apoyado en la autoridad de sus años, en la confianza del parentesco que
con Villamelón tenía y en su dignidad de jefe de la _brigada femenina_
conspiradora, le pidió categóricas explicaciones del hecho... Mas
Currita, volviendo a abrir palmo y medio los claros ojos y muy espantada
y ofendida, y casi llorosa, se limitó a repetir la historia ya referida,
con nuevas afirmaciones y protestas... Suponer otra cosa era un insulto
verdadero. ¿Por quién se la tomaba a ella? ¿Pues no había dado toda su
vida pruebas del más leal afecto a la real familia?... Y aun cuando ella
fuese capaz de semejante infamia, ¿se la hubiera permitido acaso
Fernandito, cuya sangre había corrido en el combate _navo-terrestre_ de
Cabo Negro, al grito de Isabel II?... Justamente tenía él tal odio a la
intrusa casa de Saboya, que jamás ponía el sello de una carta sin
colocar al pobre don Amadeo con la cabeza para abajo. ¡Que lo había
dicho Isabel Mazacán, cuyas intimidades con el ministro revolucionario
debía hacerla a ella misma tan sospechosa!... ¿Pues no sabía todo el
mundo que la tal condesa de Mazacán era una intriganta, que andaba
detrás del viaje a Roma con la reina, para tapar a García Gómez ciertos
líos antiguos que debía de arreglar allí con un príncipe italiano?...
Y tales cosas dijo Currita, y tales protestas hizo, y con tal acento las
pronunció, que el mismo Butrón con ser tan ducho, se quedó perplejo, y
entre las afirmaciones contrarias de aquellas dos condesas igualmente
tramposas, sólo sacó en claro una nueva confirmación de aquel principio
práctico que de toda la vida había profesado: la mujer aborrece a la
serpiente por celos y envidias del oficio.
Mientras tanto, la berlina corría desempedrando las calles y doblando
las esquinas, con esas airosas vueltas que imprime a un fogoso tronco
la hábil mano de un cochero experto. A la mitad de la calle del Turco, y
dominando el ruidoso rodar del carruaje, llegó a oídos de la pareja un
extraño rumor lejano: esa especie de sordo mugido, amenazador,
imponente, que sólo es común al mar encrespado y a las muchedumbres
alborotadas... Currita y Butrón miráronse sorprendidos, y repararon
entonces en algunos transeúntes que venían presurosos de la calle de
Alcalá, y en el conserje de la Escuela de Ingenieros, que cerraba
apresuradamente la puerta de este edificio. Era esto harto común en
aquellos tiempos de alborotos continuos, y la berlina avanzó, sin
acortar su carrera, hasta la calle de Alcalá, para tomar luego por la
del Barquillo.
Era esto, sin embargo, imposible; un largo y compacto cordón humano,
compuesto de una muchedumbre heterogénea y abigarrada, llenaba de un
cabo a otro la calle de Alcalá, cubriéndola en toda la gran extensión
que por ambos extremos abarcaba la vista.
Era aquella una manifestación pacífica de la democracia, que con grandes
clamores y largos garrotes y extrañas banderas enarboladas se dirigía a
Palacio pidiendo la entrada en el ministerio de don Manuel Ruiz
Zorrilla.
El cochero de Currita, Tom Sickles, enorme tipo del automedonte
británico, que pedía a voces el tricornio y la peluca empolvada, y se
había sentado en Londres en el pescante del duque de Edimburgo, y en
París en el de la princesa Matilde, dirigió los caballos corriendo a lo
largo de la manifestación, por ver si adelantaba la cabeza de esta y
podía entrar por la calle del Caballero de Gracia o por la de Peligros.
También era ya tarde, y viose precisado a detenerse frente al
Veloz-Club, entre el remolino que allí se iba amontonando, de lujosos
trenes que volvían de la Castellana y humildes simones que pretendían
inútilmente cruzar de un lado a otro. Butrón quiso volver atrás y salir
por cualquiera bocacalle a la Carrera de San Jerónimo.
--¡Pero si esto es muy divertido!--decía Currita con infantil
alborozo--. ¡Qué delicia!... Mire usted, Butrón; mire usted qué
graciosos van todos con sus cintitas encarnadas... ¡Uy, aquel
jorobadito!... ¡Qué mono!... ¡Ah, pícaro!... ¡lleva una bandera en que
pide _reforma_!... ¡Pues claro está que la necesita!... ¡pobrecito!,
¡sobre todo por la espalda!...
