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Pequeñeces...
por
El P. Luis Coloma
de la
Compañia de Jesús
SEXTA EDICIÓN
Bilbao
ADMINISTRACIÓN DE «EL MENSAJERO DEL CORAZÓN DE JESÚS»
Calle de Ayala
1898
ES PROPIEDAD
QUEDA HECHO EL DEPÓSITO QUE SEÑALA LA LEY
BILBAO--Imp. de Corazón del Jesús, Muelle de Marzana, 7.
Al Lector[1]
[Nota 1: Al publicarse por primer vez esta novela en _El Mensajero
de Corazón de Jesús_, púsole su autor este prólogo dirigido a los
lectores de dicha Revista, que por muchas y poderosas razones, nos ha
parecido conveniente reproducir integro en esta sexta edición. (Nota de
los editores.)]
Lector amigo: Si eres hombre corrido y poco asustadizo, conocedor de las
miserias humanas y amante de la verdad, aunque esta amargue, éntrate sin
miedo por las páginas de este libro; que no encontrarás en ellas nada
que te sea desconocido o se te haga molesto. Mas si eres alma pía y
asombradiza; si no has salido de esos limbos del entendimiento que
engendra, no tanto la inocencia del corazón como la falta de
experiencia; si la desnudez de la verdad te escandaliza o hiere tu amor
propio su rudeza, detente entonces y no pases adelante sin escuchar
primero lo que debo decirte.
Porque témome mucho, lector amigo, que, de ser esto así y si no te
mueven mis razones, te espera más de un sobresalto entre las páginas de
este libro. Yo dejé correr en él la pluma con entera independencia,
rechazando con horror, al trazar mi pintura, esa teoría perversa que
ensancha el criterio de moralidad hasta desbordar las pasiones,
ocultando de manera más o menos solapada la pérfida idea de hacer pasar
por lícito todo lo que es agradable; mas confiésote de igual modo que,
si no con espanto, con grave fastidio al menos, y hasta con cierta _ira
literaria_, rechacé también aquel otro extremo contrario, propio de
algunas conciencias timoratas que se empeñan en ver un peligro en
dondequiera que aparece algo que deleita. Porque juzgo que, por sobra de
valor, yerran los primeros, en no ver abismos donde puede haber flores;
y tengo para mí que, por hartura de miedo, yerran también los segundos,
en no concebir una flor sin que oculte detrás un precipicio. Y andando,
andando, y partiendo los unos de un principio falso y los otros de una
verdad santa, llegan todos de la exageración al engaño, y pasan luego a
la demencia; pareciéndoles a aquellos que pueden servir de guía a la
juventud las crudezas de Zola, y creyendo estos que no conviene enseñar
a los niños el Credo y los Artículos de la Fe sin introducir algunas
prudentes modificaciones, de que yo pudiera citarle algún ridículo
ejemplo. Extraño fenómeno y singular aprieto para el escritor el de
estos dos extremos opuestos, hijos legítimos de la confusión de ideas en
todo orden de cosas que caracteriza nuestra época, y reconoce por
origen, entre otras mil causas, la orgullosa suficiencia propia, el
desprecio de la autoridad que legítimamente define, la falta de
profundidad y método en los estudios, el magisterio superficial, intruso
e interesado de los periódicos, y la funesta propensión a juzgar lo que
pasa en el corazón ajeno por lo que sucede en el propio.
Cierto, ciertísimo, lector pío y discreto, que peca de inmoral y merece
toda censura el autor que encomia a los ladrones y recomienda sus hurtos
y los facilita; o el que protestando contra ellos y reconociendo su
inmoralidad, traza, sin embargo, con buenas intenciones y poquísima
prudencia, cuadros de peligrosa belleza, de tentación seductora, que
ejercen sobre el lector incauto, y aun sobre el que por tal no se tiene,
la atracción siniestra del abismo. Mas no por eso has de deducir de
aquí, lector pío siempre, y esta vez no discreto si tal deduces, que sea
igualmente inmoral el escritor que confiesa paladinamente que hay
ladrones, que da la voz de alerta contra ellos y los saca a la vergüenza
pública, pintándolos con todas aquellas sus negras tintas que sufre el
decoro y hacen al vicio antipático y odioso, y se ayuda así del mal para
hacer el bien, a la manera que la primavera se ayuda del estiércol para
fabricar la rosa.
Y no me digas que se corre siempre el riesgo fatalísimo de abrir los
ojos a la inocencia; porque te diré entonces que si el tal autor supo
guardar ese _prudente decoro_ que indiqué antes, y esa inocencia de que
hablas es la verdadera inocencia del corazón, pura y santa, única que
todo lo ignora, así en teoría como en práctica, preciso será que pase
por aquellas páginas sin comprender lo que se dice entre líneas y coja
la rosa sin sospechar que existe el estiércol. Y si por ventura lo
sospecha y lo descubre, señal clara y evidente de que no estaban esos
ojos tan cerrados como tú creías, y no siendo ya inocencia pura del
corazón, sino mera ignorancia del entendimiento, le aprovechará por
ende, si no como medicina todavía, como preservativo, al menos, la
lección que encerró allí el autor en prudente logogrifo, y como
estiércol sucio y hediondo aprehenderá forzosamente lo que como tal se
le presenta. Y si se le convierte en ponzoña la triaca, culpa será suya
y no del médico, porque la malicia no estará entonces en el que escribe,
sino en la propia voluntad del que lee; que, como dijo un poeta antiguo:
Del más hermoso clavel,
pompa del jardín ameno,
el áspid saca veneno,
la oficiosa abeja, miel.
Con este criterio, lector amigo, escribí yo el libro que entre las manos
tienes, y lealmente te lo aviso para que lo arrojes a tiempo si mi modo
de pensar no te satisface. Y si por acaso te maravilla que siendo yo
quien soy me entre con tanta frescura por terrenos tan peligrosos, has
de tener en cuenta que, aunque _novelista_ parezco, soy sólo
_misionero_, y así como en otros tiempos subía un fraile sobre una mesa
en cualquier plaza pública y predicaba desde allí rudas verdades a los
distraídos que no iban al templo, hablándoles, para que bien lo
entendieran, su mismo grosero lenguaje, así también armo yo mi tinglado
en las páginas de una novela, y desde allí predico a los que de otro
modo no habían de escucharme, y les digo en su propia lengua verdades
claras y necesarias que no podrían jamás pronunciarse bajo las bóvedas
de un templo.
