Salió de la corte en un tren mixto, que se arrastraba torpemente como
reptil enorme condenado a recorrer siempre el mismo camino, saludando
con silbidos estridentes los mismos lugares, deteniéndose ante los
mismos sitios, hasta que al cabo de veinte horas de viaje llegó a la
estación más cercana a su pueblo, para ir al cual había de atravesar una
dilatada llanura, a cuya extensión ponían límite varias colinas que se
divisaban a larga distancia, veladas por flotantes brumas.
Alzábase cerca de la estación una venta con honores de posada, y junto a
su puerta, sentados en torno de dos mesillas mugrientas e inseguras
cubiertas de jarrillos de vino, bebían y vociferaban hasta media docena
de arrieros y zagales. Lázaro cruzó ante ellos sin detenerse, pidió
albergue, ajustó una mula para ir hasta su pueblo al otro día, y,
encerrándose en un estrecho cuarto, se dispuso a pasar la noche.
Caía la tarde. Por la ancha ventana que iluminaba la habitación se
distinguían a lo lejos, oscureciendo con sus enormes sombras la incierta
luz crepuscular, los picos de la vecina sierra envueltos entre vapores
débilmente violados y azules. En primer término, las tapias llenas de
carteles de colores y las vallas de la estación dibujaban con líneas de
intenso negro sus contornos. Los rails, abrillantados por el continuo
roce de las ruedas, se alejaban hasta perderse en la revuelta de una
curva. El polvillo del carbón oscurecía la tierra, marcando las huellas
de los carros, y a unos trescientos metros de donde paraban los trenes,
indicando la entrada en agujas, empezaban a brillar los farolillos rojos
y las señales de la vía.
Frente de la ventana, a regular distancia del corralón de la posada,
contrastando su fábrica de piedra con el maderaje y los tablones de que
estaba formada la estación, había un edificio, rico en otro tiempo, a la
sazón ruinoso, pobre, y sobre todo triste, como si su inerte mole fuera
capaz de presentir la grandeza del rival que allí cerca y en pocas
semanas alzaron unos cuantos hombres. Era una antigua iglesia,
reconstruida sin criterio fijo, restaurada muchas veces, y que hasta en
los más pequeños detalles acusaba gustos de distintas épocas o caprichos
de los piadosos donantes que facilitaron fondos con que sostener en pié
aquella amalgama en que parecían haber tomado cuerpo los desvaríos de un
arquitecto loco.
Todo el que dio dinero para la obra imprimió en ella algo de su capricho
o su ignorancia. Tenía rejas del Renacimiento, adaptadas a huecos
ojivales; vanos trazados sin tener en cuenta la ponderación de las
fuerzas, masas aglomeradas donde faltaba resistencia. Hasta la
Naturaleza, a veces caprichosa, había añadido un sarcasmo a tanta burla,
dejando brotar en la cornisa y enlazarse con las labores de la alta
crestería, muchas de esas florecillas de un amarillo sucio que crecen en
la frente de las ruinas como coronas funerarias puestas por el tiempo
sobre aquello mismo que destruye.
Daba acceso al edificio un arco gótico de relieves esculturales, con
santos puestos en mensulillas esculpidas, cubiertos por doseletes
calados, decorados con profusión, pero desconchados y rotos. No quedaba
apóstol sano, ni evangelista entero, ni virgen intacta, ni mártir
respetado por las salvajes pedradas de los chicos. Los báculos, las
mitras, los atributos y animales simbólicos estaban horriblemente
mutilados; dos o tres Padres de la Iglesia estaban desnarigados.
Lázaro, puestos los codos en el antepecho de la ventana y apoyado el
rostro entre las manos, miraba distraído las bandadas de pájaros que,
volando sesgadamente en torno de la vieja techumbre, venían a guarecerse
en los intersticios de las tejas, y sentía que, tan rápidas como ellos,
pero menos alegres, sus reflexiones iban trayéndole a la mente, en
invasión desordenada, revueltas con las tenaces preguntas de la
conciencia, las inseguras disculpas de la razón; y al par que cada
pensamiento le mostraba sus ilusiones muertas para siempre, en nada
descubría apoyo de consuelos presentes o vislumbre de esperanzas
futuras.
--Todo ha concluido. ¿He hecho bien? ¿He hecho mal? ¿Por qué no
experimento la dulzura inefable que dejan las resoluciones honradas? Me
he vencido: mi voluntad, domando los impulsos torpes, ha preferido a la
hipocresía la sinceridad. Si cuanto creí era falso, mi alma se hubiera
corrompido al contacto de la mentira; si era cierto, la oración se
habría manchado al pasar por los labios del impío. Tan despreciable es a
mis ojos el incrédulo que finge devoción, cuanto es infame el creyente
que blasfema de lo que tiene por santo. No quise que la duda me
arrastrase al cinismo. He aceptado la desdicha por no doblegarme al
envilecimiento, y, huyendo de reconocerme perjuro, he parado en ser
apóstata. He sido para la fe soldado leal y amante sin falsía; al dejar
de amarla no he querido mentirla, que el corazón luego desprecia lo que
prostituye. Plegaria que la vacilación suspende, frase de cariño que con
el pensamiento se aquilata, ni entrañan fervor, ni acusan sentimiento.
