasos, debajo de un andamiaje, una

farola hacía resaltar las negras siluetas de un chulo de chaquetilla

corta y una chula de falda almidonada y pañuelo de seda a la cabeza, que

dialogaban vivamente. Aparecía lo demás oscuro y solitario, teniendo

todo ello un aspecto de inquietud, de vista panorámica, que completaba

allá muy lejos, desde un cuarto piso, el sonido de un mal piano, en que

unas manos aleves asesinaban la inmortal cavatina de Bellini _Casta diva

ché inargenti_...

La condesa, la gran señora que tan raras veces bajaba de su carruaje,

como si se desdeñase de pisar con sus elegantes brodequins el polvo de

que estaba formada, se internó por aquellos oscuros vericuetos, y

atravesando varias callejas, solitarias en aquella hora, que parecían

serle muy conocidas, vino a desembocar en la plazuela de Santo Domingo.

La afluencia de gente era todavía grande en aquella encrucijada, tan

concurrida siempre, y Currita bajó la cuesta para ganar, al abrigo del

jardinillo, la Costanilla de los Ángeles. Atravesó rápidamente la calle

del Arenal, entró por la de las Fuentes, y dando un gran rodeo por

detrás del ministerio de la Gobernación, llegó al fin a la calle de

Carretas y depositó por su propia mano en el buzón de la casa de Correos

la carta misteriosa... Si aquella mujer era una criminal, era, sin duda,

de aquellos criminales avezados y prudentes que miran siempre en todo

cómplice un camino peligroso que va a parar en presidio.

Entonces emprendió el camino de vuelta por las mismas calles por donde

había ido, sin tener más que un tropiezo. Un viejo, de aspecto decente,

se detuvo de pronto ante ella; sorprendida Currita, pegóse a la pared, y

el hombre hizo entonces ademán de darle una moneda de cinco céntimos,

una _perra chica_, como llamaban entonces y aún llaman hoy a esas piezas

pequeñas. Habíala tomado por una de esas pobres vergonzantes que a las

altas horas de la noche extienden en silencio su mano descarnada al

transeúnte que se retira solicitado por el descanso u hostigado por los

vicios.

Así lo comprendió la condesa, y con gran impulso de risa tomó la moneda,

teniendo todavía valor para profanar en sus impuros labios aquella

hermosa deprecación, aquella santa respuesta que da la fe a su hermana

la caridad, por la humilde boca del pobre:

--¡Dios se lo pague!...

Cuando la condesa entró en su _boudoir_, presentaba este un aspecto

siniestro: la lámpara agonizaba en manos del negro, cuyos blancos

dientes de marfil incrustado resaltaban en la oscuridad, como la sonrisa

del genio del mal, complaciéndose en las tinieblas.

Tres horas después resonaban gritos y lamentos al otro extremo de la

casa... Era Paquito Luján, que entumecido por el fresco de la madrugada

y aterrado por la oscuridad, despertaba allá en la Nursery, olvidado de

todos en aquel suntuoso palacio, morada del padre y la madre que le

habían dado el ser, y de diecisiete criados dedicados a su servicio.

--V--

Rióse mucho al otro día la condesa de Albornoz al oír contar a su hijo

Paquito sus extrañas aventuras de la noche precedente: al verse solo, a

oscuras, vestido y acostado en una cama que no era la suya del colegio,

comenzó el niño a gritar lleno de angustia, sin que nadie contestase a

sus lamentos. Oíalos Miss Buteffull desde su cama y comprendió al punto

la causa: sin duda, nadie se había acordado en la casa de que el pobre

niño había vuelto del colegio; quizá se había puesto malo de pronto;

quizá habían entrado ladrones y lo estaban asesinando... Miss Buteffull,

compadecida, encendió la vela de su palmatoria. Un decoroso reparo la

detuvo de repente: el caso era grave... Tenía ella cuarenta y cinco

años, once el niño, la hora de la noche era avanzada. ¿Cómo entrar sola

en su cuarto?... Miss Buteffull apagó la palmatoria.

Mientras tanto, los clamores desesperados del niño despertaban también a

la doncella de Lilí, Magdalena, que dormía allí cerca, y acudía esta

presurosa en su auxilio; tranquilizábalo con gran cariño, hacíale

acostar y permanecía sentada junto a su camita, hasta dejarlo dormido

nuevamente.