Porque si tú, lector pío y candoroso, sentado a las márgenes de los
arroyos de leche y miel que fertilizan la Jerusalén celestial que
habitas, has creído que existe la noción del bien y del mal en todos
los corazones, con la misma claridad que tú la posees en tu
entendimiento iluminado por la gracia, estás en un error crasísimo. En
el mundo, y en cierta clase de mundo, sobre todo, el mal suele
desconocerse a sí mismo, por esa misma confusión de ideas que en todos
los órdenes reina. Cuando la relajación es general, sucede en una
sociedad lo que a bordo de un barco acontece: que como todo se mueve
igualmente, parece que nadie camina; preciso es que alguien se detenga
para que haya un punto fijo que marque el atropellamiento de los otros y
el rumbo peligroso de los que siguen caminando.
Jamás harás conocer a un bizco su propio estrabismo, si no le pones
delante un espejo fiel que le retrate su torcida vista; porque el ojo de
la cara que sirve para ver y conocer a los demás no puede, sin un
milagro que equivalga a esta gracia que tú disfrutas, verse y conocerse
a sí mismo. Grande y caritativa obra, por tanto, será la del libro que
sirva de punto fijo para avisar a los del barco que se alejan de la
orilla; que sirva de espejo fiel al bizco desdichado, para que,
comenzando por conocer allí su vista extraviada, acabe por odiarla en sí
mismo.
Y aquí tienes explicado de paso el porqué me detengo a veces en
pormenores harto nimios, que desdeñaría como artista y a que no
descendería como religioso. Porque el último parapeto del bizco que no
quiere mirar derecho es negar que entienda el que le reprende de
achaques de vista; por eso, cuando le pone delante el censor detalles
íntimos conocidos sólo de los del gremio, concédele al punto la ventaja
inmensa de la experiencia y se rinde a discreción, pensando que, si no
fue también bizco allá en sus tiempos aquel que le reprende, entre
muchos que bizquean debieron de apuntarle los dientes; y gran paso es ya
este dado en el corazón que quiere ganarse, porque le invita a la
confianza y le asegura la indulgencia, la idea de que aquel censor
inexorable estudió en su mismo libro y venció sus mismas flaquezas.
Y si todas estas cosas me concedes, y me arguyes todavía que no cuadra a
la gravedad de _El Mensajero_ publicar historias tan profanas, pídote
que consideres una cosa, en que de seguro no habrás parado mientes. No
todos los suscriptores de _El Mensajero_ son como tú, piadosos y
espirituales: en sus listas, numerosísimas hasta un punto increíble
para lo que suelen ser estas cosas en España, figuran al lado de
místicas abadesas, señoras muy del mundo, y junto a congregantes de San
Luis, hombres despreocupados y hasta jóvenes alegres. Preciso es, pues,
que toda esta multitud heterogénea encuentre allí alimento que la nutra
y que le agrade, y la sana doctrina que paladea con delicia la abadesa
en la _Intención_ de cada mes, seria, profunda y devota, es manjar harto
sublime para el embotado paladar de aquellos otros que sólo podrán
tragar esa misma celestial doctrina, envuelta en una salsa lícitamente
profana.
Dejen, pues, las almas pías ese rincón de _El Mensajero_ para esos
pobres hambrientos, a quienes hay que alimentar por sorpresa con la
santa doctrina de Cristo; que muy superior a la caridad que consiste en
dar es la que consiste en comprender y soportar las humanas flaquezas.
Esa es la que me hace a mí tomar la pluma y escribir para ellos, aun a
trueque de escuchar, como en cierta ocasión he oído, que rebaja el
carácter sacerdotal escribir cosas tan baladíes. ¡Como si la caridad se
rebajara alguna vez, por mucho que descienda!...
Y con esto, lector amigo, te dejo en paz, y libre quedas para entrarte,
si te place, por las páginas de mi libro o dar media vuelta a la
derecha. Témome, sin embargo, y en tus ojillos devotos lo conozco, que
ansías ya por leerlo, y no lo dejarás hasta devorarlo letra a letra;
porque si mis razones no te han convencido, como deseo, es fácil que la
curiosidad te impulse contra lo que yo pretendo.
Quédate, pues, con Dios, y Él te bendiga, que yo por mi parte
Con estas cosas que digo
y las que paso en silencio,
a mis soledades voy,
de mis soledades vengo.
Bilbao, 1 de enero de 1890.
* * * * *
Libro Primero
--I--
Something is rotten in the state of Denmark.
(Hay algo en Dinamarca que huele a podrido.)
Shakespeare, Hamlet.
Las dos torrecillas del colegio se levantaban agudas y airosas como
flechas disparadas contra el cielo azul, sereno y radiante, que suele
cobijar a Madrid en los primeros días de junio. La verdura del jardín
parecía una esmeralda caída en la arena, un oasis de bosquecillos de
lilas que ya se marchitaban y de azucenas que comenzaban a abrirse,
perdido en las áridas llanuras que por el lado del colegio rodean a la
corte de España. El agua saltaba en las fuentes y corría por los pilones
murmurando; oíanse alegres voces de niños en lo interior del edificio;
gorjeos de ruiseñores y jilgueros en los árboles, y más allá, pasada la
verja, ni niños, ni agua, ni flores, ni pájaros... Una llanura estéril,
un pueblo de barracas; y allá en el horizonte, lejos, lejos, Madrid, la
corte de España, asomando sus cúpulas y sus torres entre esa neblina que
pone más de relieve la limpidez de la atmósfera, esa especie de vaho que
se levanta de las grandes capitales, semejante a las emanaciones de una
hedionda charca.
Terminaba aquel día el curso, había tenido ya lugar la distribución de
premios, y llegaba la hora de las despedidas. Cruzábanse por todas
partes enhorabuenas y adioses, encargos y recomendaciones; y padres,
madres, niños y criados, revueltos en confuso tropel, invadían todas las
dependencias del colegio, rebosando esa satisfacción purísima del
premio justamente alcanzado, del trabajo concluido, de la esperanza
cierta de descanso; esa ruidosa alegría que despierta en el escolar de
todas las edades la mágica palabra: _¡Vacaciones!_
El acto había estado brillantísimo; en el fondo del salón ocupaban un
estrado, ricamente dispuesto, los cien alumnos del colegio, con sus
uniformes azules y plata, agitados todos por la emoción, buscando con
los ojillos inquietos, arreboladas las mejillas y el corazón palpitante,
entre la muchedumbre que llenaba el local, al padre, a la madre, a los
hermanos que habían de ser testigos y partícipes del triunfo. Coronaba
el estrado un magnífico cuadro de la Dolorosa, _Nuestra Señora del
Recuerdo_, titular del colegio, y a su derecha presidía el acto el
cardenal arzobispo de Toledo, bajo riquísimo dosel, y el rector y
profesores del colegio sentados en tomo. Llenaban el resto del inmenso
salón los padres y madres de los niños, alternando la gran señora con la
modesta comercianta; el grande de España con el industrial acomodado;
alegres todos, satisfechos, mirándose entre sí y sonriendo amigos y
desconocidos, como si el sentimiento de la paternidad, igualmente
herido, acortase las distancias y estrechase las relaciones,
despertando en todas las almas idéntica felicidad, la misma dicha, igual
deseo de considerarse y abrazarse como hermanos.