La religión y la mujer quieren al hombre todo entero: una para creer,
nos ciega; otra para amar, nos ofusca: ambas transigen con el olvido
antes que con la indiferencia, y para ellas en el menor desfallecimiento
hay perjurio, en la más pequeña falta de entusiasmo hay engaño.
Ya no volveré a verla. Creyente o renegado, no debe existir para mí.
Emblema vivo de la dicha, la he visto y la he sentido gozando, masque
por la contemplación de su hermosura, con los presentimientos en que el
alma adivinaba las dichas que pudiera darme. Y hoy, negada para la
realidad, imposible para el logro, aún creo que puede ser eterna para la
esperanza, cual si en mi ser se acrisolara lo que de terrenal me
inspira, hasta trasformarse y fundirse el deseo del cuerpo en aspiración
del alma. Su frente, que nunca habrá de reclinar sobre mi hombro; su
boca, que mis labios no besarán jamás; el brillo intenso y profundo de
sus pupilas negras, todo lo que sin haber llegado a conseguir juzgo
perdido, me parece infamemente arrebatado al empezar a poseerlo.
Recuerdo como pronunciadas las palabras que soñé para dichas por ella
junto a mi oído; la imaginación se finge las amorosas respuestas, la
memoria quiere engañarse a sabiendas, y los antojos de la fantasía se
confunden con las reminiscencias de la realidad.... Ya no tendré
estímulo para el bien, ni energía contra el mal. Ser algo por amor suyo
me hubiera quizá impelido a serlo todo; ambicionar lejos de ella, es
caminar sin término, pensar sin juicio, tender el vuelo a los espacios
sin que la mente sepa dónde ha de hallar descanso la esperanza.
Así pensaba Lázaro, absorbido por sus cavilaciones, mientras la trémula
claridad de los últimos instantes de la tarde iba dejando libre el paso
en la atmósfera a las primeras sombras de la noche. Las formas de las
cosas se desvanecían, perdidas poco a poco en la incertidumbre de la
naciente oscuridad, y los contornos de árboles, caseríos, lomas y
plantíos iban desvaneciéndose, permitiendo apenas destacar sus negras
masas entre los espirantes resplandores del día.
Entonces, hendiendo el aire pausada y dulcemente, llegó hasta los oídos
del cura el tembloroso tañer de una campana, cuyas voces debilitaba la
distancia, confundiendo con sus propios sonidos las huecas repeticiones
de los ecos.
--¡La oración! dijo Lázaro. ¡Si pudiera rezar!
Se levantó movido de secreto impulso, bajó al zaguán, salió hasta el
campo, y como quien no pierde por la precipitación idea del sitio donde
va, cruzando tierras sembradas, se fue hacia la iglesia que desde la
ventana de su cuarto había visto.
Llegó hasta ella rendido y sin aliento, que el bien, aunque sea fingido,
cuesta caro, y parándose primero ante la puerta cerrada del templo,
rodeó después el edificio a grandes pasos, buscando inútilmente entrada
franca para la casa de Dios. Mas hallándolo todo inútil a su empeño,
vino a dar junto a una casuca estrecha, miserable, contigua a la
iglesia, unida a ella por las tapias de un huerto, y que parecía ser
morada del cura que cuidase el sagrado edificio.
Avanzó resuelto, y cogiendo con mano trémula el aldabón de hierro que
pendía de la puerta, dio un recio golpe, que, retumbando en la desierta
nave de la iglesia, fue devuelto en seguida por los ecos más prolongado
y más nutrido. Entonces los pájaros cobijados entre las hendeduras de
los sillares desquiciados, en los relieves de los frisos, en las
estatuillas de piedra y las hojarascas de granito, se alzaron en medroso
enjambre, yendo fugitivos y asustados a perderse en la altura o a
refugiarse rastreando por los cercanos trigos.
--Así han huido, se dijo Lázaro, mis esperanzas; pero estas aves
tornarán al nido antes que la noche cierre, y las ilusiones no volverán
jamás al alma mía.
Nadie contestó al golpe. El edificio estaba abandonado y mudo. La
campana cuyos tañidos llegaron hasta Lázaro, era la que en la estación
servía para marcar las horas del trabajo.
De allí a poco rasgó los aires el pito de una locomotora que venía
lejana, y confundidos con su penetrante silbido empezaron a escucharse
cercanos los alegres cantares de los obreros que volvían de su ruda
tarea.
Era inútil rezar. A un lado estaban la soledad, el egoísmo indiferente
de todo lo que se siente morir, la puerta del templo cerrada para
siempre; al otro lado bullían y se agitaban los símbolos del porvenir,
de la esperanza y de la vida.
La Iglesia es como esas queridas desdeñosas que nunca vuelven a recibir
entre sus brazos al que una vez se aparta de ellas.
Lázaro se volvió pensativo a la posada. Había comprendido aquella
coincidencia extraña que le dio clara idea de su situación.
Al entrar en la venta vio, iluminados por la rojiza llama del hogar y
las amarillentas luces de un velón, los arrieros y mozos de muías que
descansaban en torno de la lumbre, jugando con barajas abarquilladas y
sebosas, apurando vasos de vino.
Otros más descuidados o menos resistentes al trajinar del día, dormían
a pierna suelta encima de los arcones de la cebada y tumbados sobre las
mantas y albardas de las bestias.
Lázaro los contempló un instante, y pensó que el sueño del ignorante
suele ser, por una injusticia que subleva, más sosegado y tranquilo que
el del justo.