XIII.

Cerró la noche lluviosa y triste. Por los balcones del palacio de los

duques empezaron a divisarse, tendidas en doble fila a lo largo de las

calles, luces de gas temblorosas y amarillentas, que se reflejaban como

en un espejo en las húmedas losas de las aceras. Los caballetes de los

tejados, las buhardillas, las chimeneas, destacaban las líneas de sus

macizas sombras, bruscamente interrumpidas y dominadas por los negros

contornos de las altas torres de los templos. En alguna ventana se veía

lucir tras los vidrios mojados la pálida llama de una lámpara, y por

cima de los edificios notaba esa claridad indecisa que anuncia desde

lejos el asiento de las grandes ciudades. Las calles estaban enlodadas,

los jardinillos de las plazas encharcados con el continuo gotear de las

ramas de los árboles, cuyas hojas aparecían como barnizadas por la

lluvia. El rodar de los coches y el chocar de los herrados cascos sobre

el piso desigual y duro, formaban un ruido monótono, constante, que

rasgaban de improviso los gritos de los vendedores, los pitos de los

tranvías o las agrias notas de alguna murga que, refugiada en un portal,

daba tormento a sus instrumentos de cobre enfundados en sacos de

percalina negra. En las puertas y sobre las muestras de las tiendas

brillaban los reverberos o las bombas, proyectando resplandores

enérgicos que se derramaban profusamente en los escaparates llenos de

sedas, objetos de nikel, cueros labrados, fotografías, frascos,

botellas, estuches, corbatas, joyas, libros y cuanto el trabajo produce

para que lo consuman las necesidades o la vanidad humana. Bajo los

faroles, al borde del arroyo, las chulas y los granujas voceaban

periódicos y décimos de lotería. Al atravesar de unas a otras aceras,

las mujeres se levantaban la falda, más cuidadosas algunas de enseñar el

pié que de resguardar los bajos. En las esquinas inmediatas a los

talleres de modistas esperaban los estudiantes y los viejos verdes,

acariciando en el bolsillo los billetes para ver una pieza en Eslava, o

las entradas de favor para bailar en _La Sutil_. Ante las iglesias,

cuyas campanas tañían sin poder sofocar los ruidos de las calles,

esperaban el fin de la novena las berlinas de las grandes damas con los

caballos engallados y los cocheros cubiertos de largos impermeables.

Por todas partes reinaba la agitación confusa, animada, casi febril, que

forman el continuo vaivén de los que vuelven de paseo o salen del

trabajo con los que no hacen nada, yendo de un lado para otro, como

seguros de tropezar alguna vez con la fortuna sin preocuparse de

buscarla.

Lázaro, apoyados los codos en el antepecho de una ventana de su cuarto,

y hundido el rostro entre las palmas de las manos, sentía llegar hasta

su oído por cima de las enramadas del jardín el rumor sordo y constante

que se alza de la villa y corte en las primeras horas de la noche; rumor

semejante al ronco y prolongado rugir de una fiera que se estira y se

espereza antes de tumbarse a dormir.

Escuchando aquellas voces engendradas por el movimiento y la actividad

de la vida moderna, pensaba que en el ancho seno de la villa, tras cada

balcón, en cada casa, al resplandor de cada luz, al volver de cada

esquina, habría quien padeciese torturado por propias y punzantes penas;

pero que nadie sufriría un dolor tan hondo y acerbo como el suyo.

Era llegado el momento de poner por obra su firme y decidido propósito.

Había sonado la hora de abandonar para siempre aquella casa, y antes de

dejarla quería abarcarlo, condensarlo todo por última vez en una

despedida que grabase en su memoria los rasgos indelebles de cuanto allí

le había rodeado mientras vivió cerca de ella.

Miró al jardín. Entre las ramas de los tilos vio brillar, lavados por la

lluvia, los cristales de la estufa, donde tantas veces hablaron de cosas

indiferentes que ahora le parecían dignas de recuerdo eterno. Hacia la

izquierda de la enorme adelfa que extendía como múltiples brazos sus

ramas cargadas de flores, estaban las sillas y la mesita de hierro,

junto a las que la espió tantas veces, bordando ella, devorándola él con

las pupilas dilatadas, mientras el airecillo juguetón levantaba la

flotante bata de la niña hasta descubrir su primoroso pié, o desprendía

del talle el pañuelo de finísimo estambre. Un poco más lejos estaban,

reunidos en un solo plantío, erguidos sobre sus esbeltos troncos, los

rosales de la Malmaison y Alejandría, que Josefina cuidaba para

engalanarse luego con las rosas que ella misma había regado. Todo

pronunciaba su nombre, y, por extraña casualidad, el único balcón en que

había luz era el suyo.

Una idea imprudente, avivada por un deseo incontrastable, se apoderó

entonces de Lázaro. Quiso, antes de partir, ver el cuarto de Josefina,

tender la mirada sobre cuanto la pertenecía, tocar lo que ella tocaba,

vivir un instante en el sagrado recinto que cobijaba su sueño, y

recoger, tal vez con la imaginación extraviada, el eco de alguna

palabra de amor perdida entre los cortinajes del lecho virginal. Quería

llegar hasta el santuario del único ídolo en que siempre había de creer,

porque era el solo a que no podía tocar.

Eran más de las diez de la noche, y los duques, que se habían marchado

con su hija a la ópera, no volverían probablemente hasta muy tarde. El

jardín estaba oscuro, desierto; no se percibían más ruidos que el caer

continuo de la lluvia sobre los enarenados paseos y las alegres

risotadas de la murmuración de la servidumbre que comía reunida en una

cocina de la planta baja.