La orquesta dio principio al acto, tocando magistralmente la obertura de
_Semíramis_. El rector, anciano religioso, honra y gloria de la Orden a
que pertenecía, pronunció después un breve discurso, que no pudo
terminar. Al fijarse sus apagados ojos en aquel montón de cabecitas
rubias y negras, que atentamente le miraban, apiñadas y expresivas como
los angelitos de una gloria de Murillo, comenzó a balbucear, y las
lágrimas le cortaron la palabra.
--¡No lloro porque os vais!--pudo decir, al cabo--. ¡Lloro porque muchos
no volverán nunca!...
La nube de cabecitas comenzó a agitarse negativamente y un aplauso
espontáneo y bullicioso brotó de aquellas doscientas manitas, como una
protesta cariñosa que hizo sonreír al anciano en medio de sus lágrimas.
El secretario del colegio comenzó a leer entonces los nombres de los
alumnos premiados: levantábanse estos ruborosos y aturdidos por el miedo
a la exhibición y la embriaguez del triunfo; iban a recibir la medalla y
el diploma de manos del arzobispo, entre los aplausos de los compañeros,
los sones de la música y los bravos del público, y volvían presurosos a
sus sitios, buscando con la vista en los ojos de sus padres y de sus
madres la mirada de inmenso cariño y orgullo legítimo, que era para
ellos complemento del triunfo. Un niño pequeñito de ocho años subió
gateando las gradas del estrado, púsose de puntillas para divisar a su
madre, viola a lo lejos y con la punta del diploma le envió un beso...
Chicos y grandes aplaudieron con entusiasmo: los unos, por ese instinto
de ángel que hace comprender al niño lo que es santo y bello; los otros,
por esa tierna simpatía que despierta en el corazón de todo padre o
madre cuanto tiende a revelar el puro amor de hijo.
El acto parecía ya terminado: el arzobispo iba a dar la bendición y todo
el mundo se levantaba para recibirla de rodillas... Un niño blanco y
rubio, bello y candoroso como un ángel de Fra Angélico, se adelantó
entonces a la mitad del estrado: realzaba el encanto de su edad y su
inocencia, _ese no sé qué_ aristocrático y delicadamente fino que
atrae, subyuga y hasta enternece en los niños de grandes casas; y su
larga cabellera rubia, cortada por delante como la de un pajecillo del
siglo XV, le daba el aspecto de aquel príncipe Ricardo que pintó Millais
en su célebre cuadro _Los hijos de Eduardo_.
Detuviéronse todos a su vista, quedando cada cual en su sitio en el más
profundo silencio. Volvió entonces el niño hacia el cuadro de la Virgen
sus grandes ojos azules, rebosando candor y pureza, y con vocecita de
ángel comenzó a decir[2]:
Dulcísimo recuerdo de mi vida,
Bendice a los que vamos a partir...
¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida,
Recibe tú mi adiós de despedida,
Y acuérdate de mí!...
¡Lejos de aquestos tutelares muros,
Los compañeros de mi edad feliz,
No serán a tu amor jamás perjuros;
Se acordarán de ti!
[Nota 2: Esta poesía es original del padre Alarcón, y fue leída en
una solemnidad semejante a la que aquí describimos.]
Un aplauso general salió del grupo de los niños, como un grito de
entusiasta asentimiento. Los grandes no aplaudían; con el alma en los
ojos y las lágrimas en estos, escuchaban inmóviles. El niño se adelantó
dos pasos, y llevándose las manitas al pecho, prosiguió lentamente:
Mas siento al alejarme una agonía,
Cual no la suele el corazón sentir..
¿En palabras de niño quién confía?
Temo... no sé qué temo, Madre mía,
Por ellos y por mí...
Nadie respiraba; las lágrimas, al caer, no hacían ruido. El niño volvió
entonces al público los cándidos ojos, con esa mirada vaga de la
inocencia que parece investigar siempre algo ignorado, y prosiguió con
tristeza que conmovía y sencillez que llegaba al alma:
Dicen que el mundo es un jardín ameno,
Y que áspides oculta ese jardín...
Que hay frutos dulces de mortal veneno,
Que el mar del mundo está de escollos lleno...
¿Y por qué estará así?
Dicen que por el oro y los honores,
Hombres sin fe, de corazón ruin,
Secan el manantial de sus amores
Y a su Dios y a su patria son traidores...
¿Por qué serán así?
Dicen que de esta vida los abrojos,
Quieren trocar en mundanal festín;
Que ellos, ellos motivan tus enojos,
Y que ese llanto de tus dulces ojos,
¡Lo causan ellos, sí!
Algunas mujeres enrojecieron, porque por la boquita del niño parecía
hablar la voz de muchas conciencias; varios hombres bajaron la cabeza, y
una voz enérgica, pero alterada, repitió a lo lejos:--¡Sí! ¡Sí!--. Era
un anciano general, abuelo de un alumno del colegio. El niño parecía
conmovido, como pueden estar los ángeles a la vista de las miserias
humanas; movió tristemente la cabecita, cruzó las manos y prosiguió con
la expresión de un querubín que mira a la tierra:
Ellos, ¡ingratos!, de pesarte llenan...
¿Seré yo también sordo a tu gemir?
¡No! Yo no quiero frutos que envenenan,
No quiero goces que a mi Madre apenan,
¡No quiero ser así!
En los escollos de esta mar bravía
Yo no quiero sin gloria sucumbir;
Yo no quiero que llores por mí un día;
No quiero que me llores, Madre mía...
¡No quiero ser así!
Y mientras yo responda a tu reclamo,
Mientras me juzgue con tu amor feliz,
Y ardiendo en este afecto en que me inflamo,
Te diga muchas veces que te amo,
¿Te olvidarás de mí?
¡Ah, no, dulce recuerdo de mi vida!
Siempre que luche en peligrosa lid,
Siempre que llore mi alma dolorida,
Al recordar mi adiós de despedida,
¡Te acordarás de mí!
