Aquella misma tarde quiso Fernando examinar de cerca a su ahijado, y en

su propia cámara, hundido él en su poltrona, puso al recién nacido sobre

sus rodillas, abrióle la boquita con un dedo, y metióle su nariz de pura

raza borbónica, como si quisiera examinarle la embocadura del esófago.

El caso era portentoso, y asustado Fernando al cerciorarse de ello,

retiró la nariz prontamente... El tierno Villamelón había venido al

mundo con toda la dentadura completa.

Enrique IV nació con dos dientes, Mirabeau con dos muelas, y quien de

tal modo superaba al gran rey, y se sobreponía al famoso tribuno,

preciso era que diese también de sí grandes cosas. Villamelón padre

lloraba de gozo, y el conde de Alcudia, que allí se hallaba presente, le

aconsejó que emplease para la lactancia de su hijo las veintisiete vacas

y cuarenta cabras que servían de amas de cría al hipopótamo parvulito,

regalo de Abbás-Pachá, que se criaba en París, en el jardín de las

plantas. Mas Fernando VII opinó que le diesen de mamar chuletas, y lo

destetaran luego con aguardiente, y aquella misma noche envió a su

ahijado, como regalo de padrino, un gran trinchante de oro macizo, que

tenía esculpidas en el cabo las armas de España.

La reina deseó también cerciorarse del prodigio, metiendo la punta de su

rosado dedo en la boca de Villameloncito, y don Tadeo Calomarde, que

llegó en aquel momento, quiso hacer la misma experiencia,

introduciéndole el suyo manchado de tinta. Mas el niño apretó entonces

fuertemente sus precoces herramientas, haciendo lanzar al ministro un

ligero chillido.

--Se conoce que no es tonto--dijo Fernando VII.

Rieron todos la agudeza del monarca, y la frase salió de la cámara

regia, cruzó por los salones, pasó por las antesalas, y al bajar las

escaleras comentábanla ya todos, muy admirados del talento de la

criatura, asegurando que a los tres días de nacida había recitado a su

augusto padrino el Padrenuestro, el Avemaría, parte de la letanía

lauretana y una fabulita de don Tomás Iriarte; aquella que empieza:

Por entre unas matas

Seguido de perros,

No diré corría,

Volaba un conejo...

El caso era prodigioso, y de entonces dató la fama de hombre de talento

que había de gozar el marqués futuro de Villamelón, hasta que los

repetidos esfuerzos de sus majaderías dieron con ella al traste.

A los veinte años cumplidos, y puesto ya, por muerte de su padre, en

posesión de su título, entró en la Academia de Artillería, y el año de

59 marchó a la guerra de África, a bordo de la escuadra que mandaba el

general don Segundo Herrera. Ansioso de pisar suelo africano y teñir su

espada virgen en sangre agarena, saltó Villamelón a tierra, en el sitio

que llaman de Cabo Negro, con ánimos bastantes para atravesar todo

Marruecos y llegar a Túnez, donde un su abuelo había ganado la Grandeza

entrando en la Alcazaba con don Juan de Austria... Mas de repente

brotaron de entre las cerradas malezas que cubrían la rojiza playa como

el áspero vello de una fiera bestia, varios rifeños dispersos, que

recibieron a los exploradores con el fuego de sus espingardas...

Villamelón no titubeó un momento: olvidóse de Marruecos, renunció a

Túnez y renegó de aquel su abuelo que ganó la Grandeza en la Alcazaba,

para ganar él la chalupa a toda prisa y refugiarse en el último rincón

de su camarote de la _Blanca_, sin que volviese a subir sobre cubierta,

hasta regresar de nuevo a la Península con patente de enfermo. Los

rifeños le habían parecido muy feos en aquella corta entrevista, y tan

mal educados, que imposible se hacía a toda persona decente tener trato

alguno con ellos.

Pidió entonces su retiro, y entró en Madrid triunfante, como Napoleón en

París de vuelta de la campaña de Egipto, precedido de la fama de sus

hazañas en el combate _terro-naval_ de Cabo Negro. El combate

_terro-naval_ corrió por toda la corte, ponderado por el héroe mismo, y

un día que daba la guardia en Palacio, como grande de España, y

mencionaba por centésima vez, durante la comida, el combate

_terro-naval_ de Cabo Negro, le dijo de pronto la reina:

--Mira, Villamelón; varía alguna vez, y que no sea siempre

_terro-naval_... Siquiera por hoy, que sea _navo-terrestre_.

