XI.

Aquella misma tarde la duquesa mandó recado al capellán, rogándole que

pasase a su gabinete.

--«¿Qué me querrá?--se dijo Lázaro.--Sabrá que no ignoro su falta? Quizá

entonces, aunque culpable, sienta hacia mí el desprecio que debe

inspirar quien, encargado en su casa de velar por la moral, transige

cobardemente con el engaño y la deshonra. Seremos dos reos frente uno de

otro.... y, así son las cosas de la vida, ella tendrá que ver en mí algo

del juez.»--

Un momento después Lázaro entraba en el gabinete. Margarita estaba

sentada ante una mesilla de valiosas incrustaciones, colocada delante de

un balcón y sobre la cual, sostenido por dos amorcillos de bronce, había

un espejo bastante grande para retratar entre sus abiselados bordes la

cabeza de la hermosa dama, a quien una doncella sujetaba con dos

horquillas de oro el rodete bajo en que, según la moda, estaba recogido

el pelo después de ondular ligeramente hacia las sienes. Tenía puesta

una bata de un gris muy claro, guarnecida con encajes y lazos del color

que toma el granate cuando la luz le hiere. Las medias, de finísima

seda, eran del mismo color, y ceñían sus pies unas chinelas grises, que

aun siendo muy pequeñas, eran grandes para ella. Las mangas de la bata,

sueltas y muy cortas, descubrían unos brazos blanquísimos, dorados por

ese vello apenas perceptible que tienen algunas frutas antes de estar

manoseadas. Al cuello, libre de alhajas, se ceñía desordenadamente un

encaje ancho y rico, de tonos huesosos que acusaban su antigüedad, y el

fulgurar intenso de un grueso solitario en cada oreja hacía resaltar la

palidez mate de la cara, amortiguando el brillo de los ojos, algo

hundidos, y cercados por ojeras débilmente azuladas. La boca, en que el

labio superior ligeramente contraído daba a la fisonomía cierto aire

desdeñoso y triste, dejaba ver unos dientes blancos, menudos y

apretados. El óvalo del rostro era gracioso y severo al mismo tiempo. La

mirada triste con la falsa resignación del hastío. Era el tipo de la

señora moderna, frívola sin ser insustancial, y coqueta sin parecer

liviana, como era devota sin ser profunda y verdaderamente religiosa.

Fuera cansancio físico o dejadez moral, había en su figura cierto

melancólico abandono, interrumpido a veces bruscamente por movimientos

de una gracia encantadora que tenía algo de felina.

Iba pasando con los dedos las hojas de un libro, puesta en ellas la

vista descuidadamente, como si el pensamiento y la voluntad estuvieran

muy lejos de aquellas páginas, que no bastaban a detener el vuelo

caprichoso de sus antojos femeniles.

En sus hechiceras facciones empezaba a desaparecer la frescura que es el

aliento misterioso de la vida. Parecía tener esa edad de la rosa en que

unas cuantas horas más marchitan la fragancia y ajan la lozanía. Estaba

hermosa, y más que hermosa seductora; pero los ojos, la actitud, la voz,

acusaban un desaliento amargo. Nadie hubiera podido averiguar si aquella

laxitud era la huella pasajera de los placeres de una noche, o la marca

indeleble de los sufrimientos del espíritu.

Al entrar Lázaro salió la doncella, y Margarita, ladeándose ligeramente

en la butaca y echando atrás el rostro, animado por una sonrisa

encantadora, le tendió la mano.

La situación de Lázaro era peligrosa y difícil: el menor descuido, la

más ligera inoportunidad, podían ofenderla sin resultado; que quien no

está satisfecho de sí mismo, ve acusaciones en las frases más inocentes.

Él, además, se consideraba sin derecho alguno para atacar a la madre en

defensa de la hija. ¿Cuál podía invocar? Si el de enamorado, confesaba

la propia y criminal flaqueza; si únicamente el de hombre de corazón,

¿quién había de reconocérselo?; si el de sacerdote, ¿cómo podría su

conciencia sancionar la ridícula comedia de un hombre que utiliza la

investidura sagrada para proteger su misma falta?

Tenía delante a la mujer adúltera; pero no podía ser él quien la

arrojase la primera piedra.