Y en retorno de amor y fe sincera,
Jamás sin tu recuerdo he de vivir.
Tuya será mi lágrima postrera...
¡Hasta que muera, Madre; hasta que muera
Me acordaré de ti!
Tú en pago, Madre, cuando llegue el plazo
De alzar el vuelo al celestial confín,
Estrechándome a ti con dulce abrazo,
No me apartes jamás de tu regazo.
¡No me apartes de ti!
Calló el niño, y no resonó un aplauso; sólo estalló un sollozo, un
inmenso sollozo que pareció salir de mil pechos por una sola boca,
arrastrando los encontrados afectos de amor, ternura, vergüenza,
entusiasmo, piedad y arrepentimiento, que en aquellos corazones había
despertado la cándida vocecita del niño... A una señal del rector,
lanzáronse todos los que en el estrado estaban en brazos de sus padres,
estallando entonces una verdadera tempestad de besos, gritos, abrazos,
bendiciones, llantos de alegría y gemidos de gozo. Sólo el niño que
había declamado los versos quedó solitario en su asiento, sin padre ni
madre que le recibieran en sus brazos; la pobre criatura dirigió una
larga mirada al dichoso grupo, y con sus premios en la mano, salió
lentamente por una ancha galería en que comenzaban a amontonar ya los
criados los equipajes de los niños que se marchaban. Había en un extremo
un gran mundo con las iniciales F. L. en la tapa, y sobre él se sentó el
niño como esperando algo, con los premios al lado, la cabeza baja y la
gorrita en la mano, triste, silencioso, inmóvil. La alegre algazara del
salón llegaba a sus oídos, y poco a poco fuese levantado su pechito,
hinchóse su garganta y rompió a llorar amargamente, en silencio, sin
sollozos, sin suspiros, como lloran los que tienen en el corazón el
manantial de sus lágrimas. Los criados comenzaban ya a cargar los
equipajes, y los grupos de padres y niños se dirigían a la puerta con
alegre barullo, sin que nadie reparase en el niño solitario, a veces, un
compañero le daba al pasar una palmada cariñosa, o un profesor que
corría apresurado le enviaba una sonrisa, y el niño sonreía también
sorbiéndose las lágrimas.
Una señora gorda, de aspecto bondadoso, hallóse en aquellas apreturas al
lado del niño, llevando de la mano a un chiquillo gordinflón que sólo
había obtenido un premio de gimnasia. Notó este las lágrimas de su
compañero, y tirando de las faldas a la señora, le dijo al oído:
--Mamá... mamá... Luján está llorando.
--¿Por qué lloras, hijo?--le preguntó la señora compadecida--. ¡Si has
declamado muy bien! ¿No has sacado premio?
Púsose el niño muy encarnado y, levantando la cabeza con infantil
orgullo, contestó mostrando los que junto a sí tenía:
--Cinco... y dos _excelencias_...
--Digo... ¿Cinco premios y todavía lloras?...
El niño no contestó; bajó la cabeza como avergonzado, y de nuevo
corrieron sus lágrimas.
--Pero, ¿qué tienes, hijo?--insistió la señora--. ¿Estás malo?... ¿Por
qué lloras?
Un inmenso desconsuelo, que desgarraba el alma en aquella carita de
ángel, se pintó en las facciones del niño; con los dientecillos
apretados y los ojos rebosando lágrimas y amarguras, contestó al cabo:
--Porque estoy solo. Mi mamá no ha venido. ¡Nadie ha visto mis
premios!...
La señora pareció comprender toda la profunda amargura que encerraba
aquel sencillo lamento. Saltáronsele las lágrimas, y mientras con una
mano acariciaba la rubia cabeza del niño, apretaba con la otra contra su
seno la de su hijo, como si temiese que pudiera faltarle alguna vez
aquel blando regazo.
--¡Ángel de Dios!--decía al mismo tiempo--. ¡Pobrecito mío!... Tú mamá
no habrá podido venir; estará fuera, sin duda... ¿Cómo se llama?...
--La condesa de Albornoz--respondió el niño.
Una violenta expresión de ira se pintó en el rostro de la señora al oír
este nombre; volvióse bruscamente hacia una joven que la acompañaba, y
exclamó con más impetuosidad que prudencia:
--Pero, ¿has visto?... ¡Si esto clama al cielo!... ¡Pícara madre!
¡Pícara madre!... Mientras este ángel llora, estará ella escandalizando
a Madrid como acostumbra.
--¡Calla mujer!--replicó la otra, mirando con inquietud al niño...
--Pero ¿quién ve con paciencia esto?... ¡Lástima de hijo para tal
madre!... Desde el fin del mundo hubiera venido yo por ver recibir al
mío su premio de gimnasia... ¡Anda con Dios, hijo! Eso indica que cuando
seas grande sabrás tirar de un carro... ¡Con tal que me seas bueno!...
¿No es verdad, Calixto, vida mía?...
Y estampaba en las mofletudas mejillas de su hijo esos estrepitosos y
apretados besos de las madres, que parecen mordiscos del alma.
El niño, enjugándose sus grandes ojos de un azul profundo, como el mar
visto de lejos, no se enteraba de nada. La señora volvió a decirle:
--Vamos, hijo mío, no llores... Anda, Calixto, no seas pazguato, dile
algo a ese niño... ¿No ves que llora?... ¿Cómo te llamas, hijo?
--Paquito Luján--respondió el niño.
--Pues no llores, Paquito, que tu mamá te estará esperando en casa...
Mira, Calixto, dale una de las cajas de dulces que te he traído..., o
mejor será que le des las dos; yo te compraré otras.
Y como viese que el niño rechazaba la linda cajita de la Mahonesa, que
no del todo satisfecho le alargaba Calixto, añadió:
--Tómalas, hijo... Esta para ti, y la otra para tus hermanos... ¿No
tienes hermanitos?...
--Tengo a Lilí.
--Pues llévale una a Lilí. Y llévale también esto... y la buena señora
estampó en las mejillas del niño, llenas de lágrimas, otros dos sonoros
besos, que en vano pretendían suplir en ellas el calor que les faltaba
de los besos de su madre. Un lacayo con larga librea verde aceituna,
coronas condales en los botones y sombrero de copa con gran cucarda
rizada en la mano, se acercó entonces al grupo:
--Cuando el señorito quiera, está esperando el coche--dijo
respetuosamente al niño.
El pobre señorito se levantó de un salto, y abrazando con un movimiento
lleno de gracia al gimnasta Calixto, se dirigió a la puerta, sin querer
entregar al lacayo el envoltorio de sus premios. En la verja del jardín
le detuvo el padre rector, que allí estaba despidiendo a los niños;
besóle Paquito la mano, y abrazándole él cariñosamente, le habló breve
rato al oído.