Otro carruaje se interpuso en aquel momento entre la muchedumbre y la
berlina, impidiendo la vista a Currita: en él iba el gobernador civil de
Madrid, muy rollizo y pomposo, que se dirigía a Palacio y veíase forzado
también a detenerse.
--Ahí va ese mastodonte--dijo Butrón al oído de Currita--. En cuanto nos
vea juntos se figura que conspiramos.
Estas sencillas palabras del diplomático parecieron despertar en Currita
una de esas ideas atrevidas que se conciben de repente, por más que
tarden en madurar años enteros. Asomóse a la portezuela como si desease
que el gobernador la viera, y sin contestar al respetuoso saludo que al
divisarla este le hizo, metióse bruscamente para dentro y se cubrió con
el pañuelo parte del rostro, como si quisiera entonces esconderse.
--¡Qué mal huele la democracia!--decía para ocultar a Butrón aquellas
maniobras--. ¡Pero qué peste echan!...
El coche del gobernador arrancó al fin trabajosamente a lo largo de la
calle, y desde aquel momento, nerviosa y agitada Currita, pareció
impacientarse mucho por aquella misma detención que poco antes la había
divertido tanto. Frente a frente de ella, un poco más hacia la Puerta
del Sol, asomaban por los balcones del Veloz-Club, bajo sus toldillos de
verano, aristocráticos racimos de cabezas de gomosos desocupados, que
miraban el democrático desfile con esa especie de medrosa curiosidad
burlona, a la vez que tímida, con que se contemplan desde lo alto de un
tendido los terribles retozos de una piara de ridículas bestias feroces;
parecíales imposible en aquel momento que la bestia pudiera alguna vez
alzar su zarpa hasta ellos. La vista de aquellos elegantes espectadores
acabó de impacientar a Currita, y de tal modo se enardeció ante ellos su
afán de exhibirse y singularizarse, que tiró del cordoncillo hasta
descoyuntar el dedo del cochero, y sacó la cabeza por la ventanilla
gritando:
--_Go on, Tom, go on_! _Run Through_!... _Carry them off_!...[4]
[Nota 4: ¡Adelante, Tom, adelante!... ¡Atraviesa!...
¡Arróllalos!...]
Tom no se hizo repetir la orden: sacó el hercúleo pecho, tirando de las
riendas, con el esfuerzo de aquellos antiguos aurigas esculpidos por
Fidias en los frontones del Partenón, de pie sobre un carro, deteniendo
con una mano el galope de cuatro caballos. Piafaron los suyos,
encabritándose, castigóles él suavemente con la fusta, y aflojando de
repente las bridas, los lanzó con la velocidad y el empuje de una flecha
a través de la turba democrática, desapareciendo como un relámpago por
la calle de Peligros.
Un alarido terrible de terror y de ira salió de la muchedumbre, que se
bamboleó a uno y otro lado del surco abierto por el coche; comenzó la
gente a correr asustada, los gomosos del Veloz-Club se metieron para
dentro, cerrando prontamente sus balcones, y el jorobado que pedía
_reforma_ estuvo a pique de sufrirla por completo entre los pies de los
caballos y las ruedas de la berlina.
Mientras tanto, asombrado Butrón de aquel brusco arranque, y muerto de
susto ante audacia tan temeraria, echaba a toda prisa las cortinillas
para que no le viesen; y Currita, riendo como una loca, se asomaba por
el vidrio de la trasera para ver a los transeúntes refugiarse asustados
en los portales, y a los guardias públicos correr detrás de la berlina,
haciendo señas de que parasen. Mas Tom Sickles, arrebatada la cara de
remolacha, hacía terribles visajes, como si llevase los caballos
desbocados, mientras con suaves vibraciones de las riendas más y más los
azuzaba. En la calle de Isabel la Católica, Tom Sickles hizo otro
prodigio: coche y caballos quedaron parados en firme, de un golpe, ante
la embajada alemana. La señora estaba servida, mereciendo él la corona
triunfal de los Juegos Hípicos.
Currita encontró enfilados a la puerta de su casa tres coches,
reconociendo al punto en uno de los cocheros la escarapela encarnada,
propia de los ministros. Apeóse entonces en las mismas caballerizas, y
por una escalera reservada para el uso de la servidumbre llegó a sus
habitaciones sin ser vista de nadie. Al ruido de la campanilla acudió
Kate, la doncella inglesa de la señora.
--¿Quién está con el señor?--preguntó a esta.