Y bautizado por los regios labios _navo-terrestre_, quedó Villamelón

para todos los días de su vida.

Era por aquel tiempo el marqués, sin ser derrochador, bastante

libertino; pero no con aquel aristocrático libertinaje de los Lauzun y

los Frousac, señoriles hasta en sus vicios, caballerescos hasta en la

infamia, que sacudían de sí todo lo vulgar y grosero, con la misma

elegante pulcritud con que sacudían el polvillo del perfumado tabaco de

sus chorreras de encaje. Su libertinaje era, por el contrario, aquel

otro libertinaje tan común en España entre los jóvenes de alta alcurnia:

mezcla extraña, tipo híbrido del manolo y del _sportmen_, del gitano y

del muscadin, que se diría nacido del antitético matrimonio de un torero

andaluz con una _soubrette_ parisiense. Harto al cabo de chulas y de

lorettes, de toros y de handicaps, de manzanilla y champagne, de callos

y de _foie-gras_, resolvió a los treinta años _dar fin_; esto es,

casarse... Mas para que Villamelón _diese fin_, preciso era que alguna

hija de Eva _diese principio_, puesto que por una de esas anomalías que

tienen su razón de ser en el torcido criterio de ciertas clases

sociales, se ha convenido en que el hombre piensa dar fin en aquel mismo

matrimonio en que juzga la mujer dar principio.

El trabajo de la elección, _l'embarras du choix_, como él mismo decía,

no fue para Villamelón grande, porque en ningún orden de ideas era

descontentadizo. Creía en Dios como en una persona excelente con quien

se cumple de sobra, dejándole de cuando en cuando una tarjeta en el

cancel de una iglesia; el hombre era para él un tubo digestivo muy bien

dispuesto; la vida, una peregrinación, que, con la bolsa bien repleta y

el estómago bien lleno, podía hacerse cómodamente; y el matrimonio, la

fusión de dos rentas y la prolongación de una estirpe que había de

llevar su ilustre nombre, ni más ni menos que llevan el suyo los toros

de Veraguas o las yeguas de Mecklemburgo.

Viose, pues, a Villamelón, el héroe del combate _navo-terrestre_ de Cabo

Negro, que tanto se había asustado con la desnudez relativa de los

rifeños, pedir sin repugnancia y obtener sin espanto la mano de una

ilustre salvaje completamente desnuda de alma; porque así como en

bosques y desiertos se encuentran salvajes que ofenden la decencia con

la desnudez de sus cuerpos, así también se encuentran en plazas y

salones otros salvajes vestidos por fuera, que insultan el pudor con la

desnudez interna de sus almas. Para ellos son del todo inútiles cuantas

prendas más o menos postizas usa la humanidad para encubrir sus vicios,

y lo mismo el santo rubor que la falsa hipocresía, el noble decoro que

la falaz preocupación, les provocan la carcajada de extrañeza que causó

a Cetewayo, destronado rey de los zulús, la camisa que le ofrecían sus

vencedores ingleses.

Esta ilustre salvaje civilizada era la excelentísima señora doña

Francisca de Borja Solís y Gorbea, condesa de Albornoz, marquesa de

Catañalzor, dos veces grande de España por derecho propio, y marquesa de

Villamelón y de Paracuéllar, con otra Grandeza, por el héroe de la

batalla _navo-terrestre_ de Cabo Negro, su ilustre marido.

Pero por una de esas excepciones que apartan en algo al individuo de las

reglas generales del tipo para constituir en el un carácter propio,

tenía la condesa un pudor especial, un extraño pudor que pudiera muy

bien llamarse el pudor de su marido. Porque lejos de ser este

matrimonio, como tantos otros de su clase, la pareja de perros que se

esfuerzan por andar tan apartados como permite la traílla harto elástica

que los une, veíaseles, por el contrario, siempre juntos en todas

partes, abrumando él a ella con cariñosas atenciones, correspondiente

ella a él con monadas de niña tímida, de candorosa colegiala cuyo

encantador enfantillage, sobrepuesto a su desvergonzado cinismo, traía a

la imaginación el extraño fantasma de un caribe bebiendo en delicadísima

copita de cristal de Bohemia, poquito a poco y sorbo a sorbito,

espumante sangre caliente; de un antropófago que con tenedor y cuchillo

de brillantísima plata se comiese con la mayor pulcritud posible un

beefsteak de carne humana.

