Aquella misma tarde la duquesa mandó recado al capellán, rogándole que
pasase a su gabinete.
--«¿Qué me querrá?--se dijo Lázaro.--Sabrá que no ignoro su falta? Quizá
entonces, aunque culpable, sienta hacia mí el desprecio que debe
inspirar quien, encargado en su casa de velar por la moral, transige
cobardemente con el engaño y la deshonra. Seremos dos reos frente uno de
otro.... y, así son las cosas de la vida, ella tendrá que ver en mí algo
del juez.»--
Un momento después Lázaro entraba en el gabinete. Margarita estaba
sentada ante una mesilla de valiosas incrustaciones, colocada delante de
un balcón y sobre la cual, sostenido por dos amorcillos de bronce, había
un espejo bastante grande para retratar entre sus abiselados bordes la
cabeza de la hermosa dama, a quien una doncella sujetaba con dos
horquillas de oro el rodete bajo en que, según la moda, estaba recogido
el pelo después de ondular ligeramente hacia las sienes. Tenía puesta
una bata de un gris muy claro, guarnecida con encajes y lazos del color
que toma el granate cuando la luz le hiere. Las medias, de finísima
seda, eran del mismo color, y ceñían sus pies unas chinelas grises, que
aun siendo muy pequeñas, eran grandes para ella. Las mangas de la bata,
sueltas y muy cortas, descubrían unos brazos blanquísimos, dorados por
ese vello apenas perceptible que tienen algunas frutas antes de estar
manoseadas. Al cuello, libre de alhajas, se ceñía desordenadamente un
encaje ancho y rico, de tonos huesosos que acusaban su antigüedad, y el
fulgurar intenso de un grueso solitario en cada oreja hacía resaltar la
palidez mate de la cara, amortiguando el brillo de los ojos, algo
hundidos, y cercados por ojeras débilmente azuladas. La boca, en que el
labio superior ligeramente contraído daba a la fisonomía cierto aire
desdeñoso y triste, dejaba ver unos dientes blancos, menudos y
apretados. El óvalo del rostro era gracioso y severo al mismo tiempo. La
mirada triste con la falsa resignación del hastío. Era el tipo de la
señora moderna, frívola sin ser insustancial, y coqueta sin parecer
liviana, como era devota sin ser profunda y verdaderamente religiosa.
Fuera cansancio físico o dejadez moral, había en su figura cierto
melancólico abandono, interrumpido a veces bruscamente por movimientos
de una gracia encantadora que tenía algo de felina.
Iba pasando con los dedos las hojas de un libro, puesta en ellas la
vista descuidadamente, como si el pensamiento y la voluntad estuvieran
muy lejos de aquellas páginas, que no bastaban a detener el vuelo
caprichoso de sus antojos femeniles.
En sus hechiceras facciones empezaba a desaparecer la frescura que es el
aliento misterioso de la vida. Parecía tener esa edad de la rosa en que
unas cuantas horas más marchitan la fragancia y ajan la lozanía. Estaba
hermosa, y más que hermosa seductora; pero los ojos, la actitud, la voz,
acusaban un desaliento amargo. Nadie hubiera podido averiguar si aquella
laxitud era la huella pasajera de los placeres de una noche, o la marca
indeleble de los sufrimientos del espíritu.
Al entrar Lázaro salió la doncella, y Margarita, ladeándose ligeramente
en la butaca y echando atrás el rostro, animado por una sonrisa
encantadora, le tendió la mano.
La situación de Lázaro era peligrosa y difícil: el menor descuido, la
más ligera inoportunidad, podían ofenderla sin resultado; que quien no
está satisfecho de sí mismo, ve acusaciones en las frases más inocentes.
Él, además, se consideraba sin derecho alguno para atacar a la madre en
defensa de la hija. ¿Cuál podía invocar? Si el de enamorado, confesaba
la propia y criminal flaqueza; si únicamente el de hombre de corazón,
¿quién había de reconocérselo?; si el de sacerdote, ¿cómo podría su
conciencia sancionar la ridícula comedia de un hombre que utiliza la
investidura sagrada para proteger su misma falta?
Tenía delante a la mujer adúltera; pero no podía ser él quien la
arrojase la primera piedra.