--El señor ministro de la Gobernación... El señor duque de Bringas y don
Juan Velarde juegan en el billar.
--Dile a don Joselito que no recibo a nadie... Tengo mucha jaqueca.
Kate pareció titubear un momento y se decidió al fin a decir
tímidamente:
--¿Ni tampoco a don Juan Velarde?...
--Tampoco: a nadie, a nadie...
De nuevo volvió a insinuar Kate con mucha delicadeza:
--El señorito volverá hoy del colegio...
--¡Es verdad!... ¡Pobre Paquito!...
--Y querrá ver a la señora...
--No, no... que se entretenga con Lilí... Mañana lo veré... ¡Tengo una
jaqueca horrible!
--IV--
Cuando Paquito Luján llegó a su casa comenzaba a oscurecer, y la
escalera y el vestíbulo estaban ya completamente iluminados: cuatro
grandes estatuas desnudas, de mármol blanco, alumbraban este y aquella,
elevando sus manos artísticos candelabros de bronce con seis mecheros.
Al pie de la escalera, un enorme oso de Noruega sentado gravemente sobre
sus patas de detrás, presentaba con las de delante una bandeja de plata
destinada a recibir las tarjetas de visita. Era este un capricho del
príncipe de Gales que había visto Currita en el palacio de Sandringham,
y apresurádose a copiar a costa de dinero.
La aflicción del niño había desaparecido, con esa dichosa rapidez con
que se suceden en la infancia emociones a emociones. La impaciencia, la
natural impaciencia, mezcla de ternura de hijo y del deseo de ser
alabado, era la que le agitaba en aquel momento, ansioso de caer con sus
premios en los brazos de su padre, de su madre, de Lilí, su hermanita
del alma... Sentado en el testero del carruaje, con sus premios muy
agarrados, apoyaba los piececillos en el asiento de enfrente, haciendo
verdaderos esfuerzos para delante, que creía él ayudaban al coche a
rodar más rápidamente.
Al entrar en Madrid hubo que perder cuatro minutos encendiendo los
faroles, y un poco más allá los empleados del resguardo detuvieron de
nuevo al coche para registrarlo todo de arriba a abajo... ¡Qué
desesperación! ¡Qué feos y qué tontos eran aquellos hombres! De seguro
que ninguno de ellos había tenido nunca padre ni madre, ni Lilí, ni
sacado en todos los días de su vida un solo premio... Cuando él fuera
grande había de ahorcar a todos los empleados del resguardo, colgándolos
como los chorizos que había visto una vez en la chimenea del capataz del
Encinar, allá en Extremadura... ¡Y todavía, al doblar la esquina de la
Universidad, se atravesó un coche, y después un carro de mudanzas y
luego un gran ómnibus, y hubo que perder otros tres minutos! Al entrar
al fin en la última calle, ya tenía el niño la mano en la llave de la
portezuela, dispuesto a abrirla, asomando al mismo tiempo la carita,
porque de seguro estarían esperándole en algún balcón su padre, su
madre, o Lilí, o quizá los tres juntos... Ya les enseñaría él desde allí
abajo los premios, y creerían que no era más que uno, y verían luego que
eran cinco y dos excelencias. ¡Qué risa entonces!... Pero los balcones
estaban todos cerrados, y no se veía en ellos alma viviente. El coche
entró al fin en la casa, haciendo retemblar los cristales de la gran
mampara, y se detuvo al pie de la anchurosa y alfombrada escalera...
También estaba esta vacía, y sólo vio el niño al pie de ella al grave
oso de Noruega, _Bruin_, como le llamaban en casa, abriendo su gran boca
armada de dientes enormes y presentándole la bandeja, como si le
invitara a depositar en ella sus premios. Mas no los soltó el niño, y
oprimiéndolos contra su pecho, subió a brincos la escalera, hasta llegar
al vestíbulo; cerróle allí el paso una extraña figura que se paseaba de
un lado a otro con las manos a la espalda. Era un enano feísimo, pero
perfectamente proporcionado: verdadero pigmeo, émulo de aquel famoso
Roby que presentaron en la mesa del rey de Sajonia dentro de un pastel
de venado. Tendría poco más de un metro de altura, y hallábase
correctamente vestido de etiqueta, frac y corbata blanca, calzón corto,
media de seda negra y zapato con hebilla. Llamábanle en la casa _don
Joselito_, y cobraba siete mil reales de sueldo, con la sola obligación
de anunciar las visitas y realzar con su estrafalaria figura la aureola
de elegante originalidad que rodeaba en todo a Currita.
