Se encerró cual si tuviera miedo, atrancó cuidadosamente el balcón, y
sin hacer ruido fue alzando la trampa que ocultaba el hogar de su
chimenea.
A duras penas, con un mal cuchillo, hizo astillas la peana en que se
sostenía la santa imagen puesta a la cabecera de la cama, colocó en el
hogar los pedacitos de madera carcomida, y en torno suyo fue agrupando,
apoyándolos sobre las tapas mugrientas y sobadas, los libros de rezo,
las obras sagradas, los accesorios de sus trajes sacerdotales, los
alzacuellos, los rosarios, todo lo que podía recordarle aquel pasado que
hubiera querido aniquilar de un solo golpe. Arrancó después algunas
hojas de un breviario, retorciéndolas tranquilamente entre las manos, y
sin vacilar un punto, impasible, sereno, las encendió en la lámpara,
prendiendo con ellas los combustibles hacinados.
Una llama pálida lo rodeó todo; enrojeciéronse rápidamente las astillas;
las voraces y azuladas lenguas de fuego atacaron las compactas páginas
de los libros, y a los pocos momentos, una llamarada de resplandores
vivísimos iluminó el cuarto, ofuscando la apacible luz de la lámpara, y
proyectando una siniestra claridad de incendio sobre la figura de
Lázaro. Todo ardía. Los cantos de los tomos parecían haces de aristas
encendidas, cada hoja era una línea, y unas caían sobre otras,
torciéndose, quebrándose, hasta romperse como gavillas abrasadas. Los
pliegos sueltos ardían rápidamente consumidos a un solo embate de la
llama, y en su lugar quedaba una película negra, ingrávida, escrita con
caracteres de fuego, que se iban extinguiendo poco a poco. Las chispas
rodaban sobre los volúmenes hasta hacer presa en ellos, y sus puntos
rojizos, agitándose como larvas ardientes, roían las hojas antes que se
cebara en ellas la enfurecida llama. Las tapas y las cubiertas empezaban
a retorcerse. Los pergaminos se abarquillaron, crujiendo y chasqueando,
y las pavesas, absorbidas del foco de la hoguera, volaban envueltas en
una nube de humo hasta desaparecer por el cañón de la chimenea.
¡Cuánto hubiera dado Lázaro por trocar en cosa tangible su memoria, para
destruirla también! Cuando el hombre abjura de sus errores, debía tener
el derecho de olvidarlos.
En el hogar, momentos antes encendido, no quedó de allí a poco más que
un montoncillo de cenizas, y envueltos entre su tibio rescoldo se veían
relucir los broches de un libro de horas, y los alambres del metálico
engarce de un rosario.
El sacrificio estaba consumado. La conciencia de Lázaro se resistió
siempre a darle el nombre de apostasía.
Entonces vinieron a consolarle esas ficciones engañosas que uno se forja
en las grandes amarguras de la vida, falsas esperanzas que no han
germinado al calor de la ilusión o del deseo, sino que llegan con paso
tardo y torpe, rebeldes a la voluntad que las evoca: entonces los
recuerdos tomaron formas de esperanzas, y no concebidas fríamente por el
cerebro, sino brotadas del fondo de su corazón, Lázaro sintió llegar a
los labios una idea que se tradujo en una palabra amorosamente
pronunciada. Todo su porvenir estaba condensado en ella.
«¡La aldea!»
A la mañana siguiente el barro del jardín guardaba impresas todavía las
huellas de Lázaro, indicando el sitio donde había escalado la verja para
huir, como un ladrón, de aquella casa, donde era tenido casi por un
santo.