Esta relación produjo en Currita una de las repentinas crisis de amor

materno que solían atacarla de cuando en cuando en sus días de

aburrimiento. Solía entonces pasar horas enteras en la Nursery jugando

con sus hijos: comíaselos a besos, llamábales sus _pichoncitos_,

hacíales traer costosos juguetes y golosinas de todos géneros; y

complaciéndose en poner en ridículo a Miss Buteffull y en decir pestes

de los padres del colegio, destruía en media hora todo lo bueno que, a

costa de mil trabajos, habían sembrado y podían sembrar en adelante

estos y aquella en los tiernos corazones de ambos niños; porque uno de

los grandes escollos en que tropiezan los esfuerzos de las personas

dedicadas a la educación, consiste en la imprudente y culpable ligereza

con que se complacen muchos padres en presentar ante sus hijos a

preceptores y maestros, no como amigos íntimos encargados de guiar sus

pasos, ni como seres benéficos que les dispensan el favor insigne de

formar sus corazones y alumbrar sus entendimientos, sino como tiranos

que les oprimen y mortifican, como carceleros cuya vigilancia hay que

burlar con ardides y tretas más o menos inocentes. Destrúyese así la

buena opinión necesaria a todo el que manda para ser respetado; la fe

humana precisa a todo el que enseña para ser creído, y sólo una cosa

existe, a nuestro juicio, que sea tan perjudicial a la educación como lo

es esta misma: la pugna que a veces descubre el niño entre la moral de

sus padres y la moral de sus maestros... Imposible es describir las

angustiosas perplejidades, las dolorosas dudas que, con harta triste

frecuencia, despiertan estas contradicciones en las almas de los niños:

vese en ellas la lucha del entendimiento con el corazón, demostrándole

aquel que es sana la doctrina del maestro, esforzándose este por

persuadirle que no puede ser mala la práctica contraria del padre o de

la madre que tanto aman, que no puede ser cierto lo que, por el solo

hecho de serlo, ha de dar irremisiblemente a aquellos seres tan amados

la patente de perversos... ¡Ah! Jamás olvidará el que escribe estas

líneas las angustias de un pobre niño, modelo de candor y de juicio, al

oír explicar cierta lección del Catecismo; quedóse el niño muy

pensativo, fuese luego poco a poco angustiando, hasta exclamar al fin

convulso, con el corazón encogido, los ojos llenos de lágrimas y

temblorosas las manitas:

--¡Entonces... entonces... mi papá es muy malo, muy malo... y se va a ir

al infierno!

Importábasele todo esto muy poco a Currita, y sus granizadas

intermitentes de besos, de mimos y de imprudencias borraban por completo

en el ánimo candoroso de Lilí los largos olvidos y la egoísta

indiferencia de su madre; mas no lograban lo mismo en el niño aquellas

sensiblerías tempestuosas. Había en el fondo de aquel tierno corazoncito

un rinconcillo oculto, en que la memoria iba depositando con implacable

fidelidad la lista de todos los agravios, como un grano de simiente

venenosa entre una vegetación salubre, como un tallo de cicuta que había

de hacer brotar en aquella selva virgen el sombrío rencor, el rencor

callado y paciente, árbol siniestro que produce a la larga los

envenenados frutos del odio. Todavía aquel corazón angelical perdonaba

fácilmente lo que reputaba por injuria; mas ya había dado un paso

adelante, ya le era imposible olvidarlo por completo.

No era, sin embargo, el aburrimiento el que había traído aquella mañana

a la condesa de Albornoz a entretenerse con sus hijos: parecía, por el

contrario, preocupada, un poco inquieta, y notábase en ella esa

agitación nerviosa de todo el que espera algo que teme o le importa.

Lilí tuvo una idea felicísima: propuso a su madre que hiciese retratar a

Paquito con sus premios. Púsose el niño muy encarnado, y movió

negativamente la cabeza.

--¡Pues es verdad!--exclamó Currita encantada--. Sí, sí, ahora mismo...

¡Verás qué bonito!... ¡A ver, Germán!... Avise usted al señor marqués

que vamos a subir a la _cabaña_ a que nos haga un retrato...

Desprendióse el niño, al oír esto, de los brazos de Lilí, que, saltando

de alegría, le abrazaba, y exclamó con enérgica ira:

--¡No!, ¡no!... ¡Papá, no!...

--¿Pero por qué?--dijo sorprendida Currita, agarrándole por un brazo.

Forcejeaba el niño por desasirse, muy colorado y conmovido, y con los

hermosos ojos llenos de lágrimas.

--¿Pero por qué, por qué?--repetía Currita.