Margarita rompió el silencio, diciendo cariñosamente:
--¿Qué es de usted? Vivimos bajo el mismo techo, y apenas nos vemos. Estos
días, los preparativos del baile, el bullicio de la fiesta, le han
alejado de nosotros; pero también usted es tan excesivamente inclinado a
sus soledades y sus estudios, que nunca se le ve. De los convites, aun
de los más íntimos, siempre se excusa; en habiendo alguien de fuera,
desaparece usted como por encanto. Y usted, sin embargo, no es huraño, sino
cariñoso, afable. Vamos, siéntese usted, aquí, a mi lado, y hablemos.
Obedeció Lázaro, y, acercando otra butaca como la que ella ocupaba,
dijo:
--Mucho agradezco a usted, duquesa, las deferencias con que me distingue:
tan sinceramente le estoy reconocido por ellas, que aunque el deber y el
sacerdocio no me lo impusieran, sentiría por Vds. verdadero cariño,
profundo deseo de ser útil, verdaderamente útil, en esta casa, donde se
me ha recibido con los brazos abiertos.
--Todos le queremos a usted de veras. Mi marido y yo le aprecíamos en lo
que vale; y en cuanto a Josefina, puede usted estar seguro de que, si fuese
necesario defenderle, con dificultad se encontraría abogado que tomara
la cosa más a pechos.
--Yo también me haría defensor suyo si ella lo hubiera menester; pero
está en una edad en que antes necesita guía que defensa. ¿Quién puede
pensar en hacerla daño? Eso sí, si sucediera, si alguien cometiera con
ella una mala acción, lucharía con todas mis fuerzas por salvarla.
--Afortunadamente, replicó la dama, estamos seguros de que nadie la
quiere mal; por el contrario, si algún disgusto hemos de prever, será de
los que puedan ocasionarla los que aparenten quererla bien. ¡Está en una
edad tan peligrosa!
--Tiene usted razón, duquesa; de los que aparenten amarla, de los que deben
estimarla en más, es de quienes hay que guardarla. Los encargados del
mayor bien son, con frecuencia, los que producen el mal mayor.
El cura dijo esto con la voz algo temblorosa, casi sin calcular el
alcance de lo que decía; en parte ávido de arrostrarlo todo por la
engañada niña, y en parte temeroso de que su inexperiencia en los
discreteos inutilizara su buen deseo.
Ella, sin extrañar precisamente semejantes frases, sintió cierta
sorpresa desagradable al escucharlas; pero pensó que a veces casualmente
se dicen cosas que parecen intencionadas.
--Tiene usted razón--añadió;--es necesario velar sin descanso y muy de
cerca por las hijas cuando están en la edad de la mía; pero también es
preciso convenir en que los deberes que la vida social impone, el trato
con diversas gentes, tanto vivir fuera de casa y tanta facilidad en
escuchar lo malo, hacen el deber más difícil.
--Eso mismo ha de aumentar la vigilancia y acrisolar el consejo,
duquesa; pero cuando son tales las condiciones de la vida; cuando la
atmósfera de fuera llega a viciar el ambiente de la casa, créame usted,
entonces es cuando hay que ponerse en guardia contra aquello que debía
inspirar más confianza.
--¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Que la educación de mi hija está
vaciada en un molde torpemente labrado? Quizá tenga usted razón. Mil veces
he pensado que para nosotras, el educar a las hijas es asunto más
difícil que para las familias de la clase media y las mujeres del
pueblo. Primero los cuidados mercenarios del ama, luego la hipocresía
del convento, después la inútil compañía de un aya extranjera, más tarde
la libertad de los salones, las emociones del teatro, la tentación por
el espectáculo del mal....
--Y rara vez,--interrumpió el cura,--el ejemplo de la virtud.
--Felizmente Josefina es una de esas naturalezas que repugnan
instintivamente lo torpe. No es necesario esforzarse mucho para que lo
aborrezca, y si lo fuese, usted nos ayudaría a ello. Un hombre de corazón,
un sacerdote, ¿quién mejor?
--Pues crea usted, duquesa, que ni el hombre de corazón ni el ministro de
Dios podrían aliviarla el peso de su santa tarea. Los medios que tiene
para guiarla bien son infinitos; pero usted, usted sola puede emplearlos.
Aunque mis hábitos me hagan como enviado del cielo, mi palabra siempre
será palabra humana, y para una hija sólo es divina la palabra de su
propia madre.
La hermosa y noble faz de Lázaro se iluminó con esa satisfacción intensa
que produce la resolución inquebrantable de vencerse a sí mismo por
amor al prójimo.
