Por un camino real que atraviesa los campos de Castilla rayanos con
Andalucía, jinete en una mula parda, mal esquilada y sucia, va un hombre
joven y de hermosas facciones, pero ojeroso, triste, pálido, callado,
dejando al animal que arregle a su capricho el paso, sin hostigarle con
espuela ni palo.
En el cielo, de un azul purísimo, no flota la más ligera nube. El aire,
diáfano y trasparente, permite ver a grandes distancias las formas de
las cosas, y el humo que se escapa de alguna choza perdida en la
llanura, sube vertical y tranquilo a desvanecerse en la límpida
atmósfera, sin que el más tenue soplo le conmueva. Algún ventorrillo,
con su rama seca colgada, ante el portón, ofrece de trecho en trecho al
caminante el cochifrito o el tasajo, compañeros del vino, y a lo lejos
se extiende hasta perderse la blanca cinta del polvo de la carretera,
manchada sólo por los excrementos de las bestias, o hendida por las
pesadas llantas de los carros. Dilátanse a uno y otro lado las estrechas
paralelas de los surcos cubiertas por mieses amarillentas o verdosas, y
esmaltando el gris oscuro de los secos terrones, crecen profusamente las
encendidas amapolas, los azulejos pálidos y las margaritas de botón de
oro. En las cunetas del camino, junto a los montones de guijo y pedernal
recién labrado, se arraigan los punzantes cardos, y rastreando entre
los trigos, hurtando fuerza a las cañas y peso a las espigas, se
extienden las tenaces gramas. El sol brilla con fuerza, recortando
enérgicamente las sombras, y el aire, impregnado de rústicos aromas,
apenas consigue agitar las hierbecillas sedientas del agua de los
cielos. Todo está seco; en cuanto alcanza la mirada no hay una noria, ni
un árbol, ni una fuente. Como flotantes en el ancho espacio, se oyen
sonidos que la distancia debilita: el campanilleo tembloroso del andar
de la recua, el cántico semisalvaje del gañán, o el cansado voltear de
alguna esquila de torre perdida en la soledad de la planicie....
La mula seguía su trote acompasado y lento, dejando tras sí lo que dejan
todas las cosas de la vida: polvo que se alzaba en el aire, dilatando un
instante la nube sucia de sus átomos, para volver al sitio de donde
procedía.
Las horas pasaban; a unos campos sucedían otros monótonamente iguales,
repitiéndose sin cesar los accidentes del terreno, pareciéndose siempre
en algo los caseríos, las granjas, los rediles vacíos, mientras sobre
las lomas o en los cerros se divisaban, como puntos inquietos blancos y
negros, las ovejas y cabras que corrían acosadas por los celosos perros.
Íbanse poco a poco destacando del fondo luminoso del cielo los ángulos
rectos y los cortes bruscos de las casas de las aldeas, con sus tapias
de tierra y sus paredes de cascote, dominadas desde lo alto del monte
por la ermita, en torno de cuyo viejo campanario volaban las bulliciosas
y alegres golondrinas. Entonces Lázaro forzaba el trote de su
cabalgadura, y llegando a la plaza del lugar, lo atravesaba rápidamente,
sin reparar en las mujeres puercas y los chicuelos harapientos que le
miraban, curiosos y asombrados, desde las ventanas y los umbrales de
las puertas.
En una revuelta vio de repente una sombra oscura, grande y extendida
sóbrela blancura del camino: aquella mancha se movía, avanzando
lentamente en dirección contraría a la que él llevaba, y entre su masa
compacta brillaban a intervalos algunos puntos luminosos. Parecía una
serpiente colosal de enormes escamas heridas por los rayos del sol, y
seguida de una tenue nubecilla de polvo. Lázaro la dejó acercarse,
parado en lo alto de un repecho, y al cabo de unos cuantos minutos vio
clara, distintamente, lo que en un principio miró sin acertar qué era.
A pié, despedazados los trajes, roto el calzado, o desnudas y
ensangrentadas las callosas plantas, casi sin ropa que mal cubriera su
desnudez de día y en la noche les aliviara del frío, atados entre sí y
alguno sujeto por los codos, venían hasta diez y seis o veinte hombres.
Era una cadena de eslabones humanos brutalmente ensartados; _gente
forjada del Rey que iba a las galeras_; una cuerda de presos. En torno
suyo caminaban custodiándoles, sable en mano o arma al brazo, unos
cuantos soldados. Lo que Lázaro había visto brillar en lontananza eran
los hierros de las bayonetas.
