A sí llegó para Lázaro el momento decisivo de la lucha, el instante
supremo en que las vacilaciones y las dudas habían de resolverse,
informando en uno u otro sentido una resolución que decidiera de su
vida.
La inexperiencia de la edad y la docilidad de la ignorancia le hicieron,
casi niño, aceptar con alegría una misión, a la cual pensó dedicarse por
completo, consagrándola la actividad de la inteligencia y el entusiasmo
de la fe. Los que labraron su espíritu le hallaron dúctil y obediente
para recibir las doctrinas de lo pasado, que fueron amoldándose a su
pensamiento como el líquido al vaso. Nunca hubo hombre colocado en
mejores condiciones para cumplir debidamente las exigencias de su
sagrado ministerio. Aún resonaban en su oído las palabras del Obispo
cuando llegó a la corte y penetró en la vida moderna, no para llevar la
agitada existencia del que vive al día, sin saber hoy dónde comerá
mañana, sino para pasar las horas tranquila y reposadamente, sin más
cuidados que cumplir con el formalismo y las exterioridades necesarias
de una casa donde el capellán era un artículo de lujo. Tuvo a su
disposición un templo, de que vino a ser señor y dueño. Fue libre de día
para sus obras de caridad, facilitadas por la liberalidad de los duques;
fue libre de noche para las meditaciones y los rezos; ninguno tendió
redes a su buena fe, ni lazos a su tranquilidad; no hubo de luchar con
nadie, y, sin embargo, su espíritu se volvió contra los que le
enseñaron; su vida fue agitada, y su entusiasmo decayó lentamente. Sin
olvidar los consejos del Obispo, llegó a entenderlos como inspirados por
un ideal distinto; dejó que sobre los altares de la capilla fuese
posándose el polvo de la incuria; la caridad sirvió para amargarle con
el espectáculo de las miserias sociales; las oraciones fueron
trasformándose en las impías preguntas de la duda; las noches cedieron
al insomnio; perdió la paz del alma, y sin faltaren nada voluntariamente
a sus promesas, vio moralmente quebrantados sus votos. La misión que le
impusieron y él aceptó confiado en leales propósitos, llegó a parecerle
tarea superior a sus fuerzas, y como el acero brillante puesto al fuego
va oscureciéndose y empavonándose con tonos apagados, su ánimo juvenil y
ardoroso fue sintiendo trasformarse los bríos en decaimiento y
flojedad. Cuando llegó a convencerse de que no podía ser feliz, todo le
pareció imposible, todo mentira.
El amor resumía todas sus ambiciones antes cifradas en la perfección
religiosa, y precisamente cuando su conciencia rechazaba con más vigor
lo que antes adoró, fue cuando las circunstancias le obligaron a adoptar
una resolución que fijara definitivamente el sentido y la norma de su
vida.
El conflicto se le presentó entonces bajo la forma de un dilema
inflexible. Romper con el pasado, o borrar de su porvenir la esperanza.
Confesar el error franca y honradamente, o seguir siendo sacerdote de un
ideal en que ya no creía. Ser un farsante despreciable a sus propios
ojos, o un renegado para el mundo, porque la sociedad transige con todas
las deserciones y todas las apostasías, pero no tiene piedad para la
abjuración del clérigo. Abjurar, o resignarse.
Lo primero sería aventurarse a la lucha contra el mundo; lo segundo,
envilecerse. ¿Hasta dónde podían precipitarle las consecuencias de una
abjuración? Era imposible calcularlo. Nadie debe echar cuentas sobre la
maldad humana. ¿A qué grado de bajeza moral le arrastraría la abdicación
de su propia dignidad? Ya se lo había dicho la duquesa: tenía que
confesar a Josefina.
¡Confesar a la mujer que amaba! Es decir, emplear en provecho puramente
humano y egoísta el prestigio de la Religión. Valerse de la autoridad
del sacerdote para escudriñar un corazón que como amante no podía
sondar, utilizando su sagrada investidura en sorprender los secretos que
le estaban vedados como hombre.
Otro cualquiera podría estrechar entre sus brazos la gentil figura de la
niña, arrodillarse a sus pies, aproximar los labios a su oído,
estremecer su alma con palabras de amor, y sorprender sus dudas
virginales ingenuamente dichas, envueltas en pecadillos cometidos con
algo de malicia, y revelados más con el rubor que con la frase. Pero él
habría de lograrlo por otros medios. Ella tendría que venir a buscarle,
como penitente, entre la oscura lobreguez de un templo, al triste y
fatigoso resplandor de los amarillentos cirios; caería de rodillas a sus
pies, y le hablaría avergonzada a través de tupida y mugrienta celosía,
oculto el rostro con el espeso velo y acobardado el ánimo por el terror
religioso. Las palabras saldrían de su boca indiferentes o medrosas, y
él, que debía escucharlas como ministro de Dios, se embriagaría con
ellas, aspirando el grato aroma del fruto prohibido. Los labios de la
mujer quedarían detenidos ante la rejilla de madera; pero su aliento,
penetrando en los oídos de amante, le agitaría el cerebro con una
conmoción nerviosa, fingiéndole las ardientes caricias de la tierra
cuando debía pensar en las dulzuras inefables del cielo.
Su alma sufriría dos tormentos en un solo suplicio, deseando como
enamorado lo que le mancillaba como sacerdote. El corazón y la
conciencia libraban en su espíritu el mismo combate que antes riñeron la
fe y la duda; pero el desenlace no podía ser igual. Sus creencias habían
ido muriendo lentamente, día tras día, hora tras hora, como plantas
creadas en la vida artificial y falsa de una estufa que de repente se
sacan a la abrasada luz del sol y al frío azote de los vientos. Su
corazón había de ser vencido por un imperativo de la voluntad, y su amor
extirpado cruelmente como raíz que se arranca de cuajo con violenta
mano.
El problema aparecía a sus ojos cada vez más claro, irresoluble siempre.
No basta al hombre querer vencerse: es necesario que le dejen en
condiciones de hacerlo. Pero Lázaro era de esos seres extraordinarios en
quienes es virtud la intransigencia, porque, firmes en la moral de su
derecho y lógicos consigo mismos, someten la voluntad a la razón,
prefiriendo antes la propia estima que la hipócrita y baja transacción
con el error ajeno.