Cerró la noche lluviosa y triste. Por los balcones del palacio de los
duques empezaron a divisarse, tendidas en doble fila a lo largo de las
calles, luces de gas temblorosas y amarillentas, que se reflejaban como
en un espejo en las húmedas losas de las aceras. Los caballetes de los
tejados, las buhardillas, las chimeneas, destacaban las líneas de sus
macizas sombras, bruscamente interrumpidas y dominadas por los negros
contornos de las altas torres de los templos. En alguna ventana se veía
lucir tras los vidrios mojados la pálida llama de una lámpara, y por
cima de los edificios notaba esa claridad indecisa que anuncia desde
lejos el asiento de las grandes ciudades. Las calles estaban enlodadas,
los jardinillos de las plazas encharcados con el continuo gotear de las
ramas de los árboles, cuyas hojas aparecían como barnizadas por la
lluvia. El rodar de los coches y el chocar de los herrados cascos sobre
el piso desigual y duro, formaban un ruido monótono, constante, que
rasgaban de improviso los gritos de los vendedores, los pitos de los
tranvías o las agrias notas de alguna murga que, refugiada en un portal,
daba tormento a sus instrumentos de cobre enfundados en sacos de
percalina negra. En las puertas y sobre las muestras de las tiendas
brillaban los reverberos o las bombas, proyectando resplandores
enérgicos que se derramaban profusamente en los escaparates llenos de
sedas, objetos de nikel, cueros labrados, fotografías, frascos,
botellas, estuches, corbatas, joyas, libros y cuanto el trabajo produce
para que lo consuman las necesidades o la vanidad humana. Bajo los
faroles, al borde del arroyo, las chulas y los granujas voceaban
periódicos y décimos de lotería. Al atravesar de unas a otras aceras,
las mujeres se levantaban la falda, más cuidadosas algunas de enseñar el
pié que de resguardar los bajos. En las esquinas inmediatas a los
talleres de modistas esperaban los estudiantes y los viejos verdes,
acariciando en el bolsillo los billetes para ver una pieza en Eslava, o
las entradas de favor para bailar en _La Sutil_. Ante las iglesias,
cuyas campanas tañían sin poder sofocar los ruidos de las calles,
esperaban el fin de la novena las berlinas de las grandes damas con los
caballos engallados y los cocheros cubiertos de largos impermeables.
Por todas partes reinaba la agitación confusa, animada, casi febril, que
forman el continuo vaivén de los que vuelven de paseo o salen del
trabajo con los que no hacen nada, yendo de un lado para otro, como
seguros de tropezar alguna vez con la fortuna sin preocuparse de
buscarla.
Lázaro, apoyados los codos en el antepecho de una ventana de su cuarto,
y hundido el rostro entre las palmas de las manos, sentía llegar hasta
su oído por cima de las enramadas del jardín el rumor sordo y constante
que se alza de la villa y corte en las primeras horas de la noche; rumor
semejante al ronco y prolongado rugir de una fiera que se estira y se
espereza antes de tumbarse a dormir.
Escuchando aquellas voces engendradas por el movimiento y la actividad
de la vida moderna, pensaba que en el ancho seno de la villa, tras cada
balcón, en cada casa, al resplandor de cada luz, al volver de cada
esquina, habría quien padeciese torturado por propias y punzantes penas;
pero que nadie sufriría un dolor tan hondo y acerbo como el suyo.
Era llegado el momento de poner por obra su firme y decidido propósito.
Había sonado la hora de abandonar para siempre aquella casa, y antes de
dejarla quería abarcarlo, condensarlo todo por última vez en una
despedida que grabase en su memoria los rasgos indelebles de cuanto allí
le había rodeado mientras vivió cerca de ella.
Miró al jardín. Entre las ramas de los tilos vio brillar, lavados por la
lluvia, los cristales de la estufa, donde tantas veces hablaron de cosas
indiferentes que ahora le parecían dignas de recuerdo eterno. Hacia la
izquierda de la enorme adelfa que extendía como múltiples brazos sus
ramas cargadas de flores, estaban las sillas y la mesita de hierro,
junto a las que la espió tantas veces, bordando ella, devorándola él con
las pupilas dilatadas, mientras el airecillo juguetón levantaba la
flotante bata de la niña hasta descubrir su primoroso pié, o desprendía
del talle el pañuelo de finísimo estambre. Un poco más lejos estaban,
reunidos en un solo plantío, erguidos sobre sus esbeltos troncos, los
rosales de la Malmaison y Alejandría, que Josefina cuidaba para
engalanarse luego con las rosas que ella misma había regado. Todo
pronunciaba su nombre, y, por extraña casualidad, el único balcón en que
había luz era el suyo.
Una idea imprudente, avivada por un deseo incontrastable, se apoderó
entonces de Lázaro. Quiso, antes de partir, ver el cuarto de Josefina,
tender la mirada sobre cuanto la pertenecía, tocar lo que ella tocaba,
vivir un instante en el sagrado recinto que cobijaba su sueño, y
recoger, tal vez con la imaginación extraviada, el eco de alguna
palabra de amor perdida entre los cortinajes del lecho virginal. Quería
llegar hasta el santuario del único ídolo en que siempre había de creer,
porque era el solo a que no podía tocar.
Eran más de las diez de la noche, y los duques, que se habían marchado
con su hija a la ópera, no volverían probablemente hasta muy tarde. El
jardín estaba oscuro, desierto; no se percibían más ruidos que el caer
continuo de la lluvia sobre los enarenados paseos y las alegres
risotadas de la murmuración de la servidumbre que comía reunida en una
cocina de la planta baja.