Allí iban retratadas, si no juntas realmente, al menos visibles para la
imaginación, todas las miserias humanas: el que mató por odio; el que
hirió por venganza; el que robó por codicia; el que hurtó por hambre; el
que delinquió por flaqueza; el que pecó por vicio: aquél a quien
pervirtió la mala educación; aquél a quien la herencia de la viciada
sangre hizo rabiosos los sentidos, y el de brutal naturaleza que dejó al
instinto sobreponerse a la razón: juntos estaban el que holló la moral
desconociéndola, y el que hizo mofa de ella desestimando su valía:
atados a la par iban el avaro convertido en ladrón por la idolatría del
oro, y el pródigo trocado en criminal por el desprecio de todas las
riquezas: codo con codo, sujetos uno a otro, andaban el que delinquió
contra la sociedad creyendo honrar a la virtud y el que hizo escarnio de
lo bueno por asegurar lo útil: caminando unidos, avasallados por la
misma tristeza, iban el que fue malo por fanático y el que dejó de ser
justo por incrédulo: llagas en los tobillos y heridas en las manos
llevaban igualmente quien faltó a la ley por no tener, y quien la violó
para tener más: con grillos y esposas estaban sujetos, todos respirando
venganzas, invocando auxilios, premeditando fugas, distintamente
animados por el arrepentimiento o el rencor, pero sin que uno solo se
eximiera de la pesadumbre y la vergüenza.
--Son los hijos de la pobreza y la ignorancia, pensó Lázaro; la ley de
la Naturaleza es la vida; la ley del hombre es el dolor.
Su alma sufrió una sacudida horrible: la trasformación que venía
realizándose en su espíritu se completó en aquel momento, y la
metamorfosis que convierte en amor al prójimo el feroz egoísmo de la fe,
quedó cumplida. Ser bueno para sí es lo propio del débil; en ser justo
para los demás están la sabiduría y la grandeza.
Cuando estaba resuelto a sepultarse para siempre en la soledad y el
olvido de su pueblo, unos cuantos miserables que la sociedad expulsaba
de su seno, amputados como miembros podridos, le dieron a entender que
si la fe puede morir, el amor a la humanidad es inmortal. Y aquella
pobre criatura, el ateo capaz de conmoverse viendo rezar a un niño, el
que sin creer en la amistad se hubiera sacrificado por un amigo, el que
al renegar de la pasión lo había sacrificado todo al respeto de la mujer
amada, el que no esperando agradecimiento hubiera dado a hurtadillas la
limosna, dejó caer sobre el pecho la cabeza, y lloró solo una lágrima,
acre, amarga, como saturada de todos los infortunios de la tierra, y
alzando luego el rostro, de cara al sol, inspirado por algo superior a
sí mismo, dio vuelta a la mula, guiándola hacia la corte, para lanzarse
en el torbellino de la vida moderna, sin más creencias que la pasión del
bien ni más fe que la de un porvenir mejor.
--Nadie tiene derecho, se dijo, a convertir el escepticismo en inacción.
Mientras en el mundo suene una queja engendrada por el egoísmo y la
injusticia, quien se precie de bueno debe luchar hasta morir, que para
caer herido en defensa de lo santo no hace falta creer: basta amar. En
la misma dirección, pero a larga distancia, fueron perdiéndose entre
dos remolinos de polvo, grande uno, imperceptible otro, los presidiarios
y el jinete.
¿Fue su alto y leal propósito a perderse en la inmensa vorágine de los
opuestos intereses del mundo? ¿Cayó como granizo que se derrite al ardor
impuro de la tierra, o gota de lluvia que en el mar se confunde sin
alterar la muchedumbre de sus olas? ¿Fue hierro candente sumergido en el
agua que chasquea y se queja pero al fin se enfría, o se desvaneció como
el último eco de la onda sonora que desparrama su vibración en el
espacio? ¿Fue, tal vez, como el grano de trigo que el viento orea en la
parva y cae en el montón predestinado a la fecunda siembra? ¡Quién sabe!
Pero aquél espíritu sin esperanza, destrozado y muerto por la lucha del
sentimiento que le impulsaba a creer, con la razón que le arrastraba a
dudar, debió escuchar una voz misteriosa que, como Cristo al hermano de
Marta y María, le arrancó del seno de las tinieblas y la muerte
murmurando en su oído:
--_Lázaro, ven fuera_.
* * * * *