La duquesa, que ya empezaba a desasosegarse, esquivó las miradas del
capellán. Su lenguaje era inesperado. ¿Qué decía aquel hombre? ¿Tenían
realmente intención sus advertencias, o era que ella a sí misma se
acusaba adaptando a la situación el sentido de cuanto hablaba el cura?
Hubo un instante en que callaron ambos: él, por temor de ir más allá de
lo prudente; ella, por no escuchar sin provocarlas cosas como las que
acababa de oír.
--Vengamos a lo que motiva esta entrevista, dijo de pronto Margarita. Le
he llamado a usted para algo que se relaciona, en cierto modo, con nuestra
conversación, según el giro que ha tomado, y se lo diré en dos palabras.
Cuando llegó usted a casa creímos que el capellán era demasiado joven....
no se ofenda usted...: estábamos acostumbrados a la frente rugosa, a las
canas del pobre viejecito que le precedió. Después hemos visto que el
carácter suple en usted lo que otros adquieren a fuerza de años; y,
francamente, nadie hubiera creído que pueda infundir tanto respeto quien
cuenta todavía tan pocos. Al principio el cuidado de la capilla, la misa
de los domingos y el reparto de las limosnas.... no hizo usted más. Luego
usted mismo nos ha ido convenciendo de que teníamos en casa una joya, de
que podíamos confiarnos a usted bajo todos conceptos....: Josefina y yo nos
confesaremos en adelante con usted: esto es lo que tenía que decirle.
--¡Conmigo!--exclamó Lázaro poniéndose en pié, y sin poder reprimir su
asombro.
--¿Y por qué no? ¿Se niega usted? No creo que el depósito de nuestras
culpas pueda abrumarle. A Josefina, ya la conoce usted: tendrá usted,
quizá, que desvanecer errores, esquivar preguntas, eludir respuestas,
y hasta, en obsequio a su pureza, mentir algunas veces aparentando
ignorancia de lo que no deba saber; pero no se verá usted obligado a
resolver problemas ni perdonar graves faltas. Y en cuanto a mí, me dará
usted buenos consejos, ahorrándome algunas amarguras. Yo, que parezco
tan alegre, lloro a solas como si dentro de mí tuviera algo malo de
que pudiera librarme con el llanto. Llorar es nuestra defensa, con
frecuencia nuestro recurso, el mayor encanto de la mujer, siempre
nuestro verdadero consuelo. Pero ¡qué diferencias establece el tiempo!
Hay una edad en que el dolor se disuelve en las lágrimas como la sal
en el agua; después, aunque se llore, también se sufre, y al fin ya no
se llora, pero se sigue padeciendo.
--Eso será, repuso Lázaro, si el dolor procede de la culpa, como ponzoña
que se destila de fruto venenoso, que mientras el sufrimiento no está
manchado de delito ni tiene sabor a remordimiento, cuando es puro, no
faltan lágrimas en que anegarle. ¿Ha visto usted esas flores que,
arraigadas a la orilla de los ríos, parecen prolongar su tallo si las
aguas aumentan, sobrenadando siempre? Pues semejante a ellas es la
pureza del alma: no hay lágrimas bastantes para ahogarla. Nunca llega el
corazón a endurecerse tanto que se le pidan en vano; más duras son las
peñas de los montes, y de entre sus grietas surgen los manantiales.
Margarita escuchaba confusa. Era indudable que aquel hombre conocía su
delito. Lo que la había dicho ya era algo; pero el modo de decírselo no
podía ser más expresivo ni elocuente.
Estaban cerradas todas las puertas; el gabinete envuelto en las tintas
pálidas del ocaso; los brillos de las sedas y el relucir de los metales
amortiguados por la creciente sombra; la luz escasa parecía aumentar
las distancias robando la forma a los objetos, y la mancha negra del
ropaje del cura junto a la esbelta figura de Margarita, parecía absorber
toda la claridad que penetraba por el ancho hueco del balcón.
De repente, hacia la puerta que conducía a las habitaciones de Josefina,
se oyó el crujir de un vestido de seda que rozaba contra el muro: era
que la niña venía al cuarto de su madre.
Lázaro se puso en pié, indicando a la duquesa con los ojos el ruido de
los pasos que se acercaban, y ella bajó calladamente la cabeza. La
mirada del hombre no pudo hablar mejor; el silencio de la mujer no pudo
decir más.
Al entrar Josefina estrechó a Lázaro la mano y abrazó a su madre. De
allí a poco el cura y la niña conocieron que Margarita quería estar
sola, y saliendo cada uno por distinto lado, la dejaron.