Margarita rompió el silencio, diciendo cariñosamente:

--¿Qué es de usted? Vivimos bajo el mismo techo, y apenas nos vemos. Estos

días, los preparativos del baile, el bullicio de la fiesta, le han

alejado de nosotros; pero también usted es tan excesivamente inclinado a

sus soledades y sus estudios, que nunca se le ve. De los convites, aun

de los más íntimos, siempre se excusa; en habiendo alguien de fuera,

desaparece usted como por encanto. Y usted, sin embargo, no es huraño, sino

cariñoso, afable. Vamos, siéntese usted, aquí, a mi lado, y hablemos.

Obedeció Lázaro, y, acercando otra butaca como la que ella ocupaba,

dijo:

--Mucho agradezco a usted, duquesa, las deferencias con que me distingue:

tan sinceramente le estoy reconocido por ellas, que aunque el deber y el

sacerdocio no me lo impusieran, sentiría por Vds. verdadero cariño,

profundo deseo de ser útil, verdaderamente útil, en esta casa, donde se

me ha recibido con los brazos abiertos.

--Todos le queremos a usted de veras. Mi marido y yo le aprecíamos en lo

que vale; y en cuanto a Josefina, puede usted estar seguro de que, si fuese

necesario defenderle, con dificultad se encontraría abogado que tomara

la cosa más a pechos.

--Yo también me haría defensor suyo si ella lo hubiera menester; pero

está en una edad en que antes necesita guía que defensa. ¿Quién puede

pensar en hacerla daño? Eso sí, si sucediera, si alguien cometiera con

ella una mala acción, lucharía con todas mis fuerzas por salvarla.

--Afortunadamente, replicó la dama, estamos seguros de que nadie la

quiere mal; por el contrario, si algún disgusto hemos de prever, será de

los que puedan ocasionarla los que aparenten quererla bien. ¡Está en una

edad tan peligrosa!

--Tiene usted razón, duquesa; de los que aparenten amarla, de los que deben

estimarla en más, es de quienes hay que guardarla. Los encargados del

mayor bien son, con frecuencia, los que producen el mal mayor.

El cura dijo esto con la voz algo temblorosa, casi sin calcular el

alcance de lo que decía; en parte ávido de arrostrarlo todo por la

engañada niña, y en parte temeroso de que su inexperiencia en los

discreteos inutilizara su buen deseo.

Ella, sin extrañar precisamente semejantes frases, sintió cierta

sorpresa desagradable al escucharlas; pero pensó que a veces casualmente

se dicen cosas que parecen intencionadas.

--Tiene usted razón--añadió;--es necesario velar sin descanso y muy de

cerca por las hijas cuando están en la edad de la mía; pero también es

preciso convenir en que los deberes que la vida social impone, el trato

con diversas gentes, tanto vivir fuera de casa y tanta facilidad en

escuchar lo malo, hacen el deber más difícil.

--Eso mismo ha de aumentar la vigilancia y acrisolar el consejo,

duquesa; pero cuando son tales las condiciones de la vida; cuando la

atmósfera de fuera llega a viciar el ambiente de la casa, créame usted,

entonces es cuando hay que ponerse en guardia contra aquello que debía

inspirar más confianza.

--¿Qué quiere usted decir con eso? ¿Que la educación de mi hija está

vaciada en un molde torpemente labrado? Quizá tenga usted razón. Mil veces

he pensado que para nosotras, el educar a las hijas es asunto más

difícil que para las familias de la clase media y las mujeres del

pueblo. Primero los cuidados mercenarios del ama, luego la hipocresía

del convento, después la inútil compañía de un aya extranjera, más tarde

la libertad de los salones, las emociones del teatro, la tentación por

el espectáculo del mal....

--Y rara vez,--interrumpió el cura,--el ejemplo de la virtud.

--Felizmente Josefina es una de esas naturalezas que repugnan

instintivamente lo torpe. No es necesario esforzarse mucho para que lo

aborrezca, y si lo fuese, usted nos ayudaría a ello. Un hombre de corazón,

un sacerdote, ¿quién mejor?

--Pues crea usted, duquesa, que ni el hombre de corazón ni el ministro de

Dios podrían aliviarla el peso de su santa tarea. Los medios que tiene

para guiarla bien son infinitos; pero usted, usted sola puede emplearlos.

Aunque mis hábitos me hagan como enviado del cielo, mi palabra siempre

será palabra humana, y para una hija sólo es divina la palabra de su

propia madre.

La hermosa y noble faz de Lázaro se iluminó con esa satisfacción intensa

que produce la resolución inquebrantable de vencerse a sí mismo por

amor al prójimo.