Inclinóse el enano respetuosamente ante el señorito, y con su vocecilla
chillona y algún tanto imperiosa, díjole que no podía ver a la señora,
por haberse acostado media hora antes con una espantosa jaqueca. Un
repentino vapor de lágrimas vino a empañar los hermosos ojos azules del
niño; volvió bruscamente la espalda al enano sin decir palabra y echó a
correr hacia las habitaciones de su padre.
Allí estaba Villamelón, repantigado en una butaca, hablando
misteriosamente con el ministro de la Gobernación. Lanzóse el niño a su
padre, y echándole los brazos al cuello, le dio dos besos.
--¡Hola, caballerito!--exclamó Villamelón--. ¿Ya de vuelta?... ¡Me
alegro!...
Y como viese que con cierto rubor orgulloso le presentaba el niño sus
premios, añadió sin tomarlos:
--¡Hola, hola, los premios!... ¡Pobre chiquitín!... ¡Muy bonitos!...
Bien, bien, me alegro... Ea, toma... toma, y dile a Germán que te lleve
esta noche al circo.
Y entregándole al niño dos pesetas que había sacado del bolsillo del
chaleco, volvió a reanudar su misteriosa conversación con el señor
ministro.
Quedóse el niño parado un momento, con los ojos abiertos; dio luego una
repentina media vuelta, girando sobre una pierna, y encarnado como la
grana, bamboleándose cual si estuviera ebrio, fue a arrimarse a una
mesita llena de caprichosas chucherías; había debajo una figura
japonesa, con la boca muy abierta, y por ella arrojó el niño, con mucho
disimulo, el regalo de su padre, las ¡dos pesetas!... Luego echó a
correr, saliendo disparado del saloncito; detúvose un momento en el
dintel, detrás de las cortinas, y agobiado, con los bracitos colgando y
caída la cabecita, siguió una galería que iba a parar a la Nursery[5],
al destierro, a la Siberia de los niños, que el desapegado egoísmo de la
condesa de Albornoz había importado para sus hijos de Inglaterra a su
casa.
[Nota 5: Llámase en Inglaterra Nursery al departamento especial en
que viven los niños con sus criados completamente aislados del resto de
la familia.]
Resonaba en el fondo de la galería un piano destemplado que parecía
balbucear, de mala gana, un monótono tema de los ejercicios de Hanon.
Esta música sonó, sin embargo, como un concierto celeste en los oídos
del niño; desapareció su abatimiento, renació su alegría y echó a correr
de nuevo hacia aquella estancia.
--¡Lilí!...
--¡Paquito!...
Y un ángel, una bellísima muñeca de nueve años, saltó del asiento del
piano para caer en los brazos del niño, confundiéndose por un momento
con sus besos, sus gritos, su risa, su alegría, sus almas inocentes y
sus vidas inmaculadas, como se confundían los bucles de oro que
rodeaban, como una aureola de rayos de sol, las preciosas cabezas de
ambos.
El niño se acordó al fin de sus premios.
--¡Mira!... ¡Mira!...
Lilí abrió mucho los ojos admirada, apretó los labios y echó atrás las
manitas; su crítica fue la crítica de las grandes admiraciones, la
crítica monosílaba.
--¡Uy!--dijo.
--¡Cinco!... ¡Son cinco y dos excelencias!...
--¿Me darás uno, Paquito?
--¡Tonta!... Eso no se da... Se pone en un marco... Pepito Vargas dice
que su mamá se los pone en un marco...
--¿Grande..., grande?--dijo Lilí, indicando con sus manitas uno capaz de
encerrar al _Pasmo de Sicilia_.
--Sí, grande, grande... Y mira: este es de Aritmética, y este...
No pudo continuar el niño; una mano seca, pegada a un puño inmaculado,
salió por entre las cortinas, y después un brazo largo, y luego un
hombro puntiagudo, y más tarde un rostro encarnado, característico,
original, británico, como la cerveza de Bass o las galletas de
Huntley...
--¡Mademoiselle!--dijo Lilí asustada.
Y la mano seca, pegada al puño inmaculado, agarró a la niña por un brazo
y se la llevó para adentro, oyéndose una voz metálica, estridente, que
desgarraba el tímpano como un resorte que rechina.
--_What's that, Miss_?... _You have to learn your piano lesson until
eight o'clock_...[6]
[Nota 6: ¿Qué es esto, Miss?... Hay que estudiar la lección de piano
hasta las ocho.]