Púsose el niño muy encarnado, corrieron de nuevo sus lágrimas y con
verdadera efusión llevó por segunda vez a sus labios la mano del
religioso.
Poco a poco fueron desfilando los carruajes, y cesaron al fin los gritos
de despedida.
--¡Adiós!... ¡Adiós!...--repetía el anciano.
Todavía aparecían algunas manitas saludando a lo lejos por las
ventanillas de los coches:
--¡Adiós!... ¡Adiós!...
Ocultáronse al fin todos en el último recodo del camino, y sólo quedó la
llanura árida, la polvorienta carretera, el pueblo de barracas, el
colegio solitario, silencioso como una jaula de jilgueros vacía, y a lo
lejos, acechando entre la bruma, Madrid, la gran charca.
El pobre viejo dejó caer entonces los brazos abatidos, bajó tristemente
la cabeza, y entróse en la capilla murmurando:
¡Oh Virgen del Recuerdo dolorida!
¿Se acordarán de ti?
--II--
Era aquella misma tarde poca la animación y escasa la concurrencia en el
_fumoir_ de la duquesa de Bara. Casi tendida ésta en una
_chaise-longue_, quejábase de jaqueca, fumando un rico cigarro puro,
cuya reluciente anilla acusaba su auténtico abolengo: tenía sobre las
faldas, sin anudarlo, un delantillo de finísimo cuero y elegante corte,
para preservar de los riesgos de un incendio los encajes de su _matinée_
de seda cruda, y sacudía de cuando en cuando la ceniza en un lindo barro
cocido, que representaba un grupo de amorcillos naciendo de cascarones
de huevo en el fondo de un nido.
Pilar Balsano fumaba, haciendo figuras, otro cigarro no tan fuerte, pero
sí tan largo como el de la duquesa, y Carmen Tagle se desquijaraba
chupando un _entreacto_ que se mostraba algún tanto rebelde.
--Está visto que no tira--dijo de pronto.
Y para cobrar nuevas fuerzas se bebió poquito a poco, y con aire muy
distinguido, una tercera copita del whisky, bastante fuerte, que
juntamente con el té, los brioches y _sandwiches_, habían servido en
rico frasco de cristal de Bohemia.
La señora de López Moreno, gorda y majestuosa como las talegas de su
marido, contraía sus gruesos labios para chupar un cigarrito de papel, y
reíase maternalmente al ver a su hija Lucy, recién salida del colegio,
dar pequeñas chupadas en el cigarro mismo de Angelito Castropardo.
Chupaba la niña y tosía haciendo monadas; chupaba Angelito para darle
magistral ejemplo, y tomaba a chupar y a toser la colegialita,
encontrando el juego muy divertido. Parecía complacerla mucho tener por
maestro un grande de España, y procuraba estudiar el chic de aquellas
ilustres damas, que como modelos de distinción le proponía su madre.
Todavía, sin embargo, encontraban en ellas sus ojos de colegiala cosas
harto extrañas.
Disgustaban a la duquesa las risotadas de la banquera; pero pasaban de
dos millones las hipotecas que el cónyuge de esta tenía sobre los bienes
de aquella, y ante la perspectiva de una prórroga necesaria, era preciso
preparar el terreno con paciencia y amabilidades.
Leopoldina Pastor, varonil solterona que pasaba ya de los cuarenta,
guapa y muy erudita, despachaba una buena ración de brioche _milanaise_,
disputando con don Casimiro Pantojas, antiguo director de Instrucción
Pública, académico de la Lengua y celebérrimo literato. Habíase
inaugurado aquella semana el tranvía del barrio de Salamanca, y
lamentábase el académico de que el vulgo de Madrid se empeñase en hacer
masculino el nuevo vehículo, contra el dictamen de algún colega suyo,
que por femenino lo tenía.
La señorita de Pastor, ardiente defensora de los fueros gramaticales,
prometióle hacer por todas partes propaganda de _la tranvía_; pero
escapósele al bueno de don Casimiro que era el académico en cuestión don
Salustiano Olózaga, y Leopoldina varió al punto de dictamen, exclamando
muy enfadada:
--¡Imposible que sea femenino!... Olózaga es un indecente amadeísta que
ha impuesto a Thiers el Toisón de oro; y eso no se lo perdona ninguna
alfonsina... ¡Pues no faltaba más!... ¡El tranvía se dice, y el tranvía
se dirá!...
Y todos convinieron en poner pantalones al tranvía, incluso Fernando
Gallarta y Gorito Sardona, gomosos del Veloz; y el grave marqués de
Butrón, ministro plenipotenciario antes de la gloriosa, y gastrónomo
distinguido únicamente después de ella. Era el marqués en extremo
peludo, y la reina Isabel solía llamarle Robinsón Crusoe, porque, según
aseguraba, sólo con la cara de su ministro plenipotenciario podía
figurarse al famoso náufrago vestido de pieles en su isla desierta. Y en
honor de la verdad, aquellos destinos del orbe entero, que encerraba
Napoleón en el pliegue vertical de su frente, podían quedar entre las
cejas del marqués perfectamente arropados, como entre dos pellejos de
conejo.
Frunció, pues, Butrón el formidable pliegue, y mirando la ceniza de su
cigarro, dijo solemnemente:
--¡Olózaga!... El y sólo él sirve de puntal a esta situación que se
desmorona... Sin su habilidad y sus esfuerzos, tendríamos ya la
Restauración planteada hace medio año.
Indignáronse mucho las damas, y Carmen Tagle exclamó lastimeramente:
--¡Y tanta apoplejía vacante!... ¡Tanta pulmonía desperdiciada!...
El marqués, que estaba realmente al tanto de los manejos de la política
reaccionaria, siguió perorando, y Carmen Tagle dejó de prestar atención
para ponerla a lo que pasaba a sus espaldas, detrás de un caballete de
terciopelo rojo, medio cubierto airosamente con una pieza de seda del
siglo XVI, sobre la cual se destacaba una linda acuarela de Worms.
Asomaban por entre las rojas patas del caballete las faldas de una dama
y las piernas de un caballero, y eran estos incógnitos María Valdivieso
y Paco Vélez, que sostenían allí hacía media hora una pelotera de dos
mil demonios. La colegialita Lucy alargaba también la oreja a ver si
pescaba algo, y pescó, en efecto, por dos o tres veces, el nombre de
Isabel Mazacán y el de cierto actual ministro, muy joven y muy guapo,
llamado García Gómez. A poco hizo otra pesca más gorda: habíasele
escapado a la dama un iracundo ¡Canalla! y al caballero una grosera
palabrota que hizo a Lucy pegar un respingo, poniéndose muy colorada, y
a Carmen Tagle exclamar entre dientes, con su proverbial frescura:
--_Ô mon Dieu; quel gros mot_!...
