XVI.

Por un camino real que atraviesa los campos de Castilla rayanos con

Andalucía, jinete en una mula parda, mal esquilada y sucia, va un hombre

joven y de hermosas facciones, pero ojeroso, triste, pálido, callado,

dejando al animal que arregle a su capricho el paso, sin hostigarle con

espuela ni palo.

En el cielo, de un azul purísimo, no flota la más ligera nube. El aire,

diáfano y trasparente, permite ver a grandes distancias las formas de

las cosas, y el humo que se escapa de alguna choza perdida en la

llanura, sube vertical y tranquilo a desvanecerse en la límpida

atmósfera, sin que el más tenue soplo le conmueva. Algún ventorrillo,

con su rama seca colgada, ante el portón, ofrece de trecho en trecho al

caminante el cochifrito o el tasajo, compañeros del vino, y a lo lejos

se extiende hasta perderse la blanca cinta del polvo de la carretera,

manchada sólo por los excrementos de las bestias, o hendida por las

pesadas llantas de los carros. Dilátanse a uno y otro lado las estrechas

paralelas de los surcos cubiertas por mieses amarillentas o verdosas, y

esmaltando el gris oscuro de los secos terrones, crecen profusamente las

encendidas amapolas, los azulejos pálidos y las margaritas de botón de

oro. En las cunetas del camino, junto a los montones de guijo y pedernal

recién labrado, se arraigan los punzantes cardos, y rastreando entre

los trigos, hurtando fuerza a las cañas y peso a las espigas, se

extienden las tenaces gramas. El sol brilla con fuerza, recortando

enérgicamente las sombras, y el aire, impregnado de rústicos aromas,

apenas consigue agitar las hierbecillas sedientas del agua de los

cielos. Todo está seco; en cuanto alcanza la mirada no hay una noria, ni

un árbol, ni una fuente. Como flotantes en el ancho espacio, se oyen

sonidos que la distancia debilita: el campanilleo tembloroso del andar

de la recua, el cántico semisalvaje del gañán, o el cansado voltear de

alguna esquila de torre perdida en la soledad de la planicie....

La mula seguía su trote acompasado y lento, dejando tras sí lo que dejan

todas las cosas de la vida: polvo que se alzaba en el aire, dilatando un

instante la nube sucia de sus átomos, para volver al sitio de donde

procedía.

Las horas pasaban; a unos campos sucedían otros monótonamente iguales,

repitiéndose sin cesar los accidentes del terreno, pareciéndose siempre

en algo los caseríos, las granjas, los rediles vacíos, mientras sobre

las lomas o en los cerros se divisaban, como puntos inquietos blancos y

negros, las ovejas y cabras que corrían acosadas por los celosos perros.

Íbanse poco a poco destacando del fondo luminoso del cielo los ángulos

rectos y los cortes bruscos de las casas de las aldeas, con sus tapias

de tierra y sus paredes de cascote, dominadas desde lo alto del monte

por la ermita, en torno de cuyo viejo campanario volaban las bulliciosas

y alegres golondrinas. Entonces Lázaro forzaba el trote de su

cabalgadura, y llegando a la plaza del lugar, lo atravesaba rápidamente,

sin reparar en las mujeres puercas y los chicuelos harapientos que le

miraban, curiosos y asombrados, desde las ventanas y los umbrales de

las puertas.

En una revuelta vio de repente una sombra oscura, grande y extendida

sóbrela blancura del camino: aquella mancha se movía, avanzando

lentamente en dirección contraría a la que él llevaba, y entre su masa

compacta brillaban a intervalos algunos puntos luminosos. Parecía una

serpiente colosal de enormes escamas heridas por los rayos del sol, y

seguida de una tenue nubecilla de polvo. Lázaro la dejó acercarse,

parado en lo alto de un repecho, y al cabo de unos cuantos minutos vio

clara, distintamente, lo que en un principio miró sin acertar qué era.

A pié, despedazados los trajes, roto el calzado, o desnudas y

ensangrentadas las callosas plantas, casi sin ropa que mal cubriera su

desnudez de día y en la noche les aliviara del frío, atados entre sí y

alguno sujeto por los codos, venían hasta diez y seis o veinte hombres.

Era una cadena de eslabones humanos brutalmente ensartados; _gente

forjada del Rey que iba a las galeras_; una cuerda de presos. En torno

suyo caminaban custodiándoles, sable en mano o arma al brazo, unos

cuantos soldados. Lo que Lázaro había visto brillar en lontananza eran

los hierros de las bayonetas.