Lázaro, conociendo que tenía el campo libre y seguro, se aventuró a
satisfacer su capricho. Bajó al jardín, lo atravesó andando casi de
puntillas, y subió desde el vestíbulo a las habitaciones de los duques,
llevando las manos delante, como quien se arriesga a oscuras y sin guía
por un terreno poco conocido. El rumor de sus pasos quedaba apagado por
la tira de tupida alfombra extendida a lo largo de los corredores. Al
final de uno de ellos, el punto luminoso que brillaba en el ojo de una
cerradura le indicó el cuarto de Josefina. Avanzando entonces
confiadamente, posó la mano temblorosa sobre el pasador de la puerta, y,
seguro de la impunidad de su osadía, abrió de pronto.
Una lámpara olvidada sobre la chimenea de mármol blanco esparcía tenues
resplandores, filtrados a través de una bomba de cristal esmerilado,
que, reproduciéndose en la luna de un gran espejo, duplicaba la imagen
de la luz sin aumentar la claridad. En el centro de un veladorcito de
ébano, cubierto por un tapete de seda con flecos de colores vivísimos,
había un joyero de porcelana vieja de Sevres, y en el cóncavo de su copa
varias horquillas, una sortija y una estrecha cinta tejida con raso de
dos tonos, rosa y blanco. Tirado sobre la larga silla de reposo había un
traje de calle con sus menudos tableados de seda, sus volantitos
estrechos y sus largos lazos anudados como al descuido. Los frasquitos
de perfumes y los acericos de encaje estaban desordenados en el tocador;
y en la ancha jofaina de blanca porcelana, el agua conservaba todavía
las blancas espumas y las irisadas burbujas del jabón. Caído al pié de
una silla había un peinador de batista, y medio ocultas por sus huecos
pliegues unas botitas de raso negro con pespuntes blancos. Puesto en el
borde de una mesilla que sostenía algunos libros ricamente
encuadernados, se veía un espejo de mano con mango de marfil. Era el
amigo más íntimo, el abogado consultor de la niña, el que decidía sin
apelación del efecto de los peinados. Un poco más allá de las columnas
que separaban el gabinete de la alcoba, estaba la cama con las cortinas
cerradas y caídas, como se oculta tras un velo sagrado el ara de una
diosa. En la penumbra de un rincón se alzaba un mueblecito maqueado, con
sus flores de nácar y sus cajoncitos entreabiertos, dejando caer hacia
fuera algún trozo de encaje, alguna madeja de estambre. El atril del
piano sostenía un grueso y manoseado tomo de melodías de Schubert, y de
uno de sus candelabros colgaba, suspendido por el elástico de goma, un
precioso sombrerillo de raso pálido, con plumas coquetamente rizadas y
anchas cintas de seda algo ajadas en el sitio donde se formaba el lazo.
Delante del balcón había una jardinera con flores de trapo
admirablemente fingidas, y en su centro se alzaba una jaula, cárcel de
dorados alambres, donde, oculta la cabecita bajo el ala, dormía un
canario de Holanda, su mejor amigo, casi el rival del espejito de
marfil.
La luz tranquila, que caía como una caricia sobre cuanto iluminaba,
parecía hacer visibles a los ojos del espíritu el silencio y la soledad
de aquella estancia, y ese excitante aroma desprendido de cuanto usa la
mujer hermosa y limpia impregnaba la atmósfera de efluvios como formados
con emanaciones de flores extrañas y aliento de bellezas soñadas. Había
allí algo poéticamente sensual, cuya influencia era tanto mayor cuanto
más puro era su origen.
Lázaro tendió la vista en torno suyo, aspirando con fuerza aquel
ambiente embriagador, cual si quisiera asimilarse algo de lo que la
pertenecía. El espíritu y la materia, lo casto y lo lascivo, le hablaban
embargando su alma y sus sentidos. Cada objeto le decía una frase, de
cada observación brotaba un deseo, y a lo más puro sucedía lo más
humano. Unas cosas engendraban sentimientos dulces y tranquilos que
confundían el amor con la adoración: otras hacían surgir tercos e
insaciables los lascivos impulsos de la carne. Sus ojos lo escudriñaron
todo.
--«Aquí se viste.... aquí vive.... aquí se peina.... aquí duerme....
aquí sueña!.... En esa almohada reclina su cabeza.... este armario
guarda sus secretos.... aquél es el perfume en que humedece sus rizos.
Allí están la imagen a quien reza la plegaria cortada por el sueño, y
las sábanas a cuyo frío contacto se estremece su divino cuerpo.»
En su cerebro, extraviado por la plétora de vida, empezaron a dibujarse
las exigencias de un nuevo deseo. Sintió algo parecido a los primeros
vapores de la embriaguez. Quería esconderse, esperarla, escuchar cómo se
acercaba desde lejos el coche que la traía, oír el ruido de sus pasos,
el crujir de su falda en las salas contiguas, y verla entrar por fin,
como presa ofrecida al apetito brutal de sus sentidos.
De pronto alzó los ojos, y en la luna del espejo vio reproducida su
figura sombría y triste como una nota discordante con cuanto le rodeaba.
Su sotana era una mancha negra caída sobre la clara alfombra, los rasos
y las sedas de brillantes tonos. Parecía una mortaja tirada sobre un
macizo de flores. La mirada del hombre se cruzó con la de la imagen
reflejada, y sus propias pupilas le preguntaron asombradas con mudo y
terrible lenguaje:
--«¿Qué haces aquí? El ciego debe ignorar que hay sol. El paraíso no
existe para el réprobo. Para ti no hay amor.»
La voluntad sofocó el grito de la imaginación, tantas veces culpable a
despecho de la conciencia, y Lázaro salió de aquél cuarto para tornar al
suyo, como quien vuelve de los encantos de un sueño al rudo contacto de
la realidad.