Y levantando la voz un poco, dijo volviendo el rostro hacia el
caballete:
--Pero, María, ¿no vienes?... Mira que se está enfriando el té...
Apareció entonces la Valdivieso por el laberinto de monerías y riquezas
artísticas que llenaba la pieza, y vino a sentarse junto a Carmen Tagle,
muy sofocada y echando por los ojos relámpagos de ira. Paco Vélez salió
por el otro lado del escondite con las manos en los bolsillos, coloradas
las orejas y mordiéndose los labios, y se detuvo a examinar, con aire de
inteligente, una bellísima lámpara de cobre repujado que sobre una
columna salomónica hacía pendant con el caballete. Lucy, que no conocía
a la Valdivieso, preguntó muy bajito a su maestro Castropardo, si aquel
otro señor era su marido.
¡Su marido!... ¡Jesús, y qué risa tan grande y tan guasona le entró
entonces a Angelito Castropardo!... Pero ¿de dónde diablos había sacado
aquella criatura la peregrina idea de que fuese aquel un matrimonio?...
--¡Como reñían de ese modo!...--dijo, muy apurada, Lucy.
Castropardo sufrió otro acceso de hilaridad, y pudiendo apenas decir
entre su risa «¡Pues tiene sombra la pregunta!», fue a contar al oído de
la duquesa la ocurrencia de la colegiala.
Pasóseles por alto a todos los demás este pequeño incidente, distraídos
con la negra pintura de la situación actual, que deliberadísimamente les
hacía el peludo diplomático; sabía muy bien que eran el brazo derecho de
los políticos de la Restauración las señoras de la grandeza, y tenía él
a su cargo enardecer y dirigir el celo de tan ilustres conspiradores.
Ellas, con sus alardes de españolismo y sus algaradas aristocráticas,
habían conseguido hacer el vacío en torno de don Amadeo de Saboya y la
reina María Victoria, acorralándolos en el palacio de la plaza de
Oriente, en medio de una corte de _cabos furrieles y tenderos
acomodados_, según la opinión de la duquesa de Bara; de _indecentillos_,
añadía Leopoldina Pastor, que no llegaba siquiera a indecentes. Las
damas acudían a la Fuente Castellana, tendidas en sus carretelas, con
clásicas mantillas de blonda y peinetas de teja, y la flor de lis,
emblema de la Restauración, brillaba en todos los tocados que se lucían
en teatros y saraos. Allí mismo y en aquel momento, la señora de López
Moreno llevaba una colosal, empedrada de brillantes; y con mejor gusto
para aquella hora y aquel traje, llevábanla también las otras damas, de
oro mate con esmaltes. Leopoldina Pastor lucía una de trapo del tamaño
de una zanahoria, colocada en lo más alto de su sombrero.
Pavoroso era el cuadro que el marqués dibujaba... Aislado el pobre rey,
miraba sin cesar hacia la frontera, esperando la contestación a su
discurso del 3 de abril que aún no había obtenido respuesta el 21 de
junio. Sucedíanse las crisis ministeriales, frecuentes, periódicas, como
calenturas de terciana, hasta engendrar un ministerio llamado de Santa
Rita, por ser esta Santa abogada de imposibles. Sublevábanse en las
provincias tropas y paisanos; los tenderos se amotinaban en Madrid y
daban una pedrada al alcalde; y cinco días antes, el 18 de junio, un
populacho soez recorría las calles apedreando los cristales, y rompiendo
los faroles de la iluminación con que celebraban muchos el aniversario
del pontificado de Pío IX, mientras un gentío inmenso, de todos los
colores y matices, aplaudía en los jardines del Retiro _El Príncipe
Lila_, grotesca sátira en que designaban al monarca reinante con el
nombre de _Macarroni I_. Varios gomosos del Veloz-Club, de los cuales
era uno Paco Vélez, habían pagado a tres saboyanitos para que,
escondidos en un palco proscenio del teatro a que asistía don Amadeo,
interrumpiesen de repente la función, cantando al son de sus violines y
arpas el conocido estribillo:
Cicirinella tenía un gallo
E tutta la notte montava a caballo,
Montava la notte bella
¡Viva il gallo de Cicirinella!
Divertía esto mucho a las damas, porque claro está que ello había de
allanar el camino de la Restauración porque ansiosas trabajaban; pero lo
temible, lo negro--y el marqués acentuaba los pavorosos tintes de su
rostro, enarcando las pieles de sus cejas--, era que los carlistas
comenzaban a removerse en el norte, y los republicanos en todas partes,
y hacíase difícil defender de tanta boca abierta la única y apetecida
tajada.
--La Restauración es cosa hecha--concluyó _Robinsón_ con acento
profético--; pero sólo llegaremos a ella atravesando un charco de
sangre... ¡Preveo para España un _noventa y tres_ con todos sus
horrores!...
Sobrecogiéronse las damas, y en voz queda, contenida, cual si viesen
asomar, como María Antonieta por las ventanas del Temple, la cabeza de
la Lamballe, clavada en una pica, comenzaron a hablar de la
guillotina... Morir las aterraba. ¿Qué sabían ellas lo que era morir?
Tan sólo lo comprendían en el Teatro Real, dejándose caer poco a poco en
la poltrona de Violeta Valery, cantando al compás de la orquesta y en
los brazos de Alfredo: _¡Addio d'il passato_!
La duquesa dijo con voz desfallecida que ella había visto en Londres, en
la galería de madame Toussaud, la guillotina misma en que murió Luis
XVI. La señora de López Moreno se llevó la mano a su gordo pescuezo,
como si ya sintiese allí el filo de la fatal cuchilla. Leopoldina Pastor
no se asustaba: de morir ella, moriría como Carlota Corday, despachando
antes media docena de indecentes, como Marat. Carmen Tagle dio un
suspiro, sacó un poquito la lengua y preguntó si aquello dolería mucho.
--Tan sólo se siente un ligero frescor--contestó a lo lejos una voz
cavernosa.
Volviéronse todos asustados, creyendo encontrar la sombra de
Robespierre, que venía a comunicarles el dictamen de su experiencia.
