XIV.

Se encerró cual si tuviera miedo, atrancó cuidadosamente el balcón, y

sin hacer ruido fue alzando la trampa que ocultaba el hogar de su

chimenea.

A duras penas, con un mal cuchillo, hizo astillas la peana en que se

sostenía la santa imagen puesta a la cabecera de la cama, colocó en el

hogar los pedacitos de madera carcomida, y en torno suyo fue agrupando,

apoyándolos sobre las tapas mugrientas y sobadas, los libros de rezo,

las obras sagradas, los accesorios de sus trajes sacerdotales, los

alzacuellos, los rosarios, todo lo que podía recordarle aquel pasado que

hubiera querido aniquilar de un solo golpe. Arrancó después algunas

hojas de un breviario, retorciéndolas tranquilamente entre las manos, y

sin vacilar un punto, impasible, sereno, las encendió en la lámpara,

prendiendo con ellas los combustibles hacinados.

Una llama pálida lo rodeó todo; enrojeciéronse rápidamente las astillas;

las voraces y azuladas lenguas de fuego atacaron las compactas páginas

de los libros, y a los pocos momentos, una llamarada de resplandores

vivísimos iluminó el cuarto, ofuscando la apacible luz de la lámpara, y

proyectando una siniestra claridad de incendio sobre la figura de

Lázaro. Todo ardía. Los cantos de los tomos parecían haces de aristas

encendidas, cada hoja era una línea, y unas caían sobre otras,

torciéndose, quebrándose, hasta romperse como gavillas abrasadas. Los

pliegos sueltos ardían rápidamente consumidos a un solo embate de la

llama, y en su lugar quedaba una película negra, ingrávida, escrita con

caracteres de fuego, que se iban extinguiendo poco a poco. Las chispas

rodaban sobre los volúmenes hasta hacer presa en ellos, y sus puntos

rojizos, agitándose como larvas ardientes, roían las hojas antes que se

cebara en ellas la enfurecida llama. Las tapas y las cubiertas empezaban

a retorcerse. Los pergaminos se abarquillaron, crujiendo y chasqueando,

y las pavesas, absorbidas del foco de la hoguera, volaban envueltas en

una nube de humo hasta desaparecer por el cañón de la chimenea.

¡Cuánto hubiera dado Lázaro por trocar en cosa tangible su memoria, para

destruirla también! Cuando el hombre abjura de sus errores, debía tener

el derecho de olvidarlos.

En el hogar, momentos antes encendido, no quedó de allí a poco más que

un montoncillo de cenizas, y envueltos entre su tibio rescoldo se veían

relucir los broches de un libro de horas, y los alambres del metálico

engarce de un rosario.

El sacrificio estaba consumado. La conciencia de Lázaro se resistió

siempre a darle el nombre de apostasía.

Entonces vinieron a consolarle esas ficciones engañosas que uno se forja

en las grandes amarguras de la vida, falsas esperanzas que no han

germinado al calor de la ilusión o del deseo, sino que llegan con paso

tardo y torpe, rebeldes a la voluntad que las evoca: entonces los

recuerdos tomaron formas de esperanzas, y no concebidas fríamente por el

cerebro, sino brotadas del fondo de su corazón, Lázaro sintió llegar a

los labios una idea que se tradujo en una palabra amorosamente

pronunciada. Todo su porvenir estaba condensado en ella.

«¡La aldea!»

A la mañana siguiente el barro del jardín guardaba impresas todavía las

huellas de Lázaro, indicando el sitio donde había escalado la verja para

huir, como un ladrón, de aquella casa, donde era tenido casi por un

santo.

Lázaro: casi novela · 第 24 / 27 题