Allí iban retratadas, si no juntas realmente, al menos visibles para la

imaginación, todas las miserias humanas: el que mató por odio; el que

hirió por venganza; el que robó por codicia; el que hurtó por hambre; el

que delinquió por flaqueza; el que pecó por vicio: aquél a quien

pervirtió la mala educación; aquél a quien la herencia de la viciada

sangre hizo rabiosos los sentidos, y el de brutal naturaleza que dejó al

instinto sobreponerse a la razón: juntos estaban el que holló la moral

desconociéndola, y el que hizo mofa de ella desestimando su valía:

atados a la par iban el avaro convertido en ladrón por la idolatría del

oro, y el pródigo trocado en criminal por el desprecio de todas las

riquezas: codo con codo, sujetos uno a otro, andaban el que delinquió

contra la sociedad creyendo honrar a la virtud y el que hizo escarnio de

lo bueno por asegurar lo útil: caminando unidos, avasallados por la

misma tristeza, iban el que fue malo por fanático y el que dejó de ser

justo por incrédulo: llagas en los tobillos y heridas en las manos

llevaban igualmente quien faltó a la ley por no tener, y quien la violó

para tener más: con grillos y esposas estaban sujetos, todos respirando

venganzas, invocando auxilios, premeditando fugas, distintamente

animados por el arrepentimiento o el rencor, pero sin que uno solo se

eximiera de la pesadumbre y la vergüenza.

--Son los hijos de la pobreza y la ignorancia, pensó Lázaro; la ley de

la Naturaleza es la vida; la ley del hombre es el dolor.

Su alma sufrió una sacudida horrible: la trasformación que venía

realizándose en su espíritu se completó en aquel momento, y la

metamorfosis que convierte en amor al prójimo el feroz egoísmo de la fe,

quedó cumplida. Ser bueno para sí es lo propio del débil; en ser justo

para los demás están la sabiduría y la grandeza.

Cuando estaba resuelto a sepultarse para siempre en la soledad y el

olvido de su pueblo, unos cuantos miserables que la sociedad expulsaba

de su seno, amputados como miembros podridos, le dieron a entender que

si la fe puede morir, el amor a la humanidad es inmortal. Y aquella

pobre criatura, el ateo capaz de conmoverse viendo rezar a un niño, el

que sin creer en la amistad se hubiera sacrificado por un amigo, el que

al renegar de la pasión lo había sacrificado todo al respeto de la mujer

amada, el que no esperando agradecimiento hubiera dado a hurtadillas la

limosna, dejó caer sobre el pecho la cabeza, y lloró solo una lágrima,

acre, amarga, como saturada de todos los infortunios de la tierra, y

alzando luego el rostro, de cara al sol, inspirado por algo superior a

sí mismo, dio vuelta a la mula, guiándola hacia la corte, para lanzarse

en el torbellino de la vida moderna, sin más creencias que la pasión del

bien ni más fe que la de un porvenir mejor.

--Nadie tiene derecho, se dijo, a convertir el escepticismo en inacción.

Mientras en el mundo suene una queja engendrada por el egoísmo y la

injusticia, quien se precie de bueno debe luchar hasta morir, que para

caer herido en defensa de lo santo no hace falta creer: basta amar. En

la misma dirección, pero a larga distancia, fueron perdiéndose entre

dos remolinos de polvo, grande uno, imperceptible otro, los presidiarios

y el jinete.

¿Fue su alto y leal propósito a perderse en la inmensa vorágine de los

opuestos intereses del mundo? ¿Cayó como granizo que se derrite al ardor

impuro de la tierra, o gota de lluvia que en el mar se confunde sin

alterar la muchedumbre de sus olas? ¿Fue hierro candente sumergido en el

agua que chasquea y se queja pero al fin se enfría, o se desvaneció como

el último eco de la onda sonora que desparrama su vibración en el

espacio? ¿Fue, tal vez, como el grano de trigo que el viento orea en la

parva y cae en el montón predestinado a la fecunda siembra? ¡Quién sabe!

Pero aquél espíritu sin esperanza, destrozado y muerto por la lucha del

sentimiento que le impulsaba a creer, con la razón que le arrastraba a

dudar, debió escuchar una voz misteriosa que, como Cristo al hermano de

Marta y María, le arrancó del seno de las tinieblas y la muerte

murmurando en su oído:

--_Lázaro, ven fuera_.

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Lázaro: casi novela · 第 26 / 27 题