Lázaro, conociendo que tenía el campo libre y seguro, se aventuró a

satisfacer su capricho. Bajó al jardín, lo atravesó andando casi de

puntillas, y subió desde el vestíbulo a las habitaciones de los duques,

llevando las manos delante, como quien se arriesga a oscuras y sin guía

por un terreno poco conocido. El rumor de sus pasos quedaba apagado por

la tira de tupida alfombra extendida a lo largo de los corredores. Al

final de uno de ellos, el punto luminoso que brillaba en el ojo de una

cerradura le indicó el cuarto de Josefina. Avanzando entonces

confiadamente, posó la mano temblorosa sobre el pasador de la puerta, y,

seguro de la impunidad de su osadía, abrió de pronto.

Una lámpara olvidada sobre la chimenea de mármol blanco esparcía tenues

resplandores, filtrados a través de una bomba de cristal esmerilado,

que, reproduciéndose en la luna de un gran espejo, duplicaba la imagen

de la luz sin aumentar la claridad. En el centro de un veladorcito de

ébano, cubierto por un tapete de seda con flecos de colores vivísimos,

había un joyero de porcelana vieja de Sevres, y en el cóncavo de su copa

varias horquillas, una sortija y una estrecha cinta tejida con raso de

dos tonos, rosa y blanco. Tirado sobre la larga silla de reposo había un

traje de calle con sus menudos tableados de seda, sus volantitos

estrechos y sus largos lazos anudados como al descuido. Los frasquitos

de perfumes y los acericos de encaje estaban desordenados en el tocador;

y en la ancha jofaina de blanca porcelana, el agua conservaba todavía

las blancas espumas y las irisadas burbujas del jabón. Caído al pié de

una silla había un peinador de batista, y medio ocultas por sus huecos

pliegues unas botitas de raso negro con pespuntes blancos. Puesto en el

borde de una mesilla que sostenía algunos libros ricamente

encuadernados, se veía un espejo de mano con mango de marfil. Era el

amigo más íntimo, el abogado consultor de la niña, el que decidía sin

apelación del efecto de los peinados. Un poco más allá de las columnas

que separaban el gabinete de la alcoba, estaba la cama con las cortinas

cerradas y caídas, como se oculta tras un velo sagrado el ara de una

diosa. En la penumbra de un rincón se alzaba un mueblecito maqueado, con

sus flores de nácar y sus cajoncitos entreabiertos, dejando caer hacia

fuera algún trozo de encaje, alguna madeja de estambre. El atril del

piano sostenía un grueso y manoseado tomo de melodías de Schubert, y de

uno de sus candelabros colgaba, suspendido por el elástico de goma, un

precioso sombrerillo de raso pálido, con plumas coquetamente rizadas y

anchas cintas de seda algo ajadas en el sitio donde se formaba el lazo.

Delante del balcón había una jardinera con flores de trapo

admirablemente fingidas, y en su centro se alzaba una jaula, cárcel de

dorados alambres, donde, oculta la cabecita bajo el ala, dormía un

canario de Holanda, su mejor amigo, casi el rival del espejito de

marfil.

La luz tranquila, que caía como una caricia sobre cuanto iluminaba,

parecía hacer visibles a los ojos del espíritu el silencio y la soledad

de aquella estancia, y ese excitante aroma desprendido de cuanto usa la

mujer hermosa y limpia impregnaba la atmósfera de efluvios como formados

con emanaciones de flores extrañas y aliento de bellezas soñadas. Había

allí algo poéticamente sensual, cuya influencia era tanto mayor cuanto

más puro era su origen.

Lázaro tendió la vista en torno suyo, aspirando con fuerza aquel

ambiente embriagador, cual si quisiera asimilarse algo de lo que la

pertenecía. El espíritu y la materia, lo casto y lo lascivo, le hablaban

embargando su alma y sus sentidos. Cada objeto le decía una frase, de

cada observación brotaba un deseo, y a lo más puro sucedía lo más

humano. Unas cosas engendraban sentimientos dulces y tranquilos que

confundían el amor con la adoración: otras hacían surgir tercos e

insaciables los lascivos impulsos de la carne. Sus ojos lo escudriñaron

todo.

--«Aquí se viste.... aquí vive.... aquí se peina.... aquí duerme....

aquí sueña!.... En esa almohada reclina su cabeza.... este armario

guarda sus secretos.... aquél es el perfume en que humedece sus rizos.

Allí están la imagen a quien reza la plegaria cortada por el sueño, y

las sábanas a cuyo frío contacto se estremece su divino cuerpo.»

En su cerebro, extraviado por la plétora de vida, empezaron a dibujarse

las exigencias de un nuevo deseo. Sintió algo parecido a los primeros

vapores de la embriaguez. Quería esconderse, esperarla, escuchar cómo se

acercaba desde lejos el coche que la traía, oír el ruido de sus pasos,

el crujir de su falda en las salas contiguas, y verla entrar por fin,

como presa ofrecida al apetito brutal de sus sentidos.

De pronto alzó los ojos, y en la luna del espejo vio reproducida su

figura sombría y triste como una nota discordante con cuanto le rodeaba.

Su sotana era una mancha negra caída sobre la clara alfombra, los rasos

y las sedas de brillantes tonos. Parecía una mortaja tirada sobre un

macizo de flores. La mirada del hombre se cruzó con la de la imagen

reflejada, y sus propias pupilas le preguntaron asombradas con mudo y

terrible lenguaje:

--«¿Qué haces aquí? El ciego debe ignorar que hay sol. El paraíso no

existe para el réprobo. Para ti no hay amor.»

La voluntad sofocó el grito de la imaginación, tantas veces culpable a

despecho de la conciencia, y Lázaro salió de aquél cuarto para tornar al

suyo, como quien vuelve de los encantos de un sueño al rudo contacto de

la realidad.

Lázaro: casi novela · 第 23 / 27 题