Tan sólo vieron a don Casimiro Panojas, sonriente, apretándose con una
mano el gaznate, rompiendo con la otra el rabo de un conejito de
porcelana de Sajonia que, entre mil costosas baratijas, adornaba una
mesa. Distraído siempre el buen señor, trituraba de continuo lo que
cogía al alcance de sus dedos de espárrago, y a estos destrozos sin
cuento de muebles y cachivaches debía el apodo de _el Ciclón Literario_.
Riéronse todos; y la salida del académico, que no era otra sino el
informe de Guillotín a la Asamblea francesa sobre su terrible invento,
vino a aclarar algo la sombría atmósfera. Una racha viviente, un huracán
femenino que apareció en la puerta, acabó de despejarla del todo; entró
Isabel Mazacán, con su paso de Diana cazadora, alta la cabeza, altiva la
mirada; demasiado señoril para _cocotte_ demasiado desvergonzada para
gran dama.
Besó a la duquesa, quitóse un guante, bebió dos sorbos de té...
--Butrón, un cigarro--dijo, y con el aplomo de un veterano, de repente,
sin preámbulos, hizo estallar esta bomba:
--Está nombrada la camarera mayor de Palacio.
La sorpresa hizo saltar de sus asientos a damas y caballeros, y
desapareció como por ensalmo la jaqueca de la duquesa.
--¿Quién es?...
--Pero ¿quién podía ser?...
Porque ¿quién podía ser, en efecto, si la gran habilidad de las señoras
alfonsinas había estado en desairar a la reina María Victoria, dejando
vacante el cargo de camarera mayor, que exige como requisito
indispensable la grandeza de España, y es de suyo tan alto y delicado
que no recibe, sino presta autoridad a la persona misma de la reina?...
--¡Bah!--exclamó al cabo la duquesa--, alguna coronela de Alcolea...
--Alguna burguesa distinguida--dijo Carmen Tagle.
--Miss Zaeo, artista ecuestre--opinó Gorito Sardona.
Y Paco Vélez, en crudo, sin repulgos, sin que ninguna dama se espantase,
ni ningún caballero le cruzara el rostro de una bofetada, añadió:
--Paca la alta... _artiste anonyme_...
Angelito Castropardo, en pie detrás de la gorda López Moreno, la
designaba con gesto picaresco, guiñando un ojo como si preguntase si era
ella; mas la Mazacán, con mucha pausa y sin que la voluminosa banquera
pudiese comprender por la expresión de su rostro qué decía, ni a quién
hablaba, le contestó, subrayando las palabras:
--No es _gorda_ de España... Es _grande_ de España.
Recrudecióse la sorpresa con asomos de indignación, y hasta el mesurado
diplomático contrajo sus pellejos de conejo, exclamando:
--¡Imposible!... ¡Imposible!...
--Será alguna grande de provincia... Alguna indecente que nosotros no
conocemos--dijo Leopoldina Pastor.
--No, señor; es grande de la corte, y de la cepa... y me extraña no
encontrarla aquí...
--¿Aquí?--gritó la duquesa irguiéndose amenazadora.
Y revolvió los ojos en todas direcciones, como buscando debajo de alguna
mesa o en lo alto de algún _étagére_ a la nueva camarera.
--Pero ¿quién es?... ¿Quién es?--gritaron todos.
Isabel Mazacán dejaba escapar una sonrisita maliciosa, como quien
saborea un triunfo anticipado; presentó una copa a Paco Vélez para que
se la llenase de whisky, vacióla de un trago, y acabó al fin de soltar
la bomba.
--Curra Albornoz--dijo.
Lo enorme de la afirmación destruyó su efecto. Un «¡bah!» general de
incredulidad brotó de todos los labios, y la duquesa se hundió de nuevo
en las profundidades de su _chaise-longue_, exclamando:
--¡Eso es una _canard_!
--¡Sí, señor!... ¡Un camelo!--añadió Gorito muy indignado.
Tocóle la vez de enfurecerse a Isabel Mazacán, y mientras el viejo
Butrón disimulaba un repentino sobresalto, como si juzgase aquel
nombramiento cosa de grave peligro, dijo ella muy contrariada por el
fiasco de su noticia:
--Pues, señor, ¡me pasmo de su pasmo de ustedes!... ¿A qué viene ese
espanto?... ¿Acaso Curra ha tenido alguna vez vergüenza?
--¡Eso es otra cosa!--replicó con fresquísima naturalidad la duquesa--.
Pero la enormidad que tú le atribuyes sería peor que una culpa; sería
una pifia...¡Camarera mayor de _la Cisterna_!... ¡Qué ridiculez!...
--Mira que lo sé de buena tinta...
--Vamos, mujer, dilo sin miedo, que ninguna de nosotras se ha de poner
colorada--exclamó María Valdivieso con la intención de un toro de ocho
años--. ¿Te lo ha dicho García Gómez?...
La Mazacán titubeó un momento, y sin ruborizarse tampoco por las
comentadas intimidades que con el lindo ministro tenía, dijo al cabo:
--García Gómez me lo ha dicho.
--¡Pues aunque lo diga San García Gómez no lo creo!--replicó
impertérrita la duquesa--. Necesitaría yo verla en el coche de _la
Cisterna_ para comprender.
--Ya lo irás comprendiendo, mujer, no te apures--la interrumpió Isabel
Mazacán con mucha sorna--. ¿Te acuerdas de que Currita estaba en París
cuando la abdicación de la reina? ¿Te acuerdas de que nadie se acordó de
invitarla a la ceremonia?... Bien se guardó ella de decirlo; pero su
marido, ese Villamelón, que tiene más de _melón_ que de _villa_, lo dejó
escapar una noche en casa de Camponegro... ¡Pues ahí tienes la madre
del cordero!... Ella no ha perdonado el desaire, y quiere ahora sacarse
la espina; porque, ¡pásmate, Beatriz, pásmate!... Ni aun siquiera le han
ofrecido el cargo; ¡ella, ella es quien lo ha solicitado!...
Horrorizáronse todos, y la Mazacán continuó:
--Verdad es que se hace pagar carillo, porque ha sacado seis mil duros
de sueldo, y...
--¿Seis mil duros de sueldo?... ¡Qué barbaridad!... Pero si ningún
sueldo de Palacio pasó nunca de tres mil duros...
--Pues para Curra pasa de seis mil, porque, además de ellos, se ha
sacado también...
Aquí intercaló la amiga de García Gómez una risita de todos los diablos,
y añadió muy despacito:
--...la Secretaría particular de don Amadeo, para ese Juanito Velarde,
que es ahora su consejero íntimo.
--¿Velarde?--exclamó Pilar Balsano muy sorprendida--. ¡Yo nada sabía!...