Villamelón, sin embargo, había realizado su ensueño; porque su esposa

prolongó su estirpe añadiéndole una niña y un niño, y la renta de él,

que, según su frase, daba para comer, se unió a la de ella, que daba a

su vez para cenar; para comer y cenar, se entiende, con todas las

opíparas reglas del arte, porque Villamelón honró siempre su precocidad

dentífrica y el trinchante de oro macizo, regalo de su augusto padrino,

siendo glotón a la vez que gastrónomo, _gourmand_ a la vez que

_gourmet_; un tonel sin fondo en cuanto a la cantidad de lo que bebía y

engullía, y un inteligente Brillat-Savarin en cuanto a la calidad y modo

de lo que engullía, sordo siempre a los clamores de la indigestión, que

de cuando en cuando se encargaba de predicar moral a su estómago.

La esposa, por su parte, era también feliz; zambullida en su

desvergüenza, como los héroes griegos en la Estigia, habíase hecho como

ellos invulnerable, y con su audacia infinita y su cínica travesura

femenina, lograba el único fin de su vida, natural anhelo de su vanidad

inmensa: sobreponerse a todo el mundo, ser siempre la primera y lograr

que todas las lenguas le rindiesen vasallaje, ocupándose constantemente,

para bien o para mal, que eso poco importaba, de su persona y de sus

cosas. De ella hubiera podido decirse lo que de cierto personaje dijo un

escritor elegantísimo: «Si asiste a una boda, quisiera ser la novia; si

a un bautizo, el recién nacido, si a un entierro, el muerto».

Y aunque nadie hubiera podido explicar la razón de ser de esta

supremacía de que gozaba Currita en la corte, sin embargo, con esa

vergonzosa condescendencia para el escandaloso que es a nuestro juicio

el pecado capital de la alta sociedad madrileña y el origen y fuente de

sus deformidades, todo el mundo, desde el caballero cumplido hasta el

tahúr elegante, desde la dama honrada hasta la hembra sin decoro, se

sujetaban a ella de modo más o menos directo, sin dejar por eso de

proclamar que en belleza la aventajaban todas, en alcurnia la igualaban

muchas, en riquezas la superaban bastantes, y sólo en audacia y

desvergüenza caminaba siempre la primera... ¿Sería, pues, esta la razón

de ser de aquella supremacía? ¿Sería que a fuerza de ver refinado el

vicio y respirar la atmósfera de escándalo llegan ciertas sociedades a

la aberración de aquellos pueblos bárbaros que prestan su homenaje más

profundo y su culto más entusiasta al ídolo más monstruoso?...

Limitémonos a indicar el hecho sin tratar de analizarlo, y veamos lo que

hizo Currita aquella tarde en casa de la duquesa de Bara.

Esta se había incorporado en su asiento, y Currita llegó hasta ella,

saludando a derecha e izquierda, al son del himno de doña María

Victoria, siempre con su cándida risita:

--¡Gracias! ¡Gracias, amado pueblo!

--_À tout seigneur, tout honneur_!--le dijo la duquesa devolviéndole sus

besos.

Agrupáronse todos en torno a Currita, que se había sentado junto a la

duquesa, desairando una taza de té que le ofrecían; pidió en cambio una

copita de whisky, porque era de rigor en aquel tiempo, entre algunas

damas elegantes que pretendían formar el cogollito _de la crème_, fumar

y empinar de lo lindo, con mucha distinción y gracia. El respetable

Butrón le ofreció un cigarro.

--¡Ay, no, no--dijo ella con su melodiosa vocecita--; eso es paja!...

Dame tú uno más fuerte, Gorito...

Y mientras Gorito le daba un veguero, capaz de tumbar de espaldas a un

sargento de caballería, y lo encendía ella pulcramente con una prosaica

cerilla, le dijo la duquesa:

--¡Pero vamos, mujer... cuenta, cuenta!...