Entonces huyó el niño de allí desolado; corrió ciego a la Nursery y se
arrojó de cabeza en su blanca camita, con la enconada amargura y la
sombría desesperación del suicida que se arroja, solo y sin esperanzas,
en un abismo oscuro, negro, profundo... El sueño, el sueño bendito, fiel
amigo de los niños, suave consolador de todos sus pesares, vino al fin a
acallar sus sollozos y contener sus lágrimas, adormeciéndole allí mismo,
sin variar de postura, vestido todavía y con sus premios en la mano...
Y mientras tanto, Villamelón proseguía su misteriosa plática con el
ministro. Contaba por aquel entonces el marqués más de cuarenta años, y
los estragos de su juventud salíanle prematuramente al rostro. Colgábale
la nariz encarnada y algo granujienta, hundíansele las mejillas, dejando
salir los pómulos; arqueábasele ya el abdomen, y todo anunciaba en él
esa caricatura de la juventud en que consiste la vejez de muchos. Su
cuerpo había sido gallardo y conservaba aún restos de arrogancia; mas
su rostro ofrecía perfecta semejanza con el de aquel enano de Felipe IV,
titulado _El Primo_, que retrató Velázquez y copió Goya, grabándolo al
aguafuerte: tenía la misma nariz colgante, los mismos ojos tristes, el
mismo bigote retorcido, la misma frente extensa y pensadora, con la sola
diferencia de que Villamelón partía por medio su ya escasa cabellera con
una raya que, arrancando de la raíz del pelo, llegaba hasta el cogote,
formándole sobre las orejas dos pequeños cuernecitos.
Y aquella frente elevada, de abultados parietales, que reclamaba para sí
el dicho de la zorra al busto: _Tu cabeza es hermosa, pero sin seso_,
tenía, en efecto, actitudes magníficas cuando, surcada por un pliegue
vertical, se inclinaba, como en aquel momento, al excelentísimo señor
don Juan Antonio Martínez, ministro de la Gobernación, y le decía con el
aire de Bismarck a Gortschakoff, al establecer entre ambos el equilibrio
europeo:
--Desengáñese, usted, Martínez... La tesis del doctor Wood es absurda...
Nadie me probará que el pastel de ratas sea superior al de erizos y
ardillas... ¿Usted me entiende?...
El excelentísimo Martínez hizo un gesto que no significaba si entendía o
dejaba de entender; desde que el pobre señor había pasado el puente
natural que lleva del banco azul a las grandes mesas de la corte,
caminaba de indigestión en indigestión, y sentía en el estómago la
nostalgia de aquellas nutritivas sopas de ajo, no digeridas del todo,
que habían hecho de él un tanto robusto hombre de Estado, y fueron su
cotidiano alimento en los tiempos en que rompía sus primeros calzones
entre los pilletes de cierta playa de las costas asturianas... ¡Santo
Dios, y qué dolores de tripas más atroces le había costado el _pâté
foie-gras_ del último viernes de Palacio! ¡Qué _coliquera_ más terrible
_le chou à la crème_ que sirvieron dos días antes en la embajada
francesa!... El excelentísimo Martínez creyóse por un momento
envenenado, y desde entonces fue para él artículo de fe aquel principio
de Addison:
«Cuando veo las mesas a la moda cubiertas de todas las riquezas de las
cuatro partes del mundo, me imagino ver la gota, la hidropesía, la
fiebre, el letargo y la mayor parte de las enfermedades, ocultas en
emboscadas, debajo de cada servilleta.»
--Usted lo ha de ver, Martínez--prosiguió Villamelón--; el jueves
próximo haré servir los dos pasteles sin decir lo que contienen, y
veremos por cuál se declaran las opiniones. ¿Me entiende usted,
Martínez?... Excuso decirle que cuento con su voto.
Erizáronsele los cabellos al excelentísimo Martínez ante la perspectiva
de una indigestión de ratas... ¿Cómo podría curársela, si no era
tragándose un gato?
--Y todo eso--prosiguió Villamelón con ligerísima sonrisa que denunciaba
traidoramente su convencimiento íntimo de la superioridad con que
manejaba el asunto no es más que la excentricidad inglesa, influyendo y
echando a perder su cocina... Y cuidado que yo soy imparcial, porque mi
cocina es la cocina eléctrica: lo mejor de lo mejor, venga de donde
viniere: este es mi lema. ¿Me entiende usted, Martínez?... Pero no hay
que darle vueltas, amigo mío, y por más que digan, en la cocina, como en
todo, Francia camina la primera. Esto no tiene vuelta de hoja,
Martínez... Los ingleses devoran, los alemanes zampan, los italianos
comen, los españoles se alimentan; pero sólo los franceses gozan, y ahí
está el quid, Martínez: en gozar, en gozar comiendo. ¿Me entiende usted?