--¿Ahora te desayunas de eso?... ¡Vamos, Pilar, que estás siempre en
Belén con los pastores!...
--Lo veía mucho con Villamelón, pero nada sospechaba...
--¿Y querías mayor indicio?... En ese matrimonio modelo son comunes
hasta las afecciones; el consejero más íntimo de Currita es el amigo que
Villamelón pasea... En eso conozco yo quién está de turno.
Riéronse todos, como siempre que la Mazacán empuñaba la tijera, y la
señora de López Moreno dijo muy satisfecha:
--¡Qué Isabel esta!... ¡Con qué gracia crucifica a todo el mundo!...
No sentó bien a la Mazacán aquel familiar _Isabel_, y como no tenía
sobre sus tierras hipoteca ninguna de la banquera, la contestó
recalcando mucho el nombre de pila de esta:
--Por eso tengo la seguridad de que a nadie calumnio, mi señora doña
Ramona...
La duquesa, que aún no se daba por convencida, quiso replicar algo; pero
el marqués, desasosegado y nervioso, impuso silencio, extendiendo una
mano que parecía tener, como las de Jacob, mitones de cabrito...
--¡Basta, basta, señores!--dijo--. ¡Están ustedes jugando con fuego!...
Y lanzando en torno una mirada escrutadora, que brillaba entre sus cejas
como el sol entre nubarrones, añadió:
--Todos tenemos aquí los mismos intereses, y se puede hablar claro... De
ser cierto lo que Isabel dice, el tal nombramiento traerá cola... Lo de
la abdicación es exacto, pero fue un olvido; yo estaba allí también, y
me lo contó Pepe Cerneta, y la misma señora me lo repitió, lamentándose
de ello... Por eso, cuando noté que Currita se había resentido, escribí
yo mismo a la reina, aconsejándola que la desagraviara...
--¡Pues muy mal hecho!... ¡Lástima de tiempo perdido!--le interrumpió
Isabel Mazacán con un mohín graciosísimo.
--¡No, Isabel, no!... Que cuando un partido está en desgracia, su
política ha de ser siempre la de barrer para adentro... Por eso la
señora me contestó hace poco que la invitaría para la primera comunión
de nuestro príncipe en Roma... ¡Figúrense ustedes el compromiso que será
para mí si la señora da ese paso en falso!... ¡Jesús, Jesús, qué
disparate!... Pero, Isabel, cabeza de pájaro, ¿por qué no me dijiste eso
a mí solo?...
--¡Pues me gusta la salida!... ¿Para que se lo guardara usted muy
tapadito?...
--¡Pues claro está!, ¡para eso mismo!... Es menester que todo eso quede
entre nosotros, y hable yo cuanto antes con Currita...
--Aquí la tendrá usted de un momento a otro.
--¿Aquí?...
--Aquí mismo... Quedé citada con ella para ir a la visita de los niños
de la Inclusa; ella es de la Junta de Damas.
--¡Oh, sí!--exclamó Carmen Tagle en tono muy devoto--. Currita tiene a
esos pobrecitos niños un afecto tiernísimo...
--Maternal--dijo Gorito en el mismo tono.
--Verdaderamente maternal--repitieron varios muy compungidos; y todos se
echaron a reír, incluso la colegialita, con sencillez candorosísima,
mientras Butrón, muy apurado, repetía con el ademán de Neptuno
pacificando los mares:
--¡Juicio, señores; juicio, por Dios!... Que nadie diga una palabra, ni
se den por entendidos con ella, hasta que yo le hable.
--¡Ay, no, no; lo que es eso no!--exclamó la Mazacán muy desolada--. Por
nada del mundo renuncio yo al gustito de hacerla rabiar un rato...
--¡Pero si eso no puede ser cierto!... ¡Si todo podrá arreglarse!
--Pues mientras usted lo arregla, nosotras nos divertiremos...
Butrón quiso invocar los fueros de su autoridad, pero ya era tarde... A
través de la puerta del _fumoir_ vieron todos adelantarse, por el salón
vecino, a una dama muy pequeñita, flaca, que caminaba con menudos pasos
sobre sus altos tacones, dando golpecitos en el suelo con el regatón del
largo palo de su sombrilla de encajes. Tenía el pelo rojo, el rostro
lleno de pecas, y sus pupilas grises eran tan claras que parecían
borrarse a cierta distancia, haciendo el extraño efecto de los muertos
ojos de una estatua.
Al verla, Leopoldina Pastor corrió al soberbio piano de Erard, que
estaba en un ángulo, arrancó de un solo tirón la rica y antigua colcha
brocada que lo cubría, y se puso a tocar furiosamente el flamante himno
de doña María Victoria, una de las intemperancias filarmónicas en que
tan fecundo fue siempre el partido progresista. Gorito Sardona saltó
frente a la puerta, sobre un puff de badana japonesa, y cogiendo a guisa
de sombrero una de las bandejas del té, de cincelada plata antigua, se
descubrió ante la dama lentamente, tieso, sin mover la cabeza,
extendiendo el brazo hasta formar con el cuerpo ángulo recto, como solía
saludar por todas partes el rey don Amadeo.
Currita se detuvo un momento en el dintel, sin perder su aire de niña
tímida, de ingenua colegiala; oyó el himno, vio a Gorito, abarcó la
situación con una sola y rápida ojeada... y dobló de repente el cuerpo
con distinción exquisita, para contestar al saludo amadeísta con otro
saludo de corte, profundo, pausado, a la derecha, a la izquierda,
poniendo en elegantísima caricatura la ceremoniosa reverencia usual de
la reina doña María Victoria.
--III--
El 21 de junio de 1832, Fernando VII, arrastrando los pies más por la
gota que por los años, y María Cristina, en todo el apogeo de su lozanía
y su belleza, sacaban de pila en la colegiata e iglesia parroquial de la
Santísima Trinidad, del Real Sitio de San Ildefonso, a un niño que se
llamó Fernando, Cristián, Robustiano, Carlos, Luis Gonzaga, Alfonso de
la Santísima Trinidad, Anacleto, Vicente.
Era hijo primogénito de los marqueses de Villamelón, grandes de España,
gentilhombre él de su majestad el rey, y dama de honor ella de su
majestad la reina. Fue la última criatura que apadrinó Fernando en este
valle de lágrimas; quince meses después bajó al sepulcro en el Real
Palacio de Madrid, cumpliéndose a la letra el símil de la botella de
cerveza con que el socarrón monarca comparaba a su pueblo. Él era el
corcho que saltaba, la revolución el espumoso líquido que se difundía
por todas partes.