--¿Y qué he de contar yo--dijo ella entre dos chupadas--, si veo que lo

saben ustedes todo?...

--¿Pero es cierto?--preguntó Butrón azorado.

--¡Ciertísimo!--replicó con énfasis Currita.

El peludo Butrón levantó ambas manos al cielo, la Mazacán paseó por la

horrorizada concurrencia una mirada de triunfo, y la duquesa,

irguiéndose iracunda, exclamó violentamente:

--¿Y lo dices con esa frescura?... ¿Y tienes valor para venir a decirlo

aquí, en mi casa?...

Currita pareció quedarse sorprendida, casi espantada, y paseando por

todo el auditorio sus claros ojos admirablemente azorados, dijo con el

tonillo lastimero de una niña a quien amenazan con azotes:

--Pero entendámonos... ¿Qué es lo que ustedes saben?...

--Que estás nombrada camarera mayor de _la Cisterna_--dijo Isabel

Mazacán con todos sus bríos.

Currita pensó desmayarse.

--¿Yo?--dijo con la ruborosa indignación de una virgen de cuya virtud se

duda--. ¿Y ustedes lo han creído?...

--¡Nadie, nadie!--exclamó Butrón soltando el resoplido inmenso de un

gigante a quien quitan de sobre el pecho una montaña--Nadie ha dudado ni

por un momento de tu lealtad, hija mía querida, y cree que...

--¡Jesús, señor, qué gentes!, ¡qué lenguas!, ¡qué modo de tergiversar

hasta lo más sencillo!--decía Currita con voz debilitada.

Y enjugándose con su finísimo pañuelo una lágrima, que, falsa o

verdadera, apareció en sus ojos, dejaba ver al descuido la bellísima

flor de lis que traía en el pecho, y una magnífica pulsera de oro, en

que con sus gruesos brillantes se leía incrustada la cifra de Isabel II.

--El caso no puede ser más sencillo--prosiguió con aquella suave

vocecita que jamás dejaba un mismo y pausado tono--. Ayer, en el

consejillo, trataron del nombramiento de camarera, porque la verdad es

que la posición de esa pobre Cisterna no puede ser más desairada... Pues

nada, hija, el ministro de Ultramar[3] tuvo la ocurrencia de proponer

que me hicieran a mí la oferta.

[Nota 3: Advertimos desde luego al lector, que ni en este ni en

ninguno de los personajes que se presentan en los muchos episodios

históricos de esta novela desempeñando cargos oficiales, se ha querido

retratar ni aun siquiera aludir a los que realmente hubieran podido

ocupar aquellos cargos en la época a que nos referimos. Por más que

disten mucho ciertas personalidades de sernos simpáticas, nos inspiran a

lo menos compasión, y al fustigar sin piedad al vicio y al escándalo,

nos guardamos muy bien de ensañarnos con persona alguna determinada, a

que puede el arrepentimiento haber colocado ya al abrigo de toda

censura. Con más razón que Crévillon podemos decir: _Jamais aucune fiel

a empoisoné ma plume_.]

--¡Indecente!--gritó Leopoldina Pastor--. ¿Y tu marido no le ha dado ya

una estocada?

--Bien la merece; pero, después de todo, el pobre Fernandito es quien

tiene la culpa--continuó Currita con aire de pacientísima esposa--. Se

empeñó en que su amigo Juanito Velarde había de ser secretario

particular de don Amadeo, habló al ministro, este le ayudó, y

envalentonado con eso, se ha atrevido a tanto el señor ministro... Lo

que yo le decía a Fernandito: si le das el pie a esa gente, se tomarán

la mano... En fin, hija, el presidente del Consejo en persona estuvo a

hacerme la propuesta... ¡Por supuesto que yo no lo recibí; Fernandito se

entendió con él, y tuvieron una escena!... Yo, muerta de susto, porque

creí que lo iba a plantar en la calle y acabaría la cuestión a tiros...

En fin, se fue por donde había venido, con las orejas calientes; y sabe

Dios lo que en venganza dirán de mí ahora... Esto ha sido todo; por eso,

cuando al entrar oí el himno y vi el saludo de Gorito, creí que era una

broma que ustedes me daban...