Martínez no entendía, y tomando por burla lo que sólo era cansada
muletilla de Villamelón, tanto _Martínez_ y tanto _¿me entiende?_, se
apresuró a responder algo amostazado:
--¿En gozar?... ¡O en reventar, señor marqués, que no es lo mismo!...
--¡No, no, no y mil veces no, Martínez! Eso es una de tantas
preocupaciones. ¿Me entiende usted? Cierto que el hombre es un ser
débil, insuficiente, que apenas puede soportar ocho comidas diarias;
pero la indigestión no proviene de comer mucho, sino de comer mal...
Déme usted un cocinero de primera fuerza, de raza, _d'élans_, y yo le
garantizo salud eterna... ¡Oh, bien lo entendía el príncipe Orloff con
su ojo tuerto y su brazo manco!... Yo le he visto en París elegir
cocinero en público concurso; acudieron diez a su palacio de la embajada
rusa: yo fui del jurado, y probamos, antes de fallar, ciento cuarenta
platos[7]. ¡Ah!, no, no, Martínez; no es el comer mucho, lo que trae la
indigestión... Mi santa madre lo decía: Tripa llena, alaba a Dios.
[Nota 7: Histórico.]
Y se quedó tan orondo con la cita, porque una de las genialidades de
Villamelón era la de nombrar de continuo a su madre, anteponiéndole
siempre el calificativo de santa, y poniendo en su boca aforismos tan
singulares, y de mal gusto a veces, como el que acababa de soltar.
Entraron en esto el duque de Bringas y Juanito Velarde, que habían
terminado ya su partida de billar, y a poco anunció un criado que la
señora condesa no asistiría a la comida por haber tomado ya un
_consommé_ en sus habitaciones, y acostádose al punto con una fuerte
jaqueca.
Esta noticia pareció afectar muy poco al caro esposo de la dama y al
duque de Bringas; al ministro de la Gobernación hízole, por el
contrario, malísimo efecto, dando a sospechar, por sus muestras de
disgusto, que algo que la ausencia de Currita chasqueaba por completo le
había traído allí y héchole aguantar con paciencia las majaderías
culinarias del héroe del combate _navo-terrestre_ de Cabo Negro; como
Butrón temía, el nombramiento de camarera mayor comenzaba a mover la
cola. Juanito Velarde pareció también muy contrariado, comió poco y
habló menos durante toda la comida. Villamelón hizo el gasto, como
siempre, blandiendo el trinchante de oro macizo, regalo de Fernando VII,
que usó durante toda su vida, y pasando por las tres distintas fases que
en aquella hora solemne se reflejaban en su persona: hondamente
preocupado al principio, como hombre que tiene entre manos el más grave
negocio; comunicativo, pero dogmático; afable, pero todavía circunspecto
a los medios, y alegre, bonachón, magnánimo y hasta tierno a los
postres, como si la corriente de satisfacción que le brotaba del
estómago le dotase de aquellas cualidades que no poseía en ayunas. Esta
era la hora de pedirle favores, seguro de alcanzarlos, y esta era la
hora también en que Villamelón, arrastrado por un resabio de educación
malísima que jamás pudieron quitarle ni su santa madre, ni su dulce
esposa, hacía bolitas de miga de pan con la punta de los dedos y las
disparaba a las narices de los comensales, con muestras del más cariñoso
agasajo y el más tierno regocijo.
Mientras tanto, si algún diablo cojuelo hubiese levantado el techo del
_boudoir_ de la condesa de Albornoz, hubiérase descubierto una extraña
escena: hallábase este alumbrado por una gran lámpara, sostenida por un
negro desnudo, de tamaño natural, admirablemente tallado en ébano, y
Currita, sentada ante un pequeño _secrétaire_ muy bajo, parecía
completamente absorta en un singular estudio caligráfico, mientras
vagaba por sus labios una finísima sonrisa, semejante, no en lo
terrible, pero sí en la solapada y astuta, a la que puso el genio de
Liezen-Mayer en los labios de Isabel de Inglaterra, al representarla en
el acto de firmar la sentencia de muerte de su prima María Stuard.