La duquesa, que ya empezaba a desasosegarse, esquivó las miradas del

capellán. Su lenguaje era inesperado. ¿Qué decía aquel hombre? ¿Tenían

realmente intención sus advertencias, o era que ella a sí misma se

acusaba adaptando a la situación el sentido de cuanto hablaba el cura?

Hubo un instante en que callaron ambos: él, por temor de ir más allá de

lo prudente; ella, por no escuchar sin provocarlas cosas como las que

acababa de oír.

--Vengamos a lo que motiva esta entrevista, dijo de pronto Margarita. Le

he llamado a usted para algo que se relaciona, en cierto modo, con nuestra

conversación, según el giro que ha tomado, y se lo diré en dos palabras.

Cuando llegó usted a casa creímos que el capellán era demasiado joven....

no se ofenda usted...: estábamos acostumbrados a la frente rugosa, a las

canas del pobre viejecito que le precedió. Después hemos visto que el

carácter suple en usted lo que otros adquieren a fuerza de años; y,

francamente, nadie hubiera creído que pueda infundir tanto respeto quien

cuenta todavía tan pocos. Al principio el cuidado de la capilla, la misa

de los domingos y el reparto de las limosnas.... no hizo usted más. Luego

usted mismo nos ha ido convenciendo de que teníamos en casa una joya, de

que podíamos confiarnos a usted bajo todos conceptos....: Josefina y yo nos

confesaremos en adelante con usted: esto es lo que tenía que decirle.

--¡Conmigo!--exclamó Lázaro poniéndose en pié, y sin poder reprimir su

asombro.

--¿Y por qué no? ¿Se niega usted? No creo que el depósito de nuestras

culpas pueda abrumarle. A Josefina, ya la conoce usted: tendrá usted,

quizá, que desvanecer errores, esquivar preguntas, eludir respuestas,

y hasta, en obsequio a su pureza, mentir algunas veces aparentando

ignorancia de lo que no deba saber; pero no se verá usted obligado a

resolver problemas ni perdonar graves faltas. Y en cuanto a mí, me dará

usted buenos consejos, ahorrándome algunas amarguras. Yo, que parezco

tan alegre, lloro a solas como si dentro de mí tuviera algo malo de

que pudiera librarme con el llanto. Llorar es nuestra defensa, con

frecuencia nuestro recurso, el mayor encanto de la mujer, siempre

nuestro verdadero consuelo. Pero ¡qué diferencias establece el tiempo!

Hay una edad en que el dolor se disuelve en las lágrimas como la sal

en el agua; después, aunque se llore, también se sufre, y al fin ya no

se llora, pero se sigue padeciendo.

--Eso será, repuso Lázaro, si el dolor procede de la culpa, como ponzoña

que se destila de fruto venenoso, que mientras el sufrimiento no está

manchado de delito ni tiene sabor a remordimiento, cuando es puro, no

faltan lágrimas en que anegarle. ¿Ha visto usted esas flores que,

arraigadas a la orilla de los ríos, parecen prolongar su tallo si las

aguas aumentan, sobrenadando siempre? Pues semejante a ellas es la

pureza del alma: no hay lágrimas bastantes para ahogarla. Nunca llega el

corazón a endurecerse tanto que se le pidan en vano; más duras son las

peñas de los montes, y de entre sus grietas surgen los manantiales.

Margarita escuchaba confusa. Era indudable que aquel hombre conocía su

delito. Lo que la había dicho ya era algo; pero el modo de decírselo no

podía ser más expresivo ni elocuente.

Estaban cerradas todas las puertas; el gabinete envuelto en las tintas

pálidas del ocaso; los brillos de las sedas y el relucir de los metales

amortiguados por la creciente sombra; la luz escasa parecía aumentar

las distancias robando la forma a los objetos, y la mancha negra del

ropaje del cura junto a la esbelta figura de Margarita, parecía absorber

toda la claridad que penetraba por el ancho hueco del balcón.

De repente, hacia la puerta que conducía a las habitaciones de Josefina,

se oyó el crujir de un vestido de seda que rozaba contra el muro: era

que la niña venía al cuarto de su madre.

Lázaro se puso en pié, indicando a la duquesa con los ojos el ruido de

los pasos que se acercaban, y ella bajó calladamente la cabeza. La

mirada del hombre no pudo hablar mejor; el silencio de la mujer no pudo

decir más.

Al entrar Josefina estrechó a Lázaro la mano y abrazó a su madre. De

allí a poco el cura y la niña conocieron que Margarita quería estar

sola, y saliendo cada uno por distinto lado, la dejaron.

Lázaro: casi novela · 第 21 / 27 题