--¡Me dijo que me fuera!... ¡Me dio dos pesetas!--gritó al fin el niño

con gran desconsuelo; y sollozando amargamente, escondió la preciosa

carita en el seno de su madre.

¡Qué rayo de luz hubiera sido aquel lamento del niño para una de esas

madres santas y prudentes que estudian y dirigen hasta el más ligero

latido del corazón de sus hijos!... En él aparecía revelado un noble

pundonor, que iba ya camino del orgullo, y una precoz propensión a la

venganza, que espera oculta y paciente la hora de devolver desaire por

desaire y ofensa por ofensa. Mas Currita sólo vio en todo aquello un

capricho de niño voluntarioso, y entre caricias y reflexiones, halagos y

amenazas, intentó persuadir al niño a que se dejara hacer el retrato:

cedió este en la apariencia, y Currita subió con ambos niños de la mano

a la espléndida _cabaña_ en que tenía el marqués de Villamelón su taller

fotográfico.

Porque el ocio, esa gran pesadumbre de los grandes, que en vez de

lágrimas tiene bostezos, había despertado en el ilustre prócer y

guerrero invicto la afición a la fotografía, no encontrando en él la

aptitud necesaria para el cultivo de otras artes más elevadas. Comer,

beber, dormir y retratar a todo bicho viviente que cruzaba ante la

magnífica lente de su cámara oscura eran las útiles tareas que llenaban

y aun hacían rebosar la vida de aquel ilustre prócer, a cuyos abuelos

cabía tanta parte en las gloriosas empresas de la antigua España.

Acudió, pues, Villamelón presuroso, como siempre, a la menor indicación

de Currita, envuelto en su fresca bata escocesa, que apenas le pasaba

de la cintura; venía con él uno de esos magníficos perrazos de

Kamschatka, de un blanco amarillento, que arrastran en su país pesados

trineos, y había sido el paje continuo de Currita en una larga temporada

en que le pareció muy espiritual hacer grandes excursiones a caballo.

Villamelón comenzó al punto a preparar la máquina con sus dedos

manchados de nitrato de plata, y Currita disponía mientras tanto el

artístico grupo en que habían de retratarse los niños. Colocóse en el

centro un gran sitial gótico, preciosa joya arqueológica y artística, y

hundidos en él ambos niños y estrechamente abrazados, habían de aparecer

examinando juntos el diploma de los premios, un exacto facsímile de una

bellísima miniatura del siglo XV; tendido a la larga ante ellos, _Tock_,

el perrazo amarillento, apoyaba el hocico en el rojo almohadón de

terciopelo en que descansaban los pies de los niños.

--¡Delicioso!--exclamaba encantada Currita--. Mira, Fernandito, parece

un cuadro de Meissonnier.

Los premios, sin embargo, no aparecían por ninguna parte, y Paquito se

encogía de hombros, asegurando ignorar dónde los había puesto.

--¡Tonto!--gritó Lilí, dándole una palmada--, si los dejaste abajo...

Y en menos de dos minutos fue por ellos y los trajo, mostrándose muy

sorprendida de que los vivos colores del diploma apareciesen desteñidos

en algunos sitios como por gotas de agua. El niño se puso muy encarnado

y no dijo una palabra: sus lágrimas de la noche anterior eran la causa

de aquellas manchas.

En aquel momento anunció un criado a Currita que el señor ministro de la

Gobernación deseaba hablarla con urgencia. Volvióse ella bruscamente a

su marido, dejando caer el diploma que tenía en la mano, y él se

incorporó asustado, quedándole por la cabeza el paño negro con que se

cubría para enfocar la máquina; por debajo asomaban sus bigotes

retorcidos, su nariz colgante, sus ojos azorados en aquel momento, fijos

en Currita, con la medrosa expresión del escolar desaplicado cogido in

fraganti.

La esposa dio dos pasos hacia el esposo, desmintiendo con los rayos, que

de sus claros ojos brotaban, la suave vocecita y el pausado tono con que

dijo:

--¿Pues no comió ayer aquí ese _buey Apis_?...

--Es un animal--replicó el marido; y para ocultar su turbación,

escondióse bajo el paño negro, poniéndose a enfocar de nuevo la máquina.

--Óyeme, Fernandito, que te estoy hablando--añadió Currita con relamida

pausa.

Incorporóse de nuevo Fernandito, cada vez más turbado, sin quitarse el

paño negro de la cabeza.

--¿Dijo anoche algo el _buey Apis_ sobre el nombramiento?

--Nada--balbuceó Villamelón.