Butrón hizo una profunda señal de asentimiento, y la duquesa, ya

amansada del todo y queriendo remediar su anterior arranque, dijo

vivamente:

--¿Pero podías creer otra cosa?

Y cogiéndola la muñeca en que traía la pulsera de Isabel II, besóle la

mano con gran cariño, diciendo:

--Si fueras tú camarera de _la Cisterna_ merecerías que se te volviese

un grillete esta pulsera.

--¿No me la habías visto?--dijo con mucha naturalidad Currita--. Me la

regaló la reina el último día de mi santo.

Mientras la de Albornoz hablaba, Isabel Mazacán, muy impaciente,

cuchicheaba al oído de Butrón, diciéndole:

--¡Pero qué grandísima embustera!... ¡Pero qué modo de inventar

historias!... ¡Mentira, Butrón, mentira todo!... Si me dijo García Gómez

que justamente en el consejillo había dado cuenta el ministro de

Ultramar del deseo de ella, y entonces quedó acordado el nombramiento,

supuesta la aprobación de _la Cisterna_... Hoy, hoy por la mañana, es

cuando debe de haber ido el presidente del Consejo a notificárselo a

Currita.

Y luego, no bien cesó de hablar ésta, se apresuró a decir en voz alta,

con marcado aire de triunfo:

--¿Lo ven ustedes?... ¿Lo ven ustedes cómo era lo que yo decía?... Lo

mismo, lo mismo que está diciendo Curra fue lo que me contó a mí García

Gómez.

Currita, que tenía sobradísimas razones para saber que García Gómez

debía de haber dicho cosas muy distintas, dio un par de chupaditas al

cigarro, que con tanto hablar ya se apagaba, y dijo a la Mazacán muy

despacito:

--Pues mira; también tengo mi quejilla contra... _tu_ García Gómez...

Porque como ministro de Estado que es, entretiene sus ocios registrando

toda la correspondencia que viene de París... ¡Sí hija mía, sí; no lo

defiendas!... En el _gabinete negro_ se abre toda la correspondencia

antes de que llegue a su destino, y por eso pudo decir en el consejillo

que ayer vino para mí una carta de la reina, que debió probar al

Ministerio todo lo absurdo de sus pretensiones.

Comprendieron todos, y Butrón el primero, a qué carta aludía Currita, y

exclamaron en coro general, que dejaba sobresalir bastante las sordas

notas de la envidia:

--¿Te ha escrito la reina?...

--Sí--replicó Currita--; me escribe invitándome para la primera comunión

del príncipe Alfonso en Roma...

Y se quedó mirando de hito en hito a Isabel Mazacán, cuyas misteriosas

ganas de acompañar a la reina destronada en aquella expedición eran de

todos conocidas. Esta, que hacía largo tiempo que sentía furiosos

hormigueos en la lengua, se aprestó a soltar alguna de sus crudezas.

Pero Butrón, que no cabía en sí de gozo al ver que su pifia diplomática

quedaba orillada, se apresuró a detenerla, llevándosela al hueco de una

ventana, donde por algún tiempo dialogaron vivamente.

Mientras tanto, Currita, con la vaga mirada fija en el espacio, como era

siempre su extraña costumbre mientras hablaba, no los perdía de vista,

trazando al sino tiempo su itinerario. A principios de julio pensaba

marchar con Fernandito a Bélgica, para pasar un mes escaso con Mariano

Osuna en su castillo de Beauraing; después no sabía a punto fijo dónde

iría a esperar el 15 de octubre, fecha en que estaba citada con la reina

en Marsella, para emprender el viaje a Roma: quizá fuera a Trouville...

El verano anterior lo había pasado allí en una _villa_ preciosa, frente

al Chalet Cordier, que era el de M. Thiers... Y por cierto que era

Thiers un vejete muy simpático y muy limpio, a pesar de ser republicano;

su mujer, una _bourgeoise_ así, así... vamos, bastante pasable. Pues ¿y

la cuñada mademoiselle Dosne, la ninfa Egeria del presidente?... Era

cosa graciosísima verla coser los botones de la bata de son _beau-frère_

Adolphe... Parecía el ama de llaves de un notario acomodado.