--¿Nada?... ¿Estás cierto?...

Los labios de Villamelón temblaron como tiemblan los del chico que va a

soltar una mentira.

Y pensándolo mejor, sin duda, recordó al cabo Fernandito que el ministro

de la Gobernación, el _buey Apis_, como por razón de su corpulencia le

llamaban, tan sólo le había dicho que el pastel de ratas debía de ser

muy indigesto. ¡Vaya usted a ver qué tontería! Pero en cambio manifestó

a Juanito Velarde que aquello no podía quedar así, que nadie se burlaba

impunemente del Gobierno y que estaba decidido a reclamar de Currita la

aceptación del nombramiento, apoyándose en una carta que--¡frase poco

ministerial!...--había de refregarle por los hocicos...

--¿Una carta?--exclamó Currita realmente sorprendida--. ¿Pero de

quién?...

--¡Mía!... ¡Mía!...--balbuceó Villamelón; y comprendiendo que con esto

soltaba el trueno gordo, pidió a la tierra que se lo tragase. Mas la

tierra no tuvo por conveniente darle gusto. Currita avanzó otros dos

menudos pasitos, y suavizando más y más su acento, mientras más y más se

encolerizaba, añadió:

--¿Pero tú le has escrito, Fernandito?...

Villamelón bajó la cabeza anonadado.

--¿Pero no te dije que fueras a hablarle?... ¿Que en todo este negocio

no había que soltar por escrito una sola letra?... ¿Lo ves,

Fernandito?...

Villamelón retrocedió un paso como quien espera un cachete, y Currita

adelantó otro, diciendo después de una pausa:

--¿Y dijo que iba a... a... a presentarme esa carta?

--Eso decía Velarde.

--¿Estás seguro?...

--Segurísimo.

Villamelón dio otro paso atrás y Currita otro adelante, repitiendo con

tan suave voz que parecía una caricia:

--¿Lo ves?... ¿Lo ves, Fernandito?...

Y tirando de repente con rabioso arranque del paño negro, hundióle la

cabeza a su ilustre esposo en la especie de saco que aquel formaba;

volvió luego la espalda pausadamente, y sin perder su suavidad, salió de

la _cabaña_.

Lilí se reía a carcajadas al ver a su padre forcejeando por sacar la

cabeza del saco negro, y corrió a Paquito para decirle al oído un

secreto muy grande, muy grande...

--¡Pero qué tonto es papá!...

Paquito no la escuchaba, sin embargo: durante toda esta escena había

sentado en el sitial gótico a _Tock_, el perrazo amarillento, que se

dejaba manejar con esa especie de cariñosa paciencia con que a los niños

soportan los perros. Colgóle después de su collar de hierro repujado las

cinco medallas de los premios, y colocándole en la cabeza el diploma en

forma de cucurucho, gritó a Lilí con extraño acento:

--¡Anda, que lo retrate papá!... ¡A _Tock_ le doy yo todos mis

premios!...

Mientras tanto, pasmábase el lacayo al oír que su señora le daba, al

pasar, la extraña orden de encender sin pérdida de tiempo la chimenea

del _boudoir_, era aquel día el 25 de junio y el calor comenzaba ya a

ser sofocante. Obedeció, sin embargo, con esa especie de impasibilidad

automática, propia de los criados de grandes casas, y cuando el

excelentísimo ministro de la Gobernación, don Juan Antonio Martínez,

_buey Apis_, por otro nombre, entró en el _boudoir_, ardía ya en la

chimenea un alegre fuego, y a su lado le esperaba Currita, tendida en

una chaise longue, envuelta en una bata de raso, perfectamente

enguatada, y arropados los pies con un plaid escocés finísimo:

descansaba su cabeza en una gran almohada con lazos color de rosa, y

tendiéndole al verle entrar su franca manecita, dijo con la débil voz de

un enfermo desahuciado:

--¡Adiós, Martínez!... Sólo a usted hubiera yo recibido hoy.

El _buey Apis_ dio un mugido, expresión fiel de la admiración, la

sorpresa y el sobresalto que al punto le embargaron, y comenzó a sudar a

la vista de la chimenea encendida.

--¿Pero qué es esto, señora condesa?--exclamó desolado--. ¿Sigue la

jaqueca?...

--Fatal... ¡Fatal estoy!--contestó Currita--. Creo que tengo

calentura... ¡y unos escalofríos!...

Y la muy ladina estremecía el débil cuerpecillo, señalando al mismo

tiempo al ministro una pequeña _marquesita_ colocada junto al fuego y al

alcance de su mano: en ella se sentó el excelentísimo Martínez,

dispuesto a dejarse tostar en su mullido asiento como san Lorenzo en las

parrillas.

--¡Lo siento... lo siento en el alma!--dijo.

Y con sencillez verdaderamente progresista, añadió, recordando la

rústica farmacopea de su tierra nativa:

--¿Por qué no se pone usted dos ruedas de patatas en las sienes?... Eso

alivia mucho.

--¿Patatas?--exclamó Currita estremeciéndose de espanto. ¡Jesús,

Martínez, por Dios!... Prefiero la jaqueca.

Martínez comprendió que había asomado la oreja lugareña bajo la piel del

ministro cortesano, y entró en materia, dejando a un lado compasivos

preámbulos y recetas caseras.

--Siento entonces venir a aumentarle a usted la jaqueca; pero el negocio

es grave y urgente...

La condesa acomodó la roja cabecita en su blanda almohada con lazos rosa

y fijó en el ministro sus claros ojos, que expresaban admirablemente la

extrañeza. Afianzóse Martínez las gafas de oro, torció la descomunal

cabeza, y amenazando a Currita con su gordo y porrón dedo, como hace el

dómine que echa al niño una reprimenda cariñosa, le dijo:

--En Palacio están muy disgustados...

Currita se encogió de hombros, haciendo un gracioso pucherito como quien

dice: ¿Y a mí qué me cuenta usted?...

--Sí, señora--prosiguió el ministro--. Su majestad el rey, muy

ofendido... Su majestad la reina, sentidísima.

Diole a Currita ganas de reír la pomposa hinchazón con que pronunciaba

el ministro demócrata aquellas sonoras palabras: Palacio...,

majestad..., rey..., reina, que parecían llenarle la ancha bocaza, y

preguntó con su suavidad acostumbrada:

--¿Quién?... ¿_La Cisterna_?...

Crecióse el ministro como un toro de Veragua al que plantan una pica.

--No, señora--exclamó ofendido en su orgullo dinástico--; su majestad la

reina de España, doña María Victoria.

--¡Ya!...--dijo Currita--. ¿Y qué tengo yo que ver con los sentimientos

de esa señora?...

--¿Qué tiene usted que ver?...--exclamó el ministro, sofocado por el

calor de la chimenea y la calma zumbona de Currita--. ¿Pues le parece a

usted poco solicitar el cargo de camarera mayor, para desairarlo luego

después de concedido?... ¿Así se juega con una reina modelo de virtudes?

¡Pues sepa usted que el Gobierno está decidido a reclamar

enérgicamente!...

Y el ministro, descompuesto, sudando la gota gorda, colorado como una

remolacha, y con ambos puños apoyados en las respectivas rodillas,

fijaba en Currita sus ojos de besugo, como si pretendiese tragársela de

un solo bocado. No le intimidaban, sin embargo, a ella los mugidos del

_buey Apis_; incorporóse un poquito, y muy extrañada y ofendida, y con

los claros ojos fijos siempre en el vacío, comenzó a decir con su suave

vocecita algún tanto apurada:

--¡Pero Martínez, por Dios, no se descomponga así!... ¡Se pone usted tan

feo!... Preciso es que haya en eso alguna equivocación, algún _quid pro

quo_, para que un hombre de su talento de usted diga semejantes

desatinos... ¿Yo, camarera de _la Cister..._ quiero decir, de doña

Victoria?... ¿De dónde ha salido eso?

--¡De usted misma, señora condesa, de usted misma!--gritó el ministro--.

¿Se atreverá usted a negar delante del ministro de Ultramar que ha

solicitado el cargo de camarera, con tal que diesen a Velarde la

Secretaría del rey, y a usted seis mil duros de sueldo?...

--¡Pues ya lo creo que lo negaré!--contestó Currita con todo su

desparpajo.

--¿Sí?... Pues veremos si su marido de usted lo niega igualmente, cuando

todos los periódicos de Madrid publiquen esta carta.

Y el _buey Apis_ sacó una de su bolsillo, que puso extendida ante los

ojos de Currita, como si pretendiese cumplir su bestial amenaza de

refregársela por los hocicos. La condesa fue a echar mano al papel con

grande prisa, pero el ministro lo retiró al punto, diciendo brutalmente:

--¡Ca!... Esta no la suelto yo ni un momento; pero ahora mismo la oirá

usted de cabo a rabo.

Pequeñeces · 第 4 / 35 段