--¡Era una trinidad deliciosa!

Y con su ingenuidad de colegiala, describió entonces Currita, con todos

sus pormenores, una picantísima caricatura de los esposos Thiers: una

indecencia verdusca publicada en Burdeos y recogida al punto por la

policía.

--A mí me proporcionó un ejemplar el duque Decazes, y no pude resistir a

la tentación de enviársela por el correo, con una fajita, a mademoiselle

Dosne... ¡La cara que pondría!... ¡Ella que es tan pulcra, tan

comedida!...

Y a renglón seguido, sin transición ninguna, Currita se enterneció

profundamente al pensar en el gozo inmenso que la esperaba en Roma,

besando la sandalia del Santísimo Padre Pío IX... ¡Qué figura tan

gigantesca la del Pontífice! ¡Qué anciano aquel tan venerable!... Y

todas las señoras comenzaron a ponderar su adhesión al santo Pío IX,

prontas a sacrificarle vida, hacienda, todo, todo menos el alma, por

tenerla ya de antiguo comprometida con el diablo... Carmen Tagle dijo

que le había mirado siempre como si fuese su abuelo; la señora de López

Moreno añadió muy conmovida que ella le enviaba todos los años una pipa

de doce arrobas del riquísimo moscatel de sus soleras jerezanas, y la

duquesa, verdaderamente indignada, trajo a la memoria los atropellos a

que cinco días antes se habían entregado las turbas, apedreando los

faroles de la iluminación con que celebraban los católicos el

aniversario del Pontificado del augusto anciano; sólo en el palacio de

Medinaceli rompieron veintidós faroles y treinta y siete cristales... ¡Y

mientras tanto, los ministros y las autoridades se solazaban en un

concierto instrumental celebrado en Palacio!... ¡Qué Gobierno aquel, y

qué populacho tan impío y tan asqueroso!... Siquiera ellas veneraban la

persona del Pontífice encendiendo faroles en honra suya, y limitábanse

tan sólo a apedrear a todas horas la moral divina del Dios a quien aquel

representaba.

Esto no lo dijeron, por supuesto, aquellas señoras; pero lo pensó, sin

decirlo, don Casimiro Pantojas, que atentamente las escuchaba, después

de haber desorejado a toda una desdichada familia de conejitos de

porcelana y arrancado los rabos a una parejita de bulldogs, fabricados

en Bristol.

Y en esto concluyó Isabel Mazacán su aparte con el marqués de Butrón, y

disculpándose con Currita de no acompañarla a la visita de la Inclusa,

por habérsele ya hecho tarde, se marchó al parecer algún tanto

disgustada. Currita decidió entonces volverse a su casa, y el marqués de

Butrón se despidió también en el acto.

--¿Tiene usted coche, Butrón?--preguntó ella al diplomático.

--No--respondió este presuroso, aprovechando la ocasión que tan pronto

se le ofrecía de hablar a solas con Currita.

--Pues le llevaré a usted en mi berlina adonde quiera.

--A la calle de Isabel la Católica... Tengo que hacer en la embajada

alemana.

--Justamente me coge de paso.

Currita bajó las escaleras apoyada en el brazo de Butrón, encontrando al

pie de su berlina, preciosa monería, verdadero juguete forrado de raso

azul con botones de terciopelo, que parecía el delicado estuche

destinado a guardar una joya.

El diplomático no las tenía todas consigo: para él era evidente que

Isabel Mazacán no exageraba ni mentía al repetir las noticias del lindo

ministro García Gómez. Pero ¿cómo interpretar entonces la repentina

mudanza de Currita? La oportuna carta de la reina Isabel podía

explicarla por completo, porque el olvido de la abdicación quedaba con

ella satisfecho; y desagraviada Currita, pudo a tiempo renunciar a su

revancha. Tranquilo por esta parte Butrón, quiso, sin embargo, asegurar

más y más al partido la alianza preciosa de Currita; porque hay ciertas

políticas indecorosas y a la larga funestas, que, aun tendiendo a fines

honestos, no saben prescindir de individualidades asquerosas. _Barrer

para adentro_ era la política de Butrón, como si la basura sirviera en

alguna parte para otra cosa que para infestar el recinto que la

encierra.

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